Irineo Leguizamo

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2002 ~ 11 años difundiendo nuestras raíces ~ 2013


 Crónicas y Noticias Comentadas

 por Alejandro Goldstein

 


La publicidad, los "marca perro", Diego Forlán y Obdulio Varela

El impresionante progreso en los avances tecnológicos y la insaciable sociedad de consumo no hacen otra cosa que generar una profunda disfunción, cada vez más palpable en la raza humana: la desazón. Las grandes corporaciones promocionan con "bombos y platillos" la fecha en que sacarán al mercado sus innovadores productos y eso genera que las turbas formen violentas rebatiñas -con carreras y empujones-, solo para tener aquella satisfacción de haber sido los primeros en tener en las manos el producto. Hasta la prensa se hace eco de tamaña estupidez y lo refleja en sus páginas cuando retrarta al comprador con una sonrisa de amplia felicidad, como diciendo: "¡lo logré, lo tengo!"

Seis meses después viene el golpe bajo, pues ese producto -ya obsoleto para los cánones publicitarios actuales-, fue mejorado y existe una nueva versión. Toda aquella ardua tarea de sacrificarse juntando "pesito por pesito" se iba al garete, porque "¿cómo voy a salir a la calle con un iphone 4, si ya existe el 5?". La publicidad es el arte de vender lo que no necesitamos y tiene campo fértil en el mundo occidental.

En todo lo que consumamos va a estar ese sesgo ruín -que lo único que hace es empobrecer y embrutecer a las personas-. Las marcas reputadas venden más que las "marca perro". ¿Cuál sería la elección de un adolescente al cual le presentan dos camisas exactamente iguales, una por valor de 75 dólares y la otra por 5, con la única salvedad que la de mayor precio luce un lagarto verde con la boca abierta? Es de perogrullo que va a optar por la del lagarto. La madre -que suele acompañarlo a todos lados- se va a esforzar para explicarle que debe llevar la de 5, porque de esa manera se estaría llevando quince camisas (exactamente iguales) en lugar de una. Pero como es una salvajada comprar quince camisas iguales, le buscará la vuelta para decirle que por ese precio se puede comprar dos pares de championes, un jean, cuatro calzoncillos -además de la camisa-, pero el adolescente seguirá sumido en su contumacia: "¡quiero la del cocodrilo y chau!" Como el romance entre Pocahontas y John Smith, los criterios disimiles de padres e hijos conducen a lo mismo: "encuentro de dos mundos". En este caso la madre nunca se podrá poner de acuerdo con el hijo; ambas razones van a ser estúpidas para el otro. De solo imaginarme la mueca que le va a poner la madre, cuando el hijo le diga que si compra la del cocodrilo va a ser más "popular" con sus coetáneos, no sé si me provoca la risa o el llanto.

Lo que sucede con los perros es realmente para llorar. Cuando los alemanes empezaron a experimentar en los campos de exterminio con judíos "semi" humanos -según las leyes de Nuremberg-, hacía rato que experimentaban con perros, para crear las "mejores" razas. Así fueron apareciendo la raza dachshund (1888), boxer (1895), dobermann (1900), gran danés(1880), pastor alemán (1899), pinscher (1879), rottweiler (1910), Schnauzer (1895), entre otras menos conocidas.

La estupidez alemana llevó a la creación de la Federación Cinológica Internacional en mayo de 1911, con el "plausible" propósito de "fomentar y proteger la cinología y los perros de pura raza por todos los medios que encuentra deseables". Después vino el "Kennel Club" que le mide hasta el miembro erecto para determinar si es pura raza o no. La estupidez alemana se propagó rápidamente y todo el mundo estúpido de hoy va a las abominables tiendas de mascotas para comprar un perro de marca. Es la misma estupidez que el lagarto verde de la camisa. Pero los perros de marca -al igual que la grifa con el cocodrilo verde- sirven para presumir. No es lo mismo andar con un sharpey llamdo "Sultán", que andar con un "marca perro" llamado Ciruelita.El razonamiento es el siguiente: "si a mí me tocó ser plebeyo, pues que mi perro sea noble, de sangre azul". Estúpida vanidad y racismo exacerbado, pero como casi todo el mundo lo hace, está bien y es aceptado socialmente.

En el mundo de hoy es raro ver un "marca perro" llevado por su amo en una correa. Sí se los ve por centenares, abandonados y deambulando sin rumbo por las calles de  las ciudades. Por cada perro que se compra en la tienda de mascotas, otro muere en la perrera debido a que nadie los quiere. Un perro no es una mascota, es un amigo, es un integrante de la familia. Ninguna madre va a rechazar a un hijo porque es feo. En defensa de los "Ciruelita", les diré que son un encanto de "personas" y muy versátiles en sus cualidades: ofician de timbre, de recepcionistas, de enfermeros, de compañeros, de amigazos, de juguete, etc. El refranero popular elogió su lealtad con una máxima incontrastable: "más seguidor que perro de bochicome".

La éstética femenina siempre exisitió, pero las multinacionales orientadas a la cosmética vieron que la otra mitad estaba abandonada y a ella había que seducir. Fue así que empezaron a sugir modelos hombres en poses sugestivas, con el cabello pintado, hasta que todo descarriló en lo que vivimos en este siglo XXI. El cambalache de Discepolo quedó corto para este nuevo siglo. Las canas años atrás infundían respeto, sabiduría, hoy son sinónimo de vejez y nadie quiere que le digan "viejo de m...". Por eso no queda otra alternativa que pintarse el pelo y aparentar algunos añitos menos, quizás para "tirararse un canita (teñida) al aire" o por simple coquetería.

Años atrás la selección uruguaya de fútbol se la reconocía mundialmente como la "Garra Charrúa", pero los tiempos han cambiado. Esa garra charrúa, hablaba de una estirpe de jugadores aguerridos, desleales, "machos" y toscos en el trato. Eran simplemente jugadores de fútbol. Los medios de comunicación (internet, redes sociales, TV, diarios) se encargaron de tirarlo todo por la borda y hoy en día vemos cada día más futbolistas uruguayos que cuidan su cabello como si fueran mujeres. Ahí lo tenemos a Lugano y a Forlán con una cabellera rubia, propia de países nórdicos.

No podría imaginarme al Tito Goncalvez (padre), al Peta Ubiña, a Carlos Camejo o al Chango Pintos Saldaña, teñidos de rubio.

El capitan Lugano quiere emular al gran Obdulio Varela, pero ¿alguien hubiera imaginado a Obdulio levantando la Copa del Mundo con "mechitas" en el pelo? ¿Cómo hubiese reaccionado la afición futbolística de los años cincuenta si Varela le hubiese pedido la mano a su amada Cata tirando pétalos de rosas con una música romántica en la puerta de la casa de su prometida? A eso hoy lo llaman romanticismo, ¿cómo se lo llamaba a ese romanticismo en aquellos años?

