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2002 ~ 15 años difundiendo nuestras raíces ~ 2017


Uruguay

Cronología Histórica Documentada

WALTER RELA

JOSE ARTIGAS EN 1813

ENLACES URUGUAYOS, NEW JERSEY, U.S.A.

2013


Presentación

Con esta serie de  un  CD  integro algunos textos ya publicados en mi website, (walterrela.com) y  añado otros de mi archivo privado, estimando que son incorporaciones específicas , de modo que el resultado final sea “lo más posible integrador” para que el usuario disponga de un conjunto de documentos y de libros (en general dispersos, poco accesibles o que aunque sigan figurando en los ficheros de bibliotecas públicas, los mismos han “desaparecido” de las cajas) ,imprescindibles para un cabal conocimiento de las Instrucciones del año XIII.
Hago esto cumpliendo con la natural obligación que todo investigador tiene para con su comunidad, de no “reservar” materiales que sean útiles a terceros.
El tema de Artigas en 1813 es recurrente en mis proyectos de la última década como consta en mis aportes al Centro de Documentación Histórica del Río da la Plata y Brasil  Dr.Walter Rela ,sita en la ciudad de Rivera.
La única razón de retomarlo ahora es como  anticipé, formar una “unidad” con todos lo que dispongo, ordenar cronológicamente en una serie de  un   CD.. listo para ser bajado directamente y sin cargo.
Anticipo que establecí dos grandes divisiones:

1 Introducción general y .Apoyos temáticos donde además del v.2 Artigas (Cronología Histórica Documentada)  , reproduzco textos de Constituciones aprobadas entre 1787 y 1813 ,como la Declaración de Derechos de Virginia (1787)Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano,(1793),,,Reglamento Constitucional Provisorio Chile( 1810), Acta Federal  Venezuela (1811),   Constitución Quiteña (1812),Historia Constitucional Argentina (mayo de 1810 a 1813),todas tomadas de la Biblioteca Virtual Cervantes..
Aconsejo la lectura del libro de Felipe Ferreiro: La Disgregación del Reino de Indias (pude bajarse integro por Google) que justifica y fundamenta el proceso de concreción de las Instrucciones del año XIII.
La función que  cumplen es de que el lector pueda cotejar su contenido con las mismas   y ver posibles  influencias.
(v.nota 52/1813 Cronología,t.2º, texto completo de las mismas). 

2. Libros de historiadores consagrados que se vinculan al tema. como el de  Thomas Paine: La Independencia de la Tierra Firme,  y el de Mac  Cullock: Historia Concisa de los Estados Unidos el de Rousseau: El Contrato Social.                
.Excluyo toda referencia a hechos  históricos conocidos suficientemente  o los que se encuentran en los manuales de vasta circulación, aplicando la  regla aurea de los compiladores, que es la de no explicar textos cuya sola lectura lineal es suficiente.
Para cerrar este capítulo adjunto un comentario particular tomado de un CD de la Serie Artigas integradas en mi website

( www.walterrela.com )
Aunque existe valiosa bibliografía publicada,  debo hacer unas  puntualizaciones en razón de  las décadas que dediqué a revisar  en archivos de Montevideo (General de la Nación) , Buenos Aires (Biblioteca Nacional, Archivo General de la Nación Argentina) , Rio de Janeiro (Biblioteca Nacional, Museo Imperial. Petrópolis, (Instituto Histórico e Geográphico) y Porto Alegre
(Museo Júlio Castilhlo), este tema y otros vinculantes.. 
 En mi Cronología Histórica Documentada (Nw York: Norman A Ross, 2000) el vol. 2 está dedicado íntegramente a Artigas,
y para facilitar su acceso inmediato lo incluyo en la serie.
Todos lo documentos básicos de su ideario federalista están ahí
en su versión original..
  Hay que insistir con la Liga Federal o Unión de los Pueblos Libres, cuya presencia y existencia se mantuvo por la fe y
 energía  que puso el Jefe de los Orientales´
Para defender el sagrado principio  de una Autonomía provincial,  con su propia carta de gobierno  y  autoridades elegidas por voluntad expresa de los pueblos de cada una en libre ejercicio de sus derechos cívicos, enfrentó políticamente y con sus ejércitos a  los unitarios de Buenos Aires, aferrados al libre comercio y a un puerto monopolista en detrimento de los que podían fundarse sobre el Paraná.
Pasando ya a las influencias (o fuentes de inspiración del federalismo) comparto la posición de historiadores uruguayos (Eugenio Petit Muñoz, Ariosto González, Felipe Ferreiro) que hicieron con honradez y dignidad, un cotejo de   fragmentos de textos probatorios.
  Entre las fuentes francesas está en primer lugar “El contrato social” de Rousseau,que como se sabe fue traducido del francés
Por Mariano Moreno  (que lo prologó).
 Esta versión fue publicada en Buenos Aires en  1810  y tuvo amplia difusión entre los orientales cultos (va  versión digitalizada en 2004.)
 Otras referencias importantes como la de   Thomas Paine  del
Que  rescato un  libro :“ La independencia de la tierra  firme” y de John M. Culloch “Historia Concisa de los Estados Unidos”
 La particularidad de este último es que la edición española del venezolano Manuel García de la Sena es de 1812 y la versión
cuya copia tengo en mi Archivo es del ejemplar que  fue propiedad de Fray José Benito Lamas (está su firma legible),un franciscano de los expulsados de Montevideo por Xavier de Elio bajo la amenaza (recogida por tradición oral) ·”váyanse con sus amigos los matreros” y que fundó en setiembre de 1815 en Purificación , la “Escuela de la Patria”..
En orden de consulta refiero la Constitución de EE.UU. aprobada en 1787 que aunque conocida, quiero decir unas pocas palabras-
  Fue adoptada el 17 de setiembre de 1787 por la Convención
Constitucional de Filadelfia (Pensilvania) y ratificada por Convenciones estaduales.
Se repite que ese día Benjamín Franklin en su discurso validó
La palabra  unidad, aunque era conocida antes.
 Sucesivamente fue aprobada en Delaware, Pensilvania, New Jersey (diciembre), Georgia, Connecticut (enero 1788),
Massachussets (febrero),Maryland (abril), Carolina del Sur (mayo), Nuevo Hampshire, Virginia (junio), New York (julio),
Carolina del Norte (noviembre 1789), Rhode Island (mayo 1790).


Este CD fue preparado con exclusividad para ser difundido por
ENLACES  URUGUAYOS, institución sita en Elizabeth, New Jersey
Que difunde internacionalmente los valores culturales de nuestra Patria.
 

Walter Rela
Montevideo, marzo 2013.


POR PRIMERA VEZ SE REÚNEN DOCUMENTOS BÁSICOS Y PROBADOS DE LAS FUENTES INSPIRADORAS  DE LAS INSTRUCCIONES DEL XIII.

LA PRESENTACIÓN ES MUY EXPLICATIVA  Y ORIENTARÁ AL LECTOR.

CON LA EXPERIENCIA DEL PROF. RELA COMO VISITING PROFESSOR EN EEUU, SIN DUDAS INTERESARÁ SU METODOLOGÍA YA  QUE LOS DOCUMENTOS TIENEN SECUENCIA CRONOLÓGICA.


1811 - 1820

Artigas

"Han engañado a V.S. y ofendido mi carácter, cuando le han informado que yo defiendo a su rey.

 Y si las desavenencias domésticas han lisonjeado el deseo de los que claman por restablecer el dominio español en estos paí- ses con teorías, para alimentar sus deseos, la sangre y la desolación de América han sido consoladas por la ambición española con derecho supuesto.

Esta cuestión la decidirán las armas. Yo no soy vendible, ni quiero más premio por mi empeño que ver libre mi Nación del poderío español; y cuando mis días terminen al estruendo del cañón, dejarán mis brazos la espada que empuñaron para defender la Patria. Vuelve el enviado de V.S., prevenido de no cometer otro atentado como el que ha perpetrado con su visita.

Campamento y julio 28 de 1814.

Respuesta del Jefe de los Orientales al Virrey de Lima D. Joaquín de la Pezuela.


1811-1820. Artigas.

1811.

en. 12. Francisco Xavier Elío llega a Montevideo con el cargo de Virrey

del Río de la Plata, por la Real Orden del 10 de agosto de 1810 firmada por el

Consejo de Regencia.

en. 16. Oficio del Consejo de Regencia española al Cabildo de Montevi-

deo para que rehúse a toda intervención de Da. Carlota Joaquina en los asun-

tos locales.1

en. 19. Elío jura fidelidad al Rey Fernando VII como único Soberano de

España, en presencia de Vigodet y de los Cabildantes.

feb. Negativa de la Junta Grande de Buenos Aires a reconocerlo como tal.

feb. 10. La Junta Grande de Buenos Aires aprueba el Reglamento de Jun-

tas Principales y Subordinadas para el Gobierno y Administración de las Pro-

vincias.

Las Principales se formarían en las ciudades capitales de provincias y las

Subordinadas en las villas.

feb. 13. Declaración de guerra de Elío al gobierno “rebelde y revoluciona-

rio de Buenos Aires”.

feb. 15. José Artigas abandona el cuerpo de Blandengues. De Colonia via-

ja a Buenos Aires y ofrece sus servicios de militar a la Junta Grande.2

feb. 24. Elío ordena el cierre de los puertos de la Banda Oriental a todo

barco que entre o salga del puerto de Buenos Aires, al que bloquea. 

feb. 28. Los criollos Pedro Viera y Venancio Benavídez (¿-1813), al pro-

clamar el llamado Grito de Asencio, inician la revolución oriental. Esta se

extiende rápidamente a la capilla de Mercedes.3

feb. 29. Ocupan Santo Domingo de Soriano y, en forma sucesiva, se van

reuniendo los patriotas de San Salvador.

feb. En Chile, el patriota Juan Martínez de Roza asume la presidencia de

la Junta de Gobierno que, a nombre de Fernando VII, se creó en sbre. 18 de

1810. Es una Junta Provisional de Gobierno, pero en apoyo de Fernando VII.

mar. 1. El Cabildo de Montevideo envía al Pbro. Rafael Zufriategui para

que lo represente en las Cortes de España.

Frente a la resolución del Cabildo montevideano sobre la elección de

diputados de la Banda Oriental a las Cortes de Cádiz, Elío decide que sean

sólo por Montevideo y entre “tres sujetos idóneos”. Realizada la elección,

sale el Pbo. Rafael Zufriategui, quien viajará a España.

mar. 2. Las fuerzas navales del Apostadero de Montevideo derrotan a la

flotilla porteña en San Nicolás (sobre el río Paraná).4

Se establece en Caracas el Congreso General, en el que se afirma que lo

será como “conservador de los derechos de Fernando VII”. Se está lejos de

la idea de independencia que proponen Simón Bolívar y sus partidarios, que

desde el año anterior (agosto) habían creado La Sociedad Patriótica de Agri-

cultura y Economía.

mar. 3. Las fuerzas patrióticas toman Paysandú.

mar. 9. Manuel Belgrano es derrotado por las tropas paraguayas en

Tacuarí.

mar. 24. Artigas se encuentra en Concepción del Uruguay.

Elío toma medidas contra los revolucionarios orientales.5

abr. 2. Elío ordena el levantamiento de una horca en la plaza pública para

castigar a los insurgentes.6

abr. 11. Después de cruzar el río Uruguay, un ejército auxiliar argentino al

mando de Manuel Belgrano, primero, y José Rondeau, después, llegan cerca

de Mercedes.

Desde allí José Artigas dirige una proclama al pueblo oriental.7

abr. 12. Artigas envía un oficio a la Junta de Buenos Aires informando de

la situación de sus fuerzas.8

abr. 20. Benavídez ocupa Colla del Rosario al tiempo que otros criollos,

bajo las órdenes del Cap. Manuel Antonio Artigas, lo hacen con Porongos.9

La Junta Grande decreta la Libertad de Imprenta. Los impresos serán

sometidos sólo a las Juntas de censura (formadas por laicos y religiosos) con

el único cometido de actuar en los casos de difamación o calumnia.

abr. 22. La Junta Grande nombra al Gral. José Rondeau como Gral. en

Jefe de las fuerzas en la Banda Oriental. 10

abr. 24. Las tropas de Manuel Francisco Artigas toman Minas.11

abr. 25. Toma de San José y muerte de Manuel Antonio Artigas.12

abr. 28. Entran victoriosos en San Carlos.

may. 5. Toman Maldonado.

may. 7. Se apoderan de la fortaleza de Santa Teresa y de Rocha.

may. 12. Artigas se encuentra en Canelones y manda algunas avanzadas

de reconocimiento sobre el pueblo de Las Piedras, donde están ubicadas las

tropas españolas de Posadas.

may. 18. Batalla de Las Piedras en las proximidades de Montevideo, que

consolidó el triunfo de las fuerzas patriotas y la influencia de Artigas, que

pasa a ser, con grado de Coronel otorgado por la Junta Grande, Jefe de las

milicias orientales.13

may. 20. El Jefe español Vicente María de Muesas propone a Artigas el

canje de los heridos en la batalla.14

may. 21. Artigas, que el día anterior había puesto sitio a Montevideo, inti-

ma a Elío la rendición de la ciudad, la que es rechazada.15

Al mismo tiempo remite al Cabildo un oficio en el que señala su posición

política del momento.16

Artigas acampa en el Cerrito, donde instala su cuartel general.

may. 24. Elío expulsa de Montevideo a sacerdotes franciscanos y a veci-

nos que son afectos a la causa patriota. 

may. 26. Triunfo de Benavides en Colonia.

may. 30. Oficio del Ministro de Relaciones de Portugal a la Junta de Bue-

nos Aires, anunciando la ayuda de su gobierno al de Elío, ante la anarquía

reinante en la Banda Oriental.17

jun. 20. Derrota del ejército del Alto Perú en Huaquí.

jun. 21. Se aprueba el reglamento Provisorio para los recursos de segun-

da aplicación, injusticia notoria, queja, nulidad y otros extraordinarios. Se

forma una sala de justicia de cinco titulares que atenderá las causas y sus

reclamaciones.

jun. 28. Bolívar pronuncia una alocución al pueblo proclamando su idea-

rio de libertad.

jul. 1o. El Gral. Rondeau, con 2.800 soldados y algunas piezas de artillería,

se une al Primer Sitio de Montevideo, fijando el cuartel en el Arroyo Seco.18

Artigas aproxima el suyo al Cordón, para presionar a Elío.

jul. 3. La princesa Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII y aspirante

al trono del Río de la Plata, manda a Montevideo una imprenta para hacer

impresos de propaganda contra “los rebeldes”. Con tal fin se fundó La Gaceta

de Montevideo, cuya dirección ejerció un franciscano, Fray Cirilo de Alame-

da, que se mantuvo adicto al Rey.

jul. 5. En Caracas Francisco de Miranda (1750-1816), ante un Congreso

lleno de patriotas exige como definición que se proclame la independencia de

estas provincias, lo que se vota por gran mayoría.

jul. 14. Se redacta y firma el acta de independencia. Además, se iza el

pabellón nacional, con colores amarillo, azul y rojo.

jul. 15. Mientras tanto en Montevideo Elío, apremiado por circunstancias

militares adversas, decide pedir apoyo a Diego de Sousa, Cap. Gral. del Ejér-

cito portugués con asiento en Rio Grande del Sur.

Debidamente autorizado por la Corte de Río, éste organiza una fuerza de

5.000 soldados y pertrechos adecuados a la importancia de la operación.

En el momento de invadir la frontera con la Banda Oriental lanza una

proclama de justificación.19 

El C/N. Juan Angel Michelena, al frente de la armada española, bombar-

dea Buenos Aires.

jul. 20. La Junta Gubernativa del Paraguay contesta a la de Buenos Aires

de su interés en adherirse a las provincias confederadas.

En la campaña del Alto Perú el ejército patriota es derrotado por los es-

pañoles en la batalla de Huaquí o Desaguadero, comprometiendo el futuro

militar en la región del Tucumán.

jul. 23. De Sousa ocupa Melo y prosigue hacia el S.E.

ag. 1. En México el cura Miguel Hidalgo, prisionero de los españoles, es

fusilado junto con el patriota Ignacio M. de Allende (1779-1811) y su compa-

ñero Ignacio Aldama (1765-1811).

ag. 4. Exposición del diputado Zufriategui en las Cortes, explicando la

situación político-militar en la Banda Oriental.20

ag. 10. En Chile se forma una Junta de tres miembros que se oponen a los

radicales como Bernardo O’Higgins (1778-1842), que querían la indepen-

dencia.

ag. 11. Una comisión representando el pensamiento de la Junta Grande

ante los sucesos militares del momento llega a Montevideo para negociar el

fin de la guerra, regresando sin obtener éxito.

ag. 18. Con las Cortes funcionando en Cádiz se da lectura al Proyecto de

Constitución comenzado a redactar desde el año anterior.

ag. 19. En Zitácuaro (Michoacán) se establece la Junta Suprema Nacio-

nal, aceptada por todos los caudillos revolucionarios de México.

ag. 25. En Cádiz se inician las discusiones que siguen hasta el inicio de

1812. (en. 23).

ag. - dbre. El Congreso General de Caracas estudia una Constitución

Federal que tiene como modelo la de EE.UU. La antigua capitanía de Vene-

zuela se divide en siete provincias.

sbre. 1. Se decreta la abolición del “tributo a la Corona” de los indíge-

nas. 

sbre. 5. Los portugueses toman Santa Teresa, dejada por los patriotas.

sbre. 7. Llegan a Rocha.

Dentro de su estrategia, dividen las tropas. Una parte se dirige al centro y

litoral de la campaña oriental, para combatir las milicias artiguistas y después

tratar de llegar a Montevideo.

sbre. 8. Entrevista con los jefes del sitio, Cnel. Rondeau y Cnel. Artigas,

de una misión porteña, sobre un acuerdo preliminar de paz entre la Junta Grande

y el Brasil.21

sbre. 10/11. Reunión de orientales en la Panadería de Vidal, para infor-

marse y decidir sobre la posición argentina pro-armisticio y abandono del

sitio por las fuerzas patriotas.22

La respuesta fue única: Proseguir con la lucha por la revolución oriental.

No obstante esto, se sabe que los porteños se comunicaron con el Virrey

que también rechazó la propuesta.

sbre. 14. El Gral. chileno José Miguel Carrera (1785-1821), que había

luchado en España contra Napoleón, de regreso a su patria encabeza un gol-

pe militar contra la Junta de Gobierno.

sbre. 15. Proclama del Cap. artiguista Ramón Villademoros incitando a

sus compatriotas a luchar contra los portugueses invasores.23

sbre. 23. Un Triunvirato formado por Feliciano Antonio de Chiclana (1761-

1826), que lo presidió, Manuel Sarratea (1714-1849) y Juan José Paso (1758-

1833) sustituye a la Junta Grande. Bernardino Rivadavia (1780-1845) asume

la Secretaría de Guerra.

sbre. 24. En España la Soberanía reside en las Cortes, que reconoce como

único y legítimo Rey a Fernando VII.

Los diputados de las Cortes españolas exigen de los Regentes que se re-

conozca su Soberanía, lo que se aprueba por mayoría. La división entre libe-

rales (reformistas), serviles (conservadores) y americanistas (de pensamiento

liberal) se hizo evidente en las sesiones.

oct. 7. Reunión entre Elío y el representante porteño Juan José Pérez para

la firma de un acuerdo preliminar. 

En el mismo se negociaba el retiro de las tropas portuguesas por gestión de

Elío, levantamiento del sitio y reconocimiento de Fernando VII por el Triunvirato.

Rondeau, enterado de esos términos, comunica a su gobierno que “no se

procediese a la conclusión de los Tratados sin anuencia de los orientales, cuya

suerte era la que iba a decidirse”.24

oct. 10. Rondeau convoca a una asamblea de patriotas a realizarse en la

quinta de “La Paraguaya”, a la que asistió Juan J. Pérez.

Los orientales manifiestan con firmeza su voluntad de seguir con la lucha

en esta Banda "hasta extinguir de ella a sus opresores o morir, dando con su

sangre el mayor triunfo a la libertad”.

Artigas pasará a ser desde entonces el “Jefe de los Orientales”.

Las tropas de De Sousa ocupan San Carlos.

oct. 12. Se instalan en Maldonado.

oct. 20. Se ratifica el Tratado de Pacificación o Armisticio entre Elío y la

Primera Junta.

Por el mismo, el Gral. Rondeau abandona el Sitio de Montevideo y embar-

ca sus tropas por puerto Sauce hacia Buenos Aires.

oct. 23. Artigas también deja el Sitio y, camino al N.O., acampa en la costa

del río San José donde, consumado el armisticio rechazado por los patriotas,

que afirman su voluntad de libertad, su nombre es ratificado como Jefe único

y conductor del pueblo en armas por más de 4.000 personas, dentro o fuera del

“suelo patrio”.

Comienza el llamado “Éxodo del Pueblo Oriental” en una ruta que sigue

hasta Arroyo Grande, Arroyo Monzón y el Cololó.25

nov. 5. En San Salvador se levanta el pueblo, con la conducción del pá-

rroco José Matías Delgado (1768-1833 ), que será después el primer presi-

dente de la Asamblea general de El Salvador. Esta acción es reprimida por el

ejército español.

nov. 12-13. Cruzan el río Negro camino a Paysandú, rebasan el río Queguay

y los arroyos Quebracho y Chapicuy.

nov. 15. Se forma en Chile una nueva junta, con la participación de Ca-

rrera y de O’Higgins. 

nov. 18. El Virrey Elío declaraba abolido el Virreinato del Río de la Plata.

nov. 22. El Primer Triunvirato aprueba el Estatuto Provisional que pone

en sus manos la suma del poder político-militar.

dbre. 2. Carrera disuelve la Junta y se declara dictador de Chile.

dbre. Los orientales acampan en la proximidad del río Daymán.

dbre. 7. Oficio de Artigas a la Junta Gubernativa del Paraguay, definitorio

de la realidad del momento y de su pensamiento sobre la misma.26

dbre. 14. Elío viaja a España y José Gaspar de Vigodet asume el mando de

las tropas con el grado de Cap. General y Gobernador.

dbre. 22. Rebelión nicaragüense que tiene como escenario la población

de Granada, con casi un millar de patriotas, también vencidos por las tropas

realistas. 

1.“El Consejo de Regencia al Cabildo, aprobando su conducta y recomendándo-

le que rehuse en absoluto toda proposición de trasladarse Doña Carlota a Montevi-

deo, asi como la entrada de tropas portuguesas al Uruguay.

El Consejo de Regencia de los Reynos de España é Indias que los gobierna en

nombre de nuestro Augusto Monarca el Sr. dn. Fernardo 7º. durante su injusto cauti-

verio, ha leido con la mayor detencion y cuidado quanto V.S.S. exponen en sus ofi-

cios de 9 y 13 de Agosto del año ultimo, y en los que remiten copia de la carta que

dirigio á ese ilustre Cabildo el Sr. Marqués de Casa Irujo Ministro del Rey en la

Corte del Brasil dando parte de las intenciones que le había manifestado al Sa.

Infanta Da. Carlota de trasladarse á esa Ciudad con animo de calmar por su presen-

cia los alborotos que desgraciadamente se ha manifestado en la Provincia de Buenos

Ayres: juntamente con otra copia de las Credenciales presentadas por D. Felipe

Contuci, como Enviado de la Sma. Sa. Princesa del Brasil Da. Carlota Joaquina

para manifestar á esa Ciudad sus intenciones y deseos con respeto á su indicado

designio de traslacion á ella.

El Consejo de Regencia que tantas y tan relevantes pruebas de fidelidad, zelo y

acendrado patriotismo tiene anteriormente recibidas por parte de esa muy leal Ciudad

de Montevideo, y á quien siempre ha considerado y considera como el antemural más

firme y sólido de los derechos de nuestro Augusto Soberano en esos interesantes y

vastos Dominios de S.M., se ha enterado con la mayor complacencia de quanto expo-

nen C.SS. en los referidos oficios; y los sentimientos puros y leales que manifiestan

V.SS. han causado la mas completa satisfaccion á S.A. que ha visto en ellos una nueva

prueba de su acrisolada adhesion por todo lo que puede interesar al bien de la

Monarquia: habiendo sido la conducta de ese Ilustre Cabildo en esta ocasion la mas

patriotica y habiendo llenado con ella la medida de sus bien conocidos sentimientos de

lealtad acia el Rey N.S. Dn. Fernando 7º. y acia el Consejo de Regencia que en su RI,

nombre gobierna. - Al paso que S.A,. ha quedado en extremo complacido en ver confir-

mada la merecida opinion que siempre ha formado de las heroicas virtudes que distin-

guen á ese Ilustre Ayuntamiento; no ha podido menos de quedar igualmente satisfecho

del discernimiento político con que ha sabido conducirse en la díficil y escabrosa cir-

cunstancia en que se han encontado con la Carta del Sr. Marques de Casa Irujo, y

proposiciones hechas por la S.a Infanta D.a Carlota con motivo de verificar su traslacion

á esa Ciudad. Ninguna respuesta mas sutisfactoria puedo dar á V. SS. en nombre del

mismo Consejo de Regencia, como su Primer Secretario de Estado, que manifestarle,

como lo verifico la completa aprobacion, que ha merecido de S. A. Ia conducta obser-

vada por V. SS. en el particular y el acertado pulso y tino con que han contextado en

asunto tan delicado á la S.a Infanta D.a Carlota y al Marques de Casa Irujo. Asi me

manda S. A. hacerlo presente a V. SS. como igualmente prevenirles que en ningun caso

deben V. SS. admitir proposicion alguna dirigida á que la referida S.a Infanta se trasla- 

de á Montevideo ni á su territorio, baxo qualquiera denominacion que pueda ser, por

mas puros que sean los sentimientos de S. A. (como efectivamente lo parecen) ni por

mas que sus miras no sean otras que las de asegurar los derechos de su Augusto Her-

mano el Rey Nuestro Señor. Tambien me manda el Consejo de Regencia manifestar á V.

SS.; que no siendo en ningun modo conveniente el que las Tropas portuguesas entren

en el territorio Español baxo ningun pretexto, ni aun con el de sugetar Ios revoluciona-

rios de Buenos Ayres no deberán V. SS. por manera alguna Ilamar ni convidar en su

auxilio semejantes Tropas. —Por ultimo el Consejo de Regencia muy penetrado de que

la Sabiduria, zelo, y prudencia del Cabildo de esa Ciudad, le dictará siempre la con-

ducta que deberá observar con arreglo á su nunca desmentida fidelidad; está seguro

de que en todas ocasiones y circunstancias por escabrosas y dificiles que sean sabrá

adoptar el partido mas sano y acertado, como lo ha sabido abrazar en la presente.

Todo lo que de orden del Consejo de Regencia comunico á V. SS. para su inteligencia,

gobierno y satisfaccion. —Dios gue á V. SS. m.s a.s— RI. Isla de Leon 16 de Enero de

1811.— EUSEBIO DE BARDAXI Y AZARA. -Sres. Gobernador, y Cabildo de la Ciu-

dad de Montevideo”.

En: Bauzá, o.c.

2. Nació en Montevideo el 19 de junio de 1764.

Después de prestar servicios en el Cuerpo de Blandengues, en la hora de la revo-

lución oriental de 1811 se convirtió en su jefe militar e ideólogo de libertad e inde-

pendencia.

Por derecho propio nombrado Jefe de los Orientales y luego Protector de los

Pueblos Libres por las Prov. argentinas que participaban de su ideario de autonomía

del centralismo porteño y de su concepción federalista por el que luchó contra los

sucesivos directores de turno, formando la Liga Federal.

La invasión portuguesa, lo desigual de la potencia militar que debió enfrentar

hasta la última gran batalla en las puntas del Tacuarembó chico (en. 22, 1820),

quebrada la heroica resistencia oriental, sumada a la manifiesta deslealtad de

Pueyrredón lo llevaron a repasar el río Uruguay para buscar apoyo en Corrientes.

Allí encontró intrigas y traición como la de su lugarteniente Ramírez al que debió

enfrentar con las armas.

Ingresado a tierras paraguayas residió en la Villa de San Isidro hasta la muerte

de Rodríguez de Francia (sbre. 20, 1840), cuando por orden de la Junta Provicional

se le manda aprehender por la autoridad local.

“Los representantes de la República prevenimos a Ud. que inmediatamente al

recibo de esta orden ponga la persona del bandido José Artigas en seguras prisio-

nes, hasta otra disposición de este Gobierno Provisional y dará cuenta sin dilación

de haberlo así cumplido firmando con testigos”. 

Estuvo preso desde el 22 de sbre. hasta el 12 de mar. de 1841, cuando al asumir el

gobierno los Cónsules Mariano Roque Alonso y Carlos Antonio López decretan su

libertad.

El 12 de agosto de 1841 en una medida llena de afecto, los Cónsules avisan al

comandante de Curuguaty que consulte a Artigas sobre su voluntad de regresar a su

patria y en caso afirmativo lo haga saber.

Artigas agradeció el gesto pero declaró que “estaba muy distante de imaginar

volver a su país nativo”, en cambio pedía el favor de que le dejasen residir allí.

El 13 de mar. de 1844, Carlos Antonio López asume la Presidencia del Paraguay.

El 21 mar. de 1845 resuelve invitar a Artigas “para instructor de un ejército de la

República”.

Esta nueva muestra de respeto y afecto personal de López encontraba a un Artigas

en su vejez, y sólo aceptó la propuesta hecha tiempo después por el Presidente y pasó

a residir en Ibiray a pocos kilómetros de la capital, donde murió el 23 sbre. de 1850.

ANTECEDENTES PERSONALES DE ARTIGAS

PARTIDAS DE BAUTISMO Y CASAMIENTO.- Dia diez y nueve de Junio de mil

setecientos sesenta y cuatro nació Josef Gervasio, hijo legitimo de D. Martin Josef

Artigas y de Doña Francisca Antonia Arnal, vecinos de esta Ciudad de Montevideo;

y Yó el Doctor Pedro García lo bauticé, puse óleo y chrisma en la Iglesia Parroquial

de dicha Ciudad el veinte y uno del expresado mes y año. Fue su padrino D. Nicolas

Zamora. - Dr. Pedro Garcia (Lib. I, de Bautismos de la Catedral, f. 208 vt.a).

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En veinte y tres de Diciembre de mil ochocientos y cinco, Yo D. Damaso Antonio

Larrañaga Teniente de Cura de la Iglesia Matriz de esta ciudad de Montevideo,

precediendo la licencia militar, la informacion y proclamas, casé á D. Josef Artigas,

teniente de Blandengues, natural de esta ciudad, hijo legítimo de D. Martin Joseph y

de la finada Doña Francisca Antonia Arnal, con Doña Rosalia Villagran, natural de

esta ciudad, hija legitima de D. Joseph y Doña Francisca Artigas, habiendo dispen-

sado el ordinario el grado de consanguinidad que hay entre ambos: fueron testigos

D. Martin Josef Artigas y Doña Maria Villagran, y por verdad lo firmé - Damaso

Antonio Larrañaga. (Lib. 6 de Matrimonios de la Catedral, f. 28).

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FOJA DE SERVICIOS = § 1. Don Josef Franc.co de Sostoa, Comisario de Guerra

Ministro de RI. Haz.da de esta Plaza: - Certifico que D. Josef Artigas Blandengue de

Cavalleria del cuerpo veterano de esta clase de Montevideo ha existido empleado

por el Exmo S.or Virrey Comand.te de una Partida celadora de la Campaña desde

catorce de Agosto hasta veinte y siete de octubre de 1797, en que fué nombrado

Capitan de Milicias de Cavall.a Y para que pueda acreditar el haver que le corresp.de

en dho tiempo; Doy la presente en Montevideo á 31 de Diciembre de 1797. (Borra-

dor sin firma del Arch. Gen.)

§ 2. Blandengues de Montevideo = Pié de Lista de los individuos que de dicho

Cuerpo existen en esta Plaza con Comisión y pasan revista oy dia de la fecha: 1a.

Compañía Cap.n D. Juan de Fraga; Th.e D. Juan Cuesta; Cavo Francisco de Paula

Tellado; Cad.te D. Francisco Elia; Juan del Carmen Azucar, Bernardo Flores, Josef

Antonio Lara. - 2.a Cad.te D. Roman Fernández - 3.a Cad.te D. Juan Corbera - 4.a

Cad.te D. Josef Martinez - 5.a Juan Josef Escobar - 6.a Josef Gonzalez - 7.a Cad.te D.

Apolinario Lallama - 8.a Cavo Josef de Altolaguirre, Cad.te D. Ramon Fernández:

Total 13 = Plana Mayor: Ayudante Mayor, D. Josef Artigas = Montevideo 15 de

Julio de 1799 = Miguel Mar.no de Borraz. - (MS. del Arch. Gen.)

§ 3. Don Josef Artigas, Ayudante m.or del Cuerpo veterano de cavalleri de

Blandenguez de las Fronteras de esta Plaza, de el que es Primer Comandante Sar-

gento Mayor D. Cayetano Ramirez de Arellano = Certifico que hallandome enfermo

en esta Plaza, supe se preparava en ella de sus tropas y vecindario una Expedición á

las ordenes del Capitan de Navio D. Santiago Liniers, actualmente Virrey de estas

Provincias para reconquistar del poder de los Enemigos la Capital de Buenos Aires,

con cuyo motivo me presenté al Sr. Governador D. Pascual Ruiz Huidogro, á efecto

de que me permitiese ser uno de los de dha Expedicion, ya que no podia hir con el

Cuerpo de que dependo, por hallarse este en aquella epoca, cubriendo los varios

puntos de la Campaña, lo que se sirvió concederme dho Sr. ordenandome quedase Yo

en esta Ciudad para conducir por tierra un Pliego (como lo verifiqué) para el citado

Sr. D. Santiago Liniers, destinandome después éste Sr. al Exercito nuestro que se

hallaba en los Corrales de miserere desde donde pasamos á atacar el retiro, en don-

de adbertimos que la tropa, Milicias, y demas gentes de que se componia la citada

Expedición, y aun numero de aquel Pueblo que se juntó á ella en aquel paraje, se

portaron con el maior espiritu y valor; rendidos los Enemigos á discrecion, regresé

desde aquella á esta Plaza con la noticia por ser la comisión á que me dirijia por el

nominado señor Governador: que es cuanto puedo decir bajo mi palabra de honor

en obsequio de la verdad y de la justicia: Montevideo 10 de Junio de 1808 = José

Artigas.- ("Expediente de servicios del vecindario de Montevideo en la guerra con-

tra los ingleses".- Arch. Gen.)

§ 4. El Ayudante Mayor de Blandengues D. José Artigas acaba de regresar de

Buenos Ayres en una Comisión interesante del Real Servicio en que fué destinado

por mí, y en la que estuvo para perecer en el Rio, por haber naufragado el bote que

lo conducia, en cuyo caso perdió la maleta de su ropa de uso, apero, poncho y cuanto

traia; por cuya perdida y los gastos que le ha ocasionado la misma Comisión, estimo

de justicia se le abone por esta Real Tesorería del cargo de V. 300 $ corrientes, y se 

lo aviso para su debido cumplimiento á la mayor brevedad. - Dios guarde á V. m.s a.s

- Montevideo 15 de Agosto de 1806. - Pascual Ruiz Huidobro. Sr. D. Ventura Gomez

- (Ídem.)

§ 5. Don Cayetano Ramirez de Arellano, primer Comandante Sargento Mayor del

Cuerpo Veterano de Cavallería de Blandengues de las fronteras de Montevideo, cer-

tifico: Que habiendome retirado á esta Plaza desde Cerro Largo por disposicion

Superior con una porcion de tropa del Cuerpo de mi cargo, fué destinado al campa-

mento de Punta de Carretas para observar las operaciones del enemigo que estaba

posesionado de la Plaza de Maldonado, y su Puerto, en donde un destacamento del

propio Cuerpo, compuesto de un Capitan, un Alferez, y ciento veinte hombres, fué

rechazado, y derrotado por los enemigos el dia veintinueve de Octubre de mil ocho-

cientos seis, en que tomaron aquel punto en donde murieron ocho hombres, y fueron

heridos de gravedad catorce, quedando muchos prisioneros: después abandonaron

los enemigos aquel Puerto, reembarcándose en la Escuadra que se presentó el dia

diez y seis de Enero de mil ochocientos siete en la Ensenada de la Basura ó Playa del

Buceo, donde verificó el desembarco de sus tropas, á cuya sazon se hallaban las de

mi cuerpo, y de otros que se destinaron para evitar el desembarco, que no fué posible

por el continuo fuego de los buques que lo protegia y en la tarde del mismo dia se

reunió á las Tropas que salieron de la Plaza á las órdenes del Señor Virrey y desde el

Saladero que llaman de Magariño se empezó á hacer fuego de cañon á los enemigos,

con lo que se contuvieron sin pasar adelante, pero habiéndose retirado nuestra Tro-

pa de Infanteria y Dragones á un saladero de la Costa me posesioné para observar á

los enemigos é inmediato á ellos en el Saladero de Zamora desde donde salian par-

tidas de observacion, hasta el dia diez y nueve al amanecer, en que los enemigos

emprendieron su marcha para esta Plaza, é inmediatamente sali con toda mi tropa, y

la de los Regimientos de Milicias de Córdoba y Paraguay con cuatro cañones para

contener el enemigo que traia fuerzas muy superiores, y á pesar de ser las nuestras

tan reducidas se emprendió el fuego de una y otra parte, llegando al extremo de

atacarnos con bayonetas, por cuya razon se dispersó nuestra tropa, quedando entre

muertos y heridos de los de mi cuerpo, de veinte á veinticuatro hombres, y nos retira-

mos al Matadero de Silva, donde se hallaba toda la tropa de la Plaza con el señor

Virrey, con quien nos reunimos y fuimos atacados por los enemigos, que no pudieron

resistirlos, se mandó retirarnos con dirección á la Plaza, siguiéndonos el enemigo

con su fuego de artillería y fusilería, que cesó luego que se avanzaron y posesionaron

del paraje que llaman el Cristo, y nuestro Ejército quedó á la inmediación del

Miguelete, hasta que en la tarde del mismo día nos retiramos á la Plaza, de donde

salimos el siguiente día veinte por la mañana, en busca de los enemigos que se halla-

ban emboscados en las quintas, casas y cercos del Cordon, por lo que no pudieron 

ser vistos de nuestras avanzadas, causa porque nos cercaron con sus fuegos de cañon

y fusil, por derecha, izquierda y frente, en parajes ventajosos que nos derrotaron y

desunieron, obligando á todo nuestro Ejército á la retirada con mucho desorden, por

no poder resistir á tan superiores fuerzas, quedando muertos en aquella accion como

unos treinta hombres de mi cuerpo, varios heridos y algunos prisioneros, retirados

ya á esta Plaza se mantuvo las tropas todas las noches, y algunos dias en la Muralla,

sufriendo el mas vigoroso fuego de mar y tierra, que hacia el enemigo sin intermision

de dia, y de noche, hasta que habiéndose aproximado como á medio tiro de cañon de

la Plaza empezó á batirla en brecha que consiguió abrir en el Porton de San Juan,

continuando su fuego hasta las tres de la mañana del dia tres de Febrero del citado

ochocientos siete, que avanzó el enemigo forzando la brecha y atacando dentro de la

Plaza por derecha é izquierda, á fuego y bayoneta, en cuya accion hubo de mi cuerpo

bastante número de muertos y heridos, el cual no se puede expresar con certeza el

porqué se ignora de los prisioneros que llevaron á Lóndres, excepto algunos que

pudieron profugar, y otros que como los desembarcaron en esta Plaza por enfermos.

En esta accion y en las demas que tuvieron nuestras tropas y todo el vecindario de

esta Ciudad, á pesar de su escaso número y tan superior el de el enemigo, hizo la mas

vigorosa y obstinada defensa en todos los puntos á que fueron destinados, sacrifican-

do sus vidas é intereses, como es público y notorio, por la Religion, el Rey y la

Patria, obrando con el mayor honor y en cuyo obsequio murieron muchos en accio-

nes, quedando otros inútiles por haber perdido brazos, piernas y otras heridas incu-

rables. Del citado mi cuerpo concurrieron á las acciones conmigo los capitanes Don

Bartolome Riesgo, Don Carlos Maciel, Don Felipe Cardoso, el Ayudante Mayor

Don José Artigas, los Alferez Don Pedro Martinez, Don José Manuel de Victorica, y

los Cadetes Don Juan Corbera graduado de Alferez, Don Roque Gomez de la Fuen-

te, Don Prudencio Zufriategui y Don Juan Manuel Pagola, que murió la noche del

ataque, habiéndose portado todos con el mayor enardecimiento, sin perdonar ins-

tante de fatiga, animando á la tropa, sin embargo e que no lo necesitaba por el ardor

con que se arrojaban al fuego de los enemigos. - Que és cuanto puedo certificar bajo

mi palabra de honor, y para los fines que convenga, firmo la presente en la Plaza de

Montevideo, á veinticuatro de Febrero de mil ochocientos ocho - Cayetano Ramirez

de Arellano - (Ídem.)

DESPACHO MILITAR - D. Joaquin de Soria Santa Cruz, Exércitos, Gobernador

Militar de la Plaza de Montevideo, y Comandante General de la Vanda Oriental del

Rio de la Plata; = Por quanto se halla vacante el Empleo de Capitan de la tercera

Compañia del cuerpo veterano de caballeria de Blandengues de Montevideo, por

haber fallecido D. Miguel Borraz que lo obtenia, y he tenido á bien conferirlo

interinamente y hasta la aprobación de S.M. á D. José Artigas Ayudante Mayor del

mismo Cuerpo. = Por tanto: mando se le ponga en posesion de él, y que se le reco-

nozca, haya y tenga por tal Capitan de la tercera Compañia, obedeciendo los Indivi-

duos de inferior clase, las órdenes que les confiera, concernientes al Real Servicio,

guardandole y haciendole guardar las honrras, exenciones y prerrogativas que por

este título le corresponden, y que se le asista desde la fecha de este Despacho con el

sueldo señalado por Reglamento, tomandose al efecto razon de este nombramiento

en la Real Caja de esta Plaza. Para todo lo qual, lo hice expedir, firmado de mi

mano, sellado con el Sello de mis Armas, y refrendado por el Secretario interino de

esta Comandancia General, en Montevideo á cinco de Septiembre de mil ochocien-

tos diez = Joaquín de Soria = Francisco Ventura del Rio (Hay un sello de Armas). -

(L.C. de Montevideo)

CORRESPONDENCIA ÍNTIMA = (De Ruiz Huidobro) = Estimado Artigas. -

Tome V. la casa y ocurra mensualmente al Mayor de Plaza por el alquiler de 8 pesos

en que la ha ajustado. Los comisos de la Aguada los tenía encargados á Castellanos

cuando etaba en ese destino, particularmente por la noche, y lo repito á V. ahora,

sobre cuyo particular es menester que hablemos. Paselo V. bien como lo desea su

afectísimo = Ruiz Huidobro.- (De María, Rasgos biográficos).

(A su suegra) = Mi mas venerada señora = Aqui estamos pasando trabajos, siem-

pre á caballo para garantir á los vecinos de los malevos. Siento en el alma el esetado

de mi querida Rafaela (su esposa). Venda V. cuanto tenga para asistirla, que es lo

primero y atender á mi querido José Maria (su hijo), que para eso he trabajado -

Paso de Polancos, 16 de Agosto de 1809. = José Artigas. (Ídem.)

(A Rivera). - Año 1o. de Nuestra Regeneración = Sr. D. Frutos Rivero = De todo

mi aprecio: he recivido su favorecida y por ella quedo instruido hallarse sin novedad

y penetrado del mayor entusiasmo por nuestro sosten y defensa = Por aca no ay mas

novedad sino que D. Tomas Garcia me pide á D. Felipe Duarte para que le sirva en

el arreglo de la Division que debe formar en el Departamento de Sn. José. Es preciso

empeñar á los Paysanos para que tambien nos ayuden, y por lo mismo es preciso

franquearles por nuestra parte los auxilios precisos para que asi desempeñen sus

obligaciones = Digale V. á la Paysana de los anteojos, que no se olvide de la Dama

Juana de Caña, sino quiere que rompamos las amistades = V. me ha escrito dos y

tengo la fortuna de que su letra se va componiendo tanto, que cada dia la entiendo

menos. Es preciso que mis Comandantes vayan siendo mas politicos y mas inteligibles

= Expresiones á toda la familia, y V. reciba el afecto de su Servidor y Apasionado =

11 Febrero 1816, Purificación = José Artigas. - (MS. en N.A.).

En: Bauzá, o.c. 

JURAMENTO DE MALDONADO

(L.C. de Maldonado)

En la Ciudad de San Fernando de Maldonado á los cinco dias del mes de Mayo

de mil ochocientos y once años, Yo D. Juan Correa Capitan del Regimiento de Volun-

tarios de Caval.a de la misma Ciudad despues de haverme dado á reconocer por

Teniente Gobernador de ella D. Manuel Artigas Comandante de las Tropas que ocu-

pan esta Plaza, pasé á la Sala Capitular de ella en donde se hallaban los Señores que

componen su Ill.te Cavildo y todo el Vecindario que para este acto se havia combocado,

y dandoseme por el nominado Artigas la facultad de recivir juramento á los referidos

Señores y demas Vecindario lo hice en la forma siguiente: - Jurais defender los dros

bajo vuestra palabra de honor á la Exma Junta de la Capital de Buenos Ayres, como

que defiende y sostiene los verdaderos y legitimos de nuestro Rey y Señor D. Fernan-

do septimo: Respondieron, sí juramos.- Jurais no obedecer ni auxiliar al Govierno

de Montevideo: Respondieron que ni tomarian las Armas contra la Capital de Bue-

nos Ayres ni auxiliarian de modo alguno á la Plaza de Montevideo.- Si asi lo haceis

Dios os lo premiará y sino el os demandará.- Cuya dilig.a se anota para la devida

constáncia, y de que doy fé yo el presente Escrivano de este Cavildo. - Juan Correa.

- Ante mi: Justo Josef Viera, Es.no int.o de Cavd.o

ARTIGAS EN ASUNCIÓN

En: Ibídem

Artigas llegó a Asunción el 16 de setiembre. El dictador Francia lo recluyó de

inmediato en el convento de la Merced, completamente incomunicado. Había llega-

do a la capital asunceña escoltado por un oficial y veinte húsares y el puñado de

hombres que lo acompañó parte del trayecto, fue dispersado en distintos puntos del

Paraguay.

Francia ordenó que se le dieran ropas en abundancia, útiles y objetos lujosos que

para nada interesaban al Prócer oriental. En cambio, Artigas intentó reiteradamen-

te entrevistarse con el dictador, pero no le fue posible.

¿Por qué motivo Francia no quiso ver a Artigas?

“Simbólica conjunción panorámica la de Artigas y Francia. Uno, el uruguayo

personificando las ideas de democracia y confederación a lo estadounidense. El

otro, el paraguayo, mantenedor de Rousseau y del estado de naturaleza presocial”,

dice el historiador Salterain.

¿El paraguayo tendría temor de que Artigas lo convenciera y lo obligara a salir

del enclaustramiento en que mantenía a su país? ¿Lo tendría en rehenes para utili-

zarlo en caso necesario contra Brasil? Antes de verlo, Francia se mostraría temero-

so del enorme ascendiente que el caudillo oriental ejercía sobre los hombres. 

Extraña conducta la de Francia, si se tiene en cuenta, además, que en esos mo-

mentos Francisco Ramírez, todavía en persecución de Artigas, pidió al paraguayo su

extradición, Francia se la negó, y eso que Ramírez, a cambio de la persona del

Prócer, le ofreció navegación libre de los ríos, libertad de comercio, alianza, amis-

tad...”.

El mandatario paraguayo no contestó las notas del entrerriano y apresó al con-

ductor de las mismas. Las precauciones que se tomaron con Artigas durante todo el

tiempo de su confinamiento, muestran su prestigio y la importancia que representaba

a su persona, pues a la muerte de Francia, el 20 de setiembre de 1840, la Junta

Provisional dispuso su prisión desde el 22 de setiembre de 1840 hasta el 12 de marzo

de 1841.

La permanencia en San Isidro Labrador de Curuguaty

A los tres meses y días de su prisión en Asunción, Artigas fue enviado a un pueblo

bien alejado de la capital, y próximo a la frontera brasileña: San Isidro del Labrador

de Curuguaty.

“Fuerte, bien proporcionado, de mediana estatura y de amable presencia: con

ojos claros y vivos, frente despejada, nariz larga, dominadora y boca sensual, en un

cutis de clarísima calvicie y canas prematuras, cuando con sencillo traje de paisano,

sin uniforme galoneado, que nunca se puso, empezó allá, en la lejana Curuguaty, a

cultivar una huerta y criar aves y otros animales, con cuyo producto socorrió a los

pobres de la localidad, sus hermanos. Tiene algo de Washington esa actitud. Era de

Artigas”, escribe el historiador Barbagelata.

Allí se le dio un rancho para vivir, tierra para trabajar y una pensión mensual,

que, con el tiempo, se le retiró, la que Artigas repartía entre los pobres del lugar. Se

le permitió que le acompañaran dos asistentes negros que le habían seguido desde su

patria, y que la tradición dice fueron Lencina o Ancina y Joaquín Martínez, quienes

junto con su perro y un caballo constituyeron sus únicos acompañantes. Curuguaty

es un lugar ideal para cárcel, por estar situado a más de 400 kilómetros al Noroeste

de Asunción, cercano a la frontera con el Brasil. Para llegar allí, era necesario

atravesar selvas y montes intransitables.

Cuando Artigas llegó a este lugar, el Comandante del mismo que lo había acom-

pañado desde Asunción, “lo alojo en una casa de dos cuartos que se encontraba en

la acera de la plaza de la Iglesia, al lado de la Comandancia, y le notificó que estaba

en libertad, pero que no podía salir más de diez cuadras de distancia del templo.

Artigas supo entonces mantener el noble temple de su alma, devorando en silencio

los ultrajes, y aceptando con entereza el infortunio...”.

El Protector, en la tranquilidad de esa rica comarca yerbatera, “trabajó su cha-

cra a diez cuadras del pueblo, donde construyó su casa de cuatro habitaciones, con

ladrillos y adobes, poniéndole un techo de tejas”. Era muy querido y admirado por

los habitantes del lugar por la caridad con que ayudaba a los pobres con el producto

de su propio trabajo y vida frugal y austera que llevaba, determinando que le llama-

ran “el padre de los pobres” de la región. Afirman que todos los domingos concurría

a la iglesia.

Residencia y fin de su vida en Ibiray

En 1845, llegado al poder Carlos Antonio López, mandó llamar a Artigas para

ofrecerle el cargo de instructor de un ejército de la República. Artigas, no aceptó el

ofrecimiento (contaba a la sazón ochenta años), pero si aceptó la invitación, formu-

lada poco después, para vivir muy cerca de Asunción.

La consecuencia importante fue que Artigas se trasladó a vivir en una chacra de

propiedad de Carlos Antonio López, en Ibiray, a siete kilómetros de Asunción. En

este lugar el Patriarca Oriental pasó los últimos años de su vida, en perfecta calma

y tranquilidad.

El Presidente del Paraguay lo trataba deferentemente, enviándole todo lo nece-

sario para su mantención. Si en Curuguaty fue el amigo de los pobres y de los indios,

en Ibiray la tradición cuenta que fue el amigo de los niños, a quienes hacía relatos,

dándoles consejos y enseñanzas al mismo tiempo.

Durante su estancia en Ibiray recibió queridas y significativas visitas. En 1846,

su hijo José María llegó hasta él con el propósito de llevarlo a Montevideo, pero

Artigas no accedió y en el mismo año el ingeniero Enrique de Beaurepaire Rohan,

Mayor del Cuerpo Imperial de Ingenieros que viajaba de Cuyabá a Río de Janeiro.

Beaurepaire finaliza el relato de su entrevista con Artigas con estas palabras:

“No me cansaba de estar frente a frente con este hombre temido, de cuyas hazañas

había oído hablar desde mi infancia, y que mucho tiempo creía muerto. Por su parte,

no se manifestó menos satisfecho el viejo, al saber que me conducía a su morada la

fama de sus hazañas. Entonces, me preguntó ruisueñamente, ¿mi nombre suena to-

davía en su país de usted? Y habiéndole contestado afirmativamente, dijo, después

de una pequeña pausa: “Es lo que queda de tantos trabajos: hoy vivo de limosnas”.

Se cita también al general Paz como uno de los tantos amigos de los últimos años

del Protector, porque vivían ambos en la misma región y gustaban recordar el pasa-

do y en la segunda visita que el primero de los nombrados le hiciera, dando juntos un

paseo a caballo, parece que Artigas le manifestó al hablar de política:

“Yo no hice otra cosa que responder con la guerra a los manejos tenebrosos del

Directorio, y a la guerra que él me hacía por considerarme enemigo del centralismo,

el cual sólo distaba un paso, entonces, del realismo. Tomando por modelo a los

Estados Unidos, yo quería la autonomía de las Provincias dándole a cada estado su

gobierno propio, su Constitución, su bandera y el derecho de elegir sus representan- 

tes, sus jueces y sus gobernantes, entre los ciudadanos naturales de cada estado.

Esto es lo que yo había pretendido para mi Provincia y para los que me habían

proclamado su Protector. Hacerlo así habría sido darle a cada uno lo suyo. Pero los

Pueyrredones y sus acólitos querían hacer de Buenos Aires una nueva Roma impe-

rial, mandando sus Procónsules a gobernar a las provincias militarmente y despo-

jarlas de toda representación política...”.

En estas sintéticas palabras, Artigas definió su ideario.

El médico francés Alfredo Demersay, fue otro de los visitantes de Artigas. Es

considerado el autor del único retrato suyo tomado del natural, cuando ya la vejez

había debilitado y afinado sus rasgos. Los descendientes de las familias que trataron

a Artigas en su destierro, dicen que “el general era una persona cuyo trato cautiva-

ba y que de acuerdo con la costumbre de la época, el General no usaba barba, tenía

largos rizos blancos y vestía siempre un poncho paraguayo y “candi” alto. Artigas

no gustaba que se le llamara por su título militar de General, sino por don José”,

dice el historiador paraguayo Decoud. Los pobladores del paraje donde pasó los

últimos años de su vida, cuentan de él que “el general era un caraí guazú, un caraí

bal pora: un gran señor, un señor muy bueno”.

Artigas murió casi repentinamente, el 23 de setiembre de 1850, a los treinta años

de su entrada al Paraguay. Acompañado de su fiel asistente, expiró silenciosamente

en las primeras horas del lunes 23, conservando su plena lucidez mental.

Los restos del Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres, fueron

traídos al Uruguay por el Dr. Estanislao Vega en misión que le confió el Gobernante

Venancio Flores, en 1855. El gobierno del Paraguay colaboró generosamente en la

empresa, y el 19 de setiembre de 1855, llegaron a Montevideo los despojos mortales

de Artigas. A causa de la inestabilidad política del momento, no pudieron ser

inhumados de inmediato con las debidas honras, y estuvieron depositados casi un

año en el puerto.

Durante la Presidencia de Gabriel Antonio Pereira, los trasladaron a la Iglesia

Matriz y desde allí al cementerio, con las honras que merecía, el 20 de noviembre de

1856. En el cementerio sus restos fueron despedidos por los doctores Joaquín Requena

y José Vázquez Sagastume, el coronel José María Reyes y los señores Ramón de

Acha y Juan Francisco Aguiar. Desde 1877 los despojos mortales del Prócer orien-

tal pasaron a descansar al Panteón Nacional. Cien años después la urna contenien-

do sus restos fue trasladada al Mausoleo que se construyó junto a su monumento de

la Plaza Independencia. Al cumplirse un siglo de su muerte, en 1950, América lo

glorificó como a uno de sus libertadores, y la República Oriental del Uruguay, su

patria, celebró el centenario de su desaparición con ceremonias de tan elevado pa-

triotismo y reconocimiento a su obra, que el recuerdo de ellas permanecerá impere- 

cedero en quienes tuvieron la emoción de vivirlas.

El Paraguay, el pueblo hermano que recibió su último suspiro, le confirió el ho-

nor de colocar un busto suyo de bronce en el Panteón Nacional de Asunción, al lado

de los restos de los héroes que el pueblo venera.

Como Artigas lo expresara al caudillo Martín Güemes en carta personal, refi-

riéndose a su propia actuación: “...el tiempo será el mejor testigo, y él admirará

ciertamente la conducta del Jefe de los Orientales”.

SU GÉNERO DE VIDA EN PARAGUAY

João Pedro Gay, vicario de San Borja, hace referencia en su estudio “La Repúbli-

ca Jesuítica del Paraguay”, a las derrotas de Artigas, a las defecciones de Rivera y

Ramírez, a la enemistad del dictador Francia por efecto de actos de Andresito en las

Misiones paraguayas y de impuestos creados sobre las embarcaciones que iban de

Asunción a Corrientes; y agrega, acerca del régimen de vida del asilado (“Revista

Trimestral do Instituto Historico e Geographico Brazileiro”): “Artigas tenía sesenta

y un años; y en la tranquilidad del retiro, se mostró trabajador y humano, cultivó su

chacra, fué el padre de los pobres de su distrito y sirvió de ejemplo a todos por su

excelente conducta”.

Hablan Rengger y Longchamp (“Ensayo Histórico sobre la Revolución del Para-

guay”):

“Después de haber pasado Artigas algunos días en una celda del Convento de la

Merced, donde el dictador lo hizo alojar, fué destinado sin haber podido obtener una

sola audiencia, a pesar de sus más vivas solicitaciones, a la villa de Curuguatí, 85

leguas al Nordeste de la Asunción, de donde no podía escaparse sino al Brasil por un

desierto, fuga que de ningún modo podía temerse después de las crueldades de que

se había hecho culpable para con aquella nación.

El dictador le señaló una casa, terrenos y 32 pesos mensuales, que era su antiguo

sueldo de teniente de cazadores, y dió orden al comandante del distrito de que le

suministrase cuanto le pudiese ser necesario o agradable y de tratarlo con la mayor

consideración. Desde entonces parece que Artigas hubiera querido expiar al menos

una parte de los enormes crímenes de que estaba manchado. A la edad de sesenta

años cultivó él mismo su campo y fué el padre de los pobres en Curuguatí, entre los

que distribuía la mayor parte de sus cosechas y todo su sueldo, prodigando a los

enfermos cuantos auxilios estaban en sus manos.

El dictador, admitiendo en el Paraguay a uno de sus mayores enemigos y pro-

porcionándole una subsistencia honrosa, quería, como lo ha dicho él mismo, respe-

tar los derechos de la hospitalidad tan bien conocidos por los habitantes del Para-

guay”. 

Reproducimos de Deodoro de Pascual (“Apuntes para la Historia de la Repúbli-

ca Oriental”):

“A los sesenta años que contaba entonces, entregóse seriemente a la labranza de

las tierras que le donara su antiguo enemigo, ahora su nuevo bienhechor; su ejemplo

influyó mucho en los habitantes del lugarejo en que residía; convirtióse en el padre y

protector de los pobres; dábales cuanto reunía a sus trabajos; les socorría con medi-

camentos; les consolaba en sus lechos y aflicciones; distribuía entre ellos lo que

poseía, en perjuicio muchas veces de lo necesario para su existencia; y consiguió ser

bienquista, querido y respetado de los aldeanos que tantos beneficios recibían de sus

ya añosas manos”.

Dice Zinny en su “Historia de los Gobernadores del Paraguay”:

“Francia no tenía consideraciones con nadie, ni aun con individuos que en algo

se le asemejaban. El célebre General Artigas, si bien no estaba con él en buenas

relaciones, viéndose aniquilado y perseguido, solicitó (setiembre de 1820) un asilo

de su enemigo, en la esperanza de que sería por lo menos tratado como lo son gene-

ralmente por los ingleses los que han ejercido algún poder, a la par de Rosas y otros.

Pero no acostumbraba Francia emplear esa clase de generosidad con los amigos, y

mucho menos con un enemigo de la categoría de Artigas, de quien en verdad era

necesario desconfiar. El dictador en su conducta para con el caudillo oriental, pres-

tó indudablemente un gran servicio a la humanidad y sobre todo a los pueblos del

Plata. El hecho es que Artigas y sus compañeros recibieron el asilo que solicitaban,

y sin acordarle una audiencia que pedía, le hizo alojar por algunos días en el Con-

vento de la Merced, y en seguida lo relegó a Curuguatí, a 85 leguas al Nordeste de

Asunción, asignándole un sueldo de 32 pesos mensuales para poder vivir. Los demás

asilados fueron, en su mayor parte exterminados por su mala conducta.

Cuando Francia supo que Artigas criaba aves y otras cosas necesarias que le

habilitaban para distribuir a los pobres del distrito aquella dádiva, le retiró la men-

sualidad”.

Agrega el propio Zinny en el apéndice a la “Historia de las Provincias Unidas”

del deán Funes:

“Abandonado a sí mismo, Artigas volvió a ser lo que la Naturaleza había querido

que fuese: a los sesenta años se puso a cultivar su campo, fue el padre de los pobres

y edificó a todos con su excelente conducta”.

“El año 1846, dice el general Paz en sus “Memorias” he conocido al anciano

Artigas en el Paraguay, después de veintiséis años de detención ya voluntaria, ya

involuntaria, y de donde es posible que no salga más. Tiene más de 80 años de edad,

pero monta a caballo y goza de tal cual salud. Sin embargo, sus facultades intelec-

tuales se resienten, sea de edad, sea de paralización física y moral en que lo consti-

tuyó el doctor Francia, secuestrándolo de todo comercio humano y relegándole al

remotísimo pueblo de Curuguatí: el actual gobierno lo ha hecho traer a la capital,

donde vive más pasablemente. Su método de vida, sus hábitos y sus maneras, son las

de un hombre de campo”.

Todos los testimonios están de acuerdo en que Artigas llevaba una vida ejemplar,

desbordante de virtudes. Rengger y Longchamp, que habían aceptado como un evan-

gelio la tradición inventada por Cavia, cuando abandonan al lebelista para descri-

bir el cuadro que se presentaba ante ellos en el Paraguay, tienen que declarar sin

ambages que Artigas era el padre de los pobres. El ministro norteamericano Washburn,

que también se hizo eco de la misma tradición nefanda, no tuvo más remedio que

confesar (tomo I, capítulo II de este Alegato) que Artigas realizaba “obras de cari-

dad nunca oídas en el Paraguay”.

La vida de chacarero a que se entregaba Artigas en el destierro, no constituía una

excepción en el angustioso período de la revolución del Río de la Plata. Belgrano

mismo se desquitaba de los sinsabores que le hacía experimentar la oligarquía de

Buenos Aires, mediante el cultivo de la tierra. Lo revelan sus cartas a Guido (Guido

y Spano, “Vindicación Histórica”): “Para pasar mis ratos (decía desde Tucumán el

26 de agosto de 1818) me he dedicado a cultivar un horti-jardín: deseo tener cuanta

especie de raíces y semillas de flores hay en esa; pero no por docenas, sino por

cientos”... “Vengan, agregaba el 24 de octubre del mismo año, las papas y semillas

como llovidas y a cientos, sin cuidado de las limosnas: todas se enterrarán en los

fundos de nuestro amigo Cruz, Pinto y mío: cuando nos vayamos, entonces si que

repartiremos a los pobres cuantas hubiese: yo empecé por este entretenimiento y he

entrado con furor”.

Varios años antes, el primer Gobierno oriental surgido del Congreso de abril de

1813, había buscado en la agricultura la reacción contra la miseria de la campaña,

respondiendo a estusiasmos e iniciativas adquiridas por Artigas al lado de su jefe el

gran naturalista don Félix de Azara (capítulo VII del tomo II de este Alegato).

Arrastrando grillos.

El Paraguay permaneció fuera de las comunicaciones internacionales hasta la

muerte del dictador Francia, ocurrida el 20 de setiembre de 1840. Ese mismo día,

fue librada al comandante de la villa del Labrador la siguiente orden (Documento

del Archivo Nacional de la Asunción, reproducido por el doctor Cecilio Báez, en “El

Cívico” de 23 de noviembre de 1907):

“Los representantes de la República por muerte con esta fecha del Excelentísimo

Señor Dictador de la República, prevenimos a usted que inmediatamente, al recibo

de esta orden, ponga la persona del bandido José Artigas en seguras prisiones hasta 

otra disposición de este Gobierno Provisional, y dará cuenta sin dilación de haberlo

cumplido”.

Previene el doctor Báez, que fue la única violencia impuesta a Artigas durante su

prolongado ostracismo.

Según una correspondencia del Paraguay inserta en “El Constitucional” de Mon-

tevideo del 9 de diciembre de 1840, el pueblo quiso sublevarse al conocer la muerte

de Francia, pero consiguieron sobreponerse los cuatro comandantes de las tropas.

Agrega el corresponsal que el dictador, según se aseguraba, había dicho a los referi-

dos comandantes “que si querían tener paz por algunos años, que prendiesen a J.

Artigas, lo que ejecutaron inmediatamente”.

Zinny se ha encargado de complementar el cuadro en estos términos (“Historia

de los Gobernadores del Paraguay”):

“A la muerte del dictador, el actuario Policarpo Patiño, que se abrogó el mando

por un mes, la primera medida que tomó fue mandarle remachar una barra de gri-

llos. Artigas fue encontrado arando, y sorprendido exclamó: “El dictador ha muer-

to”, adivinando así un acontecimiento que se ocultó por algún tiempo, particular-

mente en la frontera”.

La prensa de Montevideo pide la repatriación de Artigas.

Hemos reproducido (capítulo III del tomo I) algunos artículos de la prensa de

Montevideo acerca de la repatriación de Artigas a fines de 1841, con ocasión de la

muerte del dictador Francia, que arrancaba al Paraguay del aislamiento en que

vivía.

La campaña periodística iniciada por “El Nacional”, que era en esa época el

órgano más caracterizado de la intelectualidad de todo el Río de la Plata, tendía a

que el Gobierno del general Rivera dictara un decreto solemne que abriese las puer-

tas de la Patria al vencedor de Las Piedras, y costeara con fondos del tesoro público

los gastos de su vuelta. En las columnas de ese mismo diario, se hacía constar que el

presidente Rivera ya se había preocupado del asunto y que hasta había despachado

un oficial para ofrecerle a Artigas todos los recursos necesarios. Pero el articulista

agregaba que eso no era suficiente y que había que rodear la oferta de toda la solem-

nidad a que era acreedor el glorioso vencedor de Las Piedras.

Entre el Gobierno paraguayo y Artigas

Cuando llegaron los oficios de Rivera, ya el nuevo Gobierno paraguayo había

franqueado a Artigas la vuelta a su Patria y ya el Jefe de los Orientales y Protector

de los Pueblos Libres había manifestado su firme resolución de morir en el ostra-

cismo.

En: Eduardo Acevedo, o.c.

HONORES POSTUMOS DE 1856 BAJO LA ADMINISTRACION DE DON

GABRIEL A. PEREIRA

Ministerio de Guerra y Marina.

Montevideo, noviembre 15 de 1856.

Debiendo trasladarse los restos del Brigadier general don José Artigas, de la

urna que los encierra, a otra que se ha destinado para guardarlos; el Presidente de

la República acuerda y decreta:

Artículo 1o. Nómbrase una Comisión que con el Escribano de Gobierno pase el

lunes 17 del corriente al lugar en que existen los restos del General don José Artigas,

para que en presencia de ella se trasladen de la urna en que están a la que nueva-

mente se ha designado a ese objeto.

Art. 2o. El Escribano de Gobierno levantará un acta de la verificación de ese

acto, que autorizará con la Comisión que se nombrará.

Art. 3o. Compondrán la Comisión a que se refieren los artículos anteriores, el

Brigadier General don Anacleto Medina, los Coroneles don Gabriel Velazco y don

Pedro Melilla.

Art. 4o. Por el Departamento de Policía se remitirá al lugar en que hoy se en-

cuentran aquellos restos, la nueva urna que se ha destinado para conservarlos.

Art. 5o. La llave que contendrá ese depósito se presentará al Ministerio de la

Guerra para colocarse en el Museo Nacional.

Art. 6o. Comuníquese, publíquese y dése al R.C.

PEREIRA. CARLOS DE SAN VICENTE.

Ministerio de Guerra y Marina.

DECRETO

Montevideo, noviembre 15 de 1856.

Debiendo darse sepultura a los restos del Brigadier General don José Artigas

con la solemnidad que corresponde a su clase y servicios prestados al país, el Presi-

dente de la República acuerda y decreta:

Artículo 1o. La fuerza disponible de línea, Guardia Nacional y Policía, manda-

das por el Jefe de Estado Mayor General, formarán el día 20 del corriente a las ocho

de la mañana desde el punto en que están depositados aquellos restos, en el orden

siguiente. (Sigue el orden de colocación).

2o. Los jefes y oficiales francos serán invitados a concurrir a este acto, y el Jefe

del E.M.G. les dará la colocación que corresponda.

3o. Al recibirse los restos y ponerse en marcha, la columna se pondrán las armas

a la funerala, las bandas de música tocarán marchas fúnebres, y las cuatro piezas de

artillería harán un disparo de siete tiros, y en el momento la fortaleza de San José 

colocará el Pabellón Nacional a media asta y tirará un cañonazo cada media hora

hasta entrado el sol de ese día.

4o. El Jefe del E.M.G. tendrá a sus órdenes dos jefes para dirigir la colocación de

las autoridades eclesiásticas y civiles, y el lugar en que deben verificarse las posas.

5o. Cuando hubiese entrado a la iglesia el acompañamiento, la fuerza militar

formará en batalla, y al empezarse la ceremonia fúnebre, el escuadrón de caballería

hará una descarga de fusilería y otra al último responso.

6o. Concluido ese acto, volverá a ser tomado el féretro y colocado en el mismo

lugar que trajo hasta la iglesia; marchará en la misma forma hasta el cementerio, en

donde al depositarse se hará la última descarga de infantería a igual número de siete

disparos de cañón, que serán secundados por la fortaleza de San José con trece.

7o. Acto continuo la columna se retirará guardando la misma formación hasta la

puerta del Mercado, en que cada cuerpo marchará a su respectivo cuartel.

8o. Todos los empleados de la República mantendrán luto en el brazo por 48

horas, y la fuerza militar el luto de ordenanza.

9o. Por el Ministerio de Gobierno se librarán las órdenes necesarias para que se

arregle provisionalmente un nicho en lugar preferente, para ser depositados los res-

tos del General; en la lápida que lo cubra se leerá esta inscripción: “ARTIGAS:

FUNDADOR DE LA NACIONALIDAD ORIENTAL”.

10o. Por el mismo Ministerio se dispondrá lo necesario a efecto de que la iglesia

celebre con la pompa posible las exequias competentes al ilustre General.

11o. También serán invitadas por el mismo Ministerio las autoridades civiles para

asistir a esa ceremonia religiosa, y a la que concurrirá el Gobierno en cuerpo.

PEREIRA. CARLOS DE SAN VICENTE.

HONORES POSTUMOS DE 1883 Y 1884, BAJO LA ADMINISTRACION DEL

GENERAL SANTOS

El Senado y Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay,

reunidos en Asamblea General, etc.

DECRETAN:

Artículo 1o. En el Presupuesto de 1884, se incluirá bajo el rubro que correspon-

de, la suma de 80.000 $ para costear la erección de un monumento con la estatua

ecuestre, en bronce, a la memoria del general Artigas.

Art. 2o. El pedestal será de granito de Las Piedras, y en su fundamento se em-

plearán piedras enviadas al efecto por todos los departamentos de la República.

Art. 3o. Solamente se grabará en dicho pedestal esta inscripción: Artigas.

Art. 4o. La estatua se erigirá en el centro de la Plaza Independencia, de la Capi-

tal de la República. 

Art. 5o. Para la ejecución de la obra se llamará a concurso artístico, dentro

y fuera del país, y el Poder Ejecutivo nombrará un jurado de condiciones idó-

neas, quien abrirá juicio sobre los bocetos o planos que se presenten al con-

curso, encargándose además de todo lo que corresponde al cumplimiento de

esta Ley.

Art. 6o. Vótanse para el primero y segundo boceto o plano que alcance la mayor

aprobación del jurado, dos medallas conmemorativas, una de oro y otra de plata.

Art. 7o. Comuníquese, etc.

Sala de Sesiones de la Honorable Cámara de Representantes, en Montevideo a

dos de julio de mil ochocientos ochenta y tres.

BUSTAMANTE. José Luis Missaglia, Secretario Redactor.

El Senado y Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay,

reunidos en Asamblea General, etc., etc.

DECRETAN:

Artículo 1o. Declárase día de Duelo Nacional el aniversario del fallecimiento del

ilustre general don José Artigas, fundador de la nacionalidad oriental.

Art. 2o. Comuníquese, publíquese, etc.

Sala de Sesiones de la Honorable Cámara de Representantes, en Montevideo, a

17 de setiembre de 1884.

XAVIER LAVIÑA, Presidente. José Luis Missaglia, Secretario Redactor.

Ministerio de Guerra y Marina

Montevideo, setiembre 17 de 1884.

Cúmplase, acúsese recibo, comuníquese a quienes corresponde, insértese en el

R.N. y publíquese.

SANTOS. MAXIMO TAJES.

Ministerio de Guerra y Marina.

Montevideo, setiembre 18 de 1884.

Habiendo la H.A. General accedido por aclamación al pedido que le fue hecho

por el P.E. para que se declarase día de Duelo Nacional el aniversario del falleci-

miento del ilustre general don José G. Artigas, fundador de la Nacionalidad Orien-

tal, y considerando que el 23 del corriente va a ser cumplida por primera vez esa

disposición, proporcionando al pueblo oriental la ocasión de dar expansión a sus

sentimientos patrióticos, tomando parte en el duelo decretado,

El Presidente de la República, en acuerdo de Ministros, dispone:

Artículo 1o. El día 23 del corriente se celebrará en la Iglesia Catedral un solem-

ne funeral por el descanso eterno del benemérito Jefe de los Orientales, general don

José G. Artigas, con asistencia del P.E. y empleados de su dependencia. 

Art. 2o. Invítase a asociarse a ese acto a los otros Poderes Públicos y al pueblo

nacional y extranjero.

Art. 3o. Después de la ceremonia religiosa, se organizará una procesión cívica

presidida por los Poderes públicos para conducir al mausoleo respectivo los restos

mortales de aquel esclarecido ciudadano,

Art. 4o. El ejército de la República concurrirá a ese acto, haciendo los honores de

ordenanza.

Art. 5o. Por el Ministerio respectivo se ordenará a todos los Jefes Políticos colo-

quen la bandera nacional a media asta el día 23, y dispongan la celebración de una

misa rezada, a la que concurrirán con los empleados de su dependencia.

Art. 6o. Comuníquese, publíquese y dése al L.C.

SANTOS, MAXIMO TAJES, CARLOS DE CASTRO, MANUEL HERRERA Y OBES,

JOSE L. TERRA, JUAN L. CUESTAS.

PROCESIÓN CÍVICA EN HONOR DE ARTIGAS.

El 19 de junio de 1894 fue solemnizado con una gran procesión cívica en honor

del jefe de los orientales. La dirección de “El Siglo” solicitó la colaboración de

nuestros primeros publicistas, y contestaron algunos de ellos en la forma que

extractamos a continuación:

José Pedro Ramírez:

“Sólo él entre los grandes hombres de su época fué inaccesible a las seducciones de

la dominación extranjera actuando sobre un pueblo anarquizado y empobrecido...

Después de eso, acumúlense las sombras que se quiera sobre ese lampo de luz y

de gloria, y dígase si no se abren a justo título las puertas del templo de la inmorta-

lidad para ese varón indomable, y si no es obligada y merecida la veneración que

rinden ya a su memoria las presentes generaciones y que le rendirán por los siglos de

los siglos las generaciones futuras”.

Juan Carlos Blanco:

“Los horrores ponderados del Hervidero, las escenas de Torgués y de Blasito

guardan relación con el conjunto, son del mismo metal que hervía en toda la exten-

sión del virreinato; pero las Instrucciones de 1813 para asegurar la paz, la libertad,

la soberanía de las Provincias Unidas bajo la forma republicana federal, son algo

como un sedimento de un terreno superior, encontrado en otro inferior, que deslum-

bra y trastorna las bases del criterio histórico. Hay en ese documento visión profética

de nacionalidad a constituirse, formas de lenguaje que pugnan con su época, ade-

lantándose a tiempos venideros, y hay por último, ideas y principios que parecen

sorprendidos en los gérmenes de una nueva sociedad que surge a la vida y no en el

pensamiento limitado de un hombre”. 

Domingo Aramburú:

“Los fallos de la historia no son irrevocables, jamás hacen cosa juzgada. El pro-

ceso está siempre abierto y no pocos hombres llevados al cielo de la gloria por la

mentira, han rodado al infierno del deshonor empujados por la mano implacable de

la verdad. Tocóle a Artigas, el caudillo indomable e irreconciliable con el centralis-

mo patricio de la comuna porteña -el primero que formulara la aspiración federalis-

ta de la provincia argentina, ser lanzado a las Gemonias de la historia por la tradi-

ción metropolitana de Buenos Aires. Y como el patriciado porteño tenía y tiene tan-

tos y tan ilustres títulos al aprecio y admiración de la América, y se ignoraba su

complicidad con la invasión portuguesa en 1816, -su gran falta política que nos

separó de la comunidad argentina, -esa tradición ha pesado largos años sobre la

fama de Artigas como siniestro sudario.

Pero el tiempo ha hecho su obra lenta e inevitable. Y el resultado que ya puede

juzgarse definitivo, ha sido la completa rehabilitación del primer jefe de los orienta-

les, del glorioso vencedor de Las Piedras, del que si no fué, como no fué realmente,

el fundador de la nacionalidad uruguaya, merece a justo título el nombre de precur-

sor. Ante la historia “testigo de los tiempos, luz de la verdad, maestra de la vida”

como la llamó Cicerón, surge la figura severa de Artigas, si no con los contornos

clásicos de un Washington, que es único en la historia, con los rasgos viriles, impo-

nentes de aquel generoso galo, Vercingetorix, que defendía con heroísmo insupera-

ble la libertad, la independencia de su patria. De suerte que en un momento histórico

terrible y desesperado, el momento en que un país cae bajo la dominación extranje-

ra, Artigas es la representación de la Patria.

Y los millares de orientales que quedaron tendidos en India Muerta y otras terri-

bles y desiguales batallas, dejaron a salvo la altivez, el honor uruguayo. Artigas, y

esto basta para su gloria, representa la resistencia indomable, eterna, contra la opre-

sión extranjera; que no pacta, ni transige jamás y que prefiere a ella la muerte vio-

lenta de las batallas y la proscripción eterna, esa muerte lenta y más amarga aún que

la primera. Y si la República Oriental ha de perdurar en los tiempos como entidad

soberana, como pueblo independiente, cuando llegue el momento de los supremos

sacrificios, esa gran voz anónima, esa voz de la conciencia nacional que avasalla

todas las otras, ha de señalar como ejemplos de gloria a imitar, el de Artigas en los

albores de nuestra emancipación política, el de Leandro Gómez en la época contem-

poránea!”

Del discurso de Francisco Bauzá, en la ceremonia cívica del mismo día:

“La generación de Artigas se educó en medio de la lucha de los cabildos con los

gobernadores, la recrudescencia de las guerras con Portugal, las invasiones ingle-

sas, la creación de la Junta revolucionaria de Montevideo y la organización del 

partido criollo. Todo eso representa una gran experiencia política... La reivindica-

ción de la personalidad de Artigas, para colocarla sobre el pedestal que le corres-

ponde no es un simple acto de justicia póstuma, sino un tributo que el criterio de los

tiempos actuales paga a los tiempos legendarios de nuestra emancipación política”.

“Eliminada la personalidad del jefe de los orientales de entre hombres de prime-

ra fila, resulta empequeñecida la revolución sudamericana, descendiendo de su en-

cumbrada grandeza en procura de la libertad de un continente a la reyerta de dos

bandos rivales disputándose un cambio de tutores. Todo lo que hay de noble y gene-

roso en las iniciativa popular que prestigia y alienta la revolución -el desinterés del

pueblo campesino, la ardiente emulación de la juventud de las ciudades, la heroici-

dad de los ejércitos de voluntarios- todo eso que personifica en un momento dado la

resistencia de Artigas contra los que deseaban sacudir el dominio monárquico de

España a la sombra de otro dominio igualmente monárquico y por añadidura ex-

tranjero: todo eso desaparecería envuelto en el anatema que corresponde a la anar-

quía, si en vez de haber sido como lo fué, el movimiento ascendente de las fuerzas

populares a la conquista del sistema republicano, hubiera sido una rivalidad estéril

de prepotencias personales y locales, como quieren pintarlo en odio a un hombre los

que no saben darse cuenta que los hombres nada valen en la suerte de las naciones,

si tras de ellos no están los pueblos para inspirarlos y sostenerlos. La gloria de

Artigas consiste no solamente en haber encabezado el movimiento que echó las ba-

ses de una nacionalidad sobre el terreno convulsionado y movedizo, sino en haber

franqueado la frontera de los pueblos vecinos, derramándose entre ellos con sus

huestes para proclamar el gobierno republicano. De esa actitud nació la aspiración

incontrastable a la libertad política en el doble sentido de la independencia territo-

rial y las instituciones cívicas, quedando aplastada en su origen la reacción sigilosa

que dejándonos monárquicos pretendía sustituir el cetro de Fernando V y Carlos I

por la rueca de Doña Carlota de Borbón o el espadín del Príncipe de Luca”.

“El esfuerzo requerido por aspiraciones tan grandes, pedía el auxilio de las armas, y

Artigas se lo dió salvando el prestigio militar de la Revolución en la jornada de las

Piedras, y esterilizando la acción perturbadora de Portugal sobre el continente, con las

resistencias que opuso a sus ejércitos. Y aunque vencido al fin y expatriado a las soleda-

des del Paraguay, donde nuestra ingratitud lo dejó morir mendigante, pudo consolarse

antes de entrar a la eternidad con el triunfo visible de sus ideas, que contribuyendo a

alejar para siempre todo dominio europeo de entre nosotros, habían hecho de su país una

nación y de los argentinos una república... Artigas tuvo una visión más clara de los

dominios de América del Sur que la que tuvieron sus rivales y una concepción mental

adecuada a buscar donde únicamente podían encontrarse -que era entre las masas popu-

lares- los elementos capaces de realizar el grande ideal de la independencia y de la

república”... Termina el orador su discurso indicando la idea de que sobre la estatua de

Artigas se inscriba “aquella gran frase con que sintetizó en el primer escudo de la patria

su actitud y nuestro derecho: con libertad, ni temo ni ofendo”.

Los orientales residentes en la ciudad de La Plata, encabezados por Eduardo

Acevedo Díaz enviaron un telegrama de adhesión, en el que después de glorificar a

Artigas como precursor de la nacionalidad oriental, dicen:

“Artigas echó el germen robusto de nuestra emancipación; fué el engendro legí-

timo de su época y no fué su época su engendro, como de un modo parajodal sostie-

nen sus detractores; y los orientales no pueden renegar a su primer antepasado ni

condenar sus actos, cuando otros pueblos por excelencia cultos, se enorgullecen de

próceres que la tradición y la leyenda rodean de intensas claridades y que acaso

llevaron la violencia en la acción y el desagravio a extremos que no alcanzó Artigas.

Principal factor de una revolución fatal dentro de la anarquía latente en la vieja

colonia, si fué instrumento de fuerza, fué porque su tiempo era de lucha, porque eran

ciclópeos los muros a demoler y porque la tierra casi virgen y por todos disputada

sólo pertenecía a los más valientes. No fué entonces el caudillo el que formó y amol-

dó a su hechura propia la sociabilidad dispersa de ese tiempo de transición y de

transformación étnica; fué esa sociabilidad extraña, conjunto de instintos y propen-

siones irreductibles hacia el cambio, rebelada contra el imperio de la costumbre

colonial, la que incubó y dió prepotencia al caudillo. Fruto maduro del sistema que

convirtió las ciudades en fortalezas y las campiñas en desiertos, llego a ser el arque-

tipo formidable del sentimiento de la independencia individual, y estimulado por las

mismas energías del medium cercenó del viejo armazón la mejor de sus piezas”.

En: Eduardo Acevedo,o.c.

Por Ley N° 3019, del 23 de marzo de 1906, que fijó la distribución de los nueve

millones de pesos en títulos del “Empréstito de Conversión de 1905”, se estableció

en el artículo 1°, inciso E): “La cantidad suficiente de títulos para obtener Ia suma

de cien mil pesos oro que deberán ser entregados a la Comisión que nombre el Go-

bierno para erigir un monumento al precursor de la nacionalidad Oriental General

don José Gervasio Artigas”.

Durante la Administración del Dr. Claudio Williman se dictó el decreto disponiendo

el llamado a concurso de bocetos para la erección del monumento a Artigas. Decía

el mismo:

“Considerando: I°. Que honrar a los héroes sirve a un tiempo de premio, de

estímulo y de ejemplo’’;

“2°. Que es un anhelo del alma nacional el pensamiento de levantar una estatua

al General Artigas, Libertador y mártir héroe por la abnegación, por el denuedo y

por el infortunio”; 

“3°. Que no es posible retardar por más tiempo el advenimiento del día en que,

según dijera el doctor Carlos María Ramírez, los niños, el ejército y el pueblo se

inclinarán ante la estatua del gran calumniado de la historia de América, del héroe

infortunado cuya póstuma glorificación ha de ser perdurable estímulo de las abne-

gaciones patrióticas que sólo reciben de sus contemporáneos la ingratitud, el insulto

y el martirio”;

“4°. Lo dispuesto en la Ley de 5 de Julio de 1883 y en el inciso E) del artículo 1°

de la ley de 23 de Marzo de 1906;”

“El Presidente de la República”

“DECRETA:”

“Artículo 1°. Eríjase en la Plaza Independencia un monumento a la inmortal

memoria del General José Gervasio Artigas precursor de la nacionalidad oriental,

prócer insigne de la emancipación americana”.

“Art. 2°. Llámese a concurso para la presentación de bocetos, al que podrán

concurrir Ios escultores uruguayos y extranjeros que lo deseen, instituyéndose dos

premios en dinero, el primero de dos mil pesos y el segundo de mil pesos. Con el

propósito de asegurar la concurrencia de escultores de fama mundial se pedirán

bocetos a cinco grandes artistas, abonándoseles por cada uno de ellos, embalado en

el taller hasta la suma de mil doscientos pesos’’.

“Art. 3°. Cuando todos los bocetos se encuentren en Montevideo, se nombrará un

jurado compuesto de personas competentes, encargado de determinar cuál deberá

aceptarse”.

“Art. 4°. Desígnase al doctor Juan Zorrilla de San Martín para que de acuerdo con

las instrucciones del Gobieno prepare una Memoria sobre la personalidad del General

Artigas y los datos documentarios y gráficos que puedan necesitar los artistas”.

“Art. 5°. Solicítese por el Ministerio de Relaciones Exteriores el concurso de los

escultores, formúlense las bases correspondientes, hágase saber a quienes corres-

ponda y publiquese’’. (firmado) Williman; Alvaro Guillot; Jacobo Varela Acevedo”.

La Memoria del doctor Zorrilla de San Martín fue luego publicada con el título

de “La Epopeya de Artigas”.

El día 28 de febrero de 1923 tuvo lugar, finalmente, la inauguración de la estatua

ecuestre del héroe, obra del escultor italiano Angel Zanelli.

En el año 1943, el Dr. Gustavo Gallinal presentó al Senado de la República, que

integraba, un Proyecto de Ley por el cual se ordenaba proceder a la compilación y

publicación de todos los documentos históricos en original y copia, relacionados

con la vida pública y privada de Artigas y para el cumplimiento de dicho cometido se

creaba una Comisión Honoraria encargada de la alta dirección de los trabajos de

integración y publicación del que se denominaría “Archivo Artigas”, dentro de las

normas generales establecidas por la misma Ley y que sería presidida por el eminen-

te historiador y hombre público, Dr. Eduardo Acevedo. El Cuerpo, en sesión del 1°

de diciembre del mismo año, consideró el Informe de la Comisión de Instrucción

Pública, que elevó un proyecto sustitutivo del oportunamente presentado por el Se-

nador Gallinal, que contó con el acuerdo de éste y que recogía observaciones formu-

ladas por el Senador Dr. Felipe Ferreira, el que fue aprobado pasando a la Cámara

de Representantes.

Integraban dicha Comisión los Senadores Eduardo Víctor Haedo y Cyro Giam-

bruno (miembros informantes); Isabel Pinto de Vidal, Justino Zabala Muniz, Martín

R. Echegoyen, Daniel Castellanos, José R. Moreno Zeballos, Felipe Ferreiro y el

proponente, Gustavo Gallinal.

En el curso del debate pronunciaron elocuentes discursos los Senadores Castellanos,

Moreno Zeballos y Gallinal, los que, por moción del Senador Dr. César Charlone,

fueron publicados por el Senado en edición especial con el texto de la Ley y el Informe.

La Cámara de Representantes, consideró el Proyecto de Ley en su sesión del 7 de

junio de 1944, oyéndose un conceptuoso Informe que, redactado por el Representante

Carlos T. Gamba, la Comisión de Instrucción Pública aprobó por unanimidad. Inte-

graban dicha Comisión, el citado Gamba y Jorge Carbonell y Migal, Elío García

Austt, Magdalena Antonelli Moré, Juan Francisco García, Francisco Gilmet, Oscar

Secco Ellauri y Horacio Terra Arocena.

En la discusión general, volvió a usar de la palabra el Representante Gamba y, a

su vez, lo hicieron los Representantes Olivera Ubios, Amador Sánchez, Julia Arévalo

de Roche, Mora Otero, Fernández Crespo, Terra Arocena, Cardoso y Sosa Aguiar,

votándose, finalmente, el Proyecto, por unanimidad de presentes. El Poder Ejecutivo

promulgó la ley el 13 de junio de 1944 con la rúbrica del Presidente de la República

Dr. Juan José de Amézaga y el refrendo del Ministro de Instrucción Pública y Previ-

sión Social, Dr. Adolfo Folle Juanicó.

La Ley N° 11.473 del 10 de agosto de 1950 dispuso la realización de diversos

actos de homenaje y estableció premios para diversos concursos literarios e his-

tóricos a realizarse por las Instituciones oficiales de Enseñanza, en oportunidad de

la celebración del Primer Centenario de la Muerte del Gral. José Artigas. Entre

otras de sus disposiciones, el Artículo 34° de dicha Ley establecía: Desígnase con el

nombre de “Artigas” al Instituto de Profesores creado por la ley del 2 de julio de

1949. Cabe señalar que, con posterioridad, y al organizarse los Centros de Forma-

ción Docente de Educación Primaria, Secundaria y Técnica bajo la órbita del llama-

do “Instituto Nacional de Docencia” se asignó a éste la designación de “Artigas”.

Los principales actos de conmemoración y homenaje tuvieron lugar en los días

22 y 23 de setiembre de 1950.  

En la mañana del día 22 una Comisión integrada por cuatro soldados del Re-

gimiento de Caballería N° 1 “Blandengues de Artigas” procedió a retirar del Pan-

teón Nacional, en el Cementerio Central, la urna con los restos mortales del prócer,

custodiada, en la ocasión, por los Inspectores Generales del Ejército y de la Marina,

Gral. Carlos Iribar y C/A Alfredo Aguiar Carrasco, respectivamente. Dicha urna,

colocada sobre un carro del Agrupamiento de Tanques N° 4 fue trasladada hasta un

cenotafio erigido frente al Obelisco de los Constituyentes. Allí, el entonces Presiden-

te de la República, Don Luis Batlle Berres, que asistía acompañado del Gabinete

Ministerial, enviados extraordinarios y diplomáticos acreditados ante la República y

otras autoridades civiles, militares y eclesiásticas, pronunció una encendida alocu-

ción. El numeroso público que se agolpaba en varias cuadras de la Avenida 18 de

Julio y a lo largo del Br. Artigas presenció y aplaudió con entusiasmo un bien orde-

nado desfile de casi 25.000 estudiantes liceales de todos los departamentos del país.

En 1961 el Poder Ejecutivo declaró el “Año del Sesquicentenario del Ciclo

Artiguista” y por resolución del 12 de setiembre instituyó diversos premios para

otorgar a trabajos literarios relativos a personajes o sucesos de dicho Ciclo. Y el 14

de noviembre del mismo año, instituyó el “Premio Gral. Artigas” para ser otorgado

al primer alumno de la promoción que egresara de la Escuela Militar de Aviación de

la República Argentina. Dicho Premio consistiría en una medalla de oro de 32 milí-

metros de diámetro en cuyo anverso estaría grabada la insignia del Piloto Aviador

con la leyenda “Celebremos este momento afortunado como el apoyo de nuestra

libertad” —Artigas a San Martín— 22-IV-1815. “Premio General José Artigas” y

en el reverso la inscripción “Fuerza Aérea Uruguaya al ler. alumno de la Escuela de

Aviación Militar Argentina” - Promoción 1966 y un ejemplar encuadernado de la

“Epopeya de Artigas” de Juan Zorrilla de San Martín.

La Ley N° 13.260 del 21 de mayo de 1964 declaró de utilidad pública la ex-

propiación del predio donde estuvo ubicada la casa natal de José Artigas, en las

calles Colón N° 1509 y Cerrito N° 299 de Montevideo y también la situada en la

calle 25 de mayo N° 641-45-47 donde vivió el Gral. Manuel Oribe.

Pero asimismo, el Poder Ejecutivo constituyó una comisión con la tarea de pro-

gramar, organizar y coordinar los actos conmemorativos del Bicentenario del Naci-

miento del Gral. José Artigas la que, a su vez, propuso y fue autorizada a realizar

una Exposición Histórico-Bibliográfica y documental en la Biblioteca Nacional.

El 27 de setiembre de 1974 se promulgó la Ley N° 14.276, que en su artículo

quinto, dispuso: “El Poder Ejecutivo llamará a concurso de bocetos entre proyectistas

nacionales para la erección de un Mausoleo en la Plaza Independencia, que alber-

gará los restos del Fundador de la Nacionalidad, General Artigas, en donde recibi-

rán sepultura definitiva. En el llamado a concurso de bocetos se preverá especial- 

mente que el diseño del mausoleo permita que la urna que contiene los restos del

General Artigas quede expuesta, de forma de permitir la veneración pública. Los

restos del General Artigas serán custodiados en la actualidad, y cuando se encuen-

tren depositados en el mausoleo cuya erección se dispone por esta norma, por el

Regimiento de Caballería N° 1 “Blandengues de Artigas”

Al propio tiempo se autorizaba al Banco Central del Uruguay a acuñar moneda

conmemorativas del año 1825, para financiar la obra.

El 17 de enero de 1975 el Jurado emitió su fallo que fue homologado por el Poder

Ejecutivo el 23 de enero de 1975.

De este modo se consagraron ganadores del Primer Premio del Concurso, los

Arquitectos Lucas Ríos y Alejandro Morón. El Segundo Premio correspondió a los

Arquitectos Nelson Bayardo, Roberto Cantón, Carlos S. Laterinian y Héctor Mazzone

y el Tercer Premio a los Arquitectos Danilo López Pongibove, Carlos E. Millot y

Roberto Bedrossian. Las cinco menciones establecidas correspondieron a: Arquitec-

tos Juan José Barbé y Luis Alberto Rossi Carballo; Arquitectos Héctor Enrique

Benech, Juan José Lussich, Thomas Sprechmann y Héctor Vigliecca; Arquitectos

Cecilio Amarillo y Pedro Capurro; Arquitecto Antonio Daniel Sifredi y Arquitectos

Norberto Cubria, Jorge Di Paula y Walter Kurk. El 28 de febrero de 1975, la Comi-

sión Honoraria suscribió con los Arquitectos Lucas Ríos y Alejandro Morón el Con-

trato de Arrendamiento de Servicios Profesionales relativo a la confección del pro-

yecto arquitectónico, diseño de elementos constructivos, dirección y liquidación de

certificados de las obras para el Mausoleo y remodelación de sus alrededores en la

Plaza Independencia.

El 7 de mayo de 1975 se cumplieron las instancias relacionadas con la recepción

del proyecto definitivo, según consta en las actas levantadas a tal efecto. El 13 de

mayo de 1975 el Poder Ejecutivo aprobó los planos del proyecto, de sus elementos

constructivos y la Memoria Descriptiva y Constructiva, así como los Pliegos de Con-

diciones Generales y Particulares.

Con esto se posibilitó el llamado a concurso de precios para la construcción de la

obra y el correspondiente para el suministro de losa granítica.

Finalmente, y concluida la obra, el Poder Ejecutivo por Decreto N° 329/1977

resolvió que el 19 de junio de 1977, fecha del 213 aniversario del nacimiento del

Prócer, sería inaugurada procediéndose al traslado y solemne instalación de sus

restos en el augusto recinto.

En: Reyes Abadie, Artigas antes y después de la gesta 

“DE LA LEYENDA NEGRA A LA JUSTICIA HISTORICA”

a) El libelo de Cavia

En pleno enfrentamiento entre el centralismo del régimen directorial y las provin-

cias federales reunidas en la Liga, Pueyrredón encargó a Pedro Feliciano Sainz de

Cavia, Oficial 1o. de la Secretaría de Gobierno, la elaboración de un folleto contra

el Protector de los Pueblos Libres. En 1818 fue publicado en Buenos Aires bajo el

título de “El Protector nominal de los Pueblos Libres, clasificado por el Amigo del

Orden”.

El libelo de Cavia califica a Artigas, presentándolo como “insubordinado”, “trai-

dor a los destinos de la América”, “apóstol de la mentira”, “nuevo Atila de las

comarcas desgraciadas que ha protegido, lobo devorador y sangriento bajo piel de

cordero... Azote de su patria. Oprobio del siglo XIX. Afrenta del género humano”.

En realidad el libelo no era gratuito, formaba parte de una de las dos concepcio-

nes que dividían a la revolución. Las burguesías de Buenos Aires y Montevideo no

perdonan al “caudillo tumultuario” que hizo irrumpir en la vida política a las masas

rurales, aplicando el principio de la igualdad entre los hombres. Recordemos aquí el

juicio de Carlos de Alvear, enemigo de Artigas y representante eximio de la mentali-

dad dominante en el patriciado unitario:

“Artigas fue el primero que entre nosotros conoció el partido que se podía sacar

de la brutal imbecilidad de las clases bajas, haciéndolas servir en apoyo de su poder,

para esclavizar a las clases superiores y ejercer su poder sin más ley que su brutal

voluntad“

Artigas, al llamar a los pueblos a ejercer su “soberanía particular”, los hizo entrar

en la vida política y en la historia. Lógicamente, la participación popular tuvo inevita-

bles expresiones anárquicas con las que se trató de identificar al sistema federal.

El libelo de Cavia no tuvo ninguna influencia entre los paisanos, gauchos e indios

que seguían al Protector. Como ya vimos, Artigas prácticamente careció de impren-

ta: en cambio los testimonios del unitarismo, como el de Cavia, permanecieron y

sirvieron de fuentes a otros -que como veremos- continuaron la leyenda negra.

b) Entre los orientales

No vayamos a creer que en la antigua Provincia Oriental no hubo voces que se

unieran al coro de la leyenda negra nacida en Buenos Aires.

No bien Montevideo fue ocupada por los portugueses, en 1817, aparecieron refe-

rencias en documentos oficiales a la “tiranía doméstica” que estos pueblos habían

soportado durante el gobierno de Artigas.

La “Logia Imperial” que en Canelones rodea al general Lecor, en 1822-23 ex-

presa que la Provincia Oriental “nunca había sido menos feliz que en la época de su 

desgraciada independencia”, y por otra parte, en esos mismos días, desde un perió-

dico montevideano, Santiago Vázquez hacía el siguiente análisis de Artigas:

“Desde aquella época fatal fue que el caudillo se propuso sacar provecho del

conflicto de los orientales... para romper todos los vínculos sociales, destruir las

fortunas, atacar todos los principios de la civilización, autorizar todos los crímenes

y hacerse dueño de los hombres rebajándolos, hasta el último grado de la corrupción

y la ignorancia”.

La Cruzada Libertadora de 1825, aunque puede contener algunos de los ideales

de Artigas, omite toda referencia al caudillo. En los hombres de la Asamblea Cons-

tituyente (1828-30), en general cultos y europeizados, predominó el espíritu

antiartiguista como lo demuestra, por ejemplo, la elección del general José Rondeau

como gobernador provisorio.

c) Las primeras voces

No es de extrañar que las primeras voces en reclamar justicia -dice Pivel Devoto-

partan de los hombres de la “patria vieja”, amigos, colaboradores y parientes de

Artigas. Así el presbítero Manuel Barreiro llamó al caudillo “el anciano de la liber-

tad”, afirmando que la “calumnia y el error se habían cebado en esa desgracia,

como siempre acontece, persiguiéndola hasta su último asilo...”.