A propósito, ¿alguien me puede recomendar algún tinte que me haga más joven y más apuesto? Las canas aparecieron hace rato y esa amarga realidad no me permite conciliar el sueño por las noches. 

 


ESTAMOS PERDIENDO LA ESPONTANEIDAD

Los otros días le comentaba a Raquel que se torna un poco difícil adaptarse a estos nuevos tiempos, en que a uno lo andan escudriñando con cámaras de seguridad desde que sale del ascensor de su casa, pasa por el lobby del edificio, camina por la calle y ocupa su lugar en el trabajo. Estamos siendo espiados la mayor parte del día. Los bebés de padres adinerados son los que "peor" la pasan porque tienen cámara hasta en la cuna.

A esta "marcación hombre a hombre" se le suman las mujeres que tienen la certeza absoluta que sus hombres le están siendo infieles y para que sus sospechan se tornen realidad, recurren a un investigador privado para que intente sacar la instantánea con la que sueña todas las noches: su marido copulando con la amante de turno. ¡Ley de atracción que le llaman!

En este mundo de hoy, lo que sobra son emboscadas despiadas que se cristalizan en llamadas por teléfono grabadas y cámaras ocultas en donde la presa cae facilmente por no estar actualizado o quizás porque sigue creyendo inocentemente en el factor humano.

También existen aquellos mecanismos de defensa cuando el hombre y la mujer van retornando a su hogar y borran todos los contactos y chats de sus celulares para entrar "limpio" a la casa, para volver al otro día al torbellino de incorporar nuevamente los contactos y seguir con la doble vida. Hay algunas "mentes brillantes" que utilizan el recurso pueril de camiarle el sexo a sus contactos, para evitar suspicacias.

La mayoría de las emboscadas son por dinero. ¡Poderoso caballero es Don dinero! El fin justifica los medios.

Hace unos años el ex Presidente Jorge Batlle, se fue de boca con unos periodistas y en una actitud más que patética fue a presentarle sus excusas con lágrimas en los ojos al presidente argentino, Duhalde, a pesar de que todos sabían que le había hecho honor a la verdad.

Ayer me acosté -y no me da rubor confesarlo- regocijado con las palabras del Presidente del Uruguay, Sr. José Mujica Cordano. Quizás los últimos acontecimientos políticos sucedidos en la Rep. Argentina (Pacto con Irán, el cierre indefinido de los puentes sobre el Río Uruguay, exabruptos múltiples y el enriquecimiento desmedido de la presidente argentino -cuando el pueblo pasa hambre y calamidades climáticas- me llevaron a terminar la jornada con una amplia sonrisa.

Cuando Mujica creyó que los micrófonos estaban apagados, le susurró a su interlocutor, lo que cualquier hijo de vecino comentaría con sus allegados más próximos: "la vieja es peor que el Tuerto". ¿Mintió? ¿Ofendió a alguien? Todos saben que K es una vieja -disimulada por varias capas de chapa y pintura-. Es vox populi que al finado le decían "el tuerto" por su ojo exoftálmico. El hombre no salió a agredir a nadie, sino que lo hizo en voz más que baja y creyendo -en forma más que ingenua- que nadie lo estaba escuchando. Pero siempre hay gente que se rasga las vestiduras, empezando por los políticos de la oposición, por supuesto.

Lo que sí es deprorable -y quizás nadie lo haya pensado- es la actitud de los periodistas que en pos de obtener fama y dinero hacen lo imposible para obtener réditos, sino que le cuenten a la finada Lady Di cómo vivió sus últimos minutos. Grabaron las palabras del Presidente para crear un conflicto que se pudo haber evitado, escudándose que "estaban haciendo su trabajo", es decir a la caza y a la pesca. Vale todo.

Lo más patético es leer los comentarios de la gente calificando a Mujica de "impresentable", "lamentable" o "vergüenza ajena".

Cuando la gente ya sale amordazada de su casa a fin de presevar su integridad, Mujica sigue viviendo en su casa, con su mujer, con Manuela, sin tender la cama y conservando la espontaneidad que los humanos van perdiendo a ojos vista. Mientras el primer mandatario se lo ve feliz, la prensa mundial equivoca el enfoque y lo califica como "el presidente más pobre del mundo". Me sigo quedando con la reflexión del genial Paul Mc Cartney: "the money can´t buy me love".
 

Alejandro Goldstein

  Traductor de hebreo

CIUDAD DE PANAMÁ

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La fe mueve montañas… de dinero

 

El Palacio Diaz (1929), una joya arquitectónica de la Principal Avenida de Montevideo inspirada en el otrora y hoy nuevamente edificio más alto de Nueva York, el Empire State, fue testigo del cambio de la circulación vehicular en el país en el año 1945, de la estridente bocina de "El Día" saludando las grandes gestas deportivas, de la desaparición de los Trolleybus y de que dos de las tres esquinas disponibles para el comercio en el emblemático cruce de 18 y Ejido estén ocupadas por multinacionales que venden hamburguesas extranjeras, destronando en el último y reciente caso a una casa con añeja tradición uruguaya que hizo historia.
El mundo globalizado y capitalista en extremo, las corporaciones multinacionales -que con sus poderosos tentáculos todo lo acaparan- y la feroz publicidad que gobiernan nuestras mentes y bolsillos, hicieron realidad aquel concepto de Jaime Roos, que inmortalizó con su singular voz el Canario Luna: "hay tradiciones que están más muertas que un faraón". Es poco entendible que el país que se jacta de tener la carne más sabrosa del mundo sucumba a los "encantos" de la "comida chatarra".
Los tiempos cambian y habrá que rendirse ante la evidencia que la salsa ketchup derrotó por amplio margen al chimichurri y a la mostaza de La Pasiva -por lo menos en las nuevas generaciones de uruguayos-. Ya hace unos cuantos años la multinacional del payaso había destronado a los chorizos de "El Galleguito", que también supieron marcar época.
Otros que desaparecieron por mandato de la moda fueron el coloquial y cosmopolita Café Sorocabana de Plaza Cagancha, que cuando Uruguay festejó el Campeonato del Mundo del 50, llegó a vender esa tarde y noche más de 20 mil pocillos a la multitud que inundó sus instalaciones y toda la plaza, El London París, que cerró sus puertas en 1966 a pesar de haber influido de manera significativa en el consumo y en los hábitos sociales de una época de oro de la Ciudad de Montevideo mediante la venta por catálogo y los championes Pampero, "después de Mamá, el que más aguanta(ba)".
Resignada a no poder disfrutar más de aquel icónico vecino -el extinto Café Sorocabana-, aquella Plaza Cagancha que desbordaba cultura entre sus transéuntes y habitués, vuelve a estar de luto por la transformación que sufrirá otro singular y no menos influyente vecino cercano, verdadero referente, bastión y paradigma de la cultura montevideana durante la segunda mitad del siglo XX: el Cine Plaza.
Lo concluyente al respecto es que la "fe" sigue ganándole terreno a la cultura. Desde hace un tiempo la radio telefonía nocturna se transformó en "noches de fe", en las cuales los espectadores con frotarse algunos segundos durante la audición "celestial", logran sanar las enfermedades más atroces. Con la compra del viejo Cine Plaza, dentro de muy poco tiempo, las únicas piezas de teatro que van a poder disfrutar los habitantes de la otrora "Tacita del Plata", serán las protagonizadas por los "pastores brasileños". ¡Estos actores sí que saben cautivar y emocionar a sus miles de espectadores!
A propósito, ¿El "Pastor" David Martins Miranda y el "Obispo" Edir Macedo ya habrán pedido cotización por el Teatro Solis?
Vaya esto como prolegómeno a un capítulo de "Contámela en colores" que trata este lacerante y penoso tema.