Miguel Barreiro, ahora desde su banca de senador reclama que sean recompen-

sados antes que los advenedizos, los servidores de la calumniada “patria vieja” y

recuerda “como un título de honor para esa época, que una vez desaparecido Artigas,

por espacio de diez años, se había tolerado en el país el tráfico de esclavos”.

Surgió así en la prensa la iniciativa de traer a Artigas al Uruguay, aunque no se

sabía con certeza si todavía vivía. Recién, cuando en 1840 falleció Gaspar Rodríguez

de Francia, se levantó la incomunicación que durante 20 años pesó sobre Artigas.

Esta dualidad existente en el juicio histórico que merecían los actores de la revo-

lución en el Río de la Plata se expresa muy bien en una carta del ex secretario de

Artigas, José Monterroso, escrita a Gadea, desde Marsella, el 25 de febrero de 1835:

“Busque Ud. en los principios y en los resultados, no hallará más diferencia que lo

oriental y lo porteño, Rivadavia y Artigas, Agüero y yo. Aquellos laudados hasta el

Almanaque. Nosotros condenados de hecho y de derecho. ¡Qué importa! si ellos

instituyeron, nosotros les enseñamos el camino”.

En 1841, cuando se pensó que Artigas ya había muerto, surgió la idea de escribir

su historia. Ante la posibilidad de tener comunicaciones con Paraguay, se propuso

repatriar al Jefe de los Orientales si estuviera vivo. Artigas se negó a regresar.

También, los acontecimientos políticos del Río de la Plata contribuyeron a reno-

var el interés y la curiosidad en torno a la figura del caudillo. Así, es interesante

recordar la repercusión que Artigas tuvo en la prensa del momento, tanto en “El 

Nacional” que dirigía Rivera Indarte, como en “El Constitucional” que dirigía Isidoro

de María.

Recapitulando los impresos sobre Artigas existentes hasta 1841, era -de acuerdo

al trabajo del historiador Pivel Devoto-:

1. El libelo de Cavia de 1818.

2. El “Ensayo de la Historia Civil”, del Deán Gregorio Funes, en cuyo 3er. tomo

(1817) al hacer referencia al Bando de Posadas decía que “los orientales tenían

levantados tronos en sus pechos al Gral. Artigas”.

3. “Viaje a Sud América”, de H.M. Brackenride (Londres, 1820), ofrece una vi-

sión de Artigas a través de referencias del Gral. José Miguel Carrera y del retrato

trazado por Cavia.

4. “Ensayo histórico sobre la revolución del Paraguay”, de Rengger y Longchamp

(París, 1827), describe a Artigas rodeado de “salteadores, asesinos, piratas, ladro-

nes, desertores”.

5. “Memorias del Gral. Miller”, (Londres, 1829), contiene varias páginas sobre

Artigas inspiradas en Cavia.

6. Reproducidas por la “Revue Britanique” (París, febrero de 1830).

7. “Cartas” de Robertson (1839) en cuyo 3er. tomo se relataba la entrevista con

Artigas en Purificación a quien el viajero describe con simpatía.

d) Durante la Guerra Grande

Justamente cuando se confirmó que Artigas vivía, el general Nicolás de Vedia

escribió en 1841 sus “Apuntes” que evocan con realismo y simpatía la figura del

Protector.

“Era o es Artigas de regular estatura, algo recio y ancho de pecho, su rostro era

agradable, su conversación afable y siempre decente; comía parcamente, bebía con

frecuencia pero a sorbos, jamás empinaba los vasos. No tenía modales agauchados,

sin embargo, de haber vivido siempre en el campo. Cuando manifestaba su resenti-

miento contra Buenos Aires o contra los de Buenos Aires como él decía, era exacto

en sus relatos y a veces elocuente. En los sitios se le vio siempre montar en silla y

vestir de levita azul sobre la cual ceñía su sable”.

La Guerra Grande, planteada por Sarmiento como un conflicto entre la civiliza-

ción y la barbarie, iba a traer consigo sobre todo a través de la literatura unitaria,

una nueva serie de adjetivaciones negativas respecto a la figura de Artigas. “En

medio de aquella lucha entre la clase doctoral y los caudillos -dice Pivel- la conde-

nación que éstos arrancaban a los doctrinarios alcanzaba también al fundador del

sistema”.

Domingo F. Sarmiento vivía en exilio en Chile y desde allí enviaba los capítulos

de “Facundo”, que eran leídos con avidez por los liberales pobladores del Montevi- 

deo de la “Defensa”. Refiriéndose a la montonera gaucha dice Sarmiento: “Este era

el elemento que el célebre Artigas ponía en movimiento: instrumento ciego pero

lleno de vida, de instintos hostiles a la civilización europea y a toda organización

regular; adverso a la monarquía como a la república, porque ambas venían de la

ciudad y traían aparejado un orden y la consagración de la autoridad” (...)

“La fuerza que sostenía a Artigas en Entre Ríos era la misma que en Santa Fe a

López, en Santiago a Ibarra, en los llanos a Facundo (Quiroga)” (...)

“La montonera tal como apareció en los primeros días de la república bajo las

órdenes de Artigas, presentó ya ese carácter de ferocidad brutal y ese espíritu terro-

rista que al bandido inmoral, al estanciero de Buenos Aires (Rosas) estaba reserva-

do convertir en un sistema de legislación aplicado a la sociedad culta, y presentando

en nombre de la América avergonzada, a la contemplación de la Europa. Rosas no

ha inventado nada (...) tiene sus antecedentes en Artigas y en los demás caudillos

bárbaros y tártaros. La montonera de Artigas “enchalecaba” a sus enemigos: esto

es, los cosía dentro de un retobo de cuero fresco y los dejaba así abandonados en los

campos” (...)

“Artigas, baqueano, contrabandista, esto es, haciendo la guerra a la sociedad

civil, a la ciudad, comandante de campaña por transacción, caudillo de las masas de

a caballo, es el mismo tipo que, con ligeras variantes, continúa reproduciéndose en

cada comandante de campaña que ha llegado a hacerse caudillo”.

Es decir que para enjuiciar a Juan Manuel de Rosas, el enemigo de Sarmiento en

1845, el autor condena a Artigas como prototipo de todo caudillo con base rural.

Como decía Alvear: “El primero que entre nosotros...” supo utilizar con fines políti-

cos la “barbarie” de la montonera gaucha.

Un juicio coincidente, presenta a Bartolomé Mitre en su artículo de “La Nueva

Era”, (Montevideo 1846).

“Artigas fue el primero en su género y de él data una nueva época de caudillaje:

como después de Rosas comenzará una nueva época de principios. Artigas tenía la

sagacidad del hombre primitivo y las vistas mediocres de un genio sin cultivo (...), el

desprecio de las reglas militares (...), la hipocresía solapada del gaucho malo y el

orgullo exagerado de sus facultades bajo las apariencias más humildes, prendas que

constituyen en estos países el caudillo por excelencia. Esas calidades hacían de Artigas

el ídolo de la multitud ignorante, cuyos vagos deseosos de independencia venían a

concretarse en su persona, lo que daba por resultado el cacicazgo, tal cual lo ejer-

cían las tribus a que habían reemplazado”.

Primer homenaje oficial: Interpretaciones seudosociológicas como las preceden-

tes de Sarmiento y Mitre no obstaron a que el gobierno de la Restauración, presidido

por el general Manuel Oribe, realizara el primer homenaje oficial a la memoria de 

Artigas, bautizando con su nombre la calle principal de la Unión en 1849 (hoy Avda.

8 de Octubre).

e) Artigas: muerte y regreso

Cuando Artigas falleció el 23 de setiembre de 1850, la ciencia histórica en lo que

respecta al estudio de su persona casi no había avanzado. Es evidente que el caudillo

se encuentra en medio de las pasiones políticas del momento, utilizado -en uno y otro

bando- como justificativo para la explicación de un hecho contemporáneo.

En 1851, “El Porvenir” de Montevideo recogió la noticia de su muerte en estos

términos:

“La Historia del general Artigas es muy conocida en nuestro país y aún existen

compañeros de armas, hombres que lo conocieron y observaron.

La historia imparcial juzgará algún día esa época, porque es una propiedad suya.

La revolución, las pasiones, todavía no han acabado, están en pie y difícilmente

podríamos ocuparnos hoy de trazar los pasos, la vida del general Artigas, porque

sería un trabajo incompleto y hasta extemporáneo.

Recordémosle en la mansión del silencio y la tierra extranjera que ha recibido

sus restos mortales, le sea leve: mientras tanto que ellos no queden olvidados, y que

la República, cuando asegure la paz, pueda transportarlos para que reposen en el

suelo de su nacimiento y en el lugar destinado a eternizar la memoria de los hombres

que, como él llegaron a presidir los destinos de un país, al que consagró su vida

peleando por su independencia y libertad como su primer guerrero”.

Por su parte -refiere el citado Pivel- en febrero de 1851, se presentó ante las

autoridades, doña Josefa De María de Artigas expresando que “siendo de notorie-

dad pública la muerte de su desgraciado suegro el general D. José Gervasio Artigas”,

se le auxiliara para poder llevar “el luto correspondiente” y para “mandar hacer

algunos sufragios por su alma”, con el deseo de cumplir un “deber de religión como

de honor a su memoria”.

En 1853, durante la presidencia de Giró, el Poder Legislativo aprobó el nombre

de “Villa Artigas” para el pueblo que se había formado a orillas del río Yaguarón

con el nombre de Arredondo, hoy ciudad de Río Branco. Los restos de Artigas -como

ya vimos- regresaron a Montevideo el 19 de setiembre de 1855. Circunstancialmente

olvidados en un depósito de la Aduana por la inestabilidad política del momento

(rebelión de los fusionistas de la “Unión Liberal”, Pacto de la Unión entre Flores y

Oribe, renuncia de Flores, gobierno de Bustamante y 3a. revolución conservadora),

fueron rescatados de allí por un decreto del Presidente Gabriel A. Pereira, el 20 de

noviembre de 1856.

El Mayor Leandro Gómez publicó en La República (Montevideo, nov. 20, 1856)

estas frases: 

“...¿De qué manera ha cumplido la República Oriental el sagrado deber que le

imponen los sacrificios dedicados con admirable abnegación y generoso desprendi-

miento por el inmortal general Don José Gervasio Artigas? ¿De qué manera, deci-

mos, ha correspondido el Pueblo Oriental a esos grandes servicios, que en vano han

querido desconocer sus encarnizados detractores y que nunca, jamás, serán olvida-

dos por los orientales de corazón?

¿Qué ha hecho la Nación Oriental en honor de su gran patriarca, a aquel distin-

guido oriental, que fue el primero que le enseñara un día el espinoso camino de la

libertad y de la gloria, luchando enérgicamente, ya con la tiranía y la dominación

extranjera, ya con la inquietud y la perfidia de ambiciosas pretensiones, hasta que

un conjunto fatal de sucesos, que la historia imparcial señalará un día, le obligó a

abandonar la Patria para siempre?

El esclarecido General Don José Gervasio Artigas, el aclamado protector de los

pueblos libres, el libertador de su patria, aquel general oriental que concibió el

hermoso pensamiento de engrandecer su país colocándolo a la altura de las prime-

ras naciones de la América del Sud, aquel genio fecundo por el honor, la gloria y la

prosperidad de su patria, debía alejarse de ella para siempre, abandonado y perse-

guido con la más inaudita crueldad.

Debía ser calumniado, vilipendiado villanamente por los enemigos de todo lo que

es oriental, por aquellos cuya audacia escarmentó mil veces. Debía sufrir la miseria,

el olvido y hasta la ingratitud, y por fin, la muerte en el destierro, sin que una lágri-

ma emanada de un dolorido pecho humedeciese su triste y solitaria tumba.

¡Tal fue el destino del General Don José Gervasio Artigas! ¡Tal es generalmente

el destino de los hombres magnánimos y generosos!”.

A raíz también de las exequias de Artigas, Leandro Gómez entregó al gobierno la

espada que la Provincia de Córdoba había regalado a Artigas y que Gómez había

adquirido años antes. A pesar de este reconocimiento público que recibía la figura

de Artigas, llamado por Pereira “patriarca de nuestra independencia”, la población

del país no tenía todavía un juicio unánime sobre Artigas.

La clase culta universitaria, los intelectuales de formación liberal, europeizados

todos, seguirían por mucho tiempo muy influidos por el eco de la “leyenda negra”

que sin ningún rigor histórico seguían difundiendo voces muy prestigiosas de la tra-

dición unilateral porteña: Mitre, Sarmiento, Vicente Fidel López, Luis L. Domínguez,

Francisco Berra, etc.

B. Después de 1850

a) Artigas en la “Historia de Belgrano” de Mitre.

En 1859 fue publicada en Buenos Aires la “Historia de Belgrano” de Bartolomé

Mitre. El autor era en esos momentos Ministro del gobernador Alsina, cuando la 

Provincia de Buenos Aires se encontraba separada de la Confederación Argentina

que tenía por capital la ciudad de Paraná.

Era Mitre, por lo tanto, una de las figuras más intransigentes del unitarismo

porteño. Como Sarmiento, estaría llamado más adelante a desempeñar el cargo de

Presidente de la Argentina unificada. La “Historia de Belgrano” y el juicio que en

ella se realiza sobre Artigas no están libres, por tanto, de las pasiones políticas del

momento. Ayer el enemigo federal era Artigas, hoy es Urquiza.

En el “Corolario” de la “Historia de Belgrano”, Sarmiento indicaba que el autor

de la obra era el mismo general que en 1859 iba a “contener la última tentativa de

gobierno vitalicio, y arrancar de la frente de los pueblos la vergonzosa divisa que

Artigas solo impuso a sus chusmas de campesinos aliados”.

Para Mitre, Artigas era “el caudillo del bandalaje y de la federación semibárbara”,

“la personificación genuina de los instintos brutales de las multitudes”, “el repre-

sentante del movimiento semibárbaro de las masas emancipadoras”.

“Esta Federación -dice Mitre respecto a la Liga Federal- sin más base que la

fuerza y sin más círculo que el de los instintos comunes de las masas agitadas, no

eran en realidad sino una liga de mandones, dueños de vidas y haciendas que explo-

taban las aspiraciones de las multitudes: sometidas más o menos estas mismas a la

dominación despótica y absoluta de Artigas, según era menor la distancia a que se

hallaban del aduar del nuevo Atila”.

b) La obra de Isidoro de María

De María fue el primero en realizar y publicar un ensayo biográfico sobre el Jefe

de los Orientales. Se titula “Vida del Brigadier General José Gervasio Artigas, fun-

dador de la nacionalidad oriental”. (Gualeguaychú, 1860), folleto que “refleja la

gloria de los dolores de la primera época de nuestra revolución”, al decir de su

autor.

La prensa recibió favorablemente este ensayo. “La República” de Montevideo,

escribió: “Las infamantes calumnias que sobre el titulado caudillo Artigas, han di-

vulgado y siguen propalando los escritores de Buenos Aires son destruidas con la

verdad de los hechos referidos en este folleto” y sugiere que el gobierno nacional

publique “la parte menos conocida de la historia nacional” para que fuese difundi-

da en las escuelas del país.

En 1864, Isidoro de María comenzó a publicar un “Compendio de la Historia de

la República Oriental del Uruguay” en cuyo tercer tomo (1893), trazó el siguiente

retrato de Artigas:

“Tiene rasgos, méritos y virtudes que lo ennoblecen, a través de sus pasiones,

de sus errores, de su ambición de dominio, y no obstante el absolutismo de su

gobierno”. 

“Celoso, ardiente amigo de la autonomía de su país natal, hasta el fanatismo,

pugna con ella con varonil e inquebrantable constancia, sin transigir con nada que

amengüe a su juicio, su honra, sus derechos y soberanía”.

“Apóstol y soldado de la causa de la independencia de América, no defecciona de

ella por ningún principio, cualquiera que sea su suerte, y se mantiene firme en esa

actitud política, mientras ve partir agentes caracterizados de sus implacables adver-

sarios, a negociar con las monarquías, testas coronadas que vengan a dominar estos

países, uniéndolos al yugo extranjero, so pretexto de apagar la llama de la anarquía

que los devoraba”.

c) Vuelve “Leyenda Negra”

Sin pretender agotar un tema tan rico e interesante como este, deseamos señalar

aquí a dos historiadores, que por la repercusión de su labor docente, tuvieron mucha

importancia en la permanencia de la óptica de la “leyenda negra” en la conciencia

uruguaya. Nos referimos a Francisco A. Berra (1844-1906) y a Luis Desteffanis

(1839-1899).

El primero fue autor del texto más usado a fines del siglo XIX. El “Bosquejo

Histórico de la República Oriental del Uruguay”, que así se titula, fue publicado en

1866 y reeditado en 1874, 1881 y 1895.

Berra siguió el modelo de interpretación histórica de Vicente F. López.

No nos extraña que al referirse a la incorporación de Artigas al Movimiento de

Mayo, señale que el caudillo era “conocido ya en Montevideo por su insubordina-

ción a la familia, y en el interior por sus proezas de terrible contrabandista y de

implacable guarda de campaña”.

El cuadro que traza del campamento del Ayuí es el siguiente:

“El nombre de Artigas se había extendido después de la acción de Las Piedras y

había adquirido una fama imponente desde que se supo que había llevado con su

ejército la población de la campaña oriental al retirarse del frente de Montevideo (...)

Le halagaba a Artigas este renombre, aunque fuera de mal carácter, porque espe-

raba que fuera pronto el instrumento más poderoso de la dominación que ya ambi-

cionaba. Las familias sufrían el hambre y los rigores de la intemperie: muchas iban

a ocultar su desnudez a los montes, o a guarecerse contra la persecución de la solda-

desca; otros muchos veían desaparecer sus miembros por la acción de la miseria y

de los instintos feroces de los que tenían en sus manos la fuerza. Aquel campamento

confuso de mujeres, hombres y niños, era un foco de corrupción y un manantial

inmenso de lágrimas. Artigas explotaba estas desgracias a favor de sus proyectos:

quería imponerse por el terror”.

Por su parte, Luis Desteffanis fue designado por el gobierno de Flores de 1866,

catedrático de Historia de la Universidad Mayor. Tal fue el carácter de su actividad 

docente por casi 20 años, que el Poder Ejecutivo (Santos) lo destituyó el 30 de se-

tiembre de 1884, por emitir opiniones contrarias a la figura de Artigas.

d) La lucha por la verdad histórica

En la tarea reivindicadora de Artigas se fue formando nuestra conciencia históri-

ca. A ella se dedicaron como ya vimos Isidoro de María (1860), seguido de Francis-

co Bauzá (1870), Eduardo Acevedo Díaz (1872), Juan Zorrilla de San Martin (1874),

José Pedro Ramírez (1879), Carlos María Ramírez (1882) y Clemente Fregeiro (1883).

En: Coolighan-Arteaga, o.c.

En 1997 Julio César Cotelo publicó un valioso estudio “Antiartiguistas impor-

tantes en el siglo XIX”, en el que eximina documentadamente la acción que contra

Artigas llevaron a cabo Nicolás Herrera, Pedro Vidal, Santiago Vázquez, Alejandro

Chucarro, Santiago Sayago, Manuel Herera y Obes, Andres Lámas acompañando a

cada uno de su biografía.

En forma general define a estos personajes:

Son algunos de los pocos que estructuran el Uruguay del siglo pasado. Preparan,

viabilizan, colaboran, son cómplices de lo que culmina esa centuria: el santismo. Sin

todos estos, no hubiera existido.

La cultura y el esquema económico dependientes de Europa central más Gran

Bretaña, están entre sus logros fundamentales. Alcanza leer -sólo leer- para verifi-

car, los diarios de sesiones parlamentarias: el subsidio foráneo a la “Defensa” en la

Guerra Grande, no se limitó al rubro “Caja”: era cultural, americano, lo más grave

y persistente.

Integran o descienden del patriciado. Esto es también un detalle al estudio inicial

de Carlos Real de Azúa, editado por “Asir” en Montevideo, 1961. Salvo Alejandro

Chucarro Castro, que nace en Guadalupe, todos son montevideanos, de ascedencia

patrimonialmente sin apremios.

Son también componentes de la oligarquía, ese estamento esencial, básico de

nuestra historia rioplatense, también insuficientemente conocido. Opuestos a las for-

mas y al contenido democrático, su legado social nada tiene que ver con el gobierno

de mayorías. Surge como una de las inferencias inmediatas mayores, que nuestra

cultura cívica, nuestra nación, existe gracias a los sectores o protagonistas enemi-

gos de ellos y de sus homólogos.

Si el santismo (1880/86) culmina el siglo, su subproducto es el decenio posterior,

contra el que se concretarán los movimientos -nacionales, ajenos a la ciudad-puer-

to- de 1896 y 1897.

De los personajes expuestos, sólo se han mentado por la historiografía -de cual-

quier nivel de calidad- pormenores de Andrés Lamas Alfonsín. La excepción se ex- 

plica. Su habilidad le hizo generar y conservar sostén pecuniario, y aptitud para

ganarse un lugar en la inteligencia, intentando enmascarar un presente suyo y de sus

sponsors. ¿Para o ante quiénes? Para la posteridad, ante nosotros, los de este siglo.

Ellos muestran en qué y por qué la cultura nacional propone y a veces impone

estilos de vida, de expresarse, de sentir y de pensar. Son sus actos -inscritos en la

duración histórica que han perpetuado, hasta hoy (si perpetuidad puede ser en Uru-

guay, media docena de generaciones), un modelo cultural que lucha por ser a la vez

elitista y unitario. A través de ellos, podemos atisbar a temás aún no encarados en la

historia del Uruguay: el Estado y los conflictos, o el Estado y el poder.

ARTIGAS: FUNDADOR DE PUEBLOS Y DE NACIONALIDADES.

¿Qué representa,entretanto, Artigas, en la génesis de las nacionalidades del Río

de la Plata? Si es el apóstol y el portaestandarte de la idea federal hecha carne

finalmente en la República Argentina, ¿puede figurar también entre los precursores

de la República Oriental del Uruguay?

Los propios títulos de sus altas investiduras populares denuncian la doble faz de

su acción: Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres.

Como Jefe de los Orientales, puso a contribución todas las extraordinarias cuali-

dades de que estaba dotado para formar un pueblo de grandes tradiciones propias y

de vigoroso relieve internacional.

Obra suya, exclusivamente suya, fue la insurrección de la campaña oriental de

1811, coronada por la victoria de Las Piedras y el establecimiento del primer sitio de

Montevideo. Cuando la oligarquía porteña, alarmada por los prestigios de esa obra,

decretó el levantamiento del sitio, Artigas reunió a sus compatriotas para decirles que

estaba dispuesto a continuar la lucha, a falta de armas con palos, con los dientes y con

las uñas! No pudo hacer efectivo sus propósitos en esos momentos, a causa de acuer-

dos con el Gobierno de Buenos Aires que inclinaban al aplazamiento de la guerra; y se

retiró a la otra margen de Uruguay, seguido por el pueblo oriental, que lo había acla-

mado jefe y que estaba resuelto a compartir su suerte, y en prueba de ello dirigía una

representación al Gobierno argentino diciéndole que seguía al ejercito, porque no po-

día encorvarse de nuevo bajo el yugo extranjero y porque quería vivir en cualquier

otro punto libre del continente americano, hasta que la justicia se cumpliera también

en su propia tierra. Los hombres de aquel tiempo, ha dicho el coronel Cáceres, respi-

ran patriotismo hasta por los poros. Llegada al fin la hora de reanudar la lucha contra

los españoles y los portugueses, volvió Artigas de la emigración, y al frente siempre de

su pueblo continuó la campaña militar, a la vez que en memorables congresos provin-

ciales despertaba y educaba el sentimiento cívico de sus compatriotas.

Pero su obra vigorosa y definitiva de consolidación del Pueblo Oriental, se desa-

rrolló más tarde, en los cuatro años corridos desde 1816 hasta 1820, defendiendo 

palmo a palmo el territorio nativo contra la conquista portuguesa. Había dicho al

Cabildo, a raíz de sus primeras derrotas, “que la campaña se teñiría de sangre antes

que el portugués la dominase”, y cumplió su programa con una constancia y un

entusiasmo tan enormemente contagiosos, que sus soldados volvían a buscarlo, a

raíz de sus derrotas, resueltos como él a no aceptar en ninguna forma la subyugación

de la Patria. Cuando todos se doblegaban ante la conquista prepotente y desapare-

cían uno tras otro los cuerpos de ejército escalonados para la defensa del territorio,

él volvía a levantar su bandera de reconcentración a los dispersos, en medio de

colosales pruebas de obsecuencia a los principios políticos proclamados, como de

ello instruye su respuesta a los capitulares de Montevideo que a cambio de auxilios

de guerra entregaban a Pueyrredón el dominio de la Banda Oriental sin condiciones

ni instituciones de garantía: “el Jefe de los Orientales ama demasiado su Patria

para sacrificar este rico patrimonio al bajo precio de la necesidad”.

¿Qué más necesita Artigas para ser considerado fundador del Pueblo Oriental, si

con su sangre, su constancia, su heroísmo, su desinterés, su carácter y sus principios

políticos, creó vínculos que antes no existían, entre todos los habitantes del territo-

rio, les dio tradiciones de gloria, despertó sus sentimientos cívicos y educó el carác-

ter nacional en la escuela del sacrificio a los intereses generales, de las altiveces de

conducta y de la consecuencia a los principios republicanos, cuando todo su medio

ambiente era presa del desaliento, de los temores del momento y de la falta de gran-

des y nobles ideales?

Una sola cosa no hizo Artigas: estimular entre sus compatriotas la idea de

segregarse de las Provincias Unidas para organizar una república independiente. Si

hubiera sido un caudillo del molde común, como cualquiera de los que surgieron el

país después de su eliminación absoluta del escenario, la idea de presidir una repú-

blica sobre la base de la Provincia Oriental y hasta de las de Entre Ríos, Corrientes

y Misiones, como reiteradamente le ofreció el Gobierno argentino, habría constitui-

do su grande y realizable aspiración del momento. Pero Artigas, que era una gran

cabeza, a la par que una gran voluntad, quería una Patria amplia y poderosa, com-

puesta de todos los pueblos del Río de la Plata, que entrarían a ella con su organiza-

ción propia, con sus poderes legislativo, ejecutivo y judicial, con sus derechos

garantidos y en plena actividad, a la sombra de una constitución que sólo acordaría

al gobierno central la administración de los intereses generales, y que al arrancar el

asiento de ese poder de la ciudad de Buenos Aires, donde dominaba la oligarquía

monarquista y centralista, lo trasladaría con toda seguridad a la de Montevideo,

convertida así en cabeza de la nación más fuerte de la América del Sur.

Se hizo finalmente carne el pensamiento de Artigas en la República Argentina. Pero

la Provincia Oriental, que los Directorios habían entregado a la conquista portuguesa, 

no pudo seguir la misma suerte. Disputada por argentinos y brasileños, hubo de con-

vertirla, para que la balanza no se inclinara a un lado más que a otro, en república

independiente, vale decir, en lo que Artigas no había aceptado antes y no habría acep-

tado jamás en su noble obsesión de constituir la gran federación del Plata.

Quiere decir, pues, que Artigas es realmente el fundador del régimen federal ar-

gentino y que su estatua surgirá en la Plaza de Mayo algún día, cuando desaparezca

la tradición de inconcebibles calumnias amasadas por el odio a sus principios polí-

ticos hoy triunfantes, aunque todavía no enteramente glorificados por la aplicación

real y efectiva del institucionalismo norteamericano que él proclamaba; pero quiere

decir también que no es el fundador, ni siquiera el precursor de la “República Orien-

tal”, que a ese título ni podría ni debería erigirle estatua alguna, sin falsear la ver-

dad histórica plenamente documentada en el curso de este Alegato.

Pueden tranquilizarse, sin embargo, los orientales. Eso no amengua el prestigio

del gran personaje, ni aun del punto de vista del patriotismo local. Porque es cierto

que Artigas quería constituir una Patria amplia y poderosa, no es menos cierto que

en su fecundo plan, la Provincia Oriental debía ser la cabeza del coloso sudamerica-

no, y para que esa cabeza tuviera verdadero valor internacional desarrolló en ella,

en ocho años de luchas gigantescas, enseñanzas y ejemplos de los que más dignifican

y retemplan a los pueblos, hasta el extremo de que puede decirse que si falsea la

historia el que afirma que Artigas es el fundador de la “República Oriental”, tam-

bién la falsea el que asegura que esa independencia fue un regalo de la Inglaterra,

del Brasil y de la Argentina, desde que Artigas había formado un pueblo de hombres

libres con energías para reivindicar sus destinos contra todas las dominaciones y

contra todas las imposiciones de la tierra.

En: Eduardo Acevedo, o.c.

3. “En esta Villa de Santo Domingo de Soriano en 28 dias del mes de Febrero del

año 1811, Nos los SS.J. y R1, juntos y congregados en esta Sala Capitular de Nuestros

Acuerdos, á tratar de abrir un oficio que nos pasó D. Ramon Fernandez por mano de

su segundo D. Pedro Viera que se presentó como á las tres de la tarde con un exercito

de jente Armada, y no pudiendo, ni teniendo como hacer Resistencia, se hizo Capitu-

lación de que entraren ofreciendonos la seguridad de Nuestro vienes, vidas y fami-

lias cuyo oficio es del tenor siguiente: -"Hallandome con ordenes rigorosas para

atacar, y destruir los Pueblos de esta Banda que no quieran seguir á la justa causa

de Buenos Ayres, y teniendo ya mi quartel gral en la Capilla Nueba de Mercedes que

se me entregó la mañana del dia de hoy sin oposicion halguna, en vista de asegurar-

les sus propiedades, y vida, pues no es partida de Salteadores como se ha dibulgado

por estos destinos, mediante lo qual se ha de servir V.S. franquear sin oposición

halguna ese Pueblo á imitacion de este, pues de lo contrario doy orden á mi segundo 

D. Pedro Viera para que entre asolando, y sin dar quartel á nadie á uso de guerra

formal siendo esta mi primera y hultima Reconbencion, á fin de obiar efucion de

sangre de lo que hago á V.S. desde Aora responsable. - Dios gue á V.S. m.a. - Ramon

Fernandez - Sor Cavdo, J y R del Pueblo de St.o Dom.o Soriano". - Lo que haviendo

tratado, y consultado con el Sor Comand.te Militar de esta Villa D. Benito Lopez de

los Rios, unanimes, y conformes, no teniendo para resistirnos Accedimos á que se

posesionase de la Villa D. Pedro Viera Comandante del Exto que arriba se expresa

con la condicion de asegurarnos lo que en el oficio se contiene, y no teniendo mas

que acordar lo firmamos todos los Capitulares, el Sr. Comandante D. Benito Lopez

de los Rios y el referido D. Pedro Viera. - Celedonio Escalada. - Josef Basallo. -

Manuel Sainz. - Manuel Garcia Pichol. - José Fernández. - El S.P.G.2 Pablo Grané.

- Francisco Fernandez Francia. - Benito Lopez de los Rios. - Pedro José Viera”.

“Lo que ocurrió después fué como por arte de magia. De todos los puntos de la

campaña oriental surgieron los mismos gritos, como sí de pronto una mano misterio-

sa hubiera abierto las compuertas de una gigantesca represa.

Era la rebelión de los campos contra la explotación, el abandono, la rutina, la

incomprensión, la miseria que les acosaba desde la altiva fortaleza montevideana,

considerada como la guarida de la “tiranía”.

Entre aquella hueste multitudinaria estaba el estanciero rico, rebelde a los dicta-

dos monopolistas de las autoridades españolas en Montevideo; que salaba las car-

nes que no comían los hijos del país y faenaba los cueros que se amontonaban en las

bodegas ultramarinas. Estaba el cura “criollo”, de sotana raída y carnes apretadas

por la pobreza, que cristianaba “gurises” entecos y consolaba moribundos ham-

brientos de justicia... Estaban el oficial desertor, cansado de calabozos y de retretas,

el “pulpero” saqueado por las sedientas partidas de soldados, el indio, el negro, el

mestizo, parias en la tierra donde habían nacido.

De norte a sur y de oeste a este, la rebelión, se propagó como un incendio. Cau-

dillos de toda nacionalidad levantaban a las multitudes enardecidas: el brasileño

Pintos Carneiro, con el español Redruello y Laguna, en el lejano Belén; el santiagüeño

Blasito, en el Lunarejo; los paraguayos Ojeda, en Tacuarembó y los hermanos Vargas

-Baltasar, uno de ellos- en Arroyo Grande. El vecindario de Durazno era sublevado

por Félix Rivera, hermano de Fructuoso; el del Pintado, por el cura Figueredo; el de

Casupá y Santa Lucía, por Manuel Francisco Artigas, hermano del futuro Jefe de los

Orientales; el de Canelones, por el cura Valentín Gómez y los hacendados García de

Zúñiga y Márquez; el del Pantanoso, a las puertas mismas de Montevideo, por Fer-

nando Otorgués, capataz de las estancias del Rey en el Cerro.

En el este, los distritos de Cerro Largo, Minas y Maldonado se plegaban a la

insurrección general. En un mes, apenas, toda la campaña oriental estaba en pie. 

Las guarniciones españolas de los pueblos debían rendirse ante la deserción de

sus soldados criollos y la sorpresa de los revoltosos. Primero fué Capilla Nueva de

Mercedes, ocupada al amanecer del mismo 28 de febrero, y luego Sto. Domingo de

Soriano, a primeras horas de la tarde, ambos tomados por Pedro Viera.

Desde Montevideo, el enérgico virrey Elío se disponía a sofocar la rebelión, tra-

tando de impedir la llegada de auxilios de Buenos Aires, lo que pudo lograr por

algún tiempo, mientras las naves españolas dominaron las aguas de los ríos Uru-

guay y Paraná. La insurrección oriental así quedó confinada dentro de los límites

naturales de nuestro territorio: todo el litoral del río Uruguay, a excepción del dis-

trito de Colonia; el resto de la Banda Oriental, desde el lejano Lunarejo, al norte,

hasta la región de las sierras y la llanura atlántica.

Pero fué lo bastante para frustrar los planes de Elío contra Buenos Aires. La

revolución oriental salvó a la Revolución de Mayo en su momento más crítico.”

En: Alfredo Castellanos, Artigas.

4. “La escuadrilla bonaerense estaba compuesta por la goleta “Invencible”, el

bergantín “25 de Mayo” y la balandra “Americana”. Su primer Comandante fue

Juan Bautista Azopardo, oficial de la Revolución Francesa que había luchado junto

a Liniers en la Reconquista y Defensa de Buenos Aires. Los capitanes seleccionados

por Azopardo eran ambos franceses: Bouchard y Hubac.

Inmediatamente se hicieron al río remontando el Paraná en procura de batir

buques montevideanos o paraguayos. Pero al día siguiente también zarpaba del

Apostadero de Montevideo el Capitán de Fragata Jacinto de Romarate, con una

escuadrilla compuesta por los bergantines “Belén” y “Cisne” y los faluchos “Fama”

y “San Martín”. Azopardo en conocimiento que la flotilla del Apostadero remontaba

el Paraná, acoderó sus tres buques con proa aguas abajo próximo a San Nicolás,

disponiendo los mismos en los vértices de un triángulo, apoyándose hacia la costa

donde instaló una batería con cuatro cañones. En la mañana del 2 de marzo de 1811

se enfrentaron ambas escuadrillas intercambiando un nutrido fuego de cañones y

fusilería, que luego de algunas bordadas llevó a los bergantines de Romarate a varar

quedando a merced del fuego de Azopardo por casi dos horas. No obstante, la inde-

cisión de un abordaje por parte de los bonaerenses en ese momento crítico, desecha

una excepcional oportunidad de victoria y los bergantines zafan de su varadura reti-

rándose a protección de una isla. A primera hora de la tarde los buques de Romarate

atacan nuevamente. En esta ocasión lo hacen resueltos a abordar a las naves de

Azopardo, quien se tiene que imponer a su gente, las tripulaciones de los restantes

buques bonaerenses son acosados por el fuego de metralla enemigo y considerado

inútil resistir abandonan sus buques para no caer prisioneros. Sin embargo Azopardo

resiste hasta quedarse sólo con ocho tripulantes haciendo explotar la santabárbara

con disparos propios, a pesar de los ruegos de sus heridos. De 50 combatientes la

“Invencible” contó con 41 muertos y heridos.

Cuando la Junta se enteró del desastre de San Nicolás, se instruyó un sumario a

Azopardo y a “pesar del valor que desplegó en defensa de su buque”, se le acusó

entre otros cargos por “impericia” al no haber aprovechado la oportunidad de con-

traatacar en el momento adecuado.

Mientras tanto, Romarate demostró actitudes dignas de un marino ejemplar en el

trato a sus prisioneros. Estos fueron atendidos y luego trasladados a Colonia del

Sacramento. Posteriormente se condujo a España al Cte. Azopardo, quien luego de

algunos años de reclusión volvería nuevamente al Plata. Las naves tomadas a los

bonaerenses pasaron a integrar el material flotante del Apostadero de Montevideo.

Las fuerzan navales montevideanas habían asestado un duro golpe a los Juntistas,

triunfo que significó para Romarate su graduación de Capitán de Navío y la Cruz

Laureada de Marina. Mientras tanto, Montevideo con Elío a la cabeza sería sitiada

por las fuerzas artiguistas; no obstante, dado que aún los primeros continuaban

ejerciendo el dominio de las Aguas del Plata, llevaron a cabo acciones de bloqueo

naval a Buenos Aires, motivo por el cual la Junta de esa ciudad decretó el corso

contra España.

Contra la voluntad del Comandante del Apostadero Capitán de Navío Salazar, el

Virrey Elío personalmente ordenó el bombardeo naval de Buenos Aires, acción que

llevó a cabo el Capitán Michelena, quien dio cumplimiento a la orden también con

reparos, pues bien pudieron ser víctimas entre otros compatriotas, su esposa e hijos

residentes en dicha ciudad. Este hecho y las continuas intromisiones de Elío en asun-

tos técnicos-profesionales, fueron informadas por el Comandante del Apostadero a

través de la vía del mando naval. No obstante, antes de llegar a destino los informes

oficiales, el Virrey Elío fue sustituido por el Mariscal del Campo Gaspar de Vigodet,

quien asumió con el cargo de Capitán General. Salazar también dejaba, pero a su

solicitud, la Comandancia del Apostadero, asumiendo con ciertos reparos el Capi-

tán de Navío Miguel de la Sierra.”

En: Alberto Caramés, Apostadero de Montevideo.

5. ELÍO NOMBRA A VIGODET PARA PACIFICAR LA CAMPAÑA

“Contemplando ya necesario armar una expedición para desbaratar los vandidos

que aflijen esta campaña, he encargado el mando de ella al Mariscal de Campo D.

Gaspar de Vigodet Gobernador de eta Plaza, y habiendose hecho á la vela para la

Colonia queda el Gobierno Político depositado en V.S. y yo encargado de todo lo

correspondiente á lo militar.- Esta providéncia ha sido imperada por el riesgo á

quenos exponiamos si no se cortaba de raíz en su nacim.to un movim.to que empezaba

á aflijir los animos de todos; pero que bien pronto, espero verlo todo desvanecido, y 

oprimidos los mismos autores de tantos males. - Dios guarde á V.S. ms. as.” - Mon-

tevideo 24 de Marzo de 1811. - Xavier Elio. - Sor. D. Joaquin de Chopitea.

“Considerando que el Comercio de esta Ciudad querrá con gusto presentarse á

hacer un servicio muy útil y q.e ahorre al Estado el dispéndio de mucha parte de la

tropa q.e tiene q.e emplear en la guarnicion, he pensado crear un Cuerpo con el nombre

de Batallon del Comercio de Montev.o que compuesto solo de comerciantes y depen-

dientes, no solo guarnezcan con toda Seguridad la Plaza sino q.e sean un antemural

contra toda tentativa de la intriga y la infidencia. - Este Batallon cuye Gefe nato será el

Gobernador de esta Plaza tendrá un Sargento Mayor, dos Ayudantes y el número de

compañias que con los alistados se puedan completar, procediendose en seguida á

nombrar los oficiales segun vayan necesitandose. - El uniforme puede ser el de casaca

corta azul sin solapa abotonada, con cuello y vuelta carmesí, boton blanco y centros

blancos. - Cada soldado se debe presentar vestido y armado, y deve presentarse al

Servicio equitativo q.e se ofreciese p.a la Guarnicion y defensa de la Plaza . - Yo Espero

que V.E. propenderá á q.e se realize cuanto antes, proyecto tan necesario, y q.e los bue-

nos Españoles de este Comercio se apresuraran con emulacion á presentarse á dar

esta prueba del Patriotismo que les caracteriza. - V.E. se servirá proponerme los in-

convenientes que encuentra ó las mejoras de que sea suceptible este proyecto, y q.e me

lo avise con la mayor prontitud. - Dios guarde á V.E. ms. años”. Montevideo 24 de

Marzo de 1811. - Xavier Elio. - Exmo Cabildo de la Ciudad de Montevideo.

6. “El sistema de humanidad, y moderacion que he adoptado desde mi regreso al

mando nada otra cosa ha producido, sino que el Bando de los Insurgentes envalento-

nado, haya tenido la osadia de hacer tropelias ya cerca de nuestras Murallas. - El

Correo de Maldonado ha sido interceptado por Man.1 Artigas, y dentro de esta Ciu-

dad existe comunicación diaria con éste, y otros de los principales: estoy tomando

providéncias para alejar, y desvaratar esa canalla: pero estoy convencido, que sin

adoptar el sistema de rigor militar cada vez nos hallaremos mas incomodados. -

A fin pues de usar rapidam.te del castigo merecido, procederá V.E. á hacer colo-

car á la mayor brevedad la horca en la Plaza, que á mi pesar deberá servir para que

en ella espien con prontitud su crimen los Traydores á su Rey y á su Patria. - Dios

gue á V. E. muchos años”. - Montevideo 2 de Abril de 1811. - Xavier Elio. - Exmo

Cavildo de esta Ciudad.

7. PROCLAMA DE ARTIGAS AL PUEBLO ORIENTAL.

“Leales y esforzados compatriotas de la Banda Oriental del Río de la Plata: vuestro

heroico entusiasmado patriotismo ocupa el primer lugar en las elevadas atenciones de la

Exma. Junta de Buenos Aires, que tan dignamente nos regentea. Esta, movida del alto 

concepto de vuestra felicidad, os dirige todos los auxilios necesarios para perfeccionar

la grande obra que habéis empezado; y que continuando con la heroicidad, que es aná-

loga a vuestros honrados sentimientos, exterminéis a esos genios díscolos opresores de

nuestro suelo, y refractarios de los derechos de nuestra respetable sociedad. Dineros,

municiones y tres mil patriotas aguerridos son los primeros socorros con que la Exma.

Junta os da una prueba nada equívoca del interés que toma en vuestra prosperidad: esto

lo tenéis a la vista, desmintiendo las fabulosas expresiones con que os habla el fatuo Elío,

en su proclama de 20 de Marzo. Nada más doloroso a su vista, y a la de todos sus

facciosos, que el ver marchar con pasos majestuosos, esta legión de valientes patriotas,

que acompañados de vosotros van a disipar sus ambiciosos proyectos; y a sacar a sus

hermanos de la opresión en que gimen, bajo la tiranía de su despótico gobierno.

Para conseguir el feliz éxito, y la deseada felicidad a que aspiramos, os reco-

miendo a nombre de la Exma. junta vuestra protectora, y en el de nuestro amado jefe,

una unión fraternal, y ciego obedecimiento a las superiores órdenes de los jefes, que

os vienen a preparar laureles inmortales. Unión, caros compatriotas, y estad seguros

de la victoria. He convocado a todos los compatriotas caracterizados de la campa-

ña; y todos, todos se ofrecen con sus personas y bienes, a contribuir a la defensa de

nuestra justa causa.

¡A la empresa compatriotas! que el triunfo es nuestro: vencer o morir sea nuestra

cifra; y tiemblen esos tiranos de haber excitado vuestro enojo, sin advertir que los

americanos del Sur, están dispuestos a defender su patria; y a morir antes con honor,

que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio”.

Cuartel General de Mercedes, 11 de abril de 1811.

José Artigas.

“El alzamiento general de toda la campaña operado por los hermanos Artigas y

por Benavides; la ocupación de Minas y más tarde la de Maldonado; la toma de

Canelones; los dos triunfos de San José tomado a fuerza de armas y la capitulación

del Colla, sucesos que dieron por resultado un aumento de más de 500 hombres a las

filas de los patriotas y la toma de ochenta prisioneros y dos piezas de artillería,

fueron las consecuencias militares de estas acertadas operaciones preliminares, que

presagiaban a Belgrano una operación más feliz que la del Paraguay.”

8. OFICIO DE ARTIGAS A LA JUNTA DE BUENOS AIRES.

“El crecido desorden en que estaban los tres pueblos, el de arroyo de la China,

Paysandú y el de Mercedes, ha hecho retardar mis marchas por ponerlos en orden y

restablecer a los vecinos su tranquilidad perdida.”

“Mi primera diligencia en ésta fué dirigir varias confidenciales a los sujetos más

caracterizados de la campaña, instruyéndolos del verdadero y sano objeto de la Excma. 

Junta y del interés que toman sus sabias disposiciones en mantener ilesos estos pre-

ciosos dominios de nuestro infortunado rey y establecer a los pueblos la tranquilidad

usurpada por los ambiciosos mandones que los oprimen, desimpresionándolos, (en

mis contenidas) de las falaces sugestiones de aquéllos. Y han sido tan bien recibidas

mis antedichas, que todos están dispuestos a defender nuestra causa, ofreciendo sus

personas y bienes en obsequio de ella.”

“El patriótico entusiasmo del paisanaje es general, anunciando todos los que

están en lo interior, que nos aproximemos para trasladarse al ejército a operar con

nosotros.

A la fecha tengo reunidos 150 blandengues, todos armados y sobre 300 paisanos

que se me han incorporado desde Paysandú aquí: a más la división que está acam-

pada a la vanguardia (compuesta de paisanos) consta de un número considerable y

de éstos se componen las partidas destinadas a hostilizar la Colonia y a tener en

movimiento a los enemigos.”

En: Archivo General de la Nación Argentina.

9. Manuel Antonio Artigas (1774-1811) estaba en Buenos Aires al producirse las

jornadas de Mayo y se adhirió a la causa de los patriotas. En junio de 1810 con grado

de Cap. sigue a Belgrano en la campaña del Paraguay como ayudante de campo.

Primo hermano de D. José se incorporó a la revolución oriental luchando en

Minas y en San José donde cayó mal herido el 25 de abril en la toma de la villa,

muriendo el 24 de mayo de 1811.

10. Gral. José Rondeau (1773-1844) militar argentino vinculado a la historia

militar y política del Río de la Plata.

Prisionero cuando las Invasiones Inglesas y enviado a la metrópoli, cuando se le

dio la libertad pasó a España luchando contra las tropas de Bonaparte.

Cuando el movimiento de Mayo en Buenos Aires, Rondeau sirvió la causa revolu-

cionaria como militar de la Junta (1811).

Destacado a la Banda Oriental junto con Artigas (su 2o. comandante) puso sitio

a Montevideo (jun-oct. 1811).

Al año siguiente (oct. 30) inició el Segundo Sitio y logró un resonante triunfo en

la batalla del Cerrito contra los españoles.

De 1813 al 16 fue Jefe del Ejército Argentino del Norte que actuó en el Alto Perú.

Director Supremo (1815-16) de las Provs. Unidas estuvo al mando de sus fuerzas

en Sipe-Sipe (nov. 29 1815) siendo derrotado por las del español Joaquín de la Pezuela.

Fue nuevamente Director Supremo en 1819-20.

En Cepeda (feb.1o.1820 sufrió otra derrota frente a los caudillos federales de

Artigas (López de Santa Fe y Ramírez de Entre Ríos). 

Siguió sirviendo a su patria entre 1824-28 con cargos militares en la Prov. de

Buenos Aires.

Nuestra Asamblea General Constituyente y Legislativa lo nombró Gobernador

Provisorio (1828-30).

Como Brg. Gral. del Ejército del Uruguay ejerció las funciones de Jefe de Estado

Mayor (1835-36) y luego Ministro de Guerra y Marina.

Murió en Montevideo durante la Guerra Grande.

11. Manuel Francisco Artigas (1769-1822) hermano del Jefe de los Orientales,

soldado desde la independencia participó en Las Piedras (1811) y en otras acciones.

Cayó prisionero de los portugueses en 1817 y fue enviado por Lecor a Rio de Janeiro

quedando en calidad de preso en Isla das Cobras.

Recobró su libertad en 1821 y regresó a Montevideo.

12. TOMA DE SAN JOSE

Parte de Benavídez a la Junta de Buenos Aires

Exmo. Señor: - Habiendo dejado rendido el pueblo del Colla, según tengo mani-

festado á V.E. en mi anterior oficio, en el que le insinué el numero de prisioneros que

remití bien custodiados á la Capilla Nueva á disposición del segundo General inte-

rino D. José Artigas, pasé con toda mi gente directamente á San José con el fin de

reducirlo y sujetarlo á las ordenes de nuestro sabio y Superior Gobierno: llegué á

dicho pueblo de San José el 24 del presente, y puesto al frente de él, determiné segun

las acostumbradas formalidades mandar el adjunto parlamento, habiendo sido su

conductor mi ayudante de ordenes D. Tomas Torres, quien hizo esta diligencia con el

mayor empeño, valor y entereza; y habiéndoseme contestado del modo que V.E. verá

por el adjunto, quise positivamente en aquel acto atacarlos, pero me contuvo el mo-

tivo de reconocer que pronto nos iba á anochecer y que estaba seguramente expuesto

á que se frustasen mis proyectos; por fin, viendo la tenacidad de esta gente, dimana-

da del corto refuerzo que el 24 les había llegado de Montevideo, cuyo número era de

37 hombres, dispuse el 25 atacarlos por los cuatro costados: el fuego fué muy activo,

pues empezó á las 8 de la mañana y cesó á las 12, habiendo sido tan seguido, que no

hubo en estas cuatro horas intermedio de tres minutos: de nuestra parte no hubo

ningun muerto, solo sí, nueve heridos, y de ellos uno de mucho peligro; de los con-

trarios hubo tres muertos y diez heridos, uno tambien de grave peligro: por ultimo,

viendo los contrarios que no podian de ningun modo vencernos, y que mandé tocar á

ataque, en el acto en que ibamos avanzando, intentaron ellos, ó hicieron señal de

parlamento; no hice caso de él y seguimos avanzando, sin cesar en este instante el

fuego de una y otra parte: avanzaron, Señor, los nuestros con tal valor y órden, que

en menos de ocho minutos, me apoderé de los principales puntos que ellos ocupa- 

ban: ganamos primeramente las azoteas, y en seguida la artillería, todo casi á un

mismo tiempo: esta constaba de un cañon de á 24, el que tenian colocado en una

bocacalle de la plaza, y hacia el Norte, y al Sud tenían otro de á 4, que era lo que nos

incomodaba bastantemente; pues si no hubiera sido esta fuerza tan superior que

tenían, mas pronto los hubiera derrotado, sin mas armas de nuestra parte que los

fusiles, pues eran las unicas que teniamos hasta ahora que nos habilitamos. Despues

de derrotados los contrários, y rendidos por fuerza del valor de mis oficiales y solda-

dos, pase luego al reconocimiento del pueblo: encontré la mayor parte de las boca-

calles zanjeadas, y en otras, trincheras de carretas, que habian puesto para auxilio

de su fortaleza; en la iglesia tenian ellos su cuartel, y sin respetar el lugar tan sagra-

do observé que hasta carne tenian colgada en ella, y ni aun esto dejo de hacer pre-

sente á V.E. para que vea hasta el extremo que llega la irreligiosidad de estos pícaros

rebeldes.- Los señores oficiales que hasta el último me acompañaron y manifestaron

su grande valor y patriotismo, fueron el Sr. Capitan D. Manuel Artigas, quien vino

por comision de D. José Artigas, de comandante de una division; le tocó á este

comandante una bala en un pié, y aunque no está de peligro, se halla bastante malo:

D. Ignacio Barrios, Capitan de milicias; el Ayudante D. Ramon Perez, Alferez del

cuerpo de Blandengues; D. Francisco Redruello, Teniente de milicias; D. Baltazar

Vargas, Capitan de milicias; D. Bartolomé Quinteros, Capitan de milicias; D. Pedro

Pablo Romano, Alferez de Blandengues; D. Francisco Bicudo, Capitan de idem; D.

Blas Ulloa, Teniente; D. Miguel Herrada, Alferez abanderado; Alferez D. Manuel

Basabilbaso; Capitan D. José Martinez de Olivera; D. Juan Andrés Rodriguez; Alfe-

rez D. Juan Gimenez;Teniente D. Tomas Ponce de Leon; Alferez D. Dionisio Camacho;

Capitan D. Diego Masanti; Teniente D. Joaquin Fuentes; Alferez D. Antonio Bové;

Capitan D. Tomas Mendez; Teniente D. Salvador Mendez; Alferez D. Lorenzo Fran-

co; Capitan D. Basilio Cabral; Alferez D. Ignacio Nuñez; Capitan D. José Gil

Fernandez; Teniente D. José Leonardo Fernandez, Alferez D. José Anastasio Iruño;

Capitan D. Pedro Fuentes; Teniente D. José Agustin Vera; Alferez D. Melchor

Rodriguez; Capitan D. José Acosta; Teniente D. Manuel Camino; Alferez D. Fran-

cisco Padron; Capitan D. Teodoro Lezcano; Teniente D. Juan Salgado; Alferez D.

Paulino Cabrera; Ayudante Mayor D. José Antonio Ferreyra; segundo D. Juan José

Ferreyra, incluso nuestro Capellan D. Manuel Antonio Fernandez y nuestro Ciruja-

no D. Gaspar Fernandez, que nos siguieron y asistieron con la mayor eficacia.- Por

la adjunta lista verá V.E. el número de armas, soldados prisioneros y presos que he

remitido bien custodiados á la Capilla Nueva, á disposición del Sr. General en Gefe

D. Manuel Belgrano para que se les dé el destino que corresponda; todo lo que hago

presente á V.E. para que hecho cargo de lo obrado se sirva ordenarme lo que consi-

dere util y convenga al servicio de la Patria y felicidad de nuestra empresa.- Dios 

guarde á V.E. muchos años.- Pueblo de San José y Abril 25 de 1811.- Exmo Sr. -

Venancio Benavidez.- Exma Junta Superior de Gobierno de Buenos Aires. (Gazeta

de B.A., 23 Mayo 1811).

Parte del Cap. Bartolomé Quinteros a Artigas

Señor Comandante: Tengo tomado y ocupo hoy segunda vez este pueblo de San

José, por el rigor de las armas en ambas ocasiones. El enemigo tenia en él dos piezas

de artilleria, un cañon de á 18 montado en una espécie de zona y otro de á 4 en su

respectiva cureña, sus fosos y trincheras y los soldados repartidos en las azoteas del

pueblo. Atropellamos sinembargo al salir el sol por el lado que mira al arroyo de San

José, y destruida toda resisténcia por un riguroso combate entraron triunfantes las

ármas de la Patria, sin mas desgracia de consideración que haber sido herido grave-

mente en un pie el Capitan de America D. Manuel Artigas.- Luego que lo habiamos

tomado, llegó un refuerzo considerable de Montevideo al mando de dos tenientes

coroneles, el Edecan de D. Javier Elío, y el Preboste, que formó su cuadro á pie con

un cañon en medio hasta que tomó la villa, desalojada de antemano por nosotros,

que salimos fuera, para sitiarlos luego que entrasen, y llegase á auxiliarnos D.

Venancio Benavidez. - Asi sucedió, y con su arribo nuestra division, los Blandengues

y las tropas voluntarias, atropellaron como leones á recuperar la perdida y ganar,

como lo hicieron, esta segunda batalla que nos ha dejado quieta la posesion de dicho

pueblo; y puede V. preguntar á esos mismos gefes que van prisioneros, la disposicion,

la energia, y el valor con que los atacamos. No debo dejar de recomendar á los que

se distinguieron en estas acciones, y lo fueron el portaestandarte D. Juan Gregorio

Gongora, D. Miguel Serrano, José Perez, Marcelino Galvan y D. Isidro Almiron,

vecino de esta, pues apesar de que fue herido en el ombligo, luego que se contuvo la

herida con un pañuelo, atropelló con mas valor: sin que esto perjudique el conocido

merito de los demas Sargentos, Cabos y soldados que mandé, porque de ninguno

tengo queja, y se han portado todos con valor.- Concluido todo, ha tenido á bien el

Comandante D. Venancio Benavidez, me hiciese cargo yo de los prisioneros de gue-

rra; y asegurados en la iglesia de este pueblo, me hallo de guardia de ellos con la

partida de mi mando.

- Dios guarde á V. muchos años.- Pueblo de San José 26 de Abril de 1811.-

Bartolomé Quinteros.-

Sr. Comandante D. José Artigas.- Es cópia, Belgrano. (Gazeta de B.A.; Suplem. 9

Mayo.)

13. SOBRE LA BATALLA DE LAS PIEDRAS

Exmo Señor: - Las ocupaciones que me ha ofrecido el honroso cargo que V.E.

tuvo á bien confiarme, no me han permitido desde mi salida de esa Capital dar á V.E. 

una relación en detalle de los movimientos practicados y feliz suceso de las armas de

la patria; pero he cuidado de avisarlos respectivamente al Señor Belgrano y al Coro-

nel Dn. José Rondeau, desde que fué nombrado jefe de este ejército, quienes lo harian

á V.E. en iguales términos. Aprovecho sinembargo estos momentos de elevar á su

conocimiento las operaciones todas de la división á mi cargo.

Con ella llegué el 12 del corriente á Canelones, donde nos acampamos destacan-

do partidas de observacion cerca de los insurgentes que ocupaban las Piedras, pun-

to el mas interesante, así por su situacion como por algunas fortificaciones que em-

pezaban á formar y por la numerosa artillería conque lo defendian. En la misma

noche se esperimentó una copiosa lluvia que continuó hasta las diez de la mañana

del 16, en cuyo dia destacaron los enemigos una gruesa columna á la estáncia de mi

padre, situada en el Sauce á 4 leguas de distancia de las Piedras, con objeto de batir

la division de voluntarios al mando de mi hermano Dn. Manuel Francisco Artigas

que regresaba de mi órden, de Maldonado á incorporarse con mi division. Se halla-

ba acampado en Pando y luego que sus avansadas avistaron al enemigo, medió el

correspondiente aviso pidiéndome 300 hombres de ausilio; en cuya consecuencia y

de acuerdo con los señores Capitanes determiné marchar á cortar á los enemigos;

contando á mis órdenes 346 infantes; á saber, 250 patricios y 96 blandengues: 350

caballos y 2 piezas de á 2; dividí la caballería en tres trozos, destinando una colum-

na de 148 hombres al mando del capitan Antonio Perez á cubrir la ala derecha y otra

de igual número al cargo del de igual clase Dn. Juan Leon, á cubrir la izquierda

quedando para cuerpo de reserva la compañia al cargo de Dn. Tomás Garcia de

Zúñiga, compuesta de 54 plazas. Dispuesta así la division de mi cargo marché en

columna al ponerse el Sol en direccion al Sauce; hice alto en las puntas de Canelon

chico, donde cerró la noche; el 17 amaneció lloviendo copiosamente y dispuse acam-

par, así por dar algun descanso á la tropa, que en medio de su desnudez é insoporta-

ble frio, habia sufrido tres dias y medio de continua lluvia, como por el impresindible

interés de conservar las armas en buen uso. En la tarde del mismo dia se incorporó

á mi division la del mando de mi hermano Dn. Manuel compuesta de 304 voluntarios

reunidos por él en la campaña, la mayor parte bien armados; de los cuales agregué

á la infanteria 54 que formaban la compañia de Dn. Francisco Tesceda y con los 96

blandengues indicados que componen el número de 150 de caballeria agregados á

infanteria resultándome entonces la fuerza total de 400 infantes y 600 caballos in-

cluso el cuerpo de reserva.

La salida de los enemigos de sus posiciones se verificó el 16; pero se redujo á

saquear completamente la casa de mi padre y recoger sobre mil cabezas de ganados,

que en la misma noche se introdujeron en la Plaza. - El 18 amaneció sereno; despa-

ché algunas partidas de observacion sobre el campo enemigo, que distaba menos de 

dos leguas del mio y á las 9 de la mañana se me avisó que hacian movimientos con

dirección á nosotros. Se trabó el fuego con mis guerrillas y las contrárias aumentan-

do sucesivamente sus fuerzas, se reunieron en una loma distante una legua de mi

campamento. Inmediatamente mandé á Dn. Antonio Perez que con la caballeria de

su cargo se presentase fuera de los fuegos de la artilleria de los enemigos, con objeto

de llamarles la atencion y retirandose hacerles salir á mas distancia de su campo,

como se verificó, empeñandose ellos en su alcance; en el momento convoqué á junta

de guerra y todos fueron del parecer de atacar.

Exorté á las tropas recordándoles los gloriosos tiempos que habían inmortaliza-

do la memoria de nuestras armas y el honor con que debian distinguirse los soldados

de la pátria, y todos unánimes proclamaron con entusiasmo, que estaban dispuestos

á morir en obséquio de ella. Emprendí entonces la marcha en el mismo órden indica-

do, encargando la ala izquierda de la infanteria y direccion de la columna de caballeria

de la misma á mi ayudante mayor el teniente de ejército Dn. Eusébio Baldenegro,

siguiendo yo con la del costado derecho y dejando con las municiones al cuerpo de

reserva, fuera de los fuegos. El cuerpo de caballeria al mando de mi hermano, fué

destinado á cortar la retirada al enemigo.

Ellos seguian su marcha y continuando el tiroteo con las avanzadas, cuando ha-

llándome inmediato mandé echar pie á tierra á toda la infanteria. Los insurgentes

hicieron una retirada aparente acompañada de algun fuego de cañon. Montó nueva-

mente la infanteria y cargó sobre ellos; es inexplicable Exmo. Señor, el ardor y entu-

siasmo con que mi tropa se empeñó entónces en mezclarse con los enemigos, en

términos que fué necesario todo el esfuerzo de los oficiales y mio para contenerlos y

evitar el desórden. Los contrários nos esperaban situados en la loma indicada arri-

ba, guardando formación de batalla con 4 piezas de artilleria, 2 obuses de á 32

colocados en el centro de su linea y un cañon en cada extremo de á 4. En igual forma

dispuse mi infanteria, con las 2 piezas de á 2 y se trabó el fuego mas activo.

La situacion ventajosa de los enemigos, la superioridad de su artilleria así en el

número como en el calibre y dotacion de 16 artilleros en cada una y el exeso de su

infanteria sobre la nuestra hacian la victoria muy difícil, pero mis tropas enardecidas

se empeñaban mas y mas y sus rostros serenos pronosticaban las glórias de la pátria.

El teson y órden de nuestros fuegos y el arrojo de los soldados obligó á los insur-

gentes á salir de su posicion abandonando un cañon que en el momento cayó en

nuestro poder con una carreta de municiones. Ellos se replegaron con el mejor orden

sobre las Piedras, sostenidos del incesante fuego de su artilleria y como era verosí-

mil que en aquel frente hubiesen dejado alguna fuerza cuya reunion era perjudicial,

ordené que cargaran sobre las columnas de caballeria de los flancos y la encargada

de cortarles su retirada, de esa operacion resultó que los enemigos quedasen ence-

rrados en un círculo bastante estrecho; aquí se empezó la accion con la mayor viveza

de ambas partes; pero despues de una vigorosa resistencia se rindieron los contra-

rios quedando el campo de batalla por nosotros. La tropa enardecida hubiera pronto

descargado su furor sobre la vida de todos ellos, para vengar la inocente sangre de

nuestros hermanos acabada de vertir para sostener la tirania; pero ellos al fin parti-

cipando de la generosidad que distingue á la gente americana, cedieron á los impul-

sos de nuestros oficiales empeñados en salvar á los rendidos.

Informado por ellos de que en las Piedras quedaba una gran guardia con un

cañón de á 4, encargué á mi ayudante Dn. Eusebio Baldenegro de ocupar aquel

punto, quien para evitar la efusión de sangre, dispuso un parlamento intimando la

rendicion por médio del ayudante de órdenes de los enemigos Dn. Juan Rosales,

como lo hicieron á discrecion 140 hombres que se habian reunido allí y ocupaban

algunas azoteas, bien municionados y dispuestos á defenderse; mi espresado ayu-

dante mayor, se posesionó inmediatamente del cañon de á 4 y todo el parque de

artilleria, haciendo extraer todas las municiones y demás que expresa el adjunto

estado, por si ocurria algun nuevo movimiento, respecto haber recibido noticia de

que habia salido de la plaza un cuerpo de 500 hombres para auxiliar á los vencidos.

La accion tuvo principio á las 11 del dia y terminó al ponerse el sol; la fuerza enemi-

ga ascendia en todo, segun los informes menos dudosos que he podido obtener á

1230 individuos; entre ellos 600 infantes, 350 caballos, 64 artilleros; su pérdida ha

consistido próximamente en 97 muertos, 61 heridos, 482 prisioneros, entre los cua-

les se hallan 186 que tomaron partido en los nuestros, porque hicieron constar su

patriotismo y estaban forzados al servicio de los insurgentes, particularmente 14 que

habian sido tomados de nuestros buques en San Nicolas de los Arroyos y 296 que he

remitido á V.E. incluso 23 oficiales que son los siguientes: de Marina, el capitan de

fragata y comandante en gefe Dn. José Posadas; los tenientes Dn. Manuel Borrás y

Dn. Pascual Cañiso; los alférez de navio Dn. José Argandoña, Dn. Juan Montaño,

Dn. Miguel Castillos, Dn. José Soler; el oficial cuarto de ministério Dn. Ramon

Vajon. - Milicias de Infanteria: Capitan Dn. Jaime Illa, teniente Dn. Gerónimo

Olloniego, los sub-tenientes Dn. Mateo Uscola, Dn. José Materiago, Dn. Andrés

Royano, Dn. Francisco Sierra, Dn. Manuel Mont, Dn. Francisco Alva, Dn. Francis-

co Fernandez y Dn. José Luis Breque; Milicias de caballería, Capitan Dn. Pedro

Manuel Garcia, teniente Dn. Antonio Govita, sub-teniente Juan Sierra, ayudante de

órdenes Dn. Juan Rosobes; Urbanos, Capitan Dn. Justo Ortega.

Del resto del enemigo muchos eran vecinos de la campaña que fugaron y se reti-

raron á sus casas y algunos pocos se estriaron y entraron en la plaza.

Por nuestra parte hemos tenido la pequeña, pero muy sensible pérdida, de 11

muertos y 28 heridos.

El hecho mismo demuestra bastantemente la glória de nuestras armas en esta brillan-

te empresa; la superioridad en el todo de la fuerza de los enemigos, sus posiciones venta-

josas, su fuerte artilleria y particularmente el estado de nuestra caballeria por la mayor

parte armada de palos con cuchillos enastados, hace ver indudablemente que las verda-

deras ventajas que llevaban nuestros soldados sobre los esclavos de los tiranos estarán

siempre sellados en sus corazones inflamados del fuego que produce el amor á la pátria.

Me juzgo, Exmo. Señor, en grandes apuros, cuando trato de hacer presente á V.E.

el carácter que han demostrado todos los señores oficiales que he tenido el honor de

mandar en esta accion; ellos se han dispuesto á porfía el celo, actividad, intrepidéz,

distinguido valor y todas las virtudes que deben adornar á un verdadero militar;

ellos me han hecho lagrimar de gozo, cuando he considerado la justicia con que

merecen el dulce título de beneméritos de la pátria, y yo faltaria á mi deber si nó

suplicase á V.E. les tuviese presente el prémio á que les considere acreedores; de

todos ellos pues, incluyo á V.E. lista, juzgando que han llenado completamente el

hueco de sus obligaciones y de mis deseos; pero particularmente el teniente coronel

y gefe de las compañias de patricios Dn. Benito Alvarez, el bravo capitan Dn. Ventu-

ra Vazquez Feyjoo, que une á este mérito el de haberse distinguido en las acciones

del Paraguay, el teniente Dn. Raymundo Rosas, que tambien se halló en aquellas

acciones, el de igual clase D. José Araus; el de la misma Dn. Ignacio Prieto que para

facilitar la marcha de la artilleria en médio de la escasez de caballos que se

esperimentaba en el acto de la batalla cargó á sus hombros un cajón de municiones

conduciéndolo así nó corta distáncia y el sub-teniente con grado de teniente Dn José

Roa; todos del cuerpo de patricios; pero es singularmente recomendable, el talento,

activas disposiciones, determinado arrojo y valor, del intrépido teniente de ejército

Dn. Eusébio Baldenegro, mi ayudante mayor, que no me ha dejado un momento y

que ha hecho lucir mis virtudes militares en esta accion.

Es tambien particular el mérito del sargento de castas Bartolomé Rivadeneira

empleado en la artilleria que se portó con un valor recomendable.

Igualmente recomiendo á V.E. toda la infanteria que ha obrado á mis ordenes y

que ha dado una singular prueba de su valor y subordinacion, arrostrando el peligro

con serena frente y avanzando en línea sobre le constante fuego de la artilleria ene-

miga con una loable determinacion.

Tambien han llenado sus obligaciones los voluntarios de caballeria y sus dignos

gefes, siendo admirable, Exmo. Señor, la fuerza conque el patriotismo mas decidido

ha electrizado á los habitantes todos de esta campaña que despues de sacrificar sus

haciendas gustosamente en beneficio del ejército, brindan todos con sus personas;

en término podria decirse, que son tantos los soldados con que puede contar la pátria

cuantos son los americanos que la habitan en esta parte de ella. 

No me es facil dar todo el valor que en sí tienen á la general y absoluta fermentacion

que ha penetrado á estos patriótas, pero como prueba nada equívoca de los rasgos singu-

lares que he observado con satisfaccion, no olvidaré hacer presente á V.E. los distingui-

dos servicios de los presbíteros Sr. Dn. José Valentin Gomez y Dn. Santiago Figueredo,

curas vicarios, éste de la Florida y aquel de Canelones: ambos no contentos con haber

colectado con celo varios donativos patrióticos, con haber seguido las penosas marchas

del ejército, participando de las fatigas del soldado, con haber ejercido las funciones á su

sagrado ministerio en todas las ocasiones que fueron precisos, se convirtieron en el acto

de la batalla en bravos campeones, siendo de los primeros que avanzaron sobre las filas

enemigas con desprecio del peligro y como verdaderos militares.

En la noche del 18 me acampé en las inmediaciones de las Piedras hacia Monte-

video, en la situacion mas ventajosa y cómoda, para oponerme á alguna tentativa del

enemigo, que se esperaba segun las noticias adquiridas; pero él no hizo movimiento.

El 19 mandé algunas partidas de caballeria en observacion hasta el arroyo Seco y

extramuros de la plaza á donde llegaron sin oposicion; en la tarde recibi oficio del

Gobierno de Montevideo, solicitando el cange de los prisioneros; de cuyos resulta-

dos hice el convenio que consta de las cópias que acompaño. El 20 recibí oficio del

señor Elio, solicitando la suspension de hostilidades, de él y de mi contestacion in-

cluyo á V.E. copia con el número 2.

Aprovechándome de las ventajas que me ofrecia mi situacion, dirijí parlamento á

la plaza intimando su rendicion al Sr. Elio con fecha del 21, segun consta de la copia

No. 3, y con la misma recordé á aquel Cabildo sus obligaciones sobre el mismo

objeto, segun el número 4; pero ambos, sordos á las voces de la humanidad, justicia

y sobre todo la necesidad, despreciaron mis avisos; contestando Elio, verbalmente

que no se rendian y ordenando al oficial parlamentario que se retirase inmediata-

mente; por las mismas copias advertirá V.E. que trasladé mi campamento al Cerrito

á que dá nombre la plaza, para tenerla en estado de sitio vigoroso. Nuestras partidas

continuaban internándose hasta las inmediaciones de la ciudad á cuyo recinto se

hallaban reducidos los enemigos.

El 24 fueron ignominiosamente arrojadas de la plaza por su tiránico gobierno

varias familias, vecinos y eclesiásticos sobre cuyo violento accidente hablo á V.E. en

otro papel; en su consecuencia y teniendo noticias fundadas de que mi oficio del 21

no habia llegado á manos del Cabildo, aproveché esta ocasion de entablar nueva

comunicacion dirijiéndole otro con fecha 25 como verá V.E. por la copia No. 5 en

que solicitando los equipajes de los confinados pedia un diputado de aquel cuerpo

que hablase con mi enviado, quien debia entregarle otro oficio en que le trasladaba

el del 21; pero el señor Elio conservando siempre su despótico carácter respondió

verbalmente, negando los equipages y esponiendo que debia entenderse solo con él y 

nó con el Cabildo, quien segun esposicion de la oficina parlamentaria de los enemi-

gos habia convenido en esta determinacion. Un proceder tan estraordinario asi por

parte del gobierno como por la del Cabildo que queria llevar á un estremo doloroso

el comprometimiento á que se vé reducido el desgraciado pueblo de Montevideo me

movió á cortar toda clase de inteligencia con aquellas autoridades corrompidas.

En los dias sucesivos han tenido los enemigos el bárbaro placer de hacer algunas

salidas bajo los fuegos de las baterias de la plaza, cuyo fruto ha sido saquear las

casas indistintamente.

Estos han sido los movimientos de la division que he tenido el honor de mandar;

y estos Exmo. Señor, son los momentos en que me considero elevado por la fortuna al

grado de felicidad mas alta, si las armas de mi mando han podido contribuir á per-

feccionar la grande obra de libertad de mi amada patria y dar á V.E. que lo represen-

ta un dia tan glorioso como aciago y temible para los indignos mandones que desde

su humillada situacion intentan en vano oprimirla.

Dios guarde á V.E. muchos años. - Campamento del Cerrito de Montevideo, 30 de

Mayo de 1811. - Exmo. Señor - José Artigas. Exma. Junta Gobernativa de las Pro-

vincias del Rio de la Plata.

Relación de Rondeau sobre la Batalla de Las Piedras.

“En este intermedio y después, el fuego eléctrico de la Revolución había incen-

diado una parte de la Banda Oriental, y el gobierno, dispuesto a protegerla, dispuso

de pasase a él el batallón de castas de infanteria número 6, al mando entonces del

teniente coronel Galain y que don José Artigas volviese a la provincia a ponerse a la

cabeza de todos los patriotas que ya encontrase reunidos y de los demás que por su

prestigio fueran incorporándosele, debiendo ser auxiliado en cualquier caso que

fuese necesario por el batallón de línea ya citado, siguiéndolo yo a los pocos días

con el mando en jefe de todas las fuerzas ya reunidas en el territorio montevideano y

las demás que el gobierno de Buenos Aires tuviese a bien mandar. Me hallaba ya en

esta Banda y acercándome a la plaza de Montevideo, cuando aconteció la acción de

Las Piedras, en la que triunfaron los independientes al mando de Artigas en unión

con el número 6 de línea, habiendo quedado prisioneros el jefe, oficiales y la mayor

parte de la fuerza enemiga. En seguida de este feliz acontecimiento, me puse a la

vista de la plaza para impedir la introducción de víveres y cortarle las comunicacio-

nes con la campaña, hasta que la incorporación de mayores fuerzas me proporcionó

sitiarla más en regla”.

14. CANJE DE LOS HERIDOS POR PRISIONEROS DEL PARAGUAY

Hallandome mandando esta Plaza como brigadier de los Reales ejércitos de S.M.

por disposición del Exmo. Sr. Virrey, y con motivo del ataque que las tropas del 

mando de V. hicieron el dia de ayer á las nuestras que estaban en las Piedras, de

orden de S.E. tengo la confianza de proponer á V. fiado en las reglas de la humani-

dad, y de la costumbre en el noble ejercicio de la guerra, que se sirva tener la bondad

de cangear los heridos que hubiese de resultas de la funcion, por igual numero de los

que del exercito de Buenos Aires se han remitido prisioneros del Paraguay, y otros

que existen en esta Plaza; asimismo si V. tuviese á bien, y quiere extender el cange á

los demas prisioneros sanos, ú oficiales por oficiales y soldados por soldados, estoy

autorizado para acordarlo y convenirlo por medio del dador de este, que será el

capitan de fragata D. José Obregon, facultado para ello. - Dios guarde á V. muchos

años. - Montevideo, 19 de Mayo de 1811. - Vicente María de Muesas. - Señor Co-

mandante de las tropas del mando de la Junta de Buenos Aires.

Respuesta de Artigas

Consecuente al oficio de V.S. de ayer en que solicitaba sean cangeados los prisio-

neros correspondientes al ejército de las Piedras, convengo en dicho cange con res-

pecto solo á los individuos heridos, siempre que en el número de los que remita V.S.

se comprenda á Dn. Nicolás Artigas y esceptuando precisamente á los oficiales que

marchan á disposicion de la Exma. Junta de estas Provincias, á quien debe dirigirse

toda solicitud relativa á ellos. Dios gde. á V.S. - Campamento de las Piedras 20 de

Mayo de 1811. - José Artigas. - Sr. Brigadier D. Vicente M. de Muesas.

15. INTIMACIÓN DE ARTIGAS A ELÍO

“El horror de la guerra, la efusión de sangre y todos los padecimientos que causa

la discordia entre hermanos, que por naturaleza y derecho deben estar unidos, afli-

gen a la humanidad y en su obsequio ha determinado proponer a V.S. el único medio

de conservar la tranquilidad a que debemos asentir. V.S. tiene a su cargo un pueblo

oprimido, un pueblo que desea quebrantar las cadenas que arrastra y que a esfuer-

zos del temor reprime los sentimientos que le animan, esperando sólo el auxilio ge-

neroso de nuestras legiones libertadoras”... “Reine paz, señor, la paz que deseo: que

nuestras bayonetas no vuelvan a teñirse con la sangre de nuestros hermanos y que

esos vecinos cuya felicidad anhelo, disfruten de la bella unión que debe ligarnos”.

16. Exmo. Señor: Entre cuantas autoridades ha creado la política, no hay alguna,

ni más honrosa, ni más sagrada que la de los cabildos; no hay otra que permita el

dulcísimo atributo de padres de la patria, título casi divino, bastante a llenar los

deseos de la ambición más gloriosa; pero tampoco hay alguna que denigre más los

nombres de los que abusan de ella o abandonan los deberes que les impone; su

memoria es llevada con horror hasta las futuras generaciones, y el odio y la execra-

ción marcan sus pasos.

V.E. se halla en el caso de adoptar necesariamente uno de ambos extremos; glo-

ria eterna o eterno oprobio. Constituido representante de un pueblo numeroso que le

ha confiado sus votos, V.E. puede salvarle del precipicio a que corre, y yo le hago el

honor de creer que oirá con madurez las proposiciones que como jefe de las tropas

prontas a asaltar esos muros quiero dirigirle, no sólo para dar la más clara y última

prueba de los sentimientos de la humanidad que me mueven, sino también para que

caiga sobre V.E. el peso todo de las desgracias que ocasione su indisculpable apatía

sobre la suerte de ese pueblo infortunado, que siente ya los males a que le ha expues-

to el ciego capricho de un jefe precipitado.

Dichosos desaciertos los que dan tiempo y experiencia, aunque triste, para evitar

otros mayores!

Desde el momento de su instalación, la Excma. Junta Provisoria de estas provin-

cias, demostró su particular consideración hacia el pueblo de Montevideo; no olvidó

un medio de atraerle a su seno, uno de sus miembros fue diputado para transar los

obstáculos que pudieran oponerle los genios malignos y explicar los sólidos funda-

mentos de su benéfico sistema; y esta distinción, que no merecieron los demás pue-

blos del mundo, fue tan desatendida como lo habían sido las anteriores proposicio-

nes. No se acordó entonces V.E. del cúmulo de males que debía afligir a sus hijos, de

resultas de aquella violenta separación, y se contentó con marchar humilde sobre las

huellas que señalaba un gobierno corrompido. Esto apuró por grados cuantos resor-

tes estuvieron a sus alcances para extender la desoladora discordia por nuestro te-

rritorio, y envolver a ese pueblo en una dañosa ignorancia de su miserable situa-

ción, obligándole a ceñirse al pequeño círculo de ideas que quería sugerírsele: ejér-

citos imaginarios, victorias soñadas, recursos fingidos, intrigas supuestas, maquina-

ciones de todas clases se reproducían por momentos en auxilio de ese pueblo, que

desengañado por una triste experiencia, lloraba en silencio su esclavitud. El espio-

naje era premiado, se permitía, acaso podría decirse, se fomentaba la más criminal

división entre los españoles, americanos y europeos; buques nacionales, negros ca-

labozos, confinaciones horrorosas eran destinados para el vecino delatado, para el

vecino, excelentísimo señor, que debía esperar de ese respetable cuerpo la reclama-

ción de sus más sagrados derechos, de esos derechos preciosos, base de toda socie-

dad. El comercio quieto, los frutos estancados, la caja exhausta, todo se olvidaba

por sostener un capricho. Se puso por fin sello al atrevimiento declarándonos la

guerra; pero ¿a quiénes? excelentísimo señor, a los vasallos de nuestro amado sobe-

rano Fernando VII, a los que defendemos la conservación de sus dominios, a los

enemigos sólo de la opresión de que huye la afligida España.

El mundo todo oirá con admiración este rasgo antipolítico, y mucho más cuando

sepa que el mismo que hacía una declaración tan escandalosa pedía a ese cuerpo 

recursos para subsistir, los cuales ofreció V.E. por medio de una imposición general

sobre las propiedades de los vecinos y habitantes de su pueblo. ¡Desgraciados ciu-

dadanos, forzados a prodigar el fruto de sus sudores para incienso del orgullo!

Y ¿cuál ha sido el resultado de ese encadenamiento de errores?

V.E. lo observa ya. Los habitantes todos de esta vasta campaña han despertado

del letargo en que yacían, y sacudido el yugo pesado de una esclavitud vergonzosa.

Todos se han puesto en movimiento, y unidos a las aguerridas y numerosas tropas

con que les ha auxiliado la Excma. Junta, marchan guiados por la victoria, a liberar

a sus hermanos que gimen dentro de esos débiles muros. Ya han ocupado todos los

pueblos y fortalezas de la Banda Oriental; ya han visto desaparecer ese ejército de

las Piedras, en que V.E, tenía depositada su confianza, cayendo en su poder todas las

armas y artillería; ya están a la vista de esa plaza, único obstáculo que les resta y en

pocos días, en pocas horas, harán sentir dentro de ella todos los horrores de la

guerra.

La excelentísima Junta de estas provincias, conforme siempre en los principios

que ha adoptado, no puede mirar con indiferencia la efusión de sangre, particular-

mente entre hermanos, y yo, uniforme en mis sentimientos, doy este paso con el obje-

to de evitarla.

V.E., como representante de ese pueblo, puede mejorar su suerte, haciendo valer

su autoridad para que sea reconocido aquel superior gobierno, y se entregue la

plaza a las tropas de mi mando, para que vivan sus habitantes libres de la opresión

en que gimen en cuyo concepto ofrezco a V.E., en nombre de aquella superioridad,

conceder a ese pueblo todas las proposiciones justas, y acostumbradas en iguales

casos.

Estos son los momentos preciosos para enmendar los pasados yerros y ésta la

única senda gloriosa que ofrece a V.E. la suerte, para que se haga digno de nuestra

consideración.

Oiga V.E. las voces de esas afligidas familias, que perecerían pronto de hambre,

el llanto de los que han perdido sus hijos o hermanos en la batalla, el voto, en fin, de

todos esos habitantes.

La naturaleza se resiente por tanta sangre vertida, y la humanidad, la convenien-

cia, la necesidad misma, todo está clamando por una negociación que deje libres a

nuestros hermanos, para restablecer los vínculos y relaciones que deben ligarlos.

No olvide V.E. que la Excma. Junta Provisoria de estas provincias sostiene sólo la

causa de nuestro augusto monarca el señor don Fernando VII y la conservación y la

integridad de estos preciosos dominios, de que es una parte ese pueblo, y que sólo

vanas preocupaciones han podido separarle de sus verdaderos intereses. Así termi-

narán felizmente los efectos de la discordia y se consolidará más y más el sistema

que es ya general en todos los puntos de América. 

Este es el único recurso que queda a V.E. y que espero adoptará con la prontitud

que exigen las circunstancias.

Pero si sordo a las voces de la humanidad, quiere aún V.E. aumentar los males

que afligen a esos habitantes, cuyos sagrados derechos representa, protesto que V.E.

será particularmente responsable de los daños que resulten y que experimentará

todo el rigor de la justicia.

Mis tropas enardecidas asaltarán, sí, esas murallas y verterán dentro de ellas, la

sangre de sus hermanos. Pero entonces V.E. sentirá, ya demasiado tarde, los efectos

de una obstinación sin principios y verá que esa preciosa sangre, derramada inútil-

mente, no clamará en vano la venganza de aquellos, que han podido evitarla.

Elija, pues,V.E., pero tiemble de vulnerar la causa sagrada de los pueblos, y ob-

serve bien la distancia entre los dos extremos, que se ofrecen a su consideración, en

inteligencia de que con esta misma fecha he dirigido oficio al señor Mariscal D.

Francisco Xavier Elío, con igual objeto.

Dios guarde a V.E. muchos años.

Cuartel General del Cerrito de Montevideo, 21 de mayo de 1811.

Excmo. señor José Artigas.

17. OFICIO DEL MINISTRO DE RELACIONES DE PORTUGAL A LA JUN-

TA DE BUENOS AIRES. (may. 30)

Que el príncipe regente miraba con dolor los desgraciados acontecimientos que

desolaban al Virreinato, particularmente en el Paraguay y en el Uruguay; que había

sabido que la Junta aceptaba la mediación relativamente a Montevideo; que no obs-

tante dicha aceptación, estando las fronteras expuestas a una horrible anarquía re-

volucionaria, y habiendo solicitado auxilios el virrey Elío, no podía el príncipe re-

gente negar ayuda a su aliado, salvo que la Junta se manifestase dispuesta a la

celebración de la paz; que a tal efecto el príncipe regente proponía nuevamente su

mediación sobre estas bases: Que el territorio del Uruguay quedaría sujeto a Elío;

que se levantara el bloqueo de Buenos Aires y se estableciera la libertad de comer-

cio; que el Paraguay continuara a cargo de su gobernador Velazco; que el resto del

Virreinato quedase bajo la autoridad de la Junta Gubernativa de Buenos Aires; que

se nombraran comisionados con plenos poderes para entenderse con España. Sólo

así agregaba, dejarían de enviarse las tropas auxiliares de Elío.

En: Calvo, Anales Históricos

18. RONDEAU A LAS TROPAS PATRIOTAS

“Nada hay que pueda resistir al denodado valor con que habéis allanado el paso

de cien leguas, recogiendo los laureles de la victoria en medio de las aclamaciones

patrióticas de vuestros conciudadanos”... “Aniquilado el despotismo europeo, con- 

solidada nuestra libertad e independencia y asegurados para siempre los derechos

sagrados de Fernando sobre este continente, las naciones respetarán vuestro nom-

bre, la historia trasmitirá con asombro vuestra memoria a las edades venideras”.

19. DEL GOBERNADOR VIGODET A LOS VECINOS DE MONTEVIDEO

“Su Alteza Real el Serenísimo Príncipe Regente de Portugal, acorde con los ge-

nerosos sentimientos de su augusta esposa, nuestra Infanta Señora Doña Carlota,

nos auxilia con tropas y víveres y os reconoce como los hijos más beneméritos de la

España y fieles vasallos de su hermano nuestro amado monarca Fernando VII. Nuestra

gratitud no puede olvidar jamás esta distinción del Gobierno Portugués, que

desinteresadamente y sin otras miras políticas ajenas de su alto carácter nos ayuda

a purgar este fecundo suelo, haciendo desaparecer de él los delitos y los delincuen-

tes”.

PROCLAMA DEL GRAL. DE SOUSA A LOS VECINOS DE LA BANDA

ORIENTAL

avisándoles:

“que el ejército auxiliador sólo se proponía restablecer la tranquilidad de la cam-

paña y evitar que el espíritu de rebelión penetrase en los dominios del príncipe re-

gente; que no lo animaban miras de conquista, ni de ocupación por la fuerza de una

parte del territorio; que el objeto de sus operaciones “se reducía a pacificar las

quejas de la revolución que desgraciadamente os tiene inquietos y os obliga a derra-

mar la sangre de vuestros compatriotas”.

“No es con intención de conquistar vuestro país, que me determinó a entrar a él;

el objeto de mis operaciones tendrá solamente en vista apaciguar las querellas de

una revolución que desgraciadamente os inquieta y os obliga a derramar la sangre

de vuestros propios compatriotas”.

Invoca, además, “tentativas premeditadas contra las Guardias portuguesas”, “ope-

raciones que en vuestra campaña has sufrido los vasallos de Mi Augusto Señor” y

coacciones con que ellos han sido constreñidos a entrar en la “guerra intestina que

los devora”.

Promete la “más religiosa y segura protección” a las personas y los bienes, salvo

que “por vuestra conducta os hiciéreis indignos de ella”.

Asegura que no sacará “ninguna subsistencia, ni aún para manutención de mis

tropas”, sin compensación efectiva y concluye que una vez lograda “una pacifica-

ción consolidada y permanente” entre los diferentes partidos, su ejército volverá a

sus cuarteles. 

20. PALABRAS DEL PBO. ZUFRIATEGUI EN LAS CORTES DE ESPAÑA

(AGOSTO 4, 1811)

“Señor: en honor de la verdad, y del honroso cargo que se ha dignado conferirme

aquel fidelísimo Pueblo, debo exponer: Que cada dia se presenta mas funesta la

situacion politica de aquellos Payses de la America del Sud; mas en riesgo la segu-

ridad de los buenos ciudadanos; y mucho mas temible la suerte, que amenaza quasi

de muy cerca á aquella benemerita y reconquistadora Ciudad de Montevideo; pues

ya no hay q.e hacer reminisencias de las Provincias q.e abraza el Virreynato, por que

al fin han sido subyugada por la fuerza militar, y seducción del Gobierno subversivo

de Buenos Ay.s, y reconocido de consiguiente su autoridad, sin que haya tenido lugar

una lisonjera esperanza, q.e se prometian los fieles Españoles del Sud de gozar del

fruto de la libertad, q.e con tan infatigables trabajos les preparaba la heroicidad de

sus hermanos en la Península, por q.e cada momento se contemplan mas confundi-

dos, y embueltos en la opresion por efecto de una desgracia p.a siempre lamentable.

Solamente aquel mi Patrio suelo, sosten y objeto de las iras de los Facciosos,

aquella angustiada Montevideo reducida á su recinto con una pequeña parte de sus

extramuros sostiene aun su independ.a, la q.e no dudo ni por un lijero instante, man-

tendrá contra los ataques de la ambición, q.e por todas partes le asechan con cautela

los revolucionarios á la sombra de la situacion afligida en q.e se halla la Monarquia;

é igualmente se sacrificará por la causa de la Nacion (como lo ha demostrado en

infinitas ocasiones) apesar de las privaciones, q.e la pueden conducir á su ruina: por

que cerradas sus relaciones civiles, y mercantiles con el Continente, decae sensiblem.te

su industria; desmaya su comercio, se estancan sus frutos, el ingreso del R.l Erario

desaparece, sus cortos recursos se apuran, y caminando de este modo, ya se deja ver

q.e semejante situación no puede ser compatible con una existencia duradera.

Su vasta, y hermosa Campaña hoy dia se halla en insurreccion por haber apura-

do todos sus recursos aquella escandalosa Junta, y puesto en movimiento los resor-

tes de una secreta intriga p.a introducir la divicion, la discordia, y sedicion por con-

ducto ya de algunas Tropas, q.e han pasado, y ocupado varios Pueblos de poca

consideracion de la vanda Oriental; ya por él de algunos mal contentos, q.e encierra

Montevideo y su Campaña adictos á ella; y por ultimo mas poderoso por el de la

mayor parte de los Oficiales de algunos cuerpos de la guarnicion, de quienes abso-

lutamente no puede hacerse la mas leve confianza para emprehender ataque alguno

por pequeño que fuere (no obstante q.e los hay, aunque pocos muy firmes y leales) asi

lo ha acreditado la experiencia de estos ultimos dias con cinco Oficiales de

Blandenguez que por el mes de Marzo pp.o han desertado para la Capital; habiendo

causado mas asombro esta desercion endos Capitanes de dhos cuerpos llamados D.

José Artigas natural de Montevideo y D. José Rondeau natural de Buen.s Ay.s , cuyo 

individuo acababa de llegar de la Península, y era perteneciente á los prisioneros en

la perdida de aquella Plaza. Estos dos sugetos en todos tiempos se habian merecido

la mayor confianza y estimacion de todo el Pueblo y gefes en geneal por su exactisimo

desempeño en toda clase de servicios; pero muy particularm.te el D. José Artigas

para comiciones de la Campaña por su dilatados conocimientos en la prosecucion

de vagos, Ladrones, Contrabandistas, é Indios Charruas y Minuanes q.e la infestan y

causan males irreparables, é igualm.te para contener á los Portugueses que en tiem-

po de Paz acostumbran usurpar nuestros ganados, y abanzan impunem.te sus esta-

blecimientos dentro de nuestra linea.

Quando de Montevideo pasaron algunas tropas á la Colonia del Sacramento p.a

atender desde este destino á las necesidades de toda aquella Campaña, perturbada

por alg.s partidas de insurgentes; en este tiempo, en q.e se consideraban dhos Capita-

nes mas necesarios, desaparecieron de aquel punto en consorcio del Cura Párroco,

y otro Oficial subalterno de los del numero precitado llamado Ortiguera; siendo

estos dos individuos naturales de la Capital. A los pocos dias de este suceso se tubo

la noticia, de que otro nombrado Sierra hijo de Montevideo, habia igualmente fuga-

do, llevandose consigo nueve soldados de su mismo Cuerpo. Y posteriormente, la de

q.e, hallandose el Oficial D. Ramon Fernandez, destacado, y haciendo veces de Co-

mandante de un Pueblo nombrado Santo Domingo Soriano, habia seducido á su

Tropa, que era unos veinte hombres, y desamparado con ella aquel puesto de su

mando. No contento este ingrato Oficial natural de Montev.o con esta bastardia é

infidelidad, reunese á unos cien facinerosos, q.e á la sombra del sagrado nombre de

Fernando 7.o, el q.e aquella monstruosa Junta hace resonar p.a osténtar una lealtad

q.e no posée, y encubrir el rigor de la opresion con el zelo de la Justicia; cometian

insultos, y violencias contra los pobres Hacendados de todo aquel distrito; y

haciendose director y caudillo de aquella Canalla, atrae á su partida hasta el nume-

ro de trescientos hombres Vagos, y mal contentos, y con ellos sitia una madrugada la

villa de Mercedes como la principal de la vanda Oriental, é intima á aquellos infeli-

ces, y tranquilos indefensos moradores la rendicion á nombre de la Junta, pues de lo

contrario serian pasados á cuchillo; lo que realmente y sin la menor resistencia

consiguió, procediendo seguidam.te al robo, saqueo, arresto y seguridad de todos los

Europeos avecindados en ella p.a remitirlos á la Capital, lo q.e asi se efectuó, con

muchos, y hubiera caid esta infeliz suerte sobre otros infinitos, si á todo riesgo no

hubieran emigrado para Montevideo y aun familias enteras. Este hecho se ha visto

estampado en la Gazeta de Buen.s Ayr.s, y consta del parte dado en la misma por dho

Fernandez á la Junta. El resto de aquellos habitantes, como todos los demas de los

Pueblos de menos respeto, hallandose en una pacifica posesion de su libertad, y

reconocimiento á la Soberania de las Cortes, fué en su consequencia obligado á 

prestar juramento de fidelidad á dha Junta, y á que se alarmase contra el Gobierno

de Montevideo.

Posesionados ya de toda aquella parte de la Vanda Oriental, comenzaron á difun-

dirse partidas por toda nuestra Campaña hasta llegar á distancia de doce leguas de

la Plaza, seguros, de que por parte de nuestro Gobierno no podian practicarse dili-

gencias capaces de poderlos contener en sus desordenes, ni menos darles alcance: lo

primero por que se han robado las mejores caballadas de las Estancias, y lo segun-

do, por q.e no ignoran, q.e no podemos levantar gruesas partidas en su seguimiento

por la escasez de Tropas; y aun de estas pocas en Campaña, no puede esperarse otro

exito, q.e una continuada desercion. No obstante desvelado aquel vrõ Virrey en bus-

car arbitrios para remediar tantos exesos; trató de formar una partida de sesenta

hombres Europeos, que supiesen solam.te cargar y descargar, por lo pronto; y

habiendolo conseguido salieron en persecucion de aquellos; pero ha sucedido, q.e ni

dan espera, ni menos hacen otra mansion en qualquiera punto, q.e la muy suficiente

p.a mudar sus cavallos; y quando han hecho sus entradas en los pequeños Pueblos de

la jurisdiccion de Montevo, no se demoran mas tiempo q.e el necesario p.a exigir el

juramento de obediencia á la Junta, y recoger á la fuerza toda clase de armas, q.e

pudieran tener aquellos infelices para respeto de su propia persona continuamente

ultrajada á efecto de la embriaguez por los vagos de la Campaña.

Ademas de estos hechos, lo mas doloroso y sensible es, q.e todo individuo de dha

Campaña sin distincion de personas por el mero hecho de ser Europeo (pues debe-

mos asentar por principio, q.e la guerra es solam.te declarada á los de esta clase) es

tratado como delinquente, conducido en seguridad á la citada villa de Mercedes,

donde tienen puesto su Quartel Gral, y trasladado después á Buen.s Ay.s como asi

hemos visto desaparecer muchos laboriosos y distinguidos vecinos hacendados, que

tienen sus establecimientos en el Campo; llegando á tal extremo su cruel é inhumano

procedimiento, q.e ni prestaban oidos, ni menos apiadaban el corazon de aquellos

Vandalos los tristes lamentos de algunas desventuradas familias q.e lloraban sin re-

medio las consequencias funestas del abandono, en q.e yacian, por verse expuestas á

las violencias, q.e á la sombra de la soledad podrian cometer los mismos, q.e las

despojaban de sus caros Esposos y compañeros.

De otros infinitos crimenes perpetrados por aquellos perversos podria hacer una

prolija narracion; pero he creido que con la manifestacion de los mas particulares

he provado, y hecho ver el estado aflictivo, y comocion en q.e se halla la Campaña de

Montev.o y seguiré exponiendo él de este fiel y benemerito Pueblo.

Estaba ya por el mes de Marzo en una tan consternante situacion respecto de

numerario que se llegó á adoptar el duro arbitrio de imponer contribuciones; y aun-

que el patriotismo de aq.l vencindario hubiera sufrido sin murmurar el peso de aque- 

lla nueva carga; conosco, y puedo asegurar, q.e no podria el Pueblo soportarla por

mucho tiempo, y mas quando sus recursos obstruidos con la suspension de relacio-

nes iban á desaparecer en su totalidad: pero la Providencia que siempre vela sobre

la conservacion de una Ciudad tan constante, quiso, q.e en 31 del propio Marzo

anclase en aquel Puerto la fragata mercante nombrada Resolucion proced.te de Lima

que conducia trescientos mil duros, y quinientos quintales de Polvora remitidos por

aquel vrõ Virrey, q.e instruido de las circunstancias tan criticas de aquella Plaza, y

deseoso de ocurrir á su defensa, dispuso socorrerla con el embio de dha cantidad. Y

si es evidente, que sin fondos son de ordinario infructuosos los mejores deseos, pue-

do, quasi asegurar sin tocar los extremos de una cobarde desconfianza, q.e llegará

tiempo, en q.e ni el soldado satisfecho de sus sueldos, ni Montevideo afligido sea otra

cosa, q.e un Pueblo aislado en la carencia de sus recursos, haciendose incapaz de

resistir la invacion q.e debe temer; y constituido en la triste necesidad de quedar

sepultado bajo sus ruinas, palpando la inutilidad de sus patrioticos deseos en esfor-

zarse contra el poder injusto de la Ambicion.

Me es muy doloroso, Señor, aflijir el ánimo de V.M. con la negra imagen de un

quadro tan horrible; pero ni cabe en mis sentimientos, ni menos seria compatible con

mis deberes, esconder los peligros entre ideas, y pinturas agradables, y preferir en su

consequencia la lisonja á la verdad. No, no Señor, el Cielo no permitirá q.e sea capaz

de una debilidad, q.e me haria responsable delante de las leyes: porq.e el mal es de

gran consideracion; el riesgo inminente, miserables los recursos de aquella angus-

tiada Ciudad; y aunque sea con pesar; yo me veo en la obligacion de confesar, q.e

temo la perdida de aquella presiosa parte de la Monarquia, sino se adoptan las

unicas medidas, q.e restan en tan fatales circunstancias, y por las q.e en anteriores

representaciones ha exclamado aquel I.C.

Tropas, Sõr., en primer lugar son el remedio mas fuerte y poderoso, q.e puede

paralizar los efectos espantosos de aquella convulsion; pues la presencia de un

Exercito, no de ocho, diez, ni doce mil hombres como á V.M. puede habersele infor-

mado, sino de dos mil soldados de Infanteria y quinientos de Cavalleria auxiliados y

robustecidos con la pequeña guarnicion, y numero considerable de Patriotas de aquel

fidelisimo vecindario, aseguro q.e son muy suficientes p.a sugetar la Capital, estable-

cer el orden, confundir la sedicion, acaso sin derramarse la sangre de nros herma-

nos; y obscurecidas p.a siempre las innovaciones peligrosas, se complaceria V.M.

con doble regosijo por haber restituidoá tan poca costa la tranquilidad en aquellas

Provincias, y recogido el fruto de una eterna gratitud.

No crea Sor. V.M. y debe desengañarse, q.e de otro modo sea asequible la

pacificacion de la Capital; por q.e todos aquellos vuestros dignos Gefes, antes de

tomar algunas serias providencias contra ella, se han desvelado, y tocado por mu- 

cho tiempo los medios mas dulces, y suaves en honor de la tranquilidad; pidiendole

á aquella Junta por todos los arbitrios imaginables la paz, y restitucion de las cosas

á su antiguo estado. ¿Que no trabajó el Sr. Dn Francisco Xavier de Elio, luego que

se sentó en su silla p.a con aquel Gobierno subversivo? Me parece, q.e es bien publico

y notorio, que este benemerito Gefe se desbeló incesantem.te por largo tiempo en

hacerle mil proposiciones ventajosas. Que hizo saber á la Junta (bien q.e no lo igno-

raba) q.e lejos de pretender el Virreynato, habia prometido renunciarlo, bolber á la

Peninsula, entregar el baston, q.e empuñaba, y tomar otro, que no pusiese en duda el

merito de su persona, ni hiciese sospechosa la pureza de sus servicios; con q.e se

prestaran gustosos al reconocimiento de las Cortes bajo unos partidos llenos de

dulzura. En una palabra Sor. q.e no hay, quien ignore las proposisiones de su Embiado

el Sor. Acevedo Oidor de Chile á la Capital, y no confiese desde luego, que Buen.s

Ayr.s ha tenido en su mano la mejor ocasion de admirar al mundo con un golpe

politico. Y ¿que ese lo q.e ha conseguido este Sor. despues de tantos afanes? imprope-

rios, desverguenzas, y en fin estampar en sus papeles, q.e la sola denominacion de

Virrey ofende el buen sentido; Que los pueblos preferirán gustosos su exterminio al

goze de las promesas, con q.e han sido brindados, y asegurar expresam.te que no hay

otro partido sino someterse el pequeño resto de refractarios (habla conlos de Montev.o)

al yugo, que arrastra la Provincia. Permite igualmente aquel Gobierno, q.e cunda el

germen de la discordia, promueve el odio contra la legitima autoridad con suponerle

ideas sangrientas; tolera sacrilegam.te, q.e el Soberano sea ultrajado, no en su ima-

gen tan solo, sino en sus propios decretos, haciendo de ellos una censura q.e los

degrada y humilla hasta confundirlos con los firmanes de un Tirano.

Pero Sor., no quiero contraherme solo al Sor. Elio, porq.e quisás podrá decirseme

aunque sin razones convincentes, y si aparentes, q.e este Gefe nunca podia captarse

la voluntad del Gobierno de Buen.s Ayr.s, porq.e ya de antemano se hallaba mal visto.

El Sor. Vigodet, luego que tomó el mando de la Plaza de Mont.vo ¿no practicó igual-

mente todas quantas diligencias le sugeria su madurez; y el buen deseo de la tran-

quilidad? ¿que adelantó? lo que el Sor. Elio; papeles insultantes y contextaciones

denigrativas. Por estas y otras razones que omito, soy de sentir, que aunque se desti-

ne para aquellos payses el hombre mas puro, y justificado, jamas adelantará un

paso; ni se prometerá la mas pequeña lisongera esperanza de conseguir el orden y

quietud. Y asi es Señor, q.e estando cierto en todo esto, y sabiendo extrajudicialmente,

q.e V.M. ha tenido á bien acceder á la mocion del Sor. Elio á propuesta hecha por el

Consejo de Regencia; á nombre del pueblo de Montev.o á quien tengo el honor de

representar en esta augusta asamblea, debo manifestar y asegurar, q.e en las actua-

les criticas circunstancias, ninguno Sor, en aquella parte del mundo es capaz de

contener las miras ambiciosas de la Junta de Buen.s Ayr.s como la presencia del Sor. 

Elio. Puede, que esta mi proposision parezca demasiado avanzada, ó se me censure

por su generalidad; ó que alguna inclinacion me mueba á proferirla, pero en quanto

á lo primero miraré con indiferencia la censura, por q.e al fin tendré la gran

satisfaccion de hablar, y elogiar á un hombre de caracter, de energia, actividad,

inflexibilidad, y por decirlo de una vez, por un decidio Español, y buen servidor de

V.M. como es notorio. Y en quanto á lo segundo, de que pueda dirigirme por alguna

inclinación, diré, hablando con la mayor ingenuidad, que no me acompaña mas, q.e

un grandisimo deseo de la Salvacion de America, y conservacion de mi patrio suelo

bajo la suave dominacion del mejor de los Monarcas. Si Sor, el único y poderoso

antemural, que han tenido siempre, los q.e componen la Junta de B.s Ay.s p.a para la

execucion del proyecto, que han plantado, ha sido la permanencia del Sor. Elio en la

America. El año pp.o no queriendo los Comand.tes de los Cuerpos de Buen.s Ayr.s

reconocer á este Sor. por Sub-inspector de las Tropas; y habiendo penetrado la de-

masiada bondad, ó no sé si diga el caracter débil del Sor. Cisneros (quien ojalá no

hubiera pisado aquellas playas) tratan con este, ó consiguen separar á aquel de la

dha Sub-inspeccion, y q.e se advocase asi el Sor. Cisneros el cargo; lo que de facto se

verificó. En seguida aprovechandose de aquella bondad prosiguen con el plan de

hacer venir á la Peninsula á Elio: pintadole al Sor Cisneros, que mientras estuviese

en la America aquel Gefe, no podria haber buena armonia y tranquilidad; p.a cuyo

efecto era conveniente q.e viniera á España; consiguenlo; y qual fué su resultado? el

que á los veinte dias de ponerse en marcha deponen á Cisneros, y enarbolan su

intruso Gobierno: de lo que debe V.M. colegir, que solo la presencia de un hombre

revestido de las qualidades predichas era el unico escollo que tenian que vencer p.a

su proyecto: y como aun, habiendo encontrado la Providencia en insurreccion, todavia

temen aquellos insurgentes, q.e este Gefe sea capaz por su incalculable energia de

impedir el llevar adelante semejante plan de nuevo Gobierno: de aquí es, que es

despreciado en B.s Ayr.s y acriminando con supuestos defectos, y de no, yo desearia,

que se me propusiera alguno y objetase con algunas reflexiones para satisfacer á

ellas, y desvanecerlas, si podia. Debiendo advertir V.M. que aunque se dice gene-

ralmente q.e odian en Buen.s Ayr.s á dho Gefe; pero crea V.M. q.e es solamente por

aquel Gobierno, y los q.e tratan de sostenerlo, q.e es el Populacho, pero la parte

sana, que lo compone, lo aprecian, y desean, como en la Plaza de Montev.o Por lo q.e

concluyo, pidiendo á nombre del afligido Pueblo de Montevid.o, y llamando la atencion

de este respetable congreso sobre este particular, que no se desdeñe V.M. de revocar,

como lo pido, la separacion dispuesta de aquel vro. Virrey, por q.e considero; q.e de

su permanencia en aquellos Payses pueden resultar alg.s ventajas á la Nacion:

ofreciendome á dar todas las noticias, q.e se me pidan; no desconociendo por esta

justa solicitud los loables deseos, y sabias disposiciones de V.M. en la determinacion 

de su remocion: pero como puede V.M. ser mejor informado de lo mas leve, q.e ocu-

rre en aquellos destinos, no me parece q.e sea indecoroso, antes si muy laudable la

suspension de qualquiera providencia, y mas quando de ellas pueden resultar algun.s

bienes en beneficio de la Monarquia, -por q.e Sor, es preciso, q.e nos preocupemos, y

conoscamos, que otra disposicion acompañada de lisongeras esperanzas es quimerica,

é imaginaria es un entretenimiento ó pasa tiempo, en una palabra es dar lugar, á que

se aumente, y radique aquel Gobierno, y q.e si ahora con el corto socorro, q.e dejo

pedido, hay una grande probabilidad, ó certeza de tranquilidad en la Capital; de

aqui á diez meses, ó un año necesitará V.M. de seis ó siete mil hombres; y entonces,

Dios sabe, los inconvenientes, q.e se presentaran; por q.e ya un Exercito de esta

naturaleza debe mirarse con otro respeto, para q.e pueda desprenderse de él la Na-

ción; pero con dos mil hombres, q.e se piden ¡Ah Sor! infeliz, y desgraciada la Madre

Patria si en ellos hubiese de pender su salvación! Ademas de esto, á un Pueblo tan

benemerito como Montevideo, ¿por q.e Sor se le ha de despojar en los mayores apu-

ros de un Gefe, con quien viven contento, y á cuya cabeza se sacrificarán gustosisimos?

En los ultimos dias de mi salida organizó este Sor un respetable Cuerpo de Comer-

cio, eligiendolo por publicas aclamaciones por su inmediato Comand.te, cuyo pensa-

miento no habian podido conseguir los dos Gobiernos anteriores de Montev.o, pero

el á la fijacion de unos meros carteles mereció, q.e á los muy cortos dias se le presen-

taran en su habitacion al pie de quatrocientos hombres, y tratandose del nombra-

miento de Oficiales, deseoso de que fuesen á gusto, de los que habina de componer

aquel Cuerpo, propuso que ellos mismos los eligieran en aquel acto p.a su mayor

satisfaccion. Estos se resistieron á la propuesta pidiendo á voces, q.e el era, el q.e se

los habia de nombrar; pero aun procurando este Gefe acertar con la voluntad de

aquellos, los arenga, y les hace presente varias reflexiones, resultando el q.e á votacion

secreta se hiciese el nombramiento de Oficiales. No paró aquí del deseo de agradar

este Gefe al Pueblo, sino q.e queriendo aun dar mayores pruebas de su bondad, tiene

la paciencia de presenciar la votación, q.e se iva escribiendo uno á uno en una pieza

destinada para el efecto. De este y otros infinitos modos como quasi degradandose,

pero movido de un zelo sin igual, y del deseo de complacer, ha sabido en todos

tiempos el Sor Elio grangearse la voluntad de aquel Pueblo. Omito otros muchos

hechos de este Sor por no ser demasiado molesto, y en vista de lo q.e dejo relatado en

su favor y del Pueblo de Montev.o V.M. como propicia á mirar por la felicidad de sus

hijos, resolvera, como lo espero, lo q.e se aproxime mas á la conservacion de sus

dominios, q.e es á lo q.e principalmente aspiro.

El segundo remedio igualm.te de gran necesidad es un repuesto de tres mil fusiles

ademas de los que conduzca la Tropa, por q.e los muy precisos q.e tiene aquella

Plaza, son todos casi inutiles ó incapaces de poder sostener un vivo fuego: y de este 

modo tambien se reemplazarian aquellos, y aumentaria con seguridad el Exto, q.e se

organizaria p.a atacar aquella Junta, y q.e no bajaria de cinco mil hombres. Este

auxilio por repetidas ocasiones lo han pedido con instancias tanto el Gobierno como

el Cabildo y jamas han logrado conseguirlo apesar de la verdad con q.e han pintado

la lamentable situacion, y suma necesidad, en q.e desde muchos años se halla la

Plaza de semejante socorro.

Por ultimo auxilio podria apuntar el de numerario, pero estoy satisfecho y desen-

gañado de la gran indigencia en que se halla constituido V.M. pero no por ella per-

mita q.e deje de ser socorrida Montev.o con los dos primeros, por q.e al fin los contem-

plo de primera y urgentisima necesidad puesto estoy seguro q.e si V.M. hace un es-

fuerzo en poner la dha Tropa en aquellas Playas se sacrificaran aquellos vros fieles

y afligidos habitantes por cubrir las miserias en q.e pueda arribar. Ademas de esto

sugetada, como lo doy por hecho, la Capital no dudo q.e aquel Comercio contribuira

gustosisimo á manifestar su eterna gratitud por haber salido de la opersión, en q.e se

hallaba embuelto haciendo desembolsos capaces de subvenir por algun tiempo á las

urgencias q.e se ofrescan. No consienta pues V.M. en que aquella tan fidelisima Ciu-

dad por privacion de un tan pequeño socorro sea sepultada bajo sus ruinas, por q.e

los distinguidos meritos de ella no son acreedores á semejante correspondencia pres-

cindiendo de los resultados favorables, q.e me prometo p.a la Nacion. Ella es verdad

ha sido socorrida y auxiliada, como lo he dho por aquel vro. Virrey de Lima pero

conosco de muy corta duracion aquel caudal, por los ingentes é indispensables obje-

tos á que se tienen q.e atender: por q.e solam.te aquellos benemeritos y valientes habi-

tantes del Paraguay q.e han sabido identificar sus sentim.tos con los nros, hacer frente

y destruir un Exto de mas de mil hombres, por lo pronto se les iva á socorrer con una

suma que no bajaria de cinq.ta á ochenta mil duros. Los creditos de la Tropa son

crecidos, aunque no se les ha satisfecho de sus haberes devengados sino una muy

pequeña parte por tenerla grata. A esta es de gran importancia no retenerles sus

pagas, por q.e de lo contrario cunde la desercion y en fin los gastos mensuales, y

atenciones de aquella Plaza no bajan de cinquenta á sesenta mil p.s f. sin inclusion

de los continuos y excesivos q.e impende la Marina sin mayores ventajas, sobre cuyo

cuerpo es de grande, é interesante conveniencia hayga en aquel Apostadero un nue-

vo y riguroso arreglo y reforma, p.s en la actualidad se cuentan quarenta y nueve

Oficiales, sin destino muchos de ellos por ser Capit. de Fragata cuya subsistencia es

de un peso insoportable p.a aq.l Pueblo. Si por efecto de alguno suceso inevitable no

permitiese la situacion de la Metropoli el sacrificio de los arbitrios y remedios indi-

cados, es muy necesario q.e sea qual fuese la medida q.e adopte la Sabiduria de V.M.;

se realize sin perder un momento y antes q.e la Junta de Buen.s Ayr.s excitada del

orgullo q.e le inspira el buen exito de sus atrevidas empresas avanze sus miras sobre 

la afligida Montev.o p.a anular la execucion de los planes beneficiosos de V.M. sobre

aquel dilatado Continente.

Por conclusión de estas verdades que estoy pronto á sellar con mi sangre en caso

necesario, no puedo prescindir de exponer á la consideracion de V.M. q.e ahora mas

q.e nunca necesita Montev.o y su vanda Oriental y septentrional de una constitucion

en la parte administrativa del Gob.no, q.e al paso q.e consulte su verdadera felicidad,

le asegure p.a siempre en la justa y suave dominacion de nro desgraciado Monarca:

p.s si Montev.o hubiera sido el centro de unidad del Gob.no en aquel precioso Territo-

rio de ambas partes del Rio de la Plata, yo puedo asegurar á V.M. q.e en virtud de sus

propios recursos habria sido bastante p.a contener la ambiciosa perversidad de los

malvados, y apagar en sus principios el fuego de la rebelion, q.e propaga con todas

sus fuerzas la Junta insurreccional de B.s A.s Y si fuese justo proponer los arbitrios

q.e en lo venidero puedan imposibilitar y anular los inicuos proyectos de independen-

cia, creo un deber de mi vasallage y de la honorifica y alta comision q.e me ha

confiado exponer á V.M. q.e el establecim.to de un Gobierno Intend.te en Montev.o con

jurisdiccion sobre el vasto Territorio de la Parte Oriental y Septentrional es acaso el

medio mas oportuno p.a la consecusion de tan importantes fines. Las poderosas razo-

nes q.e dictan la creacion de dho establecimiento las demostraré en otra oportuni-

dad, consultando siempre la quietud y movido de un ardiente zelo por la conservacion

de aquella preciosa parte del Mundo, y creo hacer un servicio particular en propo-

ner los arbitrios á las sabias consideraciones de V.M. animado unicam.te de mis

fieles deseos y de la firme persuasion, en q.e estoy de q.e si este proyecto merece una

providencia favorable, seran infinitos los bienes q.e producirá al Estado.

He explanado Sor. el verdadero estado de Montev.o y su Campaña, y quiera V.M.

recivir esta ingenua exposicion de mis sentimientos como un nuevo testimonio de mi

lealtad, como una prueba de mi amor á la felicidad Nacional, y como la exprecion

mas viva del voto universal de aquel fidelísimo Pueblo a quien represento, por la

gloria, por la libertad, y por la conservacion de los augustos derechos, de nro infeliz

monarca el Sr. Fernando 7.o - Raf.l B. Zufriategui.

(B)

De Zufriategui al Cabildo de Montevideo, incluyendo copia de la Exposicion an-

tecedente, y avisando el buen efecto producido por ella en las regiones oficiales.

Incluyo á V.E. una cópia de la exposicion que he hecho al Congreso Nacional el

quatro del presente mes, la q.e presentó materia para q.e dos dias consecutivos en las

horas acostumbradas se tratara, y discutiera sobre su principal contenido: y con-

cluida, q.e fué su discusion, se me autorizó plenam.te por generalidad de votos de

todos los Europeos, para q.e pasase á la Reg.a á conferenciar con ella sobre los

auxilios, q.e debian prestarse, y demas incidentes de mi Manifiesto; lo q.e habiendo 

verificado al dia sig.te desp.s de una sesion de dos horas, el unico obice, q.e se me

puso para poner en planta el proyecto, fue la carencia de numerario para la remision

de las tropas pedias: ofreciendoseme no obstante, q.e no omitiria dilig.a alg.a para

socorrer á Montev.o y conservarlo con la vanda Oriental; pues nunca podrian remi-

tirse dhas tropas con el objeto de hostilizar directam.te la Capital por hallarse sus-

pensa la decision de la Mediacion, q.e ha propuesto la Inglaterra saliendo garante de

la pacificacion de las Americas bajo ciertas condiciones, á las q.e se tiene contextado

desde antes de mi incorporacion; y propuesto otras por nro Gob.no de las q.e es el

resultado, q.e se espera. Ellas por parte de nro Gob.no se dirigen, á q.e los de B.s Ay.s

reconoscan las Cortes, manden sus Diputados; se les concede el comercio libre á los

ingleses por quince meses, y no sé, si hay otras; pero me consta, q.e estas son las

principales. Las del Gob.no ing.s las ignoro, pero sé, q.e no han sido muy ventajosas,

en qto se modificaron, y remitieron á Londres para su aceptacion, pero creo, q.e de

qualquiera modo q.e sea, nos hallamos en el caso de pasar por todo.

Tengo la gran satisfaccion, de q.e mi Manifiesto hayga merecido un buen lugar, é

igualm.te apoyado por todos los Diputados Europeos, quienes me aseguraron, q.e

hasta ahora les habian pintado el estado de America muy distinto al q.e yo se lo

manifestaba, y añadiendome confidencialm.te q.e los Diputados suplentes de ella, no

habian caminado con buenas ideas, y habian procurado por todos arbitrios tener

engañado al Gob.no. En ellos solam.te encontré oposicion para el embio de Tropas,

permanencia del Sor Elio, y establecim.to del Gob.no intend.te: así lo manifiestó el Sor

Rodrigo sin fundarlo en razones, porq.e no es capaz de ello; sino diciendo q.e yo no

era Diputado de Montev.o sino del Cav.do y del Sor Elio porq.e no habia intervenido el

Pueblo en mi eleccion, y otros disparates semajantes, dando ocasio, á q.e se le

abochornase en publico, como lo hicieron alg.s Diputados Europeos; bien q.e asi este

como todos los demas estan desconceptuadisimos: debiendo advertir q.e el mayor

empeño del Sor Rodrigo, y de otros era, á q.e no debia permanecer el Sor Elio, á cuyo

Sor he procurado sostener en su mando con la mayor energia, q.e he podido, y he

observado, tiene gran patido en las Cortes, pues lo aprecian mucho; pero estas no

tratan de reprochar providencia tomada por aquella, porq.e guardan Armonia.”

Si posteriorm.te á esta fha ocurriese alguna novedad no dejaré de comunicarlo

todo á V.E. para su satisfaccion, y la mia. Dios gue á V.E. ms. as. Cadiz 12 de Agosto

de 1811= Raf.l B. Zufriategui.

En: Bauzá, o.c.

21. De los datos que registra “La Gaceta de Montevideo”, de 1811, resulta que a

principios de agosto, Rondeau abrió negociaciones que no fueron aceptadas por

Vigodet, quien exigía lisa y llanamente la sumisión al rey; que a principios de sep-

tiembre fueron reanudadas esas negociaciones por los comisionados de Elío y la 

Junta Gubernativa; y que surgieron desidencias en cuanto a la jurisdicción a que

debía quedar sujeta la campaña oriental, que en concepto de los comisionados co-

rrespondía a la autoridad realista de Montevideo, y no al gobierno de Buenos Aires

como éste sostuvo al principio, porque después se plegó a la fórmula de sus antago-

nistas.

En “La Gaceta de Buenos Aires” de 19 de septiembre de 1811, se registra un

documento que da idea de la honda repercusión de estos debates en el campamento

sitiador.

Es una exposición de Rondeau y Artigas dirigida al gobierno de Buenos Aires el

8 del mismo mes, y que probablemente fué pedida para tranquilizar la expectativa

pública:

“Habiendo trascendido que con notable ofensa de la buena armonía, unión y

amistad que observamos los generales de este ejército, se han esparcido noticias

contrarias, hemos acordado dar a V.E. un testimonio de la inalterable unidad que

ciñe nuestras operaciones en todo conforme con los intereses de la patria. Los gene-

rales del ejército oriental en quienes V.E. ha depositado las armas de la patria, he-

mos militado juntos antes de ahora, y podemos asegurar a V.E. con toda la ingenui-

dad que nos caracteriza, que desde nuestras primeras relaciones ha sido recíproca

nuestra simpática comunicación. Una mutua correspondencia entre ambos ha ci-

mentado nuestra amistad sincera, y la alta confianza que debemos a esa Excma.

Junta ha sido un nuevo material para consolidarla más. Nuestras providencias sobre

las operaciones militares del ejército son unas y el objeto que las rige es la ansiada

libertad de nuestra madre patria: a ésta dedicamos todos nuestros conatos y fatigas,

hasta sacrificar nuestras vidas en su defensa: todos los oficiales que tenemos el

honor de mandar respiran iguales sentimientos, y son tan unidos en el desempeño de

su ministerio como joviales en su trato familiar. En esa virtud esperamos que V.E.

nos haga el honor de disipar cualquier otra equívoca especie, dignándose admitir

este rasgo de nuestra sinceridad como el más seguro garante de nuestra inalterable

unión y de la afección con que somos de V.E. con el mayor respeto”.

En: Eduardo Acevedo, o.c.

22. La ubicación referida a la actualidad es en el Barrio Jacinto Vera, en la

calle Lorenzo Fernández entre Pedernal y Yaguarí.

23. PROCLAMA DEL CAP. ARTIGUISTA, RAMÓN VILLADEMOROS A LOS

ORIENTALES EN LUCHA ANTE LA INVASIÓN PORTUGUESA.

“Valientes Americanos. Después de tantas fatigas para recobrar vuestra libertad

¿podéis mirar con indiferencia que una nación extranjera venga a poner sobre vues-

tros cuellos un yugo de bronce? ¿Permitiréis que los portugueses bajo el fingido 

pretexto de pacificación, entren soberbiamente en vuestros campos, insulten vues-

tras personas, logren el fruto de vuestros sudores, violen vuestras mujeres dejándo-

los a un tiempo sin honor, sin libertad y sin bienes? No: tenéis un corazón esforzado,

y al oír estas palabras me parece ver impreso en vuestro semblante el furor, la rabia

y el espíritu de la más cruel venganza: ea, pues, ¿qué hacemos? Los portugueses que

atropellando injustamente nuestro derechos, han entrado a este país, nada más han

hecho que violencias, robos e insultos con el orgullo más insufrible. Si cuando dicen

que sólo vienen a pacificar, nos hacen sufrir tanto oprobio, ¿cuál será nuestra suer-

te, si por ser tardíos en manifestarles nuestros sentimientos, nuestros esfuerzos, con-

siguen vencernos, dominarnos?”

Villademoros estuvo en el segundo Sitio de Montevideo con grado de Cap. en

1813 se incorporó al ejército del Alto Perú dirigido por Belgrano, luego por Rondeau

y con el Gral Martín Rodríguez.

Murió en combate el 21 oct. 1815.

24. “La reserva había sido absoluta. Ni Artigas ni nadie entre los orientales llegó

a traslucir la gravedad del convenio hasta el 8 de octubre, en cuyo día fueron confir-

mados los rumores que habían empezado a circular acerca del abandono del territo-

rio oriental al virrey Elío. Resueltos los orientales a no deponer las armas, elevaron

una representación a Rondeau pidiendo que antes de la ratificación de los tratados

se les oyera a ellos, puesto que de su suerte se trataba. Dos días después, el 11 de

octubre, en una reunión presidida por Artigas se acordó elevar otra solicitud para

que el gobierno reconociese en los habitantes de la campaña de la Banda Oriental el

derecho de tener un diputado como las demás ciudades y territorios en el seno del

gobierno. Convocados los principales vecinos por el general Rondeau, protestaron

en presencia del delegado del triunvirato doctor José Julián Pérez, no estar dispues-

tos a ser entregados inermes a las venganzas y extorsiones de los españoles y portu-

gueses. Pero accediendo a las demostraciones del doctor Pérez convinieron en le-

vantar el sitio, a fin de tomar una posición estratégica. El 14 de octubre empezaron

las tropas a retirarse en dirección al río San José como estaba convenido en el trata-

do preliminar al de pacificación, y al día siguiente no quedaba un soldado revolucio-

nario en el campamento. Antes de levantarse el asedio, los orientales celebraron una

reunión y en presencia de la gravedad de los sucesos, delegaron en Artigas la repre-

sentación del pueblo, aclamándole jefe de los orientales. Y fué provisto de ese carác-

ter que celebró la última conferencia con el delegado del gobierno, el cual contrajo

el compromiso de gestionar la más eficaz protección a favor de los orientales, reco-

mendándoles que se disolvieran para no comprometer la causa de la Revolución”.

En: Fregeiro, Exodo del Pueblo Oriental 

“Artigas se opuso diciendo que él no podía abandonar a la furia y saña de los

españoles tantos orientales como había comprometido; que se retirasen en hora bue-

na las tropas de Buenos Aires y que lo dejasen a él que se consideraba capaz de

hostilizar a los españoles y a los portugueses a un tiempo; se hizo una junta para

tratar sobre este asunto en el Miguelete a la que asistieron todas las personas nota-

bles y de consejo que había en aquella época; en la cual don Francisco Javier de

Viana objetando a Artigas por su tenacidad, le dijo que con qué recursos pensaba

resistir a los portugueses que venían tan bien fardados, armados y equipados, y Artigas

le contestó que con palos, con los dientes y con las uñas. Se decidió finalmente que

Rondeau con las tropas de Buenos Aires se embarcase para aquella ciudad y que

Artigas con los orientales se retiraría a la banda occidental del Uruguay, observan-

do en su retirada a los portugueses para evitar que talasen la provincia”.

En: Valentín Gómez, Memorandum a la Corte Imperial (setiembre 15, 1823).

25. “El 23 de octubre se supo en San José que el tratado había sido ratificado por

el gobierno de Buenos Aires, y en el acto el ejército empezó su retirada seguido de un

inmenso convoy de carros, carretas, ganados y una multitud de familias que abando-

naron sus hogares después de incendiar y destruir poblaciones y sementeras”.

“Artigas se puso en marcha de San José a la costa del Arroyo Grande, donde

supo que el gobierno argentino reconociendo la ineficacia de sus esfuerzos para

disolver las milicias y restituir las familias a sus hogares, lo había nombrado jefe

superior de las fuerzas orientales y teniente gobernador de las Misiones con residen-

cia en Yapeyú, dejándole además el cuerpo veterano de blandengues orientales, ocho

piezas de artillería y un repuesto de municiones”.

El estallido de la Revolución encabezada por Don José Artigas en 1811, determi-

nó entre los integrantes de la raza negra, una grave conmoción, ya que vieron llega-

do el momento de su liberación. Se incorporaron masivamente a aquélla, formando

enlas filas de sus ejércitos, buscando, instintivamente, la materialización de su dere-

cho natural a la vida y a la libertad, que les aseguraba la Revolución. Quien denun-

ció este hecho fue el Jefe del Apostadero Naval de Montevideo, Capitán de Navío,

José María Salazar. En los informes a sus superiores decía: “sólo podía contarse

con 20 o 25 negros esclavos de más de ochocientos que fugados del dominio de sus

amos habían encontrado refugio en dicho ejército”.

Posteriormente y reconocida su situación y condición de hombres libres, con to-

dos los tributos y derechos queles eran propios, los Jefes de los Ejércitos, atendieron

a la regularización de esa situación. El General Diego de Souza en un oficio al

Conde de Linhares, le expresaba el 20 de agosto de 1811, que “Rondeau les manda-

rá dar Cartas de Libertad”. Y cuando a raíz de la celebración del Tratado de Pacifi- 

cación del 20 de octubre de 1811, sobrevino aquel movimiento masivo del pueblo

oriental, que buscaba, en otras tierras, salvaguardar su libertad, volvió en la docu-

mentación oficial de la época, a mencionarse la situación de los negros esclavos de

la Banda Oriental. Otra vez el Jefe del Apostadero Naval, vocero de una sociedad

clasista y conservadora, manifestó el resentimiento y la confusión que la actitud de

aquéllos, incorporados a la Revolución, determinaban dentro de los cuadros de la

economía colonial, diciendo: “Se han llevado sobre mil esclavos de ambos sexos que

son la riqueza y brazos de estos hacendados”.

Pero si aquéllos habían adherido a la Revolución, formando en su Ejército, hubo

otros que no lo hicieron, no dudando en permanecer junto a sus amos, para acompa-

ñarlos en la emigración. De la compulsa que surge del Padrón de las Familias Emi-

gradas en la Banda Oriental, se puede verificar la existencia de 374 esclavos varo-

nes y de 133 esclavas mujeres

Carta de Artigas a Manuel Vega fechada el 3 de noviembre de 1811, sobre la

imposibilidad de contener al pueblo en sus marchas.

“Todo individuo que quiera seguirme, hágalo, uniéndose a Ud. para pasar a Paysan- dú

luego que yo me aproxime a ese punto. No quiero que persona alguna venga forza- da,

todos voluntariamente deben empeñarse en su libertad; quien no lo quiera deseará

permanecer esclavo. En cuanto a las familias, siento infinito no se hallen los medios

para poderlas contener en sus casas; un mundo entero me sigue, retarda mis marchas;

yo me veré cada día más lleno de obstáculos para obrar; ellos me han venido a encon-

trar, de otro modo yo no las habría admitido. Por estos motivos encargo a Ud. que se

empeñe en que no salga familia alguna; aconséjeles que les será imposible seguirnos,

que llegarán casos en que nos veremos precisados a no poderlas escoltar y será peor

verse desamparadas en unos parajes porque nadie podrá valerlas; por si no se conven-

cen de estas razones, déjelas Ud. que obren como gusten”.

“El coronel Artigas no gustó efectivamente del armisticio; pero tampoco desobe-

deció orden alguna de la autoridad suprema, y es tanto que él mismo guió con sus

divisiones la retirada del ejército hasta el punto de su reembarco. Entonces todos los

vecinos más respetables de Montevideo como de la campaña que emigraban con el

ejército, elevaron una representación a don Julián Pérez, que era el representante

del gobierno en aquella Banda, y al general del ejército don José Rondeau, pidiendo

que ya que se retiraban las tropas, se permitiera que el coronel Artigas con las mili-

cias se situara en el Uruguay. Efectivamente, el representante lo concedió en virtud

de resolución expedida en el pueblo de San José. Artigas tomó aquella dirección y

mantuvo su dependencia del gobierno general”.

En: Eduardo Acevedo, o.c.

26. Cuando las revoluciones políticas han reanimado una vez los espíritus abati-

dos por el poder arbitrario -corrido ya el velo del error- se ha mirado con tanto

horror y odio la esclavitud y humillación que antes les oprimían, que nada parece

demasiado para evitar una retrogradación en la hermosa senda de la libertad. Como

temerosos los ciudadanos de que la maligna intriga les venza de nuevo bajo la tira-

nía, aspiran generalmente a concentrar la fuerza y la razón en un gobierno inmedia-

to que pueda con menos dificultad conservar sus derechos ilesos, y conciliar su segu-

ridad con sus progresos. Así comúnmente se ha visto dividirse en menores estados un

cuerpo disforme a quien un centro de hierro ha tiranizado. Pero la sabia naturaleza

parece que ha señalado para entonces los límites de las sociedades y de sus relacio-

nes; y siendo tan declaradas las que en todos respectos tenga la Banda Oriental del

Río de la Plata con esa Provincia, yo creo que por una consecuencia del pulso y

madurez con que ha debido declarar su libertad y admitir a todos los amadores de

ella con su sabio sistema, habrá de reconocer la recíproca conveniencia e interés de

estrechar nuestra comunicación y relaciones del modo que exijan las circunstancias

del estado. Por este principio he resuelto dar a V.S. una idea de los principales acon-

tecimientos de esta banda, y de su situación actual, como que debe tener no pequeño

influjo a la suerte de ambas provincias.

Cuando los americanos de Buenos Aires proclamaron sus derechos, los de la

Banda Oriental, animados de iguales sentimientos, por un encadenamiento de cir-

cunstancias desgraciadas, no sólo no pudieron reclamarlos, pero hubieron de sufrir

un yugo más pesado que jamás. La mano que los oprimía, a proporción de la resis-

tencia que debía hallar si una vez se debilitaran sus resortes, oponía mayores esfuer-

zos y cercaba todos los pasos. Parecía que un genio maligno, presidiendo nuestra

suerte, presentaba a cada momento dificultades inesperadas que pudieran arredrar

los ánimos más empeñados. Sin embargo, el fuego patriótico electrizaba los corazo-

nes y nada era bastante a detener su rápido curso: los elementos que debían cimen-

tar nuestra existencia política se hallaban esparcidos entre las mismas cadenas y

sólo faltaba ordenarlos para que operasen. Yo fui testigo, así de la bárbara opresión

bajo que gemía toda la Banda Oriental, como de la constancia y virtudes de sus

hijos, conocí los efectos que podía producir, y tuve la satisfacción de ofrecer al go-

bierno de Buenos Aires que llevaría el estandarte de la libertad hasta los muros de

Montevideo siempre que se concediese a estos ciudadanos auxilios de municiones y

dinero. Cuando el tamaño de mi proposición podría acaso calificarla de gigantesca

para aquellos que sólo la conocían bajo mi palabra, yo esperaba todo de un gobier-

no popular que haría su mayor gloria en contribuir a la felicidad de sus hermanos, si

la justicia, conveniencia e importancia del asunto pedía de otra parte el riesgo de un

pequeño sacrificio que podría ser compensado con exceso. No me engañaron mis

esperanzas y el suceso fue prevenido por uno de aquellos acontecimientos extraordi-

narios, que rara vez favorecen los cálculos ajustados.

Un puñado de patriotas orientales, cansado ya de humillaciones había decretado

su libertad en la villa de Mercedes: llena la medida del sufrimiento por unos proce-

dimientos los más escandalosos del déspota que les oprimía, habían librado sólo a

sus brazos el triunfo de la justicia; y tal vez hasta entonces no era ofrecido al templo

del patriotismo un voto ni más puro, ni más glorioso, ni más arriesgado: en él se

tocaba sin remedio aquella terrible alternativa de vencer o morir libres, y para huir

este extremo, era preciso que los puñales de paisanos pasasen por encima de las

bayonetas veteranas.

Así se verificó prodigiosamente, y la primera voz de los vecinos orientales que

llegó a Buenos Aires fue acompañada de la victoria del 28 de febrero de 1811; día

memorable que había señalado la Providencia para sellar los primeros pasos de la

libertad en este territorio, y día que no podrá recordarse sin emoción, cualquiera sea

nuestra suerte.

Los ciudadanos de la villa de Mercedes, como parte de esta provincia, se declara-

ron libres bajo los auspicios de la Junta de Buenos Aires, a quien pidieron los mis-

mos auxilios que yo había solicitado: aquel gobierno recibió, con el interés que

podía esperarse la noticia de estos acontecimientos: él dijo a los orientales -“oficia-

les esforzados, soldados aguerridos, armas, municiones, dinero, todo vuela en vues-

tro socorro”-. Se me mandó inmediatamente a esta banda con algunos soldados,

debiendo remitirse hasta el número de 3.000 con lo demás necesario para un ejército

de esta clase; en cuya inteligencia proclamé a mis paisanos convidándoles a las

armas: ellos prevenían mis deseos, y corrían de todas partes a honrarse con el bello

título de soldados de la patria, organizándose militarmente en los mismos puntos en

que se hallaban cercados de sus amigos, en términos que en muy poco tiempo se vio

un ejército nuevo, cuya sola divisa era la libertad.

Permítame V.S. que llame un momento su consideración sobre esta admirable

alarma con la que simpatizó la campaña toda y que hará su mayor y eterna gloria.

No eran los paisanos sueltos, ni aquellos que debían su existencia a su jornal o

sueldo, los solos que se movían; vecinos establecidos, poseedores de buena suerte y

de todas las comodidades que ofrece este suelo, eran los que se convertían repenti-

namente en soldados, los que abandonaban sus intereses, sus casas, sus familias; los

que iban, acaso por primera vez, a presentar su vida a los riesgos de una guerra, los

que dejaban acompañadas de un triste llanto a sus mujeres e hijos, en fin, los que

sordos a la voz de la naturaleza, oían sólo la de la Patria. Este era el primer paso

para su libertad: y cualesquiera que sean los sacrificios que ella exija, V.S. conocerá

bien el desprendimiento universal y la elevación de sentimientos poco común que se

necesita para tamañas empresas, y que merece sin duda ocupar un lugar distinguido

en la historia de nuestra revolución.

Los restos del ejército de Buenos Aires que retornaban de esa provincia feliz,

fueron destinados a esta Banda, y llegaban a ella cuando los paisanos, habían liber-

tado ya su mayor parte, haciendo teatro de sus triunfos al Colla, Maldonado, Santa

Teresa, San José y otros puntos: yo tuve entonces el honor de dirigir una división de

ellos con sólo doscientos cincuenta soldados veteranos, y llevando con ellos el terror

y el espanto a los ministros de la tiranía, hasta las inmediaciones de Montevideo, se

pudo lograr la memorable victoria del 18 de Mayo en los campos de Las Piedras,

donde mil patriotas armados en su mayor parte de cuchillos enhastados vieron a sus

pies novecientos sesenta soldados de las mejores tropas de Montevideo, perfecta-

mente bien armados; y acaso hubieran dichosamente penetrado dentro de sus sober-

bios muros, si yo no me viese en la necesidad de detener sus marchar al llegar a ella,

con arreglo a las órdenes del jefe del ejército. V.S. estará instruido en detalle de esta

acción por el parte inserto en los papeles públicos.

Entonces dije al gobierno que la patria podría contar con tantos soldados, cuan-

tos eran los americanos que habitaban la campaña, y la experiencia ha demostrado

sobrado bien que no me engañaba.

La Junta de Buenos Aires reforzó el Ejército, de que fui nombrado segundo jefe, y

que constaba en el todo de 1.500 veteranos y más de cinco mil vecinos orientales; y

no habiéndose aprovechado los primeros momentos después de la acción del 18, en

que el terror había sobrecogido los ánimos de nuestros enemigos, era preciso pensar

en un sitio formal a que el gobierno se determinaba, tanto más cuando estaba per-

suadido que el enemigo limítrofe no entorpecería nuestras operaciones, como me lo

había asegurado, y porque el ardor de nuestras tropas, dispuestas a cualquier em-

presa, y que hasta entonces parece habían encadenado la victoria, nos prometía todo

en cualquier caso.

Así nos vimos empeñados en un sitio de cerca de cinco meses, en que mil y mil

accidentes privaron de que se coronasen nuestros triunfos, a que las tropas estaban

siempre preparadas. Los enemigos fueron batidos en todos los puntos, y en sus repeti-

das salidas no recogieron otros frutos que una retirada vergonzosa dentro de los muros

que defendía su cobardía. Nada se tentó que no consiguiese: multiplicadas operacio-

nes militares fueron iniciadas para ocupar la plaza, pero sin llevarlas a su término, ya

porque el general en jefe creía que se presentaban dificultades invencibles, o que debía

esperar órdenes señaladas para tentativas de esta clase, ya por falta de municiones, ya

finalmente porque llegó una fuerza extranjera a llamar nuestra atención.

Yo no sé si 4.000 portugueses podrían prometerse alguna ventaja sobre nuestro

ejército, cuando los ciudadanos que le componían habían redoblado su entusiasmo, 

y el patriotismo elevado los ánimos hasta un grado incalculable. Pero no habiéndoseles

opuesto en tiempo una resistencia, esperándose siempre por momentos un refuerzo

de 1.400 hombres, y municiones que había ofrecido la Junta de Buenos Aires desde

la primera noticia de la irrupción de los limítrofes, y habiéndose emprendido última-

mente varias negociaciones con los jefes de Montevideo, nuestras operaciones se

vieron como paralizadas a despecho de nuestras tropas; y las portuguesas casi sin

oposición pisaron con pie sacrílego nuestro territorio hasta Maldonado.

En esta época desgraciada, el sabio gobierno de Buenos Aires creyendo de nece-

sidad retirar su ejército con el doble objeto de salvarle de los peligros que ofrecía

nuestra situación y de atender a las necesidades de las otras provincias: y persua-

diéndose a que una negociación con Elío sería el mejor medio de conciliar la pron-

titud y seguridad de la retirada, con lo menores perjuicios posibles a este vecindario

heroico, entabló el negocio que empezó el momento a girarse por medio del señor

doctor don José Julián Pérez, venido de aquella superioridad con la bastante autori-

zación para el objeto. Estos beneméritos ciudadanos tuvieron la fortuna de trascen-

der la sustancia del todo, y una representación absolutamente precisa en nuestro

sistema dirigida al señor general en jefe auxiliador, manifestó en términos legales y

justos, ser la voluntad general no se procediese a la conclusión de los tratados sin

anuencia de los orientales cuya suerte era la que iba a decidirse.

A consecuencia de esto fue congregada la Asamblea de los ciudadanos por el mismo

jefe auxiliador, y sostenida por ellos mismos y el Exmo. Sr. Representante, siendo el

resultado de ella asegurar estos dignos hijos de la libertad, que sus puñales eran la única

alternativa que ofrecían al no vencer: que se levantase el sitio de Montevideo, sólo con el

objeto de tomar una posición militar ventajosa para poder esperar a los portugueses, y

que en cuanto a los demás respondiese yo del feliz resultado de sus afanes, siendo eviden-

te haber quedado garantido en mí desde el gran momento que forjó su compromiso. Yo

entonces reconociendo la fuerza de su expresión y conciliando mi opinión política sobre

el particular con mis deberes, respeté las decisiones de la superioridad si olvidar el

carácter de ciudadano; y sin desconocer el imperio de la subordinación, recordé cuanto

debía a mis compaisanos. Testigo de sus sacrificios, me era imposible mirar su suerte con

indiferencia, y no me detuve en asegurar del modo más positivo cuanto repugnaba se les

abandonase en un todo. Esto mismo había hecho ya conocer al Sr. Representante, y me

negué absolutamente desde el principio a entender en unos tratados que consideré siem-

pre inconciliables con nuestras fatigas, muy bastantes a conservar el germen de las con-

tinuas disensiones entre nosotros y la corte del Brasil, y muy capaces por sí solos de

causar la dificultad en el arreglo de nuestro sistema continental.

Seguidamente representaron los ciudadanos que de ninguna manera podían ser-

les admisibles los artículos de la negociación: que el ejército auxiliador se tornase a 

la capital, si así se lo ordenaba aquella superioridad; y declarándome su general en

jefe, protestaron no dejar la guerra en esta Banda hasta extinguir en ella a sus opre-

sores, o morir dando con su sangre el mayor triunfo a la libertad. En vista de esto el

Exmo. Sr. Representante, determinó una sesión que debía tenerse entre dicho señor,

un ciudadano particular y yo: en ella se nos aseguró haberse dado ya cuenta de todo

a Buenos Aires, y que esperásemos la resolución, pero que entre tanto estuviésemos

convencidos de la entera adhesión de aquel gobierno a sostener con sus auxilios

nuestros deseos; y ofreciéndosenos a su nombre toda clase de socorros, cesó por

aquel instante toda solicitud. Marchamos los sitiadores en retirada hasta San José y

allí se vieron precisados los bravos orientales a recibir el gran golpe que hizo la

prueba de su constancia: el gobierno de Buenos Aires ratificó el tratado en todas sus

partes: yo tengo de incluir a V.S. un ejemplar, por él se priva de un asilo a las almas

libres en toda la Banda Oriental, y por el se entregan pueblos enteros a la domina-

ción de aquel mismo señor, Elío, bajo cuyo yugo gimieron. ¡ Dura necesidad! En

consecuencia del contrato, todo fue preparado, y comenzaron las operaciones relati-

vas a él.

Permítame V.S. otra vez que recuerde y compare el glorioso 28 de febrero, con el

23 de octubre, día en que se tuvo noticia de la ratificación: ¿qué contraste singular

presenta el prospecto de uno y otro! El 28, ciudadanos heroicos haciendo pedazos

las cadenas y revistiéndose del carácter que les concedió naturaleza, y que nadie

estuvo autorizado para arrancarles: el 23, estos mismos ciudadanos unidos a aque-

llas cadenas por un gobierno popular... Pero V.S. no está instruido de las circunstan-

cias que hacen acaso más admirable el día que debiera ser más aciago, y temo que

en alguna manera me será imposible dar una idea exacta de los accidentes que le

prepararon. En esta relación, que mando en la sinceridad que me caracteriza, la

verdad será mi objeto: hablaré con la dignidad de ciudadano sin desentenderme del

carácter y obligaciones de coronel de los ejércitos de la patria con que el gobierno

de Buenos Aires se ha dignado honrarme.

Aunque los sentimientos sublimes de los ciudadanos orientales en la presente

época, son bastante heroicos para darse a conocer por sí mismos, no se les podrá

hallar todo el valor entretanto que no se comprenda el estado de estos patriotas en el

momento en que, demostrándolo, daban la mejor prueba de serlo. Habiendo dicho

que el primer paso de su libertad era el abandono de sus familias, casas y haciendas,

parecerá que en él habían apurado sus trabajos: pero éste no era más que el primer

eslabón de la cadena de desgracias que debían pesar sobre ellas durante la estancia

del ejército auxiliador: no era bastante el abandono y detrimento consiguiente: esos

mismos intereses debían ser sacrificados también. Desde su llegada, el ejército reci-

bió multiplicados donativos de caballos, ganado y dinero; pero sobre esto era preci- 

so tomar indistintamente de los hacendados inmenso número de las dos primeras

especies; y si algo había de pagarse, la escasez de caudales del Estado impedía

verificarlo: pueblos enteros habían de ser entregados al saco horrorosamente, pero

sobre todo, la numerosa y bella población extramuros de Montevideo se vio comple-

tamente saqueada y destruida; las puertas mismas y ventanas, las rejas, fueron arran-

cadas: los techos eran deshechos por el soldado que quería quemar las vigas que le

sostenían: muchos plantíos acabados: los portugueses convertían en páramos los

abundantes campos por donde pasaban, y por todas partes se veían tristes señales de

desolación. Los propietarios habían de mirar el exterminio infructuoso de sus caros

bienes cuando servían a la patria de soldados; y el general en jefe se creía en la

necesidad de tolerar estos desórdenes por la falta de dinero para pagar las tropas;

falta que ocasionó que desde nuestra revolución y durante el sitio, no recibiesen los

voluntarios otro sueldo, otro emolumento que cinco pesos, y que muchos de los ha-

cendados gastasen de sus caudales para remediar la mas miserable desnudez, a que

una campaña penosísima había reducido al soldado: no quedó en fin, alguna clase

de sacrificios que no se experimentase, y lo más singular de ellos era la desinteresa-

da voluntad con que cada uno los tributaba, exigiendo sólo por premio el goce de su

ansiada libertad: pero, cuando creían asegurarla, entonces era cuando debían apu-

rar las heces del cáliz amargo: un gobierno sabio y libre, una mano protectora a que

se entregaban confiados, había de ser la que les condujese de nuevo a doblegar la

cerviz bajo el cetro de la tiranía,

Esa corporación respetable, en la necesidad de privarnos del auxilio de sus bayo-

netas, creía que era preciso que nuestro territorio fuese ocupado por un extranjero

abominable, ó por su antiguo tirano; y pensaba que asegurándose la retirada de

aquél, si negociaba con éste, y protegiendo en los tratados los vecinos, aliviaba su

suerte, sino podía evitar ya sus, males pasados. Pero acaso ignoraba que los orien-

tales habían jurado en lo hondo de su corazón un odio irreconciliable, un odio eter-

no, a toda clase de tiranía; que nada era peor para ellos que haber de humillarse de

nuevo, y que afrontarían la muerte misma antes de degradarse del título de ciudada-

nos, que habían sellado con su sangre; ignoraba sin duda el gobierno, hasta dónde

se elevaban estos sentimientos, y por desgracia fatal, no tenían en él los orientales,

un representante de sus derechos imprescriptibles; sus votos no habían podían llegar

puros hasta allí, ni era calculable una resolución que casi podría llamarse desespe-

rada: entonces el tratado se ratificó y el día 23 vino.

En esta crisis terrible y violenta, abandonadas las familias, perdidos los intereses,

acabado todo auxilio, sin recursos, entregados sólo a sí mismos, ¿qué podía esperarse

de los orientales, sino que luchando con sus infortunios, cediesen al fin al peso de ellos,

y víctimas de sus mismos sentimientos mordiesen otra vez el duro freno que con un 

impulso glorioso habían arrojado lejos de sí? Pero estaba reservado a ellos demostrar

el genio americano, renovando el suceso que se refiere de nuestros paisanos de la Paz,

y elevarse gloriosamente sobre todas las desgracias: ellos se resuelven a dejar sus

preciosas vidas antes que sobrevivir al aprobio e ignominia a que se les destinaba - y

llenos de tan recomendable idea, firmes siempre a la grandeza que los impulsó cuando

protestaron que jamás prestarían la necesaria expresión de su voluntad para sancio-

nar lo que el gobierno auxiliador había ratificado, determinan gustosos dejar los po-

cos intereses que les restan y su país, y trasladarse con sus familias a cualquier punto

donde puedan ser libres, a pesar de trabajos, miserias y toda clase de males. Tal era su

situación cuando el Exmo. Poder Ejecutivo me anunció una comisión que pocos días

después me fue manifestada, y consistió en constituirme jefe principal de estos héroes,

fijando mi residencia en el Departamento de Yapeyú; y en consecuencia se me ha

dejado el cuerpo veterano de Blandengues a mi mando, 8 piezas de artillería, con tres

oficiales escogidos y un repuesto de municiones. Verificado esto, emprendieron su marcha

los auxiliadores desde el Arroyo Grande para embarcarse en el Sauce con dirección a

Buenos Aires y poco después emprendí yo la mía hacia el punto que se me había desti-

nado. Yo no seré capaz de dar a V.S. una idea del cuadro que presenta al mundo la

Banda Oriental desde ese momento: la sangre que cubría las armas de sus bravos

hijos, recordó las grandes proezas que, continuadas por muy poco más, habrían puesto

fin a sus trabajos y sellado el principio de la felicidad más pura: llenos todos de esta

memoria, oyen solo la voz de su libertad, y unidos en masa marchan cargados de sus

tiernas familias a esperar mejor proporción para volver a sus antiguas operaciones: yo

no he perdonado medio alguno de contener el digno transporte de un entusiasmo tal;

pero la inmediación de las tropas portuguesas diseminadas por toda la campaña, que

lejos de retirarse con arreglo del tratado, se acercan y fortifican más y más; y la poca

seguridad que fían sobre la palabra del señor Elío a este respecto, les anima de nuevo,

y determinados a no permitir jamás que su suelo sea entregado impunemente a un

extranjero, destinan todos los instantes a reiterar la protesta de no dejar las armas de

la mano hasta que él no haya evacuado el país, y puedan ellos gozar una libertad por

la que vieron derramar la sangre de sus hijos recibiendo con valor su postrer aliento.

Ellos lo han resuelto, y ya veo que van a verificarlo: cada día miro con admiración sus

rasgos singulares de heroicidad y constancia: unos quemando sus casas y los muebles

que no podían conducir, otros caminando leguas a pie por falta de auxilios, o por

haber consumido sus cabalgaduras en el servicio: mujeres ancianas, viejos decrépitos,

párvulos inocentes acompañan esta marcha, manifestando todos la mayor energía y

resignación en medio de todas las privaciones.

Yo llegaré muy en breve a mi destino con este pueblo de héroes y al frente de seis

mil de ellos que obrando como soldados de la patria, sabrán conservar sus glorias 

en cualquiera parte, dando continuo triunfos a su libertad: allí esperaré nuevas ór-

denes y auxilios de vestuarios y dineros y trabajaré gustoso en propender a la reali-

zación de sus grandes votos.

Entretanto, V.S. justo apreciador del verdadero mérito, estará ya en estado de

conocer cuánto es idéntica a la de nuestros hermanos de esa provincia la resolución

de estos orientales. Yo ya he patentizado a V.S. la historia memorable de su revolu-

ción; por sus incidentes creo muy fácil conocer cuáles puedan ser los resultados; y

calculando ahora bastante fundadamente la reciprocidad de nuestros intereses, no

dudo se hallará V.S. muy convencido de que sea cual fuere la suerte de la Banda

Oriental, deberá trasmitirse hasta esa parte del Norte de nuestra América y obser-

vando la incertidumbre del mejor destino de aquélla, se convencerá igualmente de

ser éstos los momentos precisos de consolidar la mejor precaución.

La tenacidad de los Portugueses, sus miras antiguas sobre el país, los costos

enormes de la expedición que Montevideo no puede compensar, la artillería gruesa y

morteros que conducen, sus movimientos después de nuestra retirada, la dificultad

de defenderse por sí misma la plaza de Montevideo, en su presente estado, todo

anuncia que estos extranjeros tan miserables como ambiciosos, no perderán esta

ocasión de ocupar nuestro país: ambos gobiernos han llegado a temerlo así, y una

vez verificado nuestro paso más allá del Uruguay, a donde me dirijo con celeridad, y

sin que el ejército portugués haga un movimiento retrógrado, será una alarma gene-

ral que determinará pronto mis operaciones: ellas, espero, nos proporcionarán nue-

vos días de gloria y acaso cimentarán la felicidad futura de este territorio.

Yo no me detendré en reflexiones sobre las ventajas que adquirirían los portugue-

ses si una vez ocupasen la plaza y puerto de Montevideo, y la campaña oriental: V.S.

conocerá con evidencia que sus miras entonces serán extensivas a mayores empre-

sas, y que no habría sido en vano el particular deseo que ha demostrado la Corte del

Brasil, de introducir su influencia en tan interesante provincia: dueños de sus límites

por tierra, seguros de la llave del Río de la Plata, Uruguay y demás vías fluviales, y

aumentado su fuerza con exceso, no sólo debían prometerse un suceso tan triste para

nosotros como halagüeño para ellos, sobre este punto, sino que cortando absoluta-

mente las relaciones exteriores de todas las demás provincias y apoderándose de

medios de hostilizarlas -todas ellas entrarían en los cálculos de su ambición, y todas

ellas estarían demasiado expuestas a sucumbir al yugo más terrible. Después de la

claridad de estos principios y de las sabias reflexiones que sobre ellos ha escrito el

Editor del Correo Brasilense, entiendo que nada resta que decir, cuando de otra

parte la conocida penetración de V.S. llevará al cabo estos apuntamientos, teniendo

también presente que las operaciones político-militares, que impulsa el sistema ge-

neral de los Americanos demasiado expuestas a entorpecimientos fatales por las 

violentas continuas alteraciones del diferente modo de opinar, influyen bastante so-

bre conservar la intención de nuestros enemigos, de consiguiente deben conciliar

toda nuestra atención, excitar toda nuestra vigilancia y apoyarla en la mayor activi-

dad. De todos modos, V.S., puede contar en cualquier determinación con este gran

resto de hombres libres, muy seguro que marcharán gustosos a cualquier parte don-

de se enarbole el estandarte conservador de la libertad; y que en la idea terrible,

siempre encantadora para ellos, de verter toda su sangre antes que volver a gemir

bajo el yugo, ellos desean no sólo hacer con sus vidas el obsequio a sus resentimien-

tos, sino también a la consolidación de la obra que mueve los pasos de los seres que

habitan el mundo nuevo.

Yo me lisonjeo que los tendrá V.S. presentes para todo, y hará cuanto sea de su

parte porque se recoja el fruto de una resolución que, sin disputa, hace la época de la

heroicidad,

Dios guarde a V.S. muchos años.

Cuartel General en el Daymán 7 de diciembre de 1811.

José Artigas

1812.

ene. 6. Vigodet ordena el cierre del puerto de Montevideo.

en. En la primera semana Artigas cruza el río Uruguay y se une a los

orientales, que el 10 de diciembre pasado lo habían hecho por el Salto chico.

en. 16-17. Vigodet se dirige al pueblo de Montevideo y al de la Banda Oriental

explicando la situación actual y sus eventuales soluciones de futuro.27

en. 18. El Gral. inglés Arthur Wellesley (1769-1852), Lord Wellington,

reconquista ciudad Rodrigo, obligando al Gral. francés Augusto Federico

Marmont (1774-1852) a refugiarse en Salamanca.

en. 24. Oficio de Artigas a la Junta Grande, dando detalles de las penurias

que pasan los orientales.28

feb. 3. Pide auxilio al gobierno de Buenos Aires para paliar la difícil situa-

ción en que viven los patriotas.29

mar. 9. José de San Martín (1778-1850), con grado de Cnel. de los reales

ejércitos españoles, después de la batalla de Albuera (may. 15 de 1811), junto

con Carlos Ma. de Alvear, José Matías Zapiola (1780-1874), que tenía el

grado de Cap. de Fragata por sus luchas en España, y otros oficiales patrio-

tas, forman el cuerpo de Granaderos a Caballo.

mar. 18. En Buenos Aires circula la noticia de que, por las disidencias

internas entre los miembros de la Junta de Cádiz, ésta entró en el caos políti-

co.

El Gral. Félix María Calleja (1759-1828), que al año siguiente sería vi-

rrey de México (1813-16), derrota a los revolucionarios en Zitácuaro.

mar. 19. En España se jura la constitución de Cádiz. En América sólo lo

hacen Montevideo, Lima y México.30

mar. 23. Derrota de los patriotas venezolanos en Carora (en el futuro

Estado de Lara) por la fuerza naval del Cap. de Fragata Domingo Monteverde

(experimentado marino, m. en 1822) proveniente de Puerto Rico. Persiguió a

los independentistas hasta Barquisimeto, siendo detenido por el terrible tem-

blor de tierra de marzo 26 que arrasó las ciudades de Caracas, La Guaira,

Tocuyo y otras menores, dejando más de 20.000 muertos.

abr. 4. Francisco de Miranda, nombrado Generalísimo y Director abso-

luto, intenta reconstruir las fuerzas para luchar contra España.

abr. 9. Wellesley toma Badajoz y sigue victorioso hacia Salamanca

abr. 28. Artigas establece su campamento en las orillas del arroyo Ayuí

(tierras entrerrianas). Permanecerá cinco meses en el lugar, acompañado de su

pueblo y de indios misioneros entre los que estaba su cacique Andrés Guacurari

(futuro Andresito).31

may. 24. Vigodet crea el real Consulado de Comercio, grato a los

montevideanos. Será aprobado por Real Cédula el 3 de julio de 1813. (Regen-

cia peninsular).

may. 26. Firma del Tratado entre el Cnel. Juan Rademaker (representante

portugués) y Nicolás de Herrera (por Buenos Aires), por el que se resuelve el

retiro de las tropas lusitanas de la Banda Oriental.32

may. 27. El Primer Triunvirato ratifica el Tratado Rademaker-Herrera. El

Brg. Gral. de Sousa demora, con pretextos varios, su cumplimiento, y perma-

nece con sus fuerzas en la Banda Oriental.

may.-jun. San Martín y Zapiola fundan en Buenos Aires la Logia masónica

Lautaro, cuyo propósito era lograr la independencia política de la región.

Los acompañan Alvear, José Miguel Carrera, Bernardo Monteagudo (1787-

1825) y otros.

jun. 10. Artigas funda en el Ayuí su campamento permanente.

jun. Jura por parte de las Cortes Generales y Extraordinaria del Reino la

Constitución de las Españas, integrada con las provincias de Europa, África,

América y Asia.

jun. 14. El gral. Manuel de Sarratea llega hasta el campamento de Artigas

en el Ayuí y se establece con las tropas bonaerenses en Concepción del Uru-

guay (cercana al Ayuí).

El Jefe Oriental en principio le reconoce su grado y acepta la subordina-

ción en las operaciones militares futuras.

Pronto se descubre la maniobra de Sarratea de minar las fuerzas artiguistas

y ponerlas en su favor. 

jun. 30. Conspiración del comerciante español Alzaga contra el Triunvi-

rato, que fracasa, y sus cabecillas son apresados.

El Gral. Sarratea, miembro del primer Triunvirato, es nombrado Gral. en

Jefe del Ejército de Oriente y Cap. Gral. de la Banda Oriental de Paraná. Ins-

tala su cuartel en la parte occidental del Salto chico.33

jul. 4. En Buenos Aires circula la noticia de una conspiración de españo-

les.34

jul. 16. Alzaga es fusilado con los demás conspiradores.

Sarratea, a través de maniobras, trató de desorganizar las milicias de Artigas,

logrando que algunos jefes patriotas se pasaran con él. Entre otros, Ventura

Vázquez, Santiago Vázquez, Pedro Viera, Baltasar Vargas, Eusebio Valdenegro,

Rafael Hortiguera, el Pbro. Manuel Calleros, Bartolomé Hidalgo, el Pbro.

Santiago Figueredo, Joaquín Suárez y algunas familias orientales.

Se suscita un entredicho entre Artigas y Sarratea cuando éste, al disponer

de la táctica y funciones de cada ejército en la Banda Oriental, desconoce el

rango de Artigas como Comandante y subordina el llamado “Ejército de Ope-

raciones de Oriente” a su mando directo.

La reacción de Artigas no se hizo esperar y envia oficios a Buenos Aires.

Artigas renuncia al grado de Coronel de milicias patrióticas, advirtiendo

que a partir de entonces solo usará el de “Jefe de los Orientales”.

jul. 22. Resonante triunfo de Wellesley en Arapiles (munic. prov.

Salamanca), que despeja la entrada en Madrid.

jul. 25. Convencido Miranda de la inutilidad de la lucha, parlamenta con

Monteverde y firma la capitulación.

jul. 26. Bando de Vigodet al pueblo: 1. Que todas las personas de cual-

quier clase, dignidad o sexo, que reciban cartas de Buenos Aires, de las pro-

vincias sujetas a su gobierno o de su ejército y no nos las presenten en el

término de dos horas... “serán pasadas por las armas”.

jul. 30. El cap. Monteverde ocupa Caracas imponiendo duros castigos a

los patriotas. Miranda muere en una prisión de Cádiz.

ag. El Brg. Gral. de Sousa se dirige al N. retirándose de la Banda Oriental,

no sin antes arrear ganado vacuno y caballos para Rio Grande del Sur. 

ag.11. El Gral Wellesley ocupa el Palacio Real de Madrid, abandonado el

día anterior (10) por el rey José I, pero la provincia sigue en manos francesas.

El Brg. Gral. Nicolás Juan Soult (1769-1851), jefe del 2o. cuerpo del ejér-

cito francés con base en Andalucía, avanza sobre Valencia, pero sus tropas

son víctimas de la fiebre amarilla.

ag. 12. Bolívar llega a Curaçao y desde allí, con otros oficiales, organiza

el movimiento independentista en Nueva Granada.

ag. 24. Reunidos los patriotas Miguel Barreiro, Fernando Otorgués, José

Llupes y Nicolás de Acha, le proponen a Artigas que proceda a “la ruptura”

con los porteños y forme una Junta de Gobierno propia y autónoma.35

Artigas no acepta y, por disciplina, ordena el arresto de los proponentes.

ag. 27. La reacción de Artigas ante la hostilidad de Sarratea no se hizo

esperar y envía dos oficios: uno al Triunvirato y otro al Cabildo de Buenos

Aires.36

ag. Manuel Martínez de Haedo, comisionado por Artigas ante el Gobierno

de Buenos Aires.

sbre. Las tropas de Sarratea cruzan el río Uruguay.

El Gral. Rondeau, al frente de la vanguardia del ejército bonaerense, parte

al arroyo de la China y sigue hacia el río Negro, a la altura de Mercedes, en

dirección a Montevideo.

sbre. 21. Oficio de Artigas a la Junta de Paraguay dando cuenta de la

situación del pueblo oriental.37

sbre. 24. Manuel Belgrano, al frente del ejército del Alto Perú, obtiene su

victoria en Tucumán.

oct. 1o. Las milicias orientales, en un total de 200 hombres, comandadas

por José Eugenio García Culta, ponen sitio a Montevideo.38

Culta iza por primera vez el pabellón albiceleste frente a la ciudad.

oct. 8. Formación del Segundo Triunvirato, con Juan José Paso, Nicolás

Rodríguez Peña y José Antonio Alvarez Jonte (1784-1820).

Como Rodríguez Peña estaba en Mendoza fue sustituido inicialmente por

Carlos de Alvear. 

Pero como los comandantes que habían actuado en los actos que llevaron

a esta situación entendían que ninguno de ellos debía ser miembro del triun-

virato, se eligió como segundo suplente a Francisco Belgrano.

En Buenos Aires se crea el segundo Triunvirato.

oct. 10. Nuevo oficio de Artigas a la Junta de Paraguay, afirmando que su

interés ha sido siempre el de la libertad de los pueblos.39

oct. 20. Rondeau se une a los sitiadores de Montevideo.

oct. 24. Convocatoria del segundo Triunvirato y disposiciones para la

elección a la Asamblea General Constituyente.

dbre. 4. Las diferencias de Artigas con Sarratea y el gobierno porteño se

agudizan y decide establecer su Cuartel General en las costas del río Yí.

dbre.15. Bolívar, llegado a Cartagena de Indias y recibido por el presi-

dente de la Junta Manuel Rodríguez Torices (1788-1815), hace pública la

famosa “Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un

Caraqueño”.

dbre. 20. Nota de Artigas a la Junta de Paraguay sobre sus próximas ac-

ciones militares.40

dbre. 25. Artigas envía un oficio en forma terminante para poner fin a la

situación.41

dbre. 31. Triunfo en el Cerrito (Montevideo) de los patriotas mandados

por Rondeau sobre Vigodet, que trató de salir a campo abierto.

27. PROCLAMA DE VIGODET AL PUEBLO DE MONTEVIDEO

“La guerra, se nos ha hecho más bien después del tratado de pacificación que

cuando estuvimos sitiados y ellos eran dueños de toda la Banda Oriental. No necesi-

to haceros una prolija narración de las desgracias en que se han visto envueltos los

pueblos en su retirada, y muchos más en su establecimiento en el Salto, desde donde

hacen sus correrías: las familias han sido arrastradas o con engaños o a la fuerza, y

con ellas se han cometido todo género de crímenes; los pueblos y estancias han

quedado desiertos y todo el campo asolado; es seguro que casi no se hallará ejemplo

de ferocidad y barbarie que pueda compararse a la conducta de Artigas y del tropel

que le sigue: él obra de acuerdo con el gobierno de Buenos Aires, y éste en vez de

remediar los estragos de que tantas veces me he quejado, estrechándole por todos

los medios prudentes de religión, de humanidad y de justicia, quería reforzar con

nuevas tropas a Artigas, para fomentar sus delitos y para perpetuar, si le fuere posi-

ble, la rebelión de esta Banda que debió dejar absolutamente desocupada”.

“Bajo el vano pretexto de que nuestros aliados los portugueses hostilizaban al

rebelde Artigas, intentaba el gobierno de Buenos Aires que cooperase yo con las

fuerzas del rey a sus maquinaciones”.

“Injusto el gobierno revolucionario, lejos de acceder a la justicia de mis preven-

ciones, después de un largo debate con el capitán de fragata don José Primo de

Rivera, que tenía mis poderes acerca de aquél, le contestó de palabra: que el insulto

que le hacía en mi oficio de no permitir embarcar sus tropas para esta Banda, lo

contestaría con 5.000 hombres que haría pasar por la Bajada de Santa Fe. ¡Fanfa-

rronada audaz!”.

“Así os ha declarado nuevamente la guerra un gobierno que había sacado la

mejor parte hasta de sus insultos y su agresión”.

De Vigodet a los pueblos de la Banda Oriental (en.17)

“El haber sido amenazado Artigas por las tropas de nuestros aliados los portu-

gueses, que en favor vuestro querían contener sus demasías, dió motivo a su gobier-

no, con quien obra de acuerdo, intentara pasar tropas a reforzarlo y a que me pidiese

cooperara ya con las fuerzas del rey a sus delincuentes designios”.

“De acuerdo con el Excmo. señor general en jefe del ejército portugués, nuestro

aliado, se os asegurará vuestra tranquilidad y tendréis ciertamente segura vuestra

defensa”.

28. “No se pueden expresar las necesidades que todos padecen, expuestos a la

mayor inclemencia, sus miembros desnudos se dejan ver por todas partes y un pon-

cho hecho pedazos, liado a la cintura, es todo el equipaje de estos bravos orienta-

les”. “He sido testigo de las más tristes expresiones de sus privaciones”. “Qué rato 

tan cruel, señor Exmo. al ver correr las lágrimas de uno de esos héroes que observa-

ba con la mayor atención a otro compañero fumando, y reprimirlas ostentando la

mayor alegría, al sentir que me acercaba!”

29. “La suma indigencia que continuamente ha rodeado a este ejército y el extremo

a que llegué, sacando recursos de la imposibilidad misma para proveer a todo” y

manifiesta que la situación de “inexplicable pobreza que rodeaba a todos, le obliga a

ofrecerles algún socorro según sus necesidades. Tal, se presenta enteramente desnudo,

rodeado de una familia numerosa que era la imagen de la indigencia: su vista reclama-

ba lo preciso al menos para una camisa: otros, otras mil necesidades: y todos, con

todas o con alguna: mil lágrimas no eran bastantes a mudar aquellos cuadros tan

consternantes, y yo me vi precisado a contraer algunas deudas para mudarlos, alivian-

do unas necesidades que no podía permitirse al hombre por más tiempo”.

30. LA CONSTITUCIÓN DE CÁDIZ DE 1812

Los diputados de las Cortes de Cádiz, en su obra constitucional, enfrentaron al

despotismo de la monarquía, y a los privilegios de la nobleza y del clero. Fue su

intención terminar con las prerrogativas de ambos grupos, para lo cual, como fun-

damento del nuevo orden social, proclamaron la soberanía popular, reconocieron

las libertades individuales y afirmaron que el Poder Legislativo pertenecía a la Na-

ción. Era el fin del Antiguo Régimen español; y de acuerdo al pensamiento de las

tendencias racionalistas del “derecho natural” (“justanuralismo”) el gran instru-

mento de limitación de la monarquía hasta entonces “absoluta” era precisamente la

Constitución y la localización de la soberanía en la nación. De esta forma, los atri-

butos de la soberanía eran ejercidos por la comunidad nacional, y el Rey, luego de

haberse encontrado por arriba del Estado, se transformaba por ello en un órgano

más de éste, cuyas prerrogativas y tareas estaban previstas en la Constitución, a

cuya letra y correcta interpretación había que atenerse.

La Comisión especial nombrada para redactar la Constitución en diciembre de

1810, a tres meses de instaladas las Cortes, fue presidida precisamente por Muñoz

Torrero y la lectura de las primeras partes de la misma se realizó en agosto de 1811

y sus debates se prolongaron hasta el 23 de enero de 1812, plazo realmente corto si

se piensa en la oposición de los diputados adictos al Antiguo Régimen, que trataron

de dilatar la discusión.

En el discurso que antecede a la Constitución se trata de demostrar que los prin-

cipios que recoge el texto constitucional se basan en las antiguas leyes y tradiciones

españolas. Ello no puede extrañar si se piensa que, al margen de una larga legisla-

ción que recoge una particular presencia del pueblo español expresada a través de 

las Cortes, autores tuvo España que proclamaron principios políticos aun antes de

que la Escuela Clásica del Derecho Natural les diera universalidad.

Bastaría citar para avalar esta afirmación a Francisco Suárez, que en su “Trata-

do de las leyes”, publicado en 1612, realizaba afirmaciones tan rotundas como las

que se expresan a continuación:

“Por naturales, todos los hombres nacen libres, y, por tanto, ninguno tiene juris-

dicción política en otro, ni tampoco dominio”.

“La ley, para que sea justa y verdadera ley, debe ser útil al bien común y moral-

mente necesaria”.

“Cuando la potestad es dada inmediatamente por los hombres, es evidentísimo

que no es para utilidad del príncipe, sino por el bien común de aquellos que la

dieron; y por eso los reyes son llamados ministros de la república”.

“La comunidad está por encima de cualquier persona de ella”.

“Esta potestad de dar leyes, por sola naturaleza no está en ningún hombre singu-

lar, sino en la reunión de los hombres”.

“Esta potestad es dada a la comunidad de los hombres por el Autor de la natura-

leza, mas no sin la intervención de las voluntades y consentimientos de los hombres,

por los cuales ha sido reunida y congregada tal comunidad”.

“La potestad civil, cuando se halla en un hombre o príncipe por derecho ordina-

rio y legítimo, procedió de la comunidad, próxima o remotamente”(*).

Parece imposible sostener seriamente, luego de estas citas, que España no tiene

nada que ver con el liberalismo de la Constitución de Cádiz, y que el mismo es sólo

influencia de la ilustración francesa del siglo XVIII.

Aprobada la Constitución, la Regencia, por decreto del 8 de marzo de 1812, dis-

puso que fuera firmada por los diputados, impresa y publicada, disponiendo esta

fórmula de promulgación:

“Don Fernando VII, por la Gracia de Dios y la Constitución de la Monarquía

Española, y en su ausencia y cautividad, la Regencia del Reino, nombrada por las

Cortes generales y extraordinarias, a todos los que las presentes vieren y entendieren,

sabed: que las mismas Cortes han decretado y sancionado la siguiente Constitución

política de la Monarquía Española”.

Se dispuso asimismo que fuese jurada, “con aparato sencillo pero majestuoso”,

el 19 de marzo, aniversario de la subida al trono de Fernando VII, cosa que así se

hizo en España en todos los lugares en que lo permitió la guerra, y en América,

solamente en México, Perú y Montevideo.

Por el título I, que trata “de la Nación española y de los españoles” y coincidien-

do con las resoluciones del 24 de setiembre, se establece que la Nación es la “re-

unión de todos los españoles de ambos hemisferios”, “no es patrimonio de ninguna 

familia ni persona” y que en ella “reside la soberanía”, perteneciéndole exclusiva-

mente “el derecho exclusivo de establecer sus leyes fundamentales”. Se dispone ade-

más que la Nación está obligada a proteger los derechos individuales.

En lo que a religión se refiere, ya vimos que se estableció que “La religión de la

nación española es y será perpetuamente católica, apostólica y romana, única ver-

dadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohibe el ejercicio de

cualquier otra”. La protección por las leyes se entendía que era una forma de impe-

dir la restauración de la Inquisición.

Los diputados liberales que aprobaron estas disposiciones en el orden religioso,

no consideraron incompatible una religión oficial con los postulados del liberalis-

mo, siempre que se asegurara la libertad de imprenta, la abolición de la Inquisición,

de la pena de muerte y del tormento. No hay que olvidar además que las mismas

Cortes disolvieron la Compañía de Jesús y prohibieron nuevas órdenes religiosas,

ordenaron el cierre de los conventos donde hubiera menos de doce religiosos y dis-

pusieron la venta de los bienes de las comunidades religiosas extinguidas o reforma-

das por orden de los invasores. Todo lo cual tampoco fue inconveniente para que

esos diputados, el 27 de junio de 1812, sin deliberación de ninguna especie, declara-

ran Patrona de las Españas, después del Apóstol Santiago, de secular prestigio tra-

dicional, a Santa Teresa de Jesús.

No obstante el acogimiento de la religión católica como oficial, la casi totalidad

de la jerarquía eclesiástica estimó a la Constitución de 1812 casi como un ataque

directo a ella, lo que, por muchos motivos, era cierto, si se piensa en los privilegios

de los cuales participaba.

En lo que a instituciones políticas se refiere, se estableció como régimen de gobier-

no, la monarquía moderada, hereditaria, con la división de poderes: el legislativo, “en

las Cortes conjuntamente con el Rey”, el ejecutivo en el Rey y el judicial en los Tribu-

nales”, “sin que el Rey ni las Cortes estén en ningún caso facultados para ejercer la

autoridad judicial, prejuzgar causas pendientes u ordenar la revisión de sentencias

firmes”. El Rey no estaba facultado para disolver las Cortes ni suspender sus sesiones,

ni podían las Cortes deliberar en presencia de aquél. El Rey no podía abandonar el

territorio nacional sin autorización expresa de las Cortes, las que debían fijar la renta

anual de la Monarquía. El absolutismo podía considerarse terminado.

Se consideraba ciudadanos españoles quienes por línea materna y paterna traen

en su origen de los dominios españoles de ambos hemisferios y se encuentran

avecindados en cualquier pueblo de los mismos. Las Cortes se integraban por un

diputado por cada 70.000 ciudadanos. Para ser elegido diputado se aplicaba un

sistema “censitario”, ya que se exigía una “adecuada” renta anual “procedente de

real propiedad personal”, todo lo cual ubica, no obstante, en la condición de la 

Constitución más liberal que rigió en España en el siglo XIX. Para las Cortes se

prefirió el sistema unicameral, prescindiéndose de “brazos” y “estamentos”, que

había sido la forma tradicional.

El Monarca tenía el poder ejecutivo en forma exclusiva y era declarada su perso-

na no sujeta a responsabilidad. Pero, sin perjuicio de las limitaciones que surgen del

mero hecho de estar sometido a los mecanismos de una Constitución y haberse trans-

formado en un órgano de la misma, existían limitaciones expresas, que sin duda no

se compaginaban lógicamente con la declaración de irresponsabilidad del Rey; esas

limitaciones, en número de doce, establecen para el Rey, entre otras, las siguientes

prohibiciones: impedir la celebración de Cortes, ausentarse del reino sin su consen-

timiento, transferir la autoridad real, enajenar parte alguna del territorio nacional o

de los bienes nacionales, aprobar tratados sin el consentimiento de las Cortes, impo-

ner contribuciones, crear privilegios, privar a nadie de su libertad o propiedad, ni

contraer matrimonio, sin consentimiento de las Cortes. Estas se reservaban el dere-

cho de excluir de la sucesión al trono de personas “incapaces” o “indignas” y el de

realizar nuevos llamamientos a la Corona, una vez agotada la línea dinástica previs-

ta en la Constitución.

Al margen de las observaciones pasibles de ser hechas a un texto siempre perfec-

tible, la Constitución de Cádiz del año 1812 estuvo muy lejos de ser una copia de la

Constitución francesa de 1791. En cambio fue un texto que recogió el pensamiento

constitucionalista europeo de la época. Responde a la idea de una Constitución debi-

da a un acto de soberanía nacional que se le ha impuesto al poder real, el que debía

necesariamente aceptarla y jurarla. Conserva, como afirmación contradictoria con

el resto de sus textos, la irresponsabilidad del Rey. En la Constitución francesa de

1791, no se afirmaba que el Rey fuera irresponsable, sino que era “inviolable y

sagrado” (art. 1o. del capítulo 2o.), aunque declaraba irresponsable al Regente;

pero la Convención entendió que Luis XVI era responsable por sus actos de traición

a la patria. Es evidente que si algo caracterizó al Absolutismo fue la imposibilidad

de llamar a responsabilidad a los Monarcas ante los órganos legislativos o jurisdic-

cionales. Haber suprimido el Absolutismo por la vía de muchas disposiciones y man-

tener la irresponsabilidad del Rey, constituye una contradicción sólo explicable como

transacción ante viejas tradiciones del sistema anterior.

Por haber sido promulgada el día de la fiesta de San José fue llamada por el

pueblo “la Pepa”, de donde se extendió la expresión popular “Viva la Pepa” usada

por los primeros movimientos constitucionalistas españoles.

No obstante las referencias a la religión católica, la Constitución representaba un

triunfo indiscutible del liberalismo español, en colaboración con elementos más mo-

derados. En parte ello puede atribuirse al origen de los diputados: estando las pro-

vincias castellanas, más adictas al Antiguo Régimen, ocupadas por los ejércitos fran-

ceses, no enviaron representantes, por lo que la mayoría de las Cortes se integró con

los nombrados por las provincias marítimas, de orientación más democrática: Cata-

luña, Cádiz y Galicia.

La reacción de la jerarquía católica derivó en una escisión que muy pronto se

trasladó “de las Cortes al país” con enorme daño del proceso histórico español. La

Iglesia, que había sido una pieza fundamental en el movimiento de liberación nacio-

nal y en el proceso institucional que culminó con la convocación de las Cortes, se

puso del lado de los elementos reaccionarios, enfrentando a las Cortes. Estas toma-

ron medidas rápidas: desterraron al Obispo de Santiago y al de Santander, pusieron

en un convento al de Oviedo e iniciaron acción judicial contra los de Lérida, Tortoa,

Barcelona, Pamplona y Seo de Urgel, expulsando además al Nuncio Apostólico. Al

regresar Fernado VII al trono, la Iglesia se unió a él en lamentable alianza, que

afectó profundamente la historia de la España contemporánea.

América en las instituciones españolas del movimiento independentista.

España advirtió desde el primer momento que su destino nacional en la lucha

contra Napoleón, estaba fuertemente unido al comportamiento de América. Pero le

faltó grandeza y generosidad en el trato a dar a las colonias en forma tal que cuando

el monarca recuperó su trono en 1814, los americanos ya estaban luchando por su

independencia, con el apoyo de Inglaterra.

Las propias Juntas provinciales reclamaron, apenas instaladas, el reconocimien-

to de las Indias, como lo hizo la Junta provincial de Sevilla. La Junta Central, insta-

lada originariamente en Aranjuez y luego trasladada a Sevilla y Cádiz, dictó el 22 de

enero de 1809 el decreto al cual ya nos hemos referido, por el que se retificaba el

viejo principio de que América no era una colonia sino una parte de la Monarquía

española, cosa que había sostenido siempre la Corona. Por aplicación de este prin-

cipio se había dispuesto que cada Virreinato y Capitanía General nombrara su dele-

gado con intervención de los Ayuntamientos. Pero, tal como estaba previsto en esta

convocación, los americanos estaban en situación de inferioridad en la Junta, res-

pecto de los diputados españoles. No obstante esta apertura, sin duda aconsejada

por Inglaterra, las protestas de los americanos se dejaron sentir de inmediato. Fuera

por discrepancias con la importancia de la representación, como por dificultades en

los nombramientos, lo cierto es que América no se vio representada en los órganos

peninsulares del movimiento independentistas en los años 1808 y 1809.

Al instalarse el Consejo de Regencia, dirige de inmediato un manifiesto a los

americanos, que constituye una verdadera “confesión de culpa”, al decir de la Pro-

fesora Ranieri de Pivel, en el que explica las razones de la disolución de la Junta

Central y los motivos de su propio instalamiento y allí se afirma: 

“Desde este momento, españoles americanos, os veis elevados a la condición de

hombres libres; no sois ya los mismos que antes, encorvados bajo un yugo mucho

más duro mientras más distante están del centro del poder”.(*)

En las Cortes instaladas el 24 de setiembre de 1810 hubo por primera vez repre-

sentación americana, y aunque era inferior a la peninsular y no conformó a Améri-

ca, se creó sin embargo un pequeño partido que tuvo destacada actuación en el

organismo.

Ese grupo de representantes de América reclamó, por un lado, libertad de comer-

cio, lo que no se obtuvo porque ello suponía un cambio sustancial en el tradicional

tratamiento de España a América en lo que al comercio se refiere. El momento no

era precisamente oportuno para estudiar cambios de fondo en la reglamentación

comercial, aunque en ello estuviera interesada, como tenía que estarlo, lógicamente,

Inglaterra, aliada en estos momentos a España, en cuyo territorio tenía localizados

importantes ejércitos.

Reclamó asimismo el grupo americano igualdad de representación política, lo

que no fue concedido por las Cortes, trasladándose el problema a la Constitución en

estudio, en la cual sí se logró una representación adecuada; pero para ese entonces,

América ya estaba pensando en un destino independiente de la Península. España lo

había comprendido demasiado tarde.

América quiso que la igualdad en las bases de la convocatoria se aplicara para

las propias Cortes de Cádiz. Estas, a pocos días de instalarse, el 15 de octubre de

1810, aprobaron un decreto fundamental por el cual se aceptaba la igualdad de

representación para ambos hemisferios en el futuro y además la igualdad de trata-

miento entre indios y españoles:

“Las Cortes Generales y extraordinarias confirman y sancionan el inconcurso

concepto de que los dominios españoles en ambos hemisferios forman una sola y

misma monarquía, una misma y sola nación y una sola familia, y que por lo mismo

los naturales que sean originarios de dichos dominios europeos o ultramarinos son

iguales en derecho a los de esta península, quedando a cargo de las Cortes tratar

con oportunidad y con particular interés de todo cuanto pueda contribuir a la felici-

dad de los de ultramar, como también sobre el número y forma que deba tener para

lo sucesivo la representación nacional en ambos hemisferios”.(*)

La efectividad de la igualdad en la representación política se trasladaba pues

“para lo sucesivo”, con lo que nada se lograba concretar al respecto, aunque era

enormemente valioso el reconocimiento de la igualdad entre blancos e indios, por-

que ello constituía un hecho definitivo; claro que sin proyección política concreta.

El 9 de febrero de 1811 las Cortes fijaron posición sobre estos temas, disponiendo

en esa oportunidad:

1o. - Que en las futuras Cortes, España y América tendrían igual representación,

lo que debería fijarse en el proyecto de Constitución que se encontraba a estudio.

2o. - Que los americanos, tanto blancos como indios, y los hijos de ellos, tienen

iguales derechos que los españoles europeos a los efectos de ocupar cargos y acep-

tar destinos en el orden político, eclesiástico y militar.

3o. - Que América tendría libertad de cultivos, industrias y artes. Aquel grupo de

americanos, algunos de los cuales integraban las Cortes por lo que la Junta Central

llamó la “representación supletoria”, consistente en que a falta de representación

llegada de América integrarían las Cortes naturales de sus provincias que se encon-

traran en España, había enfrentado a una mayoría que temió una presencia excesi-

vamente numerosa de América en aquel órgano deliberante. Este temor dilató las

soluciones, seguía dándose prioridad a los españoles de la península, en momentos

en que América no sólo no reclamaba su independencia, sino que realizaba impor-

tantes esfuerzos para ayudar a España, llegando a rechazar los enviados de Napoleón

como lo hizo Montevideo con Sassenay.

La incomprensión de las Cortes, sin embargo, no era un hecho nuevo ni aislado

sino que venía a sumarse a una larga tradición de exclusivismo español. La rápida

difusión de la idea de independencia no era respuesta exclusiva a la actitud de los

diputados españoles de 1811; sino que esta actitud era la culminación de un proceso

respecto del cual una curiosa aliada, Inglaterra, se interesaba para que el mismo se

hiciese definitivo, y mientras ayudaba a España en la península a lograr la restaura-

ción de Fernando VII, promovía en las Indias la conquista de la independencia.

(*) Ranieri de Pivel, op. cit. pág. 59 y 60.

En: Williman-Panizza, o.c.

31. LA JUNTA DE BUENOS AIRES AL GRAL. PORTUGUÉS SOUSA POR

SU ENTRADA EN LA BANDA ORIENTAL

“Parece que el ejército de V.E. aunque entró con el título de pacificador, toma el

carácter de conquistador bajo las insinuaciones de los jefes de Montevideo y con el

pretexto de asegurar los derechos eventuales de la Serenísima Señora Infanta de Espa-

ña Doña Carlota; todos los partes y avisos anuncian que V.E. avanza a nuestro territo-

rio, trata como enemigos a nuestros compatriotas, hostiliza nuestras partidas y se diri-

ge a batirse con nuestras divisiones. La guerra, Excmo. Señor, puede ser funesta a

ambos países, y aún estamos en tiempo de evitarla. Este Gobierno solicita de V.E. no

otra cosa que la desocupación de sus posesiones españolas, y nadie puede desconocer

la justicia de esta pretensión. Entonces se restablecerá el sosiego de esos habitantes, y

la Señora Infanta asegurará mejor sus derechos. Pero si V.E. desatendiendo estas con-

sideraciones, da un solo paso de agresión, todo está dispuesto para resistirlo”. 

32. Nicolás Herrera (1774-1833) de intensa actividad política y diplomática fue

representante del Cabildo montevideano ante la corte española donde obtuvo para

la ciudad el noble título de “Muy Fiel y Reconquistadora” por la actuación de su

Ejército Auxiliar durante las primeras Invasiones Inglesas a Buenos Aires.

Cuando la invasión napoleónica a España (1808) como diputado en el Congreso

de Bayona firmó la Constitución de Bonaparte.

En el Río de la Plata tuvo una permanente actuación política como Ministro

(1811-1815) de los gobiernos de Buenos Aires.

Cuando cayó el director Alvear se radicó con él en Río de Janeiro y rápidamente

se vinculó con la Corte Imperial hasta llegar a ser uno de los propulsores de la

formación de la futura Prov. Cisplatina.

Estuvo de parte de los brasileños en 1822 y ajeno a la Cruzada Libertadora de

1825 se radicó en Brasil y estuvo al servicio de la Corte.

Pero en 1831 de regreso al Uruguay obtuvo una banca de Senador (1831) con el

gobierno de Rivera.

EN EL PRINCIPIO ERA EL TRATADO

26 mayo 1812: Se firma un tratado en Bs.As. entre Portugal y el gobierno de las

Provincias Unidas del Río de la Plata, que hasta el golpe del 8 octubre posterior,

estaba en manos del primer triunvirato (Manuel de Sarratea, Juan José Paso,

Feliciano A. Chiclana).

Ordenado e instrumentado el acuerdo desde Río por el ministro británico -Lord

Strangford- sus 3 artículos destraban el tránsito -en el estuario del Plata- del comer-

cio exterior regional, promovido por el imperio cuya capital era Londres. La docu-

mentación más completa del hecho, está editada en Montevideo, en el tomo VIII del

ARCHIVO ARTIGAS, en 1967. He acá el poco difundido texto de la importante tran-

sacción, el primer reconocimiento europeo de una forma política rioplatense, que

comprendía nuestra Banda Oriental.

Actualizamos la grafia de época.

Armisticio celebrado en veinte y seis de Mayo entre el Exmo. Superior Gobierno

Provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y el Teniente Coronel Dn.

Juan Rademaker enviado al efecto por S.A.R. el Príncipe Regente de Portugal.

Habiendo oído el Exmo. Gobno. de estas Provincias cuanto tenía que proponerle

el Enviado de S.A.R. el Príncipe Regente de Portugal, después de examinados sus

Credenciales, y poderes necesarios para negociar, y habida la suficiente discusión,

concluyó S.E. con el dicho Plenipotenciario el siguiente Tratado.

Artículo 1o. Cesarán inmediatamente las hostilidades entre las Tropas de S.A.R.

el Príncipe Regente de Portugal y de los cuerpos armados de la dependencia del

Exmo. Gobno. Provisional de estas Provincias; y al efecto se mandará con toda 

diligencia posible el correspondiente aviso de este ajuste, y convención a los Exmos.

Grales. en Jefes de los respectivos Ejércitos.

2o. Se observará un Armisticio ilimitado entre los dos Ejércitos y en el caso que

por algunas circunstancias infelices (que no pueden preverse, y que no permita Dios

que sobrevengan) fuese necesario recurrir a las armas, quedan obligados recíproca-

mente, y en fuerza de este armisticio los Exmos. Gral. de los Ejércitos opuestos en

pasarse los respectivos avisos de la rotura de esta convención tres meses antes de

poder romperse de nuevo las hostilidades, esperando muy sinceramente que esta

cláusula de pura cautela en ningún tiempo será necesaria.

3o. Luego de los Exmos. Grales. de los Ejércitos hayan recibido la noticia de esta

convención, darán las órdenes necesarios así para evitar toda acción de guerra, como

para retirar las Tropas de sus mandos a la mayor brevedad posible dentro de los límites

del territorio de los dos Estados respectivos: entendiéndose estos límites aquellos mis-

mos que se reconocían como tales antes de empezar sus marchas el Ejército portugués

hacia el Territorio Español. Y en fe de que quedan inviolables ambos Territorios en

cuanto subsista esta convención, y de que será exactamente cumplido cuanto en ella se

estipula, firmamos este documento para la debida constancia en Buenos Aires a veinte

y seis de Mayo de mil ochocientos doce. De orden de S.E. el Superior Gobno. de las

Provincias Unidas del Río de la Plata, como su Secretario de Guerra y Hacienda e

interino de Gobno. y relaciones exteriores. —Nicolás de Herrera.— Jn. Rademaker.

Es copia. Herrera

Este es el texto de la copia conservada en el Archivo Itamaraty, en Petrópolis (Río

de Janeiro).

¿Qué traba tenía el tránsito comercial de la mayor corriente externa en esos

meses? Las hostilidades entre Bs. As. y lusitanos, habían aumentado en el estuario.

La mediación desde Río era un disfraz del hábil crecimiento del desarrollo británico.

El envío urgente del firmante por Portugal, Cnel. Juan Rademaker, es transmitido

al canciller luso, conde de Linhares, desconociendo Gran Bretaña exprofeso a la

princesa Carlota Joaquina, titular nominal del poder portugués. El militar, devoto

del lord -todo un iniciador...- firma el armisticio que supuso el tratado, y se va de Bs.

Aires, velozmente. Ya se había preparado y definido TODO en Montevideo, en la

casa del ministro interino de las Provincias Unidas, Dr. Nicolás Herrera Ximénez,

sita en la hoy esquina de Rincón e Ituzaingó, sobre la plaza Matriz. Así funcionaba

un imperio europeo.

Ese reconocimiento de mayo 1812 se consideró un hito en los años de la década:

era un primer eslabón y persistía un segundo, futuro. Esta alternativa se entrevió en

1817 para aniquilar el federalismo liderado por Artigas.

En: Julio C. Cotelo, Antiartiguistas importantes en el siglo XIX. 

33. Manuel de Sarratea (1774-1849). Gral. en Jefe del ejército argentino en la

Banda Oriental.

En 1814-15 fue agente diplomático en Londres y luego en Madrid. En 1820 fue

Gobernador de Buenos Aires.

El Triunvirato y la población de Buenos Aires debieron comprender entonces que

aquella era la primera vez que un pueblo, un pueblo auténtico de carne y hueso, -no

el invocado en las enfáticas proclamas oficiales- se había puesto de pie, para salvar

el verdadero sentido revolucionario de las jornadas de mayo de 1810.

Semejante debió ser la preocupación de los dirigentes bonaerenses al comprobar

la fuerte atracción que ejercía Artigas entre las poblaciones mestizas e indígenas de

Entre-Ríos y Misiones. Más aún la consideración y respeto con que le trataba la

Junta del Paraguay, hasta entonces a media correpondencia con el gobierno de Bue-

nos Aires. La posible concertación de un plan de operaciones, tal como Artigas lo

había propuesto semanas antes a la Junta de Asunción, aunque aprobada en princi-

pio por el Triunvirato porteño, no dejaría por ello de inquietar a éste en sus propósi-

tos centralistas. Todas estas cavilaciones debieron dictarle la elección de Sarratea

para Jefe de las fuerzas expedicionarias de la Banda Oriental; su conducta posterior

acreditará estos y aquellos propósitos.

Sarratea llegó al campamento de Ayuí a mediados de junio de 1812; Artigas lo

recibió cordialmente, reconociendo de inmediato, una vez más, su subordinación

militar al nuevo jefe que se le enviaba desde Buenos Aires. Las tropas orientales

recelaron al principio de esta subordinación que no tenía para ellas razón alguna;

pero callaron sus sospechas al ver que Artigas se mantenía a su frente.

Comienza entonces una oculta guerra de zapa por parte de Sarratea, que acampa

luego con las tropas bonaerenses en Concepción del Uruguay, a corta distancia del

Ayuí; su objeto era desarticular poco a poco a las fuerzas orientales dispersándolas

entre las suyas, a fin de ir quebrando la autoridad de Artigas sobre sus jefes y sus

tropas. Los incidentes, en apariencia triviales, se suceden de continuo, semana tras

semana; al fin Artigas, cansado de soportar agravios para sí y para sus hombres,

decide devolver al gobierno de Buenos Aires el grado de coronel que le había sido

discernido a raíz de la victoria de las Piedras. De este modo sacude la ya insoporta-

ble dependencia militar que le ligaba a los jefes porteños, pero conserva su título

más preciado de Jefe del pueblo oriental en armas, que sus compatriotas le habían

reconocido meses atrás en las márgenes del río San José.

Aquello era el principio de la ruptura final con los dirigentes bonaerenses, empe-

ñados desde entonces y para siempre en disminuir la significación de Artigas en la

revolución rioplatense. Cambiarán las instituciones y los hombres; caerá el primer

Triunvirato a fines de 1812, y lo sucederá un segundo Triunvirato; a éste sucederá

un Directorio, y varios Directorios, pero la política bonaerense seguirá siendo la

misma: quebrar el prestigio de Artigas haciéndole aparecer como un sujeto anárqui-

co que a nada ni a nadie se sometía.

Combatir a los portugueses que las hostigaron de cerca durante todo el Exodo.

Mal podía Vigodet reclamar de los patriotas el cumplimiento del armisticio de octu-

bre de 1811 cuando con su tácito consentimiento las tropas portuguesas permane-

cían aún en la campaña oriental, de la que se habían enseñoreado pese a lo acorda-

do de que debían retirarse de inmediato. Pero la corte portuguesa de Río de Janeiro

no tenía la menor intención de ordenarlo, y el general de Souza permanecía con sus

fuerzas en nuestro territorio. Por su parte, el gobierno bonaerense, más aliviada en

parte la situación de apremio militar que lo llevó a suscribir aquel armisticio, busca-

ba ocasión de reanudar las hostilidades en la Banda Oriental.

Entonces se hace presente, una vez más, la diplomacia británica, para contraba-

lancear las fuerzas en pugna.

Dispuesto a no dejar que creciera la ambición lusitana por adueñarse de estas

tierras, el ministro inglés en Río de Janeiro forzó la firma de un tratado entre el

Triunvirato de Buenos Aires y la corte portuguesa de aquella ciudad. Por dicho

tratado se disponía el retiro de la intervención armada del general de Souza, quien

debía evacuar a la mayor brevedad la Banda Oriental. El empecinado militar fué

dándole largas al asunto, tratando de ganar tiempo mientras convencía a su sobera-

no, el Príncipe Regente Dn. Juan, que convenía a sus intereses permanecer en estas

tierras. Tras alguna vacilaciones de éste,—que bien comprendía las razones de su

subordinado,— recibió al fin la orden terminante de retirarse de inmediato; lo hizo a

contra gana, convencido de que en aquella orden la diplomacia británica había vol-

cado toda la imperiosa voluntad de su firme política.