http://www.elobservador.com.uy/noticia/241085/dios-es-amor-compro-el-cine-teatro-plaza/
http://genteynegocios.elpais.com.uy/en-febrero-abre-burger-king-en-18-y-ejido
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Capítulo XIV

La fe mueve montañas…

“Yo quiero vengarme de aquel que reina por encima de nosotros”. “Yo lanzaré mi guante a la faz del mundo y me esforzaré por hundir a ese gigante pigmeo”. “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, el espíritu de una situación carente de espíritu”. “Es el opio de los pueblos”. Estas frases fueron pronunciadas por Karl Marx cuando era estudiante universitario, hace casi 200 años. Según Marx, la religión atonta al pueblo, canalizándolo hacia un más allá inexistente y eso hace que la transformación de la realidad se vea imposibilitada a menos que se mancomunen las fuerzas de todos para lograr revolucionar las estructuras de la sociedad. Pese a los esfuerzos de Marx, las religiones gozan de excelente salud. Los templos brotan por doquier como hongos y las autoridades al servicio de la “divinidad” se han adueñado de la noche radio televisiva montevideana.
En Malaquías 3:10 se indica en forma explícita los destinos del “diezmo”, es decir el 10% de las divisas generadas por los ciudadanos. A cambio de este, los contribuyentes obtendrían una bendición de Dios: “traigan íntegro el diezmo para los fondos del templo y así habrá alimento en mi casa. Pruébenme en esto —dice el Señor Todopoderoso— y vean si no abro las compuertas del cielo y derramo sobre Ustedes bendición hasta que sobreabunde”.
Entiéndase “fondos del templo” como el mantenimiento material de dichos santuarios y de toda la gente que trabaja en ellos. En ese afán recaudador, es menester dejarlo en claro, se ha abusado de la generosidad de la gente humilde y por ello han proliferado “obispos” y falsos guías espirituales, que hacen uso deshonroso de los diezmos de sus devotos y que se aprovechan de la ignorancia de la gente para apropiarse de sus escasos recursos. El modus operandi de esos “tabernáculos de fe” lo tengo claro, pues mi lugar de trabajo se encontraba a pasos de uno de ellos, y mientras esperaba tranquilamente el ómnibus para retornar a mi hogar, a través de los amplios e inmaculados ventanales, era testigo mudo de todo lo que allí acontecía. Con mensajes insustanciales como “¿Usted quiere cambiar su vida?” o “¿es Usted feliz?”, personas debidamente entrenadas para la función, se abalanzaban exclusivamente sobre la gente pobre, para pedirle “un minuto de su amable atención”. Si el receptor del mensaje demostraba estar dubitativo, eso implicaba terreno fértil para los “caza fortunas”. Inevitablemente debo volver a aquellos versos de Gabino Palomares, cuando dice:

Hoy en pleno siglo XX
Nos siguen llegando rubios
Y les abrimos la casa
Y los llamamos amigos.

Pero si llega cansado
Un indio de andar la sierra
Lo humillamos y lo vemos
Como extraño en su tierra.

Tú, hipócrita que te muestras
Humilde ante el extranjero
Pero te vuelves soberbio
Con tus hermanos del pueblo.

¡Oh! Maldición de Malinche
Enfermedad del presente
¿Cuándo dejarás mi tierra?
¿Cuándo harás libre a mi gente?