Entretanto el Triunvirato bonaerense, fortalecido en su posición con el nuevo

tratado, se aprestaba a reanudar la lucha en la Banda Oriental. A tal fin organizó un

nuevo ejército expedicionario que, en abril de 1812, puso bajo el mando de Dn.

Manuel de Sarratea con el encargo —al menos aparente— de entenderse con Artigas

para abrir la nueva campaña militar en nuestro territorio.

La designación de Sarratea no fué una medida que el gobierno de Buenos Aires

adoptara sin fundados motivos. Seguía así las mismas directivas de los anteriores

gobiernos bonaerenses, desde los comienzos de la Revolución de 1810: no poner al

frente de los ejércitos expedicionarios a militares de profesión, sino a civiles que

fueran sus agentes políticos (Castelli, Belgrano, Sarratea), a cuyas órdenes actuaban

los militares de carrera (Ocampo, Rondeau).

En este caso, el nombramiento de un miembro del Triunvirato —hábil y astuto

diplomático como era Sarratea— para jefe de las fuerzas de operaciones en la Ban- 

da Oriental, tenía un designio claramente político; y no era otro que frenar el cre-

ciente prestigio de Artigas entre el pueblo oriental, y su prestigio entre los pueblos

del alto Paraná y Uruguay.

En: Castellanos, Artigas.

34. UNA CONJURACIÓN REALISTA EN BUENOS AIRES

El 4 de julio de 1812, se publicó una proclama suscrita por Chiclana, Pueyrredón

y Rivadavia, con motivo de la conjuración de algunos españoles en Buenos Aires,

para sorprender los cuarteles. Tres de los conjurados fueron ejecutados y los demás

culpables quedaron destinados a sufrir la misma pena. Un bando del 18 del mismo

mes, ordena a los españoles europeos la entrega en el término de dos días de todas

las armas de chispa y blancas largas, bajo pena de horca que habría de ejecutarse

dentro de las 48 horas de la aprehensión. Y una proclama de igual fecha, prohibe la

compra de armas y prendas de uniforme, bajo pena de muerte, dentro de las 24 horas

de la aprehensión tratándose de españoles europeos y de otras penas tratándose de

patricios.

En: Zinny, Bibliografía histórica

35 Miguel Barreiro (1789-1848) patriota que desde el comienzo de la revolución

oriental apoyó la causa. Secretario de Artigas y su colaborador político estuvo en el

Congreso de Tres Cruces (y se le adjudica la redacción de la Oración Inaugural).

Fue delegado en el gobierno patrio (1815-17), luchó contra los portugueses, fue

hecho prisionero en 1818.

Integró la Asamblea General Constituyente y Legislativa (1828) y fue Senador

durante la primera legislatura, Ministro de Hacienda y Relaciones Exteriores del

Gobierno de la Defensa.

Fernando Otorgués (1774?-1831) patriota que participó en Las Piedras con el

Regimiento Dragones de la Libertad.

Al servicio de Artigas estuvo en la campaña del litoral de la Argentina (1814) con

grado de Tte. Cnel. Al rendirse Montevideo por los españoles representó al Jefe de

los Orientales en el pedido al Gral. Alvear para que entregase la ciudad a los patrio-

tas. Después de Guayabo (enero 1815) que puso fin a la dominación porteña, Artigas

lo nombró Gobernador Político-Militar de Montevideo (marzo-junio-1815).

Con la invasión portuguesa fue destacado en la frontera N. participando de mu-

chos combates hasta caer prisionero en 1819.

Llevado a Río de Janeiro estuvo en la Isla das Cobras con Lavalleja, Manuel

Francisco Artigas, Leonardo Olivera y Andresito. Liberado en 1821 regresó a la

patria y desde entonces se pierden sus pasos.

José Llupes (1782-1842) estuvo desde la primera hora de la revolución oriental

al frente de un grupo de voluntarios en Las Piedras. Con grado de Cap. de caballería

participó del Sitio de Montevideo de 1811 y siguió a Artigas en el Éxodo.

Entró en Montevideo en 1815 como Jefe de la vanguardia de Otoogués (feb.27)

custodiando la plaza.

Con Rivera combatió contra los portugueses y luego se unió a las tropas de

Lavalleja cuando la Cruzada Libertadora, estando en la batalla de Sarandí.

En 1832 fue nombrado por Rivera Comandante Militar de Canelones.

36. En el texto de dichos oficios se define con precisión y claridad el carácter

soberano y autónomo del pueblo oriental y de su ejército y la condición de “auxi-

liar” del ejército bonaerense. Dicen los jefes orientales: “El pueblo oriental es éste.

El reunido y armado conserva sus derechos y sólo pidió un auxilio para disfrutarlos

en sus hogares de una manera bastante a su mejor estabilidad”.

La única culpa de los orientales había sido oponerse al “orden de las marchas”

dispuesto por Sarratea, porque “creíamos de necesidad marchar y mantenernos re-

unidos”, muchos más viendo que en el “anhelo por separarnos llegaba hasta el

término de no admitir nuestro sacrificio en la campaña presente, si no accedíamos a

ello”. Esta exclusión era irritante e injusta, prescindiendo de si no contrariaba “las

condiciones que deben tenerse en el sistema de confederación” y también de la du-

dosa legitimidad de una autoridad dependiente del “Gobierno Superior de las Pro-

vincias Unidas”, porque este rango había sido otorgado “debido a la política” y “

por la necesidad de girar con más acierto el resorte de las relaciones extranjeras”;

pero no autorizaba desconocer los derechos de los pueblos, ni mucho menos a susti-

tuir por los “auxiliadores” la liberación de la propia tierra, tarea que, primordial-

mente, incumbía a los propios auxiliados. Y concluían, planteando tajantemente el

nudo de la cuestión: “si el pueblo de Buenos Aires quiere destruir por sí la tiranía en

los pueblos de América y constituirlos a su modo, o si presenta un auxilio a los

pueblos, con el que reclaman su libertad y puede constituirse”.

En : W. Reyes Abadie - Artigas, El Federalismo en el Río de la Plata.

37. OFICIO DE ARTIGAS A LA JUNTA DEL PARAGUAY (sbre. 21,1812)

“El pueblo oriental que abandonando sus hogares, cargado de sus familias y

seguido de la miseria, se constituyó por el resultado de la campaña pasada bajo una

forma militar para conservar una libertad que rubricó la sangre de sus ciudadanos

delante de Montevideo, pudo creer alguna vez verse despojado de los laureles que le

ceñían”... “Los orientales pudieron esperar ser derrotados por sus enemigos y dejar

sólo en sus cadáveres la señal de su odio eterno a las cadenas que habían roto; pero

nunca pudieron figurarse hallar su desgracia en el seno mismo de sus hermanos, no 

pudiendo estar jamás a sus alcances que el auxilio con que volvía a socorrerlos

Buenos Aires para lograr la gran consolidación, presentase a su vista la alternativa

execrable de un desprecio el más ultrajante, o de una esclavitud muy nueva, muy

singular y mucho más odiosa que la primera”.

“Yo no pude abstenerme de aquel reconocimiento; pero puesto a la cabeza de mis

conciudadanos por la expresión suprema de su voluntad general, creí un deber mío

trasmitirles la orden sin usar la arbitrariedad inicua de exigirles su obedecimiento:

ellos nada hallaron qué increparme, viendo mi delicadeza y conociendo que allí

nada había que impidiese continuase yo a su frente, se abstuvieron de interpretacio-

nes y aguardaron los lances. Seguidamente, sin ser por mi conducto, se les previno

por dicho excelentísimo general en jefe a algunas de estas divisiones, se preparasen

para marchar a diferentes puntos y con diferentes objetos.

Ellos hicieron ver entonces que no obedecían otras órdenes que las mías, y pro-

testaron no marcharían jamás no marchando yo a su cabeza. Se hicieron varias

tentativas para eludir el efecto de esta expresión: lo consiguieron con dos coman-

dantes de división, algunos oficiales y muy corto número de soldados, y viendo cuán-

to eran infructuosas con el resto sus proposiciones, se llevaron el cuerpo de blanden-

gues de mi mando y marcharon ya al sitio de Montevideo, no admitiendo los brazos

de los orientales para llevar la libertad a sus mismos hogares.

“Es muy particular se desprecien así los esfuerzos de más de cuatro mil hombres,

cubiertos del mérito mayor, sólo porque no quieren adoptar el orden de las marchas

que se les prescribe”... “Si el pueblo de Buenos Aires cubierto de las glorias de

haber plantado la libertad, conoció en su objeto la necesidad de trasmitirla a los

pueblos hermanos por el interés mismo de conservarla en sí, su mérito puede hacer

su distinción, pero nunca extensiva más que a revestir el carácter de auxiliadoras las

tropas que destine a arrancar las cadenas de sus convecinos. Los orientales lo creye-

ron así mucho más que, abandonados en la campaña pasada y en el goce de sus

derechos primitivos, se conservaron por sí, no existiendo hasta ahora un pacto ex-

preso que deposite en otro pueblo de la confederación la administración de su sobe-

ranía. Con todo, ellos se miran proscriptos por los mismos que esperaron con los

brazos abiertos para disputar en sus hogares la libertad que supieron sostener fuera

de ellos”.

“Atacados en sus fundamentos los principios del sistema proclamado, se desva-

necen sus dulzuras, y el derecho abominable de conquista es el que se presenta por

fruto de nuestros trabajos y por premio de unos servicios que reclaman el reconoci-

miento de toda América libre. ¿En qué puede garantir el pueblo de Buenos Aires un

comportamiento tal? El pueblo oriental es este: si los auxilios de su generosidad e

interés son prodigados en su obsequio, ¿cómo marchar llevando la libertad a sus 

hogares, sin permitirles la gloria de contribuir a ella hallándose todos con las armas

en la mano para llenar su objeto? El alto carácter del Excmo. Señor don M. de

Sarratea debía completar sus deseos para la representación que pudieran anhelar en

este paso, sin dejar de respetar la voluntad de estos hombres que limitaban sus an-

sias a sólo marchar unidos conmigo a la cabeza.

“Nosotros hemos vuelto a quedar solos, pobres hasta el exceso... la hambre, la

desnudez, todos los males juntos han vuelto a señalar nuestro días... Todo esto era

preciso para hacer la última prueba de los orientales, porque ellos, muy lejos de

arredarse en el seno de los males, hoy es que hacen el alarde más prodigioso de su

constancia y que en odio de toda clase de tiranía ofrecen a su dignidad el obsequio

más propio, prosternando sus vidas a la extenuación de la miseria antes de ofender

el carácter sagrado que vistieron envueltos en el polvo y sangre de sus opresores”.

“Esa corporación ilustre, representativa de un pueblo igualmente libre y grande,

es ahora el objeto de todas nuestras miras. Si la adversidad nos persigue, si no se

halla un medio debido entre el oprobio y la muerte, y si el carro del despotismo ha de

marchar de nuevo delante de nosotros, V.S. es la dignidad de sus sentimientos halla

el cuadro de los nuestros: nuestra unión hará nuestra defensa y una liga inviolable

pondrá el sello a nuestra regeneración política”.

38. José E. Culta (¿-? ) estuvo en el Cuerpo de Blandengues, acompañó el Exodo,

desertó convirtiéndose junto con otros en delincuente de la campaña. Apresado se

alistó en el ejército patriota y fue de los soldados del Segundo Sitio de Montevideo

sirviendo con el Cnel. Rondeau.

39. OFICIO DE ARTIGAS A LA JUNTA DEL PARAGUAY (oct. 10, 1812).

“No quise elevar mis quejas al gobierno conociendo en él el germen de aquel

golpe, y limité mis determinaciones a dar un conocimiento del caso al pueblo de

Buenos Aires, girando a este fin varias cartas a los amigos de mi mayor confianza”.

“Yo sé muy bien cuánto puede exigir la Patria de nosotros en unos momentos

destinados tal vez a ser los últimos de su existencia; nos sobra a todos virtud y gran-

deza de ánimo para sofocar nuestros resentimientos y hacer aún el sacrificio grande

de las reclamaciones de nuestro honor; pero todo puede conciliarse, y muy a costa

nuestra tocamos la necesidad de deber esperar todos los lances, prevenirlos y fijar-

nos una seguridad que sirva a nuestros derechos, si es el objeto sostener su dignidad

sagrada.”

“Mis pretensiones, Excelentísimo Señor, fueron siempre sólo extensivas al resta-

blecimiento de la libertad de los pueblos”.

“Todo estuvo siempre en mi mano, pero el interés de la América era el mío. Yo

tuve a mis órdenes toda la fuerza que V.E. destinó a esta Banda: prescindiendo de mi 

ascendiente sobre algunos de aquellos regimientos, yo pude haberlos hecho servir a

mis intereses personales hasta el último instante de mi separación. Pude impedir la

llegada del Excmo. Señor general don M. Sarratea, haber excusado su reconoci-

miento de general en jefe y asegurado y garantido todas mis medidas al efecto en mis

recursos y venganza de mis ultrajes: pero yo a la cabeza de los orientales por el voto

expreso de su voluntad, aspiré sólo a preservar su honor, y se habría precisamente

sofocado toda desavenencia, si, sin dividirlos, hubiese yo marchado con ellos como

su jefe inmediato: pero, Señor Excmo., ellos han sido tratados como delincuentes: su

mérito divino ha sido su crimen y su sangre el precio de los insultos más atroces”.

“El dinero y vestuarios de cuya remisión avisó V.E. en diferentes oficios, no les

fué jamás presentado”.

“Yo pongo un velo a este cúmulo de males respetando la situación dolorosa en

que se mira la Patria”.

“De todos modos yo soy siempre un esclavo de la libertad. Introducido en mi

campo el juego de las pasiones diferentes, se ha desmembrado prodigiosamente: sin

embargo, el resto de ciudadanos orientales que en el seno de la mayor pobreza con-

tinúan a mis órdenes, pueden aún presentar el terror a los esclavos que se nos atre-

van. V.E. en la necesidad de retirar algunos para acudir a las urgencias del Tucumán,

dígnese librarme sus superiores disposiciones manifestándome sus proyectos. Yo juro

a V.E. que si este es el último esfuerzo de los americanos, lo haremos aquí muy

conocido por el exceso de grandeza que acompañará a todo. La muerte o la victoria

pondrá el sello a nuestros afanes: ellos se seguirán sin intermisión, hallándonos

siempre el riesgo en cualquier parte que se nos presente”.

40. NOTA DE ARTIGAS A LA JUNTA DE PARAGUAY (dbre. 20)

“La corporación digna, el mundo entero debe aturdirse al examinar esta intriga

que parece un sueño, aún examinado el exceso a que conduce una prostitución habi-

tual. Yo confieso a V.S. que me he escandalizado y nadie habrá entre los hombres que

pueda reprobar nuestras resoluciones ulteriores. Yo estoy ya decidido: propenderé

siempre a los triunfos de la verdadera libertad; la razón y la justicia sancionarán mi

proceder. Nada tendré jamás que increparme a la vista de la autoridad que levanta el

cetro de hierro y se ostenta como un conquistador, profanando sacrílegamente el

derecho sagrado de los pueblos a cuya sombra fomenta su egoísmo. Si recordamos

nuestros trabajos no nos cubramos de oprobio estando todo en nuestras manos”.

“He impartido hoy mismo las órdenes bastantes para que se reunan todos los

orientales que se hallan sobre Montevideo, y he tomado todas las medidas para que

mi ejército se engrose en breves días prodigiosamente. Después sin perder un instan-

te intimaré al ejército auxiliador abandone las costas orientales, dejándome en ella

los auxilios bastantes a su defensa.” 

41 “En vista de esto, ¿qué puede exigir la Patria de mí? ¿qué tiene que

acriminarme? ¿Puede ser un crimen haber abandonado mi fortuna, presentándome

en Buenos Aires y regresar a esta Banda con el corto auxilio de 150 hombres y 200

pesos fuertes, reunir en masa toda la campaña, enarbolar el estandarte de la libertad

en medio de ella y ofrecerles los laureles de San José y Las Piedras, después de

asegurar otras ventajas en el resto de los pueblos? ¿Es un crimen haber arrostrado

el riesgo de presentarme sobre Montevideo, batir y destrozar las fuerzas con que me

destacaba, quitarle sus bastimientos y reducirlo a la última miseria? Estas fueron las

grandezas de este pueblo abandonado y estos solos los que pueden graduarse de

crímenes.”

Hace luego la historia de los incidentes ocurridos en el curso de sus marchas a la

costa del Uruguay, de los trabajos del gobierno de Buenos Aires para contener el

movimiento de emigración que se producía en torno del ejército, y agrega:

“Nuestra aproximación sola, fué suficiente para que los portugueses abandonasen

los puntos que ocupaban de Mercedes, Concepción, Paysandú, Salto, Belén, Curuzú-

Cuatiá y Mandisoví, que habían sido el teatro de sus excesos y robos; estos sin com-

prometer nosotros la fe de los tratados, porque siempre tuvimos la delicadeza de

conciliarlo todo con nuestro deseos. Nos hallábamos entonces a una legua de donde

debía hacerse nuestro cuartel general, y en dos meses de reiteraciones al gobierno,

sin haber tenido jamás la contestación menor, ni aún la más leve noticia, empezamos

a tenerla desde entonces, pero siempre de un modo paliativo, hasta que removidos

todos los obstáculos por nuestro continuo afán, se resolvió a auxiliarnos para arran-

carnos la gloria, no habiendo ya que vencer.”

“Cese ya V.E. de impartirme órdenes, no cuente ya V.E. con algunos de nosotros,

porque sabemos muy bien que nuestro obedecimiento hará precisamente el triunfo

de la intriga... el pueblo de Buenos Aires es y será siempre nuestro hermano, pero

nunca su gobierno actual. Las tropas que se hallan bajo las órdenes de V.E., serán

siempre el objeto de nuestras consideraciones, pero de ningún modo V.E. yo prescin-

do de los males que puedan resultar de esta declaración hecha adelante de Montevi-

deo, pero yo no soy el agresor, ni tampoco el responsable... Si V.E., sensible a la

justicia de mi irritación, quiere eludir su efecto, proporcionando a la patria la venta-

ja de reducir a Montevideo, repase V.E. el Paraná dejándome todos los auxilios

suficientes”. De Artigas a Sarratea. 

1813.

en. 1. Definitivamente Wellesley sigue la lucha hasta expulsar a los fran-

ceses de España y José I recibe la noticia de que no podrá contar con apoyo

de tropas, por la campaña de Rusia.

en. 3. El Cnel. José de San Martín (1778-1850) triunfa con su Regimiento

de Granaderos a Caballo sobre las fuerzas de desembarco españolas, en la

batalla de San Lorenzo (costa del río Paraná).

En la misma participan dos orientales, el Cap. Justo G. Bermúdez (1785-

1813), segundo de San Martín que, ante las heridas de éste al comienzo de la

lucha, asume el mando. Bermúdez, debido a sus graves heridas, morirá dos

días después.

El otro oriental es el soldado Ramón Anador, que muere en el combate.42

en. 8. Firma del Acta o Pacto del Yí (Durazno) entre los representantes de

Artigas y los de Sarratea, por el que este último abandona el mando del ejérci-

to en favor de Rondeau. Artigas pasa a ser desde entonces el Jefe de todas las

fuerzas de la campaña oriental.43

en. 18. Al mismo tiempo que el Brig. Joaquín de la Pezuela (1761-1830)

emprende la ofensiva en el Alto Perú, el Brg. Antonio Pareja desembarca en

S. de Chile y ocupa, sin resistencia, Talcahuano y Concepción.

en. 20. Triunfo del Ejército del Alto Perú en la batalla de Salta.

en. 31. Instalación en Buenos Aires de la Asamblea General de las Prov.

Unidas con los diputados electos, los triunviros, jefes militares y autoridades

eclesiásticas. Se nombra presidente a Carlos de Alvear.

El juramento se hace sobre los Santos Evangelios y se declara con solem-

nidad que en la Soberana Asamblea reside la representación y el ejercicio de

la Soberanía de las Prov. Unidas del Río de la Plata.

El objeto es aprobar una Constitución para que los pueblos tengan una

organización política.

feb. 2. Después de firmado el Pacto del Yí Sarratea, en una maniobra muy

suya, desconoce los términos.

Artigas manda a Buenos Aires a Tomás García de Zúñiga, como emisario,

para imponer a las autoridades de esta actitud y que se obligue a Sarratea a

cumplirlo.44 

También anuncia que Francisco Xavier de Viana, como jefe militar del

gobierno porteño, es “un indeseable para los orientales”.

Como reacción, Sarratea hace público un bando por el que declara a Artigas

“como traidor a la patria”.45

Para ganar la adhesión de Fernando Otorgués le escribe, tratando de

indisponerlo con Artigas, “con la esperanza de cortar la raíz de fatal desunión

que tanto nos aflige”.46

En este día la Asamblea General aprueba la “Ley de vientres”, a cuya

vigencia quedan libres los hijos de esclavos nacidos en la Prov. después del

31 de enero de 1813.47

feb. 3. Triunfo de San Martín en la batalla de San Lorenzo (Río Paraná).

feb. 4. Como complemento, se hace extensiva a “todos los esclavos que de

cualquier modo se introduzcan de ese día en adelante, por el solo hecho de

pisar el territorio de las Prov. Unidas”.

feb. 11. Sarratea, completando su plan de desunión con las fuerzas orien-

tales, se dirigió al gobierno de Buenos Aires expresándose mal de Artigas

como militar.

feb. 13. Artigas reacciona y pide a Sarratea que se retire de la acción mili-

tar, y censura su conducta.48

feb. 17. Artigas envía un oficio al gobierno de las Prov. Unidas declaran-

do, una vez más, la firmeza de su conducta y la lealtad a la causa de los pue-

blos que confían en él como conductor.49

feb. 20. Triunfo de Belgrano en Salta, llegando hasta Potosí.

feb. 21. El Triunvirato releva a Sarratea del mando de tropas en la Banda

Oriental.

feb. 24. Al frente del ejército argentino queda Rondeau.

feb. 26. Artigas, con las milicias orientales, se incorpora al Segundo Sitio

de Montevideo.

Triunfo de Bolívar en la batalla de San José de Cúcuta (después departa-

mento de Santander), que le representó ser nombrado por Camilo Torres (1766-

1815), que presidía el Congreso de Bogotá, con el grado de Gral. del Ejército

de la Unión. 

mar. 8. La Asamblea General aprueba el decreto por el que “los diputa-

dos de las Prov. Unidas son diputados de la Nación, en general, sin perder

por eso la denominación del pueblo al que deben su nombramiento”.

mar. 24. Se declara nula la autoridad del Tribunal del Santo Oficio que

funciona en Lima.

mar. 27. Rondeau notifica a Artigas la comunicación de la Asamblea Ge-

neral, para que los pueblos reconozcan y juren la misma. Convocará al efecto

a los jefes para determinar el día.

mar. 28. Artigas le responde que procede en consecuencia.50

abr. 3. Por iniciativa de Artigas se invita a los pueblos de la campaña

oriental a enviar sus diputados para la reunión a efectuarse en Tres Cruces

(extramuros de la ciudad).

De acuerdo a las instrucciones, los que participen en el Congreso de Tres

Cruces tienen que “reunir las calidades precisas de prudencia, honradez y pro-

bidad”.

abr. 5. Al inicio del Congreso Artigas pronuncia la llamada “Oración in-

augural”, en la que se informa a los diputados presentes de la razón de la

convocatoria. El Congreso durará hasta el 20 de abril y en él los orientales

hacen, por segunda vez, ejercicio de su soberanía.

Con las frases “Mi autoridad emana de vosotros y cesa por vuestra presen-

cia soberana” y “Vosotros estáis en el pleno goce de vuestros derechos: ved

ahí todo el premio de mi afán”, Artigas define una vez más su pensamiento

político de la hora.51

abr. 6. El Triunvirato incita a Rondeau a no demorar más el juramento de

lealtad a la Asamblea por parte del ejército.

En el Congreso Provincial se sancionan las resoluciones y se emite una

declaración con las condiciones impuestas por los diputados de la Banda

Oriental.

abr. 7. Artigas envía a la Asamblea General los documentos emanados del

Congreso de Tres Cruces hasta la fecha y ordena que las milicias orientales

juren junto con el ejército argentino.

abr. 8. En acto solemne se lleva a cabo, en el campo sitiador, tal juramento. 

abr. 13. Artigas firma “las Instrucciones” que llevarán los diputados orien-

tales a la reunión de la Asamblea General en Buenos Aires.52

abr. 16. Rondeau recibe instrucciones del gobierno porteño de tratar con

Artigas los asuntos del pueblo oriental y se las comunica de inmediato.

abr. 19. Acuerdo entre Rondeau y Artigas en base a tres documentos que

contienen las “pretensiones de las divisiones que militan bajo su conducta y

las de la Prov. Oriental”.

Los documentos se refieren a: “Pretensiones de la Prov. Oriental”, “Pre-

tensiones de las tropas orientales”, “Convención de la Provincia Oriental”.

En este último queda expresa la voluntad de integración con las Provincias

Unidas del Río de la Plata, la de acatar su “Constitución”, pero manteniendo

“la libertad civil” y de que “todas las Provincias tienen igual dignidad, privi-

legios y derechos”.53

abr. 20. Reunión final de los vecinos orientales que debieron emigrar de la

ciudad y de aquellos residentes en la campaña. Se votó por mayoría la forma-

ción de un “Cuerpo de Gobierno y Policía interior de la Provincia” que enten-

diese “en la administración de la justicia y demás negocios de la economía

interior del país”. De hecho se daba nacimiento al Gobierno Económico de

Canelones, que funcionó en la villa del Guadalupe hasta diciembre. Como

Provincia “compuesta de pueblos libres”, este Gobierno Económico solicita a

Cabildos y Comisionados de toda la campaña el juramento de independencia,

tan cara a los orientales.

Con autoridades legítimamente electas la Prov. Oriental se declaraba, con

este acto, como “Estado libre, Soberano e Independiente”.54

Cuerpo de Gobierno y Policia interior de la Provincia.

may. 8. Oficio de Bruno Méndez, Vice-Presidente de la Junta, a la Asam-

blea Constituyente.55

may. 21. La Asamblea General deja sin efecto todos los títulos nobiliarios

como “condes, marqueses y barones”, por ser contradictorios a los de “un

pueblo libre”.

Por ley se impide el “detestable uso de los tormentos adoptados por la

tiranía española”. 

may. 25. La artillería de los sitiadores alcanza al portón de San Pedro.

may. Al final de mes los diputados orientales presentan sus poderes en la

Asamblea General.

José Miguel Carrera, con grado de Brg. y jefe de todas las fuerzas patrio-

tas de Chile, emprende una ofensiva contra los Españoles, pero es derrotado

en las batallas de Chillán y Concepción.

may. 27. Los últimos soldados franceses dejan Madrid.

jun. 1o. Son rechazados con el argumento de vicios de forma en la elec-

ción.

jun. 4. La Asamblea declara a la Iglesia Católica de las Provincias Uni-

das independiente de toda autoridad eclesiástica no residente en su territorio.

jun. 11. Los diputados orientales, frente al sorpresivo rechazo de sus po-

deres, insisten en su legitimidad, pero la Asamblea ratifica su decisión.

jun. 28. Después de la derrota de Vitoria, los tres ejércitos galos (N., cen-

tro y el de Portugal) regresan por la frontera de Roncesvalles. Ante esta situa-

ción, el ejército del S. y el que estaba en Cataluña al mando del Mariscal Luis

Gabriel Suchet (1770-1826), se repliegan sobre Barcelona.

El cura José María Morelos y Pavón (1765-1815), que luchó con Hidalgo

en 1810 y participó de la toma de Acapulco, convoca a un Congreso de dipu-

tados de los estados del N. y los del S., para definir una Constitución.

jun. 29. Ante tal actitud, agresiva a los intereses de los pueblos orientales,

Artigas confía al Pbro. Larrañaga una misión ante la Asamblea, para resolver

las diferencias.56

jun. 30. Artigas envía un oficio al gobierno del Paraguay sobre este asun-

to. Comisiona al diputado por Canelones Felipe Cardoso (su agente confiden-

cial en Buenos Aires) para que envíe al Presidente de la Audiencia de Charcas

toda la documentación conocida.

jul. 27. El Pbro. Larrañaga recibe como respuesta del Triunvirato que con-

sidera “las pretensiones de Artigas, inoportunas” y que “no está legalmente

reconocida como la del pueblo del que se dice representante”. 

jul. 29. Larrañaga hace saber a Artigas lo ocurrido, omitiendo las palabras

ofensivas a su persona, y aconseja, como forma de acortar las diferencias, el

envío a Buenos Aires de otra delegación con cuatro miembros.57

Simultáneamente el Triunvirato ordenaba a Rondeau que convocase a un

nuevo Congreso, del que surgirían los verdaderos diputados orientales.

ag. 4. Bolívar, después de una exitosa campaña militar de tres meses (de

Cúcuta a Caracas), entra en la capital.

ag. 26. Oficio de Artigas a la Junta del Paraguay.58

sbre. 14. Se reúne el Congreso mexicano en Chilpacingo (Guerrero) y se

nombra a Morelos Generalísimo.

oct. 1. Tercera reunión de la Asamblea General, que seguirá sesionando

hasta noviembre 18.

Derrota sufrida por el Ejército del Alto Perú, al mando de Belgrano, en la

batalla de Vilcapugio. El jefe español era el Gral. Pezuela.

nov. 14. Nueva derrota en Ayohuma y repliegue de su ejército hasta Jujuy.

nov. 22. Comunicación del comandante de Misiones a Pérez Castellano,

acompañada de un documento con instrucciones de Artigas.

nov. 27. Brasil, a través del embajador inglés en Río de Janeiro, Lord

Strangford, protesta por la resolución de la Asamblea General al promulgar

la Ley de Vientres (febrero 2) y su complementaria (febrero 4), aduciendo que

de esta forma se alentaba la fuga de esclavos desde Brasil a las Prov. Unidas,

como había pasado con la Banda Oriental desde 1811.

nov. Caen en manos de los anglo-españoles Pamplona y San Sebastián.

dbre. 3. San Martín nombrado Jefe del Ejército Auxiliar.

dbre. 5. Rondeau anuncia oficialmente que la sede del Congreso de los

representantes de los pueblos orientales será la Capilla de Maciel (chacra que

perteneció a Francisco A. Maciel, ubicada en las costas del arroyo Miguelete,

en las afueras de la ciudad de Montevideo).

dbre. 8. Fernando VII, a instancias de Napoleón, firma en Valençay, don-

de residía,un Tratado que lo obliga a un armisticio y a la expulsión de las

tropas inglesas de tierra española, a cambio de volver como monarca. 

dbre. 8-10. Sesiones del Congreso en la Capilla de Maciel. Asisten repre-

sentantes de 23 pueblos orientales. El Secretario García de Zúñiga argumenta

que Rondeau, por ser el Jefe del Ejército sitiador, no podía ocupar la Presiden-

cia.

Los fundamentos son que, si la Asamblea resuelve formar un gobierno

libre y autónomo, no es pertinente que un oficial superior argentino la presi-

da.59

De acuerdo a la decisión de los asistentes, los diputados Tomás García de

Zúñiga, Juan José Durán y Remigio Castellanos resultan electos como gober-

nantes de la Prov. Oriental.

Ejercerían su función por un año y se instalarían en el Miguelete.

dbre. 10. Las gestiones ante Artigas para que participe fracasan. No obs-

tante, el Jefe de los Orientales envía un oficio en el que desconoce las resolu-

ciones del Congreso.60

A partir de ahora se formaliza la fractura entre dos grupos: los partidarios

de la “unión con Buenos Aires” a cuyo frente estaba García de Zúñiga, y los

orientales, que manifestaron su voluntad de seguir a Artigas.

dbre. 16. San Martín, Mayor Gral. del Ejército del Alto Perú, se reúne

con Belgrano en la llamada Posta de Yatasto.

dbre. 27. El gobierno de Buenos Aires, aceptando los argumentos de Lord

Stangford sobre “libertad de vientres”, en uso de “facultades extraordina-

rias”, revoca lo resuelto antes e invoca el deseo de buenas relaciones con la

Corte portuguesa en Brasil y con su Majestad Británica. 

42. Ramón Anador (¿-?) oriental enrolado en las tropas del Cnel. José de San

Martín se sabe que luchó en la batalla de San Lorenzo (feb. 3, 1813).

43. Al llegar Sarratea al paso del Río Yí le trabó los movimientos, apresándole

todo el parque. Con este motivo, se celebró la llamada “Precisión del Yí” entre

delegados de los dos jefes, en el campamento artiguista del Yí, el 8 de enero de 1813.

Por este convenio el Jefe Oriental se comprometió a darle libertad a la retaguardia

del ejército, (que transportaba el parque y los bagajes) y Sarratea a retirarse para

Buenos Aires.

Una vez que Sarratea se reunió con la retaguardia, comandada por French, re-

chazó el convenio y se negó a firmarlo. Artigas, cumpliendo los términos del mismo,

había avanzado hasta el río Santa Lucía. El Caudillo, al ver la actitud de Sarratea,

comisionó a Tomás García de Zúñiga para que se trasladara a Buenos Aires en una

misión de carácter diplomático, llevando instrucciones de trascendental importan-

cia a las cuales debía ajustar sus reclamaciones.

En ellas García de Zúñiga debía hacer conocer a dicho gobierno las aspiraciones

del pueblo y el ejército oriental en el conflicto surgido con Sarratea. Sintetizando

dichas aspiraciones Artigas instruía a su diputado en el artículo 8o.: “La soberanía

particular de los pueblos, sería precisamente declarada y ostentada como único ob-

jeto de nuestra revolución”, uno de los puntos básicos del ideario artiguista, verda-

dero antecedente del federalismo.

En el terreno de los hechos, al no querer Sarratea cumplir el convenio, Artigas

ordenó a Fructuoso Rivera que los siguiera hostilizando. Rivera le arrebató los ca-

ballos y también los vacunos destinados a la alimentación de la tropa. French y

Rondeau se apersonaron ante Artigas para que cesara en las hostilidades y éste

accedió.

b) La expulsión de Sarratea

Rondeau y French se pusieron de acuerdo con Artigas para expulsar a Sarratea

de la jefatura del ejército y obligar al retiro de los oficiales que se habían separado

del campamento del Ayuí. Esas, por otra parte, eran las condiciones que imponía

Artigas para incorporarse al sitio.

El 21 de febrero de 1813, el ejército bonaerense formado en el Cerrito, hizo saber

a Sarratea que su autoridad sobre él había cesado. Este acató la decisión, dejó al

mando a Rondeau y se embarcó para Buenos Aires, acompañado por todo su Estado

Mayor.

El 26 del mismo mes, el ejército artiguista se unió al porteño y juntos continuaron

el asedio a la ciudad de Montevideo.

En: Coolighan-Arteaga - Historia del Uruguay. 

Bases de Paz. En. 8 de 1813.

En el Archivo General de la Nación Argentina, existen las bases de paz formula-

das el 8 de enero de 1813 en el campamento del Yí con la concurrencia de los dipu-

tados don Ramón de Cáceres, don Felipe Pérez, don Sebastián Ribero, don Juan

Medina y de los ciudadanos don José Agustín Sierra y don Tomás García de Zúñiga:

el retiro de Sarratea y de su estado mayor, la declaración de que todas las divisiones

orientales quedarían bajo las órdenes inmediatas de Artigas, por cuyo intermedio

circularían todas las órdenes relativas a la campaña, y la declaración complementa-

ria de que las tropas de Buenos Aires serían consideradas como auxiliadoras.

Coinciden estas bases con el pliego de instrucciones que entregó Artigas a don

Tomás García de Zúñiga, en comisión ante el gobierno argentino, para gestionar la

declaración de que “la soberanía particular de los pueblos sería precisamente de-

clarada y ostentada como objeto único de nuestra revolución”, según la copia

autenticada por Artigas, que reproduce Fregeiro en sus “Documentos Justificativos”.

Pero la mala fe y el engaño constituían el eje de los procedimientos antiartiguistas.

El convenio fué desconocido, pues, y el jefe de los orientales volvió a ser víctima de

la consecuencia a sus principios políticos.

Las circunstancias seguían apurando, sin embargo. Y Sarratea volvió al camino de

las negociaciones por intermedio de los jefes superiores de su ejército. ¿Con mayor

buena fe? Dígalo el bando que declara traidor a Artigas y el oficio en que pide autori-

zación para correrlo a balazos en los mismos momentos que las gestiones de los coro-

neles Rondeau y French quedaban terminadas con todo éxito, obligando esa actitud a

los intermediarios a buscar en un motín militar el cumplimiento de lo pactado.

“¡Ah! Si hubiera empleado en favor de la Patria una milésima parte de la política

que tuerce a sus depravadas y ambiciosas miras, mucho tiempo ha que nuestras

fuerzas combinadas le hubieran presentado a la América laureles que tal vez no

podría volver a arrancarnos la obstinación de nuestros enemigos. Pero no: el pueblo

oriental es en concepto de aquel ilustre general, de un orden inferior al resto de los

hombres, sus armas poco eficaces a la redención del propio país, sus votos de ningu-

na importancia, aun en lo que más inmediatamente le concierne, y la libertad con

que han de recibir ahora como presente que les concede desdeñosamente la mano

férrea de un conquistador.”

En: Eduardo Acevedo, o.c.

44. Tomás García de Zúñiga (¿-?) fuerte hacendado oriental dueño de la conoci-

da estancia La Calera, sita en Canelones.

Al comienzo de la revolución se adhirió a ella y cumplió muchas misiones para

tratar acuerdo entre Artigas y los miembros de los Directorios porteños en los años

1813-14. 

Integró del primer gobierno de la Provincia (1813) que sesionó en Canelones, fue

Alcalde de Primer Voto del Cabildo de 1815.

Las discrepancias con Artigas lo llevaron a separarse de la ideología federalista,

y cuando la invasión portuguesa primero y la dominación brasileña después (1817-

28) se instaló en el territorio nacional, se adhirió sin límites.

45. Rotas ya las relaciones, Artigas que iba marchando a retaguardia de Sarratea,

decidió interceptarle los recursos, hasta obtener, como obtuvo, la promesa de su

renuncia de la jefatura del ejército. Dándose ejecución a las medidas planeadas,

Sarratea envió dos diputaciones ante el campamento artiguista, compuesta una de

ellas de vecinos caracterizados y la otra de los coroneles Rondeau y French; y Artigas

envió en comisión ante el gobierno argentino a don Tomás García de Zúñiga, con

instrucciones encaminadas a obtener que las divisiones orientales fuesen puestas

bajo las órdenes de su propio jefe; que las tropas argentinas quedaran simplemente

como auxiliadoras; y que de una manera expresa se declarara que la efectividad de

la soberanía particular de los pueblos constituía el objeto único de la revolución

(oficios de 17 de enero de 1813 de Artigas a Sarratea y de Sarratea a Artigas, oficio

de Artigas de 20 de enero e instrucciones escritas al comisionado García de Zúñiga).

Continuaban tranquilamente estas negociaciones en los campamentos y en Bue-

nos Aires, cuando Sarratea, que no había abandonado su plan primitivo, rompió

bruscamente las hostilidades mediante la publicación de su famoso bando del 2 de

febrero de 1813, en que hablaba de los graves perjuicios que había experimentado

“este territorio por la bárbara y sediciosa conducta del traidor a la Patria, José

Artigas”, y expedía a la vez un indulto general a favor de todos los desertores de los

cuerpos de línea que se hubiesen refugiado en el ejército de Artigas, siempre que se

acogiesen “a la inmediata protección del gobierno bajo las órdenes del señor coro-

nel de milicias don Fernando Otorgués”.

DECLARACIÓN DEL CORONEL CÁCERES

Existen dos memorias del coronel Cáceres: una de ellas, obra en el Archivo del

general Mitre. Es la que hemos reproducido o extractado varias veces en el curso de

este alegato. La otra, perteneció al archivo del doctor Andrés Lamas, donde el señor

Bauzá pudo consultarla según lo declara en su “Historia de la Dominación Españo-

la”, y de ella reproducimos el siguiente extracto:

Cuando Sarratea se vió hostilizado por Artigas, nombró una comisión de la que

formaba parte don Ramón Cáceres con instrucciones en que anticipaba “que cuanto

hicieran para conseguir la unión, él lo aprobaba, y que si su persona era un obstácu-

lo, estaba pronto a retirarse a Buenos Aires”. Los comisionados pactaron con Artigas:

que se retirarían a Buenos Aires, Sarratea, Vázquez, Viera y Figueredo; que Rondeau 

permanecería al frente del ejército hasta nueva disposición del gobierno; que Arti-

gas franquearía el paso al coronel French para movilizar el parque y los bagajes que

conducían; que los orientales desocuparían sus posiciones y marcharían al Paso de

la Arena en el río Santa Lucía. Estas dos últimas proposiciones fueron cumplidas en

el acto por Artigas, cediendo al pedido de los comisionados que deseaban presentar

el pacto realizado por los orientales. Pero Sarratea, que se encontró entonces con

todas sus fuerzas reunidas, sostuvo que los comisionados se habían excedido y que

aunque no tenía inconveniente en separarse del ejército, no podía permitir que sa-

lieran de él otros jefes cuya separación también se pedía.

Cáceres pidió permiso a Sarratea para escribir a Artigas sincerando su lealtad.

Fue portador de la carta un hijo suyo, coronel más tarde y autor de las “Memorias”

en que se comenta el hecho. La contestación de Artigas fué ésta:

“Nada resta que ver ya en esos hombres perdidos, pues hemos visto que para coro-

nar sus intrigas, creyeron preciso mezclar en ellas a los hombres de probidad y honor;

todo debía ser sacrificado a su cábala indigna. Yo lo hice por condescender, sin rebajar

en un ápice mi desconfianza; pero las insinuaciones de ustedes me obligaron a acceder

a mi marcha hasta este punto. Riámonos de todo, mi estimado señor; la mayor garan-

tía, el mejor apoyo de nuestra existencia es la fuerza; hagámonos respetables en medio

de ellos, y entonces ellos dejarán de atentar contra nosotros.”

Tal es el contenido del manuscrito que el señor Bauzá consultó en el Archivo

Lamas.

Veamos ahora el complemento que suministra la “Memoria” del mismo testigo

que obra en el Archivo Mitre.

Dice el coronel Cáceres al ocuparse de los preparativos para el segundo sitio de

Montevideo y de la actitud de Sarratea:

“Este hombre, luego que llegó, trató de desmoralizar al ejército de Artigas y de

deshacer esa unión que constituye la fuerza; al efecto empezó por seducir a los jefes

de más capacidad que aquél tenía, ofreciéndoles oro, charreteras y galones que Artigas

no podía darles; y como no todos los hombres tienen la virtud suficiente para confor-

marse con la miseria y privaciones, don Eusebio Valdenegro, don Ventura Vázquez,

Baltasar Vargas, Viera y otros se dejaron seducir. Y en seguida los pidió Sarratea con

los cuerpos que cada uno mandaba y que eran los mejores del ejército oriental,

especialmente el de Blandengues que mandaba Vázquez, para formar como contin-

gente de la Provincia Oriental al ejército nacional. Artigas los entregó sin decir una

palabra, mas quedó muy resentido por la conducta de unos hombres en quienes ha-

bía depositado su mayor confianza, y desde entonces quizá tuvo cierta predilección

por los gauchos, pues le he oído decir que había encontrado más virtud o constancia

en ellos que entre los hombres de educación.” 

Habla Cáceres de los sucesos posteriores a la desorganización del ejército de

Artigas en el Ayuí:

Marchó en seguida Sarratea con un inmenso y lindo ejército sobre Montevideo.

Artigas con sus divisiones de milicias que mandaban Blas Basualdo, Bartolo Ramírez,

Balta Ojeda, Manuel Artigas, Otorgués, Pinto y otros jefes, se quedó a retaguardia

escoltando el numeroso convoy de familias que regresaba a sus hogares, y Sarratea

que lo miraba ya con desprecio porque lo consideraba vencido, empezó a desairarlo

y a hostilizarlo como se manifiesta en la nota al superior gobierno cuando era supre-

mo director Posadas y que acompañó a esta Memoria. Fué entonces que Artigas

empezó a hostilizar al ejército de Buenos Aires posesionándose del parque y comisa-

ría que venían para el sitio.”

“Sarratea recibió la noticia de este acontecimiento en la villa de Santa Lucía y

entonces nombró una comisión compuesta de cuatro vecinos respetables, don Tomás

García, don Ramón de Cáceres, don Felipe Pérez y don Juan Medina, a quienes pasó

la circular siguiente: “Es urgentísimo que luego que reciba esta comunicación, se

ponga en marcha hacia esta villa para desempeñar una interesante comisión de cuyo

buen resultado acaso depende la felicidad de la Banda Oriental. Esto basta para

esperar que usted, que siempre ha manifestado tanto celo por su conservación, arros-

trará por todo y se trasladará a este destino con la brevedad que exige el buen

servicio de la causa pública”.

“Se presentaron estos vecinos en el cuartel general, y después de una larga con-

ferencia le pidieron instrucción por escrito; contestó que no las necesitaban y pro-

metió estar por todo cuanto trataran con Artigas, que nada les reservaba y que si era

preciso su separación del ejército para que Artigas uniera sus esfuerzos contra el

enemigo común, estaba pronto a separarse y que entregaría el mando del ejército a

otro jefe que le mereciese confianza. Marcharon los comisionados hasta el Paso del

Durazno del Yí, en donde encontraron a Artigas, que se prestó a todo cuanto se le

exigía, bajo la condición que se separasen seis personas del ejército; largó por con-

siguiente el parque y la comisaría que estaban detenidas y continuó su marcha hasta

el Paso de la Arena de Santa Lucía Chico, como estaba convenido; más Sarratea

desaprobó los tratados y fué entonces que destacó una columna Artigas a las órdenes

de Otorgués, quien poniéndose de acuerdo con algunos jefes del ejército sitiador,

sorprendieron a Sarratea y le obligaron a retirarse a Buenos Aires con los otros

expulsos de que se hace referencia en otra parte.”

Después de referir las derrotas finales de Artigas en su lucha con Ramírez, dice

Cáceres:

“Se me había olvidado decir que cuando Artigas estuvo en el Paso de la Arena

antes de la expulsión de Sarratea, había tratado éste de hacerlo asesinar, valiéndose

al efecto de don Fernando Otorgués; en Montevideo existe aún la persona que andu-

vo encargada de este negocio; yo he tenido en mis manos las ricas pistolas que

Sarratea mando a Otorgués para este fin; mas Otorgués era pariente de Artigas y le

descubrió la trama, a pesar de que le chupó muchas onzas a Sarratea”.

Otros juicios de la época.

Comprobando uno de los extremos fundamentales del proceso que Artigas instauró

a Sarratea, dice el general Vedia en sus “Memorias”:

“Vueltos los orientales a ponerse bajo las órdenes del gobierno de Buenos Aires,

fué nombrado don Manuel Sarratea jefe del ejército. Artigas lo recibió de un modo

solemne.”

“Pero no tardó mucho tiempo en suscitarse cuestiones que vinieron a redundar

en desavenencias. Sarratea supo aprovecharse bien del poder que le daba su

representación para arrancar al general Artigas las fuerzas que tenía a sus órde-

nes; supo además con su habilidad ganar a su devoción aIgunos jefes que manda-

ban las divisiones de milicias de los diferentes cuerpos orientales, y de facto el

regimiento de blandengues, que lo comandaba don Ventura Vázquez, oriental a

quien Artigas había protegido en esta ocasión, habiéndose puesto de acuerdo con

Sarratea llevó eI expresado regimiento que se declaró nacional, denominándolo

número 4 de infantería.”

Dicen los señores Dámaso Larrañaga y José R. Guerra en sus “Apuntes Históri-

cos”, refiriendo los sucesos de 1813, que el 26 de febrero se reunió Artigas con

cuatro mil hombres de su mando al ejército sitiador, y agregan:

“Tuvieron entre sí tales diferencias los sitiadores, que hubo momento en que se

pensó en abandonar el asedio. Artigas nunca quiso reconocer absoluta dependen-

cia: exigió ser reconocido como supremo jefe de los orientales y que sus tropas fue-

ran reputadas de ejército unido y confederado. En una palabra, sostuvo la indepen-

dencia y unión de esta Banda con las demás provincias, según la constitución de los

estados norteamericanos. De aquí resultó no haberse acercado al sitio hasta pasa-

dos algunos meses fijando desde luego su cuartel general en el Paso de la Arena del

Santa Lucía Chico hasta que el ejército de Buenos Aires quitó el mando a don Ma-

nuel de Sarratea, que había venido como Vocal y representante del gobierno de Bue-

nos Aires a mandar en jefe”.

Una polémica sobre responsabilidades.

La formidable oleada artiguista de 1820, que derrumbó al Directorio de Buenos

Aires y al Congreso de Tucumán, en los mismos momentos en que el jefe de los

orientales caía para siempre, derrotado por los portugueses y abandonado por sus

tenientes, provocó una importante polémica entre don Manuel de Sarratea y el doc- 

tor Tomás Manuel Anchorena. Nadie quería cargar con el sambenito de la responsa-

bilidad de las guerras contra Artigas. ¡Hasta Pueyrredón creía necesario excusarse!

De la documentación de esa polémica que extracta Zinny en su “Bibliografía

Histórica” (marzo a mayo de 1820), reproducimos los siguientes datos del más alto

interés histórico:

Sarratea dijo en el curso de la polémica, que las desavenencias con Artigas ha-

bían sido “puramente domésticas, que pudieron disiparse fácilmente y sofocarse de

mil modos; que él tuvo órdenes positivas del gobierno para mandarle la persona del

general Artigas, y pudiendo haberlo ejecutado, no lo hizo por evitar las funestas

consecuencias que preveía de tal medida”.

Replicó Anchorena que en diciembre de 1812, Sarratea indicó al gobierno la

necesidad de atacar a viva fuerza a Artigas, y obtuvo por toda contestación que

tratase de conciliar. Ante la insistencia de Artigas para que se alejase a Buenos

Aires, Sarratea, contrariando las órdenes recibidas, lo declaró traidor y dispuso que

se reconociera por jefe a Otorgués, a quien regaló un par de pistolas para que asesi-

nase al caudillo oriental, según carta privada que Artigas mostraba a cada instante.

No es exacto que los portugueses fueran llamados para la ocupación del territorio

oriental, y lo demuestran las órdenes dadas por el Congreso a todos los jefes de

provincia para que se armasen, las protestas contra la invasión, las gestiones para

conciliar con Artigas, los auxilios mandados por el director Balcarce que fueron

recibidos con desdén, lo que no impidió que el Congreso ordenase el envío de nuevos

auxilios. Si no se declaró la guerra a los portugueses, fué por el mal estado de las

provincias a consecuencia de la derrota del ejército del Perú, avance del ejército

español y revoluciones que estallaron en varias provincias.

El general Artigas no quería que pisase un solo hombre de las tropas de Buenos

Aires en la Banda Oriental ni en Entre Ríos, en clase de auxiliar o de aliado, y por lo

tanto si se declaraba la guerra a Portugal, era imposible defender el territorio inva-

dido. Termina su exposición, declarando que él fué uno de los comisionados para

redactar las instrucciones reservadas y reservadísimas que debía llevar el enviado

cerca del general Lecor.

En una nueva publicación, rechaza don Manuel de Sarratea, el cargo de haber

sido el autor principal de las primeras desavenencias del general Artigas con el

gobierno, origen de arroyos de sangre, de los rompimientos con Santa Fe y Entre

Ríos y de la ocupación de la Banda Oriental por el Brasil. El no formó ni fomentó

esas primeras desavenencias que eran puramente domésticas, fáciles de sofocar de

mil modos, a no haber sido fomentadas por el interés mismo de los gobiernos que se

sucedían. Por el contrario, con órdenes positivas del gobierno para mandarle la

persona del general Artigas, no lo hizo, pudiendo, para evitar las consecuencias que

él temía. La revolución de octubre de 1812 fue causa de una separación más decidi-

da del general Artigas estimulado por un miembro del nuevo gobierno, quien se

proponía convertir a ese jefe en instrumento de las pasiones e intereses de los que

temían que Sarratea se declarara contra la revolución.

En: Eduardo Acevedo, o.c.

46. Sarratea empleaba el medio que le parecía más eficaz para obtener la des-

unión en el campo artiguista. Complementando su bando, se dirigía en estos térmi-

nos el 11 de febrero del mismo año al gobierno de Buenos Aires:

“Las partidas de don José Artigas en estos días han dejado pasar libremente algunos

chasques por los pasos conocidos, sin interrogarlos ni detenerlos: no sé a qué circuns-

tancias se debe esta metamorfosis. En estos últimos días no han hecho agresiones que

merezcan transmitirse al supremo conocimiento de V. E. Continúa Artigas estacionado

en el Paso de la Arena, y según infiero de las noticias de la plaza y el estado de comuni-

caciones con ella, trabaja actualmente por hacerse de municiones por vía de los enemi-

gos. A pesar de todo, muy poca es la consistencia que puede adquirir su ignorancia y

ninguna disposición para la guerra, la falta de oficiales de aptitud de que carece absolu-

tamente, y el mal estado de su armamento, además, y un concurso de circunstancias que

se rozan inmediatamente con este negocio, hacen despreciable en todo sentido a don José

Artigas. Así es que no debo perder esta ocasión de repetir a V. E. lo que he tenido el honor

de exponerle en mis anteriores comunicaciones, que muy pocos fusilados bastarán para

lanzar a este caudillo más allá de las márgenes del Cuareim, si se precipitare al extremo

de hacerse sordo a la resolución pendiente de V. E. sobre las pretensiones que ha someti-

do a su superior determinación”.

En: Ibídem.

47. La más equilibrada, seria y ambiciosa aspiración para terminar con el tráfico

de esclavos, nació en el seno de la Asamblea General Constituyente y Legislativa de

las Provincias Unidas del Río de la Plata, reunida en Buenos Aires en el año 1813. Si

constituyó un fracaso en su faz Constituyente, no cabe duda de que en el Legislativo

representó un éxito, ya que elaboró una obra perdurable inspirada en el espíritu de

la Libertad.

Legisló para las tres castas, integrantes fundamentales, de la sociedad rioplaten-

se: el blanco, el indio y el negro.

Nos interesa, particularmente, la legislación referida al negro, puesto que tiene una

relación directa con la abolición de la esclavitud. La Ley dispuso la libertad de vien-

tres, el hijo de la esclava nacía libre, pero quedaba bajo la custodia del amo de ésta

hasta que alcanzaba la edad de dieciocho años. Allí era libre sin ninguna limitación,

con todos los derechos que le eran propios y naturales, por su condición de tal. 

No se introducirían más esclavos, la trata de negros quedaba suprimida y conde-

nada como delito público y los esclavos existentes continuarían en la condición de

tales, sin variantes, comprables y vendibles. La esclavitud, en el Río de la Plata, se

extinguiría por desaparición natural.

Fue un planteamiento ponderado, que contemplaba las necesidades y exigencias

de una economía de obra de mano servil, que no podía ser violenta y repentinamente

transformada en mano de obra asalariada. Se establecía un lapso, una pausa para la

transformación, diez y ocho años, que en un proceso de producción industrial y ga-

nadero, constituyen un período de lenta descongestión de las viejas formas de explo-

tación -la mayoría de los peones de los saladeros eran esclavos- para dar paso a los

nuevos elementos de trabajo, que percibían salarios a cambio de su labor manual.

Las disposiciones de la Ley, establecían muy estrechas precisiones para su efecti-

vo cumplimiento. Los párrocos de cada jurisdicción eclesiástica, se hallaban riguro-

samente obligados a dar cuenta a sus respectivos jerarcas, para que éstos lo pusie-

ran en conocimiento del Gobierno, de todos los actos sacramentales de Bautismos

celebrados en párvulos, cuyos padres eran esclavos.

En: Melogno, o.c.

48. “Me he visto perseguido, pero mi sentimiento jamás se vió humillado.”

“La libertad de la América forma mi sistema y plantearlo mi único anhelo. Tal

vez V. E. en mis apuros y con mis recursos habría hecho sucumbir su constancia y se

habría prostituido ya. Aún en el día, cuando V. E. parece que hace el último esfuerzo

para aburrirme, Montevideo empeña más pretensiones sobre mí. Con todo, no hay

circunstancia capaz de reducirme a variar de opinión. Esclavo de mi grandeza, sa-

bré llevarla al cabo dominado siempre de mi justicia y razón. Un lance funesto podrá

arrancarme la vida, pero no envilecerme. El honor ha formado siempre mi carácter;

él reglará mis pasos. Entretanto no sé qué discurrir sobre lo patriótico de las reten-

ciones de V. E. viéndolo ahora con tanto anhelo por hacerme apurar la copa del

sufrimiento. Después de mis servicios, de mis trabajos, de mis pérdidas: yo declara-

do traidor!”.

“Retírese V. E. en el momento.”

49. ARTIGAS, 14 DE FEBRERO DE 1813

“En medio de los mayores apuros no me prostituiré jamás. Libertad, igualdad,

seguridad, son nuestros votos; libertad, igualdad, seguridad, serán nuestros dignos

frutos.”

Con la expulsión de Sarratea, parecía ganada la primera batalla en favor de la

idea de libertad que Artigas encarnaba. Desgraciadamente, sólo podía consumarse

en ese momento histórico un cambio de personas, sin trascendencia política, dada la 

orientación del gobierno de Buenos Aires y el conflicto tenía que resurgir, como

resurgió, en el propio transcurso del segundo sitio de Montevideo.

Tuvo entonces Sarratea que explicar a su adversario por qué lo había declarado

traidor. En oficio de 14 de febrero, dice que los pasados de la plaza estaban contestes

en que se contaba con el auxilio de Artigas para vencer a las fuerzas sitiadoras; que

si a esto se agregaba el silencio mantenido alrededor de las comunicaciones de Vigodet

y la sustracción de caballadas al ejército sitiador, resultaría un plan de hostilidades

de la mayor gravedad; que habían llegado a sus manos comunicaciones incendia-

rias de Artigas a título de que las noticias recibidas de Buenos Aires le obligaban a

negar obediencia al supremo gobierno; que había prometido, sin cumplirlo, enviar

destacamentos a diversos puntos, con lo cual los enemigos habían podido proveerse

de carne en las estancias.

Replicó Artigas en su nota de 17 de febrero: que si los jefes de Montevideo le

habían hecho proposiciones, su desprecio había sido la contestación; que era una

calumnia la especie de que él hubiera alimentado con carne fresca a los sitiados;

que la sustracción de caballadas y boyadas era relativa a incidentes anteriores que

habían cesado desde la última diputación; que a consecuencia de las imposturas de

Sarratea él aparecía ante el gobierno de Buenos Aires como un faccioso y sus tropas

como un grupo de ladrones; que sólo después de haber errado el golpe, se proponía

una nueva suspensión de hostilidades, que no podía ya admitirse; que lo que intere-

saba era el retiro del general, dejando a las tropas ya que “nosotros las miramos

como una parte muy recomendable de la familia grande y sus méritos delante de

nosotros son tan preciosos como dignos de nuestra gratitud eternal”.

Artigas se dirigió a la vez a los coroneles Rondeau y French, quejándose de la

violación del convenio en que habían actuado como intermediarios de Sarratea. En

carta de 11 de febrero de 1813, les recuerda que para activar la decisión del gobier-

no, había mandado un diputado a la capital el día 2 y que en esa misma fecha apare-

cía el documento infame en que se le declaraba traidor. “El honor de VV. SS. está

empeñado en la estipulación y él no puede autorizar esta infamia que se ostenta”.

Contestaron Rondeau y French el 18 de febrero, que habían leído todos los ante-

cedentes y habían conversado con Sarratea, terminando su entrevista con la resolu-

ción adoptada por el general en jefe de partir a la mayor brevedad. “Es de nuestro

deber avisar a V. S. de este resultado para que se satisfaga que no ha consistido ni en

nosotros, ni en el complejo de los que celebramos la Junta, la declaratoria contra la

benemérita persona de V. S.”.

En: Eduardo Acevedo, o.c. 

50. “Se halla delante de V. E. un diputado de estas divisiones con diferentes soli-

citudes que según comunicación del mismo han sido elevadas a la soberana Asam-

blea”.

“Además han marchado mis invitaciones a todos los pueblos de esta Banda con el

mismo objeto, para que por medio de sus diputados se reúnan aquí el 3 del próximo

entrante”.

“Estas me parecen causas de importancia bastante para que yo sin negarme,

suspenda por ahora el reconocimiento y jura a que V.S. se sirve convocarme. Esto no

impide que V.S. con las tropas de línea verifique el que le corresponde, pero para

eludir cualquier inducción siniestra, emanada de tal caso, yo ruego a V.S. tenga la

dignación de diferirlo también, para poder verificar juntos un acto que fija el gran

período de nuestro anhelo común”.

51. ORACION INAUGURAL DEL CONGRESO DE ABRIL DESARROLLA-

DA POR EL “CIUDADANO JOSE ARTIGAS”, DELANTE DE MONTEVIDEO.

Ciudadanos: El resultado de la campaña pasada me puso al frente de vosotros

por el voto sagrado de vuestra voluntad general. Hemos recorrido 17 meses cubier-

tos de la gloria y la miseria, y tengo la honra de volver a hablaros en la segunda vez

que hacéis uso de vuestra soberanía. En ese período yo creo que el resultado corres-

pondió a vuestros designios grandes. El formará la admiración de las edades. Los

portugueses no son los señores de nuestro territorio. De nada habrían servido nues-

tros trabajos, si con ser marcados con la energía y constancia no tuviesen por guía

los principios inviolables del sistema que hizo su objeto. Mi autoridad emana de

vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana. Vosotros estáis en el pleno goce

de vuestros derechos: ved ahí el fruto de mis ansias y desvelos, y ved ahí también

todo el premio de mi afán. Ahora en vosotros está el conservarlo.

Yo tengo la satisfacción honrosa de presentaros de nuevo mis sacrificios y desve-

los, si gustáis hacerlo estable. Nuestra historia es la de los héroes. El carácter cons-

tante y sostenido que habéis ostentado en los diferentes lances que ocurrieron, anun-

ció al mundo la época de la grandeza. Sus monumentos majestuosos se hacen cono-

cer desde los muros de nuestra ciudad hasta las márgenes del Paraná. Cenizas y

ruinas, sangre, desolación, he ahí el cuadro de la Banda Oriental, y el precio costoso

de su regeneración. Pero ella es pueblo libre.

El estado actual de sus negocios es demasiado crítico para dejar de reclamar su

atención.

La Asamblea General tantas veces anunciada empezó ya sus sesiones en Buenos

Aires. su reconocimiento nos ha sido ordenado. Resolver sobre este particular ha

dado motivo a esta congregación, porque yo ofendería altamente vuestro carácter y

el mío, vulneraría enormemente vuestros derechos sagrados, si pasase a decidir por

mí una materia reservada sólo a vosotros. Bajo ese concepto, yo tengo la honra de

proponeros los tres puntos que ahora deben hacer el objeto de vuestra expresión

soberana. lo. Si debemos proceder al reconocimiento de la Asamblea General antes

del allanamiento de nuestras pretensiones encomendadas a vuestro diputado don

Tomás García de Zúñiga. 2o. Proveer de mayor número de diputados que sufraguen

por este territorio en dicha asamblea. 3o. Instalar aquí una autoridad que restablez-

ca la economía del país. Para facilitar el acierto en la resolución del primer punto,

es preciso observar que aquellas pretensiones fueron hechas consultando nuestra

seguridad ulterior. Las circunstancias tristes a que nos vimos reducidos por el expul-

so Sarratea, después de sus violaciones en el Ayuí, eran un reproche tristísimo a

nuestra confianza desmedida, y nosotros cubiertos de laureles y de glorias, retorná-

bamos a nuestro hogar llenos de la execración de nuestros hermanos, después de

haber quedado miserables, y haber prodigado en obsequio de todos quince meses de

sacrificio. El ejército conocía que iba a ostentarse el triunfo de su virtud, pero él

temblaba por la reproducción de aquellos incidentes fatales que lo habían conduci-

do a la Precisión del Yí; él ansiaba por el medio de impedirla y creyó a propósito

publicar aquellas pretensiones. Marchó con ellas nuestro diputado. Pero habiendo

quebrantado la fe de la suspensión el señor de Sarratea, fue preciso activar con las

armas el artículo de su salida. Desde este tiempo empecé a recibir órdenes sobre el

reconocimiento en cuestión. El tenor de mis contestaciones es el siguiente: Ciudada-

nos: los pueblos deben ser libres. Ese carácter debe ser su único objeto, y formar el

motivo de su celo. Por desgracia, va a contar tres años nuestra revolución, y aún

falta una salvaguardia general al derecho popular. Estamos aún bajo la fe de los

hombres y no aparecen las seguridades del contrato. Todo extremo envuelve fatali-

dad; por eso una desconfianza desmedida sofocaría los mejores planes, ¿pero es

acaso menos terrible un exceso de confianza? Toda clase de precaución debe

prodigarse cuando se trata de fijar nuestro destino. Es muy veleidosa la probidad de

los hombres, sólo el freno de la constitución puede afirmarla. Mientras ella no exis-

ta, es preciso adoptar las medidas que equivalgan a la garantía preciosa que ella

ofrece. Yo opinaré siempre, que sin allanar las pretensiones pendientes, no debe

ostentarse el reconocimiento y jura que se exigen. Ellas son consiguientes del siste-

ma que defendemos y cuando el ejército las propuso, no hizo más que decir, “quiero

ser libre” Orientales: sean cuales fuesen los cálculos que se formen, todo es menos

temible que un paso de degradación, debe impedirse hasta el que aparezca su som-

bra. Al principio todo es remediable. Preguntaos a vosotros mismos si queréis volver

a ver crecer las aguas del Uruguay con el llanto de vuestras esposas, y acallar en sus

bosques el gemido de vuestros tiernos hijos; paisanos: acudid sólo a la historia de 

vuestras confianzas. Recordad las amarguras del Salto; corred los campos ensan-

grentados de Bethlem, Yapeyú, Santo Tomé y Tapecuy; traed a la memoria las intri-

gas del Ayuí, el compromiso del Yí, y las transgresiones del Paso de la Arena. ¿Ah,

cuál execración será comparable a la que ofrecen esos cuadros terribles! Ciudada-

nos: la energía es el recurso de las almas grandes. Ella nos ha hecho hijos de la

victoria, y plantado para siempre el laurel en nuestro suelo. Si somos libres, si no

queréis deshonrar vuestros afanes, cuasi divinos y si respetáis la memoria de vues-

tros sacrificios, examinad si debéis reconocer la asamblea por obedecimiento o por

pacto. No hay un solo motivo de conveniencia para el primer caso que no sea

contrastable en el segundo, y al fin reportaréis la ventaja de haberlo conciliado todo

con vuestra libertad inviolable. Esto ni por asomo se acerca a una separación nacio-

nal; garantir las consecuencias del reconocimiento no es negar el reconocimiento, y

bajo todo principio nunca será compatible un reproche a vuestra conducta, en tal

caso, con las miras liberales y fundamentos que autorizan hasta la misma instala-

ción de la asamblea. Vuestro temor la ultrajaría altamente y si no hay motivo para

creer que ella vulnere vuestros derechos, es consiguiente que tampoco debemos te-

nerle para atrevernos a pensar que ella increpe nuestra precaución.

De todos modos la energía es necesaria. No hay un solo golpe de energía que no

sea marcado con el laurel. ¿qué glorias no habéis adquirido ostentando esa virtud?

Orientales: visitad las cenizas de vuestros conciudadanos; ¿ah! ¿que ellas desde lo

hondo de sus sepulcros no nos amanecen con la venganza de una sangre que vertie-

ron para hacerla servir a nuestra grandeza! Ciudadanos: pensad, meditad y no cu-

bráis de oprobio las glorias, los trabajos de quinientos veinte y nueve días en que

visteis la muerte de vuestros hermanos, la aflicción de vuestras esposas, la desnudez

de vuestros hijos, el destrozo y exterminio de vuestras haciendas, y en que visteis

restar sólo los escombros y ruinas por vestigios de vuestra opulencia antigua. Ellos

forman la base del edificio augusto de nuestra libertad. Ciudadanos: hacernos res-

petables es la garantía indestructible de vuestros afanes ulteriores por conservarles.

A cuatro de abril de mil ochocientos trece. Delante de Montevideo.

José Artigas.

“El pueblo de la Banda Oriental de las provincias del Río de la Plata, habiendo

concurrido por medio de sus diputados a manifestar su parecer sobre el reconoci-

miento de la soberana Asamblea Constituyente, después de examinada la voluntad

general, convinieron en el reconocimiento de dicha soberana Asamblea, bajo las

condiciones que fijasen los señores diputados don León Pérez, don Juan José Durán

y don Pedro Fabián Pérez que para el efecto comisionaron, los cuales después de

una bien meditada discusión sobre la decisión de tan importante objeto, resolvieron

lo siguiente: 

“Condiciones:

“1° Se dará una pública satisfacción a los orientales por la conducta antiliberal

que han manifestado en medio de ellos los señores Sarratea, Viana y demás expulsos;

que en razón de que el general Artigas y sus tropas han garantido la seguridad de la

Patria, especialmente en la campaña de 1811 contra las agresiones de la nación

portuguesa, serán declarados como verdaderos defensores del sistema de libertad

proclamado en América.

“2° No se levantará el sitio puesto a la plaza ni se desmembrará la fuerza de

modo que se inutilice el proyecto de su ocupación.

“3° Se continuará suministrando de Buenos Aires los auxilios que sean posibles

para el fin del asedio.

“4° No se enviará de Buenos Aires otro jefe para el ejército auxiliador de esta

Banda ni se removerá al actual.

“5° Se devolverá el armamento perteneciente al regimiento de Blandengues, que

han conducido los que marcharon acompañando a los expulsos.

“6° Será reconocida y garantida la confederación ofensiva y defensiva de esta

Banda con el resto de las Provincias Unidas, renunciando cualquiera de ellas la

subyugación a que se ha dado lugar por la conducta del anterior gobierno.

“7° En consecuencia de dicha confederación, se dejará a esta Banda la plena

libertad que ha adquirido como provincia compuesta de pueblos libres; pero queda

desde ahora sujeta a la constitución que emane y resulte del soberano Congreso

General de la nación y a sus disposiciones consiguientes, teniendo por base la liber-

tad.

“8° En virtud de que en la Banda Oriental existen cinco cabildos de veintitrés

pueblos, se ha acordado deben reunirse cinco diputados en la Asamblea constituyen-

te, cuyo nombramiento, según la espontánea elección de los pueblos, recayó en los

ciudadanos don Dámaso Larrañaga y don Marcos Vidal por la ciudad de Montevi-

deo; don Dámaso Gómez de Fonseca por la de Maldonado y su jurisdicción; don

Felipe Cardoso por Canelones y su jurisdicción; don Marcos Salcedo por San Juan

Bautista y San José; doctor Francisco Bruno de Rivarola por Santo Domingo Soria-

no y su jurisdicción.

“Siendo estas condiciones bajo las cuales han estipulado los señores comisiona-

dos el reconocimiento de dicha soberana Asamblea, las presenten a sus constituyen-

tes para que si son de su aprobación las firmen con ellos”.

“Banda Oriental, 5 de abril de 1813. — León Pérez — Juan José Durán — Pedro

Fabián Pérez — Ramón de Cáceres — Felipe Pérez — Francisco Antonio Bustamante

— Pedro Vidal — Manuel del Valle — José Antonio Ramírez — Manuel Martínez de

Haedo — Francisco Sierra — Antonio Díaz, Secretario. — Es copia, ARTIGAS.”

EL CONGRESO DE ABRIL

El descrédito en que había caído el gobierno porteño, caracterizado por su poco

deseo de hacer progresar la revolución, provocó su caída el ocho de octubre de

1812, en cuya circunstancia fue sustituido por el segundo Triunvirato, integrado por

el doctor Juan José Paso, don Nicolás Rodríguez Peña y don Antonio Alvarez de

Jonte. Contribuyeron a este movimiento renovador, la “Sociedad Patriótica”, la

“Logia Lautaro” y el grupo de amigos políticos del doctor Juan José Paso.

La “Sociedad Patriótica” era dirigida por el doctor Bernardo Monteagudo e

integrada por destacados elementos vinculados a los intereses políticos de los orien-

tales, constituyendo un auténtico centro de propaganda y agitación, que mantenía

latente el espíritu revolucionario.

La “Logia Lautaro”, de carácter masónico, contaba entre sus miembros con al-

gunos jóvenes militares llegados de Europa en marzo de ese año, cuyas inspiracio-

nes no eran ajenas a la “Gran Reunión”, de la logia de Francisco de Miranda en

Londres, desde la cual directamente o por medio de su filial en Cádiz conspiraba en

toda América, propendiendo a la liberación del continente.

El grupo político del doctor Paso respondía a fines personales, no obstante lo

cual tuvo una influencia tan decisiva en el movimiento, que logró la posición más

destacada en el nuevo Triunvirato.

La “Sociedad Patriótica” representaba el verdadero espíritu revolucionario y

renovador, sustentando en su programa político el sistema federal; mantenía estre-

chas relaciones con destacadas personalidades del país, especialmente con Artigas,

por medio del Dr. Francisco Bruno de Rivarola y el capitán Felipe Santiago Cardozo,

este último, viejo amigo y compañero de armas del caudillo. La “Logia Lautaro”,

centro conspirador de la oligarquía porteña, propendía al centralismo y al sistema

unitario; su política y fines no eran revolucionarios, buscaban la autonomía, sustitu-

yendo los hombres, pero no el régimen; en sus filas militaban jóvenes oficiales como

José de San Martín y Carlos Alvear, ya aureolados de prestigio.

Ambas, la sociedad y la logia así como el grupo del Dr. Juan José Paso, aunque

antagónicos en sus métodos y principios políticos, coaligados en su común interés

por la independencia, lograron consolidar el nuevo gobierno, dándole estabilidad y

obteniendo de él la convocatoria de una nueva asamblea. Tal fue el origen de la

“Soberana Asamblea General Constituyente” del año XIII, primera en constituir

una realidad tangible y de la que se esperaba fuera auténtica representación de la

soberanía nacional.

La Convocatoria

El Triunvirato en cumplimiento del programa, impuesto por el movimiento que

diera lugar a su elección, debió convocar una asamblea con carácter constituyente, 

en tanto él conducía sus actos por el Estatuto Provisional. El decreto de la convoca-

toria fué publicado el 24 de octubre de 1812, estableciéndose en él tanto el procedi-

miento electoral a seguirse como el número de representantes acordados a los pue-

blos.

Disponíase que la elección se haría en dos grados, es decir, que en primer térmi-

no, divididas las ciudades en circunscripciones o partidos, procederían a la elección

por el voto de los vecinos libres y de reconocido patriotismo, de un elector por cada

uno de ellos, correspondiendo ocho a cada ciudad. En segundo término, estos ocho

electores reunidos en la sala de acuerdos del Ayuntamiento, procederían a la elec-

ción a pluralidad de votos, del diputado o diputados que representaran a la ciudad

en el seno de la “Soberana Asamblea General Constituyente”.

Por el mismo decreto se asignaba a cada capital de provincia dos representantes

y uno a cada ciudad subordinada a las mismas, pero se establecía un régimen de

excepción para Buenos Aires, a la que se acordaban cuatro diputados y a Tucumán

dos, si así lo deseaba, en mérito a la victoria obtenida el 24 de setiembre sobre el

ejército español al mando del general Pío Tristán. Establecía igualmente la convo-

catoria, que los poderes de los diputados debían ser otorgados sin limitación alguna

a la vez de conceder absoluta libertad en cuanto a las instrucciones que desearen

impartirle los pueblos. La fecha de instalación, era fijada para enero de 1813.

Nada se establecía con respecto a la Banda Oriental, mas esta omisión no puede

ser considerada como un acto de mala voluntad o falta de interés por el gobierno,

puesto que obedecía a la situación anómala por la que esta atravesaba, lo cual daba

mérito a un tratamiento especial. La Banda Oriental en el año doce, ofrecía un as-

pecto desolado y se encontraba prácticamente despoblada como consecuencia del

Exodo, todos los elementos útiles se encontraban alejados de sus hogares, convi-

viendo los más junto al caudillo que acompañaron con singular entereza; los menos

se encontraban dispersos por Buenos Aires, Arroyo de la China, Montevideo u otras

localidades.

En el interior de la Banda Oriental, fueron escasos los que osaron quedarse y

menos aún los sobrevivientes a las “Partidas Tranquilizadoras” de Larrobla y sus

subordinados. En todos los centros poblados reinaba la desolación, salvo en

Maldonado, que fué la ciudad menos castigada en su población, como consecuencia

de la invasión portuguesa, siendo la que menos aportara a la heroica marcha del

Exodo y por lo mismo no tuvo que soportar los malones de los indios alzados.

En tales circunstancias no era posible ajustar la representación oriental sobre las

mismas bases que a los otros pueblos de las Provincias Unidas, requiriendo su elimi-

nación o en caso contrario un régimen especial, que fué por lo que se optó. Se acor-

dó a los orientales dos representantes, es decir la misma que en anterior circunstan- 

cia se les había concedido, en ocasion de ser elevada una representación por “Va-

rios Vecinos y Hacendados de la Banda Oriental” desde el Ayuí, cuando solicitaron

se les acordaran cuatro diputados.

Los Orientales Emigrados

En tanto se producía en Buenos Aires la caída del primer Triunvirato y se hacía

cargo del gobierno el segundo, se libraba en el campamento de los orientales emi-

grados una batalla en pro de los derechos de aquel pueblo, desconocidos por don

Manuel de Sarratea, entonces investido del cargo del general en jefe del ejército, con

honores de capitán general en toda la Banda Oriental. Artigas debió sostener una

lucha difícil para defender la soberanía de su pueblo, contra la maraña de intrigas y

seducciones de aquel Jefe, el cual era alentado en sus propósitos por un oriental

despechado, don Santiago Vázquez.

Se pretendía desconocer la autoridad de General y de Jefe de los Orientales, con la

que había sido investido Artigas por sus compatriotas en un acto libérrimo, en pleno

ejercicio de la soberanía, el diez de octubre del año once, cuando la memorable “Asam-

blea de la Paraguaya”, a pesar del expreso reconocimiento que de ello hiciera en tal

oportunidad el gobierno bonaerense. A los padecimientos de aquel pueblo heroico,

consecuencia de otro acto soberano, el Exodo, se unió la humillante pretensión de

ignorar sus derechos al ser tratados como vasallos y no como ciudadanos.

Ninguna otra actitud mostró tan claramente como ésta, que el gobierno porteño

no quería la revolución sino la búsqueda como único objetivo, de la autonomía,

sustituyendo los hombres pero no el régimen; más no lograron su propósito con

respecto al pueblo oriental, puesto que si bien la traición hirió gravemente a los

emigrados, los cuales se vieron abandonados por algunos compatriotas al mando de

fuerzas, no por eso desmayó el espíritu colectivo, ni menos el de su caudillo, en quien

delegarán el ejercicio de la soberanía.

Las circunstancias difíciles que vivieron los orientales en el Ayuí, permitieron la

absoluta identificación entre el Jefe y su pueblo. Las desgracias comunes tanto como

la identidad de intereses e ideales, unieron definitivamente a aquellos seres, creando

el espíritu de nacionalidad. El apremio de la situación llevó a los orientales a poner-

se en relación con los pueblos de otras provincias, tratando de gobierno a gobierno,

de igual a igual, sentando el principio de mutuo reconocimiento de sus soberanías.

Aún desde Buenos Aires, hombres influyentes inspirados en la necesidad de dar

impulso a la revolución, salvándola de la oligarquía que se había apoderado del

gobierno, buscaron su contacto y apoyo a la vez de darle consejo y aliento en tan

amargas circunstancias. Conoció así Artigas y su pueblo, el desprestigio en que ha-

bía caído el gobierno de todo el país, como también las heridas abiertas en otros

núcleos ciudadanos, por tan errada política gubernamental. 

Ello reafirmó al caudillo y a los orientales en la precisión de mantener los princi-

pios de la revolución y autonomía provincial a cualquier precio. Por esa causa no

vacilaron en obtener el alejamiento de don Manuel de Sarratea y de los hombres de

su círculo, aunque para ello debieran acudir al empleo de las armas. Con este deci-

dido propósito, emprendieron los orientales la marcha hacia Montevideo.

La elección de diputados

Ya iniciado el segundo sitio a Montevideo e instalado frente a sus muros don

Manuel de Sarratea y su estado mayor, dispuso de acuerdo a las órdenes del Triunvi-

rato se procediera a la elección de los dos diputados que debían representar a la

Banda Oriental. Uno de ellos llevaría la representación de Maldonado, en mérito a

ser la única ciudad que había conservado casi intacta su organización civil y admi-

nistrativa; el otro correspondía a los ciudadanos emigrados de Montevideo. Esta

elección no pudo ajustarse a las prescripciones establecidas en la convocatoria,

ante la imposibilidad de dividir en ocho cuarteles a la ciudad de Maldonado y menos

aún a la población emigrada frente a Montevideo, por cuya razón, previa consulta

de Sarratea al Triunvirato, éste dejó librado al criterio de aquél la solución del

problema, desde que las dificultades deberían ser resueltas sobre el terreno.

El seis de enero de 1813, procedió Maldonado a la elección de su diputado, de

acuerdo a la orden que al efecto le impartiera Sarratea el 31 de diciembre, la cual

era acompañada de las respectivas instrucciones. Recayó Ia elección en una perso-

na alejada de la ciudad, aunque continuaba vinculada a la misma por lazos de san-

gre y de la que se conservaba el recuerdo de su anterior actuación. Resultó electo en

esta oportunidad el presbítero doctor Juan Dámaso Gómez de Fonseca, de indiscu-

tible ascendencia portuguesa y que en el momento residía en Buenos Aires, desempe-

ñando el curato y rectoría de la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de

aquella ciudad.

Para su elección debieron los capitulares de San Fernando de Maldonado, sor-

tear muchas dificultades, de las que dejaron expresa constancia en el acuerdo reali-

zado el dos de enero y del que enviaron testimonio a Sarratea. Ante la imposibilidad

de dividir la ciudad en ocho cuarteles a causa del corto vecindario, desde que la

mayoría había emigrado a Montevideo y de acuerdo a las facultades que se les había

dado para obviar cualquier dificultad, optaron por procedimientos ya adoptados en

otra oportunidad. Al efecto convocaron a todos los jueces comisionados de los par-

tidos sujetos a su jurisdicción, a los vecinos de mayor espectabilidad y con interven-

ción de los propios miembros del Ayuntamiento, procedieron el día seis a la elección

de los ocho electores prescriptos en el reglamento. Estos en el mismo acto, eligieron

por unanimidad al diputado, sin que pudiera apreciarse disparidades de criterio

como había ocurrido en anteriores oportunidades. El día 14 de ese mismo mes, co-

municó el cabildo fernandino al gobierno de Buenos Aires el resultado de la elec-

ción, a la vez de enviarle testimonio de los acuerdos de los días dos y seis, para que

sirvieran de credencial a su diputado.

La elección del otro representante, correspondiente a los vecinos emigrados de

Montevideo y villas de su jurisdicción, requirió un procedimiento aún más arbitra-

rio, desde que los electores debieron reducirse a cuatro. La elección de éstos, se

efectuó el doce de enero, correspondiendo presumiblemente uno a los propios veci-

nos de los alrededores de la ciudad, otro a la villa de Guadalupe, otro a la de San

José y el cuarto y último a San Juan Bautista. De los electores elegidos en esta

oportunidad, sólo conocemos tres, don Juan José Durán y los presbíteros Juan José

Ortíz y Bartolomé Doroteo Muñoz; aunque sí sabemos que se reunieron en Santa

Lucía el día quince, donde procedieron a la elección del diputado, que recayó en el

presbítero Dámaso Antonio Larrañaga.

Si estas elecciones que Sarratea comunicara al gobierno por oficio del 24 de

enero, requirieron el abandono de las rígidas normas establecidas en la convocato-

ria del 24 de octubre, menos era de esperar que el general en jefe porteño dejara de

influir en el resultado del acto comicial, invalidando así la libre expresión de la

voluntad popular, a la vez de quebrar la influencia y prestigio del Jefe de los Orien-

tales.

Las elecciones realizadas en la Banda Oriental bajo la influencia de Sarratea,

habían producido seria alarma en Buenos Aires, entre los elementos liberales, espe-

cialmente en la “Sociedad Patriótica”, desde que temían que la representación se

limitará a un solo diputado y que éste fuera el propio Sarratea. Ya en el mes anterior

a la elección, en carta del cuatro de diciembre, se había prevenido al caudillo contra

ella, expresándole: “El congreso es entero a Sarratea. Le pasaron la orden para que

venga el diputado de esa Banda; usted no deje de pasarle una nota diciéndole que el

ejército de Buenos Aires no tiene facultad ninguna para nombrar diputado en aque-

lla Banda, y que desde luego anula y dá por nulo cuanto practique en el Congreso:

que la Banda Oriental no manda, ni mandará diputado ninguno a Buenos Aires.

Igualmente mandará usted chasque al Paraguay para que no mande diputado. Ase-

guro a usted que el Congreso es todo de la facción del gobierno”. Esta carta, que es

copia certificada por Artigas ha llegado hasta nosotros, no trae el nombre de su

autor y aunque un gran historiador compatriota, Clemente L. Fregeiro la atribuye al

capitán Felipe Santiago Cardozo, no es posible descartar como su posible autor al

doctor Francisco Bruno de Rivarola, cuyo estilo vehemente parece traslucirse.

Reconocimiento de la Asamblea

La presión ejercida por Artigas para obtener la renuncia de Sarratea y su retiro

del campo sitiador, acompañado de los hombres que habían demostrado desafecto al 

pueblo oriental, tuvieron éxito gracias al decidido apoyo que prestaron Rondeau y

French, siendo sustituido aquél por Rondeau como general en jefe.

Producida la expulsión de don Manuel de Sarratea y alejados igualmente los

hombres de su círculo, se incorporó Artigas al sitio, revistiendo su arribo contornos

sensacionales por la espectacularidad del ceremonial con que fue recibido y los

desusados homenajes de que fué objeto por el ejército porteño y la población civil

alojada en las inmediaciones de la ciudad. Puede considerarse que el 26 de febrero

de 1813, fecha de la incorporación del ejército oriental al sitio, determina el comien-

zo del período de máximo esplendor, poderío y prestigio del Jefe de los Orientales;

así lo entendieron algunos de los testigos presenciales y también lo consideró aun-

que con pesar, el propio gobierno de la capital.

Las gestiones e incidencias que dieran lugar a la expulsión, coincidieron con la

misión que la “Soberana Asamblea General Constituyente” encomendara a uno de

sus miembros, el doctor Pedro Pablo Vidal, ante Artigas. El comisionado traía ins-

trucciones precisas sobre la conducta que debía adoptar ante el Jefe de los Orienta-

les, así como perfectamente determinadas las concesiones a que podía llegar. Estas

instrucciones establecían el retiro de Sarratea a quien se le quitaba el mando de

fuerzas con indicaciones para el caso de una posible resistencia de éste, determina-

ba igualmente el retiro del ejército porteño, aunque imponiendo a los orientales la

obligación de mantener el asedio con el sólo auxilio de armas, vestuarios y algún

dinero; pero lo que más interesa de aquellas, es lo prescripto en la cláusula décimo-

cuarta que establecía “Protestará el Diputado a nombre de la Asamblea General

Constituyente al Coronel Artigas, a sus Oficiales y Soldados, y en general a todos los

vecinos de la Campaña oriental la resolución en que se halla de dejar a los Pueblos

en el libre uso de sus derechos, y como tal vez dirán de nulidad de los Diputados

nombrados, por haberlo sido bajo el influjo del general Sarratea, convendrá en que

se hagan de nuevo las elecciones según la convocatoria del Gobierno, que ha serbido

de la norma a los demás pueblos.”

Esta misión de don Pedro Pablo Vidal no tuvo consecuencias, desde que el curso

de los sucesos precisó a la “Soberana Asamblea General Constituyente” a ordenar

su retiro sin esperar al término de su gestión; pero dejó la prueba palmaria de la

mala fe con que procedía el gobierno de la capital y sobre todo implica un franco

reconocimiento de que la elección de los diputados Gómez de Fonseca y Larrañaga,

se había hecho bajo las directivas y presión de Sarratea.

Terminada esta incidencia, que como hemos dicho no tuvo mayores

consecuencias;se produjo otra de positiva entidad. El 22 de marzo de 1813, don José

Rondeau en su calidad de general en jefe, trasmitió al coronel Artigas las órdenes

impartidas por la Asamblea y el Triunvirato, respecto a que era preciso prestar el 

reconocimiento y jura a aquella corporación. Contestó el Jefe de los Orientales al

día siguiente, expresando: “Se halla delante de S.E. un diputado de estas divisiones

-alude a don Tomas García de Zúñiga-, con diferentes solicitudes, que: según comu-

nicación del mismo, han sido elevadas a la Soberana Asamblea. Estas están pen-

dientes, y por este paso debemos esperar la soberana resolución sobre el particular

porque ellas en él son tanto más imprescindibles cuanto empaña mi honor y el de mis

recomendables conciudadanos, por los diferentes motivos que las produjeron. Ade-

más, han marchado mis invitaciones a todos los pueblos de esta banda con el mismo

objeto, para que por medio de sus diputados se reúnan aquí el tres del próximo

entrante. Estas me parecen cosas de la importancia bastante para que yo, sin negar-

me, suspenda, por ahora, el reconocimiento y jura a que V. S. se sirve convocarme”.

Terminaba la carta aconsejándole procediera por su parte al reconocimiento y jura,

sin esperar a los orientales, evitando así malos entendidos con el gobierno de la

capital.

Era cierto que Artigas había procedido a la convocatoria de diputados con fecha

anterior a la intimación de Rondeau, puesto que la circular invitando a los pueblos

para que procedieran a la elección estaba datada el 21 de marzo, es decir un día

antes que el oficio del General en jefe. No obstante el consejo de Artigas, en el

sentido de que procediera al reconocimiento y jura de la Asamblea, sin atenerse a la

resolución de los Orientales, Rondeau prefirió esperar la decisión de aquellos y así

lo hizo saber al Triunvirato, en una comunicación datada el 28. Quedó así planteado

el punto capital a discutirse, el reconocimiento a la asamblea, como lógica conse-

cuencia de la equivocada política seguida con Artigas y el pueblo oriental.

En: Edmundo Favaro, Artigas, o.c.

52. INSTRUCCIONES QUE SE DIERON A LOS DIPUTADOS DE LA PRO-

VINCIA ORIENTAL PARA EL DESEMPEÑO DE SU MISION ANTE LA ASAM-

BLEA CONSTITUYENTE DE BUENOS AIRES. DELANTE DE MONTEVIDEO,

13 DE ABRIL DE 1813.

Primeramente pedirá la declaración de la independencia absoluta de estas colo-

nias, que ellas están absueltas de toda obligación de fidelidad a la corona de Espa-

ña, y familia de los Borbones, y que toda conexión política entre ellas y el estado de

España es, y debe ser totalmente disuelta.

Art. 2o. - No admitirá otro sistema que el de confederación para el pacto recípro-

co con las provincias que formen nuestro estado.

Art. 3o. -Promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable.

Art. 4o. -Como el objeto y fin del gobierno debe ser conservar la igualdad, liber-

tad y seguridad de los ciudadanos y de los pueblos, cada provincia formará su go-

bierno bajo esas bases, a más del gobierno supremo de la nación. 

Art. 5o. -Así éste como aquél se dividirán en poder Legislativo, Ejecutivo y Judi-

cial.

Art. 6o. -Estos tres resortes jamás podrán estar unidos entre sí, y serán indepen-

dientes en sus facultades.

Art. 7o. -El gobierno supremo entenderá solamente en los negocios generales del

Estado. El resto es peculiar al gobierno de cada provincia.

Art. 8o. -El territorio que ocupan estos pueblos de la costa oriental del Uruguay

hasta la fortaleza de Santa Teresa, forma una sola provincia, denominada: LA PRO-

VINCIA ORIENTAL.

Art. 9o. -Que los siete pueblos de Misiones, los de Batoví, Santa Tecla, San Rafael

y Tacuarembó, que hoy ocupan injustamente los portugueses, y a su tiempo deben

reclamarse, serán en todo tiempo territorio de esta provincia.

Art. 10o. -Que esta provincia por la presente entra separadamente en una firme

liga de amistad con cada una de las otras, para su defensa común, seguridad de su

libertad, y para su mutua y general felicidad, obligándose a asistir a cada una de las

otras contra toda violencia o ataques hechos sobre ellas, o sobre alguna de ellas, por

motivo de religión. soberanía, tráfico, o algún otro pretexto, cualquiera que sea.

Art. 11o.- Que esta provincia retiene su soberanía, libertad e independencia, todo

poder, jurisdicción y derecho que no es delegado expresamente por la confederación

a las Provincias Unidas juntas en congreso.

Art. 12o.- Que el puerto de Maldonado sea libre para todos los buques que con-

curran a la introducción de efectos y exportación de frutos, poniéndose la corres-

pondiente aduana en aquel pueblo; pidiendo al efecto se oficie al comandante de las

fuerzas de S.M.B. sobre la apertura de aquel puerto para que proteja la navegación,

o comercio, de su nación.

Art. 13o.- Que el puerto de Colonia sea igualmente habilitado en los términos

prescritos en el artículo anterior.

Art. 14o.- Que ninguna tasa o derecho se imponga sobre artículos exportados de

una provincia a otra; ni que ninguna preferencia se dé por cualquiera regulación de

comercio o renta a los puertos de una provincia sobre la de otra; ni los barcos desti-

nados de esta provincia a otra serán obligados a entrar, a anclar, o pagar derechos

en otra.

Art. 15o.- No permita se haga ley para esta provincia sobre bienes de extranjeros que

mueren intestados, sobre multas y confiscaciones que se aplicaban antes al rey, y sobre

territorios de éste, mientras ella no forma su reglamento y determine a qué fondos deben

aplicarse, como única al derecho de hacerlo en lo económico de su jurisdicción.

Art. 16o.- Que esta provincia tendrá su constitución territorial; y que ella tiene el

derecho de sancionar la general de las Provincias Unidas que forme la Asamblea 

Constituyente.

Art. 17o.- Que esta provincia tiene derecho para levantar los regimientos que

necesite, nombrar los oficiales de compañía, reglar la milicia de ella para la seguri-

dad de su libertad, por lo que no podrá violarse el derecho de los pueblos para

guardar y tener armas.

Art. 18o.- El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas consti-

tucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos.

Art. 19o.- Que precisa e indispensable sea fuera de Buenos Aires donde resida el

sitio del gobierno de las Provincias Unidas.

Art. 20o.- La constitución garantirá a las Provincias Unidas una forma de go-

bierno republicana, y que asegure a cada una de ellas de las violencias domésticas,

usurpaciones de sus derechos, libertad y seguridad de su soberanía, que con la fuer-

za armada intente alguna de ellas sofocar los principios proclamados. Y asimismo

prestará toda su atención, para preservar a esta provincia las ventajas de la libertad,

y mantener un gobierno libre, de piedad, justicia, moderación e industria. Para todo

lo cual, etc. -Delante de Montevideo, 13 de abril de 1813. - Artigas. - Es copia.

53 “Después de las fatigas y agitaciones de espíritu”, “que tanto tiempo ha sufrido

V. S. con generosa constancia, por precaverse de que algún nuevo género de política

mezquina o ambiciosa intentare ofuscar desde los primeros días de nuestra libertad

naciente la dignidad del pueblo oriental, que en parte milita bajo su esclarecida con-

ducta, yo tengo la singular satisfacción de poder informar a V. S. que es supremo

gobierno ejecutivo, adoptando de buena fe los medios más liberales y eficaces para

remover del concepto de V. S. cualquiera duda o incertidumbre en aquel respecto, me

autoriza e instruye suficientemente por sus últimas comunicaciones del 6 del corriente,

para oír y tratar con V. S. en el asunto de sus solicitudes y las del pueblo oriental”.

Artigas le contesta:

“Nada para mí más lisonjero”, le decía al día siguiente, “nada más satisfactorio,

nada más glorioso que la comunicación estimable de V. S.... El giro informe a que se

vieron reducidos los resortes de nuestro estado naciente, era muy bastante a suscitar

temores que jamás pudieron ser desaprobados por la prudencia: los hechos se pre-

sentaron muy luego a confirmar esa especulación, y al fin se hizo tan necesaria la

sospecha, que tuvo que entrar en todo cálculo, aún para los proyectos nada

cuestionables. Tal es la historia de la regeneración de esta provincia... Por fortuna

llegó el período de la organización del Estado y él hará brillar su constitución. Mien-

tras ella no existe, esa provincia cree precisar sus primeros pasos y en su consecuen-

cia yo tengo la honra de incluir a V.S. los adjuntos papeles que hacen el objeto de sus

miras y son el tratado que vamos a concluir V. S. y yo”. 

54. “Expuso el ciudadano José Artigas los desórdenes, abusos y excesos que en

ella (la campaña) se notaban con gran detrimento de la tranquilidad pública y equi-

dad social, cuyos males no podía obviar ni su instituto, ni sus atenciones, por estar

actualmente del todo ocupado en el principal objeto de hostilizar a la plaza enemiga

(Montevideo)... Lo cual oído atentamente por la multitud de ciudadanos que estaban

reunidos por sí y en representación de la Provincia, después de una reflexiva y bien

meditada conferencia, acordaron por el mayor número de votos, que convenía a la

Provincia Oriental y que era su voluntad irrefragable el que se estableciese un cuer-

po municipal que entendiese en la administración de la justicia y demás negocios de

la economía interior del país, sin perjuicio de las ulteriores providencias que para

este mismo propósito emanen de la Asamblea soberana del Estado, con acuerdo de

los respectivos diputados de esta Provincia; y en consecuencia convino toda la Asam-

blea en hacer las elecciones de miembros que han de formar dicho cuerpo municipal

en los términos siguientes: el ciudadano José Artigas, gobernador militar y sin ejem-

plar presidente del cuerpo municipal; los ciudadanos Tomás García de Zúñiga y

León Pérez, jueces generales; el ciudadano Santiago Sierra, depositario de los fon-

dos públicos de esta Provincia; el ciudadano Juan José Durán, juez de economía; el

ciudadano doctor José Revuelta, juez de vigilancia y asesor en los casos que esté

impedido el propietario; los ciudadanos Juan Méndez y Francisco Pla, protectores

de pobres; el ciudadano doctor Bruno Méndez, expositor general de la Provincia y

asesor del cuerpo municipal; el ciudadano Miguel Barreiro, secretario del gobierno;

y el ciudadano José Gallegos, escribano público de dicha corporación.”

55. “Esta corporación desearía restablecer la más fina correspondencia con esa

Provincia y su gobierno, y unir su fuerza a las otras para que así se presentaran

dobles delante del enemigo... Deseamos ser instruidos de las causas que, funesta-

mente a todas las Provincias Unidas, pueden haber retardado la remisión de auxilios

ofrecidos contra ese pequeño resto de refractarios encerrados en Montevideo... Con

el motivo arriba expuesto, felicita esta corporación a esa Asamblea General Consti-

tuyente, ofrece en nombre de la Provincia, la comunicación de los auxilios que estén

a sus alcances y se promete igual compensación, para que desaparezca el último

asilo de la división, sobre que calculaban los caducos gobernantes.”

En: Fregeiro, Descubrimientos Justificativos. (abril, 20)

56. Dámaso Antonio Larrañaga (1771-1848), sacerdote oriental, estudió en Bue-

nos Aires, Córdoba y se ordenó en Rio de Janeiro (1799). Fue teniente cura de la

Matriz (1804) y capellán de las milicias de la Reconquista.

Participó del Cabildo Abierto de 1808, fue expulsado por Elío en 1811 (de Mon-

tevideo) y en 1813 era diputado entre los que llevaron las instrucciones de Artigas a 

Buenos Aires. Cura interino de la Matriz (1815) estuvo cerca del gobierno patrio de

1815-16 e inauguró la biblioteca Pública en Montevideo con una famosa “Ora-

ción”.

Cuando la dominación luso-brasileña (1817-28) mantuvo adhesión al régimen e

introdujo el método de enseñanza lancasteriano en los colegios públicos (1821-24).

Nombrado Vicario Apostólico (1824) mantuvo el cargo hasta su muerte.

Senador de la República con el gobierno de Rivera (1830-34), presentó proyectos

para la creación de cátedras de enseñanza superior (Plan Larrañaga convertido en

ley en 1839), antecedente a la creación de la Universidad Mayor bajo el gobierno de

Oribe.

Se refugió en su quinta del Miguelete donde cumplió una importante obra como

naturalista (Botánica, Zoología y otros trabajos científicos), mantuvo corresponden-

cia con los más distinguidos científicos de su época (Cuvier, Saint Hilaire, Bonpland

y otros) y dejó 2 valiosos libros: Diario de Historia Natural (1813-24) y Diario de la

Chácara (1818-23).

Réplica de los diputados.

Otro de los documentos justificativos, es la réplica de los diputados orientales

don Dámaso Larrañaga y el doctor Mateo Vidal a la crónica de “El Redactor de la

Asamblea”. Es un oficio datado en Buenos Aires el 18 de junio de 1813 (Archivo

Mitre), en que esos ciudadanos demuestran a Artigas la enormidad de la resolución

de la Asamblea al expulsarlos de su seno.

“Por su simple lectura comprenderá V. S. que se procura persuadir y se toma por

fundamento de nuestra no admisión, por ahora, el haber presentado los diputados

electos por la Banda Oriental como única credencial las cartas de aviso que les

comunicaban algunos individuos de aquellos pueblos.”

“V. S. juzgará de todo el fondo y veracidad de esta aserción, luego que sepa que

los documentos presentados por los apoderados reclamantes, no sólo fueron los ofi-

cios de los respectivos pueblos que presentaban rubricados por las justicias y testi-

gos, en los que no sólo les noticiaban el acordado nombramiento, sino que en él se lo

ratificaban y aun exponían sirviesen aquellos documentos por suficientes poderes

para con ellos presentarse y obtener la correspondiente incorporación en la sobera-

na Asamblea, sino que aún agregamos, principalmente los dos que abajo suscribi-

mos el acta de 5 de abril por la que consta de un modo indudable nuestro nombra-

miento.”

“Si, pues, “El Redactor” hace mérito en su exposición de la carta de aviso dirigi-

da al ciudadano Larrañaga, que si no producía efecto favorable ni menos deparaba

el menor daño y fué acompañada a los papeles presentados por un involuntario

accidente, nosotros ignoramos en qué funde el tan decidido estudio que se manifiesta 

de no hacer referencia de la expresada acta, siendo así que era el documento princi-

pal en que afianzábamos nuestras solicitudes”.

Artigas busca fórmulas conciliatorias.

Dos nuevas piezas justificativas vamos a reproducir: las instrucciones y los Co-

nocimientos que Artigas envió el 29 de junio de 1813 al diputado don Dámaso

Larrañaga, para solucionar el conflicto y arribar a fórmulas transaccionales

salvadoras.

Decía Artigas a Larrañaga en las Instrucciones (Archivo Mitre):

“Preguntará al gobierno qué es lo que exige de los orientales; que por Dios entre

a garantir la unión, que la continuación de estos pasos no hará más que atrasar los

progresos del sistema sin que él llegue a consolidar sus planes; que esté muy seguro

de que sean ellos cuales fueren, nosotros sabremos hundirlos; que todas las medidas

están al efecto tomadas y sólo resta la ejecución. Le asegurará que jamás podrá

llenarse la idea de levantar el sitio y que crea firmemente que no da paso alguno que

no conozcamos su fin.”

En los Conocimientos, entraba Artigas en más amplias consideraciones (Archivo

Mitre):

“La revolución de la Banda Oriental fue siempre acompañada de incidentes que

empeñando sus sospechas, la han obligado a buscar garantías aun para asuntos

nada cuestionables.”

“Esta Provincia ha tenido noticias muy positivas que el gobierno de Buenos Aires

levanta tropas con el fin precisamente de garantir sus proyectos sobre ella. Tal vez

podrían designarse pretextos para no estar a estas siniestras intenciones; pero el

silencio misterioso del dicho gobierno en orden a las pretensiones de esta Provincia;

el hecho de haber otorgado el pasaporte al ciudadano encargado de ellas sin haberlas

allanado; el desprecio inferido a su gobierno económico por la Asamblea constitu-

yente en no haber contestado a su primera única comunicación del 8 de mayo; el

hecho de haberse negado la incorporación a sus diputados, manifiesta más su plan

por la impostura en que garantió la negativa. El desprecio con que mira a los adictos

a este sistema, la protección que se dispensa a sus opuestos; la dignidad y decoro

con que se mira a los expulsos y sobre todo los hechos escandalosos de Quintana

sobre el Salto y de Planes en Miriñay y Mandisoví, inclinan el concepto y quitan toda

duda para creer que la fermentación de Entre Ríos y acantonamiento de tropas sobre

la costa occidental del Uruguay y las del Paraná, son un proyecto particular sobre la

Oriental.”

“Esta Provincia habría continuado en su moderación y le hubiese sido posible

conciliar sus sufrimientos con las atenciones generales; pero en la necesidad de

combinar sus medidas, calculando sus recursos por sus proporciones, enlaces y rela- 

ciones, cree imprescindible fijar su seguridad; y sin desatenderse de sus afanes por

la causa general, se cree obligada a partir su atención por el doble objeto que se le

hace tener. Y sin embargo de que la situación actual de los negocios generales, exige

anhelos decididos, como el gobierno de Buenos Aires se aprovecha de su modera-

ción para garantir sus maquinaciones, ella teme que sus esfuerzos sean después

infructuosos si deja el tiempo bastante al dicho gobierno para concluir sus planes y

ponerse en estado de sofocar cualquier oposición y aun evitarla.”

“Esta Provincia está alarmada contra el despotismo; si sus prosélitos se han

multiplicado, ella no es menos libre. Sería muy ridículo que no mirando ahora por sí,

prodigase su sangre al frente de Montevideo y mañana ofreciese a otro nuevo cetro

de hierro el laurel mismo que va a tomar de sobre sus murallas. La Provincia Orien-

tal no pelea por el restablecimiento de la tiranía de Buenos Aires.”

El comentario artiguista.

En oficio de 29 de junio de 1813 (Fregeiro, “Documentos Justificativos”) Artigas

formula su expresión de agravios ante el propio gobierno de Buenos Aires.

Le dice que hay reuniones de gente en Entre Ríos; que se ha intimado la entrega

de sus armas a la guardia del Salto; que las tropas reunidas en Yapeyú han persegui-

do a los soldados orientales y fusilado a dos de sus oficiales; que esos y otros hechos

vienen a complementar la obra de incidentes anteriores: como la entrega de su pasa-

porte al diputado que llevó las pretensiones de la Provincia, sin resolver nada acerca

de ellas; la falta de contestación al oficio en que el gobierno municipal comunicaba

su instalación; y el rechazo de los diputados al congreso, a pretexto de un defecto

absolutamente cuestionable en los poderes.

“Esta Provincia, fiel a sus principios y constante siempre en conciliar los intere-

ses generales, ha hecho alarde de sus sufrimientos desde los primeros motivos que

tuvo para hacer entrar otra vez la sospecha en sus cálculos... ¿pero hasta cuando,

Excmo. Señor, ha de servir esta moderación a garantir los proyectos de la intriga?”

“Por fin, si examinadas todas las proposiciones y hecha la combinación debida,

halla V. E. que sólo la unión puede poner el sello a nuestra obra, fijemos las garan-

tías de esa unión. Al efecto empiece V. E. por impartir sus órdenes y deshagase el

acantonamiento de tropas que formaliza en el Uruguay y Paraná. No crea V. E. que

es tiempo de poder cohonestar los proyectos. Sean cuales fueren las intenciones que

manifieste V. E. y sean cuales fueren sus medidas para realizarlas, sea V. E. seguro

que no nos es desconocido su fin y que por consiguiente habremos de impedirlo,

habremos de contrarrestarlo y aniquilarlo hasta garantir en las obras el sagrado de

nuestra confianza.”

“La historia de la regeneración de esta Provincia es demasiado reciente para que

sus circunstancias dejen de servir de fomes a su celo por su dignidad. Es un delirio

formar el proyecto de subyugarla. Derramamos aún la sangre delante de los déspo-

tas cuyas cadenas quebramos hace tres años, ¿y cree V. E. que hemos de mirar con

indiferencia las que pretenden depositar en ]a fuerza que origina V.E?”

“Desista V. E. del empeño: entre con nosotros al templo augusto de la confedera-

ción, y evitemos que el luto, llanto y amarguras, vengan a ofuscar el brillante tabló

que nos presenta el destino. Por conclusión, Excmo. Señor, esta Provincia penetra

las miras de V. E.: ella está dispuesta a eludirlas; pero ella ruega a V. E. aparte el

motivo de sus temores: ella tiene ya todas sus medidas tomadas, y al primer impulso

de sus resortes hará conocer a V. E. la extensión de sus recursos irresistibles.”

“El ciudadano Dámaso A. Larrañaga está encargado de concluir esta cuestión.

Mis conciudadanos esperan de rodillas el resultado. La orfandad de sus hijos, el

clamor de sus mujeres, el abandono de sus haciendas, sus lágrimas, el cuadro más

imponente de la humanidad, contrasta su grandeza. V. E. va a decidirlos”.

La actitud del gobierno de Buenos Aires era como para infundir sospechas de un

próximo rompimiento de hostilidades. Y Artigas procuró entonces llevar al conven-

cimiento del gobierno del Paraguay la necesidad de una acción conjunta para sal-

var el principio de las autoridades locales. En su oficio de 30 de junio de 1813

(Fregeiro, “Documentos Justificativos”), escribe a la Junta de la Asunción:

“El 1o. de éste pidieron los diputados de esta Provincia su incorporación a la

Asamblea, y al día siguiente les fue negada, a pretexto de que faltaba alguna legali-

dad formal a los poderes. La instancia fue enérgica y digna de unos apoderados de

una provincia libre. Pronto se les enviarán otros poderes.”

“Sólo Buenos Aires se opone a la regeneración: el resto de los pueblos grita sin

cesar y miran en la constancia y energía de estas dos provincias la garantía de sus

dignos votos. Ellos miran en nosotros su sostén y ellos harán iguales reclamaciones

a medida que nosotros, ostentando nuestra grandeza, resucitemos la de ellos y faci-

litemos a la masa el sistema augusto de la confederación. Felices esa gran provincia

y ésta, si aniquilando la nueva esclavitud, restablecemos el sistema popular que selló

la sangre de nuestros hermanos en los primeros días de la Revolución.”

Habla Artigas en este mismo oficio del levantamiento del sitio, decretado por el

gobierno de Buenos Aires a fines junio de 1813 en que se explica así la causa del

rechazo de los diputados orientales al Congreso Constituyente (Archivo Mitre):

“Habiendo ocurrido en una de las sesiones anteriores mediante un oficio dirigido

al secretario de la Asamblea los diputados que dicen ser electos por la Banda Orien-

tal, acompañado como única credencial las cartas de aviso que les comunicaban

algunos individuos de aquellos pueblos, se acordó no hacer lugar a su incorporación

hasta que viniesen en bastante forma sus respectivos poderes. A consecuencia de

este decreto se han dirigido hoy al mismo secretario reclamando los papeles presen- 

tados e insistiendo en la legalidad de sus poderes. El secretario ha puesto en consi-

deración de la Asamblea este incidente, y él ha precisado aun de nueva discusión

sobre el particular, repitiéndose la lectura de las mencionadas cartas. En seguida,

los ciudadanos Vidal, Gómez, Valle, Monteagudo y otros por el orden que pidieron la

palabra demostraron que los pretendidos poderes eran absolutamente nulos por

incuestionables principios. Por una parte resultaba la elección hecha por compro-

miso de los pueblos en una sola persona, habiéndose nombrado cinco compromisarios

para elegir los cinco diputados ocurrentes y sin que haya constancia de las cartas en

que sancionó el compromiso, prescindiendo de si en el caso es legítimo y conforme a

la convocatoria del 24 de octubre la elección hecha por compromiso. A más de que

los referidos avisos sólo vienen firmados por un individuo cuyo carácter se ignora, a

excepción del ciudadano Artigas que suscribe la carta dirigida al ciudadano

Larrañaga. Estas justas consideraciones fueron amplificadas en el debate y después

de concluido recayó el siguiente decreto: La Asamblea General ordena que se de-

vuelvan por el secretario en copia certificada, los documentos que han presentado

para incorporarse los cinco diputados que como electos por la Banda Oriental los

han exhibido, por no hallarse bastantes al indicado efecto, quedando por ahora en la

secretaría los originales. (Firmados): Vicente López, Presidente — Hipólito Vieytes,

Secretario.”

En: Eduardo Acevedo, o.c.

Felipe Santiago Cardoso (¿-?) patriota adherido al ideario federalista de Artigas,

fue diputado por Canelones en el Congreso de Tres Cruces (1813). Nombrado por el

Jefe de los Orientales como agente confidencial difundió en las Provs. documentos

que lo hicieron acreedor a la prisión por parte del Directorio porteño y luego conde-

nado a 6 años de destierro.

En 1814 consiguió regresar a la patria y al año siguiente integra el primer Cabildo.

57. “Que se admitirán cuatro diputados contando con el de Maldonado; que és-

tos, unidos con los demás diputados, determinarán la forma de gobierno que haya de

regirnos en adelante. Que los diputados de la Banda Oriental serán los que expon-

gan sus razones y sus derechos: ellos mismos sancionarán lo que sea justo y conve-

niente. La voluntad general de los pueblos y sus representantes decidirán y todos

obedecerán. Pero entretanto el gobierno de Buenos Aires está encargado de mante-

ner el orden público y de hacer la guerra a los enemigos. Si los pueblos de la Banda

Oriental quisieran arreglar mejor el sistema presente de suministraciones, si quisie-

ran vigorizar más la administración de justicia, escribe con este objeto al general

don José Rondeau para que si gustasen reunirse los hacendados propietarios, arre-

glen ellos mismos un método equitativo y económico de suministraciones, establez- 

can las justicias y se tomen las medidas de protección que estimen más convenientes.

Ellos serán los administradores, ellos serán los jueces. Las milicias honradas de la

Banda Oriental ocupan el primer lugar en la consideración de las Provincias Uni-

das y serán socorridas como las demás tropas, luego que se fije el número y conti-

núen en aquella disciplina y subordinación que les conserven el carácter militar que

tan gloriosamente han adquirido. Por último, deseoso el gobierno de inspirar a V. S.

toda la confianza debida, no trata de hacer un misterio de sus disposiciones milita-

res: ellas no tienen otro objeto ni son otras sus miras que hacer la guerra a los

enemigos que para ello multiplica los medios de defensa, para esto solamente tiene

un ejército en el Perú y otro delante de Montevideo y con el mismo objeto multiplica

y aumenta sus fuerzas en la capital que debe ser la base de todas sus operaciones.”

58. “Nuestro diputado don Tomás García de Zúñiga está ya aquí sin haberse

sellado su comisión.”

No hay remedio. Se quiere precisamente que se esté sólo a las deliberaciones de

Buenos Aires, no obstante que las deliberaciones de la Asamblea empiezan por don-

de debían acabar. La falta de garantías para fijar nuestro destino según el dogma de

la Revolución, hasta ahora es lo que ha dado impulso a nuestros pasos. Por conse-

cuencia, nuestros gobiernos deben instalarse bajo unos principios análogos a nues-

tro sistema, con todas las facultades bastantes a la conservación de él, mientras la

Constitución del Estado no fije la formas subalternas y sus atribuciones consiguien-

tes. Tal es la convención de esta Provincia. Ella es inviolable.”

“V.S. marcha sobre los mismos principios y está sujeto a los mismos ataques. La

necesidad conforme con el interés grita por la ejecución del plan que he tenido la

honra de proponer a V.S. ... Las convenciones de los pueblos han sido holladas en los

primeros pasos de su regeneración... V.S. sigue en el mismo pie que nosotros, sin que

haya vínculo que obligue porque no hay Constitución. V.S. ha visto los escándalos

repetidos con que se han circulado las órdenes no estando integrada la representa-

ción de los pueblos y V.S. ve en la historia de esta Provincia cómo se prescinde del

uso de sus derechos para la instalación de su gobierno, insinuándole una nueva

instalación. Ese extremo de servilidad a que se quiere conducirnos ultraja a la justi-

cia.”

En: Archivo Mitre (B.A.)

59. Pérez Castellano comenta en su “Relación Histórica” Que el “hizo la moción

de que un congreso en que se iba a tratar de la elección de diputados para la Asam-

blea Constituyente, debiendo ser la elección muy libre, parecía incompatible que su

presidente fuese el general en jefe de todo un ejército. A esta moción replicó uno, que

aunque el presidente era general en jefe, el lugar de la elección y la circunstancia de

haber concurrido sin tropa, y por consiguiente, sin medios de hacer violencia, ni

coacción alguna, le absolvía de ese reparo. Esta causal pareció generalmente muy

débil; pues aunque el presidente hubiera concurrido sin tropa al Congreso, venía

acompañado de un ayudante que se quedó a la puerta del lado de afuera, y a la

menor contraseña podía llamar de alguna parte cercana ocho o diez dragones que

con sus sables no hubieran dejado títere con cabeza, si el presidente tuviera mala

intención”.

CRONICA DEL CONGRESO DE CAPILLA MACIEL*

Correspondencia en copia, de la que tuve con el pueblo de la Concepción de

Minas y otros incidentes, a consecuencia de haberme nombrado por su elector para

elegir diputados a la que se decía Soberana Asamblea Constituyente.

Oficio del comandante del pueblo

1.— “El pueblo de mi mando reunido el día de ayer en el alojamiento destinado

procedió a la elección del diputado elector que lo represente en la asamblea electo-

ral que está anunciada para el día 8 del mes próximo venidero en el cuartel general

del Arroyo Seco: y habiéndose hecho la votación con el mayor orden y legalidad,

recayó la mayoría de sufragios en su benemérita persona, quedando electo su repre-

sentante diputado como consta del acta que adjunto, en la que va incluso el poder

para su legítima representación. Nos es ponderable Señor la complacencia de este

pueblo con tan acertada elección. Las brillantes circunstancias que lo distinguen, su

ilustración y demás virtudes, lisonjean a todos los que hemos tenido la satisfacción

de depositar en Ud. nuestra representación, poderes y confianza. Todos a una pedi-

mos se digne aceptar este encargo, y esperamos de la generosa benignidad de Ud., lo

acepte; pues sólo su benemérita persona puede llenar los deseos de este pueblo de mi

mando. Dígnese pues la bondad de Ud. favorecer los deseos de estos vecinos, y la

gratitud eternizará la memoria de este rasgo de su generosidad. Dios guarde a Ud.

muchos años. Minas, noviembre 22 de 1813. Gabriel Rodríguez. Sr. Dr. Don José

Manuel Pérez”.

Carta del cura del pueblo

2.— “Sr. Dr. don José Manuel Pérez. Concepción de Minas, noviembre 22 de

1813. Muy Sr. mío y paisano: me tomo la satisfacción de dirigir a Ud. con la oportu-

nidad de enviarle a sus manos el acta que ayer se ha celebrado en éste mi pueblo: y

cuyo resultado ha sido quedar Ud. electo y nombrado diputado representante de él.

El pueblo de Minas jamás ha pensado con mas acierto: yo me lisonjeo sobremanera;

sus virtudes y demás que constituyen su mérito nos han ejercitado demasiado: y así

como cura de aquel y que deseo tenga un representante tan digno, suplico a Ud., en

nombre de mi pueblo se sirva aceptar esta representación; ésta nos hace mucho 

honor y nos sirve de la mayor complacencia y satisfacción. Esperamos pues con

ansia que su generoso ánimo tenga a bien favorecer nuestros deseos: y como tan

interesado en el bien general de mis feligreses, seré el primero en protestar a Ud. los

más cordiales sentimientos de gratitud, de plácemes y reconocimiento con los que

tengo el honor de ofrecer a Ud. este curato de mi cargo, donde espero órdenes de su

agrado, S. S. S. y paisano Juan José Jiménez Ortega. Sr. Dr. Don José Manuel Pérez.”

Mi contestación al Comandante

3.— “Agradezco sobremanera el honor que me hace esa villa de haberme nom-

brado por elector de los diputados que deben nombrarse por esta provincia para la

Asamblea Nacional; pero tengo el disgusto de que me hallo en la necesidad absoluta

de pedir y suplicar a los que conmigo han tenido esa dignación, se me releve de este

encargo, que en Dios y en mi conciencia no puedo satisfacer cumplidamente por la

debilidad y vértigos diarios que padezco de cabeza. Esto mismo le dije al señor don

José Artigas a fin de que me dispensase asistir a una junta, a la que se me citó: y

desde entonces se me ha dispensado, y no he asistido a ninguna de las que se han

celebrado; porque un hombre con setenta años de edad, que es la de la decrepitez,

mas bien corresponde a los muertos que a los vivos. Al mismo tiempo que repito a

todos los vecinos mil gracias por la dignación que han tenido y el buen concepto que

de mí han formado: repito también mis ruegos a fin de que me exoneren de este

encargo y elijan otra persona que se halle en más aptitud que la mía. Dios guarde a

Ud. muchos años. Miguelete, noviembre 23 de 1813. José Manuel Pérez. Sr. Don

Gabriel Rodrígue. P. D. Devuelvo el acta original que acompañada del oficio de Ud.

de ayer 22 se sirvió remitirme.”

Mi contestación al cura

4.— “Sr. Don Juan José Jiménez y Ortega. Miguelete, noviembre 23 de 1813. Mi

muy estimado Sr. y paisano. Recibí la de Ud. de ayer 22 y a Ud. repito lo mismo que

en esta ocasión digo en oficio al Sr. Comandante y es, que en Dios y en mi conciencia

no puedo admitir el encargo con que los vecinos de esa villa me acaban de honrar,

por las razones que le expongo y otras que me reservo, porque son de larga discu-

sión. Pero añado a Ud. que regularmente me hallo tan desmemoriado que no me

acuerdo muchas y muchas veces de lo que hago, a una hora después de haberlo

hecho. Cuando celebro que es solo en los días de fiesta, y no en todos, tengo que

apoyarme en el altar, porque se me va la cabeza. Por esta causa hay más de seis

meses que no veo al Sr. Don José Rondeau, a quien amo y estimo mucho. Por todos

estos motivos y otros más graves que reservo, ruego a Ud. que interponga su respeto

para que los mismos vecinos que me han honrado con su elección, se tomen el traba-

jo de elegir otra persona que se halle en más hábil disposición que Ia mía. Con esta 

ocasión ofrezco mi persona y cortas facultades a la disposición de Ud para cuanto

guste mandarme seguro de mi buen afecto y del que siempre tuve a los difuntos tíos

de Ud. Su afectísimo servidor que sus manos besa, José Manuel Pérez.”

5.— El día siguiente 24 vinieron tres sujetos por la mañana a mi casa, y uno de

ellos entro diciendo: sea enhorabuena señor elector de las Minas; a que contesté que

me había excusado de admitir el encargo, y que había devuelto el acta, respondiendo

con agradecimiento al honor que se me hacía, y suplicando se eligiese otro por no

estar ni mi edad ni mi cabeza capaz de discutir en una junta. Conocí que mi salida le

disgustó al del parabién: y ese mismo día por la tarde recibí del General Don José

Rondeau la siguiente carta:

Carta de Rondeau

6.— “Sr. Dr. Don José Manuel Pérez. Cuartel General del Arroyo Seco, noviem-

bre 24 de 1813. Muy señor mío y amigo: ayer tuve noticia por el Comandante de las

Minas de ser Ud. el nombrado por aquel pueblo para elector de los diputados que de

esta Banda Oriental han de concurrir a la Soberana Asamblea Constituyente. Para

mí ha sido de mucha satisfacción esta noticia; porque del talento y notorio patriotismo

de Ud. y del de los demás que van a componer el congreso electoral, depende el

acierto en la elección de los diputados que deben labrar la felicidad de esta Provin-

cia. Por lo que me doy a mí mismo la enhorabuena y se ofrece a la disposición de Ud.

Su apasionado servidor que sus manos besa. José Rondeau.”

Contestación mía a esta carta

7.— “Señor Gral. Don José Rondeau. Miguelete, noviembre 24 de 1813. Mi muy

estimado amigo y señor: ayer a mediodía recibí oficio del comandante militar de las

Minas, en que me noticiaba la elección que de mi persona se había hecho por aquel

pueblo para elector de los diputados que de esta Banda Oriental deben concurrir a

representarla en la Soberana Asamblea Constituyente y al mismo tiempo me incluia

el acta original de la elección y me pedía en nombre de todo el pueblo admitiese el

encargo y poder que por ella se me daba.

Al instante le contesté exponiéndole la imposibilidad en que me hallaba de poder

asistir a ese congreso electoral por mi avanzada edad y debilidad de cabeza, que me

hacían incapaz en Dios y en mi conciencia de satisfacer cumplidamente el encargo

honorífico que se me daba: y devolviéndole con mucho agradecimiento el acta original

que me incluyo, le suplicaba interpusiese su valimiento con todo el pueblo a fin de que

se me relevase de ese encargo y se eligiese otra persona más apta que yo. Casi lo

mismo contesté al cura del pueblo, que en carta particular, inclusa en el mismo pliego,

me pedía admitiese la comisión; pero le añadí que a más de los vértigos continuos y

debilidad que padecía de cabeza, reservada otros motivos graves que tenía para excu-

sarme y concluía con que por lo tanto se sirviesen hacer otra elección. Los motivos que

entonces reservé, se los voy ahora a manifestar a Ud. como a un amigo, pues por tal lo

tengo y verdadero. Yo, señor Don José, he sido siempre y soy patriota; pero lo he sido

y lo soy del modo que puede serlo un hombre que no ha abandonado su religión ni los

respetos que se le deben. Esta me obliga a serle fiel a Fernando VII; porque yo le hice

a Dios juramento promisorio a favor de Fernando, y se lo hice de corazón; no ilusorio

para engañar a los hombres. Hasta ahora Fernando no me ha faltado ní me ha podido

faltar en nada: por consiguiente se mantiene en pie la obligación que a favor suyo me

impone el juramento, sin que haya nadie que pueda relevarme de ella. Dígole esto Sr.

Don José porque yo veo con harto dolor, no solo olvidado sino positivamente despre-

ciado el nombre de Fernando: y yo no sé por qué, cuando no advierto Ia más leve falta

en que haya incurrido este desgraciado príncipe después que se le juró solemnemente

y en muchas ocasiones; pues ni el Consejo de Regencia ni las Cortes de Cádiz tienen

nada que ver con la persona del rey que metido en una mazmorra ignora el infeliz los

disparates que los hombres hacen en nombre suyo. Todo esto lo sabía deslindar bien la

primera junta gubernativa que se erigió en Buenos Aires, como consta de los papeles

públicos en que se ve renovado a favor de Fernando 7o. por sus vocales y demás

corporaciones el juramento que antes se había hecho por todo el pueblo; y por eso

mereció la junta, general aceptación. ¿Por qué pues ahora confundimos cosas tan

diferentes? ¿Por qué nos separamos del buen camino que se tomó al principio? ¿Qué

bien nos resulta de esa novedad? ¿Qué fuerzas se nos aumentan? ¿Por qué perdemos

el punto de reunión que teníamos en Fernando y que a Ia corta o a la larga pondría fin

a la discordia? Pero todas estas razones, aunque en sí mismas no sean despreciables,

son de un orden muy inferior a la que primero apunté, que es a la que yo más me

atengo; porque a mí por mi edad septuagenaria no me queda en esta vida miserable

otra esperanza que la que me inspira la religión. Así no permita Ud. que yo me deshaga

de este único consuelo que me queda a fin de que Dios se apiade y tenga misericordia

de mí.

Su afectísimo servidor que sus manos besa. José Manuel Pérez.”

8.— Después de ésta mi carta, Rondeau no me confestó a el la ni me hizo directa-

mente instancia alguna para que admitiese el encargo de elector. Pero habiendo los

de Ias Minas puesto en sus manos el acta que yo les devolví, suplicándole que inter-

pusiese su respeto a fin de que yo admitiese el encargo en atención a la premura de

tiempo en que se hallaban para juntar nuevamente el pueblo y hacer nueva elección;

Rondeau se dirigió a un hermano mío con la esquela siguiente:

Esquela de Rondeau, sin fecha

“Amigo y dueño: vea Ud. Io que dice el pueblo de Minas. Es preciso que tome Ud.

esto a su cargo y apure al Sr. Dr. su hermano para que admita el nombramiento, 

porque si no, nos pone a todos en un gran compromiso. A Dios amigo, divertirse y

mandar a su afectísimo José Rondeau.”

Esquela de mi hermano

10.— “Mi estimado hermano: anoche recibí los adjuntos papeles con el encargo

que Ud. verá en la carta que me escribe el Sr. Rondeau. Cuanto tuviese la presunción

de creer mi influjo con bastante poder en la estimación de Ud. estaría muy distante

de empeñarme en que Ud. aceptase la confianza que le hace el pueblo de Minas;

porque en el convencimiento en que estoy de su amor y deferencia a todo lo que

suena puúblico, bien juzgo por muy bien poderosos los motivos que lo obligan a

repugnarlo. Pero creo que en el intermedio de días hasta el señalado para el congre-

so o reunión puede escogitarse un medio honesto de eximirse, que no dé margen a

interpretaciones ni pábulo para que se entretenga y alimente la maledicencia, que

por desgracia ha levantado su trono entre nosotros. Es de Ud. afectísimo hermano:

Pedro Fabián Pérez. Noviembre 27 de 1813.”

11.— Los papeles que me incluia con su esquela era el acta de la elección y dos

cartas, una del comandante y otra del cura de las Minas a Rondeau y son Ias si-

guientes.

Oficio del Comandante a Rondeau

12.— “Acabo de recibir el oficio de V. S. de 24 del que corre; pero al mismo

tiempo me escribe el Sr. Dr. Don José Manuel Pérez, que agradece muchísimo el

encargo con que hemos depositado en él nuestra representación, y devuelve el acta.

En este caso señor, es preciso ocurrir a Ios respetos de V. S.. El tiempo prefijado para

la comparecencia de los diputados ya es demasindo corto, y no es bastante para

volver otra vez a reunir los mismos suscritos en el acta y celebrar otra de nuevo. El

pueblo de Minas se halla en un descubierto si V. S. no toca todos los resortes de su

respetable mediación al efecto. Esperamos que V. S. se digne favorecernos en esta

parte, pues así lo exige el clamor de este pueblo, el servicio del Estado, y la dignación

de V. S. Devuelvo el acta para el objeto indicado y para que se sirva la bondad de V.

S. empeñarse lo posible para su admisión. Dios guarde a V. S. muchos años. Minas,

y noviembre 25 de 1813. Gabriel Rodríguez. Sr. General en Jefe, etc.”

Carta del cura a Rondeau

13.— “Sr. Don José Rondeau, General en Jefe.

Concepción de Minas, noviembre 25 de 1813. Mi apreciado paisano y condiscí-

pulo: Hoy nos ha devuelto el acta nuestro diputado electo Dr. Don José Manuel

Pérez y me suplica que interponga mi influjo para con mi pueblo porque elija otro.

Pero, el clamor de éste, la urgencia del tiempo, la imposibilidad de reunir el vecinda-

rio por contraerse a la recogida de frutos, faena que trae la dispersión de ellos; todo 

esto y otros mil motivos gravísimos nos ejecutan a rogar a V. S. se digne hacer lo

posible para que el dicho Sr. Doctor admita el encargo de su diputación. Soy de

parecer que el pueblo no revoca sus votos, y que está inexorable en la elección he-

cha: y así suplico a V. S. en nombre de mi pueblo se sirva valerse de los respetos y

mediación para que admita el cargo que se le ha consignado, y estos vecinos, y yo en

su nombre, daremos siempre las más expresivas gracias a V. S. Con estas oportuni-

dad tengo el honor de asegurar a V. S. el singular afecto con que le aprecia S. S. S. y

paisano. Juan José Jiménez. Sr. General en Jefe, etc.”

14.— Viendo el empeño cerrado que tenían los de las Minas o, lo que es más

verosímil, el que tenían los dos que los manejaban en obligarme a que ádmitiese la

comisión, y que el Gral. Rondeau, en cuyas manos estaban puestas las fortunas y

vidas de los habitantes de esta campaña, o que por lo menos lo estaban en las de su

tropa desenfrenada, como se experimentaba diariamente, y que el General se desen-

tendía de los poderosos motivos que le alegué en mi carta de 24 de noviembre; me

fue preciso acceder a Ia pretensión del pueblo que me había nombrado su elector, y

quedándome con el acta que me remitió mi hermsno y con las cartas que se acaban

de copiar, le escribí al General la siguiente esquela:

A Rondeau

15.— “Sr. Don José Rondeau. Miguelete, noviembre 27 de 1813. Mi muy estima-

do amigo y Sr.: Puede Ud. cuando guste y tenga opottunidad, decirles a los de las

Minas que queda admitido su poder. Pero como en la primera junta que se hizo por

abril en la casa de la habitación del Sr. Don Jocé Artigas para la cual fui por oficio

citado dos veces me excusé delante de todos los concurrentes que eran muchos, no

poder asistir a ella por la mucha debilidad que sentía en la cabeza, por la cuál pedí

licencia de retirarme a mi casa, la que se me concedió; me ha de hacer Ud. el favor

de excusarme para con este Jefe, pues de otra manera podrá sospechar que me he

prestado gustoso a aceptar el poder de los de las Minas para elector de un congreso;

cuando di por sentado entonces que no me hallaba ya en estado de discutir en junta

asunto ninguno, y cuando a Ud. Ie consta que si he aceptado, ahora éste poder, ha

sido sólo a trágalas perro, como se suele decir. Me repito a sus órdenes para cuanto

guste mandarme seguro de mi obediencia, y de que soy su afectísimo servidor que

sus manos besa. José Manuel Pérez.”

Contestación de Rondeau

16.— “Noviembre 28 de 1813. Sr. Dr. Don José Manuel Pérez. Mi estimado ami-

go y señor. Ayer fueron tantas las ocupaciones que no me dieron lugar a contestar a

su estimable esquela; ahora lo tengo dándole las gracias por haberse servido admi-

tir la elección hecha por el pueblo de Minas, cuya noticia di inmediatamente a su

cura y comandante. Está muy bien, pondré a Ud. a cubierto con el señor Artigas, 

aunque parece bastará la consideración de que entonces se hallaba Ud. indispuesto,

lo que no acontece hoy. En fin por esto no haya cuidado, quedando de Ud. afectísimo

amigo y servidor que sus manos besa. José Rondeau.”

17.— Luego que el comandante de las Minas tuvo noticia de que yo había admi-

tido el poder, me remitió con fecha de 29 de noviembre el oficio que voy a copiar: de

suerte que dentro de una semana hizo tres chasques a treinta leguas de distancia que

hay desde las Minas al Miguelete; pues el primer Oficio del número con que me

remitió el acta fue de 22 de noviembre: el segundo, con que se la remitió a Rondeau

fue de 25, y de 29 es el siguiente:

Oficio del Comandante de Minas

18— “El señor Don José Artigas en circular de 25 del que expira me dice lo

siguiente. “Hemos convenido con el señor General en Jefe en convocar a los pueblos

de esta Provincia para que por medio de sus respectivos electores concurran el día 8

del próximo mes entrante a éste mi alojamiento, y seguidamente al cuartel según las

deliberaciones que antecedan. A este efecto y para fijar los poderes con que deben

venir los dichos electores, circulo por mi parte las adjuntas instrucciones. Según

ellas en el primer día festivo que siga al recibo de este oficio, reunirá Ud. a los

vecinos americanos de ese pueblo y demás notoriamente adictos al sistema patrio, y

procederán al nombramiento de un elector, el cual será el que concurrirá por ese

pueblo al congreso que se ha de celebrar en este campo y al que se seguirá en el

cuartel general según las delibernciones que antecedan; y para el cual con esta

propia fecha el mismo señor General en Jefe expide las circulares competentes. Yo

encargo a Ud. muy particularmente la mejor exactitud tanto en el modo de la elec-

ción como en las demás circunstancias, procurando que la buena fe brille en todo el

acto, y que el electo merezcá la confianza de su pueblo por sus sentimientos y hom-

bría de bien para de ese modo asegurar la dignidad y ventajas de los resultados,

como corresponde al interés y decoro del gran pueblo oriental. Todo lo que transcribo

a Ud. para su inteligencia y gobierno, sirviéndose Ud. tener presente nuestra obe-

diente sumisión a las superiores disposiciones de nuestro General en Jefe, como

órgano por donde nos comunican y hemos recibido las supremas órdenes del gobier-

no superior: a las que protesta este vecindario el más sumiso reconocimiento y obe-

diencia. Dios guarde a Ud. muchos años. Minas y noviembre 29 de 1813. Gabriel

Rodríguez. Sr. Dr. Don José Manuel Pérez.”

19.— “Instrucciones dadas por Don José Artigas, Jefe de Orientales. Reunirá sus

vecinos americanos y demás notoriamente adictos al sistema patrio en el primer día

festivo que siga al recibo de la orden, y el pueblo así congregado procederá al nom-

bramiento de su elector. El que reuniere la mayoridad de sufragios será el elector,

quien concurrirá a este alojamiento dentro de veinte días contados desde rsta fecha 

para pasar seguidamente al cuartel general según las deliberaciones que antecedan.

Todas las personas libres de conocida adhesión a la justa causa de la América po-

drán ser nombrados electores o diputados.

El elector debe traer sus respectivos poderes, en los que será plenamente autori-

zado para expresar la voluntad de sus comitentes en cuanto convenga al pueblo

oriental, y particularmente para orientarse y examinar los resultados de las actas

del 5 y 21 de abril: determinar sobre ellas, proceder consiguientemente a una nueva

elección de diputados y nueva instalacion de una junta municipal provisoria. Dada

al frente de Montevideo a 15 del mes de noviembre de 1813. José Artigas. Es copia

fiel que concuerda con su original que queda en este archivo. Minas y noviembre 29

de 1813. Gabriel Rodríguez.”

20.— Por el oficio circular de Don José Artigas, por la instrucción que se le sigue

y que se acaba de copiar, y más expresamente por el oficio del comandante de Ias

Minas, que me dirigió y copié en el número 1, consta que el congreso para la elec-

ción de diputados a la Soberana Asamblea Constituyente estaba por el gobierno de

Buenos Aires mandado celebrar en el cuartel general del Jefe Don José Rondeau, y

de que este jefe presidiese al congreso. Esta disposición era tan manifiestamente

chocante a la libertad con que por otra parte se quería colorear el congreso, que

después que admití el poder no pude menos que hacer conversación de ella con un

sujeto tan notoriamente interesado en que se guardasen las apariencias de la liber-

tad que el congreso no tenía ni podía tener, que al instante le manifesté mi reparo al

General. Yo le dije: en las leyes de Indias que aún rijen, porque no se han sustituido

otras, se prohibe expresamente que los gobernadores concurran con fuerza armada

a los cabildos cuando se va a hacer elección de nuevos capitulares o cuando se

hacen acuerdos sobre cualquier asunto que sea; y se manda que los gobernadores

dejen obrar libremente a los capitulares en sus acuerdos y elecciones y ahora que

nos dicen que somos libres y que hemos roto las cadenas de una esclavitud la más

ignominiosa, se señala por lugar del congreso para la elección de los diputados a la

Soberana Asamblea Constituyente un cuartel general bajo las bayonetas y sables de

todo un ejército. Esta reflexión le hizo tanta fuerza al General, que sin embargo de

haber protestado muchas veces no serle facultativo el interpretar ni modificar las

disposiciones del Supremo Gobierno de Buenos Aires, al instante pasó por medio de

sus ayudantes un oficio circular y ostensible a todos los electores notificándoles por

él, que siendo su deseo evitar hasta las más remotas apariencias de violencia en la

elección que se iba a hacer, tenía a bien el determinar y determinaba que el lugar

para la reunión del congreso fuese, no el cuartel general que antes se había indica-

do, sino la capilla de Don Francisco Antonio Maciel y que en ella debía darse prin-

cipio a la celebración del congreso en 8 de diciembre de 1813. 

Este día era el de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, y como yo acos-

tumbrase celebrar misa en una capilla distante de la de Maciel más de una legua, fui

también aquel día a celebrarla, porque no se quedasen sin misa los que acostumbra-

ban oírla: y así cuando llegué al lugar del congreso hallé en sus asientos a los electo-

res. Es verosímil que como en aquella capilla se celebra misa todos los días festivos, se

celebraría la acostumbrada para los católicos que quisiesen oírla; pero ni en la ins-

trucción del Gobierno Supremo, ni en la circular del que iba a presidir el congreso, se

hacía mención la más leve de que el congreso empezase precediendo una misa e invo-

cando para el acierto el divino auxilio, según se acostumbra entre católicos cuando se

van a celebrar juntas electorales, aún de menor importancia que la que tenía por

objeto nada menos que labrar con su elección acertada, la felicidad de esta provincia

según se explicaba el presidente en su contra, copiada en el número 6.

22.— La primera diligencia que se hizo, hallándome yo presente, fue nombrar

secretario del congreso, y cayó el nombramiento en Don Tomás García por mayoría

de votos. Elegido el secretario se trató de examinar los poderes y se calificaron de

legítimos los de todos los concurrentes, siendo así que Don Tomás García reunía en

su persona el poder de tres pueblos, y que su voto en todo lo que se iba a determinar

valía por tres. Don Juan José Ortiz, cura de Montevideo, tenía sólo el poder de los

vecinos cercanos al Miguelete, pero sin pensar en ello y sin pretenderlo se halló con

dos votos; porque Don Julián Sánchez, elector por el partido del Rosario, hombre

que según su aspecto podía muy bien pasar de ochenta años, era sordo casi como

una tapia, y siempre que se votaba algo se le preguntaba a su vez cual era su voto.

Esto era necesario hacerlo a voces y acercándosele al oído explicándole brevemente

la materia de que se había tratado; y constantemente respondía que su voto era el del

señor Don Juan José Ortiz. Por esta circunstancia, aunque el primer día tomó asien-

to distante del lugar donde se hallaba el cura, en los dos días siguientes se le dio

inmediato al órgano de su voto y voz a fin de no tener que esforzar tanto la suya el

que le hacía las preguntas, que por lo común era el presidente.

23.— Se echaron menos aquel día tres o cuatro vocales, que constaba se habían

nombrado por sus respectivos pueblos: y esta falta se saneó con el arbitrio de nom-

brar suplentes; que se les dieron del mejor modo que se pudo. Calificados los pode-

res y nombrados los suplentes, habría en el congreso de veinte a veinticuatro electo-

res poco más o menos, incluso el voto triplicado de Don Tomás García. En este

mismo día hice yo la moción de ser innecesaria la elección de diputados a la Sobera-

na Asamblea Constituyente en vista del decreto de la misma Asamblea de 18 de

noviembre, por el cual se suspendieron sus sesiones hasta la restauración del Perú,

de donde las armas del Virrey de Lima acababan de arrojar a las del gobierno de

Buenos Aires, nombrándose por el mismo decreto una diputación de cinco vocales

para satisfacer los objetos que en él se expresaban. Yo llevaba conmigo la Gaceta

Ministerial de Buenos Aires, en que se leía el decreto: la que exhibí y pedí que el

secretario leyese a todos el decreto que contenía.

24.— Después de leído repetí que la elección de diputados era innecesaria: que el

hacerla y enviar diputados a Buenos Aires, sin tener los pueblos cómo costearlos por

la suma pobreza a que la insurrección los había reducido, era obligar a que los

mantuviese el gobierno de Buenos Aires, inconveniente que la Asamblea había tira-

do a evitar con su decreto, dando en él por motivo expreso el ahorro de erogaciones

pecuniarias. Además de este racional motivo, que era el del decreto, hice presentar

la discordia que la elección de diputados iba a arrastrar consigo, la que se manifes-

taba ya bien claramente por la instrucción y oficio circular que Don José Artigas

había pasado a los pueblos, y en copia me había remitido el comandante de las

Minas, que son los que se leen en el número 18 y 19. Pero así el presidente como

algunos de los vocales que tenían séquito en el congreso, desestimaron mis razones:

y como el objeto que principalmente se proponían, por lo que después se dirá, no era

el bien de esta Provincia sino el que ciegamente obedeciese y quedase sujeta al

Supremo Gobierno, fallaron contra mi moción, y a duras penas pude conseguir que

se escribiese en el acta que yo la había hecho: y digo que a duras penas; porque uno,

cuyo voto llevaba tras si por lo común el de los demás, se opuso a que mi moción se

sentase en el acta: y aunque por último conseguí lo que pretendía, fue tan mezquina-

mente que no se expresaron los motivos en que yo la había fundado, lo que oí cuando

el acta se leyó para firmarla, y lo ví después despacio cuando Rondeau me remitió en

copia la misma acta para que yo la enviase a mis comitentes del pueblo de Minas.

25.— En el segundo día, que fue el 9 de diciembre, se hizo por Don Francisco

Martínez, elector del pueblo de Santo Domingo Soriano, la moción sobre el trata-

miento que debía tener aquel congreso. Cuando la hizo, vi que se quedaron suspen-

sos todos los vocales sin resolver el tratamiento y sin pronunciar nadie su parecer

sobre la materia. Entonces dije yo: Señores, yo he sido ya vocal de una junta guber-

nativa, que fue la que no ha muchos años se creó en Montevideo, y en ella se hizo una

moción en todo semejante a la que se acaba de hacer: y por generalidad de votos se

resolvió que la junta no tuviese más tratamiento que el que por su grado militar se le

daba a Don Javier Elío, gobernador de la plaza, que era el presidente: y así no tuvo

aquella junta más tratamiento que el de Señoría, que era el que por su grado militar

tenía ya su presidente. Es verdad que este congreso reúne en sí más número de voca-

les y tiene la representación de mayor número de pueblos; pero como la moderación

siempre parece bien, soy de opinión que a este congreso no se le dé más tratamiento

que el de Señoría que es puntualmente el que su presidente tiene ya por su grado.

Este parecer fue el que se adoptó por todos. 

26.— El mismo preopinante hizo también la moción de que en un congreso en que

se iba a tratar de la elección de diputados para la Soberana Asamblea Constituyen-

te, debiendo ser la elección muy libre, parecía incompatible que su presidente fuese

el general en jefe de todo un ejército.

A esta moción replicó uno, que aunque el presidente era general en jefe; pero que

el lugar de la elección y la circunstancia de haber concurrido sin tropa, y por consi-

guiente sin medios de hacer violencia ni coacción alguna, lo absolvían de ese repa-

ro. Está causal pareció generalmente muy débil; pues aunque el presidente hubiese

concurrido sin tropa al congreso, venía acompañado de un ayudante que se quedó a

la puerta de la parte de afuera, y a la menor contraseña podía llamar de alguna

parte cercana ocho o diez dragones, que con sus sables no hubieran dejado títere con

cabeza si el presidente tuviese mala intención. El mismo presidente que no era tonto,

conoció lo ridículo de la causal, y él mismo dijo: Señores, se va a tratar sobre mi

persona y yo debo salir para que V. S. S. voten libremente. Efectivamente se salió

fuera: y entonces se determinó por todos, que aunque la moción era fundada y bien

hecha; pero que atendiendo a la moderación natural y notoria del presidente, venía

el congreso en dispensarle, para que pudiese ser su presidente, el obstáculo que por

jefe del ejército pudiera tener. Así se llamó al instante, y haciéndole saber lo resuel-

to, se sentó en el acta y se siguió sin tropiezo la sesión.

27.— Se entró después de esto a la votación de los diputados que el gobierno de

Buenos Aires había graduado suficientes para esta Banda Oriental, y eran o debían

ser tres. Por la primera votación salió con mayoría de votos don Marcos Salcedo,

presbítero natural y vecino de Buenos Aires. Yo voté a favor del doctor Don Luis

Chorroarín, presbítero, natural de Buenos Aires y Rector que había sido muchos

años del colegio de San Carlos: y no hubo voto ninguno que acompañase al mío. En

la segunda votación salió con mayoría de votos don Dámaso Antonio Larrañaga,

presbítero, natural y vecino de Montevideo. Yo volví a votar por el Dr. Chorroarín, y

me inclino a que tampoco hubo en esta segunda votación, voto alguno que acompa-

ñase al mío. En la tercera en que volví a votar por el Dr. Chorroarín, después de tres

o cuatro votos que no lo habían nombrado, salió con mayoría de votos y quedó

elegido por uno de los diputados de esta Banda. Yo quedé muy satisfecho de la elec-

ción de los tres que se habían nombrado; pues me pareció que todos y cada uno de

ellos eran capaces de mirar y promover en cualquiera asamblea el interés verdadero

de los pueblos que les confiaban su poder y representación.

28.— Pero quedé aturdido de que una persona de mucha influencia en aquel

congreso, y era de las más empeñadas en la elección de diputados, y que por lo tanto

desechó mi moción más bien con furor que con razones, hubiese para diputado a la

Asamblea, por lo menos dos veces, a un sujeto de quien le había oído decir en distin- 

tas ocasiones, que era un botarate lleno de vana presunción e ignorancia. A vista de

esto no se debe extrañar que yo haya dicho en el número 24 que en la elección de

diputados a la Asamblea no se tuvo por objeto el bien de esta Provincia Oriental;

sino solamente que por aquel acto prestase un documento de subordinación al go-

bierno de Buenos Aires; porque a la persona de quien hablo, la suponía yo, por sus

muchas relaciones, bien iniciada en los misterios de gabinete. Sea de esto lo que

fuere, contra la elección de diputados del modo que se había hecho sin proceder la

concurrencia de los electores al campamento de Don José Artigas, reclamaron los

diputados de siete u ocho pueblos; pero como la mayoría de votos estaban por la

elección, se firmó por todos el acta.

29.— El presidente dijo a algunos electores de los que reclamaban contra la elec-

ción: “que reclamen contra ella los electores que en sus poderes traen la expresa

cláusula, de que antes de celebrase la elección, concurran al alojamiento de Don

José Artigas, ya eso se entiende bien pero que también reclamen alguno en cuyos

poderes no viene semejante cláusula, eso es lo que yo no entiendo”. A esto respon-

dieron tres o cuatro que me parece eran de los pueblos de Entre Ríos: “Si en los

poderes no se expresa la cláusula que V. S. dice, es porque para extenderlos se arre-

glaron al ejemplar que se les remitió para que conforme a él los extendiesen; pero

nosotros que sabemos cuál es el espíritu y la intención de los pueblos que represen-

tamos, protestamos y protestaremos contra la inobservancia de no haber precedido

la asistencia de los electores al alojamiento de Don José Artigas”. No obstante, a

pesar de esa protesta, que tres por lo menos hicieron con mucho calor, se firmó según

he dicho el acta por todos.

30.— Al siguiente día, que fue el diez de diciembre, después de juntos los electo-

res, sacó el presidente un papel pequeño como de una cuartilla de pliego, en que él

mismo leyó una nota del gobierno de Buenos Aires sobre que se crease una munici-

palidad para arreglar contribuciones. Yo dije: “Señores, me parece injusto e indeco-

roso que se nombre esa municipalidad para un objeto tan odioso en una campaña

totalmente desolada. Si fuera un gobierno que se crease para contener los infinitos

desórdenes que en ella se cometen con impunidad, sería bueno y parece necesario;

pero para arreglar contribuciones a unos vecinos desolados y destruidos, a quienes

casí nada les ha quedado, repito que me parece injusto e indecoroso”.

31.— Don Tomás García esforzó más mi razón y dijo: “y una municipalidad para

contener desórdenes parece muy poca cosa; porque los pueblos ya tienen sus cabil-

dos o comandantes, y éstos no pueden contenerlos. Una municipalidad que aquí se

crease sin más atribuciones que las de cualquier cabildo, sería un cuerpo sin bastan-

te autoridad para hacerse obedecer de los pueblos que ya tienen sus gobernantes: y

así en caso de crearse gobierno parece necesario que éste sea con atribuciones de un

gobernador de provincia.” Este dictamen se reputó generalmente por muy juicioso:

y a su consecuencia determinó el congreso que se crease un cuerpo compuesto de

tres personas con las atribuciones de gobernador intendente de provincia, arreglán-

dose a las leyes y ordenanzas antiguas que hay sobre la materia. Enseguida se pro-

cedió a la elección de los tres que habían de componer ese cuerpo gubernativo, y

quedaron nombrados por pluralidad de votos: Don Tomás García, Don Juan José

Durán y Don Remigio Castellanos. Se determinó que el asiento del gobierno fuese

por ahora en una casa sobre el Miguelete, y su duración la de un año. Algún vocal

propuso que se le nombrase al gobierno, juez de residencia; pero se desechó la pro-

puesta generalmente, no sólo por ser intempestivo ese nombramiento, sino también

porque siendo el gobierno en las personas nombradas, de corta duración, y ser éstas

de probidad conocida, era indecente nombrarles con anticipación juez de residencia

para faltas que aún no habían cometido: cosa que no se estilaba proveer anticipada-

mente respecto de ninguna clase de jueces ni gobernadores.

32.— Yo no me acuerdo si antes de haber propuesto el presidente la creación de

una municipalidad para arreglo de contribuciones, o si después de haberla hecho

pues no me quedé ni era fácil que me quedase con copia del acta, dijo: “me parece

que el gobierno de Buenos Aires está ya reconocido por toda esta Banda”. A esto

repliqué: “Señor presidente, ¿cuándo se ha reconocido? Yo no sé cuándo; lo que yo

sé es que el mismo derecho que tuvo Buenos Aires para sustraerse al gobierno de la

metrópoli en España, tiene esta Banda Oriental para sustraerse al gobierno de Bue-

nos Aires. Desde que faltó la persona del rey que era el vínculo que a todos nos unía

y subordinaba, han quedado los pueblos acéfalos y con derecho a gobernarse por sí

mismos”. A esta réplica que hice, callaron todos, y nadie habló una palabra ni en

pro ni en contra de ella y así no puedo decir si les sentó bien o mal. Sólo puedo decir

que se echaban bien de ver por el general silencio que sobre este punto y algunos

otros de que se ha hablado, observaron muchos vocales en quienes yo reconocía

suficiente instrucción para hablar algo; que no había en ellos la libertad necesaria

para tales casos, y que sólo enmudecían de temor y espanto. Yo por lo menos de mí

puedo decir que también lo tenían, y que no sé por qué especie, el de valor o si de

imprudencia, me resolvía a decir todo lo que dije.

33.— Creo que en este último día fue cuando el congreso recibió un largo oficio

del coronel Don José Artigas, Jefe de los Orientales: el que se leyó por el secretario.

En él protestaba contra la elección de diputados, que se había hecho sin preceder la

asistencia de los electores a su alojamiento, en lo que, según decía, consideraba

vejada su persona y menospreciada la autoridad que se le había confiado por el

pueblo oriental. Después que se leyó el oficio, que como digo era muy Iargo, y yo no

he hecho más que referir muy sumariamente su conclusión, Don Francisco Martínez, 

elector por el pueblo de Santo Domingo Soriano pidió la palabra y dijo: “Señores:

yo por mi persona no soy más que una débil caña que se mueve y dobla a cualquier

viento: no soy más que una frágil arista que la quiebra y arrebata el más leve soplo:

no soy más que un pigmeo comparado con Don José Artigas. Pero cuando me consi-

dero con el poder y representación del pueblo de Soriano y que tengo parte activa en

este congreso respetable; ya soy otra cosa: ya entonces me reputo mayor, y pregunto:

¿quién es Don José Artigas para dar leyes y prescribir reglas a los representantes de

los pueblos de esta Banda, reunidos en este respetable congreso? Señores, si antes de

haberse leído el oficio de Don José Artigas se hubiese sabido lo que contenía, debía

no haberse abierto; pero yá que se ha leído, soy de parecer que no se le conteste. He

dicho.”

34.— Si a todos complació ese estilo oriental y figurado de Martínez, expresado

con mucho despejo, con una voz clara y sonora; no complació a todos su parecer;

porque al fin Don José Artigas se hallaba todavía con su rebenquillo en la mano y

con el séquito de considerable porción de gente de esta campaña. Por tanto determi-

nó el congreso que se le contestase por el presidente y secretario diciéndole que se

había procedido a la elección de diputados sin la previa diligencia de insistir a su

alojamiento los electores, a pesar de la reclamación de lo que en su poder se les

expresaba que previamente asistiesen a él, y de la de algunos pocos, a quienes, aun-

que los pueblos comitentes no se lo expresasen, les parecía que esa diligencia era

conforme al espíritu e intención de los pueblos que representaban; porque el mayor

número de los electores ni tenían esa cláusula expresa en su poder ni fundamento

alguno para añadir ni quitar nada de lo que se les encargaba.

35.— Concluido este oficio, firmado por el presidente y secretario, y firmada el

acta de las tres sesiones por todos los electores, se dio fin a ellas; sin que hubiese una

ánima viviente, y yo entre ellas, que se acordase de dar gracias a Dios en su misma

casa, ya que nos hallábamos hospedados en ella, pues lo estábamos en una capilla

pública, en que suele celebrarse misa diaria. Esta despedida seca y sin saludar al

gran huésped que nos había recibido y aún tolerado, es otro fundamento que tengo

para creer que no empezó el congreso bajo los divinos auspicios; porque de otra

suerte era muy natural que se concluyesen aquellas sesiones con un fin correspon-

diente al principio.

36.— Cuando llegué a mi casa pensé que era de mi obligación el dar cuenta a mis

comitentes de la manera con que yo había satisfecho al encargo y poder que me

habían dado: y así les escribí el óficio siguiente:

Oficio aI pueblo de Minas

37.— “El día 8, 9 y 10 del presente mes de diciembre concurrí con el poder que

ustedes me dieron a la capilla de Maciel, en la que se celebró el congreso para la 

elección de los diputados a la Soberana Asamblea Constituyente por el pueblo orien-

tal y para la creación de un gobierno provisional que pusiese algún orden en el

desorden general que se experimenta. En el primer día se reconocieron los poderes,

y se hallaron legítimos todos los de los que concurrieron. Yo hice la moción de que

era innecesaria por ahora la elección de diputados a la Soberana Asamblea Consti-

tuyente en vista del decreto de la misma Asamblea de 18 de noviembre, por el cual se

suspendieron sus sesiones hasta la restauración del Perú, nombrándose por el mis-

mo decreto una diputación de cinco vocales para satisfacer los objetos que en él se

expresan.

Yo creí con esta moción atemperarme al motivo de ahorrar erogaciones pecunia-

rias que da el mismo decreto, y evitar con la suspensión de la elección de diputados

la discordia que advertía nos amenazaba; pero mi moción se desechó por la mayoría

de votos, y sólo pude conseguir se sentase en el acta que yo la había hecho. En el

segundo día se nombraron tres suplentes de tres pueblos o partidos, cuyos electores

no comparecieron, y en el tercer se procedió a la elección, en que quedaron electos

los diputados. Por la primera votación el presbítero Don Marcos Salcedo, por la

segunda el presbítero Don Dámaso Antonio Larrañaga y por la tercera el presbítero

Dr. Don Luis Chorroarín. Se firmó la elección por todos a pesar de haber reclamado

contra ella los electores de siete u ocho pueblos y de haber reclamado también con-

tra ella el Jefe de los Orientales Don José Artigas, de quien se recibió oficio que

contenía su reclamación y protesta. Se discutió el asunto, y la mayoría de votos fue

contraria a la pretensión de ese Jefe, resolviéndose se le contestase por el presidente

y secretario, haciéndole saber lo determinado en aquel particular por el congreso.

Este día se nombró también gobierno provisorio con las atribuciones de gobernador

de provincia, y fueron nombrados para él Don Tomás García, Don Juan José Durán

y Don Remigio Castellanos. Después de haber expuesto sucintamente lo más sustan-

cial de lo resuelto en el congreso, en el que para mi voto me ceñí a la letra del acta

que ustedes me remitieron y al espíritu que de ella se colije, creo que he cumplido la

comisión; porque en el acta no se me faculta expresamente de| que yo dé en nombre

de ese pueblo instrucción alguna a los diputados que se nombrasen. Sí ustedes gus-

tan darla por sí mismos, ya saben quiénes son; pero si quieren que yo la dé, debo

prevenirles francamente y con la seguridad de un hombre libre, que yo he hecho a

Dios juramento promisorio a favor de Fernando 7o: que mi juramento ha sido de

corazón, y no ilusorio para engañar a los hombres y que hasta aquí Fernando no me

ha faltado, ni me ha podido faltar en nada: por consiguiente que mi juramento se

mantiene con toda la obligación que la religión me impone, sin que haya nadie que

pueda relevarme de ella. Los diputados que se han nombrado por su ciencia y probi-

dad notoria, estoy persuadido serán de mis mismos sentimientos, y que no darán un 

paso que pueda ser contrario a la obligación que ellos tienen como yo; porque desde

un extremo al otro de la América española fue uno el grito y juramento que se dio a

favor de Fernando contra el agresor atroz que la oprimía. Si ustedes quieren sepa-

rarse de esa obligación que incesantemente arguye nuestras conciencias, pueden

dar todas Ias instrucciones que gusten. Pero si quieren que yo Ias dé, ha de ser

precisamente sobre el pie de que no he de prescindir del acatamiento, que se le debe

a Dios, vínculo el más fuerte; o por mejor decir el único que hay en la vida social.

Fuera de este motivo de un orden superior, hay el de conveniencia; porque para

ser libres del modo que pueden serlo los hombres sobre la tierra, y ser participes de

la felicidad que se puede tener en esta vida, juzgo, por lo mucho que he leído y por la

experiencia de nuestros días, que no hay gobierno más ventajoso que el monárquico,

moderado por la constitución; hay el de decoro, porque reputo por muy indecoroso

al pueblo oriental faltar por capricho a la palabra que dio generalmente a favor de

Fernando con admiración de todo el mundo y espanto del tirano de la Europa; hay

en fin el de política y el de la consideración que nosotros los orientales debemos

tener con respecto a unos príncipes, vecinos nuestros y poderosos, que siempre han

de mantener grabada profundamente en su corazón la injuria que le hiciésemos a su

augusto y desgraciado hermano. Si en el concepto de ustedes no tienen fuerza las

razones que apunto, repito que pueden por sí mismos dar a los diputados las instruc-

ciones que gusten; porque por lo que a mí toca, la primera es inconstrastable, y las

otras, aunque de un otro orden, son de tanto peso, que me obligan a ser de parecer

contrario. Aquí tienen ustedes ahora el motivo reservado, porque yo entre otras ra-

zones que manifesté, volví el acta con agradecimiento, suplicándoles nombrasen para

elector a otro que fuese más apto que yo. Entonces reservé todos estos graves moti-

vos; porque me pareció que para admitir mi excusa, bastaban los que alegué de mi

avanzada edad y debilidad de cabeza; pero como por último por respetos a que me

pareció imprudencia resistirme, admití el encargo; me ha parecido también necesa-

rio hablar con franqueza a fin de que en ningún tiempo puedan quejarse de que yo

engañé sus esperanzas. Dios guarde a ustedes muchos años. Miguelete, diciembre 12

de 1813. José Manuel Pérez. Señores vecinos mis comitentes del pueblo de Minas.”

Al Comandante dirigiendo la anterior

38.— “lncluyo a Ud. la adjunta para los vecinos que me dieron su poder para la

elección de diputados, etc., con el fin de que que Ud. se sirva hacerlos llamar, cuan-

do no a todos los que firmaron el acta, a lo menos a la mayor parte, de los que

muchos sé que viven en el mismo pueblo, y algunos otros en las cercanías: y que

abierta y leída por ellos se impongan de su contenido, y tomen libremente la resolu-

ción que más les acomode. Dios guarde a Ud. muchos años. Miguelete, diciembre 12

de 1813. José Manuel Pérez, Sr. Don Gabriel Rodríguez, comandante militar.” 

Esquela a Rondeau pidiéndole la dirección del pliego anterior

39.— “Señor don José Rondeau. Miguelete, diciembre 13 de 1813. Mi muy esti-

mado amigo y señor en la adjunta que dirijo a las Minas doy cuenta a mis comitentes

de que he cumplido con lo que me encargaron, arreglándome a la letra y al espíritu,

que de ella se colije, del poder que me dieron. Así ruego a Ud. me haga el favor de

encaminarla cuando haya ocasión; pues no considero urgente su pronto recibo. Me

alegraré se haya Ud. restablecido de la incomodidad con que le noté gastado alguna

cosa. Le ruego también no se incomode en contestarme, que hartos quehaceres se le

ofrecerán con la novedad que yo presentía sin mas antecedente que el oficio último

que recibí del comandante de Minas, el que me obligó a hacer la moción que Ud.

sabe. De Ud. afectísimo reconocido servidor que sus manos besa. José Manuel Pérez.”

40.— Habiéndole remitido a Rondeau el oficio rotulado al comandante de Ias

Minas; por medio de un ayudante me pidió le remitiese el acta en que los de Ias

Minas me habían nombrado su elector, y me daban su poder. Me parece que el ayu-

dante me dijo que después se me volvería; pero sin volverme el acta, que no he vuelto

a ver ni la necesito para nada, me escribió después un oficio, que aunque no lo hallo

entre mis papeles tampoco lo necesito y se dirigía, según se colije del que yo después

y a su consecuencia escribí al pueblo de las Minas y al mismo presidente a remitirme

copia de todo lo actuado en el congreso a fin de que con ella diese cuenta a mis

comitentes. Asimismo me volvía también el pliego, que yo antes le había remitido por

si yo tenía algo que añadir o quitar; pero sospecho con vehemencia que me lo volvía

sólo con el objeto de que yo no lo suprimiese todo, y me contentase sólo con sustituir-

le la copia de lo actuado que me remitía; porque el sistema adoptado, y ya bien

conocido era que así como los pueblos querían que para los poderes se arreg]asen a

la pauta que se les había dado; querían también que los electores hablasen a sus

pueblos con una sola voz y con unas mismas palabras. Pero yo, que según me decían

era libre, quería serlo en la realidad, y no sólo de nombre; de lo que ya estaba harto

y cansado. Por esto sin suprimir mi pliego, que seguramente no leyó el pueblo de las

Minas, lo acompañé con la copia remitida por el presidente y escribí al pueblo el

siguiente oficio:

Al pueblo de las Minas

41.— “El señor presidente del congreso me acaba de remitir en este día copia

autorizada por el secretario del congreso mismo del acta celebrada para la elección

de diputados. Asimismo copia del nombramiento de un Gobierno provincial: y por

último otra copia de la contestación al oficio del Jefe de los Orientales Don José

Artigas, acompañado todo de un oficio de remisión: y a la mano me trajo el ayudante

portador el pliego que dos días antes había mandado yo al cuartel general para que

el señor Rondeau se sirviese dirigirlo en ocasión oportuna, por si tenía yo que aña-

dir o quitar algo: y no teniendo que añadir ni quitar nada en él lo incluyo adjunto.

Dios guarde a ustedes muchos años. Miguelete, diciembre 14 de 1813. José Manuel

Pérez. Señores mis comitentes vecinos de las Minas.”

Al Comandante de las Minas

42.— A este pliego le puse segunda cubierta, rotulada al comandante de las Mi-

nas, a quien escribí el siguiente oficio: “Incluyo el adjunto pliego, para que convo-

cados los vecinos mis comitentes, a lo menos los del pueblo y sus cercanías, lo abran

y se impongan de su contenido. Dios guarde a Ud. muchos años. Miguelete, diciem-

bre 15 de 1813. José Manuel Pérez. Señor Don Gabriel Rodríguez.”

Al presidente a fin de dar al anterior dirección segura

43.— “Ayer 14 del corriente recibí el oficio de V. S. de 10 del mismo, en que me

incluye copia autorizada del acta de la elección de diputados a la Soberana Asam-

blea Constituyente de la de un gobierno provincial para esta Banda; asimismo copia

del nombramiento y despacho de dicho gobierno; y últimamente la contestación que

por determinación del congreso se dio al oficio del señor Don José Artigas, todo con

el objeto de que lo manifieste a mis comitentes según lo hago, por el pliego adjunto,

que se servirá V. S. mandar dirigir. Dios guarde a V. S. muchos años. Miguelete y

diciembre 15 de 1813. José Manuel Pérez. Señor Presidente Don José Rondeau.”

Oficio del presidente

44.— Cuando había llegado aquí con mis apuntaciones hallé por casualidad el

oficio del presidente, que acompañaba la copia de todo lo actuado en el congreso: y

ya que ha aparecido lo traslado, y es como se sigue: “Por encargo del congreso de la

Provincia Oriental, que he tenido el honor de presidir, pongo en manos de V. S. las

actas celebradas en 8, 9 y 10 del corriente, las que deberá V. S. manifestar al pueblo

su comitente. Ellas le probarán del modo más claro la libertad con que se ha proce-

dido a su sanción y la dignidad con que se han discutido sus derechos. Dios guarde

a V. S. muchos años. Cuartel General en el Arroyo Seco, diciembre 10 de 1813. José

Rondeau, presidente, Tomás García de Zúñiga, secretario. Señor elector del pueblo

de Minas.”

* El original de esta crónica forma parte del volumen manuscrito de puño y letra

de Pérez Castellano, que también contiene el texto de las Observaciones sobre Agri-

cultura. Fue publicado por D. Luis Carve en la Revista Histórica, tomo VI, páginas

776-791, Montevideo, 1913, cuando el códice se hallaba en poder de D. Benjamín

Fernández y Medina. La presente edición reproduce fielmente el texto del manuscri-

to de Pérez Castellano. 

60. “Yo os he hecho indicar mi protesta de nulidad sobre cuanto actuaréis y os lo

reitero ahora - expresaba el Jefe de los Orientales. La Provincia, en sus actas del 5 y

21 de abril, había manifestado su voluntad sobre los objetivos que tratáis: mi con-

descendencia ha dado lugar a esta nueva invitación; pero convoqué a los pueblos

para que primero concurriesen a mi alojamiento, debiendo yo darles la satisfacción

competente que me justificase delante de ellos en esta determinación, no residiendo

en mi facultades bastantes para suspender lo dispuesto en dichas actas”.

“No es bastante para vuestra negativa la falta de expresión en vuestros poderes

sobre el particular, para que una vez hecho de tanta trascendencia el asunto, y con-

vencido de la complicación de las circunstancias que aparecen, si queréis responder

a la confianza que han depositado en vosotros vuestros pueblos, debías estar a su

espíritu o al menos contener nuestras deliberaciones”.

“Estoy en vuestras facultades sean extensivas a cuanto convenga al Pueblo entero,

pero una proposición tan general no podrá daros la autorización bastante para des-

baratar ciegamente las garantías convencionales que el pueblo estableció para su

seguridad. Yo no quiero insinuaros con esto que precisamente debías estar a las

Actas; vosotros podéis romperlas; pero debéis tener la prudencia de examinarlas”.

“Nunca el pueblo pudo tener intención de deciros que no hicieses caso de sus obras,

por más que os facultase para rendiros a cualquier circunstancia y en fuerza de

ellas, desaprobarlas”.

“ Yo voy a escribir a los pueblos, y entonces veré si su voluntad es la misma que se

ostenta en el Congreso de su representación. De lo contrario, yo os hago responsa-

bles delante de los mismos pueblos, de la continuación del abuso que hacéis de su

confianza”. “ Esperad las explicaciones de vuestros constituyentes; yo no puedo ni

debo prescindir de ellos, y mientras, sabedlo, yo estaré únicamente a lo deliberado

en las actas del 5 y 21 de abril. Cualquier determinación que adelantéis en contra-

rio, la desconoceré abiertamente y vosotros responderéis a los pueblos del escánda-

lo”.

1814.

en. 9. Oficio de Artigas a Rondeau referente al Congreso de la Capilla de

Maciel.61

en. 10. Cae el Triunvirato y se inicia el tiempo del Directorio. Gervasio

Antonio de Posadas (1757-1833), nombrado Director Supremo, se pasa al

Ejecutivo unipersonal.

en. 14. Artigas reitera en otro oficio sus puntos de vista sobre el asunto del

9.62

en. 20. En la madrugada Artigas abandona el Sitio de Montevideo (“mar-

cha secreta”) y con su ejército va al N.O., acampando en Belén, sobre el río

Uruguay.

La lucha contra el centralismo porteño, a partir de ahora, será frontal.

Vigodet, acompañado por el Cabildo montevideano, encomienda a Luis

Larrobla y Domingo Antonio Costa un acercamiento con Artigas para lograr

un acuerdo, que éste rechaza.

en. 21. Tercer período de reuniones de la Asamblea General en Buenos

Aires, que durará hasta febrero 8.

en. 29. San Martín toma el mando del Ejército y se instala en el Tucumán

(La Ciudadela).

Tres comandantes lo acompañan: Manuel Dorrego, Martín Güemes y Pe-

dro José Saravia.

en. 31. Gervasio A. de Posadas jura como Director Supremo y nombra

Secretario de gobierno a Nicolás Herrera, de Hacienda a Juan Larrea (1782-

1847) y de Guerra a Francisco Xavier de Viana.

feb. 11. Bando público de Posadas, redactado por Herrera, que declara a

Artigas de “infame, privado de sus empleos, fuera de la ley y enemigo de la

patria”.

Esto autorizaba a su persecución y, por ser “traidor a la patria”, de resis-

tirse, llegar hasta su muerte, recompensando con dinero a quien lo entregara,

vivo o muerto.63

La respuesta de Artigas no se hizo esperar y desde su campamento en

Belén le contestó a Posadas con dureza.

Al mismo tiempo decretó el aislamiento de la Prov. Oriental con el Direc-

torio de Buenos Aires.

feb. 28. Dentro de la campaña militar que iniciara Artigas en el litoral

argentino, el entrerriano Eusebio Herenu y uno de sus mejores oficiales, Blas

Basualdo, derrotan en Espinillo (Entre Ríos) a las tropas porteñas, cuyo co-

mandante era el Cnel. Federico Holmberg.64

Esta batalla es el comienzo de la lucha abierta entre Artigas y el Directorio

porteño (1814-20) por enfrentamiento de dos sistemas políticos antagónicos

por la futura organización de las Provincias Unidas.

mar. 1. El Tte. Cnel. Guillermo Brown (1777-1857), Comandante de la

Marina patriota, pone en marcha su plan de acción naval. Los españoles de-

signan al C/N. Jacinto Romarate para iniciar el ataque a Buenos Aires.65

mar. 7. Posadas crea la Prov. Oriental del Río de la Plata, la integra a las

Provincias Unidas y resuelve que sea mandada por un Gobernador-Intenden-

te, recayendo el cargo en Juan José Durán.66

Esto significa una agresión a la Soberanía Oriental, manifiesta en el Con-

greso de Tres Cruces.

mar.10. Combate entre las escuadras de Romarate del Apostadero de Mon-

tevideo con la escuadrilla de Brown. Cinco días después (15) Brown desem-

barca en la isla de Martín García.67

mar. 11. El jefe de las milicias rurales de Corrientes se adhiere al “Siste-

ma de los Pueblos Libres”.

mar. 19. Triunfo de las armas de la Liga Federal en La Cruz, mandadas

por Basualdo y el Comandante paraguayo de frontera, contra los porteños.

mar. 28. Encuentro entre el C/N Romarate y Fernando Otorgués en las

proximidades del arroyo de la China y auxilio de éste con víveres (episo-

dio que le servirá a los porteños para demostrar la convivencia con los

españoles).

Combate frontal entre las fuerzas navales de porteños y españoles.68

mar. 29. La comunicación de Artigas al Cabildo de Corrientes contiene

las bases del sistema federal de los pueblos, que formará la Liga Federal.69 

abr. 11. Fernando VII regresa por Daroca (Zaragoza) y propone una

junta, para conocer su opinión sobre si debe o no jurar la Constitución liberal

de 1812.

abr. 16. Llega a Valencia, donde el Embajador inglés le aconseja jurarla.

abr. 17. El cap. Gral. de Valencia, Francisco Xavier de Elío (antiguo vi-

rrey del Río de la Plata), hace jurar a sus oficiales el apoyo total (del ejército)

al rey Fernando VII.

Entonces puso en cúmplase un decreto por el que no juraba nada de lo

escrito en la Constituciòn.

abr. 20. Comienza el sitio por mar de Montevideo en un audaz plan del

comandante Brown.70

El Cabildo de Corrientes decide “Declarar la independencia bajo el sis-

tema federativo y al Gral. don José Artigas como su protector”.

abr. 23. Reunión en el campamento de Belén entre Artigas y los personeros

del Director Posadas, que veía con preocupación la influencia del Jefe de los

Orientales en las provincias de Córdoba, Santa Fe, Corrientes y en la Banda

Oriental, donde la ideología federalista era cada vez más fuerte.71

may. 4. Real decreto firmado por Fernando VII en Valencia, por el que se

vuelve a la restauración de la Monarquía absoluta y soberana en manos del

Rey, con una administración centralizada, no sólo para la península, sino que

involucraba a las colonias.

En segunda instancia anula la Constitución jurada en 1812. Anuncia la

formación de una fuerte expedición militar al Río de la Plata para reconquis-

tar el poder.72

may. 10. Siguiendo con la política directorial, Carlos de Alvear llega a

Colonia al frente de un ejército con 1.200 soldados y pertrechos, para una

campaña en la Banda Oriental.

may. 13. Artigas le comunica a Romarate que, en vista de la precaria si-

tuación en que se encuentran sus fuerzas y de que el gobernador Vigodet “quiere

realmente entrar en transación con los orientales”, él puede hacerlo directa-

mente, sin arriesgar caer “baxo la mencionada escuadra de Buenos Aires”. 

Fernando VII llega a Madrid, recibido con entusiasmo por el pueblo y

apoyado por el Cap. Gral. de Castilla la Nueva Francisco Ramón de Eguía

(1750-1827), que había detenido días antes a los principales liberales .73

may. 15. Artigas recibe una proposición del virrey del Perú, que contesta

con dureza.74

may. 16. Batalla naval en el Buceo (Montevideo) donde la flotilla porteña

comandada por Guillermo Brown, vence a los españoles, ayudando a la caída

de la ciudad.75

may. Se firma un tratado de pacificación entre los españoles y O´Higgins

por la pacificación de Chile, con la mediación inglesa.

Se entabla la lucha civil entre Carrera, que desconoció el tratado, y

O´Higgins, que no llega a concretarse militarmente por la renuncia del virrey

del Perú, José Fernando Abascal, (1743-1827) a las condiciones de paz

may. 28. Triunfo de Bolívar en la dura batalla de Carabobo.

jun. 7. Alvear envía una carta a Otorgués, engañándolo con lisonjas, sobre

la futura entrega de Montevideo, a espaldas de Artigas.76

jun. 11. El Cabildo de Corrientes revisa la resolución de abril 20 y convo-

ca a un Congreso de los pueblos provinciales, que se reúne con la presidencia

del representante de Artigas, Genaro Perugorría.

El Congreso reafirma su voluntad de independencia y la puesta en marcha

de medidas administrativas necesarias a la hora.

jun. 20. Alvear, que sustituye a Rondeau, llega a Montevideo.

Se firma la capitulación, que pone fin a la dominación española en el Río

de la Plata.

Oficio de Alvear al Director Supremo Posadas, completado con otro del

30 de junio.77

jun. 22. Las autoridades españolas entregan la fortaleza del Cerro de Mon-

tevideo.78

jun. 23. Hacen entrega de la ciudad. Se inicia el período de la dominación

porteña, que durará hasta febrero 25 de 1815.79 

jun. 24. Las fuerzas orientales de Otorgués son derrotadas por los porte-

ños en Las Piedras.80

Este hecho obliga a Artigas a negociar con Alvear, siendo sus representan-

tes Miguel Barreiro, Manuel Calleros y Tomás García de Zúñiga.81

jun. 29. El comandante Otorgués le envía un oficio al C/N Romarate

explicando la difícil situación en que se encuentra con su flota, después de la

entrega de Montevideo por Vigodet, y que no tiene otro recurso que fondear

su escuadra en el río Negro, y que le remita “los soldados y armas que se

hallen en dichos buques”.

jun. 30. Alvear comunica oficialmente al Director Posadas de la caída de

Montevideo. Al mismo tiempo dirige una proclama a los vecinos de la ciu-

dad.82

jun.-jul. Encarnizada lucha entre los patriotas y las tropas del español

José Tomás Rodríguez Boves (1783-1814), que toma la ciudad de Valencia

(N. de Venezuela). Después se apodera de Barcelona (jul. 6) (N.E. de Vene-

zuela) y envía a sus oficiales a perseguir a Bolívar, que cae derrotado en

Aragua (ag.18)

jul. 5. Firma de un tratado entre Inglaterra y España con el compromiso

de estrechar “su amistad y su alianza”, lo que abría a la primera las puertas

del comercio en América.

jul. 9. El Director Posadas nombra al nuevo gobernador de Montevideo. Se

firma el acuerdo entre los comisionados de Artigas y Alvear en el Fuer-

te de Montevideo.

Se establece que el Jefe de los Orientales es reconocido en su “honor y

reputación”, por lo que se le nombra “Comandante general en la campaña y

fronteras de la Provincia Oriental”.

Por su parte, Artigas renuncia a intervenir en Entre Ríos.83

jul. 14. Nicolás Rodríguez Peña, presidente del Consejo de Estado, es nom-

brado Gobernador Intendente de Montevideo.84

De inmediato asume el cargo, sustituyendo a Juan José Durán (que había

sido nombrado en marzo 7).

jul. 8. Artigas ratifica el convenio, no así el Director Gervasio de Posadas,

lo que mereció que el primero le exigiese al Gobernador Intendente el fiel

cumplimiento de lo pactado.

jul. 19-20. Nota de Rodríguez Peña a capitulares, declarando su cesantía

en el cargo.85

jul. 21. El Consulado de Comercio creado por Vigodet en mayo 1812, que

favorecía los intereses de Montevideo, es subrogado por otro que supedita

todos los negocios al Consulado de Buenos Aires.

ag. 1. De acuerdo a los planes del Directorio, Alvear regresa a Buenos

Aires para reforzar las tropas que combaten a los orientales.

ag. 17. El Directorio, por decreto, reconoce a Artigas como buen “servidor

de la Patria”, confirmando el grado de Coronel y sus funciones de Comandan-

te General de la campaña oriental.

ag. 20. Desde Río de Janeiro, el ex-Gobernador Vigodet expresa su indig-

nación por la “mala fe” de Alvear en el procedimiento de la entrega de Mon-

tevideo.86

ag. 25. Artigas, prevenido de los verdaderos propósitos de los gobernantes

porteños, rechaza el grado y decide seguir con la lucha armada en defensa del

territorio patrio.87

En Buenos Aires vuelve a reunirse la Asamblea General, hasta agosto 31.

El Directorio nombra al Gral. Miguel Estanislao Soler (1783-1849) como

Gobernador Intendente de la Prov. Oriental. Asume el 29 y Rodríguez Peña

vuelve a Buenos Aires.

sbre. 9. Alvear ordena a Soler el reinicio de la lucha militar en la campaña

oriental.

En el cargo de Gobernador Intendente actuará interinamente el Cnel. Do-

mingo French (1774-1825).88

sbre. 13. Posadas se propone negociar con el Rey Fernando VII un conve-

nio de paz para toda la región del Plata.

Son sus emisarios en España Manuel Belgrano (1770-1820) y Bernardino

Rivadavia (1780-1845). Con instrucciones del Directorio, lo que no se discu-

te es la libertad de los pueblos argentino y oriental.89 

sbre. 18. Sin ninguna explicación, los porteños se llevan de Montevideo la

imprenta “de la Carlota”.

sbre. 29. El Cnel. Blas José de Pico, Comandante General de Entre Ríos,

derrota a Manuel Francisco Artigas en la batalla de Belén.

oct. 1. Violento bando de Alvear contra los orientales, amenazando con

confiscar bienes y propiedades de los seguidores de Artigas.90

oct. 4. Otra derrota de las fuerzas orientales bajo el mando de Otorgués, en

Marmarajá (arroyo afluente del Aiguá, en Minas), por las porteñas de Manuel

Dorrego (1787-1828).91

oct. Varias acciones del Cnel. Fructuoso Rivera contra el Gral. Manuel

Dorrego lo obligan a refugiarse en Colonia.

oct. 22. Se aprueba en Apatzingan el Decreto Constitucional para la Li-

bertad de la América Mexicana.

nov. 2. En el mismo Congreso se crea la Nueva España o Anahuac, inde-

pendiente y libre para administrar sus propios destinos.

Se abolió la esclavitud, las diferencias de castas, y se aprobó que la sobe-

ranía del país radica en el pueblo.

dbre. 20. Resonante triunfo del jefe oriental Blas Basualdo (bajo órdenes

directas de Artigas en la campaña del litoral argentino), en la estancia de

Colodrero (Corrientes), contra las tropas del mayor Genaro Perugorría (Pedro

Gorria).

Este, que había servido la causa del federalismo en Corrientes, traicionó a

Artigas y se entendió con Gervasio A. de Posadas. Hecho prisionero, se le

envió al campamento de Purificación para ser juzgado.

dbre. 23. El Cabildo de Montevideo, que compartía la política del Direc-

torio, ordena oficiar un Te Deum para celebrar el triunfo de Rondeau, en la

batalla del Cerrito, contra los españoles de Vigodet (diciembre 31,1812).

61. “Señor general: yo ruego a V.S. que adoptemos medios más compatibles. Y

tenga V.S. la dignación de observar que nos hallamos al frente del enemigo, que el

país está cercano a envolverse en una anarquía bajo todos puntos funesta y que el

enemigo ríe cuando le ofrecemos una ocasión que sirve a contrastar su debilidad.

V.S. parece que en el asunto presente solo debe buscar la voluntad de los pueblos.

Ella forma mi regla: si V.S. no está contento con las contestaciones que ellos me han

dirigido, nosotros podemos juntarlos de nuevo y contestar. La fuerza no es hecha en

manera alguna para estas investigaciones. ¿Cuáles serían las consecuencias si la

empeñásemos recíprocamente”?

62. “El congreso a que invitó V.S. a nombre de la autoridad suprema, debía,

según mis circulares, ser precedido del que se tuviese en mi alojamiento. Habiendo

ya los pueblos expresado su voluntad sobre los mismos asuntos, era preciso que yo

los instruyese del por qué de la nueva invitación. Ellos entonces resolverían y según

sus resoluciones pasarían o no al cuartel general. Si ellos no lo expresaron así en las

credenciales y poderes de sus respectivos electores, fué un defecto involuntario que

los constituyentes o jefes tuvieron al extender las actas, guiándose para ello del

borrador que V.S. se sirvió pasarles según ellos mismos me lo han confesado y de lo

que yo estoy bastantemente convencido”.

63. “Artículo 1o. - Se declara a don José Artigas infame, privado de sus empleos,

fuera de la ley y enemigo de la Patria. Artículo 2o. - Como traidor a la Patria será

perseguido y muerto en caso de resistencia. Artículo 3o. - Es deber de todos los Pue-

blos y las Justicias, de los Comandantes Militares y los Ciudadanos de las Provincias

Unidas, perseguir al traidor por todos los medios posibles. Cualquier auxilio que se le

dé voluntariamente será considerado como crimen de alta traición. Se recompensará

con seis mil pesos al que entregue la persona de don José Artigas vivo o muerto”.

64. Blas Basualdo (¿-1815) soldado oriental que estuvo junto a Artigas desde

1811 cuando al frente de 200 patriotas peleó en el frente del N.O. hasta las luchas

por el federalismo en Misiones, Entre Ríos y Corrientes.

Estuvo en el Ayuí y rechazó la oferta de Sarratea de pasarse a los porteños. De-

rrotó a Genaro Perugorria en Colodrero el 24 dic. 1814. lo hizo prisionero y lo envió

al campamento de Purificación donde juzgado por traidor, lo fusilaron el 17 de ene-

ro de 1815.

Basualdo fue jefe de los grupos artiguistas del litoral entrerriano hasta su muerte.

65. “En Enero de 1814 Buenos Aires concentró todo el poder político en una sola

persona, se sustituyó el triunvirato por un Director Supremo, recayendo tal designa-

ción en el Doctor Gervasio de Posadas. Su Ministro de Guerra y Marina fue el Capi-

tán de Fragata Xavier de Viana, insigne marino que integró la expedición de

Malaspina y ejerció comando de la corbeta “Descubierta” en aguas platenses.

Finalmente, los bonaerenses llegaron a la conclusión que Montevideo no caería

mientras tuviese expeditas sus comunicaciones marítimas y fluviales y continuara

ejerciendo el dominio del mar, aunque solo fuera con una escuadrilla sutil. En conse-

cuencia, se encauzaron todos los esfuerzos alistando una escuadra que desafió las

fuerzas navales del Apostadero de Montevideo.

Los principales impulsores en Buenos Aires, para llevar adelante el proyecto de

crear una escuadra fueron: el Ministro de Hacienda Juan Larrea; Carlos de Alvear

con su influencia política y Pío White que canalizó el aspecto comercial. Una vez

incorporados los buques se artillaron y dotaron adecuadamente, designándose por

el Director Posadas con fecha 1 de marzo de 1814 al irlandés Guillermo Brown

como Teniente Coronel, Comandante de la Marina del Estado.

En conocimiento de las autoridades de Montevideo los aprestos llevados a cabo

en la vecina orilla, se procede inmediatamente a reclutar personal para dotar a los

buques disponibles y se ordena atacar a la brevedad a los bonaerenses en proximida-

des del Puerto de Buenos Aires.

Para tal misión, se depositó el mando de los buques de la escuadrilla del Aposta-

dero, en la persona del experiente Capitán de Navío Jacinto Romarate, vencedor en

San Nicolás y primer Comandante español que después de la derrota de Trafalgar,

llevó las palmas de la victoria a su Patria.

A través del destaque del queche “Hiena” para recabar información en las proxi-

midades de Buenos Aires, se confirmó los aprestos de la escuadrilla en puerto e

inmediatamente Romarate se dirigió a fondear en el canal de Martín García,

acoderando los tres buques mayores y una cañonera con sus proas hacia la entrada

del puerto. Asimismo, las cuatro naves restantes junto a los mercantes, permanecie-

ron al ancla en las inmediaciones de la fuerza. Esta posición adoptada por Romarate

es una clásica disposición táctica naval, que permite disparar con el máximo de

cañones de una banda, mientras que el enemigo al acercarse de proa, solo puede

disparar con un mínimo de piezas artilleras (cruzar la T). La posición geográfica fue

muy bien seleccionada, especialmente por ser un lugar estrecho, cerca de la costa

donde un cañón operado desde la isla también colaboraba con la fuerza naval y

además, estaba rodeado de bajos que impedían al atacante rapidez y agilidad en la

maniobra. No obstante, todo no era ventaja para los buques del Apostadero, pues en

definitiva la iniciativa de la maniobra estaba en manos de Brown, y el podía decidir

en que momento y como atacar, dado que el dispositivo de Romarate era estático y de

carácter netamente defensivo.

El concepto táctico de Brown consistía en dividir su fuerza en dos divisiones. La

primera la integraban sus buques principales que atacarían aguas arriba por el

canal de Martín García y la segunda división bordearía la isla para atacar por reta-

guardia. Las fuerzas que se enfrentaron eran las siguientes:Escuadrilla de Romarate:

2 bergantines, 1 zumaca, 2 cañoneras, 2 balandras, 1 polacra y una lancha corsaria.

Romarate tenía su insignia izada en el bergantín “Belen”.

El buque insignia de Brown era la fragata “Hércules” y su escuadrilla la inte-

graban además una corbeta, un bergantín, dos goletas, un falucho y una balandra”.

En: Caramés, Apostadero de Montevideo

66. Juan José Durán (¿-?) patricio oriental que adherido a la revolución oriental

participó del Congreso de Tres Cruces y del Gobierno Provincial de Canelones (1813)

en calidad de Juez de Economía.

Fue Gobernador-Intendente de la Prov. durante la ocupación porteña (1814-15)

y luego alcalde de Primer Voto (1816).

Su actuación posterior durante la dominación luso-brasileña fue la de estar al

servicio de las autoridades usurpadoras.

67. “El 10 de marzo de 1814 la “Hércules” se dirigió resueltamente al abordaje

de la nave Capitana de Romarate, pero el práctico de a bordo fue alcanzado por un

disparo mortal y la nave de Brown varó a tiró de fusil de la costa, recibiendo los

fuegos de los buques de Romarate y del cañón de la isla que le causaron en total 82

impactos, varios rumbos en el casco e importantes averías en la arboladura. Sólo en

la “Hércules” cayeron 45 tripulantes muertos, mientras que el número de heridos

fue más del doble.

Realmente se salvó del hundimiento debido a que con las sombras de la noche

cesó el cañoneo. Las horas nocturnas también permitieron a Brown palletear su

nave. Al día siguiente, cuando ya había comenzado el cañoneo, el azar cambió el

destino del buque de Brown, dado que la marea permitió que la nave zafara de vara-

dura. alejándose río abajo donde también varó momentáneamente en el banco de

Las Palmas, para finalmente proseguir navegando para Colonia de Sacramento,

puerto en el cual brindó atención a sus heridos. Los restantes buques mayores de

Brown fueron rechazados por las fuerzas de Romarate. Previamente, las naves me-

nores de Brown que tenían por misión atacar por retaguardia, fueron rechazadas

enérgicamente por las cañoneras enemigas que aprovechando su gran movilidad,

dejaron rápidamente fondeadero y se dedicaron a desbaratar el ataque secundario.

Romarate comunicó su triunfo al Apostadero de Montevideo y solicitó el envío de

la escuadrilla de Primo de Rivera con la corbeta “Mercurio” de 32 cañones, a fin de

buscar un combate definitivo con las fuerzas de Brown. No obstante, a pesar que los

refuerzos zarparon ambas divisiones nunca pudieron reunirse. Brown no perdió tiempo

alguno en reorganizar sus fuerzas y reparar en Colonia las averías mayores de la

“Hércules”. De hecho, en la madrugada del 15 de marzo (4 días después del comba-

te), Guillermo Brown desembarcó en la zona SE de la isla Martín García con 240

soldados y marineros, reduciendo la pequeña guarnición española de la misma y

capturando la batería, municiones, provisiones y otros pertrechos.

La isla estaba poblada por un considerable número de niños, mujeres e inválidos,

siendo que muchos de estos últimos murieron en la resistencia al desembarco. Una

vez consolidada la posición en la isla, Brown efectuó un intento de persecución de

las naves de Romarate que se encontraban en proximidades, no obstante éste se

alejó navegando río ar riba hasta fondear frente a la isla Dos Hermanas.

Mientras tanto, la escuadrilla de Brown encabezada por la Hércules llevó a cabo el

reabastecimiento y las reparaciones mayores en la ciudad de Colonia, no sin dificul-

tades, pues Artigas trató de impedir el apoyo logístico; el caudillo oriental también

fue acusado por Brown de haber facilitado el escape de Romarate.

La noticia de la toma de la isla Martín García causó una penosa impresión en los

habitantes de Montevideo. No obstante, puso en manos bonaerenses la llave de acce-

so al control fluvial, elemento que sería decisiva para aislar a las fuerzas de Romarate

en el río. Se había dado un primer paso estratégico, a fin de lograr seguidamente el

objetivo principal: Montevideo. Para ello, sería necesario eliminar las fuerzas nava-

les que aún le restaban al Apostadero. Sin embargo, luego de la ocupación de Martín

García y el alejamiento de la escuadrilla de Romarate aguas arriba, Brown ordenó

explotar el éxito, en base a la seguridad de que sus enemigos casi no disponían de

municiones. Pero tal presunción adolecía de inexactitudes, pues partidarios de Artigas

suministraron víveres, pólvora y proyectiles.

La persecución de las naves del Apostadero fue llevada a cabo por una escuadri-

lla compuesta por la sumaca Santísima Trinidad, bajo el comando del estadouniden-

se Tomás Nother, quien también estaba a cargo de toda la fuerza; la balandra Car-

men comandada por Samuel Spiro; la goleta Fortuna al mando de Pablo Zufriategui;

la cañonera Americana mandada por Francisco Seguí, futuro héroe de Juncal, y los

faluchos San Martín y San Luis. Las fuerzas de Romarate eran las mismas de Martín

García y sumaban 32 cañones con aproximadamente 325 hombres, contra 41 caño-

nes y alrededor de 260 integrantes de las dotaciones de la escuadrilla del Coman-

dante Nother”.

En: Caramés, o.c.

68. “El 28 de marzo de 1814, Romarate, fondeó con sus naves en las proximidades

del arroyo de la China,pequeño curso de agua situado al sur de Concepción del Uru-

guay. Ese mismo día, en horas de la mañana desembarcó a entrevistarse con Fernando

Otorgués, quien consiguió suministrarle algunos víveres. Al mediodía, mediante un

tiro de cañón fue avisado del avistamiento de los buques de Nother que venían remon-

tando el río. Inmediatamente se largó para a bordo, encontrándose a su arribo con los

buques acoderados y listos para el combate, gracias a las eficientes medidas tomadas

por su Segundo Comando, el Teniente de Fragata Ignacio Reguera.

Los bonaerenses no se hicieron esperar y se lanzaron al combate, con la esperan-

za que sus enemigos consumieran rápidamente su escaso stock de municiones. Acer-

cándose a distancias muy cortas y efectuando continuas bordadas , se entabló una

feroz lucha que cobró muchas víctimas en la Santísima Trinidad, entre los que cayó

mortalmente herido el Comandante Nother. Esta nave varó y luego zafó, gracias a

los ingentes esfuerzos de sus tripulantes al mando de su segundo de a bordo.

Apoyado muy especialmente por un humilde artillero, que luego demostraría ser

un destacado marino; nos referimos al Coronel de Marina Leonardo Rosales.

Durante el desarrollo del combate el Comandante de la balandra Carmen, voló

un buque después de haber quedado varado y en situación muy comprometida. La

explosión causada por el propio Spiro cegó su vida, prefiriendo antes morir que

entregar su buque. El resto de las naves bonaerenses estaban muy averiadas y con

muchas pérdidas de vidas y heridos, motivo por el cual se retiraron del escenario de

combate dirigiéndose a Buenos Aires. Las fuerzas de Romarate habían obtenido una

nueva victoria, en gran medida lograda por la superioridad de sus artilleros y los

conocimientos profesionales navales de sus dotaciones de oficiales de mar.

El cambio de frente a nivel estratégico a partir de estos últimos acontecimientos

sería capital, pues contra la postura inicial del gobierno bonaerense de continuar

combatiendo al victorioso Romarate en los ríos, el Comandante Brown sostuvo la

posición de llevar a cabo el bloqueo de Montevideo y buscar dar combate a la

escuadra principal del Apostadero en las inmediaciones del mismo, concentrando

todos los esfuerzos en una gran batalla y aprovechando el embotellamiento de los

buques de Romarate en el río”.

En: Caramés, o.c.

JACINTO DE ROMARATE

Caballero de la Real Orden de San Hermenegildo

Natural de Vizcaya. Se recibe de Guardiamarina en Cádiz en Mayo de 1792

Alferez e fragata en Octubre de 1793; Alferez de Navío en Octubre de 1802;

Teniente de Fragata en Diciembre de 1804; Teniente de Navío en Febrero de 1807;

Capitán de Fragata en Noviembre de 1807; Capitán de Navío en 24 de Mayo de

1811; Brigadier general en Setiembre de 1815; Jefe de Escuadra en 1819 y final-

mente Teniente General de la Armada. 43 años de servicio en la Real Armada

española. 

Desde diciembre de 1805 se halla en el Río de la Plata. Participó en la Recon-

quista de Buenos Aires donde resultara herido. Es condecorado.

Luego participa desde el Apostadero Naval de Montevideo en la lucha contra los

juntistas bonaerenses. Combate con Brown en Martín García (II de marzo de 1814)

y practicamente lo derrota.

Pero debe retirarse aguar arriba del río Uruguay, hasta el arroyo de la China

donde debe hacer frente a otra escuadrilla enemiga al mando del estadounidense

Tomás Nother. También esta vez lo derrota completamente en un duro combate donde

sostiene 25 bajas, siendo volado un buque bonaerense.

Luego debe capitular ante Buenos Aires por el desenlace del caida de Montevi-

deo. Siempre se ha hablado en lares argentinos de la relación que tuvo antes y

después del combate de Arroyo de la China con el caudillo artiguista Otorgués. Se

expresa que Romarate recibio ayuda de los orientales contra los porteños y que

luego de la caida de Montevideo ante el ubicuo Alvear, Romarate se hallo en la

disyuntiva de si entregar sus barcos a Artigas o a los porteños. Obviamente lo hizo

con los ultimos ya que le daban una mayor garantia para regresar a España.

Ya con sus años encima en Junio de 1835 asume el maximo cargo naval: Director

General de la Armada.