Estos seudos predicadores están entrenados para captar la atención de “los indios de andar la sierra” y no pierden su tiempo con los “rubios” porque saben que la posibilidad de “enganchar” a uno de estos es casi nula. Se ensañan con los más débiles, aquellos desprovistos de instrucción y al menor síntoma de debilidad los despluman como en una avícola. De todas partes vienen a pie o en bicicleta. Ya dentro del templo, los espera personal altamente capacitado para darles la bienvenida al “Reino de Dios”, en un clima de paz y armonía.
Todo luce resplandeciente; las paredes bien pintadas y los pisos limpios y encerados. Ubicados en cómodas butacas esperan el sermón del pastor, que importa poco si nació en Sarandí del Yí o Tarariras, pero que tendrá que hacer ingentes esfuerzos para aprenderse el acento brasileño de memoria, pues forma parte medular del show. Con frases como “¡Gloria a Dios!”, hacen vibrar a las masas con un fervor inusitado y un poder de convicción formidable —mezcla de Adolph Hitler y Fidel Castro—, cautivando a sus feligreses. Cantando canciones contagiosas y moviendo armónicamente sus brazos, todo es fe y alegría espiritual.
Cuando por fin se sientan para descansar unos minutos, salen de los “vestuarios” un equipo de mujeres uniformadas con sendas alcancías, conminando a los parroquianos a contribuir “a voluntad” con el templo. Terminado el culto, todos se iban felices a sus casas: por un lado los devotos con el “alma pura y limpia de los pecados mundanos de la sociedad” —además de sus bolsillos—, y por el otro el pastor con el maletín reventando de dinero.
Cuando no era hora de culto, el espectáculo era más fantástico aún. Tres mujeres desprovistas de calzado y vestidas con un atuendo largo, confeccionado con sábanas blancas —en clara señal de pureza según los parámetros culturales occidentales—, elevaban sus brazos al cielo y movían sus labios, mientras caminaban de un lado al otro del templo, manteniendo siempre los ojos cerrados. ¡Increíble, pero cierto! ¡Estaban hablando con su Dios! Al igual que los comerciantes deben esmerarse y potenciar al máximo su capacidad de inventiva engalanando sus marquesinas para atraer clientes, los templos deben montar un espectáculo para vender fe e ilusiones y el resultado se apreciaba a diario. La gente humilde quedaba embelesada con esa comunicación con lo esotérico y sentían que también ellos tenían el derecho de parar de sufrir y que Dios escuchara sus cuitas sin intermediarios. Toda esa farsa teatral era una notable lección de marketing. En este caso es aplicable la frase: “cuando una imagen vale más que mil palabras”. Si todo ese espectáculo visual no llegaba a colmar las expectativas de las “almas descarriadas”, los embaucadores terminarían de convencerlas que ellos y solamente ellos podían ser los guías que los conducirán por el camino de la salvación, a través de un formidable aparato publicitario presente en los medios masivos de comunicación.
No se puede soslayar de ninguna manera el testimonio desgarrador y a la vez pletórico de esperanza de una superviviente. La pobre mujer había caído en desgracia. Padecía de cáncer de hígado y páncreas en fase terminal, diabetes aguda, insuficiencia renal, ceguera, portadora del virus VIH y sendos juanetes que le impedían caminar. Cuando sus fuerzas físicas claudicaron y comenzaba a atravesar el umbral de su ocaso, allí surgió la llama que iluminó su vida. Mientras escuchaba la audición con los mensajes celestiales, comenzó a frotarse el codo con la radio y por ese hecho, sumado a la gracia divina, la panacea se había alojado definitivamente en su cuerpo, sin dejar vestigios de las múltiples enfermedades que lo aquejaban. ¡Todo un milagro! Ante tan conmovedor testimonio el pastor le preguntaba: —¿está contenta la hermana? Y la hermana, llena de vida le respondía: —¿cómo no voy a estarlo?, ¡estoy feliz, ahora puedo desarrollar mi vida con normalidad y todo gracias al Señor!
El único comentario que resta agregar a esta “cura milagrosa” es lo que el refranero popular sentencia con una máxima inconclusa: “la fe mueve montañas…”. Su parte final va de la mano con el espíritu de lo relatado en el párrafo anterior: “la fe mueve montañas sobre todo cuando hay terremotos”. Pero lo que está fuera de toda discusión es que la fe mueve montañas de dinero.
Una persona que carece de educación, no puede permanecer ajena a tan conmovedora revelación. Es un mensaje que llevará tarde o temprano a que esa persona —ya sea por convicción o curiosidad— se acerque hasta uno de esos templos, en donde la recibirán con los brazos (y los bolsillos) bien abiertos.
El mundo se llenó de ilusión y esperanza a poco de comenzada la década de los 90. Después de largos siglos de infructuosas investigaciones y permanentes desvelos ineficaces de la ciencia, de manera fortuita un mexicano simple "descubrió" el bálsamo milagroso que todo lo cura. Pero cuando digo todo, es todo. La noticia corrió como reguero de pólvora y además del afortunado campesino, propietario de la finca de las inmediaciones de Querétaro (México), —que vio como su patrimonio se elevaba hacia el firmamento—, las ganancias de las agencias de viajes a lo largo y ancho del planeta también se dispararon hasta más allá de Saturno gracias a la venta inusitada de pasajes aéreos, así como un gran número de personas que se vieron beneficiadas por el sorprendente hallazgo —que seguramente debió estar emparentado con la Gracia Divina—.
En el Cono Sur a este tipo de sagas se las conoce como el "Cuento del Tío". La patraña comenzó en 1991, en una pequeña hacienda en la localidad de Tlacote y rápidamente la prensa divulgó el "secreto" al mundo. Parece que un manantial con propiedades especiales proveniente de las entrañas de la tierra, había curado a un perro —testimonio nunca comprobado pues el can se rehusó a efectuar declaraciones a la prensa— y a varios vecinos del lugar, luego de beber su agua "bendita". El tesón de este incansable "alquimista", llegó a buen puerto porque tras un intento fallido en la década de los setenta, finalmente había descubierto que de una "piedra filosofal" de su finca, surgían torrentes de "panacea universal" que le darían solución a millones de enfermos y torrentes de dólares para su cuenta bancaria personal.
Acá no había cuestiones de fe —como la de pasarse la radio por el codo u otras cosas de dudosa credibilidad—: el remedio estaba al alcance de la mano en forma de agua pura y cristalina, con propiedades fantásticas para curar todos los males. Hasta tal punto se cuidó su propietario, que —en una lección de marketing extraordinaria y en permanente estado de alerta ante los embates de la tendenciosa prensa que de una manera u otra iba a acecharlo—, el más vital que nunca elemento sería racionado a un máximo de tres litros por paciente y ABSOLUTAMENTE GRATUITO. Con lo que sí "había que ponerse" era con las consultas médicas adyacentes.
El corolario es que la gente (sobre todo los enfermos terminales y sus familiares), se ilusionó con la buena nueva y se metió en desembolsos exorbitantes por traslados aéreos, largas estadías y "consultas médicas" —llegando en muchos casos a la bancarrota— para aferrarse a aquel viejo refrán que dice: "mientras hay vida, hay esperanza". El dueño de la hacienda —al que su agua le falló en forma personal, pues falleció años después tras una larga y cruel enfermedad—, se aferró a ese refrán también inconcluso —como "la fe mueve montañas" descrito—, para darle un matiz final que lo convirtió en el Rey Midas de finales de siglo: "mientras hay vida, hay esperanza de sacarle hasta el último peso a la gente desesperada". Lo que quedó fuera de discusión es que para el propietario de Tlacote "el agua fue fuente de vida"; sobretodo vida holgada y llena de placeres.
¿Cómo una noticia de este calibre no iba a dar la vuelta al planeta, partiendo de la base que se trata de un elemento esencial para la vida y que escasea para millones de personas en todo el mundo?
Cuando un porcentaje enorme de los habitantes del planeta mueren a diario por enfermedades transmitidas por el agua y la sequía azota permanentemente a las naciones más míseras, el agua volvía a jugar un rol milagroso en la vida de los humanos. Era un acontecimiento bienaventurado porque tras la prodigiosa separación de las aguas del Mar Rojo para que el pueblo judío llegara a la Tierra Prometida, Dios ponía a finales de siglo XX esas kilométricas filas que le habrían de traer felicidad a millones de almas ilusionadas en encontrarle una solución a sus problemas de salud irreversibles.
Lamentablemente los aquejados dejaron todos sus dólares en Tlacote, sin otro derrotero que regresar a sus países de origen con todos sus dolores. Transcurridos pocos años se comprobó que el agua solamente tenía propiedades asombrosas para calmar la la sed de los enfermos que ansiaban su sanación y se deshidrataban —esperando al rayo del sol— en las largas filas.
Estos son claros ejemplos de cómo un grupo de personas pueden llegar a amasar fortunas inconmensurables a costilla de la gente pobre o desesperada. Pero hay más ejemplos dentro de lo esotérico dignos de mención. El adjetivo “trucho” define la manera de ser de ambas márgenes del Plata y sería interesante desmenuzar su etimología. Importado por los argentinos y adoptado por los uruguayos, el vocablo trucho, deriva de la palabra hebrea: “turgeman”, que quiere decir traductor. La mayoría de los traductores conocemos la expresión “traduttore, tradittore”, que significa que el traductor es un traidor. Remontándonos a la época medieval, los traductores eran acusados de falsear o traicionar lo expresado en la lengua original, para volcar en la lengua meta una visión personal y tergiversada, que cambiaba la idea del texto original. Con el pasar de los años, la palabra turgeman mutó a “truchimán”, que hoy en día la Real Academia Española la define como “una persona sagaz y astuta, poco escrupulosa en su proceder”. Una definición a pie juntillas de lo que es un “avivado”.
El permanente estado de transformación al cual están sometidas las lenguas vivas hace que todos los días nazcan y mueran palabras. Las palabras nuevas podrán surgir del mismo idioma o ser importadas de otro, lo que se conoce en lingüística como “préstamos”. La palabra “truchimán” cayó en desuso, pero le dio impulso a una nueva, que entró con mucho ímpetu, se metió en nuestras vidas y corre por nuestras venas, presumiblemente para no abandonarnos más. La palabra “trucho” está emparentada con la anterior y significa falso, fraudulento y en referencia a una persona en particular, es sinónimo de mentiroso y estafador.