69. “Todos los pueblos situados a lo largo del Uruguay y Paraná están bajo un

mismo pie de reforma y han saludado el restablecimiento de la armonía general de la

prosperidad, la vida y la paz y la libertad... y luego que se fije en todo el territorio el

plan de seguridad, se verificará la organización, consultando cada una de las Pro-

vincias todas sus ventajas peculiares y respectivas, y quedaran unidas en una perfec-

ta unión entre sí mismas, no en aquella unión mezquina que obliga a cada pueblo a

desprenderse de una parte de su confianza en cambio de una obediencia servil, sino

en aquella unión que hace al interés mismo, sin perjuicio de los derechos de los

pueblos y de su libre y entero ejercicio”.

70. “Brown, con gran visión, consideraba que la ciudad de Montevideo y la es-

cuadrilla de Romarate sin los apoyos del Apostadero, estaban destinadas a una lenta

agonía, para lo cual bastaría con el bloqueo y eventualmente la gran batalla. Final-

mente, sus argumentos prevalecieron y en la tarde del 14 de abril de 1814, el pueblo

argentino despedía a la escuadra al mando de quien sería su primer Almirante, Don

Guillermo Brown, largando insignia en la fragata “Hércules” junto a las corbetas

“Belfast”, “Céfiro”, el bergantín “Nancy” y la goleta “Julieta”, luego reforzada

por la corbeta “Agreable”, la sumaca “Santísima Trinidad” y el falucho “San Luis”

. El 20 de abril comenzó el sitio de Montevideo por mar, complementando al que

soportaba por tierra a cargo de las fuerzas de Rondeau.

Pronto recrudecieron en la ciudad las pestes y epidemias, escasearon como nunca

los víveres y el Capitán general Gaspar de Vigodet llevó a cabo una junta con jefes y

notables que resolvió alistar una escuadra llamando al reclutamiento forzoso para

tripularla. Al frente de la misma se designó al Comandante General del Apostadero

Capitán de Navío Miguel de la Sierra, quien inmediatamente elevó un oficio destacan-

do la superioridad de los buques bonaerenses y la total falta de adiestramiento del

personal que se puso bajo sus órdenes. No obstante, asumió la responsabilidad del

Comando y salió a combatir con la insignia izada en el queche “Hiena”, acompañado

de las fragatas Neptuno y Mercedes, las corbetas Paloma y Mercurio, los bergantines

Cisne y San José , la goleta María, la balandra Corsario, el lugre San Carlos y el

falucho Fama. En total alrededor de 1100 hombres y 155 diversos cañones, contra

1250 hombres y 147 cañones bonaerenses. Las fuerzas eran relativamente parejas en

material. No así en adiestramiento de su personal, donde los montevideanos se vieron

forzados a embarcar personal sin experiencia alguna de mar”.

En: Caramés. o.c.

71. Se firmó un convenio conocido como “Plan para el restablecimiento de la

amistad y buena Armonía”, por el que se restituye el honor de Artigas (indignamente

infamado y vejado) y se respeta el derecho de los pueblos que están bajo su protecto-

rado.

72. EL EJÉRCITO DISUELVE LAS CORTES

Dos factores se coligaron para mezclar al Ejército en la política española. A

causa de la guerra-revolución de 1808-1813 se desplomaron las instituciones funda-

mentales, sin que tal derrumbamiento fuera seguido del arraigo de las nuevas; y eso

acontecía en un momento de auge para las armas, a la hora en que todos los españo-

les hacían de soldado y cuando a los más modestos se les brindaba la espléndida

coyuntura del generalato.

La coincidencia de la decrepitud del Estado antiguo, inerme y sin autoridad mo-

ral, con la ascensión pletórica de la fuerza armada convertía a los militares, a los

profesionales y a los improvisados, en árbitros de los destinos de España. España

era una anarquía.

La corona se sentía débil frente al romántico liberalismo, concienzudamente mo-

nárquico, y ya en Valencia, a su regreso de Francis, Fernando VII vio1 en la espada del

general Elío el instrumento adecuado para meter en cintura a los liberales. Días des-

pués... Pero veamos lo que nos dice un contemporáneo: “Habiendo llegado a

Guadalajara el 30 de abril algunas fuerzas procedentes de Valencia mandadas por el

súbdito inglés y general español don Santiago Whittingham encaminándose a Madrid,

como a población dominada por enemigos, preguntó la Regencia al general a qué 

venía , y él respondió sólo que a obedecer órdenes del rey comunicadas por el general

Elío; acto ya de rebelión en un militar, así como de declaración de guerra a nombre y

con consentimiento del monarca, y feo modo de proceder en un extranjero, a quien no

tocaba, aun sirviendo a España, tomar parte en sus discordias civiles, y menos todavía

convertir en pro del monarca, poco antes amigo de Napoleón, el poder que en la

milicia española le daba su clase, adquirido en unión con los mismos hombres y en

obediencia a las mismas leyes de cuya destrucciónb se prestaba a ser indigno instru-

mento. Con más o menos razón se veía en la conducta de este inglés una prueba más

del favor que daban los gobiernos europeos al rey contra las Cortes”.

El golpe de Estado lo remató el general Eguía, capitán general de Madrid, disol-

viendo el parlamento antes de que el monarca entrara en la capital. La monarquía

absoluta -una monarquía absoluta también discordante de la tradición española

porque se arrogaba más fueros que la del siglo XVI-, quedaba así restaurada direc-

tamente por el brazo castrense.

En: Antonio Ramos Olivera, Historia de España.

73. LA RESTAURACIÓN DE FERNANDO VII

“A raíz de la invasión a España, Napoleón se transformó en un factor fundamen-

tal en el proceso histórico ulterior tanto de España como de América. En el primer

caso, provocó la reacción nacional a favor de la independencia de España y obligó a

los españoles, de hecho, a reconocer al nuevo Rey francés o a combatirlo, y ello

determinó al mismo tiempo la oportunidad de realizar cambios políticos y sociales

que significaron para España, como hemos advertido, la caída del Antiguo Régimen

y la formulación de una Constitución que era la expresión de las ideas políticas de la

Europa contemporánea.

Pero si “la intervención francesa había llevado a la abolición del antiguo régi-

men -observa Seignobos- la intervención inglesa produjo la restauración”.

Luego de consolidado el imperio napoleónico, en 1808, sólo el pueblo español,

con el apoyo de Inglaterra, continúa la lucha contra el Imperio. El ejemplo español,

dijimos, contribuyó a crear la quinta coalición, constituida en marzo de 1809 entre

Austria, Inglaterra y el gobierno insurreccional español. La guerra de España había

puesto en evidencia lo que expresaba Metternich en diciembre de 1808: “Las fuerzas

militares de Francia se han reducido a la mitad después de la insurrección de Espa-

ña. La guerra contra España nos divulgó un gran secreto: el de que Napoleón no

tiene sino un ejército, su Grande Armée”.

La acción militar de la quinta coalición se desarrolla en forma desfavorable a

Napoleón, y luego de la catástrofe de la Grande Armée en Rusia, la mayoría de los

pueblos del continente se pliegan a la resistencia. En 1813 los ejércitos aliados con- 

siguen una victoria decisiva en la batalla de las Naciones, en Leipzig (octubre de

1813) y se acercan al Rhin. Dada la crítica situación, y para terminar con la pesadi-

lla de la guerra de España, Napoleón resuelve devolver la corona a Fernando VII, a

quien tenía prisionero en Valencay desde 1808, autorizándolo en diciembre de 1813

a regresar a su país.

En conocimiento de la abdicación de Napoleón, en abril de 1814, los generales

Suchet y Soult, acuerdan con Wellington la suspensión de las hostilidades y evacúan

las plazas que se encontraban en su poder. Con ello se ponía fin a la guerra por la

independencia de España.

Fernando abandona el castillo de Valencay, donde había pasado gran parte de su

tiempo bordando primorosamente, en competencia con su tío el Infante don Antonio,

en actividades descorazonantes, y llega a España en mayo de 1814. Pero ya antes de

su entrada al país había decidido de acuerdo con los nobles que le acompañaban,

suspender la Constitución de 1812. Había enviado a España al Duque de San Carlos

para conocer el ambiente y la información que trajo éste era auspiciosa.

El Duque consiguió la adhesión de 69 diputados de las Cortes, quienes firmaron

un manifiesto, conocido como “Manifiesto de los persas”, por el cual se solicitaba al

Rey la convocación de las Cortes “en la forma que se celebraban las antiguas”. Ello

terminó de decidir al monarca, quien el 4 de mayo firmó un manifiesto por el cual

resolvía anular la Constitución y la obra de las Cortes, “como si no hubiesen pasado

jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo”. El manifiesto del Rey fue

publicado en Madrid el 11 de mayo.

No obstante conocerse esta actitud del Rey, cerca de la frontera el General Copons,

capitán general de Cataluña, entregó al monarca documentos firmados por la Re-

gencia, en los que se le informaba que sólo después de que jurara la Constitución

sería reconocido como soberano legítimo.

Al llegar a Valencia el general Elío le ofreció su bastón de mando y le pidió su

mano para besarla, a lo que accedió el Rey. Wellesley, duque de Wellington, le acon-

sejó que jurara la Carta de 1812. Pero al llegar a Valencia don Luis de Borbón,

Cardenal de Scala, Arzobispo de Toledo y presidente de la Regencia, con instruccio-

nes de no reconocerle antes de que jurara, le ordenó con violencia que le besara la

mano, cosa que hizo el Cardenal. Con este acto simbólico, Fernando se consideró

reconocido sin haber cumplido con la condición que se le pretendía imponer, y por

tanto con derecho a derogar la Constitución de Cádiz.

Ante este comportamiento del monarca, España se escindió en dos corrientes de

opiniones y de conducta. Y mientras en Valencia, en donde se encontraba el Rey, el

pueblo arrancaba la lápida que consignaba el nombre de la plaza de la Constitución

en Madrid se preparaba un nuevo salón para las Cortes, colocándose a su frente una 

placa de mármol con letras de oro con la inscripción de un artículo constitucional:

“La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey”.

El Rey en Valencia firmó varios decretos, por los cuales quedaba abolida la Cons-

titución, se anulaban los decretos de la Regencia, se ordenaba la prisión de los re-

gentes, generales, ministros y diputados liberales y se nombraba un nuevo ministro,

todo lo cual mantuvo por un tiempo en secreto.

En la noche del 10 al 11 de mayo de 1814 comenzaron las detenciones de los

regentes y otras figuras de tendencia liberal y a partir de allí las persecuciones que

provocaron el exilio de unas 12.000 familias, que marcharon hacia Inglaterra, Fran-

cia, Italia, Portugal y Norte de Africa.

El 13 de mayo entró el Rey en Madrid: “Era un día soleado. Había arcos de

triunfo, y las casas estaban engalanadas. El pueblo madrileño se disputaba el honor

de tirar de su coche. El Rey siguió el mismo camino que recorrió seis años antes,

procedente de Aranjuez, tras haber despojado a su padre de la corona. Entonces

entró a la capital sin escolta. Ahora llegaba precedido de una división de caballería.

Le acompañaban seis mil infantes y dos mil quinientos jinetes. La artillería no había

sido descuidada”(*).

Una manifestación recorrió las calles de Madrid, ante la llegada de “el Desea-

do” a su capital, a los gritos de “Viva la Religión”, “Abajo las Cortes”, “Viva Fer-

nando VII”, “Viva la Inquisición”. Mesonero Romanos, en “Memorias de un sesentón”

afirma que era una turba grosera y alquilada, “dos o tres centenares de personas de

ínfima plebe, reclutadas al efecto en tabernas y mataderos, para salir por las calles

ultrajando todos los objetos relacionados con el Gobierno constitucional”. Entraron

en las Cortes y derribaron la estatua de la Libertad, poniendo aun en peligro a los

transeúntes que consideraban sospechosos.

El pueblo de Madrid que intervino en esas manifestaciones parece haber sido

algo más que “una turba grosera y alquilada”; pero era sí un pueblo sin experiencia

política, que hacía mucho tiempo que estaba sometido al dominio de los poderosos,

y al que no le resultaba fácil distinguir entre Fernando VII como símbolo de los

valores nacionales de España, y Fernando VII como expresión real de los intereses

de las clases privilegiadas, dispuestas a restaurar el régimen depuesto.

Ya instalado en Madrid, Fernando tomó su gobierno de acuerdo con lo previsto

por el Manifiesto de Valencia en el que afirmaba: “declaro que mi real ánimo es, no

solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución ni a decreto alguno de las Cor-

tes” sino anular a aquélla y a éstos y suprimir las Cortes para que todo vuelva “al

ser y estado que tenía en 1808”.

De inmediato se dio orden de cerrar el salón de las Cortes y sellar sus papeles.

Restableció el Consejo de Castilla, los privilegios de las clases dominantes y la anti-

gua Inquisición. 

Fernando “el Deseado” se transformaba rápidamente en Fernando el odiado. La

lealtad había perdido su bandera”.

En: Williman-Panizza, o.c.

74. “Los caprichos de un pueblo insensato como el de Buenos Aires han ocasio-

nado la sangre y desolación de estos dominios, y las ideas de libertad con que han

alucinado a los incautos han sido teorían que han corrompido a algunos fieles vasallos

que, arrependitos de su engaño, se han unido a las tropas del Señor Don Fernando

VII, y defienden sus derechos. Las acciones de Vilcapugio y Ayohuma prueban que

no podrían por más tiempo fomentar la guerra; que no tienen leyes ni sistema que

puedan realizar sus ideas, y que el descontento de los que por desgracia dependen de

la facción de los insurgentes abrevia el naufragio en que se miran.

Antes de que se verifique, y a fin de cortar las desgracias consiguientes, cum-

pliendo con la orden del excelentísimo señor virrey de Lima, aventuro al dador con

las correspondientes credenciales para que, hablando con V.S., convengamos en el

modo más honroso de nuestra unión , para erminar los males que ha suscitado la

facción. Estoy dispuesto de que V.S., fiel a su monarca, ha sostenido sus derechos

combatiendo contra la facción; por lo mismo cuente V.S. y sus oficiales y tropa con

los premios a que se han hecho acreedores, y, por lo pronto, con los auxilios y cuanto

pueda necesitar. Para todo, acompaño las instrucciones, a que se servirá contestar.

“Dios guarde a V.S. muchos años. Campamento en Jujuy, a 15 de mayo de 1814.

- JOAQUIN DE LA PEZUELA. - Señor Comandante en Jefe de los Orientales.”

“Han engañado a V.S. y ofendido mi carácter, cuando le han informado que yo

defiendo a su rey. Y si las desavenencias domésticas han lisonjeado el deseo de los

que claman por restablecer el dominio español en estos países con teorías, para

alimentar sus deseos, la sangre y la desolación de América han sido causadas por la

ambición española con derecho supuesto.

Esta cuestión la decidirán las armas. Yo no soy vendible, ni quiero más premio

por mi empeño que ver libre mi Nación del poderío español; y cuando mis días

terminen al estruendo del cañón, dejarán mis brazos la espada que empuñaron para

defender la Patria. Vuelve el enviado de V.S., prevenido de no cometer otro atentado

como el que ha perpetrado con su visita. -

Campamento y junio 28 de 1814.

José Artigas.”

75. Las operaciones navales fueron las siguientes: 1. toma de la isla Martín García

que les servía de base por la proximidad con Buenos Aires. 2. Enfrentamiento a la

flota española que refugiada en el puerto del Buceo intenta alcanzar la bahía de 

Montevideo para reparar sus averías, previendo la protección de las baterías de la

plaza.

76. UNA CARTA DE ALVEAR A OTORGUÉS.

La constante gestión de los españoles para entenderse con Artigas, persuadió al

general Alvear de que no podía ni debía prescindir de la concurrencia del jefe de los

orientales en las negociaciones emprendidas para obtener la rendición de la plaza. Y

de esa persuasión surgió un vasto plan de engaño, en que las víctimas debían ser

Vigodet y Otorgués.

El cabildante Morán, que había ido al campamento de Otorgués en cumplimiento

de una comisión del general Vigodet, tuvo la previsión de extraer testimonio del

siguiente oficio de 7 de junio de 1814 (Archivo General de Montevideo, reproducido

por Bauzá en su “Historia de la Dominación Española”).

“Estimado paisano y amigo: Es llegada la ocasión de presentar a usted la fran-

queza de mis sentimientos en toda su extensión. Nada me será más plausible, nada

más lisonjero y satisfactorio que la plaza de Montevideo en poder de mis paisanos.

En el día se halla en los últimos apuros y desea entrar en negociación. Yo no admito

ninguna como no sea la entrega de ésta a usted. Lo que quiero es verla en poder de

mis paisanos y no de los godos a quienes haré eternamente la guerra. Para el efecto,

mándeme sin perder un solo instante dos diputados plenamente autorizados que ven-

gan a tratar con los de la plaza de Montevideo de modo y forma con que deben hacer

la entrega de ella. Esto urge a la causa general y es preciso se dirijan sus diputados

por este campo a evitar rodeos que retarden asuntos de tanta importancia. A esto

será reducido el negociado y yo por mi parte me obligo solemnemente a su cumpli-

miento, protestándole por lo más sagrado que hay en el cielo y en la tierra la since-

ridad de mis sentimientos.

Las fuerzas de mi actual ejército hacen falta en el Perú y yo, que me veo animado

sólo de los verdaderos intereses de la libertad y muy distantes de personalidades,

creo un deber mío atender a las necesidades efectivas de mi país, despreciando par-

tidos que sólo sirven para nuestro descrédito y para exponer la causa común. Crea

usted que la franqueza de mi alma y la delicadeza de mi honor, no me permiten

contraerme a nimiedades. Que vengan luego, luego los diputados para concluir esta

obra. No creo será necesario consulte usted para ello con su jefe, pues toda retarda-

ción en este negocio puede ser muy perjudicial, porque los enemigos sólo tratan de

tomar tiempo esperando algún refuerzo; estoy cierto que el señor Artigas no puede

sino aprobar cualquier disposición de usted relativa a mi propuesta; si sus diputados

pudieran venir dentro de cuatro días acaso éste solo se verá libre de enemigos para

la semana próxima. El deseo de comunicar a usted con la mayor brevedad esta noti-

cia, me priva extenderme lo que quisiera, pero el paisano Villagrán, dador de ésta,

informará a usted de algunos pormenores que omito. Con este motivo reitero a usted

mi buen afecto y positivos deseos que me asisten de emplearme en su obsequio como

su más seguro servidor y paisano - Carlos de Alvear”

En: Eduardo Acevedo, o.c.

77. Doce días después de tan terminantes ofrecimientos, Alvear y Vigodet firma-

ban las bases de la capitulación de Montevideo.

Quiere decir que cuando el general argentino se dirigía a Otorgués, ya todos

estaban en tren de capitulación y sólo faltaba dar forma a las aspiraciones de sitia-

dos y sitiadores.

¿Qué se proponía Alvear al ofrecer esta intervención principal y directa en la

negociación al jefe de la vanguardia de Artigas?

Pueden formularse tres hipótesis. En primer lugar, que existía real y positivamen-

te en el ánimo de Alvear la idea de agregar a los laureles de la rendición de Monte-

video, la gloria de la conquista del Perú, que subyugaba su alma, como subyugaba

la de San Martín ya en esa época. Si él tenía la obsesión del Perú, debía desear

lógicamente que todo su ejército quedara libre y en situación de emprender marcha

inmediatamente. En segundo lugar, que se proponía imposibilitar cualquier plan de

los españoles para entenderse con las fuerzas de Artigas. Era notorio que las autori-

dades de Montevideo, trabajaban vivamente en ese sentido. Cuando Alvear escribía

su carta, Vigodet diputaba al síndico procurador don Francisco Morán para entre-

vistarse con Otorgués. ¿ Resultaría de la entrevista algún obstáculo a la rendición de

la plaza? Pudo y debió formularse la interrogación el general Alvear, y en caso de

sospecha dar un narcótico a Otorgués, infundiéndole la seguridad de que la plaza

sería entregada a los orientales. En tercer lugar, que toda su ambición se reducía al

exterminio de la división de Otorgués, mediante una hábil celada , de la que nadie

pudiera escapar. Persuadidos los orientales de los propósitos pacíficos y patrióticos

del general argentino, avanzarían confiadamente sobre la plaza, y allí serían aco-

rralados y deshechos, sin guerras, sin correrías y sin sacrificios de tiempo, consi-

guiéndose en tal caso el doble objeto de asegurar la ocupación de Montevideo por

Buenos Aires y de dirigir el ejército a la conquista del Perú. De estas tres hipótesis,

¿cuál es la verosímil?

Hay que descartar la primera. La lucha con Artigas reconocía por causa el anta-

gonismo entre los planes de autonomía que aquél sustentaba y los planes de predo-

minio absoluto y sin diques a que arrastraba la política porteña. Y ¿podría creerse

que después de tantas luchas surgiera el propósito de entregar la plaza a los orienta-

les? 

Quedan las otras dos hipótesis, que en nuestra opinión se combinan. Habría que

impedir las negociaciones de Vigodet con los orientales y había que exterminar a

Otorgués. La conducta de Alvear antes de la capitulación y a raíz de ella, es el mejor

comprobante que podemos exhibir.

Antes de la capitulación, impidió que el comisionado de la plaza llegara al cam-

pamento de Otorgués, y después de la capitulación atropelló brutalmente a éste que

avanzaba esperanzado todavía seguramente en el cumplimiento de la palabra del

general argentino.

En: Ibídem.

“A esta hora, que son las tres y media de la tarde, acaba de entregarse por capi-

tulación la plaza de Montevideo al ejército de mi mando. En consecuencia, pasado

mañana debe ya tremolar el pabellón de la libertad en la fortaleza del Cerro”.

“aunque por mis anteriores comunicaciones, participé a Vuestra Excelencia que

esta plaza se había entregado al ejército de mi mando por capitulación, no habiendo

sido ratificados los artículos propuestos por ella, resultó que el día 23 del corriente,

tomando todas aquellas medidas de precaución que debió sugerirme la frecuente ex-

periencia de la mala fe de su gobierno, me posesioné de todas sus fortalezas, parques y

demás útiles concernientes al fondo público. Esta oportunidad ocasionada por la ma-

licia o la debilidad del general enemigo en diferir hasta aquel acto nuestra ratificación

respectiva sobre lo pactado, me proporcionó apoderarme de la ciudad a discreción,

haciendo que las tropas que la guarnecían salieran extramuros, quedando depositadas

en la casa de los negros y panadería de Pérez . Sucesivamente determiné el arresto del

general Vigodet con toda la oficialidad veterana que había en ella, apoderándose jun-

tamente de los buques que se hallaban en la bahía y demás pertrechos navales”.

78. El capitán de navío Vargas, uno de los comisionados de Vigodet, “se encargó de

la redacción del tratado, adhiriendo Alvear francamente a todas las proposiciones y

condiciones, tantas y tales que a ser cumplidas se hubiera dudado quién era el vence-

dor y quién el vencido”. El 21 de junio “salieron al campo enemigo para servir de

rehenes el coronel don Pedro de la Cuesta y el regidor don Félix Sanz. Por parte de

Alvear vinieron con nombre de rehenes a la plaza, el coronel Moldes y el auditor don

Pedro Fabián Pérez. Se hizo previa entrega de la fortaleza del Cerro el día 22, y el 23

tomó posesión de esta plaza don Carlos Alvear, saliendo la guarnición por el portón de

San Juan y entrando el ejército de Buenos aires por el portón de San Pedro”.

“Los resultados del honorífico tratado consistieron en no cumplirlo los sitiadores.

Y era natural, porque no hallándose Montevideo en estado de defenderse, ¿con cuál

derecho podían pactar como si en efecto fuese defendible?”

En: Antonio D. Larrañaga y José R. Guerra, Apuntes Históricos. 

79. “Luego de 24 días de bloqueo de la ciudad, el 14 de mayo de 1814 las

fuerzas del Apostadero se hacen a la mar buscando entablar combate, mientras

que Brown ejecuta una falsa maniobra de alejamiento llevando a sus adversarios

por un par de horas con rumbo general este, hasta que la Hércules vira y sostiene

un corto duelo artillero con la Mercurio, sin consecuencias de importancia. Sin

embargo, el San Luis fue apresado por las fuerzas del Apostadero y enviado a

puerto de Montevideo. Las escuadras recibieron la noche al sur del Buceo, muy

cerca entre sí esperando que soplaran vientos para entrar en lisa. Esta noche des-

aparece navegando hacia el Banco Inglés el Hiena con el Jefe de la escuadra

Capitán Miguel de la Sierra.

Al día siguiente el Capitán José de Posadas se hace cargo de la escuadra, pues el

Hiena aun estaba algo separado, no obstante la calma no permitió a los contendien-

tes efectuar maniobra alguna. Recién en la noche del 16, Brown cayó con la Hércu-

les entre la Neptuno y la San José, entregándosele este último como también lo haría

luego el Neptuno y la Paloma. El resto de los buques del Apostadero procuraron

ingresar a Puerto, iniciándose la persecución y posterior captura de la goleta María

y la varadura del bergantín Cisne y la balandra Corsario, inclusive la Hércules

persiguió a la Mercurio hasta el pie de las baterías de Montevideo con total natura-

lidad frente a la mirada de confusos montevideanos, que por momentos sospecharon

que el buque bonaerense había sido capturado hasta que Brown ordenó a desplegar

su desafiante pabellón en plena Bahía de Montevideo.

Finalmente, el Hiena y otros buques del Apostadero lograron ingresar a Puerto

burlando el bloqueo. No obstante, cuatro buques, 37 oficiales y 380 marineros y

personal de tropa cayeron prisioneros otorgándole a Brown una victoria categórica,

reduciéndose sus pérdidas a sólo cuatro hombres y el falucho San Luis. Inmediata-

mente, se dispuso un férreo bloqueo a Montevideo, que definitivamente cayó en ma-

nos de las tropas de Alvear el 23 de junio de 1814.

La caída de Montevideo produjo como consecuencia la entrega al Director Posa-

das de Romarate y sus buques que se encontraban en los ríos, como así también del

Establecimiento del Carmen de Patagones, que desde la captura del Hiena estaba en

manos de españoles y criollos que respondían al Apostadero.

La caída de Montevideo resultó ser uno de los acontecimientos más trascendentes

del proceso separatista iniciado en Buenos Aires y quitaba definitivamente a España

el dominio de las aguas en el Atlántico Sud-Occidental, colaborando en la acelera-

ción del proceso de balcanización de América y de la rotura del orden establecido.

Dice el Teniente de Navío Homero Martínez Montero al respecto:

“Sin la acción del Apostadero, impidiendo la adhesión de la Banda Oriental a la

Junta Bonaerense, no habría existido ocasión para el surgimiento del artiguismo

que es, no sólo la historia de la República Oriental - ¡ y que historia! sino, en buena

parte, la razón y la acción del federalismo argentino”

En: Caramés, o.c.

En la línea sitiadora ocurría en esos mismos momentos una escena bien poco

edificante: el general Rondeau, víctima de su tenacidad en mantener el asedio con-

tra las reiteradas órdenes del gobierno argentino, era reemplazado por el general

Alvear que venía así a recoger el fruto ya madura de una larga y paciente campaña.

Dice el brigadier general don Antonio Díaz (“Memorias”, reproducidas por “El

Nacional” de Montevideo de 16 de noviembre de 1898) que Alvear y Rondeau pasa-

ron parte de la victoria, pero que el gobierno de Buenos Aires sólo publicó el oficio

de Alvear, aún cuando todavía no se había hecho efectiva la trasmisión del cargo. La

entrega del mando, agrega, se efectuó el 17 de mayo a las diez de la mañana y la

noticia del triunfo se había conocido en la madrugada del mismo día.

Exterminada la escuadra española, la plaza sólo podía sostenerse mientras dura-

ran los víveres almacenados, que eran bien pobres.

El 23 de junio de 1814, quedó dueño de ella el ejército de Alvear. ¿Pero de qué

manera? ¿Mediante capitulaciones o sin ellas? La cuestión es muy importante del

punto de vista de la lealtad con que procedían los adversarios de Artigas y conviene,

por lo tanto, oir a los contendientes y testigos de la época.

En: Eduardo Acevedo, o.c.

80. OTORGUÉS CAE EN LA CELADA

Para cohonestar su plan de engaño contra los orientales, el general Alvear envió

al gobierno de Buenos Aires una carta de Otorgués al jefe del campamento de los

prisioneros españoles, datada el 24 de junio o sea al otro día de consumada la des-

ocupación de la plaza de Montevideo.

Fue publicada en “La Gaceta de Buenos Aires” el 4 de julio siguiente y en ella se

expresa así el caudillo oriental:

“Las intrigas de un gobierno que después de tratar de su protección nos ha sido

infidente, ha colocado esos valientes soldados en el seno del precipicio y del deshonor.

Esta mancha que permanecerá delante de todas las naciones entre nosotros, pue-

de obscurecerse enteramente si V.S. quiere colocarse bajo nuestra protección”.

81. Manuel Calleros (1763-1841) desde 1811 junto a Artigas hasta la ocupación

portuguesa. En esos años (1717-24) se dedicó a la enseñanza pública en Mercedes,

pero producida la cruzada se adhirió de inmediato. Electo diputado por Colonia

integró el Gobierno Provisorio de la Prov. instalado en Florida (jun. 1825) siendo su

Presidente. 

Como diputado por Rocha suscribió el Acta del 25 de agosto de 1825 y después

formó parte de la Asamblea Constituyente y Legislativa.

Culminó como Senador durante la Presidencia de Rivera, ocupando la banca por

tres años (1830-32).

82.“Don Carlos M. de Alvear, General en Jefe del Ejército, a los habitantes de

Montevideo: Vuestra admiración debe subir de punto cuando sepáis que esta plaza

ha sido tomada a discreción. Es verdad que se acordaron los preliminares de una

capitulación honrosa, pero ellos no fueron ratificados. Sin este requisito cualquiera

de las partes contratantes queda expedita para renovar la agresión. Yo me aproveché

de la ocasión que me preparaba lo favorable de un momento: entré en la plaza con el

ejército de mi mando, pero entré a todo trance. No me ocultaba que el general Vigodet

pudiera haber afectado algún descuido, para sorprenderme impunemente garantido

de mi credulidad: este es un ardid de los que se enseñan y practican en la escuela de

la guerra, pero yo usé del contraardid de creerme seguro de la convención y ocupé la

plaza a todo riesgo, con decidida intención de reglar mi conducta por la que obser-

vase el enemigo. Esto es un compendio de la historia de lo ocurrido. La plaza ha sido

rendida a discreción, pero a discreción de un enemigo generoso. Vuestras vidas y

propiedades merecerán la más decidida protección. No se os seguirá perjuicio algu-

no por vuestras pasadas opiniones, cualquiera que sea la parte que hayáis tomado

en perjuicio de la unión. Yo os empeño sobre esto mi palabra de honor y todo el

crédito de la suprema autoridad de las Provincias Unidas. ¿Qué más podéis apete-

cer después de esta garantía? Haceos dignos de ella y reposad tranquilos en el honor

de las armas de la Patria y ellas os protegerán .- Fortaleza de Montevideo, junio 30

de 1814”.

83. Art. 10o. “ El ciudadano José Artigas no tendrá pretensión alguna sobre

Entre Ríos y los habitantes de aquel territorio no serán perseguidos de manera algu-

na por sus opiniones anteriores”.

84. A despecho de sus protestas de sumisión, la intendencia no tuvo larga vida.

La oligarquía imperante necesitaba resortes más rápidos y esos resortes fueron crea-

dos pocos días después de la ocupación de la plaza por el ejército de Alvear.

El 9 de julio se publicó un manifiesto del director Posadas, anunciando a los

habitantes de Montevideo el nombramiento para el cargo de gobernador, con las

más altas facultades, recaído a favor del presidente del consejo, coronel don Nicolás

Rodríguez Peña. El electo así lo hizo saber por bando el 19 de julio, titulándose

“gobernador político y militar de la provincia de la Banda Oriental”

En: Carlos Calvo, Anales Históricos de la Revolución.

Nicolás Rodríguez Peña (1775-1853)

Secretario de Castelli en 1813, integró la Asamblea General Constituyente Pte.

de Estado murió en Chile

85. “Habiendo dispuesto S.E. el director supremo que los capitulares que actual-

mente componen la Municipalidad de este pueblo cesen en su oficio y sean elegidos

en su lugar los individuos comprendidos en la nota adjunta, dispondrá C.S. que

reunido ese cuerpo precisamente el día de mañana y convocados a la Sala Capitular

los que deben entrar al desempeño de los cargos, se les dé inmediatamente posesión,

previo el juramento de estilo y el reconocimiento del gobierno superior que rige las

Provincias Unidas del Río de la Plata, de cuya ejecución me dará V.S.

Nómina de los nuevos Miembros:

“Alcalde de primer voto, don Manuel Pérez, teniente coronel de milicias de caba-

llería; Alcalde de segundo voto, don Pedro Gervasio Pérez; Regidor Decano, don

José Agustín Sierra; Alguacil Mayor, don Salvador García; alcalde Provincial, don

Juan Medina; Fiel Ejecutor, don Pablo Vázquez; Defensor de Pobres, don Juan

Méndez Caldeyra; Defensor de Menores, don Carlos Vidal; Juez de Policía, don

Juan Correa; Juez de Fiestas, don Juan Blanco; Síndico Procurador, don Bruno

Evaristo Méndez; Presidente del Tribunal de Concordia, el Síndico Procurador; Se-

cretario interino del Cabildo, don Bartolomé Hidalgo. El mismo intervendrá en los

actos del Cuerpo Municipal del mismo modo que se hacía antes de la Revolución, en

cuyo tiempo no se había creado la Escribanía de Cabildo, Interino se resuelva otra

cosa. Teniente de Alguacil Mayor, don Zenón Díaz; Portero, don Alejo Martínez.-

Montevideo julio 19 de 1814.- Peña”.

86. “Los artículos de la capitulación que a mi nombre le propusieron mis diputa-

dos y que no recibieron una variación sustancial, sino que fueron absolutamente

concedidos según pedía, obtuvieron por mi parte toda la ratificación que era necesa-

ria para que Alvear se certificara de mi buena fe y de la exactitud que debía esperar

de cuanto se pactara. El capitán de navío graduado de la real armada, don Juan de

Vargas, se lo hizo así saber, y yo tuve la deferencia de enviarle no sólo los rehenes

que me pidió, sí que también le hice entregar la fortaleza del Cerro para alejar todo

motivo de sospecha aunque fuera infundada”... Ratifiqué además la capitulación de

un modo público y solemne, haciendo saber mi orden expresa al benemérito pueblo

de Montevideo por “La Gaceta” extraordinaria del 22 de junio, que había celebrado

dicha capitulación bajo los artículos que en extracto se contienen en ella; ratifiqué

la capitulación... aceptando la propuesta que hizo alvear de que el armamento sería

custodiado en la Isla de Ratas mientras tanto que se alistaban las embarcaciones; 

ratifiqué por fin la capitulación de todos los medios que prescribe la ley de la gue-

rra”.

“Alvear que ha tenido el valor de levantarme el testimonio imperdonable de que

hace referencia su oficio del 30, debió meditar que se hallaba ligado al cumplimiento

de la capitulación, ya por el juramento que hizo aceptando el artículo preliminar, ya

por su rúbrica en cada uno de sus artículos, y ya en fin, por el modo solemne y

público con que firmó todo el convenio con mis diputados. Alvear debió tener pre-

sente que reconvenido varias veces por el capitán de navío Vargas sobre la inobser-

vancia de algunos de los artículos del tratado, no reclamó jamás su nulidad, sino que

dió órdenes para que se cumplieran. Alvear había convenido con el mismo Vargas de

que se darían a la prensa luego que se desembarazase de las atenciones que le

habían obligado a salir de la plaza luego de ocuparla, y aún en la noche que cometió

el atentado de arrestarme, atropellando mi persona con engañifas pueriles, ofreció a

Vargas que al día siguiente se publicaría la capitulación, con el objeto de informar

más extensamente al pueblo de cuanto se había convenido por ambas partes para su

seguridad y decoro”.

“ Yo tengo en mi poder la capitulación que Alvear rubricó en cada uno de sus

artículos y firmó al fin del convenio”.

“Para convencer a Vuestra Excelencia de la indisculpable mala fe de Alvear,

basta que Vuestra Excelencia lea el oficio que pasó a don Juan de Vargas pidiendo

diera yo orden para que se le remitieran los rehenes. Ese documento es suficiente por

sí mismo para acreditar la obligación de cumplir lo pactado, una vez que para

asegurar más la certeza que debía tener de mi exactitud, mandé a su cuartel general

los rehenes en el modo que posteriormente al oficio convino el mismo capitán de

navío Vargas”.

En: Calvo, o.c.

87. En los fundamentos del rechazo Artigas dice que no necesita el grado para

“El arreglo de la campaña entera”.

88. Domingo French fue correo durante las invasiones inglesas, colaborando

con Pueyrredón siendo miembro de la Sociedad Patriótica, después estuvo junto a

Belgrano y Dorrego.

Combatió a los federales que atacaron Buenos Aires.

89. “A fines de 1814, Belgrano y Rivadavia salían de Buenos Aires con sendas

misiones ante las cortes de Inglaterra y de España. Al pasar por Río de Janeiro

habían de sondear el ánimo del embajador británico en aquella ciudad, a efecto de

procurar el apoyo de su soberano en las tratativas que iban a emprenden ante Fer-

nando VII. En la capital luso-brasileña se encontraron con otro emisario de Buenos

Aires, Dn. Manuel J.García, que ya había adelantado algo las conversaciones con el

diplomático británico; pero sus gestiones no tuvieron el resultado esperado, tras lo

cual los emisarios porteños siguieron su viaje hacia Inglaterra. Llegados allí, Belgrano

quedó en Londres, en tanto Rivadavia se dirigía a Madrid.

La gestión de éste obtuvo el más rotundo fracaso al intentar que España recono-

ciera la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata; el ministro de

Fernando VII se negó terminantemente a considerar siquiera el punto, por lo que

Rivadavia debió salir de inmediato de aquel país.

Tampoco tuvieron éxito las gestiones de Belgrano en Inglaterra. Pero ambos

emisiarios encontraron en Londres al inquieto Sarratea, quien los puso al tanto de

otra ya iniciada gestión diplomática acerca de estas provincias rioplatenses. El mo-

vedizo ex-triunviro porteño se hallaba en tratativas con un noble aventurero franco-

español, para hacer coronar en Buenos Aires a un hermano menor de Fernando VII,

por entonces sin ocupación que fuera digna de su prosapia real. Pero también fraca-

só esta descabellada empresa, en la que su promotor fué engañado como un inocen-

te, quedando en una situación bastante desairada.

A poco de ello regresó Belgrano a Buenos Aires, y tiempo después Rivadavia.Así

quedaron terminadas, por entonces, las gestiones del gobierno bonaerense para es-

tablecer una monarquía en estas tierras.

Tales tratativas, es cierto, no fueron inspiradas tanto por convicciones monárqui-

cas cuanto por conveniencias políticas del momento. No se pensaba en la monarquía

por considerarla en sí la forma más apropiada de gobierno para estas provincias; se

buscaba la “protección”, el apoyo de algunas de las grandes potencias europeas (no

las había otras que no fueran monarquías) para asegurar la independencia de aque-

llas frente a España que, como hemos visto, se negaba a reconocerla y se aprestaba

a restablecer su resquebrajada autoridad en toda América. De ahí esa repetida ofer-

ta que el gobierno bonaerense hará, y seguirá haciendo luego, de la soberanía de

estos pueblos en sus varias gestiones ante distintos personajes de la realeza europeo.

Los dirigentes de Buenos Aires dudaban ya de restablecer la unidad de estas

provincias, y veían en Artigas al promotor de la triunfante “anarquía” que en vano

se habían propuesto aplastar, y que, en cambio, habían favorecido con sus veleida-

des centralistas.

La única manera de terminar con aquella y alejar el peligro de una restauración

española en el Río de la Plata era buscar la “protección” de alguna de las fuertes

potencias europeas (Inglaterra fué la elegida), o coronar algún segundón de sangre

real que contara con el apoyo de dichas potencias”.

En: Alfredo Castellanos, o.c. 

90. En nota al Gral. Miguel Estanislao Soler, Alvear le comunica que los Orien-

tales “Deben ser tratados como asesinos e incendiarios”.

“Oficiales, sargentos, cabos y Jefes de partidas que se aprendan con las armas en

la mano deben ser fusilados”.

91. Fue una campaña cruel la que se abrió contra el artiguismo. Ni siquiera

fueron respetadas las mujeres.

Declaran los señores Dámaso Larrañaga y José R. Guerra (“Apuntes Históri-

cos”), dos testigos de alta autoridad moral, que poco antes de la acción de Guaya-

bos, el coronel Dorrego, en un baile dado en la ciudad de la Colonia, sirvió cantáridas

a las señoras.

La familia del coronel Otorgués fue sometida a los más graves atentados por las

mismas fuerzas de Dorrego y la prueba de este hecho es igualmente decisiva.

Dos partes dirigió el general Alvear acerca de la victoria alcanzada por la van-

guardia de su ejército, al mando del coronel Dorrego, sobre las fuerzas de Otorgués

en Marmarajá. El primero de ellos es de 7 de octubre de 1814. Va dirigido al Cabildo

de Montevideo y de él extractamos este párrafo relativo a los sucesos militares co-

menzados el 3 del referido mes (Maeso, “Artigas y su época”):

“Al amanecer del día siguiente el coronel Dorrego con las fuerzas de su cargo,

avanzó al campamento de Marmarajá, y el enemigo, que a favor de su favorable

posición ostentaba una vigorosa resistencia, fué arrojado precipitadamente de ella,

disueltas sus divisiones y batida una de ellas con pérdida de 28 muertos y 43 prisio-

neros.

Durante aquel día fué perseguido por diferentes cuerpos, según requería la dis-

persión que había sufrido, y antes de la noche había caído ya en poder del coronel

Dorrego la artillería y municiones, todo el equipaje de Otorgués, su mujer, su hija y

multitud de familias que seguían el grupo de su mando con un trozo de caballos

escogidos. Todos los carruajes del ejército, entre ellos uno cargado de paño y algún

dinero que inmediatamente se repartió a la tropa. El uniforme del caudillo, el som-

brero y espada que éste abandonó en su fuga, existen en mi poder”.

El otro fue dirigido al gobernador de Montevideo y existe en el archivo del gene-

ral Mitre.

Establecido el hecho de la prisión de la esposa y de la hija del coronel Otorgués,

veamos qué tratamiento les dieron los vencedores.

La Memoria de “Un Oriental” inserta en la Colección Lamas, dice que “Dorrego

hizo prisionera la esposa y familia de Otorgués, a quienes trató malísimamente”. En

sus “Apuntes para la Historia de la República Oriental”, confirma A.D. de Pascual

ese acto de ensañamiento de las fuerzas de Dorrego. Pero el testimonio más circuns-

tanciado lo suministra el propio Otorgués, en oficio de 20 de febrero de 1815 dirigi-

do al doctor Nicolás Herrera, delegado extraordinario del supremo gobierno argen-

tino (Maeso, “Artigas y su época”), que reproducimos en seguida:

“Una guerra desoladora, ha afligido a nuestro país por espacio de dos años, sin

otro objeto que subyugar la Provincia, arruinar al ciudadano y sofocar la voluntad

general de los pueblos, para entronizarse un monstruo que devora a los mismos que

parece alimentar, El grito general de los orientales ha sido sofrenado por las bayo-

netas: guerra y guerra de sangre se fulminaba contra nosotros, y sólo nuestra cons-

tancia pudo oponerse e igualar al frenético furor de nuestros enemigos: la desnudez,

la miseria y el sacrificio personal de mis paisanos, era contrastado por el lujo y la

opulencia de nuestros hermanos enemigos. Estos sacrificios eran costeados por la

Provincia y las remuneraciones por desgracia que hemos reportado, han sido deso-

laciones, muertes y violencias”.

Y complementando esta descripción con un doloroso cuadro íntimo , agrega

Otorgués:

“Mi hija, digno objeto de mis delicias, ha sido víctima de la lascivia de un hombre

desmoralizado y la violencia se opuso a su inocencia. ¡Qué cuadro tan lisonjero

para un padre honrado y amante de su familia! ¡Y qué bases para fundamentar un

gobierno liberal y virtuoso! ¡Un hombre tan criminal en todo sistema no solamente

vive,sino que vive entre los brazos de una inocente violentada!”

En: Eduardo Acevedo, o.c. 

1815.

en. 5. Reunión de la Asamblea General, con sesiones que concluyen el

30.(Buenos Aires).

en. 9. Por renuncia del Director Posadas, Carlos Ma. de Alvear es nom-

brado Director Supremo.92

en. 10. Importante triunfo oriental en Guayabos (Salto), con fuerzas man-

dadas por el Cnel. Rivera contra las de Manuel Dorrego. Esta batalla marcará

el fin de la dominación porteña en la Provincia.93

en. 17. Consecuencia del juicio contra Genaro Perugorría, Artigas dicta

sentencia declarándolo “reo de lesa Patria, enemigo de su Provincia y traidor

a la libertad de los pueblos”.94

Con esta fecha Manuel Dorrego hace público su Diario de la campaña en

la Banda Oriental en los años 1814-1815.95

en. 28. Alvear envía como emisario a Rio de Janeiro a Manuel José García,

para que se entreviste con el embajador inglés, Lord Strangford, pidiendo la

protección de su gobierno para estas provincias.96

También era portador de un oficio al Ministro inglés Lord Castlereagh.

feb. 4. Oficio de Artigas al Gobernador de Corrientes expresando su pare-

cer sobre la conducta del Directorio y afirmando, una vez más, la defensa de

libertad e independencia de estos pueblos.97

feb. 10. Nicolás Herrera, secretario de gobierno de Alvear, y Lucas J. Obes,

viajan a Montevideo. Por medio de dos cabildantes pretenden negociar con

Artigas sobre el destino de la ciudad sitiada por Otorgués.

El Jefe de los Orientales pone como condición el abandono total de las

tropas porteñas del territorio oriental, incluyendo la capital. Además, dejar

libre a Entre Ríos.

Considerando inaceptable la propuesta de Artigas, regresan a Buenos Aires.

Alvear reconoce entonces la gravedad de la situación.98

feb. 25. Siendo Miguel Estanislado Soler Gobernador-Intendente, las tro-

pas porteñas abandonan Montevideo con todo su armamento.

Los archivos públicos con valioso material histórico son saqueados y des-

truidos. 

feb. 26. La vanguardia oriental, al mando del jefe José Llupes, entra en la

capital. Artigas designa a Otorgués como Gobernador Intendente de la Pro-

vincia.99

Juan Ma. Pérez solicita que se forme un nuevo Cabildo, que represente los

intereses del gobierno oriental.100

Salen electos Tomás García de Zúñiga como Presidente, Pablo Pérez como

Alcalde de Primer Voto, Felipe Cardoso como Regidor decano, Luis de la

Rosa Brito, Antolín y Pascual Blanco. Así quedó conformado el primer Cabil-

do Oriental.

mar. 21. Otorgués asume el cargo de Gobernador hasta junio.101

mar. 24. Eustaquio Díaz Vélez, Teniente Gobernador de Santa Fe, nom-

brado Posadas, abandona la ciudad ante el alzamiento de los vecinos, entre

quienes estaban el caudillo federal Estanislao López (1786-1838) y Francis-

co A. Candiotti ,que sería el futuro gobernador interino.

Las tropas artiguistas, con el Cnel. Andrés Latorre102, Juan Francisco

Artigas como jefe del ejército auxiliar y Eusebio Herenú, ocupan la ciudad.

mar. 26. El Congreso Provincial de Santa Fe declara quedar bajo la “Pro-

tección de Artigas”.

Por su parte, Otorgués iza la bandera tricolor en el mástil del Fuerte de

Montevideo.

mar. 29. El nuevo Gobernador de Córdoba, Cnel. José Javier Díaz, hace

flamear en la capital la bandera federal y convoca al pueblo para elegir “20

apoderados”, que actuarán junto a los cabildantes.

Aquí se funda virtualmente la Liga Federal de las Provincias Oriental,

Misiones, Entre Ríos, Corrientes y Córdoba. Los gobernadores son aliados

de Artigas, a quien consideran su Protector.103

mar. 30. Alvear declara a Artigas “enemigo de la Nación”.

El Protector emprende con su ejército, desde el litoral argentino, una mar-

cha sobre Buenos Aires.

Alvear establece su campamento en Olivos.

abr. 2. Francisco Antonio Candiotti asume la gobernación de Santa Fe.

abr. 6. Córdoba proclama su separación de Buenos Aires, y quedará bajo

la protección de Artigas, “que se constituye en garante de su libertad”.104 

Artigas contesta a Alvarez Thomas, desde Paraná, su apoyo, a través del

federal Cnel. Eusebio Herenú, que se incorporaría en San Nicolás.105

abr. 10. Bajo el “protectorado” se aprueba el Reglamento de regulación

del comercio de la Liga Federal con el exterior, lo que representa abrir “todos

los puertos y comercios de los pueblos de la Federación”.

abr. 12. Pronunciamiento en la posta de Fontezuelas (próximo a Pergami-

no) contra Alvear.106

Ignacio Alvarez Thomas, que se levanta con sus fuerzas contra Alvear,

tropas “que se niegan a seguir la guerra civil”, trata de buscar la paz con

Artigas.

abr. 14. Reunida, la Asamblea General acepta la renuncia de Alvear.107

abr. 17. El Director Alvear entrega el mando y se embarca rumbo a Río de

Janeiro. 108

abr. 18. Acuerdo del Cabildo para la formación del nuevo Gobierno y

elegir el Director del Estado.109

abr. 20. José Rondeau es nombrado como Director del Estado, pero por

estar con su ejército en la campaña del Perú, se nombra interinamente a Alvarez

Thomas, acompañado de los miembros de la Junta de Observación, nombra-

da para hacerse cargo de los asuntos de gobierno. 110

abr. 21. Alvarez Thomas asume el mando de las tropas.

abr. 25. Artigas comunica al Cabildo sobre la situación actual en la Ar-

gentina y el fin del gobierno de Alvear.111

abr. 28. Oficio de Otorgués al Cabildo sobre el reconocimiento a la figura

de Artigas como “Protector de la Libertad de los Pueblos”.112

abr. 29. Artigas convoca a los pueblos federados para un Congreso donde

se nombrarían diputados. Se llamó Congreso de Oriente y se llevó a cabo en el

arroyo de la China.113

may. 5. La Junta de Observación aprueba el Estatuto Provisional para la

administración del Estado, “en que se definen las relaciones entre los ciuda-

danos con los tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial”. 114 

Alvarez Thomas (1787-1857) asume como Director.

may. 11. En la Plaza de la Victoria de Buenos Aires se reivindica la figura

de Artigas, con la quema de Bandos, documentos, proclamas y decretos

infamantes a su persona. Recibe el título de “Ilustre y Benemérito Jefe de los

Orientales”.

may. 14-dbre. 18. Bolívar, en Jamaica, mantiene correspondencia nutri-

da para conseguir apoyo a la causa de la independencia americana.

may. 19. En Montevideo, Otorgués publica un bando que obliga a los ex-

tranjeros residentes en la ciudad a presentarse ante la Junta de Vigilancia.

may. 21. Artigas, conmovido por la muerte de uno de sus jefes, Blás

Basualdo, comunica al Cabildo tan infausto suceso. 115

jun. 12. Llega a Paysandú el Pbo. Larrañaga, a entrevistarse con Artigas. 

jun. 16-17. El Cnel. Blas J. Pico y el Dr. Francisco Rivarola, autorizados

por Alvarez Thomas, se reúnen con Artigas a bordo de una goleta anclada en

el río Uruguay, frente a Paysandú.

Artigas responde a los comisionados con 14 puntos que forman el “Trata-

do de Concordia”, que no fue aceptado.

jun. 17. Contrapropuesta de los delegados porteños. 117

jun. 29. Se realiza el Congreso de Oriente con representantes de Entre

Ríos, Santa Fe, Corrientes, Córdoba y Provincia Oriental (sin Montevideo).

Los de Misiones llegaron al final del Congreso. Se nombran 4 diputados

para negociar con Buenos Aires las diferencias, en forma de “unión libre,

igual y equitativa”, para llegar a firmar una “paz sólida y duradera”.

jun. 30. Artigas envía un oficio al Cabildo de Montevideo, en el que expli-

ca los propósitos del Congreso.118

jun. Otorgués cesa en sus funciones de Gobernador Intendente y pasa a

ser Jefe de las tropas orientales que vigilan la frontera N. con el Brasil.

jul. 7. Fracasan en su gestión ante Alvarez Thomas los representantes que

entrevistaron a Artigas en Paysandú. 

jul. 9. Artigas designa al Cnel. Rivera como Comandante en Armas de

Montevideo y cursa comunicación al Cabildo, para que el citado obedezca las

órdenes del cuerpo.

Congreso de Viena.

ag. 4. Oficio de Artigas al Cabildo, indicando la conveniencia de que los

hacendados pueblen la campaña. 119

ag. 23. Nota infeliz de Alvear al Ministro Villalba ante la Corte Portugue-

sa (en Río de Janeiro), solicitando se le tenga en cuenta para ser reincorpora-

do al ejército de España.

Aunque Villalba la remitió a Madrid, nunca fue considerada.120

ag. 29. Nombra a Miguel Barreiro en el cargo de Delegado Extraordinario,

quien servirá de conexión con el Cuartel General de Purificación.121

Fray José Benito Monterroso queda como secretario de Artigas hasta 1820.

sbre. 2. Rebelión de los cívicos de Montevideo y asunción del mando por

parte del Cabildo.122

sbre. 6. Fechada en Kingston, Bolívar escribe la célebre “Carta de Ja-

maica”, dirigida al gobernador isleño, sobre la realidad hispanoamericana y

su futuro inmediato.

sbre. 7. Bando del Cabildo de Montevideo sobre Organización del Co-

mercio y de la Industria.

sbre. 9. Reglamento Provisional que observarán los recaudadores de dere-

chos, que deberán fijar los puertos de las Prov. Confederadas de la Banda

Oriental del Paraná hasta el formal arreglo de su comercio.Está fechado en la

capital del Artiguismo, Purificación.123

sbre. 10. Artigas, desde su cuartel general en Purificación, virtualmente

convertido en capital de la Liga Federal, aprueba un importante documento:

“Reglamento Provisorio de la Prov. Oriental para el fomento de la campaña y

seguridad de sus hacendados”.124

sbre. 16. Bando de Artigas sobre el comercio con los ingleses.125

oct. 1o. El Brg. Osorio, al frente de un ejército español de 5.000 soldados,

tomó Rancagua (Chile) al día siguiente. O'Higgins escapó con pocos patriotas. 

oct. 12. Comunicación de Artigas al Cabildo sobre acción de la marina

mercante fluvial. 126

nov. 25. Oficio de Artigas al Cabildo de Montevideo, fechado en su cuar-

tel general, sobre el tema de los párrocos porteños designados para oficiar en

territorio oriental.127

nov. 29. Batalla de Sipe-Sipe en el Alto Perú, en la que las tropas españo-

las al mando del Gral. Joaquín de la Pezuela derrotan a Rondeau, que co-

mandaba el Ejército del Norte de las Prov. Unidas.

Los orientales participaron en el Regimiento 9. Era su Comandante el Tte.

Cnel. Manuel Vicente Pagola (1781-1844).

dbre. 22. Morelos, derrotado en varias batallas, fue apresado por los rea-

listas y fusilado en México. 

92. Es curioso cómo la Revolución de Mayo había ido estrechando sus miras polí-

ticas al mismo tiempo que reducía el número de su plana dirigente. La Junta de Mayo

de 1810 estaba integrada por nueve miembros; ampliada más tarde por la incorpora-

ción de los diputados provinciales; en setiembre de 1811, el gobierno ejecutivo pasó a

manos de tres personas (Triunvirato) que poco tiempo después disolvía a la Junta

Grande. A éste le sucedió un segundo Triunvirato; que a su vez fue sustituido por un

Director Supremo, nombrado por la Asamblea General Constituyente de 1813. El pri-

mer Director fué Posadas; Alvear, el segundo, desde enero a abril de 1815.

De una Junta pluripersonal a un Director Supremo: he aquí la trayectoria del

gobierno revolucionario bonaerense. Y este Director, con facultades que ya habrían

querido para sí los propios virreyes españoles. Estos virreyes, a pesar de gobernar

vastísimas regiones geográficas, estaban mucho más limitados en sus facultades; las

Audiencias y las propias disposiciones reales constreñían su poder haciéndole más

aparente que efectivo. El Director Supremo de las Provincias Unidas tenía, en cam-

bio la suma del poder público. La Asamblea General del año XIII había entrado en

receso; el Cabildo de Buenos Aires sólo tenía jurisdicción dentro de la capital; sin

otro organismo que contrabalanceará su poder, con el ejército bajo sus órdenes in-

mediatas, el Director Supremo era un verdadero autócrata que podía hacer uso de su

autoridad a voluntad y capricho.

El pueblo de Buenos Aires y de las provincias sometidas a su influencia, no tenían

participación alguna en los actos de gobierno, ni siquiera en la elección sus propias

autoridades pese a la fórmula revolucionaria de mayo de 1810: “y no quede duda de

que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando”.

Contrasta este sistema político bonaerense con el de Artigas, preocupado hasta el

exceso por hacer intervenir al pueblo aún en las menores cuestiones de orden públi-

co. El caudillo oriental había difundido aquella fórmula revolucionaria de manera

tal, que los pueblos se sentían dueños de sus propios destinos, en posesión, como

dirá Artigas de sus “derechos primitivos”.

El nuevo Director Alvear, cuya posición no era tampoco muy firme entre los pro-

pios compatriotas, se apresuró a entrar en pacíficas negociaciones con Artigas, mien-

tras activaba las operaciones de evacuación de Montevideo por las tropas bonae-

renses. Estas operaciones llegaron a su término el 25 de febrero de 1815 -un mes y

medio después de la victoria de Guayabos- cuando Soler se embarcó con sus fuerzas

rumbo a Buenos Aires. Al día siguiente hicieron su entrada en nuestra ciudad las

tropas orientales que formaban parte de la división de Otorgués; vuelto éste del

Brasil, luego de la derrota que le infligiera Dorrego pocas semanas antes, había

reorganizado sus fuerzas constituyéndose en la vanguardia de Artigas en nuestro;

territorio.  

Ocho meses, y dos días había durado la dominación porteña en Montevideo, que

sustituyó a la dominación española de casi un siglo. Aunque breve en el tiempo, dejó

un amargo recuerdo en los montevideanos, por obra y gracia de las ambiciosas mi-

ras de los dirigentes bonaerenses. Desde el primero hasta el último de sus días, el

Directorio de Buenos Aires, apoyado por un círculo de ambiciosos políticos que

manejaban los hilos de su acción, trató de que Montevideo acompañara sus planes

antiartiguistas. Los medios arbitrarios que empleó para ello, avasallando el profun-

do sentimiento localista de los montevideanos, le valió que se volvieran contra él

hasta aquellos pocos que no estaban de acuerdo con el Jefe de los Orientales.

En: Castellanos, o.c.

93. “El 10 de enero de 1815, empero, la victoria fue lograda por los Orientales,

en el paso de Guayabos, sobre el Arerunguá.

Este triunfo de las armas populares, debió parecer a Artigas ocasión propicia

para distinguir, mediante la fuerte sugestión emocional de las banderas, la causa

federal del régimen directorial. En tal sentido, escribía el 4 de febrero de 1815, al

Gobernador Silva de Corrientes:

“Buenos Aires hasta aquí ha engañado al mundo entero, con sus falsas políti-

cas y dobladas intenciones. Estas han formado siempre la mayor parte de nuestras

diferencias internas y no ha dejado de excitar nuestros temores la publicidad con

que mantiene enarbolado el pabellón español. Si para disimular este defecto ha

hallado el medio de levantar con secreto la bandera azul y blanca, yo he ordenado

en todos los pueblos libres de aquella opresión que se levante una igual a la de mi

Cuartel General: blanca en medio, azul en los dos extremos y en medio unos listo-

nes colorados, signos de la distinción de nuestra grandeza, de nuestra decisión por

la República y de la sangre derramada para sostener nuestra libertad e indepen-

dencia”.

Abrumado por los contrastes, el flamante Director Supremo, Carlos de Alvear,

decidió abrir negociaciones de paz. Con tal fin, fue comisionado el Secretario de

Gobierno, Dr. Nicolás Herrera, que se hizo acompañar por el Dr. Lucas José Obes.

Tales personajes llegaron a Montevideo —su ciudad natal— en los primeros días de

febrero, comprobando la grave situación de la plaza, sitiada por Otorgues, y sin

recursos. Herrera —contrariando el parecer de Soler, que urgía el retiro a Buenos

Aires— abrió negociaciones con Otorgués, por intermedio de los capitulares Luis de

la Rosa Brito y Pablo Pérez. Artigas, en conocimiento de la gestión, escribió, enton-

ces, al Cabildo, exigiendo como condición previa para entrar en cualquier aveni-

miento, la previa evacuación de las fuerzas porteñas de Montevideo y del Entre Ríos.

Convencido Herrera de la inutilidad de proseguir la negociación, dispuso el retiro 

de los ocupantes a Buenos Aires, para lo cual había recibido, además, insistentes

órdenes de Alvear.”

En: Reyes Abadie, o.c.

“Cuando Artigas se retira definitivamente del sitio de Montevideo, en 1814, y

traslada su Cuartel General a Belén, deja a Rivera destacado al sur del río Negro

para seguir de cerca el desarrollo de los sucesos.

Es un hombre joven, de buena presencia, de estatura mayor que mediana, de finos

modales y trato sencillo. De ojos grandes y de suave mirar, cara redonda, y tez morena,

su natural alegre y francachón le había granjeado simpatías entre el paisanaje, y en

modo particular entre las mozas criollas de andar insinuante y habla cadenciosa. Mozo

de fáciles aventuras, dejó en todas partes bien sentada su fama de guapo y enamorado,

que tan pronto punteaba alegre una guitarra como aguantaba sereno un desafío.

Allí estaba ahora, cercano al río Negro, vigilando y vigilado a la vez por las

fuerzas bonaerenses que avanzaban sobre su campamento por encontradas direc-

ciones. Sorprendido al principio por una imprevista maniobra de Dorrego, debió

abandonar en retirada sus posiciones, sin más tiempo que de montar a caballo y

recoger sus avanzadas. El jefe porteño, cebado por este triunfo inicial, emprende su

persecución hacia l norte, sin darle reposo, hostigándole de cerca a lo largo de un

trayecto de doce leguas. Pero a poco de allí la oración se le vuelve por pasiva, y de

perseguidor se convierte en perseguido, merced a un oportuno refuerzo que recibió

Rivera en las márgenes del Queguay. Dorrego emprendió a su vez una rápida retira-

da a través de Soriano, para ir a encerrarse, tras numerosas pérdidas de hombres y

de caballada, dentro de los muros de la Colonia.

Pocos días más tarde, repuesto de su reciente contraste y convenientemente refor-

zado por nuevas tropas llegas de Buenos Aires, sale Dorrego de la Colonia en busca

del desquite y la decisión final de la lucha. Sus movimientos fueron dificultados por

guerrillas al mando de Juan Antonio Lavalleja.

Al igual que su compadre Rivera, este jefe oriental se había incorporado a la

revolución del año 11 junto a Manuel Francisco Artigas, a quien secundó en todo el

levantamiento de la zona este del país. También estuvo en la línea sitiadora de Mon-

tevideo inmediatamente después de Las Piedras; se sumó luego al Exodo y participó

en todos los demás actos de la gesta artiguista hasta el momento en que, a las órde-

nes de Rivera, recorre la campaña oriental hostilizando a las fuerzas bonaerenses.

Algo mayor que éste, tenía un exterior menos atractivo; de ojos vivos, de mirada

penetrante, ancha y desembarazada la frente, el ceño fruncido -lo que le daba un

aire adusto y un grave continente- la voz imperiosa y el ademán enérgico, era hom-

bre caviloso pero decidido.

Junto a Rivera y Lavalleja actúa el general Rufino Bauzá, a quien Artigas ha

encomendado el mando de todas las fuerzas patriotas que operan en nuestro territo-

rio. Reunidos los tres jefes a orillas del arroyo de los Corrales, en el Salto Oriental,

resuelven salir al encuentro de Dorrego que avanzaba, seguro y confiado, desde el

sur. El choque entre ambas fuerzas se produjo al mediodía del 10 de enero de 1815,

a orillas del Guayabos, pequeño arroyo salteño. A las cuatro de la tarde Dorrego

cruzaba el río Uruguay, hacia la costa argentina, seguido de veinte hombres que fué

cuanto pudo salvar de aquel desastre.

La victoria de Guayabos tuvo un efecto inmediato: la entrega de Montevideo a

los orientales.

El día anterior a la batalla, había renunciado en Buenos Aires el Director Posa-

das. Su debilidad de carácter, disimulada bajo la apariencia de sus tan enérgicas

cuan aparatosas resoluciones, le habían hecho juguete de otros políticos más astutos

que él; incapaz de sobreponerse a ellos y a las circunstancias en todo momento

superiores a su capacidad, desaparecerá para siempre de la escena política riopla-

tense. Lo sustituyó su sobrino Alvear, joven de 28 años, con quien el gobierno de

Buenos Aires va a acentuar su carácter oligárquico”.

En: Castellanos, o.c.

94. “En marzo de 1814 don Genaro Perugorria fué nombrado como representan-

te de Artigas cerca del gobierno de Corrientes con el objeto de celebrar una alianza

ofensiva y defensiva entre ambos gobiernos. Perugorria, que contaba con la fuerza

armada prepara una revolución y depone a Méndez, sustituyéndolo en el gobierno.

Cuéntase que Perugorria obraba así de acuerdo con Buenos Aires para realizar una

contrarrevolución y volver al centralismo y que estudiadamente se había captado la

amistad de Artigas para asegurar mejor los planes que meditaba. Apenas se cree

asegurado y según la crónica alucinado, con las noticias que el coronel Pico al

mando de un número suficiente de tropas se disponía a batir a Artigas en la Banda

Oriertal, a la vez que el coronel Valdenegro encabezaría un movimiento en Entre

Ríos, descubre su plan y se declara contra Artigas. Inmediatamente trata de prepa-

rar las milicias para marchar donde fuera necesario; pero un comandante de

Curuzú-Cuatiá desobedece sus órdenes, avisa a Artigas y se dispone a combatir a

Perugorria. Este delegó el mando entonces en don Angel Fernández Blanco y salió a

campaña a batir a los que se rebelaban contra su autoridad. El coronel don Blas

Basualdo enviado por Artigas en auxilio de los que resistían al gobierno de Pe-

rugorria, acababa de ser derrotado por las fuerzas de Valdenegro y en su derrota se

incorpora a Casco y sorprenden a Perugorria a quien derrotan después de un

reñidísimo combate. Perugorria y su tropa se rinden después de ocho días de defen- 

derse en los atrincheramientos que hizo en la estancia de Colodrero, y a pesar que en

la capitulación se le garantía su vida fué fusilado por Artigas.

95. Manuel Dorrego

Diario de la campaña en la Banda Oriental (1814-1815)

Al día siguiente de mi salida del Durazno conseguí pasar en el término de seis

horas el Río Negro (no obstante estar á nado).

Noviembre.

26. - En este día al amanecer mi descubierta tomó dos carneadores del caudillo

Ribero (Fructuoso Rivera) quien habiéndose movido del Paso de los Toros se había

situado en un cardal en frente de Las Piedras, esperando el refuerzo de doscientos

hombres y una pieza de artillería para atacar nuestras fuerzas que se hallaban en el

Durazno, y de allí pasar á Santa Lucía.

En el momento me adelanté con cincuenta hombres ordenando al resto de la divi-

sión que me siguiera para ver si podía conseguir el sorprenderlos; pero los demás

carneadores ya le habían dado parte y con una partida como de cien hombres, trató

de impedir el paso de los Tres Arboles, pero inmediatamente fue rechazado, y se puso

en retirada con toda la fuerza, que sería como de cuatrocientos hombres, me fue

imposible seguirlo con toda la división pues se retiraban a trote y galope, marcha

que no podían seguir el sin número de godos que me acompañaban, por lo que en-

tresacados como ciento cincuenta hijos del país se le empezó a perseguir.

En todos los arroyos, especialmente en uno de los muchos brazos que tiene

Salsipuedes trató de resistirse, pero en balde, pues en todos, fue rechazado y con

bastantes pérdidas; en una palabra, fue perseguido doce leguas, dejando más de

trescientos caballos, varias partidas cortadas á su retaguardia, muchos dispersos

que fugaron por los cerros, y se asotaron a los ríos y además he tomado cinco prisio-

neros armados. La noche, cabalgaduras cansadas y la distancia del resto de la divi-

sión no me permitieron seguirlo más.

Nuestra pérdida fue de ocho hombres muertos incluso un Sargento y un herido

levemente. En este punto tuve noticia de hallarse Mercedes por los enemigos, e igual-

mente Paysandú, teniendo la orden el Comandante de Mercedes de apoderarse de la

Colonia luego que Ribero hubiese pasado el Durazno.

El temor de dejar al pie de trescientos vecinos en Mercedes al mando de Gadea y

una partida de Paysandú al cargo de Paredes me obligaron á rendirme a aquellos

puntos (pues era imposible el alcanzar a Ribero por haber caminado esa noche hasta

el Queguay).

27. - Marché hasta la punta de los Tres Arboles, en toda la marcha y en todo el día

se corrieron las partidas enemigas; -entre otras, una que acompañaba al Sargento 

Bonet con doce dragones, quien cuando se le mandó desde la Colonia hasta el Du-

razno se dirigió hacia Mercedes, habiendo seducido a toda la partida para que se

pasase con él- conseguimos rescatar los chasques que había preso un Alcalde del

Arroyo Grande, se tomaron varios prisioneros, entre ellos dos desertores nuestros

quienes fueron fusilados, se presentaron dos blandengues armados y se quitaron dos

tropillas de caballos que arreaban las partidas enemigas.

28. - Marchamos hasta el Palmar de Santa Ana, se corrieron varias partidas, y

entre otras una de treinta blandengues que venía de auxilio a Mercedes. En la noche

de este día despaché al mayor Cortinas con cuarenta y cuatro hombres a sorprender

la fuerza de Paysandú, con la orden de que en el momento que lo ejecutase, la parti-

da al día siguiente de trasnochado, se me reuniese en el Paso de Yapeyú, y que él

repasando el Uruguay le pidiese al Comandante Pico el auxilio de doscientos

granaderos de infantería que dependían de esta división, y caminaron del Paso del

Durazno, pues conceptuaba de absoluta necesidad este auxilio tanto para poder

atender a los puntos de Soriano, Mercedes, San Salvador, etc., cuanto para poder

dirigirme a Arerunguá, en donde existe una fuerza más respetable que lo que hemos

creído, pues todos los prisioneros de la capilla de Don Diego [Gonzalez], muchos

desertores que tuvo esa división, más de treinta que he tenido yo y cuarenta del

Regimiento No. 6, todos han tomado partido, ofreciéndole al Comandante Pico man-

darle cien europeos en reemplazo. En este día según noticias posteriores recibió

Rivero en el Queguay, los doscientos hombres de auxilio, y el cañón, e igualmente los

indios; los que según creo son ciento, y con el resto de la división marché a trasno-

chada seis leguas, tanto para abreviar la marcha cuanto por encontrar qué comer

pues hasta aquel día, desde el en que repasamos el río Negro, no se vio una sola

cabeza de ganado, ni hasta el siguiente, habitante alguno.

29. - En este día seguí hasta el arroyo de Don Esteban, y adelanté la trasnochadas

una partida de cien hombres para atacar a Gadea, no obstante haber extraviado cami-

no; los vecinos de todas partes hasta las mujeres les daban parte de modo que en tres

días consecutivos que sin cesar se le persiguió, sólo se consiguió quitarle más de cua-

trocientos caballos y tomar catorce prisioneros habiendo tenido algunas pequeñas gue-

rrillas, el resto de la gente se dividió en partidas habiéndome quedado sólo con cien

hombres para ver si podía tomar algunos dispersos pero en balde, los vecinos daban

parte, y sólo quitaron muchos caballos, y tomaron cinco dispersos todos con armas.

30. - No se me unió la partida del mayor Cortinas ni hasta la fecha se me ha

unido, pero sé que no ha sido tomado, ni que fuerza alguna haya ido en seguimento

de ella; según declaran dos dragones pasados que he tenido hoy y otro que tuve en

Mercedes. Creo que sabiendo que Rivero se movía del Queguay habrá hecho pasar

toda la partida al arroyo de la China o se habrá tirado por la retaguardia de Rivero. 

Diciembre

1o. - Dormimos al otro lado del Paso del Yapeyú y se tomaron este día cuatro

prisioneros armados.

2. - Entré en Mercedes en donde no había quedado ni un solo hombre igualmente

que en Soriano. Despaché varias partidas y la que fue a Soriano a su regreso fue

atacada una legua de Mercedes; sólo perdió un Sargento y un soldado. Se encontra-

ron entre Mercedes y Soriano doce armas de fuego, también se prendió a un cabo

desertor de dragones con cuarenta caballos y un vecino que lo acompañaba.

3. - Sabiendo que se dirigían a Soriano algunos bandidos con el objeto de sa-

quear mandé ochenta hombres.

4. - Siente entre vecinos y otros que creía de alguna confianza mandé desde Mer-

cedes a tomar noticias de los bandidos, ninguno volvió y sé posteriormente que todos

se pasaron. A las 10 de la mañana vino un dragón pasado quien me aseguró se

hallaba de allí cuatro leguas Fructuoso Rivero que había retrocedido del Queguay

habiéndose incorporado el refuerzo que conducía el cañón y a más los indios, algu-

nas partidas sueltas e igualmente la milicia de Gadea. Al mismo tiempo la descubier-

ta de sus hombres fue atacada y sucesivamente otra partida de doce, tuvimos cuatro

muertos. Como me hallaba con doscientos hombres escasos me puse en marcha para

Soriano, con el objeto de reunir todas mis partidas, como efectivamente lo ejecuté y

por cuanto según las partidas que acababan de ser atacadas y la declaración del

pasado, la fuerza enemiga era como de mil hombres con un cañón sin incluir algunas

partidas que tenían fuerza a la oración; me dirigí desde Soriano hasta San Salvador

repasando el Bizcocho por una picada falsa, pues ya los enemigos se habían apode-

rado del paso. En esa noche se mezclaron algunos de ellos hasta nuestra propia

formación, habiendo baleado al Teniente Mons en ella y muerto uno de ellos que se

metió entre los Dragones.

5. - Todos los baqueanos se me fueron: al amanecer se tomaron en la costa de San

Salvador más de cien caballos, huyendo la partida que los custodiaba. Había deter-

minado situarme en San Salvador, luego que se me reuniese la milicia y municiones

que debía conducir Viera, pero como éste no hubiese aún llegado, el enemigo se

aproximase y conociese la cobardía en la tropa por la desproporción de fuerzas,

determiné mi marcha hacia la Colonia, acampando esa noche en las Vacas.

6. - La descubierta que por la mañana al tiempo de marchar dio parte de aproxi-

marse el enemigo en tres montones y efectivamente se venían haciendo fuego, entre-

saqué cien hombres, quienes se situaron a este lado del arroyo; el primer montón

cuya fuerza era como de trescientos hombres, trató de forzar el paso por el término

de más de tres horas, pero infructuosamente pues fue batido con pérdida de catorce

hombres incluso un oficial, trataron de mudar caballos y entonces hice retirar los 

cien hombres sin comprometer el resto de la División por ver que ya se aproximaba

el cañón, y la restante fuerza, hallándome escaso de municiones. No obstante escar-

mentados no avanzaron ni un paso, antes bien retrocedieron media legua a acamparse.

Tuvimos cinco heridos incluso un Sargento. Seguí hasta la Colonia en donde se me

incorporaron treinta milicianos con el Teniente Coronel Viera.

7. - Salió el Ten. Cor. Viera con cincuenta hombres a situarse en la barra del

Miguelete.

8. - Se han pasado dos Dragones, quienes declaran contestes haberse reunido

ochocientos hombres cerca de Mercedes, incluso las fuerzas de Gadea y Rivero, no

obstante tener varias partidas fuera.

Que los indios se han vuelto saqueando a Mercedes que en número de cien esca-

sos, que del arroyo de las Vacas retrocedieron a las Víboras y ayer a San Salvador, y

que las Milicias de Gadea ya habían retrocedido para Mercedes. Colonia y Diciem-

bre 8 de 1814. Dorrego.

Duplicado. - El diario circunstancial se me extravió, por lo que me es imposible

dirigirlo a V.S.: los principales acontecimientos han sido desde nuestra llegada a las

inmediaciones al paso de Vera, tres leguas antes de otro punto, mandé con ciento

cincuenta hombres al Teniente Coronel Bargas hasta Bequeló para recorrer hasta

las inmediaciones de Mercedes, pues se me aseguraba existir algunas partidas suel-

tas, lo que se falsificó, no obstante se recogieron algunos caballos. Igual número de

fuerzas dirigí al paso de Yapeyú, cuyo paso el enemigo trató de sostener con las

milicias de Mercedes y Soriano mediante un fuego muy activo que duró desde las dos

de la tarde hasta dentrada la noche; luego que supe la resistencia del paso Yapeyú,

con el resto de la fuerza me dirigí al paso de Vera en donde también trataron de

hacer resistencia pero fueron desalojados, retirándose al mismo tiempo los de Yapeyú

sin poder conseguir el encontrarlos. En este día se tomaron dos carretas con fami-

lias, intercepté oficios de Artigas, Otorgués y Fructuoso Rivero; quienes según sus

correspondencias conteste tenían el plan de retroceder la mayor parte de sus fuer-

zas, a incorporarse con las de Blasito en la altura del paso de Mercedes, arriba de

Belén, dejando de observación la división de Fructuoso Rivero, las milicias de Mer-

cedes, Soriano, Sandú, etc., y una parte de los Blandengues para que procurasen

hostilizarnos hasta llegar a otro punto. En este día, los dos anteriores y el siguiente

pedí el auxilio de su división al Coronel Hortiguera y posteriormente lo hice tres

veces. Al día siguiente, dudando del auxilio del Coronel Hortiguera, al mismo tiem-

po que mandé al Teniente Coronel Viera se me incorporase, pedí al Señor Goberna-

dor de Entre Ríos el auxilio de quinientos caballos y el de ciento cincuenta hombres,

hijos del país, a más de los cien de Viera, hasta mi llegada al Queguay, que fueron

cinco días, despaché chasques diarios alusivos al mismo efecto, agregando la peti-

ción de un cañón, pues temía que no obstante ser la reunión tan distante podían

retroceder.

A mi llegada al Potrero del Queguay recibí contestación del Gobernador de Entre

Ríos por duplicado rehusándome el auxilio bajo varios pretextos y transmitiéndome

al mismo tiempo una orden del Supremo Gobierno en que se le ordenaba que los

hijos del País bajo las órdenes del Coronel Valdenegro, en ausencia de V.S. pudiese

yo disponer de ellos; mediante esta orden despaché cuatro chasques sucesivamente

pidiendo otra vez el auxilio, primero de cien y después de ciento y cincuenta y a más

cuatrocientos caballos. Ocho días permanecí en el Potrero del Queguay en esta in-

acción, pero en balde, pues tan sólo pude conseguir que el Teniente Coronel Viera

me llevase cincuenta Europeos, pues el cañón y cien hombres más de auxilio no se

movieron de Sandú hasta el día siguiente de la acción, habiendo tres días antes

recibido noticias que no debía mandarse El Coronel Valdenegro también había ins-

tado a pasar con toda su División con el objeto de reunírseme, pero no se lo permitió

por lo que determiné moverme hasta Arerunguá tanto porque el Coronel Valdenegro

se me uniese en Salto en aquel punto, cuanto porque en el potrero del Queguay ya no

podía subsistir por las escaseces de pastos, falta de ganado y mal del bazo en las

cabalgaduras.

Antes de emprender mi marcha mandé tres sujetos por distintos rumbos hasta

Arerunguá, quienes contestes volvieron, diciendo que no existía persona alguna, pues

todos se habían retirado por el camino del Mataojo hacia Mercedes, dejando un

rastro de más de cuatro cuadras de ancho. En mi permanencia en el Queguay, fueron

tomados por el Teniente Coronel Bargas cerca de trescientos caballos, nueve carre-

tas cargadas de familias y treinta y cuatro prisioneros, la mayor parte de ellos arma-

dos, todos dependientes de las partidas que se retiraban, anteriormente se tomaron

seis carretas con familias y algunos vecinos las que se quemaron. Al tercer día de mi

marcha desde el Queguay a las once de la mañana, acampé en las caídas de

Arerunguá, media legua distante del paso de los Guayabos. El teniente Coronel Vie-

ra que venía de descubierta adelante con treinta hombres dio parte de descubrirse

una fuerza de este lado del paso, como de cincuenta hombres; en el acto pasé en

persona a reconocerla, dejando orden para que toda la tropa ensillase y se reuniese

hacia aquel punto.

Desde una altura inmediata reconocí existir al otro lado del paso dos Divisiones

enemigas; con las guardias de prevención de caballería que me siguieron en compa-

ñía de los tenientes coroneles Bargas y Viera, hice retroceder la partida de cincuen-

ta, y otras varias que existían de este lado del paso donde se situaban sosteniéndolo,

y dos picadas inmediatas por el término de hora y media que tardó en llegar la

división. Tuvimos la pérdida de cuatro heridos y algunos caballos y el enemigo bas- 

tante considerable; pues se presentaban a cuerpo descubierto y en montones; repasé

el paso con cuarenta Dragones mandando seguir el resto de la División. Las guerri-

llas del enemigo se replegaron, y éste se hallaba a distancia de cuatro cuadras,

formado su centro en ala y los costados en batalla, el izquierdo apoyado en unas

zanjas, teniendo a su frente un corral; en el centro tenía una pieza de a dos guardada

por unos sesenta a ochenta negros de Infantería. Los del centro estaban con los

caballos de la brida y los costados montados; luego que repasó la División hice

hechar pie a tierra la infantería dejando cincuenta criollos a caballo para reserva.

Formé mi línea en el orden siguiente: Granaderos a caballo; costado derecho,

seguía el No. 3, y pieza de artillería y los Granaderos de Infantería. El costado

izquierdo lo formaban los Dragones. Como el enemigo estuviese apoderado del

corral, mandé desalojarlo con una guerrilla de cuarenta hombres al capitán

Julianes, quien efectivamente lo consiguió aunque con bastante pérdida, inmedia-

tamente trataron de cargar sobre él, pero protegido por los Granaderos a caballo

retrocedieron; hice marchar toda la línea de frente mandando una guerrilla de

Dragones para que no los flanqueasen, pero siendo de mayor extensión su línea

trataban de ejecutarlo por aquel punto. Su fuerza era como de mil hombres, la

nuestra de setecientos en formación, y más de ciento empleados en caballada,

custodia de munición y guardia del paso. El enemigo rompió su artillería y nuestro

cañón, al primero que tiró se inutilizó enteramente haciéndose mil pedazos toda la

cañería; no obstante eso, se siguió marchando hasta distancia de medio tiro de

fusil, en que habiendo roto el fuego de fusilería el enemigo, mandé hacer alto y

contestarle con el de igual clase.

A los primeros tiros un Sargento de 3o. con un número como de sesenta hombres

Europeos, poniendo dos pañuelos blancos en las bayonetas, se pasaron, y el Sargen-

to Ríos de Granaderos de Infantería con número como de veinte hizo lo mismo. Man-

dé a los cuerpos de caballería que cargasen al mismo tiempo que los enemigos trata-

ban de ejecutarlo, tuvimos la desgracia de que ambos fuesen rechazados y no obs-

tante los vivos esfuerzos, no pude conseguir que volviesen a ejecutarlo, y sí solo, el

que hiciesen alto como a distancia de doscientos pasos volviendo a dar frente, no

habiéndolos seguido como hasta ciento y cincuenta el enemigo. La infantería que ya

era en corto número, tanto por los pasados como por la pérdida, viéndose cargada,

y sin el apoyo de la caballería, fugó hasta protegerse de ésta; distaba el paso a

retaguardia como dos cuadras y varios de los cuerpos, bajo pretextos frívolos se

refugiaron a él. En el momento que nuestras tropas dieron vuelta, los enemigos se

mezclaron en medio de nuestras filas, a lanza y sable en mano, y como por lo general

la mayor parte venían desnudos, la tropa los conceptuaba indios, habiendo a éstos

cobrado, aunque sin motivo, un grande temor. 

Por el claro de los pasados, entró un trozo de caballería, el que causó mayor

estrago en la Infantería y al que la reserva no pudo rechazar. Hechos hacer alto

mediante los más vivos esfuerzos de la mayor parte de los oficiales, el enemigo retro-

cedió a formarse casi en el mismo punto que anteriormente. En pocos momentos

conseguí reunir los que se habían dispersado, siendo de notar que muchos inutiliza-

ban las armas para no volver a pelear por el terror que habían cobrado a los enemi-

gos. Se echaron nuevas y fuertes guerrillas de ambas partes, llegando por la nuestra

hasta número de cien hombres, siéndonos muy costoso porque la tropa con dificultad

lo ejecutaba y dos Europeos se nos pasaron de la guerrilla. Se municionó la tropa, y

traté de dar nuevo ataque, y contestes todos me aseguraron, que era casi imposible,

pues la tropa se hallaba muy aterrorizada.

En virtud de esto determiné retirarme, con el objeto de replegarme al refuerzo

tantas veces pedido a Sandú; pensando hacerlo en la noche, pues de lo contrario

podía el enemigo cargar, y estaba persuadido que la tropa se pondría en fuga, siem-

pre que fuera cargada en retirada. Dí orden a las seis de la tarde al No. 3 y a los

Granaderos de Infantería tomasen sus caballos, y se apostasen sosteniéndolos dos

picadas, y paso de Guayabos haciendo al mismo tiempo que Dragones y Granaderos

a caballo tratasen con las guerrillas sucesivamente retiradas de contener al enemi-

go. Pero éste cerca de las siete marchó hasta la orilla del paso y picadas, se trabó un

vivo fuego de fusilería, haciendo al mismo tiempo uso de su cañón y un esmeril que

tenían. En el paso también se pasaron algunos Europeos como en número de veinte.

Pocos momentos antes de obscurecer consiguió el enemigo forzar las dos picadas

al mismo tiempo, que no obstante estar nuestras tropas formadas en batalla en el

alto, se desfilaban los hombres por todas partes, mandando al efecto al Teniente

Coronel Viera y al Ayudante Vergara, y a otros varios oficiales a contenerlos y re-

unirlos, con el objeto de que situados en un cerro, distante poco más de legua prote-

giesen la retirada, pero esto fue en balde, pues tiraban tiros a los que trataban de

contenerlos, sin querer hacer alto hasta muy dentrada la noche. Repasados por el

enemigo las picadas nombré de cada cuerpo un piquete, con el objeto de entretener

hasta tanto que nos retirábamos al cerro inmediato.

Pocos momentos faltaban de noche, y un poco sólo de más constancia todo lo

hubiera salvado, pues creció tanto el terror de nuestros soldados que luego que se

aproximaron algunos enemigos, las guerrillas se replegaron sin poder ser conteni-

das y el resto que se retiraba al trote atropellando a los mismos oficiales, lo ejecutó

a todo correr, no obstante esto, el enemigo tocó llamada, y sólo algunos pequeños

piquetes nos persiguieron hasta dos leguas, siendo su principal objeto los oficiales.

En esa noche y el día siguiente conseguí en compañía de los Tenientes Coroneles

Viera y Bargas y el mayor Harvola, el reunir en la altura del Potrero del Queguay, el 

número de cuatrocientos hombres con muchos oficiales; con cuya fuerza me dirigí

hasta este punto, de Sandú; adonde también ha llegado el Teniente Coronel Zapiola,

y el mayor Cortinas, trayendo cuarenta hombres, también han llegado otras partidas

sueltas y creo que con las siete partidas pequeñas todas con el auxilio de caballos

que corren hasta las inmediaciones del Potrero, se conseguirá recolectar alguna

más gente.

La pérdida del enemigo de muertos y heridos sin exageración, la gradúo triple

que la nuestra, pues a más de la excesiva pérdida que tuvieron en las guerrillas del

fuego graneado de toda nuestra Infantería que sufrieron por más de un cuarto de

hora a medio tiro de fusil, cuantos se mezclaron en nuestra formación, fueron muer-

tos sin que se pudiese conseguir el que se tomase un solo prisionero. De todo esto es

un comprobante igualmente que del desorden de esa noche se introdujo entre ellos el

que hasta nuestra llegada a Paysandú, un sólo hombre no nos ha seguido, no obstan-

te saber que conmigo traía al pie doscientos hombres que por falta de cabalgaduras,

marchaban a pie con el caballo tirando. [...]

Era tal el pavor que en los últimos momentos se había apoderado de la tropa que

de la algazara sólo del enemigo disparaban sin que las espaldas de los oficiales

pudieran contenerlos. Yo mismo, he visto de carca de sesenta hombres corridos por

sólo cinco, quienes los acuchillaban sin que siquiera se defendieran no obstante mis

amonestaciones y de otros tantos oficiales.

Concepción del Uruguay, Enero diez y siete de 1815.

96. “D. Manuel García, mi consejero de Estado, instruirá a V.S. de mis últimos

designios con respecto a la pacificación y futura suerte de estas provincias. Cinco

años de repetidas experiencias han hecho ver de un modo indudable a todos los

hombres de juicio y opinión, que este país no está en edad ni estado de gobernarse

por sí mismo, y que necesita una mano exterior que lo dirija y contenga en la esfera

del orden antes que se precipite en los horrores de la anarquía.

Pero también ha hecho conocer el tiempo de imposibilidad de que vuelva a la

antigua dominación, porque el odio a los españoles, que ha excitado su orgullo y

opresión desde el tiempo de la conquista, ha subido de punto con los sucesos y des-

engaños de su fiereza durante la Revolución. Ha sido necesaria toda la prudencia

política y ascendiente del gobierno actual, para apagar la irritación que ha causado

en la masa de estos habitantes el envío de Diputados al Rey. La sola idea de compo-

sición con los españoles los exalta hasta el fanatismo, y todos juran en público y en

secreto morir antes que sujetarse a la Metrópoli.

En estas circunstancias, solamente la generosa Nación Británica puede poner un

remedio eficaz a tantos males, acogiendo en sus brazos a estas provincias, que obe-

decerán su gobierno y recibirán sus leyes con el mayor placer, porque conocen que 

es el único medio de evitar la destrucción del país, a que están dispuestos antes que

volver a la antigua servidumbre, y esperan de la sabiduría de esa Nación una exis-

tencia pacífica y dichosa. Yo no dudo asegurar a V.E. sobre mi palabra de honor, que

éste es el voto y el objeto de las esperanzas de todos los hombres sensatos, que son

los que forman la opinión real de los Pueblos; y si alguna idea puede lisonjarme en

el mando que obtengo, no es otra que la de poder concurrir con la autoridad y el

poder a la realización de esta medida, toda vez que se acepte por la Gran Bretaña.

Sin entrar en los arcanos de la Política del Gabinete Inglés, yo he llegado a persua-

dirme que el proyecto no ofrece grandes embarazos en la ejecución.

La disposición de estas provincias es la más favorable, y su opinión está apoyada

en la necesidad y la conveniencia, que son los estímulos más fuertes del corazón.

Por lo tocante a la Nación inglesa, no creo que pueda presentarse otro inconve-

niente que aquel que ofrece la delicadeza del decoro nacional por las consideracio-

nes debidas a la alianza y relaciones con el rey de España.

Pero yo no veo que este sentimiento de pundonor haya de preferirse al grande

interés que puede prometerse la Inglaterra de la posesión exclusiva de este continen-

te; y a la gloria de evitar su destrucción de una parte tan considerable del Nuevo

Mundo, especialmente si se reflexiona que la resistencia a nuestras solicitudes lejos

de asegurar a los españoles la reconquista de estos países no haría más que autori-

zar una guerra civil interminable, que los haría inútiles para la Metrópoli en perjui-

cio de todas las Naciones Europeas. La Inglaterra, que ha protegido la Libertad de

los negros en la costa de Africa, impidiendo con la fuerza el comercio de esclavatura

a sus más íntimos aliados, no puede abandonar a su suerte a los habitantes del Río

de la Plata en el acto mismo en que se arrojan a sus brazos generosos.

Crea V.E. que yo tendría el mayor sentimiento si una repulsa pusiese a estos

Pueblos en los bordes de la desesperación, porque veo hasta qué punto llegarían sus

desgracias y la dificultad de contenerla, cuando el desorden haya hecho ineficaz

todo remedio. Pero yo estoy muy distante de imaginarlo, porque conozco que la

posesión de estos países no es estorbo a la Inglaterra para expresar sus sentimientos

de afección a la España, en mejor oportunidad, y cuando el estado de los negocios

no presente los resultados funestos que tratan de evitarse.

Yo deseo que V.E. se digne escuchar a mi enviado Dr. Manuel García, acordar

con él lo que V.E. juzgue conducente y manifestarle sus sentimientos, en la inteligen-

cia que estoy dispuesto a dar todas las pruebas de sinceridad de esta comunicación

y tomar de consumo las medidas que sean necesarias para realizar el proyecto, si en

el concepto de V.E. puede encontrar una acogida feliz en el ánimo del Rey y de la

Nación”. 

97. “ Buenos Aires hasta aquí ha engañado al mundo entero, con sus falsas polí-

ticas y dobladas intenciones. Estas han formado siempre la mayor parte de nuestras

diferencias internas y no ha dejado de excitar nuestros temores la publicidad con que

mantiene enarbolado el pabellón español. Si para disimular este defecto ha hallado

el medio de levantar con secreto la bandera azul y blanca, yo he ordenado en todos

los pueblos libres de aquella opresión que se levante una igual a la de mi Cuartel

General: blanca en medio, azul en los dos extremos y en medio unos listones colora-

dos, signos de la distinción de nuestra grandeza, de nuestra decisión por la Repúbli-

ca y de la sangre derramada para sostener nuestra libertad e independencia”.

98. Algún tiempo después, en oficio 29 de marzo de 1815, el delegado extraordi-

nario doctor Herrera dando cuenta al directorio del desempeño de su misión en

Montevideo, decía recapitulando las causas de la desocupación de la plaza (Maeso,

“Artigas y su época”): “El general don Miguel Estanislao Soler me hizo presente a

los pocos días de mi llegada que era necesario embarcar las tropas y retirarse a la

capital sin pérdida de instantes, porque la seducción de los enemigos, el odio del

pueblo y la escandalosa deserción que se experimentaba en las tropas, le hacían

temer con fundamento una sedición militar o una disolución del ejército, cuyos re-

sultados serían los más funestos para la Patria. Yo no pude ser indiferente a una

insinuación de esa especie hecha por un jefe experimentado y de valor. Pero a fin de

no precipitar una medida que dejaría sin efecto las negociaciones pendientes y el

embarco de la artillería y municiones, determiné que en la misma noche se hiciese

una junta de guerra compuesta de los jefes de todos los cuerpos de la guarnición, a

la que asistí con mi secretario el doctor Obes a quien nombré de tal con precedente

acuerdo y disposición de V. E. Hizo presente el general Soler los fundamentos urgen-

tes de su solicitud, y después de haberse reflexionado sobre la materia, fuí de dicta-

men con la mayor parte de los jefes, que se esperase tres o cuatro días, que era lo que

podía tardar la contestación a mis comunicaciones para el restablecimiento de la

paz. La deserción aumentaba, algunos oficiales empezaban a seguir a los soldados y

las circunstancias apuraban, en términos que el general Soler llegó a ratificarme las

protestas de responsabilidad que había hecho en la junta de jefes por la demora de la

retirada y a pedirme lo relevase en un mando que lo comprometía por momentos”.

En: Eduardo Acevedo, o.c.

99. Apenas dieron la vela para Buenos Aires los soldados de Soler, cuando entró

Otorgués con sus fuerzas a Montevideo el día 26 de febrero. Tenía recibido de Artigas

el nombramiento de Gobernador militar de la ciudad, y para hacerlo acatar, reunió

al Cabildo en sesión extraordinaria bajo su presidencia. Estaba la corporación deli- 

berando, cuando se presentó a sus puertas D. Juan María Pérez, seguido de un nu-

meroso grupo de pueblo, y pidió a nombre de él la elección de nuevo Cabildo, “por

no ser digno de la confianza general el que actuaba en ese momento”. En conse-

cuencia, decretó el Cabildo las elecciones que se le pedían; las cuales se verificaron

el día 4 de marzo siguiente por los electores de todos los cuarteles de la ciudad y

extramuros, resultando electos: para Alcalde de ler. voto y Gobernador político D.

Tomás García de Zúñiga, de 2o. voto D. Pablo Pérez, para Regidor decano D. Felipe

Cardoso, para Alguacil mayor Dr. D. Luis de la Rosa, para Alcalde provincial D.

Juan León, para Fiel ejecutor D. Pascual Blanco, para defensor de pobres D. José

Vidal, para Defensor de menores D. Antolin Reyna, para Juez de policía D. Fran-

cisco Plá, para Juez de fiestas D. Ramón Piedra, para Síndico D. Juan María Pérez.

Con esto concluyó entonces hasta el último vestigio de la influencia de Buenos Aires,

sobre el Uruguay.

Otro tanto aconteció en las provincias del litoral argentino y en algunas del inte-

rior. Consolidada la dominación federal en Corrientes, después de la derrota de

Perugorria por Basualdo, y en la Banda Oriental después de la victoria de Guaya-

bos obtenida por Bauzá, quedaban abiertas a la influencia del Jefe de los Orientales,

las provincias de Entre Ríos y Santa Fe, donde era incontrastable, más que su pres-

tigio propio, la espontaneidad del sentimiento público a favor del lederalismo. La

política del Directorio no había hecho más que acentuar los motivos de aquella

adhesión sincera, al único régimen de gobierno capaz de salvar la unidad nacional

y el prestigio de los principios sociales comprometidos por la codicia y el escándalo.

Teatro de acontecimientos similares a los que afligieron el ánino de los habitantes de

la Banda Oriental, habían sido las provincias de Entre Ríos y Santa Fe, cuyos habi-

tantes deseaban el momento de su liberación con igual afán que el de la independen-

cia común.

Desde la derrota de Holemberg por Hereñú y Otorgués, gobernaba el territorio

de Entre Ríos una oligarquía de caudillos federales. Hereñú mismo estaba en pose-

sión del Paraná, el comandante D. Gervasio Correa mandaba en Gualeguay, y D.

Gregorio Samaniego en Gualeguaychú; todos bajo la protección de Artigas, volun-

tariamente aceptada. Con las últimas victorias obtenidas sobre los lautarinos, cam-

bió aquella situación excepcional. Entre Ríos, al igual de Corrientes, fue elevada al

rango de Provincia, bajo las condiciones del pacto de confederación y unión, pro-

puesto desde 1813 por Artigas a todos los pueblos rioplatenses.

En: Bauzá, o.c.

Libre hoy la Provincia de sus pretendidos conquistadores, felicita á los dignos hijos

del Oriente; y yó lleno mi dever con ofertar mis respetos y favor al Ex.mo Ayuntamiento 

y afligido becindario. Mis armas no han tenido otro obgeto que sostener la voluntad

general delos Pueblos, en cuyo obsequio hé estado pronto á sacrificar mi existencia.=

Con gran placer admiro hoy libre de tiranos á la Capital dela Prov.a y causa en mi la

mayor satisfacción el llamam.to q.e me hace el Ex.mo Cavildo. Para mi es un dever

proteger con mis armas las libres determinaciones delos Pueblos; en este supuesto y

hallandome legitimam.te ímpedido para tomar las riendas de un Gob.no. cuyas obliga-

ciones exceden sin dísputa mis esfuerzos; me parece conveni.e que el Ex.mo Ayuntam.to

continue interinam.te en él mando de esa Plaza, hasta que con oportunidad los Pueblos

en quien reside la Soberanía dispongan y elijan lo mas adaptable y compatible con sus

intereses, seguro de que las providencias de V.E. serán por mis armas auxíliadas =

Dios & Canelones = Fernan.do Otorgués = Ex.mo Cavildo &.”

Al retirarse las tropas porteñas sometieron la ciudad a un verdadero saqueo,

arrancándose “las puertas, ventanas y vidrieras del Fuerte —como haría constar el

Escribano Luciano de las Casas— y librándose “a discreción de la chusma el archi-

vo de gobierno —dicen los memorialislas Larrañaga y Guerra— perdiéndose por tal

barbaridad, una multitud de preciosos expedientes y documentos”. Pero, además, la

precipitación fué tal que originó un desastre: al arrojar a paladas la pólvora de las

casernas donde se encontraba almacenada, una chispa derivó en la terrible explo-

sión de las Bóvedas, muriendo en el accidente, ciento veinte Personas.