Para satisfacer las demandas de los más necesitados están aquellos que mediante la obtención de un título universitario ejercen una profesión en forma honrada y están los otros: los truchos. A veces los humanos necesitamos con desesperación que nos cuenten lo que nuestros oídos quieren escuchar. A tales efectos, una legión de falsos profesionales guiará a la gente por un camino del cual saldrá más que satisfecha pero con algo menos de peso, fruto de los pesos que deberá dejar por concepto de “servicios profesionales”. Tal es el grado de lo que se ha avanzado en lo referente al mundo de las consultas, que estas pueden efectivizarse de forma personal en las “clínicas”, desde la comodidad del hogar mediante una conversación telefónica o —si por cuestiones del azar nuestro camino es interceptado por una gitana— en plena vía pública.
Solo dos seres podían sembrar el pánico entre los niños montevideanos, ocasionándoles traumas y pesadillas que en algunos casos endémicos podía prolongarse hasta más allá de la adultez: los cabezudos y las gitanas. Para los más pequeños el carnaval era una mixtura de sentimientos encontrados; por un lado toda la fantasía multicolor de los carros alegóricos y los fastuosos disfraces y por otro, los temerarios cabezudos. Tomados de la mano de su “protectora” madre, los niños —de solo imaginarse la proximidad de estos— temblaban desde las rodillas hasta los hombros, a la usanza de un perro cuando escucha el estruendo de los petardos de navidad y año nuevo. El cabezudo avanzaba por el medio de la calle con pasos alegres, y de repente salía disparado hacia los “botijas” para bajar en forma abrupta su enorme cabeza casi al lado de la de estos, provocándoles un irremediable y atroz ataque de pánico. La madre, entretanto, moría de risa en lugar de consolarlo.
“Hazte fama y échate a dormir” dice el viejo adagio. Pues bien, ver a varias gitanas en la calle era sinónimo de desesperación. La creencia popular infantil pregonaba que los niños que se portaban mal eran escondidos dentro de las amplias polleras de estas gruesas mujeres y luego, de esa manera eran raptados. No sé si el rumor lo originaban las propias madres para que sus hijos se portaran bien, pero lo cierto era que ver a estas damas con sus trajes típicos, era para los niños como ver a Chucky, el muñeco diabólico. “Expertas” en quiromancia —supuesta adivinación de lo concerniente a una persona por las rayas de sus manos—, tomaban la diestra de sus clientes y les mandaban una perorata de diez minutos, augurándole buena ventura y salud eterna para él y toda su prole. Sus vaticinios —para fortuna del cliente— iban tan lejos que el cliente podía dormir tranquilo porque la paz y el bienestar llegarían hasta sus choznos. Si el cliente cometía la osadía de no pagar, el discurso daba un vuelco y lo que era un futuro hermoso y promisorio, instantáneamente pasaba a ser ominoso y dantesco. Lo menos que podía pasarle a uno de estos clientes desconsiderados, era que el Palacio Salvo se derrumbara justo cuando acertara a cruzar el semáforo de 18 y Andes.
Cuando la “terapia” ya pasa a ser en una casa, donde hay velas aromáticas encendidas y todo un ambiente apropiado para las cuestiones esotéricas, los aranceles pasan a ser otros. Dentro de este universo de embaucadores entran disciplinas como el tarot —arte que pretende adivinar el futuro por medio de los naipes—, la videncia y la astrología. El famoso cómico argentino Alberto Olmedo, inmortalizó en su papel de “el maestro” a un individuo que vestido en forma estrafalaria se aprovechaba de la inocencia de la gente. Esa sátira al negocio de los “avivados”, protagonizado por “el Mano Santa” perpetuó la palabra “trucho” en el léxico del Río de la Plata.
Estos personajes iluminados por la metafísica se prestan para todo servicio: hechizos, conjuros, amarres y futurología, están al alcance de sus poderes extrasensoriales. Algunos van más allá y se hacen llamar “mentalistas” y le dan un aura de mayor respetabilidad a sus quehaceres. Es normal y hasta si se quiere folklórico, encontrar en periódicos latinoamericanos mensajes publicitarios del siguiente tenor: “La Makumba Superior. Vea, escuche, y disfrute la venganza de hacer sufrir, llorar, humillar y pedir perdón a ese ser amado que tanto daño le ha hecho en tan solo 13 minutos. ¡No lo piense más! ¡Llame ya!”. Otro dice lo siguiente: “El Indio Jerónimo (Cacique de Indios). ¿Problemas de amor? ¿Tu pareja te ha abandonado? ¿Te rechaza?, ¿Te mira como a un enemigo? Amarro y ligo en 24 horas a tu pareja. Curo maleficios, brujería, entierro y toda enfermedad. Mejoro negocios, suerte, lotería, juegos de azar y resuelvo con resultados fantásticos la impotencia sexual. ¿Cómo? ¿Todavía no te has comunicado?”
Todas las estrategias son válidas para estos seres desaprensivos. Pueden pedir una foto, un suéter o un calzoncillo limpio del marido, para saber si la pobre víctima de la mujer está siendo engañada por su cónyuge. Lo incuestionable es que los únicos que se salvan dentro de tanta fantochada son los curanderos. Tienen el raro privilegio de ser los profesionales autorizados por los galenos para practicar “tiradas de cuerito” después de un empacho y curar la “culebrilla”. La tirada de cuerito consiste en que el paciente debe colocarse boca abajo y con el torso desnudo. El curandero procede a tirar de la piel de la espalda y si se origina un ruido similar al que se produce cuando la gente se saca las “mentiras” de los dedos, entonces quiere decir que el empacho ha desaparecido. Lo de la culebrilla es más complicado porque se trata de una enfermedad que provoca una erupción en la piel a manera de línea; una al lado de la otra. La mitología dice que de unirse ambas puntas en un círculo alrededor del abdomen del paciente, puede tener consecuencias fatales para este. La leyenda nos enseña que una de las terapias para la cura de este mal es frotando un sapo sobre las heridas para que este absorba el veneno. Otros cuentos señalan que un jarro con agua, tres ramitas y una oración tres veces al día durante tres jornadas, también sanan este mal.
Los diagnósticos, curaciones y premoniciones trasmitidas por teléfono constituyen un verdadero arte. Promocionados con el trillado eslogan de “¡cambia tu futuro!”, el secreto está en darle charla al aquejado paciente, pues cuanto más dure la conversación, más dinero generará la empresa. Una vez terminada la conferencia, quizás el consultante haya encontrado solución a su problema, pero irremediablemente se le generará uno nuevo: cómo hacer para pagar la cuenta del teléfono del mes siguiente.
Lo importante que se concluye es que para estos empresarios del engaño lo importante es recaudar. El fin justifica los medios y desde que la tierra es tierra, si hay “vivos” es porque indefectiblemente existen los “giles”.
Volviendo al tema del cómico argentino Alberto Olmedo y su personaje el Manosanta, se hace necesario hacer algunas puntualizaciones respecto de este curandero felón que hizo las delicias de los telespectadores rioplatenses en la década del 80. El personaje cautivó a las masas, pues estas se identificaban con sus procederes túrbidos como medio de vida y porque paralelamente comenzaban a aparecer ligeras de ropas las vedettes más cotizadas del momento. Eran tiempos de la “Mano de Dios” y un personaje como el de Olmedo, le trasmitía al público la idea subliminal de que el embuste era el camino simpático e inofensivo del éxito y la notoriedad.
El capítulo del Manosanta surgió del guionista argentino Hugo Sofovich y fue incluido en el bien sucedido programa “No Toca Botón”, iniciado en pantallas de Canal 11 (Bs. As.) en el año 1981, cuando la TV color daba sus primeros pasos y había que transformarse en un valiente para levantarse de la cama y cambiar de canal en pleno invierno. Toda una verdadera proeza para nuestra actualidad, cuando la pensamos quince veces antes de sacar el brazo protegido por frazadas y acolchados y cambiar de canal con la comodidad del control remoto.
Ese personaje de atuendos estrambóticos, emulaba a un pae brasileño que recibía en su “santuario” a gente con problemas disímiles y trataba de darles “solución”, siempre ventajosa para él mismo. Hizo famosas frases como “adianchi”, “y, ¡si no me tienen fe!” y “¿me trajiste a la nena?”. Sus productores se cansaron de vender canciones de quinta categoría y hasta llegaron a promover al personaje en la gran pantalla. En pocas palabras, “El Maestro” marcó una época y “se le sacó el jugo” lo más posible. Hoy, transcurrido casi un cuarto de siglo de su desaparición física, se lo venera al actor y a su personaje en varios sitios de las redes sociales de Internet.
Duele reconocerlo, pero el Manosanta de Olmedo, perfectamente podría estar ubicado en el capítulo XII de este libro, en donde se documentan casos famosos de apropiación e imitación.
Un Manosanta de similares características, nacía en los años 70 en las pantallas de un canal montevideano, cuando todavía se vivía en blanco y negro y el color resultaba una quimera. El célebre grupo de cómicos uruguayos, entre los cuales destacó a Ricardo Espalter, Eduardo D’Angelo, Julio Frade y Enrique Almada, idearon un personaje llamado “Don Yaburú”, el cual fue protagonizado por el último de este glorioso cuarteto.
Este simpático personaje —que pertenecía a una televisión en que el humor era sano y no había necesidad de recurrir a exhibir la mercadería femenina para captar la atención de la gente— vestía una gran camisa hawaiana por fuera del pantalón y les daba una calurosa bienvenida a sus “pacientes” con la voz africana umbandista de “saravá”, inmortalizada por el poeta Vinicius de Moraes.
Cuesta decirlo, pero sí: era exactamente la misma temática que años después el populacho se dejaba seducir por las artimañas del Manosanta, con lo cual no nos queda otra alternativa que inferir que el “Maestro” Olmedo, surge del exquisito personaje de Enrique Almada, “Don Yaburú” y cualquier semejanza con la realidad no es mera coincidencia: el Manosanta fue una verdadera “truchada”.