Finalmente, el 25 de febrero de 1815, las últimas unidades militares de Buenos

Aires abandonaron Montevideo, a la que entrarían, al día siguiente, las milicias de

la vanguardia artiguista.”

En: Reyes Abadie, o.c.

100. Juan María Pérez (1790-1845) oriental de intensa actividad política que

arranca desde 1811 hasta 1837.

Rico comerciante fue en la casa quinta de sus padres en el arroyo seco donde se

firmó el Acta de Capitulación española en 1814.

Fue miembro del Consulado de Montevideo en 1828, luego diputado por San

José en la Asamblea Constituyente y Legislativa (1828-30), Ministro de Hacienda de

Rivera. y después con Oribe (1835-36) destacándose en ambos casos por su gestión

positiva en medio de innúmeras dificultades financieras.

En su vida privada fue saladerista, dueño de estancias, molinos, comercio ultra-

marino y otros.

Propició de su peculio la inmigración canaria en 1837 convencido de la necesi-

dad de formar colonias agrícolas. 

101. EL GOBIERNO DE LA PROVINCIA ORIENTAL AUTONOMA

Restablecida la paz con la evacuación de Montevideo por los porteños, en febrero

de 1815, Otorgués, en cumplimiento de órdenes de Artigas, convocó a los pueblos al

finalizar ese mes y en los primeros días de marzo, para que eligiesen un diputado a la

Asamblea Provincial que se realizaría en esta ciudad, “quienes deben elegir un go-

bierno que domine toda Provincia”. “Imprevistas circunstancias” impidieron la ce-

lebración de esa asamblea en aquel momento, según lo comunicó el propio Otorgués

el 27 de marzo, cuando ya muchos pueblos habían designado su representante.

Seguramente, la lucha planteada con el Directorio, que retenía a Artigas fuera

del territorio oriental, fue la causa determinante de la suspensión de la asamblea.

De ahí que, cuando se produjo la caída del director Carlos de Alvear a raíz de la

revolución del 16 de abril de 1815 y se creyó que la unión con la capital se efectuaría

al fin, Artigas se apresuró a disponer nuevamente la reunión del Congreso Provin-

cial que ahora tendría, además, el cometido de pronunciar el reconocimiento de la

Provincia Oriental a las nuevas autoridades establecidas en Buenos A¡res después

de la revolución.

Así lo manifestó al Cabildo de aquella ciudad en el oficio que le dirigió el 29 de

abril de 1815. En esa misma fecha Artigas ordenó al Ayuntamiento de Montevideo

que convocara a los pueblos para la designación de un representante al congreso

que se celebraría en la Capilla de Mercedes y adjuntó un reglamento de acuerdo al

cual debían efectuarse las elecciones. En este reglamento se evidencia la preocupa-

ción de Artigas en el sentido de que el acto electoral pusiera de manifiesto, libremen-

te, Ia voluntad popular con lo cual se lograría que el congreso fuera una auténtica

expresión de la soberanía. El Cabildo cumplió la orden recibida convocando a los

pueblos a la elección de su representante que debía concurrir a la Capilla de Merce-

des, donde se celebraría el congreso, el 10 de junio siguiente, con poderes para

tratar, mover y concluir todo cuando sea concerniente al bien de la provincia y de-

fensa de ella”.

Los pueblos respondieron a la convocatoria del Cabildo designando sus repre-

sentantes o confirmando los que habían elegido poco antes en cumplimiento del

llamado de Otorgués, pero, como en aquella oportunidad, las circunstancias impi-

dieron también ahora la celebración del congreso provincial, Artigas buscó enton-

ces perfeccionar las instituciones existentes dejando en suspenso, para cuando fuese

posible, la reunión del Congreso, idea esta que nunca abandonó.

En marzo de 1816 creyó poder llevarla a cabo según informan sus comunicacio-

nes al Cabildo de Montevideo; pero las complicaciones de la lucha con el Directorio

y la amenaza de la invasión portuguesa que poco después se desencadenó alejaron

definitivamente su materialización. 

En los hechos, el gobierno de la Provincia Oriental, en el período en que vivió

autonómicamente, vino a ser ejercido por los representantes de Artigas en Montevi-

deo -primero Otorgués, luego Barreiro- y el Cabildo de esta cludad, que extendieron

su autoridad en todo el territorio al sur del Rio Negro. Artigas desde Purificación,

vigiló la zona inmediata a su residencia y ejerció una superintendencia política,

administrativa, judicial y económica sobre las autoridades de Montevideo.

Las autoridades de Montevideo

El 21 de marzo de 1815, Otorgués fue investido por orden de Artigas, del mando

político y militar de Montevideo, en el cual cesó en junio de ese año aunque Artigas

había ya revocado sus poderes el 1° de mayo. El Cabildo quedó entonces investido

con toda la autoridad. El 26 de Junio de 1815, comunicó a los pueblos del interior

que había sido encargado por Artigas del mando político y militar que había

desempeñado Otorgués hasta ese momento.

Al finalizar el mandato de los cabildantes del año 1815, Artigas estableció un

nuevo sistema de elección para el Cabildo de la capital que estaba más de acuerdo

con la amplitud de poderes que ahora detentaba. Desde que ya no era un organismo

del gobierno de la ciudad sino que ejercía jurisdicción hasta las márgenes del Río

Negro, Artigas dispuso que cada pueblo con Cabildo participara en el nombramien-

to del Cabildo Gobernador de la Provincia residente en Montevideo. Debía enviar

un elector a la Capital para que en unión con los cuatro electores correspondientes

a los cuatro cuarteles en que estaba dividida la ciudad, dos más por extramuros y los

cabildantes salientes, designasen el Cabildo que actuaría durante el año 1816.

Artigas insistió en dejar el gobierno en manos del Cabildo mientras no fuera

posible “sancionar el orden fijo”, a pesar de las críticas que su delegado Barreiro

formulara a ese sistema de gobierno colegiado y a la gestión de los hombres de la

ciudad. En carta que le dirigió desde Purificación el 24 de diciembre de 1815, días

antes de la renovación de los cabildantes, Artigas explicó a Barreiro su manera de

pensar respecto a la forma de gobierno que había adoptado, señalando sus conve-

niencias y sin desconocer sus defectos: “No tengo la menor dificultad -decía- en

creer la morosidad consiguientes al gobierno de muchos: pero hay dos dificultades

insuperables para reducirlo a uno. Primero haber sujeto de toda esa confianza y que

el Pueblo fuese capaz de acertar con él. 2o. Que sería forzoso señalarle un sueldo,

para que no estuviese expuesto a debilidades y V. no ignora que el estado no sufraga

para ello por ser cortos los fondos y graves sus atenciones. “Al fin el Cabildo com-

puesto de muchos miembros sirve para el desempeño de muchas comisiones que de

otro modo serían menos ventajosas al Estado y acaso más morosas desempeñadas

por particulares. Yo bien advierto que el resultado es el mismo poniendo el Goberna-

dor en uno que en muchos, pero siempre sería más difícil la complotación y como no 

es mayor la confianza que hasta el presente nos han inspirado, tampoco me atrevo a

depositar la confianza en uno que al fin pudiera dejarnos desagradados. Yo nunca lo

eligiría sin conocimiento del pueblo y en este caso sería más justo nuestro recelo

obrando la intriga y mala intención que debemos suponer en los más”. Artigas se

refiere luego a las atribuciones del Cabildo poniendo de manifiesto el alcance que él

dió a la autoridad de aquel cuerpo, como asi mismo el papel que desempeñaban en

Montevideo el delegado Miguel Barreiro, y el comandante de armas Fructuoso Rive-

ra, ambos nombrados por Artigas: “Asegurado el Gobierno en el Cabildo se halle

ligado con otras trabas que al menos en público afiancen nuestra confianza. Siendo

su constitución por ahora la ejecución de las providencias nada debemos recelar y

todo lo debemos esperar. Para ello está V. ahí y lo mismo Don Frutos y bajo este

seguro debe contar cuando ellos son nombrados por Representantes del Pueblo.

“Sobre todo creo más fácil simplificar el gobierno en el mismo Cabildo para los

actos judiciales y de recurso y dejando aquí los de última apelación, antes que redu-

cir el Gobierno a uno siendo electo por ellos mismos. Deje V. celebren las elecciones

para el año entrante según se les tiene ordenado y según lo que aparezca podremos

resolver lo conveniente. Entre tanto es preciso ir templando la cosa, e interesando en

la causa pública a todos porque de lo contrario siempre viviríamos inciertos de nues-

tra suerte.

“Quitar de un sólo golpe las pasiones de esos hombres es lo más difícil; nunca

fueron virtuosos, y por lo mismo costará mucho el hacerlo. V. ve que por ahora es

imposible sancionar el orden fijo: y por lo mismo desearía que quanto antes se arre-

glen todos los ramos de economía para realizarlos”.

Concurrieron a Montevideo para intervenir en la elección del Cabildo Goberna-

dor los representantes de los cabildos de Maldonado, Colonia, San José y Guadalupe.

El elector por el Cabildo de Santo Domingo Soriano, don Juan Gadea, llegó con

retraso, lo que determinó que se le designara un suplente -que lo fue don Francisco

Fermín Pla- para el acto eleccionario que se realizó el 2 de enero de 1816. Aprobada

la elección por Artigas, los nuevos capitulares tomaron posesión de sus cargos el 21

de enero, después de haber prestado el siguiente juramento o “protexta cívica”,

como se dice en el acta respectiva, reproduciendo los términos de Artigas: “Jurais,

por el nombre sagrado de la Patria cumplir y desempeñar fiel y legalmente el empleo

que el Pueblo os ha confiado, y en adelante os confiare, conservando ilesos los dere-

chos de la Banda Oriental, que tan dignamente representa el Jefe de los Orientales

D. José Artigas?”.

El Cabildo así surgido del “soberano Congreso” electoral pudo legitimamente

considerarse Cabildo Representante o Cabildo Gobernador Intendente de la Provin-

cia, como se le designó frecuentemente en los documentos de la época. Artigas al

aprobar la elección -y recogiendo las observaciones de Barreiro- manifestó en oficio

del 9 de enero de 1816 que “Por ahora será el Muy Ilustre Cabildo el Gobernador de

la Provincia entretanto que se forme un arreglo para simplificarlo en Io posible, y

dividir las autoridades en un orden que se haga menos gravozo, y más apto para que

cada cual desempeñe cabalmente sus deberes.”

En cuanto a las atribuciones de don Miguel Barreiro -que debió compartir las

tareas gubernamentales con el Cabildo, como delegado de Artigas después del retiro

de Otorgués, fueron señaladas por el propio Jefe de los Orientales en oficio dirigido

desde Paysandú al cuerpo capitular el 13 de agosto de 1815: “Han regresado los

Diputados de Buenos sin ajustar cosa alguna con aquel Gobierno. Por lo mismo he

resuelto delegar al Ciudadano Miguel Barreiro para arreglar los diferentes Ramos

de Administración. El impondrá a V. S. de los pormenores que han imposibilitado el

restablecimiento de la mejor armonía y el más íntimo enlaze V.S. sabe la confianza

que él me merece por sus desvelos y virtudes; y ella me empeña a presentarlo para

facilitar la adopción de las medidas que deben garantir en lo sucesivo nuestra segu-

ridad. La manera de entablar nuestro Comercio: la economía en todos los ramos de

administración pública; el entable de relaciones extranjeras y otros varios negocios,

forman el objeto de su misión. V.S. tendrá en todos ellos la intervención competente

para que dirigiendo a un solo fin nuestras miras contribuya así cada cual en la parte

que le corresponde a fijar la felicidad del País y realizar el triunfo de la Libertad”.

Muy amplias por lo que se ve eran las atribuciones del delegado Barreiro: co-

mercio, economía en todos los ramos de la administración pública, relaciones exte-

riores “y otros varios negocios” constituían sus cometidos. De ahí que interviniera

en todos los asuntos de gobierno y administración ya por sí mismo o conjuntamente

con el Cabildo. Uno y otro ajustaron sus actuaciones a las directivas que Artigas les

impartió desde Purificación a través de una asidua correspondencia. Respondiendo

a esas directivas los gobernantes de Montevideo procuraron la reorganización de la

Provincia. En ese sentido una de las primeras preocupaciones fue el establecimiento

de las autoridades en la campaña y como en 1813, se procuró que el pueblo fuese

quien hiciera la elección de las mismas. Ya en marzo de 1815 Otorgués dirigió una

circular a los comandantes militares de los pueblos a fin de que instruyeran al

“Vecindario las facultades que le están concedidas de poder elegir a un Cabildo a su

satisfacción, del mismo modo que al Jefe que haya de mandarlos, dando cuenta

oportunamente de los sujetos que sean electos para los empleos concejiles y coman-

dancia de ese pueblo”.

En: María Julia Ardao, Artigas, o.c. 

POR QUÉ OTORGUÉS FUE SEPARADO DE MONTEVIDEO.

Apenas tres meses y medio permaneció Otorgués al frente del gobierno.

Desde principios de mayo, Artigas le ordenó que marchara con su división a la

frontera, amagada por españoles y portugueses. Pero esa orden, dio lugar a serios

conflictos en Montevideo.

Extraemos del acta capitular del 18 de mayo de 1815 (Maeso, “Artigas y su

época”):

El gobernador Otorgués, “manifestó a S. E. que desde aquel momento daba cum-

plimiento a las órdenes del señor general don José Artigas para entregar el mando

del gobierno en esta corporación y pasaba a dar otras disposiciones del señor gene-

ral: a esto contestó S. E. que quedaba admitido el gobierno, que suplicaba al señor

coronel quedase él con el mando de armas, para hacer respetar las providencias del

gobierno en el Ayuntamiento, y que S. E. representaría al señor general para el

efecto. Y estando en esto se avocó a la sala capitular una porción de hombres con el

nombre del pueblo, diciendo en un borrador que traían y leyeron que pedían que el

señor don Fernando Otorgués no entregase el mando del gobierno, sino que conti-

nuase en él, como hasta aquí, en lo político y militar: pidiendo al mismo tiempo que

se hiciera nueva elección de Cabildo, porque no tenían confianza en sus repre-

sentantes; a lo que respondió S. E. que estaba admitido el pedimento y que lo firma-

sen todos los que en ese memorial se llamaban pueblo, para con él dar cuenta al

señor general”.

En oficio de 13 de junio de 1815, decía con tal motivo Artigas al cabildo (Maeso,

“Artigas y su época”):

“Viendo atrasado el cumplimiento de mis órdenes cerca de un mes y medio, per-

mítame V. S. que le diga que si el resultado era obedecerlas, yo espero verlo mani-

fiesto en el hecho de cumplirlas, más que por el órgano de la diputación. Asuntos de

tal tamaño, y en estas circunstancias, son de una exigencia imprescindible: un mo-

mento de demora es una desventaja y la actividad ha sido lo que siempre ha contri-

buido más a la gloria de nuestros sucesos. Cuando yo ordené al gobernador don

Fernando Otorgués marchase a la frontera, contesté en aquellos días a V. S. sobre la

conservación de los muros, hallándome próximo a combinar con Buenos Aires un

plan de defensa general, y en esto cualquiera debe ver que yo no podría olvidarme de

determinar una guarnición precisa para esa plaza. Sin combinaciones con Portugal,

la expedición española es nada: por si se verificara que obrasen ambas naciones de

acuerdo, es que indiqué la marcha de esas fuerzas al Cerro Largo. Yo en la actuali-

dad tengo presentes todas las atenciones, sin que haya circunstancia alguna capaz

de distraerme. En esta confianza es que V.S. debe descansar y fijar los deseos de ese

pueblo, evitando con todo esmero que vuelvan a reproducirse temores que ocasionen 

demora a mis determinaciones. Bajo este principio, es urgentísimo que no se dilate

un minuto más el cumplimiento de mis últimas órdenes. Yo repito a V. S. que necesito

esa caballería en ]a frontera. Por ahora ordeno queden en esa plaza dos compañías

de ella y oportunamente haré que sea guarnecida y ampliada con toda la extensión

que corresponda”.

Publicó entonces el Cabildo su bando de 24 de junio (De-María, “Compendio de

la Historia”) comunicando que había entrado en ejercicio del gobierno político y

que “el benemérito gobernador” salía con su ejército a cubrir la frontera.

Contra este elogio del Cabildo puede invocarse y se invocará sin duda alguna el

juicio antagónico de Artigas, en oficio a don Miguel Barreiro, datado en el mes de

agosto de 1815, (De-María, “Compendio Histórico”):

“Los sucesos ocasionados por los reiterados desórdenes de que ha sido víctima

esa ciudad, por los desaciertos del jefe que burlando mis disposiciones y mi perma-

nencia necesaria en campaña para repeler al enemigo, me han puesto en el caso de

separarlo inmediatamente fijándome en su persona para reemplazarlo en su em-

pleo”.

Pero la documentación oficial que acabamos de extractar, prueba que lo que

condenaba Artigas era la falta de cumplimiento de órdenes militares relativas a la

invasión española y los tumultos ocasionados con tal motivo en Montevideo.

En oficio de 28 de junio (Maeso, “Artigas y su época”), volvía Artigas a hablar al

Cabildo sobre ese particular:

“Por lo mismo que la Europa se halla en nuevas convulsiones, debe ser mayor

nuestro esfuerzo para sostenernos contra cualquier enemigo que piense invadirnos.

Al efecto marchará don Fernando Otorgués para cubrir la frontera, contener las

miras del portugués y velar sobre la aproximación de la expedición española, si se

acerca. V. S. entretanto trate de formar una milicia cívica para custodia del pueblo”.

PERSECUCIÓN DE ESPAÑOLES.

Uno de los cargos más serios contra Otorgués y contra Artigas, en el período que

venimos recorriendo, es el relativo a la persecución de los españoles. Y sin embargo,

la proclama que expidió el Cabildo de Montevideo de 7 de marzo de 1815, que no

podía ni debía ser un acto aislado y espontáneo, sino el resultado de un acuerdo y de

consultas y de instrucciones previas, es de franca fraternidad, según lo revela este

párrafo (“El general Artigas ante la historia, por Un Oriental”, Antonio Pereira):

“Constituido el gobierno político, no tiene otro objeto que el de tratar de vuestra

felicidad: ante la balanza inalterable de la justicia os presentaréis todos con igual

respeto y seréis atendidos. El casual nacimiento no servirá como hasta aquí de acu-

sación o prevención en los magistrados. Ya ha terminado aquella efímera distinción

entre los habitantes del mismo país. El pobre, el rico, el español, el extranjero y el 

americano, serán igualmente oídos y atendidos y la vara de la justicia no se inclina-

rá sino ante donde ella exista. Todos compondréis una masa y esta será el blanco de

nuestros desvelos”. “Unión, desciende de esas regiones adonde te habían desterra-

do los enemigos de los pueblos; siéntate entre nosotros y fija tu trono en la Banda

Oriental”.

La ocupación de Montevideo por los orientales, coincidió con los preparativos de

la formidable expedición militar que Fernando VII había resuelto enviar al Río de la

Plata para restablecer la integridad de la monarquía española y someter a sus colo-

nias rebeladas. La expedición se componía de diez mil hombres al mando del general

Morillo. El general Vigodet, organizaba por su parte en Río Janeiro otra expedición

que debía dirigirse sobre Montevideo en combinación con la procedente de España.

Fue en esas circunstancia que Otorgués dictó el bando de que antes hemos habla-

do, amenazando con la pena de muerte a los españoles que se mezclaran en la polí-

tica, esparcieran ideas contrarias a la libertad, o concurrieran a reuniones sospe-

chosas. Y fue en esas circunstancias también que Artigas empezó a pedir al Cabildo

la remisión a Purificación de todos los españoles sospechosos que pudieran servir de

base a conjuraciones combinadas con las invasiones y a golpes de mano que por

todas partes se anunciaban como inminentes.

BANDO DE OTORGUÉS, MARZO 15 DE 1815

“Ningún individuo español podrá mezclarse pública y privadamente en los nego-

cios políticos de esta Provincia, esparciendo ideas contrarias a su libertad, con el

sutil pretexto de hacer la felicidad del país, ni con otro alguno. El que a ello

contraviniere será a las 24 horas irremisiblemente fusilado, incurriendo en la misma

pena el que lo supiese y no lo delataré”. “Con igual pena será castigado el vecino

que fuera aprehendido en reuniones o corrillos sospechosos, criticando las opera-

ciones del gobierno”. “Con pena arbitraria será castigado todo ciudadano que con

pretexto de opiniones contrarias insulte a otro, pero si alguno atropellando las de-

mostraciones del gobierno incurriese por segunda vez en este atentado, será pasado

por las armas a las 24 horas de cometido el crimen”. “Ningún ciudadano podrá con

autoridad particular castigar insultos hechos a su persona. Este es rasgo de las

autoridades constituídas. Quien burlando las ideas benéficas que guían esta mi de-

terminación, la despreciáse, será pasado por las armas a las 24 horas de justificado

el crimen”. “Todo individuo que atacase directa o indirectamente la libertad de la

Provincia, indujese seducción por palabra o escrito a favor de otro sistema que no

sea el de la libertad de la Provincia, contra todo intruso invasor, será a las dos horas

de probada su contravención pasado por las armas”.

102. Andrés Latorre (1781-1860) participó de Las Piedras con grado de Ayudan-

te de la División de Voluntarios.

Junto a Artigas fue uno de sus fieles capitanes en las luchas del litoral argentino

(Santa Fe, 1815) contra el Centralismo de Buenos Aires.

Cuando la invasión portuguesa tuvo destacada actuación enfrentando a las tro-

pas riograndenses con adversa suerte.

Luchó en Catalán (enero 1817) y Tacuarembó (enero1820).

En los encuentros entre Artigas y el entrerriano Ramírez (1820) acompañó hasta

el final al jefe de los Orientales.

De regreso al saber de la Cruzada Libertadora militó en el Ejército Republicano

en Sarandí (oct. 12 ,1825), Ituzaingó (feb. 20, 1827) y Camacuá (abr. 23, 1827).

Sirvió a Oribe como Comandante Militar de Durazno y con él fue a Buenos Aires

cuando debió renunciar a la Presidencia de la República (1838) ante la invación de

Rivera.

Volvió con el Gral. Echagüe y estuvo en la batalla de Cagancha (dic. 1839).

Después de la derrota se refugió en Entre Ríos, pero se alistó con Oribe y vivió toda

la etapa del Sitio Grande (1843-51).

Por su brillante actuación como patriota, el Gobierno resolvió que sus restos se

trasladaran desde Durazno donde fueron sepultados en 1860 al Panteón Nacional

(1870).

103. El caso no era para echarse en olvido por la vecina provincia de Santa Fe,

víctima de un centralismo cada vez más absorbente.

En efecto, colocada Santa Fe bajo el mando del coronel D. Eustaquio Díaz Vélez,

—nombramiento que Posadas había hecho y Alvear confirmado,— no podían los

santafesinos prometerse el menor asomo de autonomía local. Ansiosos de obtenerla,

se dirigieron a Artigas, que estaba en el Paraná, pidiéndole auxilio de fuerza. El Jefe

de los Orientales accedió desde luego al pedido, enviando como delegado a su herma-

no D. Manuel Francisco, y en carácter de jefe de las fuerzas auxiliares al comandan-

te D. Andrés Latorre, con los elementos necesarios para la empresa. El 24 de marzo

de 1815 se presentaba Latorre frente al Coronel Díaz Vélez obligándole a rendirse a

discreción; y el Cabildo de Santa Fe elegía por Gobernador interino a D. Francisco

Antonio Candioti, uno de los hombres más conspicuos de la jurisdicción y más devo-

tos del régimen federal. Artigas, altamente satisfecho por el triunfo, lo comunicó al

Cabildo de Montevideo en oficios de 25 y 29 de marzo.

A la misma fecha que Latorre conseguía la rendición de Díaz Vélez en Santa Fe,

Artigas intimaba el abandono de su puesto al coronel D. Francisco Antonio Ocampo,

jefe militar de la guarnición de Córdoba y natural de la Provincia donde ejercía 

dicho cargo. Junto con la intimación citada, iba una nota para el Cabildo de la

ciudad, declarándolo “en el pleno goce de sus derechos, para darse las autoridades

que conceptuase dignas de mandarle”. El coronel Ocampo, luego de recibida la

intimación (29 de marzo), convocó un Cabildo abierto, ante el cual dimitió el mando.

El Cabildo, a su vez, asumiéndolo en su totalidad, puso la fuerza a órdenes del coro-

nel D. José Javier Díaz, y declaró la Provincia bajo la protección del Jefe de los

Orientales. Desde entonces, el título de Protector de los pueblos libres, que las pro-

vincias de Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe habían discernido a Artigas, recibió su

plena confirmación por la docta ciudad de Córdoba, la cual obsequió al Jefe de los

Orientales con el famoso sable que existe depositado en el Museo Nacional de Mon-

tevideo.

Debe decirse en homenaje al patriotismo local de Artigas, que el distintivo de

Protector nunca lo reivindicó para sí en los convenios proyectados o ajustados más

tarde a nombre de las provincias de la Liga, limitándose a establecer que dichas

provincias estaban bajo la protección de la Oriental y atribuyéndose solamente la

dirección de su política. De este modo levantaba el concepto de su suelo nativo,

suavizando a la vez el rigorismo de los términos, porque entonces la protección a las

demás provincias no venía de su persona, sino de un Estado, mientras la dirección

política podía ejercerla sin mengua de nadie, desde que ella se basaba en el triunfo

del Pacto federal admitido voluntariamente por todas. Otra circunstancia digna de

notarse, es que Artigas no atribuía al título de Protector, preeminencias de orden

militar o administrativo que implicasen dignidades especiales. Sobre este particular

es fácil aducir la prueba inmediata, reservando para su oportunidad debida la com-

probación del aserto anterior.

El Cabildo de Montevideo, vistas las demostraciones espontáneas de las demás

provincias de la Liga, quiso a su vez discernir a Artigas el mismo título con que ellas

lo honraban.

En: Bauzá, o.c.

104. “que la provincia de Córdoba queda enteramente separada del Gobierno de

Buenos Aires y cortada de toda comunicación y relación y bajo los auspicios y pro-

tección del General de los Orientales que se constituye garante de su libertad”.

105. “Entretanto, Artigas consolidaba aún más su prestigio y su programa fede-

ral en el litoral argentino. En marzo de aquel mismo año de 1815, dos nuevas provin-

cias argentinas, Santa Fe y Córdoba, hacen su revolución contra Buenos Aires, de-

rrocan a los gobernadores impuestos por el gobierno porteño y les sustituyen por

otros adictos al caudillo oriental. Córdoba expresa públicamente que “queda ente- 

ramente separada del Gobierno de Buenos Aires y cortada toda comunicación y

relación, bajo los auspicios y protección del General de los Orientales, que se cons-

tituye garante de su libertad”; al mismo tiempo llama a Artigas “nuevo Washington,

que hoy renueva la dulce memoria de aquel inmortal americano del Norte”.

A esta fecha puede darse ya como constituida de hecho la llamada Liga Federal,

que integran la Provincia Oriental, Misiones, Entre-Ríos, Corrientes, Santa Fe y

Córdoba, todas ellas gobernadas por aliados de Artigas a quien reconocen como

“Protector” de su independencia e integridad. No era, ciertamente, la forma política

definitiva reclamada insistentemente por aquel en sus conocidos documentos de los

años 13 y 14; era, por ahora, una simple liga ofensiva y defensiva contra los propó-

sitos centralistas y absorbentes del Directorio porteño. No por ello Artigas se había

apeado de su programa integral, como lo demostrará de inmediato y hasta el último

instante de su carrera militar y política.

Para afianzar aun más su inmarcesible prestigio, una nueva victoria se suma a

las ya obtenidas en suelo argentino: la caída de Alvear, en abril de 1815. Poco tiem-

po había durado el astuto jefe porteño como Director Supremo de las Provincias mal

entonces unidas. Al igual que aquellos antiguos emperadores romanos depuestos

por su propia guardia, así cayó Alvear frente a la sublevación de las tropas que

había despachado contra Artigas. Este creyó de buena fé en los propósitos de los

sublevados, a los que felicitó en la persona de su jefe Alvarez Thomas, nuevo Direc-

tor interino. En la nota que de inmediato dirige desde Paraná a dicho jefe y a los

oficiales de su División Libertadora, les expresa:

“Mi moderación en todos los pasos está de manifiesto y sería menos liberal en

mis ideas si un solo acto designase que las armas de mi mando son contra el pueblo

de Buenos Aires. Tenga Ud. la dignación y demás oficiales de su mando el creer que

mis desvelos son por la salud de todos los Pueblos y muy recomendablemente el de

Buenos Aires. En ello está empeñado mi honor y sería desmentir inmediatamente el

sistema, si con una exclusión vergonzosa mirase al benemérito Buenos Aires fuera

del rango de los demás”.

Alborozado escribe también al coronel José de San Martín, entonces en Mendoza

preparando su célebre Ejército de los Andes: “Acabo de recibir -le dice- una posta

extraordinaria de la Municipalidad de Buenos Aires, oficiándome que aquel pueblo

enérgico ha depuesto a los tiranos y recuperado su libertad en 18 del corriente. En

consecuencia ha terminado la guerra civil. Celebremos este momento afortunado

como el apoyo de nuestra libertad naciente. Esforcémonos por consecuencia enla-

zando los Pueblos íntimamente y depositando en ellos aquella confianza que haga

respetables sus derechos y sus virtudes. Tengo el honor de saludar a Ud. y ofertarle

mis más cordiales y afectuosas consideraciones. Cuartel de Santa Fe, 22 de abril de 

1815, José Artigas”. Es ésta la primera correspondencia conocida hasta el momento

entre el Protector de los Pueblos Libres y el futuro Gran Capitán de los Andes. Los

actos de cordialidad entre Artigas y Buenos Aires se suceden durante aquellos días

de abril y mayo de 1815. Artigas hace saber al nuevo Cabildo Gobernador de dicha

ciudad, que ha convocado a los pueblos que están bajo su mando y protección, para

que ratifiquen la elección del nuevo Director Supremo.

Al mismo tiempo publica un bando dirigido “al muy benemérito pueblo de Bue-

nos Aires”, que termina así: “Ciudadanos, Pueblos de Buenos Aires, vuestros her-

manos los Orientales no dudan que sus votos serán correspondidos, y abandonados

al transporte de una perspectiva tan encantadora, olvidan sus quebrantos, y hacen

sacrificios al dios tutelar de la amistad de los pueblos, para que al recibir las felici-

taciones que a su nombre tengo el honor de dirigiros, nada sea capaz de contrariar

nuestra unión, y en lo sucesivo solo se vea entre nosotros a una sola grande familia

de hermanos. Cuartel General, 29 de abril de 1815. José Artigas”.

Por su parte el Cabildo bonaerense retribuía a Artigas ordenando quemar públi-

camente el bando furibundo que semanas antes el depuesto Alvear le había obligado

a suscribir, contra el jefe de los orientales. Era aquello -decía el Cabildo- un “testi-

monio irrefragable del aprecio que le ha merecido la conducta del General de los

Orientales, D. José Artigas, y un reconocimiento del “distinguido mérito de aquel

jefe y de la pureza y sanidad de sus intenciones”.

Por entonces Artigas había trasladado su Cuartel General al pueblo de Paysandú.

Desde allí dirigía los acontecimientos en ambos frentes de su extenso Protectorado:

la Provincia Oriental y las provincias argentinas. Su lugarteniente Otorgués, encar-

gado del gobierno de Montevideo, había hecho izar la tricolor artiguista sobre los

recios muros del fuerte, entre el repique de las campanas y la salva de las baterías.

Una ceremonia similar fue cumplida sucesivamente en cada una de las provincias

argentinas de la Liga Federal, donde también ondearon las respectivas enseñas

artiguistas -azul, roja y blanca- aunque de diseño distinto entre sí, y todas ellas

diferentes a la actual bandera llamada de Artigas”.

En: Castellanos, o.c.

106. En la intimación que le hace Alvarez Thomas a Alvear (fechada 8 de abril) le

dice:

Despréndase V.S. del mando y deje al inmortal pueblo de Buenos Aires elegir

libremente su gobierno y en el momento habrá cesado la atroz guerra civil que nos

está devorando. De lo contrario, yo protesto a V.E. altamente y le advierto que un

solo fusilazo que se dispare, ha de costar a los malvados torrentes de sangre”. 

“La impopularidad de la guerra preparada contra Artigas y la presión escanda-

losa hicieron que se amotinara en Fontezuelas la vanguardia del ejército expedicio-

nario confiado al general don Ignacio Alvarez, el 2 de abril de 1815, y retrogradando

hasta la ciudad de Buenos Aires diera apoyo al Cabildo para resistir al director

Alvear, que desde su campo de instrucción en los Olivos de Pelliza preparaba sus

tropas para reconquistar un puerto en el cual se mostrara tan inepto como volunta-

rioso y despótico”.

LA CRISIS DEL AÑO XV

Los orígenes de la crisis

“Mientras “los hombres de casaca negra” del círculo directorial, con Posadas o con

Alvear y con los comisionados en Europa, buscaban conciliar sus “reformas liberales”

con el “legitimismo monárquico” imperante en el Viejo Mundo, los pueblos del interior

criollo irrumpían en la escena histórica sosteniendo los ideales de Independencia y Re-

pública y de unión nacional fundada en la libre federación de las Provincias.

Al conocerse las gestiones encomendadas a Belgrano y Rivadavia para buscar un

arreglo con Fernando VII, cundió la indignación popular. Fue precisamente este

clima de opinión el que precipitó la renuncia de Posadas y la decisión de la Logia de

reemplazarlo por Alvear, en enero de 1815. Este último, con el propósito de dar un

desmentido a las versiones circulantes acerca de una capitulación con el Rey Fer-

nando, sin comprometerse con una declaración de Independencia, ordenó el 22 de

enero, a la 1 de la tarde, que se arriara la bandera española del mástil de la Forta-

leza, sin reemplazarla por ninguna otra. Secretamente, sin embargo, poco después

partiría el Dr. García a solicitar el protectorado inglés...

Caído Alvear -que según diría una décima popular: “corrió todo su gobierno a

palo seco”, aludiéndose a la inexistencia de pabellón- se izó por primera vez la

bandera azul y blanca, en la Fortaleza, el 17 de abril de 1815.

Pero nada de esto impediría que Alvear y la facción “logista” fueran identifica-

dos, por la opinión de los pueblos, como responsables de una vergonzosa “entrega”

de la causa revolucionaria. La interpretación de ese sentimiento de independencia

americana y de oposición al unitarismo monárquico directorial, correspondería, prin-

cipalmente, a las montoneras federales de Artigas, ya aclamado “Protector de los

Pueblos Libres”.

Juan Bautista Alberdi ha explicado, admirablemente, el significado de esta doble

lucha contra el inepto colonialismo de Fernando VII y contra el centralismo

directorial:

“Los pueblos, en aquella época, no tenían más jefes regulares y de línea que los

jefes españoles. No podían servirse de éstos para hacerse independientes de España 

ni de los nuevos militares que Buenos Aires les enviaba, para hacerse independientes

de Buenos Aires.

Alguna vez, temiendo más la dominación de Buenos Aires que la de España, los

pueblos se valían de los españoles para resistir a los porteños, como sucedió en el

Paraguay y en el Alto Perú; y enseguida echaron a los españoles sin sujetarse a los

porteños. Más de una vez Buenos Aires calificó de “reacción española”, lo que, en

ese sentido, sólo era reacción contra la segunda mira de conquista. ¿Qué hacían los

pueblos para luchar contra España y contra Buenos Aires, en defensa de su libertad

amenazada de uno y otro seno. Como todos los jefes populares eran simples paisa-

nos las más de las veces. Ni ellos ni sus soldados, improvisados como ellos, conocían

ni podían practicar la disciplina militar. Al contrario, triunfar de la disciplina que

era el fuerte del enemigo, por la guerra a discreción y sin regla, debía ser el fuerte de

los caudillos de la independencia. De ahí la “guerra de recursos”, la “montonera”

y sus jefes, los “caudillos”; elementos de la guerra de pueblo; guerra de democra-

cia, de libertad, de independencia. Antes de la gran revolución no había “caudillos”

ni “montoneras” en el Plata. La guerra de la independencia los dio a luz; y ni ese

origen les vale para obtener perdón de ciertos “demócratas”. El realismo español

fue el primero que llamó “caudillos”, por apodo, a los jefes americanos en que no

quería ver generales”.

En los primeros días de abril de 1815 culmina el enfrentamiento de las fuerzas

federales artiguistas con el unitarismo monárquico directorial, representado por

Alvear. Pero el desenlace de los acontecimientos que determinaron la caída del pre-

suntuoso Director Supremo, no consagraría el triunfo popular.

El sector más conservador del patriciado porteño, constituido por ricos hacenda-

dos de la Provincia, saladeristas y exportadores, en una oportuna alianza con hom-

bres del grupo sanmartiniano, algunos representantes de las oligarquías provincia-

nas, tomó rápidamente, desde el Cabildo de Buenos Aires, el control de los aconteci-

mientos; fingiendo alborozo e identidad de propósitos con Artigas, repudió a Alvear,

haciéndolo víctima expiatoria del régimen, para salvar, deteniendo el avance de las

milicias federales, su posición de grupo dirigente y la capitalidad porteña.

Ignacio Alvarez Thomas -el jefe militar del cambio de situación- diría, algún

tiempo después, explicando el sentido de los acontecimientos:

“Alvear fue destinado caudillo del nuevo orden desde el 8 de octubre de 1812.

Fueron rapidísimos los progresos de su carrera y después de batidas las fuerzas

navales de Montevideo, cuando parecía que esta plaza debía ser el premio de las

campañas de Rondeau porque no le quedaba otro arbitrio que rendirse, se le separó

del mando del ejército sitiador y le subrogó don Carlos. Rondeau fue entonces al

Alto Perú, porque con tal pretexto fue separado. Rindióse Montevideo, se derrotó a 

Otorgués y si el choque hubiera subsistido en la otra Banda, acaso habría puesto en

orden a Artigas, extremadamente debilitado. Pero dióse a buscar glorias más bri-

llantes y consiguió el mando del ejército auxiliar de las provincias interiores, pare-

ciéndole nada probar por segunda vez el sufrimiento de Rondeau.

“Le sucedió como no esperaba, aunque lo temía y tiene usted a aquel ejército

separado en rigor de la obediencia de la capital. Toma nuevamente alas Artigas; los

pueblos empiezan a estudiar los cuadernillos de Rousseau; todo se altera, se desqui-

cia; sube Alvear al mando supremo y se consuma la conjuración del espíritu público

contra la facción dominante. Los enemigos de ella en Buenos Aires abonan su causa;

muchos prosélitos abandonan al que debía caer y Artigas se hace expectable, extien-

de su influjo sobre Santa Fe, Corrientes y Córdoba, que declaran su independencia.

La capital misma es amenazada y yo soy destinado para contener a Artigas como

segundo de Francisco Javier de Viana que salió después de mí para unírseme como

a cincuenta leguas de esta capital.

“¿En qué estado encontró las cosas, amigo mío? Las tropas habían sido minadas

y a pesar de toda la oposición de los jefes, Artigas debía entrar triunfante en Buenos

Aires. ¿Qué recurso? ¡No había mucho que escoger! Se eligió el menor de los ma-

les... (antes que aceptar a Artigas, eliminar a Alvear)”.

El pronunciamiento de Fontezuelas

Como informaría Alvarez Thomas a su corresponsal, las fuerzas directoriales

acantonadas en la posta de Fontezuelas, cerca de Pergamino, no estaban dispuestas

a continuar la guerra civil. En consecuencia, el 3 de abril, Alvarez Thomas inició

entendimientos con Artigas; éste le contestó el 6 desde la Bajada del Paraná: acon-

sejaba al jefe porteño que se asegurara la persona de Viana, mientras el comandante

federal, Eusebio Hereñú, iría a San Nicolás a secundar su acción. Entonces, Alvarez

Thomas proclamó a las tropas, apresando a Viana y a su Estado Mayor, a nombre del

que denominó “Ejército Libertador” y envió una intimación a Alvear:

“Creen los oficiales y tropas que están bajo mis órdenes -dice la intimación fe-

chada el día 8 pero mandada seis días después- que el sensible corazón de V.E. se

prestará a las nobles ideas que han concebido en obsequio de la causa pública de

América. Bajo la protección del ejército oriental y del Perú, asegurados por el voto

general de la Campaña y la gran Capital: V.E. debe conocer cuán inoficioso sería el

derramar sangre de nuestros mismos compatriotas y compañeros de armas. La cam-

paña armada en masa para sostener el eterno juramento que ha pronunciado el

Ejército Libertador: los grandes cuerpos de Caballería que se unen a él diariamente

y la alarma general que resuena con el mayor entusiasmo, pronostica los más ciertos

resultados. Despréndase V.E. del mando y deje al inmortal pueblo de Buenos Aires

elegir libremente su gobierno y en el momento habrá cesado la atroz guerra civil que 

nos está devorando. De lo contrario, yo protesto a V.E. altamente y le advierto que

un solo fusilazo que se dispare, ha de costar a los malvados torrentes de sangre”.

Alvear recibió la intimación en su campamento de Los Olivos, en la mañana del

día 11. Decidió entonces trasladarse con el remanente de su ejército hasta la chacra

de Caseros para impedir las comunicaciones de los sublevados con la ciudad y estar

en situación de marchar sobre ellos para castigarlos.

En la ciudad, entre tanto, el Cabildo había recibido una copia de la intimación.

En medio de gran alarma fueron convocadas las milicias, que ahora con el nombre

de “cívicos” estaban a las órdenes del gobernador-intendente de la provincia y bajo

jurisdicción del Cabildo. La fuerza comunal, sin expresarse a favor de Artigas, esta-

ba, sin embargo, francamente definida contra Alvear.

En esta circunstancia, la Logia resolvió sacrificar al Director Supremo. El Con-

sejo de Estado, reunido ese mismo día, aconsejó, por unanimidad, a Alvear que re-

nunciara al cargo. Pero sucesivos emisarios que fueron a Caseros no lograron con-

vencer a Alvear; pero al día siguiente, Valentín Gómez obtuvo el ofrecimiento de

dejar al gobierno, quedando al frente del ejército. Aceptada esta fórmula por la

Logia, el día 13, el secretario Herrera la trajo a Buenos Aires.

Al día siguiente, 14, se reunió la Asamblea sin dejar constancia en actas y aceptó

la renuncia de Alvear y designó un triunvirato integrado por San Martín, Nicolás

Rodríguez Peña y Matías Irigoyen. Pero esta fórmula no pasó del papel: San Martín,

que estaba en Mendoza, ni se enteró de la inclusión de su nombre...”

En: Reyes Abadie, o.c.

107. LA CAÍDA DE ALVEAR

El día 15, una gran conmoción popular había cundido por todo Buenos Aires. El

gobernador-intendente, Coronel Mayor Miguel Estanislao Soler, al frente de los cí-

vicos y de una gran multitud, intimó al Cabildo que arbitrara “las providencias

oportunas para evitar males que amenazaban a la República, a causa del desconten-

to general por los actos opresivos del Supremo Director D. Carlos Alvear y las últi-

mas determinaciones de la Soberana Asamblea”.

Pedía, asimismo, que Alvear cesara en el mando militar y “habiendo la Asam-

blea, por renuncia que hizo el brigadier Alvear al mando supremo político nombra-

do un nuevo nuevo gobierno provisorio”, declárase que era “palpable su nulidad” y

había caducado ese cuerpo, reasumiendo el Cabildo la potestad suprema de la Pro-

vincia.

El Cabildo revocó los poderes de los diputados de Buenos Aires a la Asamblea,

sin atreverse todavía a declarar el cese de ésta. Nombró a Soler, Comandante Gene-

ral de Armas de la Provincia, “debiendo someter a su mando todos los cuerpos

armados, milicianos o reglados”, y ofició a Alvear para que “hiciera dimisión del

mando del Ejército” ofreciéndole la seguridad de su persona y bienes. Pero ante la

negativa de Alvear, reiteró el pedido de renuncia, amenazando con tratarlo a él y sus

secuaces “con el rigor correspondiente a asesinos de su país”.

Alvear rechazó ambas intimaciones y formuló, a mediodía del 16, una

contrapropuesta para que el Cabildo asociado con el Consejo de Estado y “hombres

de luces”, eligieran la forma de gobierno que estimaren oportuna. Pero él no dejaría

el mando del ejército.

El Cabildo, reunido con Soler, rechazó, a las 7 de la noche del mismo día, la

contrapropuesta. Y en conocimiento de que Alvear avanzaba con sus fuerzas contra

la ciudad, lo comunicó a Alvarez Thomas para que lo atacara por retaguardia.

En: Ibídem.

Pronunciados los pueblos de la Liga Federal, sublevados los ejércitos, mal dis-

puestos los cabildos y autoridades de las Provincias del interior, conmovida la Capi-

tal misma, se hizo la siutación de Alvear insostenible. Sin embargo, el Director quiso

arriesgar la partida, y destacó una división de su ejército contra Artigas, cuyo victo-

rioso avance sobre Santa Fe ya se ha mencionado. Iba dicha división mandada por

los coroneles Alvarez Thomas y Valdenegro, peruano el uno y oriental el otro, ambos

en relación secreta con el Cabildo de Buenos Aires y entendidos con Artigas, según

se verificó después. El día 11 de abril tuvo noticia Alvear, de que las tropas de Alvarez

y Valdenegro llegadas a Fontezuelas, territorio de la provincia de Buenos Aires,

presentaban síntomas de insubordinación, y para evitar el contagio, empezó a prodi-

gar grados y empleos militares al resto del ejército de operaciones. Mas el remedio

era tardío: la división campada en Fontezuelas se sublevó el día 12, y dos días des-

pués, sus jefes intimaron al Director que abandonara el cargo.

Conocidos estos hechos por el Cabildo de Buenos Aires, inició un movimiento

popular en la ciudad, a cuyo frente se puso, y con el cual fraternizaron las tropas. El

17 entregó Alvear el mando del ejército en la Calera de los Padres franciscanos,

desde donde fue obligado a embarcarse en un buque extranjero. Durante los días 20

y 21, un congreso electoral convocado para proveer al país de autoridades naciona-

les, eligió Director Supremo al General D. José Rondeau, jefe del ejército del Alto

Perú, dándole por sustituto a Alvarez Thomás, quien debía compartir sus tareas con

una Junta de Observación, cuyas facultades eran extensísimas. El Cabildo que había

asumido el mando de la Provincia de Buenos Aires, bajo el título de Gobernador,

premió con el empleo de Brigadier y Comandante general de armas a D. Miguel

Estanislao Soler, y elevó a la jerarquía de generales a los coroneles Valdenegro,

Alvarez Thomás y D. Juan J. Viamont, obsequiándoles también a cada uno, con un

sable de honor. En medio de tantas reivindicaciones y plácemes, no quedó olvidado 

Artigas: el Cabildo porteño mandó quemar los últimos decretos infamatorios con

que Alvear le detractara, y declaró al Protector “ilustre y benemérito jefe”.

Fue indescriptible el júbilo que la caída de Alvear produjo en todos los ámbitos del

territorio platense. Fiestas cívicas, funciones religiosas, demostraciones militares, todo

parecía poco para exteriorizar el contento de los ciudadanos. El nuevo Gobierno se

encontró circuído de una aureola de popularidad, como quizá no la tuviera ninguno

hasta entonces. Las Provincias se apresuraban en igual proceder. La circular dirigida

por el Cabildo de Buenos Aires a los cabildos, gobernadores intendentes y generales

de los ejércitos, luego de producido el movimiento popular, fue contestada en los térmi-

nos más satisfactorios. Primero en demostrarlo así, el Cabildo de Montevideo y Otorgués,

Gobernador Intendente de la ciudad, hicieron suyo el triunfo obtenido. “El ominoso

peso que gravitaba sobre el pueblo americano, -decía el Cabildo-, desapareció repen-

tinamente, luego que el oficio de V.E., fechado en 17 de abril, participó á este Ayunta-

miento la jornada remarcable de nuestra común libertad”.

En: Bauzá, o.c.

108. “En estas apuradas circunstancias y mientras Soler ponía a la ciudad en

estado de defensa, se ofreció para mediar Lord Percy, comandante de la fragata de

guerra inglesa “Haspur”. Aceptada que fue su mediación, Percy entrevistó a Alvear,

en la calera de los padres Franciscanos, a cuatro leguas de la ciudad. El jefe rebel-

de, convencido por Percy, pidió una garantía escrita sobre su persona y bienes y

dejando a Juan José Viamonte al mando de las tropas, se embarcó en Las Conchas,

la noche del 17, en la fragata “Haspur”.

El Cabildo celebró con entusiasmo la caída de Alvear. El 18 disolvió la Asam-

blea, pasó una circular anterior diciendo que había asumido el mando “nacional” y

que Alvear había sido “sustituido y confinado en una fragata inglesa”. Publicó una

proclama que hablaba de “la rectitud de las intenciones del Jefe de los Orientales”

y pedía se “olvidasen las atroces imposturas con que hasta aquí lo ha presentado

odioso la tiranía”. Llamó a elecciones de un Director de Estado provisorio, exclusi-

vamente por Buenos Aires. Para satisfacer a Soler, al que no querían hacer Director

por temor a los “orilleros” de sus milicias, lo ascendieron a brigadier general. A

Alvarez Thomas, a coronel mayor.

Alvear, entretanto, había llegado a Río de Janeiro, mientras que sus partidarios

eran sometidos a prisión y juzgados severamente, siendo algunos fusilados.

En: Reyes Abadie, o.c.

No. 57, Ab.l 17

Después de los días de servidumbre, y tiranía es ya libre el Pueblo de B.s Ay.s. La

facción opresora q.e lo dominaba ha desaparecido. El Caudillo D. Carlos María de

Albear abordo dela Frag.ta Ing.a p.a no entrar mas en el territorio de las Prov.s unidas:

Sus parciales sugetos al juicio q.e debe sentenciarlos. Todo ha terminado felizm.te, y

una sola gota de sangre no ha manchado este glorioso triunfo de la Libertad. Aun

recide la Autoridad Soberana del Pueblo en este Ayuntam.to, y con la meditación que

corresponde, y la imparcialidad q.e interesa á la salud publica procederá en su union

á nombrar Gov.no . Son muy singulares los particulares q.e demarcan la presente jor-

nada dela rebolucion, q.e ahora describiera, si los momentos del tpõ, no fuesen al

paso q.e precisos, importantes p.a sellar la Autoridad soberana, y la suspirada re-

unión delos Pueblos herman.s de América. Reciva a V.E. este primer saludo del pue-

blo en libertad, y la felicitación á nombre dela Patria p.r este Ayuntam.to D.n &a =

Fran.co Ant.o de Escalada = Fran.co Belgrano = Man.l Luis de Oliver = Gaspar de

Ugarte = Man.l de Bustamante = Diego Ant.o Barros = Romualdo José Segurola =

José Clemente Cueto = Juan Alsina = Laureano Rufino = Man.l de Zamudio = Al

Ayuntam.to &.s

109. EL NUEVO GOBIERNO

En el acuerdo capitular del 18 de abril se había resuelto la constitución de un

nuevo gobierno. Se convocó entonces a los vecinos para que concurrieran a votar

electores, para lo cual la ciudad se dividió en cuatro distritos, eligiéndose tres elec-

tores por distrito. El 19 fue la elección y los doce electores que resultaron investidos

fueron convocados para el día siguiente. El 20, a las ocho de la mañana, se instaló el

congreso elector y decidió elegir “Director del Estado”, hasta la reunión del Con-

greso General de la Provincia, a José Rondeau: y para cubrir el cargo en forma

interina, dado que Rondeau estaba al mando del ejército del Perú, a Ignacio Alvarez

Thomas. Y el día 21, el Cabildo y el congreso elector, designaron una “Junta de

Observación” de cinco miembros: Tomás Anchorena, Esteban Gascón, Pedro

Medrano, Antonio Sáenz y Mariano Serrano, encargada de dar el “Estatuto

Provisorio” que reglaría las atribuciones del gobierno.

Ese mismo día 21, prestaron juramento los miembros de la Junta de Observación

y Alvarez Thomas asumió únicamente el mando de las armas, prosiguiendo el Cabil-

do como Gobernador Político hasta que la Junta presentara el “Estatuto Provisorio”

y éste fuera aprobado.

En: Reyes Abadie, o.c.

110. “El recibo de las comunicaciones de V.E. del 18 del presente, causó a este

pueblo las más lisonjeras emociones de júbilo, al ver destronado al coloso que a

esfuerzos de la iniquidad e intriga hacía gemir a esa capital y demás pueblos en la

más dura opresión. El ruidoso estrépito del cañón, el alegre tañido de las campanas,

la melodía de los instrumentos músicos, los vivas de los ciudadanos en general, todo

demostraba que la libertad americana había renacido en el momento mismo de su

destrucción y que llegaba el instante de su felicidad futura”.

111. No. 8,, Ab.l 25,, 1815

Me es muy satisfactorio comunicar a V.S. q.e los opresores de B.s Ay.s han sido

derribados. El Exmo. Cabildo de aquella Ciudad en carta 18,, del corr.te me transmi-

te tan plausible not.a. La pretendida Soberana Asambléa grál constituyente fue p.r si

misma disuelta, y el Grál. Alvear destinado abordo de una Fragata de S.M.B. heri-

dos todos dela indignacion del Pueblo = En la Municipalidad es en q.e se halla

refundido el Gov.o de aquella Prov.a = V.S. hallará en tan afortunado suceso el triun-

fo de la Just.a Publica. Mis combinaciones han tenido una execucion acertadisima, y

espero q.e el restablecim.to de la tranquilidad grál aparecerá muy pronto. Yo ya he

repasado el Paraná, y circulado las ord.s precisas p.r lo mismo á las fuerzas q.e habia

hecho abanzar desde la rivera occidental. Sin embargo p.r ahora es preciso limitar-

nos á eso solo, p.r q.to aun no seha formalizado particularm.te tratado alguno que fixe

la paz. Yo no perdere instante en comunicar á V.S. quando llegue el mom.to de sellar-

la; y mientras tenga V.S. la dignacion de acompañar mis votos, reuniendo á esos

dignos Ciudadanos en torno del Santuario á consagrar el presente suceso, q.e une un

laurel mas á la brillante corona de nuestros afanes, y desvelos, pasando las circula-

res competentes p.a el mismo fin á los Cabildos de esa jurisdiccion. Que la alegria

sea grál. y sus efusiones solemnes y puras, y que todos miren en el quadro magnifico,

q.e se presenta la hístoria de su grandeza, y la aurora de la vida, y prosperidad. =

Tengo el honor de reiterar a V.S., mis más intimos respetos. Quartel Grál. 25,, de Ab.l

de 1815, = José Artigas = al M.I. Cab.no &.a

112. No. 58,, Ab.l 28,, 1815

Digna es á la verdad del mayor elogio la justa demostracion de gratitud y

reconocim.to q.e esa corporacion me anuncia, quiere tributar al Sr. Grál d.n José

Artigas con la denominación de Patrono, y Protector de la Libertad de los Pueblos,

y en cargo de Capitan Grál de la Prov.a. Yo estoy satisfecho, y mis Conciudadanos

tambien, de q.e el mayor premio no es suficiente á comensar sus fatigas y que ningun

homenage es compatible con tan alta dedicación; pero acaso seria desdecir sus prin-

cipios, si por esta sola vez se abrogase V.E. la exêlsa voz de los Pueblos, cuya liber-

tad ha sostenido con el mejor decoro, integridad, y firmeza. Estoy convencido que

todos los del estado Oriental, no solo se conformarán con tan acertado Acuerdo,

sino q.e buscarán entre si mas grandes holocaustos, q.e presentarle (si era posible) en

obsequio de sus desvelos, y padecim.tos. Si esta gloria á q.e deben concurrir se les 

arrebata, no teniendo otra demostración, se ruborizarian de haberse V.E. adelanta-

do á un paso tan honroso sin su intervencion, y conocim.to no debiendo tampoco serle

á el de tanta satisfaccion sin el facil concurso de todos los demas, no obstante esté

penetrado de sus buen.s intenciones. Yo deseoso mas que otro alguno de la

remuneracion de sus trabajos y á q.e seha hecho acredor, mas sin embargo, observo

esta no pequeña dificultad, q.e substrae mi aprobacion de tan plausible medida. Si

V.E. encuentra arbitrios p.a allanarla, yo me subscriviré gustoso á cooperar en su

logro p.r ver efectuado uno de mis mas ardientes deseos. = F.do Otorgués = Exmo.

Cab.do &.a

113 LA CONVOCATORIA AL CONGRESO DE ORIENTE

Analicemos separadamente la participación de cada uno de los pueblos integran-

tes de la Liga Federal en el Congreso realizado en Concepción del Uruguay.

Misiones

En marzo del año 1815, el anuncio de la llegada de unos comisionados de Alvear,

los coroneles Elías Galván y Guillermo Brown, movieron al Jefe Oriental a dirigirse

al Comandante de las Misiones, Andrés Guacararí o Andrés Artigas, el famoso

Andresito, vincuIado al Protector desde años antes, para informarle de la convoca-

toria de diputados indios que en esos días había efectuado y ordenándole: “Usted

dejará a los pueblos en plena libertad para elegirlos a su satisfacción, pero cuidan-

do que sean hombres de bien y de alguna capacidad para resolver lo conveniente”.

Entendemos que los sucesos posteriores dejaron esta convocatoria sin efecto y

recién cuando se produjo el vuelco favorable de la situación en Buenos Aires, provo-

cada por la deposición del régimen de Alvear, se reitera la citación a los represen-

tantes de los pueblos.

El 29 de abril, a la vez que a Montevideo, Artigas se dirigía al Cabildo de la Villa

de Concepción, en las Misiones, convocando a elección de diputados para el congre-

so que consideraba “oportuno reunir en Arroyo de la China”, “punto medio relati-

vamente a los demás pueblos que deben concurrir”, acompañando, además, un re-

glamento electoral la orden llega a Concepción el 31 de mayo y sucesivamente se

notifican de ella, hasta el 4 del mes siguiente, los demás pueblos de las Misiones:

Santa María la Mayor, San Javier, Santos Mártires, San José, San Carlos y Apostoles.

No debe extrañar que Ia villa de la Candelaria, muchos años capital de las Misiones,

no fuera citada a Congreso, pues se encontraba, por entonces, aún en manos de los

paraguayos, que tiempo atrás hablan ocupado buena parte del territorio misionero, y

que serían totalmente expulsados por Andresito recién el 14 de setiembre de ese año.

Las elecciones se realizaron quedando impuesto, Artigas, “de la exactitud” con

que se han “convocado los pueblos y la libertad con que ellos han correspondido a 

nuestros votos”, recomendando el 15 de junio en oficio dirigido a Andresito que “su

aproximación (de los diputados) debe ser pronto”.

En una nueva nota dirigida el 21 de junio al comandante de las Misiones, el

Protector daba cuenta del fracaso de la misión Pico-Rivarola e informaba: “paso

mañana al Arroyo de la China a celebrar el congreso y resolver lo mejor. Avisaré a

usted los resultados en caso de no haber llegado los diputados de ésos pueblos, que

deberán hacerlo”.

Informa Setembrino E. Pereda que los diputados misioneros “concurrieron des-

pués de clausuradas las sesiones y de haber partido para la ex capital del Virreinato

los delegados”. Solamente si admitimos que el Congreso volvió a reunirse al retor-

nar sus enviados ante el Director, resultará posible suponer que los diputados de las

Misiones participaron en el Congreso, siquiera en su reunión postrera.

Una nota de Artigas a Andresito de 16 de agosto, le informa de su contacto con

los diputados, uno llamado Andrés Yacabú, y agrega: “He recibido a los diputados

con todo el afecto que ellos merecen. Los he obsequiado conforme al estado de po-

breza que nos rodea. Sin embargo, ellos dirán a usted cuanto he hecho por

agradarlos”.

Corrientes

Posiblemente el mismo 29 de abril, se dirigió Artigas al Cabildo de Corrientes

para que enviara dos diputados por la ciudad y “uno por cada cual de los pueblos de

la campaña” para “marchar al congreso que debe formarse de todo el Entre Ríos en

el Arroyo de la China”.

El Cabildo acusó recibo de la convocatoria del 18 de mayo y procedió a ordenar

las elecciones del caso, en circular remitida el 23 del mismo mes.

Según afirma el máximo historiador correntino don Hernan F. Gómez fueron elec-

tos: Juan Francisco Cabral y Angel Mariano Vedoya por la ciudad, el 30 de mayo el

mismo Artigas por San Roque, el 4 de junio, Serapio Rodríguez por Riachuelo, el 7

Juan B. Fernández por Itatí, en Esquina se elige primeramente a Bartolomé Lezcano

vecino de la capital de la provincia por lo que su designación es observada por el

Cabildo que desea que nombren como representantes a pobladores de las circuns-

cripciones. Sin embargo, el vecindario de Esquina hace notar que no hay entre ellos

ninguno capacitado para recibir la designación y elige al correntino Sebastián

Almirón.

Fuera de estos diputados, todos los cuales seguramente llegaron al comienzo del

Congreso, los correntinos se vincularon a la acción de la Asamblea federal por me-

dio de algunos de sus más distinguidos ciudadanos: el doctor José S. García de

Cossio y Don Francisco de Paula Araújo (“doctor Araucho por Corrientes” dirá

Francisco Martínez en su “Autobiografía” citada). 

En esos meses de junio, julio y agosto de 1815 estaban en el Cuartel General de

Artigas los vecinos correntinos Angel Escobar, Francisco de Paula Araújo y el Doc-

tor José García de Cossio, imputados con más o menos fundamento de realizar actos

contrarios al “sistema”.

Contra estos ciudadanos no se presentaron pruebas fehacientes y Artigas los

absuelve de cualquier inculpación ya que “Tan malo es condenar al inocente, como

absolver al culpable” ordenando “se le guarde en lo sucesivo toda consideración” y

previniendo que procederá con igual rigor contra los delincuentes como contra los

delatores “sin justificación”.

Repuestos a la consideración y estima públicas, dichos ciudadanos manifestaron

“su adhesión firme por la Libertad y Felicidad de estos países” y “Con este motivo

el Congreso depositó una parte de su confianza en el Doctor Cossio”.

Con el testimonio de Francisco Martínez y la interpretación de los términos de

una nota de Artigas al gobernador de Corrientes, de 12 de agosto de 1815, en la que

afirma que Cossio y Araújo han procedido de modo que “son dignos de mi estima-

ción” y “su nueva comportación ha garantido sus mejores sentimientos en obsequio

de la causa de los pueblos”, creemos firmemente que tanto Araújo como el Dr. Cossio

tuvieron papel en el Congreso de Oriente.

Ahora bien, la designación de Cossio como diputado por Entre Ríos en Buenos

Aires ha dado motivo a las más equivocadas interpretaciones y no puede aceptarse

que aquél representara para nada a Entre Ríos, en sentido estricto y como algo

distinto de Corrientes y Misiones, en este Congreso. Fue por el contrario delegado

del Congreso mismo, que en él “depositó una parte de su confianza” como queda

dicho, para representar a todo el continente de Entre Ríos, es decir todo lo situado

geográficamente entre los ríos Paraná y Uruguay, en las gestiones a nombre del

Congreso a efectuarse en Buenos Aires.

Santa Fe

Recién el 21 de mayo enviaba Artigas la correspondiente citación a la ciudad de

Santa Fe disponiendo el envío de dos diputados con destino al proyectado “congreso

de Oriente”.

En consecuencia se nombraron los representantes con la premura del caso, resul-

tando electos los señores Pedro Aldao y Pascual Diez de Andino, ambos “naturales

y vecinos” de Santa Fé. Sin embargo, “la escasez del erario” impuso una reducción

de la delegación, que se logró realizando un sorteo en el que resultó favorecido

Pasqual Diez de Andino.

El 14 de junio el Cabildo de Santa Fe presidido por la figura patriarcal del Go-

bernador Don Francisco Antonio Candioti, otorga poder “al Ciudadano Doctor

Pasqual Diez de Andino, electo Diputado, para el Congreso de Oriente... ” “... para 

que en concurso de los Diputados de los demás Pueblos, que allí concurran promue-

va, proponga, discuta, y sancione todos los puntos concernientes a fijar de una vez el

sistema proclamado en esta América de su libertad e independencia y, la de cada uno

de los Pueblos unidos, y en particular la de éste, haciendo que se reconozca por

Provincia independiente, con todo el territorio que comprende su jurisdicción en el

Continente Occidental del Río de la Plata, para que establezca, y reconozca la auto-

ridad suprema, que ha de regir a todos con los límites, y extensión, que convengan a

un perfecto gobierno federado, y a la conservación de los derechos de los Pueblos, y

en suma para que en todo quanto se trate, y promueva en dicho Congreso, relativo al

bien general de todos los Pueblos unidos, y al particular de este, proceda con arre-

glo a las instrucciones, que se le han dado, y acordado en acta de este día...”.

Las instrucciones de la referencia están contenidas en diez artículos otorgados

ese mismo día y que afirman los principios autonómicos que informaban la acción

de Artigas.

El articulo 1° y el 3° de dichas instrucciones establecen el principio de la

autodeterminación de los pueblos, según lo ha mostrado el Dr. Eugenio Petit Muñoz

en su enjundiosa monografía sobre el “Significado y alcance del 25 de agosto”.

Dicen estos artículos:

“Art. 1°. Que para entrar a los tratados del Congreso, debe suponerse como

principio incontrovertible, que el gobierno de Buenos Aires en ningún tiempo exigirá

otro sistema, sino es el de la libertad de los Pueblos, que deben gobernarse por sí,

divididos en Provincias entre los quales debe ser una la de Santa Fé comprensiva el

territorio de su jurisdicción, en la forma, que está al presente con absoluta indepen-

dencia de la que fué su Capital”.

“3°. Reconocida la soberanía del Pueblo de Santa Fé, y garantida por el que se

reconociere Supremo Director con el juramento que debe prestar de reconocerla,

respetarla y ceder a ella todo proyecto de capitalismo, unidad, y otros de esta clase,

con que se han usurpado, seducido y defraudado los derechos de los Pueblos: sobre

esta base deberá entrar a tratarse la porción de autoridad, que este Pueblo Sobera-

no quiera, pueda, y le convenga ceder y desprenderse de ella, depositándola en ma-

nos del Director para que con arreglo a los límites que se le prescriban por las partes

contratantes, pueda disponer de ella en obsequio del bien general”.

Por el artículo 2° se recomendaba la formación de un gobierno central eficaz

“sin que por esto los Pueblos unidos pierdan la más mínima prerrogativa de sus

derechos”; en ese concepto debía de pedirse la inmediata reunión del Congreso

General (art. 7); el artículo 4° establece reclamaciones concretas contra las autori-

dades porteñas exigiendo la devolución de caudales y armas perdidas por acto de

violento despojo; se exigía la independencia judicial; se resolvía aceptar el Director 

que fuera del agrado de Artigas y por su parte la Provincia se obligaba a colaborar

en la defensa de las demás.

Reviste especial interés el artículo noveno de dichas instrucciones, por el cual se

incorporaban, con el carácter de supletorias, las famosas Instrucciones Orientales

del año 1813 con la sola reserva de una parte del artículo diez y seis del texto que se

transcribía.

Por esta vía se ha dado a conocer una nueva versión de las instrucciones artiguistas

que difiere en muchos puntos de la que difundió Fregeiro y de la que se conserva en

la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro, coincidiendo con la anterior.

La versión santafesina está dispuesta en 21 artículos, y no en 20 como en la

original, a pesar de que en ella no figuran aquellas que se refieren a los problemas

particulares de la Banda Oriental, es decir límites y habilitación de puertos, así

como los que significan la consagración de la autonomía financiera y militar (artí-

culos 15 y 17 del texto de Fregeiro).

Hay, en compensación, artículos nuevos que son, según la numeración del texto

santafesino, los siguientes:

“12a. La constitución garantirá la soberanía, libertad, e independencia de los

Pueblos, su felicidad y prosperidad con estatutos de la fuerza competente”.

“13a. Sólo a los Pueblos será reservado sancionar la Constitución general”.

“14a. Que el Poder Ejecutivo de las Provincias unidas se compondrá de un solo

individuo, ejerciendo éste su oficio por el término de un año, debiendo ser elegido

por los Pueblos, y sorteado de entre los que nombren, a fin de que turne por todos los

individuos de las Provincias unidas el tal empleo, y no se haga hereditario a los de

una sola, que exija la preferencia, pues todos deberán ser iguales”.

“15a. Que los individuos, que compongan la Sala del Senado, y Sala de represen-

tantes de las Provincias unidas, serán también elegidos por los Pueblos libres, y no

por la Asamblea Constituyente”.

“17a. Que todos los dichos derechos impuestos, y sisas que se impongan a las

introducciones extrangeras serán iguales en todas las Provincias unidas, debiendo

ser recargadas todas aquellas que perjudiquen nuestras artes o fábricas, a fin de dar

fomento a la industria de nuestro territorio”.

“19a. No se presentará en la Asamblea Constituyente como Diputado de la Na-

ción, sino como representante de este Pueblo, por que no aprobamos el decreto de

ocho de Marzo, que se halla inserto en el Redactor del Sábado trece del mismo”.

“20a. No se extenderán sus facultades a las de legislar pues tan solos las damos,

para formar la Constitución de Gobierno, que debe regirnos activar la fuerza del

Exército de las Provincias unidas, a fin de libertar los Pueblos oprimidos, y residen-

ciar los anteriores gobiernos”. 

Hay asimismo variantes entre la versión de las Instrucciones del año XIII y la

copia de las mismas que se entregó a Diez de Andino. Entre estas variantes se ha

señalado una como particularmente infeliz. En efecto el artículo 9° del texto de San-

ta Fé, acuerda, al parecer, al mismo Congreso, la facultad de decidir qué poderes,

jurisdicciones y derechos corresponde conservar a la provincia, mientras en la re-

dacción análoga del artículo 11 de las Instrucciones originales, la reserva de las

facultades no delegadas expresamente es competencia de la Provincia.

Además el artículo 3° santafesino que dice:

“La Religión Católica, Apostólica, Romana será la preponderante, y así no admi-

tirán otra” contrasta notablemente con la magnífica afirmación de las Instrucciones

de Artigas: “Promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imagina-

ble”.

En cuanto a la modificación de las Instrucciones orientales decidida en forma

explícita por el Cabildo de Santa Fé, se refería a la limitación al principio de “Que

ninguna tasa o derecho se imponga sobre los artículos exportados de una Provincia

a otra”, en el sentido de que no se admitirá “el exceso o recarga” en los derechos

que deben pagar “los artículos exportados de una Provincia a otra”.

Al articulado de las Instrucciones el anciano gobernador Candioti agregó una

glosa para uso del diputado, que sigue el contenido de aquellas, a veces a la letra. Lo

primero a determinar, a criterio del prestigioso santafesino, era si se debía

reconocer o no a Rondeau nombrado por voluntad de los porteños “sin asistencia ni

sufragio de este pueblo ni de los demás”.

Colocado en posición conciliadora, Candioti se pronunciaba por el reconoci-

miento, condicionado por el juramento del Director de renunciar tal como se esta-

blecía en el articulado “todo proyecto de capitalismo, unidad y otras especies de

esta clase con que se han usurpado, seducido y defraudado los derechos de los pue-

blos”. Partiendo de esta base y dentro de un ajustado concepto, se iría a la precisa

fijación de la “porción de autoridad” “que este pueblo soberano quiera, pueda, o le

convenga ceder” “para que con arreglo a estos límites prescriptos por las partes

contratantes pueda (el gobierno) disponer de la suma de ellas, en obsequio del bien

general”.

El quince de junio, se le entregan 200 pesos “al Diputado q.e ba al Oriente”

como dietas correspondientes a la ejecución de su comisión.

Debemos destacar que a su vuelta, el 21 de agosto, Pascual Diez de Andino otor-

ga recibo por 114 pesos importe de su asignación. ¿Devolvió lo restante o es una

suma adicional? No lo sabemos.

Agreguemos, por último, que un pasaporte autógrafo de Artigas, a nombre de

Pascual Diez de Andino, y destinado a los Maestros de Postas, para asegurar su

regreso a Santa Fé marca con precisión, el 13 de agosto, como final de la tarea de

los diputados provinciales.

Entre Rios

Una lógica inducción nos permite suponer que los pueblos entrerrianos (enten-

diendo estos términos en sentido restringido y en oposición a los correntinos y misio-

neros parte del entreríos geográfico) fueron también invitados y concurrieron al

Congreso. Paraná, Gualeguay, Gualeguaychú, Concepción del Uruguay habrán sido,

probablemente, representados. Fieles al artiguismo en la hora primera de su expan-

sión ideológica, militar y política, ninguna razón valedera permite admitir su exclu-

sión. No sería la falta de documentación al respecto porque carentes estos pueblos

de autoridad capitular y no conociéndose archivos de sus jefes Hereñú, Correa,

Samaniego y Berdún mal puede extrañar la falta de testimonios documentales.

En la autobiografía de Francisco Martínez se indica la presencia de diputados de

éste territorio.

Hemos expresado más arriba, categóricamente que García de Cossio no fué di-

putado por Entre Ríos en el sentido restringido del término, sino el enviado a Buenos

Aires por el continente de Entre Ríos, desde el Congreso, lo que es muy otra cosa. No

insistiremos, pues, al respecto.

Córdoba

El 16 de abril de 1816 la Asamblea Provincial de Córdoba declaraba la indepen-

dencia de Buenos Aires “bajo los auspicios y protección del General de los Orienta-

les” a quien el gobernador consideraba “Nuevo Washington que hoy renueva la

dulce memoria de aquel inmortal Americano del Norte”.

Poco después el doctor José Roque Savid, que actuaba como enviado de la pro-

vincia ante el Protector, oficiaba a Córdoba, opinando que era el “instante oportuno

de preparar la misión del Diputado al destino de su convocación”.

Una comunicación del gobernador José Xavier Díaz remitida a Artigas decía: “Con-

vengo con V.S. que es llegada la época de que concurra un Diputado de esta Provincia

como una de las de su protección, en la sesión que se ha de tener con los de los Pueblos

de su dependencia y con los del gobierno instalado por el de Buenos Aires”.

Sin embargo recién el 27 de mayo el gobernador se dirigía al Cabildo de Córdoba

para disponer la elección del diputado.

El Cabildo que significaba una tendencia opuesta al artiguismo y al mismo Díaz,

se negó a participar en el acto, por lo que éste directamente convocó a los cuarteles

en que se dividía la ciudad para que enviaran sus electores. Reunidos bajo la presi-

dencia del gobernador, “a pluralidad de votos”, resulta designado “el abogado Don

José Antonio Cabrera” como diputado, “para tratar y acordar con los de Buenos

Aires y Banda Oriental, sobre los puntos de nuestras presentes diferencias”. 

En el poder que se otorga a Cabrera, el 2 de junio, se le autoriza “para que se

apersone, cerca del Señor General de los Orientales Don José Artigas” y “de acuerdo

con dicho señor general, trance, dirima y corte toda y cualquiera diferencia que hayan

embarazado, embaracen, o puedan embarazar el reconocimiento espontáneo del nue-

vo gobierno instalado en el Pueblo de Buenos Aires, procurando remover de la más

pronta reunión del Congreso General, sobre las bases más sólidas y análogas a los

intereses de la causa común y particulares de esta Provincia, así en su actual in-

dependencia, como para la excesiva forma que pueda adoptarse hasta la resolución

del citado Congreso” debiendo obrar en todo de acuerdo a las instrucciones recibidas.

La única referencia que hemos encontrado sobre dichas instrucciones es la que

da monseñor Pablo Cabrera en su importante obra titulada “Universitarios de Cór-

doba”, quien dice haber leído en un documento de época un resumen o síntesis de

este mandato redactado así: “Don José Antonio Cabrera fué con investidura de di-

putado de su provincia, por elección popular, para tratar en el Congreso de Paysandú

y fijar las bases de su reconocimiento libre y espontáneo del gobierno de Buenos

Aires, bajo tratados y estipulaciones formales”.

Como el erudito historiador don Ernesto H. Celesia en su “Federalismo Argenti-

no” sostiene que Cabrera no fué diputado al Congreso del Arroyo de la China, sino

simplemente ante Artigas, no tomando en cuenta la precedente afirmación del autor,

homónimo de dicho diputado, debemos reforzar la prueba del verdadero destino de

la misión Cabrera recordando que al otorgarse nuevos poderes a éste para que pasa-

ra a Buenos Aires, en escritura publica del 10 de julio se decía por el gobernador

cordobés: “.... don José Antonio Cabrera, que mandó este pueblo cerca del primero,

a las Sesiones del Congreso oriental...”.

Esto queda claro, además, en la citada contestación de Díaz a Artigas, en que

convenía en la oportunidad del envío de un diputado cordobés a “la sesión que se ha

de tener con los pueblos de su dependencia”.

Acordado que el diputado realizara “su viaje a la mayor brevedad posible” se le

entregaron “para sus expensas, trescientos pesos”, con lo que de inmediato salió de

Córdoba, pudiéndose afirmar que el 17 de junio ya había pasado por Santa Fé en su

viaje al Uruguay.

Banda Oriental

La representación oriental convocada al Congreso de Mercedes fué la que, a

pesar de haberse dejado sin efecto esta asamblea, se congregó cerca del Jefe. Cuan-

do Artigas rechaza las propuestas de Pico y Rivarola y los enviados porteños retor-

nan a Buenos Aires, aquél convoca el Congreso que se efectuará en Arroyo de la

China al que concurrirían, dice textualmente, “todos los diputados...” que “... se

habían reunido, tanto de la Banda oriental...”, etc. 

Este concepto de Artigas confirma la presencia de representantes de los pueblos

orientales, no de la Capital, que por su conflicto con el Jefe había provocado la

suspensión del Congreso de Mercedes y por lo tanto no envió los representantes,

pero si del resto de la Banda cuyos delegados marcharon al encuentro de Artigas en

cumplimiento de su comisión.

Sabemos de la presencia de Francisco Martínez quien dice en la ya citada “auto-

biografía” que, luego de ser electo diputado por Maldonado “Honrado en este em-

pleo, pasé a Montevideo a solicitar del Gobierno el competente permiso para pasar

a Paysandú a desempeñar mi comisión, y tan luego como me fue concedido partí

para dicho punto en busca del General. Inmediatamente después de mi llegada me

embarqué con él, en dirección al “Arroyo de la China”, lugar indicado para la re-

unión, y a nuestro arribo, encontramos reunidos un crecido número de Diputados

por Córdoba, Corrientes, S.ta Fe, Entre Ríos y Estado Oriental”.

No son muchos los representantes que faltan. En nota de 28 de junio al Cabildo

de la Capital dice Artigas que se resolverá “a presencia de todos los Diputados de

los pueblos que hasta la fecha han concurrido” y agrega: “Siento que los Diputados

por el Pueblo de Montevideo se hayan retardado tanto para que pudiese dar un

pormenor de nuestras negociaciones, como los demás a sus respectivos pueblos...”.

Los montevideanos fueron quienes no estuvieron presentes. De sus diputados:

Larrañaga, que acababa de regresar de la misión a Paysandú, casi sin tiempo mate-

rial para marchar nuevamente, no lo creemos capaz de volver a soportar frío, ham-

bre, pulgas y amenaza de perros cimarrones y sentirse tal “que no había músculo ni

hueso en mi cuerpo que no me doliese”, en una reiteración del viaje al Litoral; Lucas

Obes, nombrado diputado durante el breve predominio de la facción que se escudaba

en Otorgués y que él mismo encabezaba, no lo suponemos con muchos deseos de

enfrentarse con Artigas.

Para Murguiondo, así como para los anteriores, rezaba como causal de su ausen-

cia lo de la suspensión de la reunión de Mercedes que no había sido, expresamente

rectificado.

En el aludido “Diario del Viaje desde Montevideo al Pueblo de Paysandú”,

Larrañaga menciona muy al pasar al diputado por San Salvador y al referir su esta-

da en Mercedes da cuenta que allí estaban el 9 de junio “algunos de los Diputados

que habían llegado para el congreso que debía celebrarse en esta Villa”, nombrando

a Pedro Bauzá como uno de ellos.

Así como Larrañaga y Reyna en el ejercicio de su comisión siguieron a Paysandú

al saber que Artigas no bajaba a Mercedes, cabe suponer una actitud análoga de los

aludidos diputados.

El Congreso de Oriente

El 29 de abril de 1815, día de agotadora labor para la secretaría de Artigas, éste

había cursado una nota al Cabildo de Buenos Aires en la que expresaba:

“Hoy mismo van a salir mis circulares convocando los Pueblos que se hallan

bajo mi mando y protección para que por medio de sus respectivos diputados entien-

dan en la ratificación espontánea de la elección, que para ejercer la suprema magis-

tratura recayó en la muy benemérita persona del Brigadier D. José Rondeau, y en

calidad de suplente, en la del General del Ejército Auxiliar Don Ignacio Alvarez”. En

términos más amplios, según queda dicho, Artigas convocaba a correntinos y

misioneros, así como a los orientales para la Capilla de Mercedes.

Poco después, y mientras se cursaban estas invitaciones y se reunían los pueblos,

se habrían de iniciar las gestiones de acercamiento con la gestión de Blas José Pico

y Francisco Bruno de Rivarola.

Artigas insiste y urge sus convocatorias, excepto a Montevideo, con la que había

roto temporalmente relaciones, ampliándolas a los pueblos occidentales: Córdoba y

Santa Fe.

El 12 de junio, cuando Larrañaga y Reyna llegan a Paysandú, encuentran que

esta modestísima población “tiene el honor de ser interinamente la Capital de los

orientales, por hallarse en ella su Jefe y toda la plana mayor, con los Diputados de

los demás pueblos”.

En esos días y los siguientes se encuentran ante Artigas en Paysandú, o enfrente

en Concepción del Uruguay:

a) los diputados de la Banda Oriental excepto Montevideo, convocados para ra-

tificar, en una reunión provincial las transacciones que aquel esperaba formalizar

con Buenos Aires;

b) los diputados de Corrientes convocados al Congreso de “todo el Entre-Rios”;

c ) los diputados de Misiones que arribarían con posterioridad, citados como los

anteriores a un congreso local;

d) los diputados de los pueblos libres de Entre Ríos, seguramente citados con

igual objeto;

e) el diputado de Santa Fé enviado para que en congreso con las demás provin-

cias federales, se fije la vinculación con el Directorio sobre bases contractuales de

orientación completamente autonomista y liberal;

f) el diputado de Córdoba; convocado para transar junto a las demás provincias

federales, las diferencias existentes con Buenos Aires.

En este estado se interrumpen las negociaciones con Pico y Rivarola y Artigas

improvisa una reunión a la que cita a todos los diputados presentes, cualquiera fuera

la pequeña diferencia de los objetivos iniciales de sus respectivas misiones. 

Eso es, y no otra cosa, el Congreso de Oriente, o Congreso del Arroyo de la

China, o Congreso de Concepción del Uruguay, o en fin, el Congreso de los Pueblos

Libres y Federales.

Después de una extensa tramitación que, o no preveía la reunión de un congreso

general o lo quería en segundo grado (luego de reunidos el congreso oriental de

Mercedes y el del continente de Entre Ríos en el Arroyo de la China), el encadena-

miento inesperado de los sucesos llevó al Protector a reunir a todos los diputados

presentes, sin esperar a otros, para aconsejarse y lograr una solución en las relacio-

nes con el Directorio, nuevamente críticas. Así Artigas escribe al Ayuntamiento de

Montevideo: “Ya insinué a V.S. haberse retirado los Diputados de Buenos Aires sin

haber firmado las bases de nuestra alianza. Voy a dar los últimos pasos que dictan la

razón y la prudencia para un fin tan digno. Si ellos no bastan a calmar las pasadas

diferencias, habremos de partir de otro principio en nuestras resoluciones. A mi me

queda la satisfacción que a presencia de todos los diputados de los pueblos que hasta

la fecha han concurrido, y con su parecer se resolverá tan importante negocio”. Y en

un oficio posterior agrega: “Creyendo que lo importante del asunto debía sujetarse

al escrutinio de la expresión general, convoqué a un Congreso de todos los diputa-

dos de los demás pueblos que hasta la fecha han venido tanto de la Banda Oriental,

como de los demás Pueblos que tengo el honor de proteger”.

El 28 de junio de 1815, Artigas, radicado en Paysandú durante un largo período

de organización y negociaciones, que había seguido a su triunfal recorrida por el

litoral hasta Santa Fe, resuelve pasar “al Arroyo de la China a celebrar el Congreso

y resolver lo mejor”.

Recordemos asimismo el testimonio de Francisco Martínez reproducido más arriba.

El 29 de junio se realiza la primera sesión del Congreso ¿Qué ocurrió en dicha

reunión?

Se abrió la misma con una exposición de Artigas. En ella desarrolló minuciosa-

mente el análisis de las propuestas y contrapropuestas intercambiadas con la misión

Pico y Rivarola, la “conveniencia y disonancia” de cada uno de sus artículos, ins-

truyendo a los diputados “del éxito desgraciado que había tenido la negociación” y

su “ningún efecto” “con respecto a sus justas y razonables peticiones que sólo miran

el interés de todas y cada una de las provincias confederadas”.

Después “de muchas reflexiones” dirá Artigas, se resolvió que “marchasen nue-

vamente ante el Gobierno de Buenos Aires cuatro diputados” destinados a “repro-

ducir las mismas reclamaciones hechas anteriormente por dicho general” y que de-

mostrasen al Directorio “la uniformidad en sus intereses y la seguridad que recla-

man” las provincias reunidas. Se consideró que este nuevo esfuerzo de conciliación

“justificará la conducta” de Artigas y del Congreso. 

Inmediatamente se procede a la elección de los diputados por los mismos

congresales, tratando de contemplar todos los pueblos y regiones representados. Santa

Fe y Córdoba no tienen problema, con un diputado cada una, naturalmente éstos

pasan a ser representantes del Congreso; la Banda Oriental designa a uno de sus

más distinguidos y brillantes ciudadanos el joven don Miguel Barreiro, que muy

posiblemente no era miembro del Congreso; en cuanto a los pueblos de todo el con-

tinente de Entre Ríos designan como su diputado, como representante por el Congre-

so del Arroyo de la China, al doctor José S. García de Cossio, personalidad correntina

que, como queda dicho, había sido enviado ante Artigas víctima de una acusación

que según el parecer del Jefe oriental no estaba ni medianamente probada. El co-

rrentino no era miembro del Congreso de Concepción, pero éste “depositó una parte

de su confianza en el doctor Cossio”, para quien reclamaba en consecuencia y para

lo “sucesivo toda consideración” el Protector de los Pueblos Libres.

Explicada así, con estrecha sujeción a las constancias documentales, la integra-

ción del Congreso y la delegación a Buenos Aires, quedan sin fundamento las

interrogantes abiertas por los historiadores que como Celesia o Pereda, respectiva-

mente, preguntan: ¿quién designó como diputados a Cossio y a Barreiro?; y ¿por

qué Corrientes no fué representada en la delegación a Buenos Aires?

Los diputados a la Capital -insistimos- lo fueron del Congreso que los designó

libremente y sin elegirlos a todos de su propio seno, ya que no representaban estric-

tamente a provincias determinadas, sino que, respetando las grandes divisiones na-

turales, pudieron significar con su presencia en Buenos Aires el unánime pensamien-

to de los pueblos federales: Córdoba, Santa Fé, la Banda Oriental y el Continente de

Entre Ríos (es decir Misiones, Corrientes y el territorio llamado en sentido estricto

Entre Ríos) integrantes todos del Congreso artiguista.

Afirma además el doctor Celesia en su “Federalismo Argentino”, que “el llama-

do Congreso” “no fué tal cosa; que solo pudo ser en definitiva una reunión del

Protector de los Pueblos Libres con cuatro o cinco representantes de los pueblos de

su protección”. Creemos también haber demostrado lo erróneo de esta interpreta-

ción con numerosas pruebas documentales presentadas fragmentariamente a lo lar-

go del trabajo, concluyendo que hubo, una reunión numerosa de la cual después de

oído Artigas se realizó una amplia deliberación sobre las medidas a tomar ante el

fracaso de la misión Pico y Rivarola, acordándose el envío de una misión a Buenos

Aires por el mismo Congreso.

En: José Ma. Traibel, Artigas, o.c.

114. EL ESTATUTO PROVISIONAL DEL AÑO XV

El 5 de mayo la Junta de Observación sancionó el “Estatuto Provisional para la

dirección y administración del Estado”. En su mayor parte era copia de la constitu-

ción de Cádiz, pero tenía algunas disposiciones originales. Revisten importancia

particular las disposiciones sobre ciudadanía, por cuanto ellas pasarían a futuros

textos constitucionales y legales del proceso institucional del Río de la Plata.

“Luego de un extenso “exordio”, procede a regular una declaración “Del hom-

bre en sociedad” que regiría “ para todo hombre, sea americano o extranjero, ciu-

dadano o no”. Consagra así el clásico texto liberal sobre los derechos a la vida,

honra, libertad, igualdad, propiedad y seguridad. La religión sería la católica, de-

biendo respetarse un culto público, bajo pena de “violar las leyes fundamentales del

país”.

“Cada ciudadano es miembro de la Soberanía del Pueblo”, establecía el capítulo

IV. En tal carácter, tenía “voto activo” -derecho a elegir- y “voto pasivo” -de ser

elegido- “en los casos y forma que designa este Reglamento Provisorio”.

No votaban todos los hijos del país, sino únicamente los propietarios y quienes

tuviesen oficio o arte útil y no fuesen mulatos o cuarterones. En cambio, tenían dere-

cho al voto, sin renunciar a su ciudadanía de origen, los extranjeros no españoles

que hubiesen residido cuatro años, supiesen leer y escribir y tuviesen propiedades,

oficio o arte útil. A los diez años tendrían el voto pasivo para los “oficios de Repú-

blica” -cargos municipales- pero no los de “gobierno” -cargos nacionales-. Los

españoles europeos que no hubiesen acreditado servicios distinguidos al país y obte-

nido la carta de naturalización, no tendrían más derechos que los demás extranjeros,

“mientras los derechos de estas Provincias no sean reconocidos por el gobierno de

España”. Los extranjeros naturalizados tenían la amplitud de ambos votos.

Los capítulos VI y VII regulaban los “Deberes del hombre” y los “Deberes del

cuerpo social”.

El Poder Legislativo residiría, en principio, “en los Pueblos”, pero hasta la re-

unión de éstos en Congreso General, la Junta de Observación y el Cabildo porteño

dictarán, a manera de leyes, “reglamentos provisionales para los objetos necesarios

y urgentes”.

La Junta de Observación, de cinco miembros, se renovaría a los seis meses y

luego duraría hasta el fin del período del Director del Estado y en adelante el man-

dato sería de un año. Sus facultades eran amplias: podía remover los secretarios del

Director; aconsejar las funciones administrativas; recibir informes trimestrales de

las cuentas del Estado y con acuerdo del Cabildo porteño, podía quitar el mando

militar y deponer al Director en caso “que claudicase en la inobservancia del pre-

sente estatuto”.

El Poder Ejecutivo sería ejercido por el Director del Estado. Este debía ser veci-

no o natural de cualquiera de las provincias, con cinco años de residencia en ellas y

tener “más de treinta y cinco años” (para que no se reprodujera el caso de otro 

Alvear, sin prestar atención a las circunstancias de que Alvarez Thomas tenía apenas

28 años de edad...). Duraría un año en sus funciones. Los tres secretarios -Gobierno,

Guerra y Hacienda- serían removidos “cuando lo exija la Junta de Observación”.

El Director del Estado “luego que se posesionase del mando, invitaría con parti-

cular esmero y eficacia a todas las ciudades y villas de las provincias interiores para

el nombramiento de diputados que hayan de formar la Constitución, los cuales debe-

rán reunirse en la ciudad de Tucumán para que allí acuerden el lugar en que hayan

de continuar sus sesiones, dejando al arbitrio de los pueblos el señalamiento de

viáticos y sueldos a sus respectivos representantes”. Las ciudades y villas nombra-

rían un diputado por cada 15.000 habitantes, eligiéndolos, indirectamente, por me-

dio de electores, a razón de un elector por cada 5.000 habitantes. El sufragio podría

emitirse “de palabra o por escrito, abierto o cerrado”, según deseara el elector.

El Poder Judicial era declarado independiente y se introducían algunas varian-

tes respecto a las competencias de los Tribunales, restableciéndose el juramento en

materia civil y criminal, excepto sobre hecho propio.

El Estatuto reglamenta luego las elecciones de los Cabildos y gobernadores de

provincia; la organización del ejército y la armada, restableciendo las milicias pro-

vinciales del régimen virreinal y las milicias cívicas. Sobre éstas se disponía que

“todo habitante del Estado”, nacido en América, todo extranjero con domicilio de

más de cuatro años, todo español europeo con carta de ciudadano, y todo africano y

pardo libre, con soldados cívicos, excepto los que se hayan incorporado a las tropas

de línea y armada”. Desde la edad de 15 a 60 años “si tuvieran robustez” los cívicos

deberían acudir a la señal de la “patria en peligro” dada por la campana del Cabil-

do o la bandera puesta al tope de su torre. El Cabildo porteño sería “brigadier nato”

de los cívicos de la capital.

Se establecía que “esta fuerza armada ha de estar subordinada al gobierno; pero

cuando éste claudicase en la inobservancia del presente Estatuto Provisional u obrase

contra la salud y seguridad de la Patria, declarándolo así la Junta de Observación y

el Excmo. Cabildo, por escrito o de palabra, quedará sujeta a dicha Junta de Obser-

vación, igualmente que la fuerza de línea de mar y tierra, para sostener sus determi-

naciones en el caso que las resista el Director”. Se otorgaba, pues, a la Junta de

Observación y al Cabildo porteño ni más ni menos que “el derecho de revolución”...

Finalmente, se reglamentaba la seguridad individual y la libertad de imprenta,

reproduciéndose los reglamentos anteriores. Se abolía el Consejo de Estado, se abo-

lían las leyes de la Asamblea sobre comunidades religiosas y se permitía, en adelan-

te, a los maestros, el castigo de los niños.

El Estatuto fue aceptado por Cuyo, Salta y Córdoba, sólo en cuanto a la convoca-

toria del Congreso; Tucumán lo aceptó “momentáneamente”; Chuquisaca y Potosí, 

sujeto a reformas; los “Pueblos Libres”, sintiéndose burlados, lo rechazaron de pla-

no, en un Congreso, convocado por Artigas, en el Arroyo de la China o Concepción

del Uruguay”.

EL NUEVO DIRECTORIO

El mismo día 5 de mayo, Alvarez Thomas asumió el cargo de Director del Estado

“Interino”. Designó como Secretario al Dr. Gregorio Tagle, en Gobierno; a Antonio

Luis Berruti, en Guerra y Manuel Obligado en Hacienda. El 6 juró el Estatuto, que,

a su vez, fue jurado por las corporaciones y el ejército, el día 25.

El 11 de mayo, en presencia del Director, Cabildo y Junta de Observación, se leyó

el bando, fechado el 30 de abril, por el cual se declaraba “un tejido de imputaciones

las execrables contra el ilustre y benemérito Jefe de los Orientales, don José Artigas”

los bandos, proclamas y gacetas que lo declaraban “asesino”, “traidor”, “bandole-

ro”, etc., haciendo los capitulares enmienda honorable de su “pesar por haber dado

un paso que tanto ultraja el mérito de aquel héroe y la pureza de sus intenciones”.

¡Las tropas artiguistas se hallaban en San Nicolás!

115. Mayo 21,, 1815

Acabamos de perder al virtuoso Ciudadano el comand.te de División D.n Blas

Basualdo. La muerte lo arrancó de nosotros desp.s de una dolencia dilatada, y el

llenó sus Destínos señalando su carrera con mil serv.s brillantes, q.e reclaman el

reconocim.to dela Patria, y el llanto de los hombres de bien. Yo he regado su sepulcro

con mis lagrimas, y he tributado á su mem.a todas las honras debidas á su merito

admirable. Sin embargo sus trabajos, y su gloria piden una demostración mas gene-

ral. La Prov.a le debe las fatigas de cinco años. La vict.a coronó tres veces sus ezf.os y

sus resultados bien hechores alargaron la consolación Publica. Yo invito á todo el

cívismo; la ternura y gratitud de esa Ilustre corporación á q.e acompñando mi justo

dolor, y el del Ex.to llebe su memoria al pie de los altares dedicando un día de piedad

religiosa en su obsequío, y p.a eternizarlo como corresponde á ntra historia, y á la

gloria particular, á q.e estan dignam.te acredor he tenido á bien determinar un convi-

te funebre q.e deberá seguirse á las exêquias del templo. V.S. tendrá la dignacion de

celebrarlo en su casa consistorial haciendolo servir con la mayor frugalidad concu-

rriendo en ropa de ceremonia, y presentando al fin la unica copa q.e habrá, á la

mem.a de aquel ciudadano fiel, derramará todo su licor sobre una Palma, q.e ocupa-

rá desde el principio el centro de la mesa. Llebemos así su nombre glorioso á la

posteridad, y enseñemosla á honrar la virtud de un hombre q.e vivió p.a servir á sus

herm.s y baxô á la sepultura con tan preciosos deseos = Tengo el hon.r &. = J.e

Artigas = Al M. Iltre &.a

Artigas al Cabildo - Mayo 21 

Blas Basualdo (¿-1815) soldado oriental que estuvo junto a Artigas desde 1811

cuando al frente de 200 patriotas peleó en el frente del N.O. hasta las luchas por el

federalismo en Misiones, Entre Ríos y Corrientes.

Estuvo en el Ayuí y rechazó la oferta de Sarratea de pasarse a los porteños. De-

rrotó a Genaro Perugorria en Colodredo el 24 de diciembre de 1814, lo hizo prisio-

nero y lo envió al campamento de Purificación donde juzgado por traidor, lo fusila-

ron el 17 de enero de 1815.

Basualdo fue jefe de los grupos artiguistas del litoral entrerriano hasta su muerte

en 1815.

116. PAYSANDÚ

“Es pueblo de indios que está sobre la costa oriental del Uruguay, a 30 leguas de

Mercedes según algunos y a 22 según otros, casi N. O. Se puede regular su población

de 25 vecinos, la mayor parte de indios cristianos: sus casas, a excepción de 5-6,

todas son de paja. La iglesia no se distingue de los demás ranchos, sino en ser mayor,

como de unas 20 varas de largo y 6 de ancho. No hay retablo, sino un nicho en que

está colocada una efigie de María Santísima de unos tres pies de alto, recién retoca-

da, que me parecía obra de los indios de Misiones, y en cuyas facciones se dejaba

traslucir bastante el carácter de esta nación. Ella a sus ojos parecía muy hermosa,

pareciendo todo lo contrario a los nuestros. Pero ¿quién ha fijado hasta ahora los

verdaderos caracteres de la hermosura? ¿Sobre qué cosa tienen los pueblos ni más

caprichos, ni más extravagancias que sobre esto? Lo que hoy es muy hermoso, ma-

ñana es feo. La moda más ridícula en siendo adoptada, parece lo mejor, y del más

bello gusto; pero apenas deja de usarse, cuando esto mismo viene a chocarnos tanto

a nuestros sentidos, que llega a ser el objeto de la burla y de la sátira. La verdadera

filosofía pues debe ser muy circunspecta en su crítica, y nosotros no debemos sepa-

rarnos de estos principios.

La iglesia es sumamente pobre y en el día está en la mayor indigencia, falta de un

todo, y lo que es más, de su cura párroco, no habiendo sino un suplente, que apenas

puede decir misa. Antiguamente tenía su corregidor como los otros pueblos de in-

dios, pero ahora hay un comandante militar; y aunque [es] un pueblo tan infeliz

tiene el honor de ser internamente la capital de los orientales por hallarse en ella su

Jefe y toda la plana mayor, con los diputados de los demás pueblos.

Junio 12 de 1815. Nuestro alojamiento fue en la habitación del General. Esta se

componía de dos piezas de azotea, una de cuatro varas y la otra de seis, con otro

rancho contiguo que servía de cocina sus muebles se reducían a una petaca de cue-

ro, y unos catres sin colchón, que servían de cama y sofás al mismo tiempo. En cada

una de las piezas había una mesa ordinaria como las que se estilan en el campo, una 

para escribir y otra para comer: me parece que había también un banco y unas tres

sillas muy pobres. Todo daba indicio de un verdadero espartanismo. El General está

ausente y había ido a comer a bordo de un falucho en que se hallaban los diputados

de Buenos Aires: este buque con una goleta eran los que habían saludado el día

antes al General con el mismo motivo y cuyos cañonazos oímos en el camino. Fui-

mos recibidos por D. Miguel Manuel Francisco Barreiro, joven de 25 años, pariente

y secretario del General, y que ha participado de todos sus trabajos y privaciones: es

menudo y débil de complexión, tiene un talento extraordinario, es afluente en su

conversación y su semblante es cogitabundo, carácter que no desmienten sus escri-

tos en las largas contestaciones, principalmente con el Gobierno de Buenos Aires

como es bien notorio.