Alejandro Goldstein
CIUDAD DE PANAMÁ


De suegras, nueras y cuñadas

 

En mi pasaje por la Universidad de la República (Uruguay), mis profesores me enseñaron que una persona domina bien una lengua cuando tiene un conocimiento cabal de su refrano popular. La ciencia que estudia estos enunciados es la paremiología. Toda la idiosincracia de un pueblo; su cultura, su arte, su estilo de vida, su gastronomía, quedan reflejados en los refranes. Son la impronta del saber popular.

Mi predilección por los refranes vienen de muy pequeño. Recuerdo que por aquellos años, los domingos solíamos almorzar en la extinta "Parrillada La Cigarra", en la esq. de Juanicó casi Centenario, al lado del también desaparecido y emblemático Cine Trafalgar de la ciudad de Montevideo. La decoración de esta casa de comidas muy concurrida en aquella época era de estilo gauchesco con cabeza embalsamadas de toros, boleadoras, rebenques,  herraduras y todo tipo de artesanías en cuero. También colgaban de las paredes blancas numerosos cuadros con refranes alusivos al campo. A mi me gustaba muchísimo aprendérmelos. Rescato dos de ellos a manera de ejemplo: "Macaco viejo no sube a palo podrido" y "El vino viejo, la mujer joven". Verdaderas lecciones de vida encerradas en una sola frase.

El mismo día que partía hacia Panamá portando conmigo una carga anímica muy pesada, debido a que me separaba en forma transitoria de mis seres amados, hubo un hecho que me produjo una gran felicidad. Estaba fotocopiando unos documentos para mi viaje, cuando me dí cuenta que una señora mayor estaba dejando un libro para copiar cuya tapa tenía caracteres hebreos. Respetuosamente le pedí permiso para ver cual era su contenido. Su nieto cumplía la Bar Mitzvah y sus abuelos quisieron darle como presente el inconmensurable legado cultural de sus ancestros, los judíos de Sefarad, la España Judía. En pocas horas me lo leí en forma íntegra y quedé sorprendido con que una enormidad de refranes usados hoy en hispanoamérica surgen de la judería española.

Decimos en el Río de la Plata que las relaciones entre las mujeres de la familia "son jodidas". Salvando honrosas excepciones, las cuñadas, nueras y suegras son sinónimo de corto circuito. Mi hermano mayor siempre dijo que "las nueras son todas unas yeguas". También lo reafirma el poeta catalán Joan Manuel Serrat al respecto de que las suegras siempre le encuentran algún pero a sus nueras: "tiene muchos defectos dice mi padre y demasiados huesos dice mi madre". No importa en absoluto que la mujer que el hijo quiere "sea más verdad que el pan y la tierra"; ese es un detalle menor.

La palabra cuñada infunde frialdad, distancia. Una cosa es decir: "te presento a la esposa de mi hermano" y otra muy diferente "te presento a mi cuñada". Ni que hablar de la suegra, sobre la cual han caído ríos de tinta, infinidad de crueles e injustos apelativos: bruja, harpía, entre otros.

Reuniones familiares -cuyo único cometido es estar en armonía- terminan transformándose en verdaderas batallas campales. Que una cuñada le dijo a la otra y que está le respondió a aquella con una grosería, entonces viene el vaso de agua en el rostro de la segunda. Ahí se meten los esposos, es decir los hermanos, y todo termina en un gran jaleo. El resultado: todos peleados y ¿de quién es la culpa? ¿Quién es la causante de todos los males? La pobre suegra que llora bajito en la cocina, guardando los postres en el congelador que nunca llegó a servir y que le llevaron cuatro horas de esmerada dedicación. Entre sollozos se lamenta: "lo hago todo con mucho amor y siempre sale todo mal".

Quizás algunos de uds. piensa que exagero. Pues bien, para que vean que estoy en lo cierto, lo que sigue es una pequeña reseña de ese colosal compendio de sabiduría:

* AMISTAD YERNO, COMO EL SOL D'INVERNO, SALE TADRE I SE VA PRESTO.

* AMOR DE SHUEGRA I NUERA, DE LOS DIENTES PAR' AFUERA.

* LAVORO AMPESADO NO LO AMOSTRES NI A SHUEGRA, NI A CUNYADA.

* MI NUERA BIEN CUZINA GUAY LA AZEYTE I LA ARINA.

* ESHUEGRA, NI DE ASUCAR ES BUENA.

* BARE LA NUERA LO QUE LA SHUEGRA VEE. 

* CUALA ES LA BIENCAZADA? LA QUE NO TIENE SHUEGRA NI CUNIADA.

* CUANDO ESTAN DE PAR LA SHUEGRA I LA NUERA? CUANDO EL AZNO ASUVE LA ESCALERA.

* CUNYADICA, CULEVRICA.

* NUERA, DOLOR DE MUELA.

* MIS IJOS CAZADOS, MIS MALES DOBLADOS.

*NUERA FUITES, SHUEGRA SERAS, LO QUE AZITES, TE AZERAN
 

  Alejandro Goldstein

CIUDAD DE PANAMÁ


EL DOBLE DISCURSO, LA ÚNICA HIPOCRESÍA

 

A esta altura de las circunstancias el caso Suarez ya pasó a ser una cuestión de Estado; hasta el propio Presidente de la República salió a defenderlo, diciendo que "Luisito" no es racista.

La gran hipocresía que vivimos a diario en este mundo, hizo que se desencadenara un circo mediático debido a que dos jugadores de fútbol de renombre mundial intercambiaron una serie de insultos en el terreno de juego. Con los problemas que tiene el mundo cruel en el que vivimos, parece ridículo, grotesco y hasta diría inmoral que los titulares de los diarios del mundo se ocupen de la "gran" noticia que un jugador de tez clara le diga a otro de tez oscura "negro de mierda", cuando debería ocuparse de temas cruciales como el hambre y la sed que azotan a sus propios países y al mundo entero. Lo que pasa es que el fútbol vende y el hambre no.

Cuando se le dice "negro de mierda" a una persona de tez oscura, hoy en latinoamérica ya no se hace alusión al tan mentado racismo, sino que simplemente se trata de identificar al agredido de conformidad con aquellos rasgos que mejor lo definen. Ya estaríamos al borde de la locura si las denuncias se sucedieran con todas las clases de formatos de humanos que existen. A saber, gordo, flaco, puto, pelado, viejo, pendejo, rengo y maricón, van de la mano del atributo "de mierda". ¿Los flacos van a la comisaría a hacer la denuncia cuando les dicen "flaco de mierda"? ¿verdad que no? ¿Para qué perder el tiempo en nimiedades? Todos aquellos que se rasgan las vestiduras y dicen que Suarez estuvo mal por inslutar a Evrá no dejan de ser unos hipócritas. El que más se destacó fue Sir Alex Ferguson, quien dijo que Luis Suarez era una vergüenza para el Liverpool. Dejando volar la imaginación, nos encontramos con la hija de Ferguson entrando a la casa paterna de la mano de un musculoso negro de 2 mts. y mientras lo abraza cariñosamente, le da un beso a su padre y le dice: "Hola Papi, te presento a Kunta, estoy enamorada, nos casamos mañana. ¿Nos saldrías de testigo?" ¿El viejo Ferguson saltará de alegría o de inmediato habrá que llamar al pulmotor porque su hija se casa con un negro?

Que yo sepa Inglaterra es una democracia y estamos en presencia de dos jugadores de fútbol que simplemente no se saludaron. ¿Cómo Suarez lo iba a saludar si por culpa del otro estuvo suspendido ocho fechas y tuvo que pagar decenas de miles de dólares por el infortunio? Yo pensé que en un estado de derecho -como lo es Inglaterra- el ciudadano tenía el derecho de saludar a quién quisiera -mal que le pese a la gente-, pero la libertad de opinión hace que todos se sientan en la necesidad de "meter la cuchara".

Parece una telenovela esto de Suarez. Las redes sociales muestran cuadros de la secuencia en que el uruguayo no saluda al francés. Si vemos el vídeo en reiteradas ocasiones, vamos a percibir que Suarez extiende la mano y Evra le deja la mano colgando. En definitiva, un montón de comentarios y conclusiones por una real estupidez que carece de importancia. Si nos preocupamos por estas tonterías, además de preocuparnos si el Pesidente de la República lee los discursos con gafas que le faltan una patilla, que se olvida de esconder la manzana mientras conversa con un actor de Holywood o que tiene una perra que se llama Manuela, hay que llegar a la conclusión que estamos bien posicionados.

 Los uruguayos disfrutan como locos de la violencia. ¿Que hincha de Nacional no recuerda aquel soberano puñetazo que Aguirregaray le propinó a Morena en un clásico en donde ambos "contendores" fueron expulsados? ¿Qué fanatico uruguayo no guarda en las retinas cuando Sergio "Colacho" Ramirez protagonizó aquella magnífica persecución al campeón del mundo, Roberto Rivelinho? A tal punto disfrutamos de esas demostraciones de "carácter" que años después de aquella batalla campal iniciada por el ídolo de la afición tricolor,Enrique "Pelado" Peña y continuada por el héroe carbonero, Obdulio Trasante, los organizadores de la Teletón, muchos años después, no tuvieron mejor idea que "enfrentarlos" en un ring para el espectáculo. Bochorno absoluto. Esa fama de peleadores la habían terminado de cimentar cuando el referí Eduardo Dluzniewski expulsó al emblemático calvo tricolor. Perdido por perdido, Peña buscó a un rival para que se fuera a las duchas con él y terminó diciendo tiempo después en forma jocosa: "me quise llevar a uno y me los llevé a todos".

Las cosas empezaron a tener "tintes moralistas" en las postrimerías del siglo XX, cuando el 25 de noviembre de 2000, en un clásico caliente como tantos, Richard "Chengue" Morales y el D.T. aurinegro, Julio Ribas, se fueron a las manos y pagaron con 13 (¡sí, trece!) días de arresto por tomarse a golpes de puño. El rótulo de la condena fue: "violencia en estadio deportivo". Pensar que el Prof. Andrés Flores Silva y el Dr.Juan Raúl Ferrerira le dijeron en pleno parlamento al fallecido José Germán Araujo "¡la puta madre que te parió!" -cuando éste último los había tratado de "cuzquitos"- y nadie marchó preso. Años después -y en el mismo recinto- al hijo del ex presidente Luis Alberto Lacalle le espetaron en la cara el famoso "oligarca puto", y no pasó nada; algunos conatos, calenturas del momento, pero nadie fue en cana. Todas las semanas se ven vídeos en donde paralamentarios se "cagan a piñas" y nunca escucho que quedan emplazados. Los parlamentarios tendrían que dar el ejemplo por su investidura y no los futbolistas que carecen de instrucción y logran su riqueza material mediante el esfuerzo físico.

 Después vino el Sr. Prudente a enseñarnos puntualidad, cuando lo único que sabemos hacer es llegar tarde a todos lados. En Uruguay se le hace honor a la impuntualidad y eso el club Nacional de Fútbol y el relator Alberto Kesman lo pagaron caro porque al primero le hicieron perder los tres puntos y al segundo le agregaron los tres que le sacaron a Nacional más uno para suturarle la cabeza después del gran lío que se armó. La jusiticia se hizo sentir y el partido se disputó tiempo después, ganándole Nacional a Villa Española y sin Prudente como árbitro. El Presidente Mujicá -que le encanta abrir la boca- lo sentenció de manera precisa y sucinta: "a Prudente le faltó boliche".

Más acá en el tiempo, Nacional disputaba los octavos de final de la Copa Sudamericana (2011) ante la U. de Chile. El baile por parte de los trasandinos era tremendo. Al comenzar la segunda mitad a un iluminado se le ocurrió tirar un rollo de papel que cayó en la cabeza del juez de línea paraguayo, de apellido Saldívar. El encargado de impartir justicia desde la raya de cal se dejó caer como si una tonelada de hierro le hubiese impactado desde el cielo. No se puede ir contra la naturaleza de un pueblo que vibra con la violencia. Hablamos de fútbol y el que quiera erradicar los tumultos, las agresiones y las palabras soeces deberá verlo por TV o ir al teatro. El mejor ejemplo lo encuentro cuando una vez fuimos al estadio y un amigo tuvo la desafortunda idea de concurrir al espectáculo junto a su novia. Parece que a la muchacha le rechinaban en los oídos que los fanáticos se ensañaran con la parte íntima de la progenitora del árbitro y su futuro marido no tuvo otra alternativa que salir en defensa de su compañera que reclamaba por poesía y versos. Los "muchachos" dieron por concluído el pleito cuando le espetaron al novio: "¡llevala al teatro!".

Para terminar con los ejemplos futbolísticos y pasar a cosas de mayor importancia, me voy quedando con la anécdota cuando dos conspicuos futbolistas de dilatada trayectoria en el fútbol europeo, se pelearon en un partido decisivo del Mundial de 1990 (Italia). El holandés  le tiró un escupitajo al alemán . La única sanción fue  ambos jugadores expulsados. Si se recurre al escupitajo en la actualidad con la "moralidad" que impera, se comen dos años de cárcel, de seguro.

 Hablando de pollos, nunca entendí porque los frigoríficos, las parrilladas y las avícolas se emperran en idear los logotipos de sus empresas con pollos y vacas sonriendo, felices de la vida. Esos pobres animales viven hacinados en condiciones dramáticas y su único destino es engordar para que los humanos se los coman fritos, crudos, a la parrilla, etc. El ejemplo más dramático es el paté de higado de pavo que los "finolis" le llaman “foie gras”. A las aves se les da comida cada tres horas a través de un largo embudo para que estas engorden y literalmente terminen reventando a las dos semanas.

Esos mismos que se hartan con esas parilladas repletas de chorizos, chinchulines, mollejas, pamplonas, etc. son los mismos moralistas que rechazan sin concesiones las corridas de toros. Sin ánimos de defender ese triste espectáculo -que afortunadamente de a poco va despareciendo-, es menester acotar que esos toros bravos-a diferencia de los pollos y las vacas que tienen una vida de mierda desde que nacen hasta que mueren-  vivieron sus vidas en forma salvaje, libre y sin contactos con los humanos. Su sufrimiento se da solo cuando son elegidos para divertir a cierta "gente" (Su Majestad, incluído) y mueren heroicamente en el coso dando batalla hasta su último hálito. A veces dan la nota llevándose también al más allá a su matador, llevando a cabo un ejercicio de justicia infinita.

 

  Alejandro Goldstein

CIUDAD DE PANAMÁ


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