A las cuatro de la tarde llegó el General, el Sr. D. José Artigas, acompañado de

un ayudante y una pequeña escolta. Nos recibió sin la menor etiqueta. En nada pare-

cía un general: su traje era de paisano, y muy sencillo: pantalón y chaqueta azul sin

vivos ni vueltas, zapato y media blanca de algodón, sombrero redondo con gorro

blanco y un capote de bayetón eran todas sus galas, y aun todo esto pobre y viejo. Es

hombre de una estatura regular y robusta, de color bastante blanco, de muy buenas

facciones, con la nariz algo aguileña, pelo negro, y con pocas canas: aparenta tener

unos 48 años. Su conversación tiene atractivo, habla de quedo y pausado: no es fácil

sorprenderlo con largos razonamientos, pues reduce la dificultad a pocas palabras,

y lleno de mucha experiencia tiene una previsión y un tino extraordinarios. Conoce

mucho el corazón humano, principalmente el de nuestros paisanos, y así no hay

quien le iguale en el arte de manejarlos. Todos le rodean y todos le siguen con amor,

no obstante que viven desnudos y llenos de miserias a su lado, no por falta de recur-

sos, sino por no oprimir los pueblos con contribuciones, prefiriendo dejar el mando

al ver que no se cumplían sus disposiciones en esta parte y que ha sido uno de los

principales motivos de nuestra misión.

Nuestras sesiones duraron hasta la hora de la cena. Esta fue correspondiente al

tren y boato de nuestro General; un poco de asado de vaca, caldo, un guiso de carne,

pan ordinario y vino servido en una taza por falta de vasos de vidrio: cuatro cucha-

ras de hierro estañado, sin tenedores ni cuchillos, sino los que cada uno traía, dos o

tres platos de loza, una fuente de peltre cuyos bordes estaban despegados, por asien-

tos tres sillas, y la petaca, quedando los demás en pie. Véase aquí en lo que consistió

el servicio de nuestra mesa cubierta de unos manteles de algodón de Misiones pero

sin servilletas; y aun según supe, mucho de esto era prestado. Acabada la cena fui-

mos a dormir y me cede el General no sólo su catre de cuero, sino también su cuarto,

y se retiró a un rancho: no oyó mis excusas, desatendió mi resistencia, y no hubo

forma de hacerlo ceder en este punto. Yo como no estaba aún bien acostumbrado al 

espartanismo no obstante el que ya nos habíamos ensayado un poco en el viajé, hice

tender mi colchón y descansamos bastante bien.

Junio 13 de 1815. Muy temprano, así que vino el día tuvimos en casa al General

que nos pilló en cama: nos levantamos inmediatamente dije misa, y se trató del desa-

yuno; pero éste no fue ni de té, ni de café, ni leche ni huevos porque ni lo había, ni

menos el servicio correspondiente: tampoco se sirvió mate, sino un gloriado que es

una especie de ponche muy caliente con dos huevos batidos que con mucho trabajo

encontraron. Se hizo en un gran jarro y por medio de una bombilla iba pasando de

mano en mano, y no hubo otro recurso que acomodarnos a este espartanismo a pesar

del gran apetito por cosas más sólidas que tenía nuestro vientre originado de unas

aguas tan aperitivas y delicadas, no sirviendo nuestro desayuno sino para avivarlo

más.

Yo estaba impaciente de concluir con nuestra comisión para bajar al puerto y

registrar la costa del río; lo que no pude conseguir hasta después de la comida, que

fue enteramente parecida a la cena con sólo el haberse agregado unos bagres ama-

rillos que se pescaron en el Uruguay. Bajamos todos juntos al río.

Se baja por un camino muy suave, y espacioso, que tendrá unas 20 cuadras,

siendo los dos tercios entre árboles en todo parecidos a los del Río Negro, a ex-

cepción de uno que otro que no pude clasificar por falta de caracteres y no ser la

estación oportuna. Al acercarnos al río el camino era arenisco y de arena gruesa: no

hay barrancas altas, y se explaya bien el río: hay muchos pedernales sueltos y ágatas

en [las que] la naturaleza ha agotado todos sus caprichos, representando mil figuras

como de frutas petrificadas, y por tales las tiene el vulgo. Es verdad que sus aguas

tienen fama de ser muy petrificadoras; y yo he visto grandes trozos de ñandubay en

esta forma. El río tiene aquí a mi juicio una milla: mucho fondo, pues una balandra

que estaría como a 100 varas, contaba unas 12 brazas y una goleta de los diputados

que estaba a doble distancia tendría unas 20 brazas; y se dice que en la canal no se

alcanza el fondo. Su corriente no debe ser muy rápida porque advertí que pasaba al

otro lado con facilidad una canoílla. En el puerto había unos ranchos que servían de

cuerpo de guardia, y [en] uno de ellos estaban los Jefes de los cuerpos de Buenos

Aires que sostenían a Alvear, y después de su caída, fueron remitidos con una barra

de grillos a la disposición de nuestro General, quien los tenía en custodia con ánimo

de volverlos, como después se ha verificado. Conducta que ha sido con justicia suma-

mente aplaudida por los buenos americanos; y que ha acabado de desengañarlos

que nuestro Héroe no es una fiera ni un facineroso, como lo habían pintado con

negros colores sus émulos o envidiosos de su gloria.

Junio14 de 1815. En este día bajaron a tierra los Diputados de Buenos Aires,

Pico y Dr. Rivarola, que nada pudieron tratar hasta no haberse concluido nuestra 

comisión. Por la tarde llego un indio de Misiones, capitán de aquellas milicias, con

pliegos en que avisaba de la retirada de los paraguayos hasta Candelaria: pedían

municiones y armas que se le dieron y llevaban en una carretilla. Los paraguayos

han tenido una conducta muy ambigua y contradictoria y poco han hecho por la

causa de América; y después de esto trataban de aumentar su territorio a costa de

nuestra Provincia lo que no podía permitir nuestro General. Concluimos nuestra

misión y por extraordinario remitimos nuestros pliegos, pues nosotros yendo en ca-

rruaje debíamos demorarnos más de lo que exigía la importancia de la contesta-

ción”.

En: Larrañaga, Viaje a Paysandú.

117. “1a Será reconocida la convención de la Provincia Oriental establecida en el

acta del congreso del 5 de abril de 1813, del tenor siguiente: La Banda Oriental

entra en el rol para formar el Estado denominado Provincias Unidas del Río de la

Plata. Su pacto con las demás provincias es el de una alianza ofensiva y defensiva.

Toda Provincia tiene igual dignidad e iguales privilegios y derechos y cada una

renunciará al proyecto de subyugar a la otra. La Banda Oriental del Uruguay entra

en el pleno goce de toda su libertad y derechos, pero queda sujeta desde ahora a la

Constitución que organice el Congreso General del Estado legalmente reunido, te-

niendo por base la libertad.

“2a Se reconocerá que al comenzarse la revolución general, cada provincia en-

traba en ella mirando como propio cuanto le pertenecía en aquel acto, y que podrá

desprenderse y enajenarse de cualquier porción en auxilio de las demás provincias

según las exigencias de cada una de ellas.

“3a Se reconocerá que le introducción de tropas de Buenos Aires en la Banda

Oriental del Uruguay, jamás fué con el objeto, ni bajo el sistema de conquista.

“4a Consiguientemente será reconocido como perteneciente a la Provincia Oriental

del Uruguay cuanto extrajo de ella el gobierno anterior.

“5a De lo extraído se devolverán tres mil fusiles, de ellos mil quinientos al conta-

do, doce piezas de artillería de campaña de dos, cuatro y seis. Se coronará la plaza

con todas las piezas de muralla que precisa, debiendo ser de bronce la mayor parte

de ellas. El servicio competente para todas y cada una de ellas, nueve lanchas caño-

neras armadas y listas de todo, pólvora suelta, cartuchos de cañón y fusil a bala,

cincuenta y cinco mil piedras de chispa, morteros y obuses, la mitad de lo que se

llevaron, bombas y granadas, todo con lo preciso para su servicio. La imprenta.

“6a Reconocerá la caja de Buenos Aires la deuda de doscientos mil pesos en favor

de la Provincia Oriental del Uruguay por las cantidades extraídas de ella pertenecien-

tes a propiedades de españoles en Europa, cuya suma debe ser satisfecha en el pre-

ciso término de dos años, admitiendo para ayudar la facilitación de este pago la 

mitad de los derechos que los buques de los puertos de la Provincia Oriental del

Uruguay deben pagar en Buenos Aires.

“7a Se auxiliará con instrumentos de labranza a los labradores de la Provincia

Oriental del Uruguay en la forma bastante a resarcir al menos en una quinta parte

los grandes perjuicios que han sufrido.

“8a Queda por el artículo anterior satisfecho el vecindario que quedó sin docu-

mentación de las cantidades de trigo y número de ganados con que proveyó a la

subsistencia del ejército auxiliador desde la primera hasta la segunda campaña.

“9a Todo lo demás que perteneciese a la Provincia Oriental del Uruguay, de lo

extraído, quedará en clase de depósito en Buenos Aires, para auxiliar con ello a las

demás Provincias con precisa intervención de la dicha Provincia y a ella misma

según sus urgencias ulteriores.

“10a Será particularmente protegido el comercio de la Provincia Oriental con

Buenos Aires.

“11a La artillería de muralla que se pide y lo precisa para el servicio de ella, será

conducido directamente a Montevideo a costa de la caja de Buenos Aires, y la arti-

llería de campaña, sables, fusiles y los otros demás artículos de guerra pedidos,

vendrán a costa de la indicada caía a este puerto de Paysandú.

“12a Se admitirá por el gobierno de Buenos Aires un sistema equitativo para

indemnizar a Montevideo de la contribución enorme que se le hizo sufrir después de

haber sido ocupado por el ejército auxiliador.

“13a Las provincias y pueblos comprendidos desde la margen oriental del Paraná

hasta la occidental, quedan en la forma inclusa en el primer artículo de este tratado,

como igualmente las provincias de Santa Fe y Córdoba hasta que voluntariamente

quieran separarse de la protección de la Provincia Oriental del Uruguay y dirección

del jefe de los orientales.

“14a Los trece artículos precedentes serán ratificados dentro de nueve días por el

Excmo. Gobernador de Buenos Aires”.

PROPOSICIÓN DE LOS COMISIONADOS PORTEÑOS. PAYSANDÚ, JU-

NIO 17 DE 1815

“1a Buenos Aires reconoce la independencia de la Banda Oriental del Uruguay,

renunciando los derechos que por el anterior régimen le pertenecían.

“2a Habrá paz y amistad eterna entre las provincias contratantes por haber ya

desaparecido los motivos de discordia. Se echará un velo sobre todo lo pasado y será

un deber de ambos gobiernos castigar con rigor a los que quisieran hacer valer sus

venganzas o resentimientos particulares, ya sean muchos o un individuo solo.

“3a Jamás podrá pedir la provincia de Buenos Aires indemnización bajo ningún

pretexto, de los cinco millones y más pesos que gastó en la toma de Montevideo. Ni la 

Oriental podrá formarle cargos a la de Buenos Aires de los auxilios que le haya

franqueado.

“4a Bajo de estas justas y equitativas bases, Buenos Aires se compromete a auxi-

liar a la Provincia Oriental con todo cuanto esté de su resorte para llevar adelante la

guerra contra los españoles, contando Buenos Aires con la recíproca de la Oriental.

“5a Las provincias de Corrientes y Entre Ríos quedan en libertad de erigirse o

ponerse bajo la protección del gobierno que gusten.

“6a Se devolverán recíprocamente los prisioneros que se hayan hecho en la últi-

ma guerra.

“7a Siendo de opinión los mejores militares de la América que las fortalezas en

ella son más bien opuestas a sus intereses, que propias para su conservación por

razones muy obvias, se propone que si no es contra los intereses de la Provincia

Oriental se demuelan las murallas de Montevideo por convenir así a los intereses

generales de la nación.

“8a Las personas, propiedades y comercio de todos los pueblos e individuos de

las respectivas provincias serán altamente protegidos por ambos gobiernos.

“9a Bajo el supuesto que todo lo pasado ha de olvidarse, ningún ciudadano podrá

ser perseguido ni encausado por sus opiniones anteriores, ni por los escritos, ni por

los servicios hechos antes de la presente transacción, y todos los que se hallasen en

arresto o confiscación serán restituidos a su libertad sin la menor demora.

“10a Todos los emigrados que por estas diferencias hubiesen abandonado sus

casas y haberes, siempre que vuelvan a ellas les serán restituidos sin causarles extor-

sión.

“11a Todos los buques que hayan sido apresados por los jefes orientales o sus

dependencias después de la evacuación de Montevideo por las tropas de Buenos

Aires, serán restituídos a sus dueños.

“12a Se hará un tratado de comercio por comisionados que se nombren de ambas

provincias para el efecto, en el que arreglándose los principales ramos de él causen

el engrandecimiento de ambas provincias.

“13a Por ahora pagarán solamente un cuatro por ciento sobre los principales, los

efectos y frutos que se extraigan de provincia a provincia, debiendo verificarse el

pago en el punto en que se haga la extracción.

“14a El anterior artículo será comprensivo a las provincias de Entre Ríos y Co-

rrientes.

“15a Los artículos acordados serán ratificados en el preciso término de quince

días”.

En: Archivo Mitre (B.A.). 

¿A QUIÉN CORRESPONDE EL FRACASO?

Dejando de lado las cláusulas accesorias, pueden resumirse así las exigencias

formuladas por el jefe de los orientales: la Banda Oriental y las provincias de Entre

Ríos, Corrientes, Misiones, Córdoba y Santa Fe, entran al pleno goce de su libertad

y derecho, y quedan sujetas como partes integrantes de las Provincias Unidas a la

Constitución que dicte el Congreso Nacional sobre la base de la libertad; todas las

provincias tienen iguales privilegios y derechos, y cada una renunciará al proyecto

de subyugar a las otras; la ocupación de la Banda Oriental por las tropas de Buenos

Aires no fué realizada con fines de conquista, y en consecuencia, debe restituirse el

material de guerra extraído de la plaza de Montevideo por el ejército de Alvear y

acordarse las compensaciones y reembolsos procedentes de confiscaciones y contri-

buciones impuestas en el mismo territorio.

El plan de los comisionados argentinos era sustancialmente éste: el gobierno de

Buenos Aires reconoce la independencia de la Banda Oriental; renuncia a sus dere-

chos sobre ella; deja a las Provincias de Entre Ríos y Corrientes en libertad de

acción; se obliga a ayudar a la Banda Oriental en caso de lucha con España; y

declara compensados los gastos y auxilios de la guerra. A estas bases, que eran las

emanadas de Buenos Aires, agregaron los comisionados según el oficio ya transcripto,

el ofrecimiento de algunas de las armas extraídas del parque de Montevideo por el

ejército de Alvear.

Hay un abismo entre los dos planes, como se ve.

Artigas quería quedar incorporado a las Provincias Unidas del Río de la Plata, y

el gobierno de Buenos Aires rechazaba en absoluto la idea de la unión. Artigas que-

ría que se reuniera un congreso de todas las provincias y que ese congreso sanciona-

ra una constitución nacional, a base de amplia libertad, mientras que el gobierno de

Buenos Aires no quería oír hablar de constitución nacional, ni de abandono del

odioso predomina que ejercía. Artigas quería que todas las provincias entraran en el

goce de sus derechos y el gobierno de Buenos Aires prefería guardar un silencio

absoluto sobre el particular. Artigas quería amparar a las provincias que lo habían

aclamado protector y que se habían puesto bajo su dirección y Buenos Aires aunque

reconocía a Entre Ríos y Corrientes ese derecho, lo desconocía totalmente a las

demás. Artigas, finalmente quería la declaración de que las tropas de Alvear no

habían ocupado a Montevideo a títulos de conquista y el gobierno de Buenos Aires

sostenía lo contrario para que no fueran discutidas ni la sustracción del valioso

parque de la plaza, ni las confiscaciones y contribuciones con que fué arruinado su

comercio al día siguiente de rendida la guarnición española.

Tal es el paralelo de las dos fórmulas, y basta indicarlo para persuadirse de que

toda la responsabilidad del fracaso de las negociaciones de paz está del lado del go- 

bierno de Buenos Aires, que no quería renunciar al cetro, pero que aunaba las dificul-

tades desgajando del núcleo de las Provincias Unidas tres de las unidades que lo inte-

graban, con tal de que no volviera a hablarse de constitución nacional ni de libertades

provinciales. En cambio, ¡cuánto se agiganta la figura de Artigas en esta controversia!

En: Eduardo Acevedo, o.c.

118. “Conducido siempre por la prudencia” y “ansioso de la concordia general”-

a los pueblos para que por medio de sus diputados formalizaran “cualquier medida

competente a su ulterior felicidad”. “No pudimos acordar con los diputados de Buenos

Aires los principios que debían fijarla”, y creyendo que por la grande importancia del

asunto, “ debía sujetarse al escrutiño de la expresión general”, “convoqué a un Con-

greso de todos los diputados que hasta aquella fecha se habían reunido, tanto de la

Banda Oriental como de los demás pueblos que tengo el honor de proteger”.

“Ya reunidos en esta villa de la Concepción del Uruguay, en 29 del corriente,

(junio de 1815), expuse lo urgente de las circunstancias para no dejar en problema

estos resultados”.

“Califiqué las proposiciones que por ambas partes se habían propuesto, su con-

veniencia o disonancia en todas y cada una de sus partes, y después de muchas

reflexiones, resolvió tan respetable Corporación, marchasen nuevamente ante el go-

bierno de Buenos Aires cuatro Diputados que a nombre de este Congreso General,

representasen la uniformidad de sus intereses y la seguridad que reclaman sus pro-

vincias. Al efecto partirán en breve para aquel destino los ciudadanos Dr. Cossio,

nombrado por el Entre Ríos, el Dr. Andino, por Santa Fe, el Dr. Cabrera, por Córdo-

ba, y don Miguel Barreiro, por la Banda Oriental, todos con los poderes e instruccio-

nes bastantes a llenar su comisión”.

119. Sería convenientísimo, antes de formar el plan y arreglo de Campaña q.e VS.

publicase un Bando, y lo transcribiese á todos los Pueblos dela Prov.a relativo á q.e

los Hacendados poblasen y ordenasen sus Estancias p.R si ó por medio de Capata-

ces reedificando sus poseciones, sujetando sus Haciendas á Rodeo, marcando, y po-

niendo todo el órn devido p.a obviar la confusión, q.e hoy se experimenta, desp.s de

una mesela grál. Prefixe VS. el termino de dos meses p.a operacion tan interesante, y

el q.e hasta aq.a fecha no hubiese cumplido esta determinacion, ese M. Ilustre Cav.do

Gov.or debe comminarlos con la pena, de q.e sus terrenos serán depositados en brazos

utiles, q.e con su labor fomenten la poblacion, y con ella la prosperidad del Paiz.

Asi mismo procure VS. qu.e en la administracion publica se guarde la mayor

economia tanto en los sueldos, como en la minoridad delos agentes. VS. conoce,

como yo la indigencia dela Prov.a y todos y cada uno de sus individuos deben con- 

vencerse de la necesidad de hacer algunos sacrificios en obsequio de Su Patria.

Quedo cerciorado de la generosidad con q.e ese Cuerpo Civico ha dispensado sus

servicios voluntarios p.r mantener la dignidad de esa Ciudad. Espero, q.e los demas

se penetren de esa franqueza y q.e animados del virtuoso exemplo de VS. prodigarán

los mayores esfuerzos. Yo no haré mas, q.e dirigirlos á su propia felicidad, y perpe-

tuar mis grandes deseos hasta ver asegurado en nros territorios el Pabellon dela

Libertad, y la epoca feliz.

Tengo la honrra de saludar á VS. y dedicarle toda mi afección. Paysandú 4,,

Agosto 1815,, José Artigas, Al M. Ilustre Cav.do Gov.or de Montevideo.

120. En Río, Alvear escribió, el 23 de agosto de 1815, una lamentable nota al

ministro español ante la Corte portuguesa. Villalba, pidiendo su reincorporación al

ejército español y la gracia de Fernando VII:

“Es muy deplorable a un español -dice- que ha nacido con honor y que procuró

acreditarlo entre los gloriosos defensores de la nación, presentarse ahora a vindicar

su conducta en actitud de delincuente y con asombra de rebelde o enemigo del Rey.

Yo me habría ido lejos de los hombres a ocultar mi vergüenza, si no conservase una

esperanza de hacer disculpables mis procedimientos o si conociera menos la cle-

mencia del Soberano y la indulgencia de sus ministros”. Expone que fue a Buenos

Aires mezclándose en política y “animado de la esperanza de rectificar las ideas que

alimentaba el fanatismo de la multitud... agregueme al partido de los que eran cono-

cidos por más vehementes y acalorados con el objeto de adquirirme un crédito ele-

vado de patriota y tomar ascendiente sobre los que suponía más capaces de una

oposición sostenida a la idea de conciliación”. Ocupó el Directorio Supremo para

“aventurarse a un paso decisivo que pusiese término a esta maldita revolución...

pero había quienes no querían que el país volviese a su antigua tranquilidad, y apo-

yados por la conducta de don José Artigas en la Banda Oriental, iban a alejar toda

esperanza de orden y de subordinación a la legítima autoridad... y por eso he caído,

por eso he sido víctima: porque mi decidido conato ha sido volver estos países a la

dominación de un Soberano que solamente puede hacerlos felices. Por eso yo, con

mi familia, como otros compañeros en desgracia, no trepidamos en presentarnos

voluntariamente a V.E. y permanecemos bajo su protección... espero que conside-

rándome com vasallo que sinceramente reclama la gracia de su Soberano y está

dispuesto a merecerla, se sirva recomendarme a Su Majestad ante quien me presen-

taré, luego que halle seguro transporte para mi persona y mi familia”.

Villalba envió la nota a Madrid, pero el gobierno de Fernando VII no dio res-

puesta a la misma.

En: Reyes Abadie, o.c.

121. “Por lo mismo he resuelto delegar al ciudadano Miguel Barreiro para arre-

glar los diferentes ramos de la administración”. “V.S. sabe la confianza que él me

merece por sus desvelos y virtudes, y ella me empeña a presentarlo para facilitar la

adopción de las medidas que deben garantir en lo sucesivo nuestra seguridad. La

manera de entablar nuestro comercio, la economía en todos los ramos de la adminis-

tración pública, el entable de las relaciones extranjeras y otros varios negocios for-

man el objeto de su misión. V.S. tendrá en todos ellos la intervención competente,

para que dirigiendo a un mismo fin nuestras miras, contribuya así cada cual, en la

parte que le corresponde, a fijar la felicidad del país y realizar el triunfo de la liber-

tad”.

“Desde que salió la gente de Otorgués y entró la de Rivera”, dicen esos historia-

dores, “desapareció de esta ciudad la congoja y volvieron los ánimos a tomar aliento

y confianza. Ninguna tropa en el mundo se ha mostrado más subordinada y atenta,

en medio de la suma desnudez en que se hallaba. Todos a porfía deseaban hacer bien

a los soldados y pudo desde luego cualquier persona andar a deshoras de la noche

por la ciudad con toda confianza”.

“Barreiro entró en esta plaza el 29 de agosto. Desde luego trató de aliviar al

pueblo y de observar a sus perseguidores. La Junta de vigilancia fue deshecha. Los

gastos del Estado que antes recrecían en manos de asentistas, se redujeron a la ma-

yor economía. Los ingresos públicos eran administrados con prudente regla. Una

economía bien entendida los hacía suficientes sin necesidad de recurrir a las

exacciones extorsivas”.

“En fin, este joven austeramente desinteresado se mostraba, con admiración de

todos, versadísimo y veterano en los más arduos negocios. Su más que mediana

instrucción, su genio vasto, su corazón sensible, y un feliz conjunto de prendas mora-

les, le hicieron mirar como el iris de la concordia. Algunos le reputaban la tendencia

versátil e inconsecuente, pero sin hacerse cargo de que en el hombre de Estado, no

debe estudiarse al hombre particular. El dió vado a cuanto estuvo a su cargo, con

presteza y sin afectación, manteniendo al mismo tiempo la plaza en buen estado de

defensa”.

“Y aunque tengo plena confianza en su honorabilidad y rectitud” creyendo como

creo que usted desempeñará la delegación del gobierno con toda aquella modera-

ción que debe existir en el carácter del funcionario público, sin embargo, debo reco-

mendarle muy encarecidamente el que ponga usted todo su especial cuidado y toda

su atención en ofrecer y poner en práctica todas aquellas garantías necesarias para

que renazca y se asegure la confianza pública; que se respeten los derechos privados

y que no se moleste ni persiga a nadie por sus opiniones privadas, siempre que los

que profesen diferentes ideas a las nuestras no intenten perturbar el orden y envol- 

vernos en nuevas revoluciones. “Así es que en ese camino sea usted inexorable y no

condescienda de manera alguna con todo aquello que no se ajuste a la justicia y a la

razón y castigue usted severamente y sin miramiento a todos los que cometan actos

de pillaje y que atenten a la seguridad o a la fortuna de cualquiera de los habitantes

de esa ciudad”.

En: Isidoro de María, Compendio de la Historia

Artigas le pide que “...ponga Ud. todo su especial cuidado y toda su atención en

ofrecer y poner en práctica todas aquellas garantías necesarias para que renazca y

se asegure la confianza pública; que se respeten los derechos privados y que no se

moleste a nadie por sus opiniones, siempre que los que profesan diferentes ideas a

las nuestras no intenten perturbar el orden y envolvernos en nuevas revoluciones”.

“ En ese camino, sea Ud. inexorable y no condescienda de manera alguna con

todo aquello que no se ajuste a la justicia y a la razón, y castigue Ud. severamente y

sin miramiento a todos los que cometan actos de pillaje y atenten a la seguridad o a

la fortuna de los habitantes de esa ciudad”.

122. “A consecuencia de una orden de marcha a campaña dada al cuerpo de

cívicos fueron depuestos y aprisionados en la madrugada del 2 de setiembre Barreiro,

el comandante de artillería, el capitán del puerto y otras personas, por los soldados

de ese batallón y un grupo de pueblo que los secundaba. Al día siguiente se efectuó

un cabildo abierto, con asistencia de numerosos ciudadanos, entre los que figuraban

don Dámaso Larrañaga, fray José Lamas, don Juan María Pérez, el doctor Luis

Revuelta, don Luis Eduardo Pérez y don Felipe Maturana.

Interrogados algunos de los asistentes acerca de los sucesos que acababan de

producirse, dijeron “haber encontrado sospechosos en las circunstancias a los ciu-

dadanos arrestados y haber visto con desagrado que se determinaba la marcha del

cuerpo de infantería cívica a campaña, y que por estos y otros particulares de no

menor consideración creían haberlo hecho fundadamente y que su voluntad era que

desde el acto resumiese la corporación el gobierno militar y político de la Provincia

usando plenamente el carácter y representación que le han dado los pueblos por

quienes fué electo”.

Contestó el Cabildo “que el pueblo le hacía el mayor honor haciéndolo digno de

su confianza y que dándole por lo mismo las gracias con sus mejores sentimientos,

ofrecía que su voluntad sería cumplida escrupulosamente y con la extensión y liber-

tad que deseaba”.

De conformidad a estas ideas, el Cabildo reasumió el mando, dejó sin efecto la

salida a campaña de los cívicos y dio libertad a los presos políticos. Pero en el acto

vino la reacción, fugaron o fueron aprehendidos los factores principales del motín, y 

el 5 de setiembre, es decir, tres días después del movimiento revolucionario, declara-

ba el Cabildo: que “para evitar la efusión de sangre y desórdenes consiguientes a la

violencia de las pasiones desenfrenadas, se había visto en la necesidad de atem-

perarse a los designios de algunos facciosos que ya con seducciones, ya con la fuer-

za lograron reunir a muchos individuos intimidados tal vez de sus amenazas”, y

acordaba “que mediante haber cesado aquellos motivos y serenándose la convulsión

con la fuga de unos y prisión de otros cabezas de revolución, debía declarar como

declara por nulo y de ningún valor ni efecto todo lo obrado en la mañana del dicho

día y que se haga así entender al público, agregando que con sólo el objeto de evitar

los desórdenes indicados, cedió en aquellas circunstancias apuradas y que de consi-

guiente debe continuar y continúa simplificando el gobierno en el señor delegado

ciudadano Miguel Barreiro y señor regidor ciudadano Joaquín Suárez”. (Actas del

Cabildo, reproducidas por De-María, “Compendio Histórico”).”

En: Eduardo Acevedo,o.c.

123. Reglamento Provisional que observarán los recaudadores de derechos que

deberán establecer en los puertos de las provincias confederadas de esta Banda

Oriental del Paraná, hasta el formal arreglo de su comercio.

Derechos de introducción:

Primeramente los buques menores pagarán dos pesos de ancleo en los puertos y

cuatro los mayores.

Un veinticinco por ciento en todo efecto de ultramar sobre el aforo del pueblo a

excepción de los siguientes:

Los caldos y aceites, el treinta por ciento.

La loza y vidrios, el quince por ciento.

El papel y el tabaco negro, el quince por ciento.

Las ropas hechas y calzados, el cuarenta por ciento.

Los demás efectos de ultramar, el veinticinco por ciento indicado.

Derechos de introducción en los frutos de América:

Pagarán solamente un cuatro por ciento de alcabala:

Los caldos, pasas, nueces de San Juan y Mendoza.

Los lienzos de Tocuyo y el algodón de Valle y Rioja.

La yerba y tabaco del Paraguay.

Los ponchos, jergas y aperos de caballo.

Los trigos y harinas.

Estos y demás frutos de América pagarán un cuatro por ciento, además pagarán

un cuatro por ciento los hacendados en la introducción de los cueros, así vacunos

como caballares. Los sebos, las crines, los cueros, chapas y puntas de los mismos.

Libre de derechos en su introducción:

El azogue, las máquinas, los instrumentos de ciencia y arte, los libros e impren-

tas, las maderas y tablazones, la pólvora, azufre, salitre y medicina, las armas blan-

cas y de chispa y todo armamento de guerra. La plata y el oro sellado o en chafalonías,

labradas, en pasta o en barra.

Derechos de extracción:

Todo fruto de estos países pagará en su salida un cuatro por ciento de derecho a

excepción de los siguientes:

El cuero de macho, una real por cada cuero, de ramo de guerra, un cuatro por

ciento de alcabala y dos por ciento de subvención. Los de hembra, los mismos dere-

chos.

El cuero de yegua un medio real, ramo de guerra cuatro por ciento de alcabala y

dos por ciento de subvención.

El sebo, las crines, los cueros, chapas y puntas de los mismos, el ocho por ciento.

Las suelas, becerros y badanas, las peleterías de carnero, nutria, venado guanaco

y demás del país, el ocho por ciento.

La plata labrada en piña o chafalonía el doce por ciento.

La plata sellada, el seis por ciento de salida.

El oro sellado, el diez por ciento.

El jabón, las cenizas , el carbón, la leña y demás productos de estos países, el

cuatro por ciento de alcabala en su salida.

Libres de derechos en su salida:

Las harinas de maíz y las galletas fabricadas con el mismo.

Son igualmente libre de todo derecho los efectos expostados para la campaña y

pueblos del interior. -en ellos pagarán solamente treinta pesos anualmente, por ramo

de alcabala, cada una de las pulperías o tiendas existentes en ellas.

Visto este reglamento, quedan abolidos todos los demás derechos anteriormente

instituidos, y para su cumplimiento lo firmé en este Cuartel General, a 9 de setiem-

bre de 1815.

- José Artigas.

124. REGLAMENTO PROVISORIO DE LA PROVINCIA ORIENTAL PARA

EL FOMENTO DE LA CAMPAÑA Y SEGURIDAD DE SUS HACENDADOS.

CUARTEL GENERAL, 10 DE SETIEMBRE DE 1815.

1o. - El señor alcalde provincial, además de sus facultades ordinarias, queda

autorizado para distribuir terrenos y velar sobre la tranquilidad del vecindario, siendo

el juez inmediato en todo el orden de la presente instrucción. 

2o. - En atención a la vasta extensión de la campaña podrá instituir tres sub-

tenientes de provincia, señalándoles su jurisdicción respectiva y facultándolos según

este reglamento.

3o. - Uno deberá instituirse entre Uruguay y Río Negro, otro entre Río Negro y Yí;

otro desde Santa Lucía hasta la costa del mar, quedando el señor alcalde provincial

con la jurisdicción inmediata desde el Yí hasta Santa Lucía.

4o. - Si para el desempeño de tan importante comisión hallare el señor alcalde

provincial, y subtenientes de provincia, necesitarse de más sujetos podrá cada cual

instituir en sus respectivas jurisdicciones jueces pedáneos, que ayuden a ejecutar

las medidas adoptadas para el establecimiento del mejor orden. 5o. - Estos comi-

sionados darán cuenta a sus respectivos subtenientes de provincia; éstos al señor

alcalde provincial, de quien recibirán las órdenes precisas; éste las recibirá del

gobierno de Montevideo, y por este conducto serán trasmisibles otras cualesquie-

ra que además de las indicadas en esta instrucción, se crean adaptables a las

circunstancias.

6o. - Por ahora el señor alcalde provincial y demás subalternos se dedicarán a

fomentar con brazos útiles la, población de la campaña. Para ello revisará cada

uno, en sus respectivas jurisdicciones, los terrenos disponibles; y los sujetos dignos

de esta gracia con prevención que los más infelices serán los más privilegiados. En

consecuencia, los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos

pobres, todos podrán ser agraciados con suerte de estancia, si con su trabajo y hom-

bría de bien propenden a su felicidad y a las de la provincia.

7o. - Serán igualmente agraciadas las viudas pobres si tuvieren hijos. Serán igual-

mente los casados a los americanos solteros, y éstos a cualquier extranjero.

8o. - Los solicitantes se apersonarán ante el señor alcalde provincial, o los subal-

ternos de los partidos, donde eligieron el terreno de su población. Estos darán su

informe al señor alcalde provincial y éste al gobierno de Montevideo de quien obten-

drán la legitimación de la donación, y la marca que deba distinguir las haciendas del

interesado en lo sucesivo.

Para ello, al tiempo de pedir la gracia se informará si el solicitante tiene o no

marca, si la tiene será archivada en el libro de marcas, y de no, se le dará en la forma

acostumbrada.

9o. - El M. I. Cabildo Gobernador de Montevideo despachará estos rescriptos en

la forma que estime más conveniente. Ellos y las marcas serán dados graciosamente,

y se obligará al regidor encargado de propios de ciudad, lleve una razón exacta de

estas donaciones de la provincia.

10o. - Los agraciados serán puestos en posesión desde el momento que se haga la

denuncia por el señor alcalde provincial o por cualquiera de los subalternos de éste. 

11o. - Después de la posesión serán obligados los agraciados por el señor alcalde

provincial o demás subalternos a formar un rancho y dos corrales en el término preci-

so de dos meses, los que cumplidos, si se advierte omisión, se les reconvendrá para que

lo efectúen en un mes más, el cual cumplido, si se advierte la misma negligencia, será

aquel terreno donado a otro vecino más laborioso y benéfico a la provincia.

12o. - Los terrenos repartibles son todos aquellos de emigrados, malos europeos

y peores americanos que hasta la fecha no se hallan indultados por el jefe de la

provincia para poseer sus antiguas propiedades.

13o. - Serán igualmente repartibles todos aquellos terrenos que desde el año 1810

hasta el de 1815, en que entraron los orientales a la plaza de Montevideo, hayan sido

vendidos o donados por el gobierno de ella.

14o. - En esta clase de terrenos habrá la excepción siguiente: si fueran donados o

vendidos a orientales o a extraños; si a los primeros, se les donará una suerte de

estancia conforme al presente reglamento; si a los segundos, todo es disponible en la

forma dicha.

15o. - Para repartir los terrenos de europeos y malos americanos se tendrá pre-

sente si éstos son casados o solteros. De éstos todo es disponible. De aquéllos se

atenderá al número de sus hijos, y con concepto a que éstos no sean perjudicados, se

les dará lo bastante para que puedan mantenerse en lo sucesivo, siendo el resto

disponible, si tuvieren demasiado terreno.

16o. - La demarcación de los terrenos agraciables será legua y media de frente, y

dos de fondo, en la inteligencia que puede hacerse más o menos extensiva la demar-

cación, según la localidad del terreno, en el cual siempre se proporcionará aguadas,

y si lo permite el lugar, linderos fijos; quedando al celo de los comisionados, econo-

mizar el terreno en lo posible, y evitar en lo sucesivo desavenencias entre vecinos.

17o. - Se velará por el gobierno, al señor alcalde provincial y demás subalternos

para que los agraciados no posean más que una suerte de estancia; podrán ser pri-

vilegiados sin embargo, los que tengan más de una suerte de chacra; podrán tam-

bién ser agraciados los americanos que quisiesen mudar de posesión, dejando las

que tienen a beneficio de la provincia.

18o. - Podrán reservarse únicamente para beneficio de la provincia el Rincón de

Pan de Azúcar y el del Cerro, para mantener las reyunadas de su servicio. El Rincón

del Rosario, por su extensión, puede repartirse hacia el lado de afuera entre algunos

agraciados, reservando en los fondos una extensión bastante a mantener cinco o seis

mil reyunos de los dichos.

19o. - Los agraciados, ni podrán enajenar, ni vender estas suertes de estancia, ni

contraer sobre ellos débito alguno, bajo la pena de nulidad hasta el arreglo formal

de la provincia, en que ella deliberará lo conveniente. 

20o. - El M.I. Cabildo Gobernador, o quién él comisione, me pasará un estado del

número de agraciados y sus posiciones para mi conocimiento.

21o. - Cualquier terreno anteriormente agraciado entrará en el orden del presen-

te reglamento, debiendo los interesados recabar por medio del señor alcalde provin-

cial su legitimación en la manera arriba expuesta, del M.I. Cabildo de Montevideo.

22o. - Para facilitar el adelantamiento de estos agraciados, quedan facultados el

señor alcalde provincial y los tres subtenientes de provincia, quienes únicamente

podrán dar licencia para que dichos agraciados se reúnan y saquen animales, así

vacunos como caballares, de las mismas estancias de los europeos y malos america-

nos que se hallen en sus respectivas jurisdicciones. En manera alguna se permitirá

que ellos por sí solo lo hagan: siempre se les señalará un juez pedáneo, y otro comi-

sionado para que no se destrocen las haciendas en las correrías, y las que se tomen

se distribuyan con igualdad entre los concurrentes, debiendo igualmente celar así el

alcalde provincial, como los demás subalternos, que dichos ganados agraciados no

sean aplicados a otro uso que el de amansarlos, caparlos y sujetarlos a rodeo.

23o. - También prohibirán todas las matanzas a los hacendados, sino acreditan

ser ganados de su marca; de los contrario serán decomisados todos los productos, y

mandados a disposición del gobierno.

24o. - En atención a la escasez de ganados que experimente la provincia se pro-

hibirá toda tropa de ganado para Portugal. Al mismo tiempo que se prohibirá a los

mismos hacendados la matanza del hembraje, hasta el restablecimiento de la cam-

paña.

25o. - Para estos fines, como para desterrar los vagabundos, aprehender malhe-

chores y desertores, se le dará al señor alcalde provincial, ocho hombres y un sar-

gento, y a cada tenencia de provincia, cuatro soldados y un cabo. El cabildo delibe-

rará si éstos deberán ser de los vecinos, que deberán mudarse mensualmente, o de

soldados pagos que hagan de esta suerte su fatiga.

26o. -Los tenientes de provincias no entenderán en demandas. Esto es privativo

del señor alcalde provincial, y de los jueces de los pueblos y partidos.

27o. - Los destinados a esta comisión, no tendrán otro ejercicio que distribuir

terrenos y propender a su fomento, velar sobre la aprehensión de los vagos, remitién-

dolos o a este Cuartel General, o al gobierno de Montevideo, para el servicio de las

armas. En consecuencia, los hacendados darán papeletas a sus peones, y los que se

hallaren sin este requisito, y sin otro ejercicio que vagar, serán remitidos en la forma

dicha.

28o. - Serán igualmente remitidos a este Cuartel General los desertores con ar-

mas o sin ellas que sin licencia de sus jefes se encuentren en alguna de estas jurisdic-

ciones. 

29o. - Serán igualmente remitidos por el subalterno al alcalde provincial cual-

quiera que cometiere algún homicidio, hurto o violencia con cualquier vecino de su

jurisdicción.

Al efecto lo remitirá asegurado ante el señor alcalde provincial y un oficio insi-

nuándole del hecho. Con este oficio, que servirá de cabeza de proceso a la causa del

delincuente, lo remitirá el señor alcalde provincial al gobierno de Montevideo, para

que éste tome los informes convenientes, y proceda al castigo según el delito.

Todo lo cual se resolvió de común acuerdo con el señor alcalde provincial don

Juan León y don León Pérez, delegados con este fin; y para su cumplimiento lo firmé

en este Cuartel General a 10 de setiembre de 1815.

José Artigas.

NOTA: En el artículo 13, se le agrega esta cláusula: “No comprendiéndose en

este artículo los patriotas acreedores a esta gracia”.

Está conforme con su original y por orden del Excelentísimo Cabildo Gobernador

expedido el presente que certifico y firmo en Montevideo, a 30 de setiembre de 1815.

(firmado) Pedro M. de Taveyro

Secretario.

ESQUEMA DEL REGLAMENTO PROVISORIO

POLITICA: Autoridades:

Alcalde de Pronvincias (art. 1o.) - seguridad - reparto de tierras - juez, 3 Sub-

Tenientes de Provincia (art. 2o.), Jueces pedáneos, “se dedicarán a fomentar con

brazos útiles la población de la campaña” (art.6o), Policía de campaña, para atra-

par: malhechores - vagabundos, desertores.

SOCIEDAD: “Los más infelices serán los más privilegiados”. En consecuencia,

los negros libres, los zambos de esta clase, los indios, y los criollos pobres, todos

podrán ser agraciados con suerte de estancias, si con su trabajo y hombría de bien

propenden a su felicidad, y a la de la Provincia”.

También se tenrán en cuenta a las viudas pobres si tuviesen hijos, los casados

antes que los americanos solteros y estos a cualquier extranjero.

ECONOMIA: Una suerte de estancia.

En 2 meses deben construir un rancho y dos corrales. Al no hacerlo esa tierra

pasará a otra persona. Las tierras repartibles son de: a) malos europeos; b) peores

americanos; c) las tierras dadas por el Cabildo en los años 1810-15.

La estancia tendrá que tener en lo posible límites naturales, su proporción será

legua y media de frente y dos de fondo. Deben de marcar el ganado. La tierra no

podrá ser enajenada, ni venderse. Se prohibe el envío de ganado a Portugal, e igual-

mente la matanza del hembraje hasta el restablecimiento de la campaña. 

EL REGLAMENTO DEL AÑO XV

“El año 15 se inicia con el advenimiento de Alvear a la suprema magistratura de

Buen Aires. En el momento histórico que examinamos careció de visión para enfrentarse

al gran problema de la organización nacional plantedo por los orientales desde 1811 y

ahora en trance de resolverse por las armas. La lucha -como se ha visto en los trabajos

que han precedido al nuestro en esta serie— tuvo por escenario primero a la Banda

Oriental y luego se fué extendiendo hacia el litoral argentino: Corrientes, Entre Ríos, y

más allá todavía del Paraná: Santa Fe y Córdoba. La gran derrota del 10 de enero de

1815, la batalla de Guayabos, abrió las puertas de Montevideo. Librada su provincia de

enemigos, Artigas hasta entonces en su cuartel general de Arerunguá, se puso en marcha

a fines de febrero iniciando una campaña a cuyo fin, luego de apenas mes y medio de

acción, había caído el Directorio de Alvear y estaba disuelta la Asamblea. La Liga

Federal se ha consolidado luego en sus choques diplomáticos con Buenos Aires y se ha

concretado en el Congreso del Oriente. Un momento de paz se abrió para la Provincia

Oriental. Artigas entendió que era llegado el instante de realizar el intento frustrado del

gobierno de Canelones de restablecer la economía del país y encarar la cuestión agraria

sin que olvidemos un importante precedente que hubo durante la dominación porteña. Ya

en ocasión de la misión de Pico y Rivarola, en junio de 1815, había exigido en

el artículo séptimo que “se auxiliara con instrumentos de labranza a los labradores

de la Prov.a Oriental del Uruguay en la forma bastante a resarcir al menos en una

quinta parte los grandes perjuycios q.e han sufrido”.

Poco después, el 8 de agosto, le decía al Cabildo de Montevideo: “Si VS no

obliga a los Hancendados á poblar, y fomentar sus Estancias, si no se toman provid.as

sobre las Estancias de los Europeos fomentándolas, aunq.e sea á costa del Estado:

Si no se pone una fuerte contribución en Ios Ganados de marca estraña introducidos

en las tropas dirigidas p.a el abasto de esa plaza, y consumo de saladeros todo será

confusión: las Haciendas se acabarán totalm.te, y por premio de nros afanes vere-

mos del todo disipado el más precioso tesoro de nro País. Todo lo q.l pongo en el

debido conocim.to de VS p.a la mayor actividad en sus providencias”, etc..

El 18 del mismo mes, también al Cabildo, todavía desde Paysandú:

“Pasé orn. al Com.te de Banguardia p.a q.e se pusiese el orn posible en la cam-

paña y propendiese al fomento de las Estancias, según anuncie a VS. en mis anterio-

res provid.as Igualm.te hise pres.te a dho Com.té q.e en los seguros, q.e se diesen a

los interesados fuese con la sig.te especificación: hasta el arreglo graI de la Prov.a.

Lo q.e trascribo a VS p.a su conocim.to. La importancia de esta medida provisoria y

la multitud de negocios q.e me rodean me privaron de impartirla por ese conducto.

En lo sucesivo D.n Fernando Torgues recabará la aprobación de VS. en la reparti-

ción de Terrenos, a cuyo efecto le dirijo el adjunto oficio. 

Entretanto VS tenga la bondad de proclamar en los Pueblos la necesidad de po-

blar, y fomentar la campaña según mis últimas insinuasiones, mientras llega el S.or

Alc.e Prov.l y podemos poner en execución aq.as medidas, q.e se crean mas eficaces

p.a la realisación de tan importante objeto.

Tengo la honra de saludar a VS, con mi más cordial afección. Paysandú 18 Agos-

to 1815”

José Artigas.

Al M. Il.e Cav.do Govor de Montevideo.

La nota del 8 de agosto promovió una reunión llevada a cabo el 11 de ese mes por

el cuerpo de hacendados. Asistieron también a ella en la Sala del Cabildo Goberna-

dor de Montevideo el Alcalde Provincial y el Comandante de Armas don Fructuoso

Rivera. El acta levantada entonces, expresa que tomando la palabra don Juan de

León como presidente de la reunión, expuso: “que hallándose comisionado por el

Excelentísimo Cabildo Gobernador para apersonarse con el ciudadano León Pérez

ante el Excelentísimo Sr. Capitán General Don José Artigas, con el objeto de hacerle

presente el desarreglo en que la campaña de la Banda Oriental se halla hoy día, y

todo aquello que más pudiese convenir a su remedio, había así mismo, dispuesto se

formase la presente Junta para que tratase y expusiese cuanto fuese del caso, al

efecto indicado, y que, en su virtud, hiciesen presente cuanto hallare necesario al

logro de tan importante objeto. En este concepto, tomando la palabra el ciudadano

Manuel Pérez manifestó que su parecer era el que se expresaba por escrito en un

papel que exibe constante de diez y nueve capítulos, el que leído en alta e inteligible

voz por el secretario fué aprobado en todas sus partes por los ciudadanos Miguel

Glassi y José Agustín Sierra, disponiendo, en su consecuencia todos los demás seño-

res, que se le diese original al señor presidente para que lo elevase al superior cono-

cimiento del señor General. Seguidamente, presentó el ciudadano Francisco Muñoz,

su dictamen también por escrito, el que leído igualmente ordenaron los señores se

practicase con este como con el antecedente.

“Inmediatamente, tomando la palabra el señor Comandante don Fructuoso Rive-

ra, expuso era de parecer que ante todas cosas, se pusiese remedio en punto a los

continuos abusos que públicamente se observaban en los comandantes y tropa que

guarnecen los pueblos y partidos de la campaña; ...siguió Rivera expresando que

estos robos eran unos motivos que arruinaban a todo hacendado y que aún cuando

dicho ganado lo extrajesen de algunas estancias que hay abandonadas, era un per-

juicio que se infería a la Provincia, como legítima dueña de ellas por ser pertenen-

cias de europeos”.

Con el acta de esta reunión por credencial y los documentos que contenían las

iniciativas de Manuel Pérez y Francisco Muñoz marcharon los delegados a Purifica- 

ción donde los recibió Artigas. Robertson nos da una idea bien exacta de cuál habrá

sido el ambiente en que se desarrollo la reunión con los emisarios montevideanos. Al

describir la capital artiguista segun observaciones recogidas en su visita al Protec-

tor de los Pueblos Libres cuenta que cuando llegó al Cuartel General de Purifica-

ción “el Excelentísimo señor Protector de la mitad del Nuevo Mundo estaba sentado

en una cabeza de buey, junto a un fogón encendido en el suelo fangoso de su rancho,

comiendo carne al asador y bebiendo ginebra en un cuerno de vaca. Lo rodeaban

una docena de oficiales andrajosos en posición parecida y ocupados en la misma

tarea de su Jefe. Todos fumaban y charlaban ruidosamente.

“El Protector estaba dictando a dos secretarios que ocupaban en torno de una

mesa de pino las dos únicas sillas que había en toda la choza y esas mismas con el

asiento de esterilla roto.

“Para completar la singular incongruencia de la escena eI piso del departamen-

to de la choza (que era grande y hermosa) en que estaban reunidos el General, su

estado mayor y sus secretarios se encontraba sembrado de ostentosos sobres de to-

das las provincias (distantes algunas de ellas mil quinientas millas de ese centro de

operaciones) dirigidas a su excelencia, el Protector.

“En la puerta estaban los caballos jadeantes de los correos que llegaban cada

media hora, y los caballos de refresco de los correos que salían con igual frecuencia.

“De todos los campamentos llegaban a galope soldados, edecanes, exploradores.

Todos ellos se dirigían a Su Excelencia el Protector, y Su Excelencia el Protector

sentado en una cabeza de buey, fumaba, comía, bebía, dictaba, conversaba y despa-

chaba sucesivamente todos los asuntos que le llevaban a su conocimiento con una

calma distinta de la nonchalance, que demostraba de una manera práctica la verdad

de la axioma “vamos despacio que estoy de prisa”. Pienso que si los negocios del

mundo entero hubieran pesado sobre sus hombros, habría procedído de igual mane-

ra. Parecía, un hombre abstraído del bullicio y era de este solo puntos de vista si me

es permitida la alución, semejante al más grande de los generales de nuestros días”.

Tal era el medio en que se desarrollaron, seguramente, las conferencias con León

Pérez y Juan de León. Allí en torno a la mesa que usaban los secretarios se habría

discutido cada uno de los artículos del Reglamento sobre la base de lo aprobado en

la reunión de la Junta de Hacendados.

No obstante que ese mismo día Artigas le escribía al Cabildo montevideano: “Los

portugueses hacen movimientos vehementes sobre nuestra frontera. Aun ignoro si

serán reales ó aparentes. Avisaré a V.S cualq.r resultado”, y qué honda preocupa-

ción debía embargarlo ante la posibilidad de una nueva invasión que hacía revivir

en su espíritu las escenas de 1811, e. resto del día lo dedicó casi exclusivamente al

Reglamento, a diferencia de otras veces, en que había dividido la jornada resolvien- 

do múltiples y diversos asuntos. Las ideas de Artigas eran claras y precisas sobre las

materias que se iban desenvolviendo a medida que se avanzaba en la redacción de

los artículos: no eran fruto de una improvisación sino el resultado de sólidas expe-

riencias y conceptos arraigados: por lo demás, destruía fácilmente los argumentos

que se le formulaban porque -como lo comprobó directamente Larrañaga- no era

fácil “sorprenderlo con largos razonamientos pues reduce la dificultad a pocas pa-

labras y lleno de mucha experiencia tiene una previsión y un tino extraordinario.

Conoce mucho el corazón humano, principalmente el de nuestros paisanos, y así no

hay quien le iguale en el arte de manejarlos”.

El documento definitivo se inspira en las ideas fundamentales del proyecto de

Azara de 1801: el fomento de la producción y la consagración de la justicia median-

te una equitativa distribución de la tierra. Pero el artiguista tenía un rasgo distinti-

vo. Si Azara había hecho girar sus disposiciones en torno al concepto de que debía

aumentarse la producción, en cambio Artigas, pone su acento en la justicia.

El de Azara es un proyecto económico: el de Artigas es una ley agraria edificada

sobre el principio ético de que las injusticias sociales deben ser reparadas. Y aquí es

precisamente donde estaba Artigas, el Hombre.

Aplicación del Reglamento

A fines de setiembre el Cabildo hacía circular el Reglamento para su cumplimien-

to, en estos términos:

Empeñado el ardiente celo del digno Jefe de la Provincia en promover por medio

de acertadas providencias el fomento y prosperidad de la campaña, bajo el principio

de ser ésta el manantial de la riqueza del país, ha acordado al intento un Reglamento

provisorio datado en 10 del corriente, en que se establecen las reglas que deben

dirigir esta ardua é importante obra. El primer artículo autoriza al señor Alcalde

Provincial don Juan de León, además de sus facultades ordinarias, para distribuir

los terrenos y velar sobre la tranquilidad del vecindario nombrándole Juez inmedia-

to en todo el orden de aquella instrucción, con sujeción á este Ilustre Cabildo Gober-

nador en los casos que detalla ella misma.

En consecuencia, se ha creído indispensable comunicar á usted esta importante

determinación, para que reconociendo y haciendo reconocer en su respectiva juris-

dicción al mencionado señor Alcalde Provincial por Juez inmediato del arreglo de la

campaña se entienda que en lo sucesivo deberán dirigirsele todas las solicitudes

relativas á los objetos de su comisión y den los tenientes que tuviere á bien nombrar

en los departamentos. Lo que se previene á usted para su inteligencia y cumpli-

miento en la parte que le toca.

Sala Capitular de Montevideo, setiembre 28 de 1815.

Pablo Pérez - Pascual Blanco — Ramón de la Piedra - Francisco F. Plá.”

Poco después el Alcalde provincial don Juan de León, al frente de la jurisdicción

del centro (entre el río Yí y Santa Lucía) desde la cruz, daba un Edicto en el que

iniciaba los actos tendientes a tal fin y en el que designaba a Raimundo González,

León Pérez y Manuel Durán como subtenientes. (Art. 2°. del reglamento).

Este es el texto del documento:

Edicto

“Don Juan de León, Alcalde Provincial y Juez más inmediato al orden, arreglo y

repartición de terrenos en esta campaña, etc.

“Por cuanto me tiene conferido por Reglamento Provisorio el señor general don

José Artigas, las ampIias facultades de distribuir y donar suertes de estancia á los que

poco ó mucho han contribuido a la defensa de esta Provincia del poder de los tiranos

que la invadían; y siendo repartibles éstas de las que poseían los que emigraron de esta

Banda, malos europeos y peores americanos, y que hasta fecha no se hallan indultados

por el señor Jefe, para poseer sus antiguas propiedades. Por tanto, y a fin de cumplir

exactamente con lo que se me ordena, dando gusto a los habitantes de esta campaña en

las disposiciones que trato de tomar sobre este particular, llamo á todo aquel benemé-

rito americano, por infeliz que sea, negros libres, zambos de esta clase é indios y

criollos pobres, y del término de 30 días, contados desde la publicación de este Edicto

a tomar suertes de estancias con el número de ganados que se pueda recolectar, com-

puesta cada una de legua y media de frente, y dos de fondo; ocurriendo al efecto donde

existiera el terreno, bien sea antes mí o de los subtenientes de Provincia que lo son: don

Raymundo González, por lo que respecto a la Jurisdicción de entre Uruguay y Río

Negro; don León Perez, de entre Río Negro y Yí; y don Manuel Durán desde Santa

Lucía hasta la costa del mar; entendiéndome yo, con lo que tengo inmediato desde el Yí

hasta la Cruz en la inteligencia que después de presentado cualquiera de los indicados

y hecha la donación general de los terrenos, se procederá conforme a las reglas pres-

critas por el referido Reglamento á su posesión, presentado al gobierno de Montevideo

los rescriptos y marcas que tuviese, en la forma más conveniente,Arroyo de la Cruz,

Enero 14 de 1816. JUAN DE LEON”.

Dice De María que “Los resultados de esta disposición tan laudable en el fondo,

no fueron muy satisfactorios. Pocos interesados se presentaron en demanda de tie-

rras para poblar. La indiferencia, la desidia y aún la facilidad de los medios de vida

para el sustento por la abundancia del ganado, Ios retraía de pensar en adquirir

suertes de estancia para dedicarse al trabajo. Por otra parte, la inseguridad para las

personas y propiedades en la campaña, por efectos de los malevos que la infestaban,

y de la licencia misma de la soldadesca desordenada que debía garantirla, aumenta-

ban las causas del retraimiento a poblar, esterilizando los buenos deseos del Alcalde

Provincial en el cumplimiento de la misión que le había sido conferida”. 

Cabe también señalar que el Alcalde Provincial no cumplió eficientemente con su

cometido v.p. y que por lo demás, la segunda invasión portuguesa que se precipitó

sobre el país, casi inmediatamente no dió tiempo a que se extendiera su aplicación.

Sin embargo, no se ha intentado hasta ahora una investigación dirigida exclusi-

vamente a comprobar el alcance que tuvo el Reglamento artiguista. Se sabe en cam-

bio que los tribunales de la Nación han negado casi siempre validez a tales adjudica-

ciones y dieron, en cambio, prioridad a los “actos legítimos del gobierno español”.

No puede pedirse una aberración más notable, que niega el derecho revolucionario,

surgido de los primeros actos en que se evidencia la “soberanía particular de Ios

pueblos” y desconoce las facultades de nuestro Estado naciente, para disponer de

las tierras públicas “como única al derecho de hacerlo en lo económico de su juris-

dicción”. (artículo 15 de las Instrucciones).

Los gobiernos constitucionales de la República no alcanzaron a advertir su tras-

cendencia y el valor de las ideas que reflejaba: por ejemplo, la adjudicación provi-

sional de los terrenos en posesión que dejaba abierta la posibilidad de un ordena-

miento ulterior sobre la base de la enfiteusis. No comprendieron tampoco, que por

encima de lo circunstancial y accesorio que hay en el Reglamento, contiene ideas de

valor permanente y universal tales como que el trabajo real y efectivo es el único

fundamento aceptable de la propiedad de la tierra o que el Estado debe conservar

una parte considerable de la tierra pública para atender a sus fines y sobre todo

aquello de que los más infelices serán los más privilegiados, concepto en el que se

descubre la imponente grandeza de su autor.

En: Edmundo Narancio, Artigas, o.c.

125. EL CONVENIO COMERCIAL CON LOS INGLESES.

CONVENIO DE PURIFICACION.

La evacuación de las fuerzas de Buenos Aires de las plazas de Montevideo y de la

Colonia del Sacramento, determinaron un cambio sustancial de la Provincia Orien-

tal, no sólo en el aspecto político sino también en el económico.

Fue así que el comodoro de las fuerzas navales de Gran Bretaña en el Río de la

Plata, capitán de Navió Honorable Jocelyn Percy, se dirigió al Jefe de los Orientales

el 20 de febrero de 1815, expresándole que:

“…a pedido de algunos comerciantes ingleses residentes en Colonia, lo intimaba

a que se estableciera la seguridad de sus personas, de sus propiedades y que, sus

transacciones comerciales no fueran perturbadas allí, ni en ningún otro punto del

territorio donde desarrollaran sus actividades y tráfico mercantil…”.

El General Artigas dio al comodoro británico seguridades de la conservación y

garantía de las personas y bienes de sus connacionales, radicados en la Provincia

Oriental o en tránsito, pero advirtió que para realizar sus transacciones comerciales

debían cortar sus relaciones con el gobierno de Buenos Aires, mientras durara el

conflicto con el gobierno oriental. Un bando dictado, posteriormente, el 7 de setiem-

bre, determinó:

“…que para la progresión del Comercio de esta provincia todas las Naciones

podrán introducir sus géneros mercantiles en sólo las tres partes designadas por

consentimiento general, que son la ciudad de San Fernando de Maldonado, la de

Montevideo y Colonia del Sacramento, pagando sus derechos y alcabalas, conforme

se ha ordenado, siendo los Consignatarios solamente los naturales de esta América,

todo mientras el arreglo del Comercio…”.

Dos días después fue dictado el Reglamento Provisional que deberían observar

los recaudadores de derechos y el 16 de setiembre el Cabildo de Montevideo expidió

un bando relativo a las fábricas y al comercio de los frutos del país y a quienes

estaban autorizados para realizarlo.

Dice Agustín Beraza: “…Fue el primer intento nacionalista para romper con el

irreflexivo Libre cambio bonaerense…” e instalar una meditada, consciente y rígida

política proteccionista, que salvaguardara los derechos y los esfuerzos de la produc-

ción nativa.

Luego del asalto de la nave del comerciante inglés Juan Robertson Parish, suce-

dido en la Bajada de Paraná y de la conocida visita a Purificación, donde el caudillo

oriental le diera una autorización para su libre navegación en los ríos en compensa-

ción de su justo reclamo, comerciantes ingleses de Buenos Aires trataron de incentivar

el comercio del cuero por costas de los ríos Paraná y Uruguay, lo que provocó el

bloqueo de la costa oriental del Paraná por los buques de guerra de Buenos Aires.

Los propósitos expansionistas de los portugueses hacia la Provincia Oriental de-

terminaron que se estableciera una corriente comercial inglesa hacia Paysandú y

Purificación destinada a suministrar armamentos militares a los orientales, lo que

contribuyó de manera fundamental a la resistencia contra el invasor.

Aún después de la ocupación de la plaza de Montevideo y por lo tanto de su gran

puerto natural atlántico por las fuerzas del general Carlos Federico Lecor, los puer-

tos de Maldonado, Colonia, Carmelo, Arroyo de la China, Paysandú y Purificación

continuaron libremente su tráfico con los comerciantes inglesés. Una escuadra de

buques de guerra del Brasil, bloqueó los puertos de Colonia y Maldonado y prohibió

la entrada a los buques neutrales, “…a menos que pagaran los mismos derechos

sobre los cargamentos que eran impuestos a la importanción de las mercaderías

cuando se desembarcarban en el país…”.

En: C/N Bernardo Piñeyrúa, Puerto de Purificación.

126 CREACION DE UNA MARINA MERCANTE FLUVIAL

La Capitulación de 1814 dispersó aquella “marina mercante nacional

montevideana”. La reincorporación de Montevideo a la Banda Oriental abrió espe-

ranzas de la recuperación marítima nacional. Los nuevos barcos matriculados en

Montevideo gozaron de excepciones “tarifarias” frente a los de bandera extranjera.

Cuando Artigas, Protector de los Pueblos Libres, se vio en la precisión de elegir

un sitio donde establecerse para atender los negocios de su Provincia natal y de las

que respondían a su influencia política, sin duda tuvo presente, la circunstancia fa-

vorable que le ofrecía la existencia del río Uruguay para asegurarle comunicaciones

fáciles con Entre Ríos, Corrientes, Paraguay, Montevideo y Buenos Aires. La plena

utilización del río para el transporte de la producción nacional se hizo manifiesta a

su contemplación, como lo declara en comunicación al cabildo de Montevideo, de

octubre de 1815. Informándole que le envía un cargamento de productos de ganade-

ría para su venta debiendo aplicar su producido a compras para el Estado, manifies-

ta: “La que he mandado (la carga) hasta hoy pertenecían a propiedades de emigra-

dos q.e mande desconfiscar luego q.e pisé de regreso la Prova, y vi la inmensidad de

buques q.e zurcaban el Uruguay exportando los productos, q.e por nuestro esfuerzo

se libertaron de la rapacidad de qtos, enemigos han marchado por estas costas”.

Todo el proceso mental que determinó la creación de la marina mercante “del

Estado” como la designó frecuentemente su creador -y que durante los años 1815 y

1816 surcó las aguas del Uruguay y el Plata- está involucrado en esa manifestación

de Artigas: la Provincia poseía una produción de fácil comercialización; la atención

de sus necesidades reclamaba el recurso de un abundante numerario que podía

lograrse con la venta, de aquélla, transportada al gran mercado que era Montevi-

deo.

Bastaba para eso poseer los buques adecuados y ellos podían ser habidos por el

mismo procedimiento con que se dispuso de los primeros cargamentos enviados a la

venta: por la requisa de la propiedad de los enemigos de la Provincia. Así, al menos,

parece que pueda deducirse de la siguiente nota de Artigas al Cabildo, fechada el 1o

de Julio de 1815: “Parten al mando del Cmte. Dn Juan Domingo Aguiar, dos Buques

descomisados por propiedades Europeas, y cargados con efectos de las mismas”. Y

en otra del 8 de agosto, expresa: “Con esta fha paso ordn al comandte. de mar Dn.

Juan Domingo Aguiar, pa qe deposite en manos de V.S. Ios cargam.tos o productos

de los dos buques, qe condujo a ese Puerto, con el fin qe indique a V.S... “Los dos

buques igualmente son propiedades de esta Prova pr ser propiedades de Europeos.

V.S. disponga de ellos como pareciere mas conveniente. Al menos uno podría ven-

derse: si halla qe el otro pueda ser útil pa servo del mismo estado puede dexarlo, o de

lo contrario vender los dos. A cuyo efecto me informa dho. Dn Juan Domo Aguiar 

hallarse en ese Puerto un falucho qe era del Rey, y ahora pertenecia a Dn Juan

Correa. V. S. tome los conocimientos precisos sobre el particular, y si el es aplicable

al estado orientl. pongalo V.S. a la direccion de dho comandte; y sino dexele V.S.

algo de los dos qe llebó pa lo qe se pueda ofrecer”.

Desconocemos si toda la marina oficial de la Provincia tuvo tal origen: lo cierto

es que a mediados de dicho año de 1815, navegaban con el pabellón artiguista las

balandras “Trinidad” y “Carmen”, de la que era patrón aquel citado comandante

Juan D. Aguiar; la sumaca “Constancia” - patrón, Francisco Valenzuela- y la lan-

cha “San Francisco Solano” que navegaba al comando de Pedro Mundo.

Las tripulaciones salieron de los cuadros de las fuerzas estacionadas en el cam-

pamento de Purificacion, las que se colocaron al mando de Aguiar.

“Cada hombre recibía una paga de diez pesos por viaje redondo.

Las embarcaciones navegaban normalmente entre Purificación y Montevideo,

haciendo escalas para completar cargamento en los puertos de la Provincia Orien-

tal o en la de Entre Risos. “Ya salió la Balandra Carmen escribia Artigas al Cabildo

montevideano el 22 de agosto de 1816 -con algos cueros de este destino -Purifica-

ción- debiendo recibir en Paysandú el completo de su cargamto”. Y en otra del 2 de

agosto, hace saber: “Yo no espero mas qe la Goleta Consta pa el completo de las

municiones, qe creo precisas llevar. Ya está en el Arroyo de la China, y he tomado

providas pa la pronta remision de aqos útiles”…

Alguna vez remontaban el Paraná: “Adjunto a V.S. ese recuento qe pr mi orn hiso

el Govor Interino de Sta. Fe con los Buques, y cargamentos, qe salieron de ese Puer-

to en Junio, y llegaron a aql. V.S. podrá indagar mejor qe yo si en esta relación se

hallan algunos intereses dela contribución sacada en ese Pueblo. Con ese objeto

están detenidos bajo fianza los cargamentos en aql destino (Paysandú, 31 de Julio de

1815)”.

El cargamento que conducían en el viaje a Montevideo, lo constituían los frutos

naturales y productos de la ganadería procedentes de las Misiones y las provincias

del litoral argentino, además de las extraídas de la Provincia Oriental: yerba, taba-

co, cueros, sebos, crines, huesos y aún carbón de leña. Y a menudo, también, eran el

vehículo de transporte de funcionarios de gobierno oficiales y tropas: magistrados y

prisioneros. El 12 de noviembre de 1815, informaba Artigas al Cabildo de Montevi-

deo de que en la “San Francisco Solano” viajarían los PP. Otaizu y Lamas, de los

que me desprendo -dice- “por qe sean útiles a ese Pueblo... Si el Padre Lamas es útil

pa la escuela pública, colóquesele y exórtesele al Rdo pe Guardian y a los demás

Sacerdotes de ese Pueblo pa qe en los púlpitos y confesionarios convenzan la legiti-

midad de justa causa, animen a su adhesion, y con su influxo penetren a los hombres

del más alto entuciasmo por sostener su libertad”. 

El viaje de regreso a Purificación se efectuaba con el heterogéneo cargamento

impuesto por la satisfaccion de las necesidades de un cuartel general y una pobla-

ción que crecían constantemente y se perfeccionaban en su progreso: ponchos y

telas de uniformes para los soldados; armas para las tropas; cartillas para la escue-

la que devastaba la ignorancia del medio rudo, ornamentos para la iglesia que bus-

caba devastar la rudeza espiritual de un pueblo de soldados. Y transportan también

semillas para las huertas, árboles para los plantíos, libros políticos y filosóficos de

los que el Protector deseaba tener en mayor disponibilidad para difundir el conoci-

miento de aquella liberal organización política del Estado que coincidía tan estre-

chamente con sus concepciones de autonomía y federación.

Casi podría reconstituirse los detalles de la vida diaria y organización de Purifi-

cación, con los manifiestos de carga de los buques. “Quedan en mi poder los dos

Rituales. qe V.S. me remite. Igualmte quedan recibidos los cinco cajones con cien

tiros de metralla, y las 300 Chusas conducidas por la Balandra Carmen a este quartel

Gral. (15 feb. 1816).

“Aprovecho la oportunidad delos Buques, pa qe VS me remita veinte Quintales de

Arina, como tan precisos pa nro matenimiento (28 feb. 1816).

“LIegó en Sn. Franco Solano el saco de cal, qe remitió VS. Igualmente el cabo

Pérez con su familia, como también el Armero Pedro Juan Varela remitido en calidad

de desterrado desde Maldonado’’ (12 de abril 1816).

“He de estimar a Vs. qe en el Primer buque, qe salga pa este destino se me

remitan dos Barriles de vino, una bolsa de Asucar, otra de arroz, y dos docenas de

platos, utiles qe necesito pa siquiera poder obsequiar a los Sres. Diputados, quando

lleguen (19 mayo 1816).

“Necesito qe VS en prima proporción necesita seis docenas de cuchillos Flamen-

cos de primera. Los qe tampoco son de segunda, p. por lo mismo se utilizan al mo-

mento, y poco sirven pa desolalr bien el querambre” (26 de enero de 1816).

Y así prodríamos seguir mostrando ejemplos de su cuidadosa e inteligente previ-

sión que a todo atiende y se anticipa, obteniendo múltiples beneficios de los buques del

Estado al senrvicio de todas las necesidades de los pueblos de su Liga Federal. “He

recibido las Vidrios de Bacuna, qe han llegado sin lesión y a un tiempo, en qe la viruela

empiesa a cundir con empeño’’, escribe el 11 de abril de 1816 al Cabildo montevidea-

no. Y agrega a renglón seguido: “En Misiones me aseguran sucede lo propio. Estimaré

del zeloso empeño de VS me remita algunos otros, luego qe se recoja el virus con algos

Quadernillos de instrucción pa remitir a Misiones, Corrtes, Entre Rios, y demás Pue-

blos qe necesitan de este beneficio interesante a la humanidad”.

Sobre la capacidad de carga de algunas de las embarcaciones, y a falta del cono-

cimiento de su tonelaje de arqueo puede tenerse alguna idea conociendo la cantidad 

de los efectos conducidos. En el viaje que emprende desde Purificación a fines de

mayo de 1816 la balandra “Carmen”, se cargan “1200 cueros de toro: cien de Baca,

y 7 sacos cebo con peso de 98 a (arrobas) y 20 libras. Dos meses mas tarde, la misma

embarcacion transportaba 1802 cueros y 154 arrobas de cebo.

Artigas, excepcional organizador y hombre de infatigable actividad que tenía,

además, como acicate, la grave responsabilidad de su cargo, exigía de las autorida-

des que intervenían en la movilización de la flota, celeridad en el despacho de los

buques, rigurosa escrupulosidad en el manejo de los fondos que producían y vigilan-

cia en el mantenimiento del buen estado de las naves. En todo ello es inflexible y

admira su capacidad de trabajo y previsión que desciende al cuidado de detalles en

medio de los graves asuntos que reclaman su actuación de jefe militar y conductor

de un pueblo, que mientras discute con el gobierno central porteño las ventajas de la

organización federal, vigila al portugués que apresta sus fuerzas para caer sobre la

viril Provincia Oriental.

Buena prueba de ese celo administrativo, es la comunicación que el 23 de febrero

de 1816 pasa el “muy ilustre Cabildo gobernador de Montevideo”. “Es preciso ten-

ga entendido VS qe los Buques fletados deben pagar sus fletes en esa Aduana asi

delos frutos, qe llevan como de los efectos qe retornan debiendo entenderse el Admor

con los Patrones pa el ajuste delos qe hayan de retornar y siendo alli responsables de

entregar su producto.

“AI efecto el Patron Dn Pedro Mundo entregara los qe produjo Sn Franco Solano

y Dn Domingo Aguiar los producidos pr. Ia Balandra Carmen. Hago a VS esta

prevencion, y con esta fecha al Adminor de esa Aduana pr qe Dn Manl Macho me ha

dicho qe alli ni habia ajustado el cargmto qe en retomo conduce, ni menos trahe alga

relacion, qe lo autorize. Aqui procuro pagar el Bete, y yo lo dirigire como a los

demas pa qe los paguen en esa Adminiscion con los conocimientos y formalidades

precisas”. Y el 2 de marzo del mismo año, escribía a la misma autoridad: “Incluyo a

VS la relacion de los efectos, qe por cuenta del Estado conduce la Balandra Carmen.

Igualmte paso a VS la relacion de los salarios de los Marineros pa qe en esta virtud

sean abonados. De todo ello paso una relación al Admiror de esa Aduana, qe recibiria

igualmte la noticia del producto, qe deban dar los Betes de los dos Buques, qe mar-

chan pa ese destino”.

“Todo lo qe pongo en conocimto de VS pr su govierno”.

Que la venta de los productos y el transporte de los mismos se haga en la mejor

forma posible, es también materia de su celo por el orden administrativo”.

“Lo qe encargo a VS es qe haya economia en su venta, y no sea malvaratado el

sebo”, previene el 6 de mayo de 1816 al cuerpo capitular. Si el corriente de la plaza

no es equitativo, almacenense los efectos hasta lograr mejor oportunidad”. Igual 

prevención había hecho el 28 de dicbre. de 1815, y el 21 de febrero de 1816, consul-

taba: “En los Buqs qe salgan posteriormente pienso mandar algas camas y madera,

qe he mandado cortar, y tambn clines, y aspas, por no haber actualmte otro cargamto

VS me dira si sera más facil y util la venta delas aspas enteras o despuntadas pa qe

en otra ocasion vayan en la mejor dispocisión”.

La actividad de la flotilla prestaba buenas utilidades a la Provincia: acrecia sus

rentas, facilitaba las comunicaciones de sus puertos y de éstos con los del litoral

argentino. Por ello Artigas se preocupaba de que se conservaran en buen estado y se

aumentasen las unidades.

“Espero igualmte me remitirá VS con esa oportunidad -escribia el 8 de enero de

1816- un saco de agi y algun poco de asufre como para dar humaco a los Buques qe

sevan inficionando de ratas y recibiendo notable detrimento”. Y el 30 de mayo: “Con

el fin de alistar dos buques qe aqui estan detenidos, e inutilizados pedi a VS dos

Barriles de alquitran y estopa pa su recompocision. No han venido: recuerdo a VS

esta necesidad, qe remediada servira a la Prova de no poca importancia”.

La existencia y actividad de aquella marina “oficial”, era compatible con la par-

ticular y Artigas estimuló mas de una vez su incremento con las rentas de las Provin-

cia “Habiendo llegado a este destino el viejo Torres -decía al Cabildo en nota del 20

de enero de 1816- a qn por mi orn se entrego la Chalana qe se hallaba arrumbada en

ese Puerto, es forzoso me diga VS si su recompocision ha sido abonada de fondos del

Estado pa en este caso exigirle su satisfacción con lo mismo, qe ella pueda producir

con las exportacnes”. Y el 20 de febrero insitia: “Es preciso qe VS me indique la

cantidad invertida en la recomposicon dela Chalana del Ciudno Torres. Ella se re-

sarcirá delos mismos fletes a beneficio delos fondos publicos, y satisfecha quedara la

Chalana a beneficio de dho Torres encondonacion de sus servicios”.

Más noticias podríamos agregar sobre la marina mercante de la Provincia Oriental

de aquellos años del “apogeo artiguista”. Lo dicho es suficiente para apreciar su

significación social y económica y despertar, acaso, la meditación nacional sobre las

posibilidades de utilización de nuestras vías navegables.

Claro percibió Artigas el problema cuando erigió su cuartel general y capital

política activa en aquella meseta que domina el paso del río cuyas riberas intentó

poblar. Y cuando los resultados no correspondieron a su deseo, escribió viril y certe-

ro: “Si no ha tenido efecto la invitación de VS pa poblar las costas del Uruguay: al

menos quedará satisfecho el Govno con haber llenado sus deseos, y los Vecinos no

tendran qe lamentarse de su desgracia, desps de proporcionarseles su felicidad. Ellos

lloraran algn dia esta perdida, qdo tengan los conocimtos necesarios bastantes pa

calcular los resultados de su indolencia”…

En: Juan José Fernández Parés, Artigas 

127. Después q.e el Govno de Buenos Ay.s ha apurado todos sus recursos por nues-

tro aniquilamiento,nada merece de nosotros sino la indignación. Qdo se le invitó á

un razonable convenio, despreció nra generosidad. A pesar de los desengaños no

desiste dela empresa, y apura sus afanes por realizara.

Al efecto incluyo á VS. en copia la carta, q.e me remite el S.or Cura, y Vic.e Gra D.n

Damaso Larrañaga del S.or Prov.r de B.s Ay.s . Aq.l Pator dela Igl.a si hubiera sido mas

zeloso delas almas hubiera conservado la autoridad, q.e en atención á las presentes

circunstancias le pedi: y me concedio en Julio del presente año, nombrando al

Presbitero D.n Damaso Larrañaga p.a desidir en todos los casos. Acaso aq.l Prov.or

pretendio triunfar dela ignorancia con sus excomuniones y fixar sobre esta base

espiritual sus miras á lo temporal. VS. no ignora el influxo de los Curas, y qto por

este medio adelantó Buenos Ayres p.a entronizar su despotismo, y á demas p.a fomen-

tar sus fondos con las rentas eclesiasticas, q.e debian percibir de estos Pueblos con

notable detrimento de ellos mismos. Si este es su objeto claudica la auctoridad espi-

ritual, y el Estado: y si no lo es ¿por q.e pretende una reiteración degradante, q.e

nunca debio creerla necesaria, desp.s de sus facultades concedidas? O jusga el S.or

Prov.or q.e aun vive la America en Tiniebla, y q.e la Banda Oriental es juguete de sus

pasiones? Empieselo á experimentar en sus efectos: En seguida pasa VS. orn

immediatam.te q.e los Curas recientem.te venidos de B.s Ay.s Peña el de S.n Jose, el

Presbitero Peralta, y el P.e Riso dejen sus prebendas, y se manden mudar immediatam.te

á Buenos Ayres. VS. proponga algunos Sacerdotes Patricios, si los hay p.a llenar esos

Ministerios, y si no los ay esperaremos q.e vengan, y si no vienen acaso sin ellos

sremos doblem.te felices. Reencargo á VS. la execución de esta medida, q.e creo neces.a

para asegurar nuestra Libertad.

Tengo la honra de saludar á VS. con todo mi afecto. Quartel Gral. 25 Nobre.

1815.

Al M. II.e Cav.do Gov.or de Montev.o. José Artigas 

1816.

en. 2. El Gobierno Provincial actúa en Montevideo con su delegado y el

Cabildo Gobernador Intendente con la Presidencia del Alcalde de 1er. Voto

Juan José Durán. Sus límites Jurisdicionales eran las márgenes del Río Negro.

en. 11. Artigas le comunica a Miguel Barreiro sus sospechas sobre la posi-

ble invasión portuguesa a la Prov. Oriental.128

en. 22. Se integra la Junta Municipal de Propios, electa por el Cabildo, con

los siguientes miembros: Presidente Durán, Vocales Joaquín Suárez y Juan

Francisco Giró.129

en. 27. El Cabildo Gobernador de Montevideo hace la primera división

territorial en 6 regiones.130

en. 31. Se decreta el uso de la escarapela tricolor de Artigas en toda la

Prov. Oriental.

feb. 3. Belgrano informa al Director Alvarez Thomas del resultado de su

misión en España (que compartió con Bernardino Rivadavia) para lograr que

el monarca Fernando VII aceptase el plan de que el infante Francisco de

Paula ocupase el trono de Buenos Aires. 131

feb. 5. Artigas escribe al Gral. Martín Güemes (1785-1821), caudillo de

Salta, advirtiéndole sobre la necesidad de contener “al extranjero de estos

peligros”.132

feb. 16. El poblado de Víboras, fundado en 1680, se traslada a la barra del

arroyo de las Vacas y toma el nombre de Carmelo.

feb. Bolívar, después de abandonar Jamaica,donde no consiguió apoyo

para libertar Venezuela, se dirigió a Haití. Alejandro Sabes Petion (1770-

1818), que estaba al frente del gobierno, firmó con él un tratado cuyo funda-

mento estaba en la abolición de la esclavitud negra en tierras venezolanas, si

llegaba a triunfar, y a cambio de su auxilio en la empresa.

mar. 24. Se inauguran las sesiones del Congreso de Tucumán 133

mar. 31. Bolívar es nombrado Jefe Supremo de la expedición a la isla Mar-

garita, donde lo esperaban los revolucionarios. Los intentos independentistas 

habían sido aplastados por los españoles, al mando del Mariscal de Campo

Pablo Morillo (1778-1837), que el año anterior había sido destinado por Fer-

nando VII.

abr. 8. El Regente de Portugal, “futuro Rey Juan VI”, es reconocido en

sus derechos por las potencias europeas triunfadoras sobre Napoleón.

Inglaterra pretende que regrese a Lisboa, lo que es rechazado, manifes-

tando que su deseo es permanecer en Rio de Janeiro con toda la Corte y

seguir gobernando desde esta ciudad.

abr. 12. Artigas da instrucciones al jefe de las fuerzas orientales en Santa

Fe, José Francisco Rodríguez, para que se nombre a Mariano Vera como go-

bernador de la Provincia.

abr. 15. Renuncia Alvarez Thomas y Antonio (González) Balcarce (1774-

1820) asume el cargo de Director. 134

may. Rivadavia informa a su gobierno que desde París viajará a Madrid

para proseguir con las gestiones.

Al fallecer la reina de Portugal, Da. María Luisa, su hijo Juan es corona-

do como Juan VI, Rey del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve.

Desde este momento las secretas aspiraciones de invadir la Prov. Oriental

y apoderarse de su riqueza en ganado vacuno se convierte en prioridad de la

Corte, atento a los beneficios que ésta reportaría a la industria saladeril

riograndense.

may. 5. Juan Martín de Pueyrredón (1776-1850), es electo para el cargo

de Director Supremo.135

may. 26. Reunido el Congreso de Tucumán; se aprueba un temario básico

para ser considerado de inmediato. 136

jun. El Rey de Portugal se dirige al gobierno de Inglaterra, informándole

sobre la situación del Río de la Plata y los intereses de cooperar con España

en sus propósitos de enviar una expedición militar al Plata.

Nicolás Herrera, al servicio del Director Pueyrredón, alentó la posibili-

dad de una invasión portuguesa a la Prov. Oriental.

jun.9. El agente confidencial porteño Manuel José García, que residía en

Brasil desde febrero de 1815, seguía sus gestiones ante la Corte (después de 

frustradas las de Sarratea, Belgrano y Rivadavia) por decisión del Secretario

de Gobierno Gregorio Tagle. En informe a Buenos Aires, los días junio 25, julio

2, agosto 23, expone los propósitos del Gral. portugués Federico Lecor .137

jun. 17. Artigas comunica al Cabildo de Montevideo sobre los primeros

resultados de los dos corsarios que operaban en el río Uruguay, a la altura de

Salto.

Desde Purificación el Jefe de los Orientales, en una política gradual de

habilitar corsos primero en el Plata y después en el Atlántico, expendía las

correspondientes patentes.138

jun. 22. Ante el inminente peligro de la invasión portuguesa, el Cabildo de

Montevideo convoca al pueblo a tomar las armas e iniciar la defensa del terri-

torio. Entre otros, firman Joaquín Suárez, Lorenzo J. Pérez y Jerónimo Pío

Bianqui.139

jun. 29. Artigas comunica al Cabildo de Montevideo su plan militar y

convoca a terminar “con los tiranos”.140

jul. 6. En el Congreso de Tucumán se reciben los informes sobre la situa-

ción europea, incluyendo la eventual llegada de la anunciada armada espa-

ñola al Río de la Plata.

jul. 9. En el Congreso de Tucumán se proclama la Independencia de las

Prov. Unidas del Río de la Plata.

Estuvieron ausentes de las deliberaciones las Prov. de Santa Fe, Entre

Ríos, Corrientes y la Oriental.141

jul. 24. Artigas recibe comunicación del Director Pueyrredón, en la que se

le anuncia la declaración de Independencia resuelta por el Congreso.

El Protector de los Pueblos Libres, desde Purificación, contesta en estos

términos: “Ha más de un año que la Banda Oriental enarboló su estandarte

tricolor y juró su independencia absoluta y respectiva. Lo hará V.E. presente

al Soberano Congreso para su superior conocimiento”.

jul. 29. Llegada de Pueyrredón a Buenos Aires y primeros actos de Go-

bierno.142

ag. 7. Inicio de la invasión del territorio oriental por las tropas portugue-

sas. 

Las fuerzas de Portugal, Rio de Janeiro y San Pablo se concentraron en

Porto Alegre. Desde allí, por tierra, 4 columnas avanzan hacia la frontera, por

el S.E. a la Laguna Merin, S.O. por Bagé a Melo, por el N.O. al Cuareim, y

más al N.O. al pueblo de San Borja en las Misiones Orientales.

La primera está bajo el mando del Gral. Lecor, la segunda del Gral. Ber-

nardo da Silveira, la tercera del Mariscal Joaquim Xavier Curado, la última

del Cnel. Francisco dos Chagas.

Por el Océano Atlántico vendrá la escuadra del Conde Vianna en dirección

al puerto de Maldonado.143

ag. 20. Comienzo de la conjuración de los Cabildantes, liderados por Juan

Ma. Pérez, contra Barreiro.

ag. 22. Después de su fracaso militar, Bolívar se embarca hacia Haití,

donde es aceptado por Petion.

ag. 28. La vanguardia de Lecor toma la Fortaleza de Santa Teresa (Ro-

cha).144

sbre. 3. El Cabildo de Montevideo destituye al Gobernador Delegado

Miguel Barreiro, a Joaquín Suárez y otros civiles y militares patriotas.145

El Director Pueyrredón forma la Comisión de Guerra.146

sbre. 4. El Cabildo de Montevideo rectifica su decisión del día anterior,

reintegrando a los dos primeros su condición de autoridades legítimas.

Proclama de Lecor a los Orientales.147

sbre. 21. Andresito derrota a los portugueses en Rincón de la Cruz (Misio-

nes Orientales), lanza una proclama y sitia el pueblo de San Borja.

Junto con Andresito estuvo en toda la campaña otro jefe oriental, Pantaleón

Sotelo (m. en. 22, 1820-Batalla de Tacuarembó). 148

sbre. 22. Combate de Santa Ana. 149

sbre. Juan Ruiz de Apodaca (1754-1835), que había sido Cap. Gral. de

Cuba (1812-15), asume el virreynato de la Nueva España y lleva a cabo una

política de buen relacionamiento con los revolucionarios mexicanos.

oct. 3. Reacción de las tropas portuguesas, al mando del Cnel. José de

Abreu, que vencen a Andresito en San Borja.150 

oct. 9. Combate de Ibiraocay. 151

oct. 10. Artigas envía un oficio a Pueyrredón exhortando a la concordia.152

oct. 27. Batalla de Carumbé (Cerro y arroyo del Brasil, afluente del

Cuareim), donde Artigas es derrotado por el Brg. Joaquim de Oliveira Alvares

y debe retirarse a las costas del Arapey, con importante pérdida de hombres.153

nov. 19. Batalla de India Muerta (arroyo y bañados de Rocha) en el paraje

Higuerón, donde Rivera es derrotado, con grandes pérdidas de hombres y per-

trechos, por las fuerzas al mando del Brg. Sebastián Pintos de Araújo Co-

rrea.154

Lecor prosigue su marcha hacia Maldonado.

nov. 20. El C/N Ricardo Lech firma un documento por el que se reconoce

la autorización del Gobierno Oriental para emprender su acción naval como

corso.155

nov. 27. Oficio de Lecor (pub. en La Gaceta de Buenos Aires, el 5 de feb.,

1817) que explica unilateralmente la situación de la Banda Oriental. 156

nov. 30. Artigas, desde el campamento volante, se dirige al Cabildo de

Montevideo. 157

dbre. 4. Con nueva ayuda de Petion, Bolívar embarca hacia la isla Mar-

garita, a la que llega el 31 de diciembre.

dbre. 9. Artigas, desde su campamento, envía oficio al Cabildo explican-

do su plan inmediato de lucha.158

dbre. 15. El Marqués de Alegrete, Capitán Gral. de los ejércitos portugue-

ses ordena al Gral. Curado el ataque sobre la Banda Oriental, con 2.000 solda-

dos que avanzan sobre el Río Arapey.

128. “según toda probabilidad los portugueses se nos acercan con movimientos

que no pueden menos que excitar nuestro cuidado. Ya sea interés de aquella corte, ya

esfuerzos de los emigrados, ya intriga de Buenos Aires, lo cierto es que se vienen...”.

“La guerra con los portugueses

Artigas, el mismo día —11 de enero de 1816— en que prevenía a Barreiro sobre

la invasión se dirigió a Andresito, haciéndole saber los preparativos portugueses e

impartiéndole instrucciones:

“es preciso irnos preparando poco a poco y ponernos en términos de contener los

esfuerzos de esta potencia, a quien como tan vecina debemos suponer la más enemi-

ga por la experiencia que tenemos de su procedimientos inicuos y mayormente cuan-

do sé que su plan es decidido a ocupar todo lo que divide la costa oriental del Paraná.

Por lo mismo desde esta fecha prohíbame usted todo tránsito del otro lado a éste y de

éste a aquél...”

Le indicaba se retirara de la Candelaria, dejando allí una partida de observación

al Paraguay, para situarse en Santo Tomé. Desde allí cubriría La Cruz, Yapeyú y

otros pueblos en peligro de ser invadidos.

Rápidamente, el Caudillo adoptó una serie de previsiones: se organizaron cuer-

pos de caballería; se distribuyeron guardias en los pasos estratégicos; se dispuso la

concentración de caballadas y la requisa de armas y municiones; la elaboración de

pólvora en los pueblos misioneros; el envío de toda clase de armas y pertrechos a

Purificación, que sería “el centro de apoyo y de los recursos”; la internación de

sospechosos y el fusilamiento de los que conspirasen contra la Patria”.

En: Reyes Abadie, o.c.

129. Joaquín Suárez (1781-1868) participó con el Cuerpo de Voluntarios en Las

Piedras y desde entonces estuvo ligado a la historia de la patria. Acompañó a Artigas

en el Exodo y cuando la hora del Cabildo Gobernador de Montevideo en 1816 junto

con Miguel Barreiro y otros cabildantes abandonó la plaza ante el avance de las

tropas de Lecor.

Se integró a la Cruzada Libertadora de 1825 y fue electo diputado por Florida en

la Asamblea General Constituyente y Legislativa. Gobernador Delegado de la Prov.

y luego Gobernador Sustituto (1828) ejerciendo ese cargo por decreto creo el primer

pabellón nacional.

Desde el inicio de la República O. del Uruguay fue sucesivamente diputado, Mi-

nistro de Gobierno con Rivera y senador en el período 1837-43.

Siendo Presidente del Senado y habiendo Oribe invadido el territorio oriental

quedó al frente del Gobierno durante la Guerra Grande. Desde la Defensa actuó

con el respeto de todos (partidarios y adversarios) y al fin de la guerra, firmada la 

Paz de Octubre fue su preocupación entregar el gobierno, lo que hizo el 15 feb. de

1852.

Siguió participando de la vida política en el Poder Legislativo, pero por razones

de salud debió abandonarla en 1861.

Juan Francisco Giró (1791-1863) fue Regidor del Cabildo de Montevideo del

primer Gobierno Patrio (1816). Con Durán fue de los emisarios encargados de con-

seguir el apoyo de Buenos Aires contra los invasores portugueses (dic.1816).

Producida la ocupación estuvo al servicio de estos, pero en 1824 participó de los

movimientos preparatorios de la Cruzada Libertadora.

Fue Secretario de Gobierno de Suárez, miembro de la Asamblea General Consti-

tuyente y Legislativa, Ministro de Gobierno y Relaciones con el Gral. Rondeau (1829).

Con el Presidente Oribe fue el enviado a Inglaterra a concertar un empréstito y

después a negociar las relaciones con España.

Durante la Guerra Grande estuvo del lado del Cerrito y después de la Paz, fue

electo Pres. de la República por el período 1852-56. A pesar de sus ideas conciliado-

ras no logró gobernar, debiendo renunciar a raíz de los sucesos de julio 18 1853 en

Montevideo, durante el desfile militar que conmemoraba la Jura de la primera Cons-

titución.

130. La democratización en los Cabildos y la primera división departamental

“Artigas se preocupó enormemente de que la renovación de los Cabildos de la

campaña para el año 1816, se hiciera bajo las mismas normas democráticas que las

del Cabildo Gobernador de Montevideo.

Envió un Reglamento al Cabildo de Montevideo para que lo circulara a los del

interior, indicando que las elecciones se hicieran por congresos electorales integra-

dos en la forma siguiente; los pueblos de la jurisdicción de cada Cabildo elegirían

un elector que, conjuntamente con los jueces pedáneos, es decir de los partidos, y los

jueces de los pueblos menores, concurrirían al Cabildo para nombrar a los capitula-

res y jueces pedáneos para ese año. Los pueblos que tenían Cabildo nombraban dos

electores y las elecciones debían ser confirmadas por el Cabildo Gobernador de la

Provincia, tomando por base los Cabildos constituidos.

El Cabildo Gobernador de Montevideo procedió a la primera división territorial

del país, el 27 de enero de 1816 en la forma siguiente:

1. Montevideo y extramuros hasta la línea de Peñarol.

2. Maldonado, cabeza de los pueblos de San Carlos, Rocha, Santa Teresa y Con-

cepción de Minas.

3. Santo Domingo Soriano que comprendía las capillas de Mercedes y San Salvador.

4. Guadalupe o Canelones con Pando, Piedras y Santa Lucía. 

5. San José con Florida y Porongos.

6. Colonia, con los pueblos de Vacas, Colla, Víboras y Real de San Carlos.

Artigas aprobó la división departamental realizada por el Cabildo, pero conside-

ró inconveniente por el momento la división política de la zona norte del río Negro,

como lo proponía el Cabildo Gobernador. Aclaró que esos lugares, por estar tan

despoblados, estaban suficientemente atendidos por Alcaldes y Comandantes Mili-

tares”.

En: Coolighan - Arteaga, o.c.

131. Esto forma parte de las negociaciones de ambos (también las de Sarratea)

para nombrar un virrey, que comenzaron en Europa en mayo de 1815.

El infante era el hijo menor de Carlos IV y vivía en Roma.

132. “Mi estimado paisano: el orden de los sucesos tiene más que calificado mi

carácter y mi decisión por el sistema que está cimentando en hechos incontrastables.

No es extraño parta de este principio para dirigir a Ud. mis insinuaciones, cuando a

la distancia se desfiguran los sentimientos, y la malicia no ha dormitado siquiera

para hacer vituperables los míos. Pero el tiempo es el mejor testigo, y él admirará

ciertamente la conducta del Jefe de los Orientales”

“ Estoy informado de su carácter y decisión, y ésta me empeña a dirigir a Ud. mis

esfuerzos por este deber.

Contener el enemigo después de la desgracia de Sipe.Sipe debe ser nuestro prin-

cipal objeto. Por acá no hacemos menores esfuerzos por contener las miras de Por-

tugal. Este gobierno, rodeado de intrigantes, duplica sus tentativas; pero halla en

nuestros pechos la barrera insuperable. La fría indiferencia de Buenos Aires y sus

agentes en la corte me confirman su debilidad. Nada tenemos que esperar sino de

nosotros mismos. Por lo tanto, es preciso que nuestros esfuerzos sean vigorosos, y

que, reconcentrado el Oriente, obre con sólo sus recursos”.

“Por ahora, todo nuestro afán es contener al extranjero. Pero si el año 1816

sopla favorable, ya desembarazados de estos peligros, podremos ocurrir a los del

interior, que nos son igualmente desventajosos. Entonces, de un solo golpe, será fácil

reunir los intereses y sentimientos de todos los pueblos, y salvarlos con su propia

energía. Entretanto, es preciso tomar todas las medidas conducentes a ese fin. Yo,

por mi parte, ofrezco todos mis esfuerzos, cuando tengo el honor de dirigirme a Ud.,

y dedicarle mis más cordiales afectos”.

133. “La inauguración de las sesiones del Congreso de Tucumán tuvo lugar el 24

marzo de 1816, jurando solemnemente sus miembros, “conservar y defender la Reli-

gión católica-apostólica-romana; defender el territorio de las Provincias Unidas, 

promoviendo todos los medios importantes a conservar su integridad contra toda

invasión enemiga, y desempeñar fielmente los deberes de su cargo”. A poco de ha-

berse reunido, sancionaba la entrega de la Banda Oriental a los portugueses, auto-

rizaba que se hiciese lo mismo con el resto de las Provincias Unidas, y gastaba su

tiempo ulterior, en declarar una independencia política y sancionar una Constitu-

ción violada de antemano por sus deliberaciones secretas. No faltaron, empero, pro-

testas viriles entre los miembros del Congreso, que volvieran por la dignidad de los

pueblos y el empeño contraídos bajo la fe de juramentos solemnes; pero esas mani-

festaciones del honor republicano se estrellaron contra una mayoría confabulada en

su propio escepticismo”.

En: Bauzá, o.c.

134. “Como Alvarez Thomas hubiese renunciado el mando, sustituyéndole el Ge-

neral D. Antonio González Balcarce, quiso el Congreso nombrar un Director salido

de sus filas, y al efecto, constituyó mayoría para D. Juan Martín de Pueyrredón con

cuyo retrato debemos poner fin al complicado período que abarca la relación ante-

cedente. No era Pueyrredón un desconocido, pues había actuado en ambas orillas

del Plata, si bien de un modo fujitivo y desairado en el Uruguay, durante la primera

invasión inglesa, al constituirse emisario del desánimo que le dominaba; y más tar-

de, cuando la instalación de la junta de Montevideo, cuyo Presidente lo tuvo preso

por afrancesado durante cuarenta y cinco días, embarcándole en seguida para Cádiz,

destierro que evadió”.

En: Ibídem

135. “Pueyrredón fue elegido “Director Supremo de las Provincias Unidas en

Sud América”, el 5 de mayo. En seguida el nuevo Director conferenció con Rondeau

y le dio amplias satisfacciones obteniendo el acatamiento de su autoridad. Asimis-

mo, había ordenado a Balcarce que, hasta tanto no llegara a Buenos Aires, se limita-

ra a cumplir las resoluciones que le comunicara.

El oficio de Pueyrredón a Balcarce ordenándole acatamiento al Supremo Poder,

exaltó el sentimiento localista porteño que tomó la forma de un movimiento “federa-

lista” y el nombre de Artigas llegó a pronunciarse como una esperanza.

Se sucedieron notas y manifiestos de la campaña y de los barrios, pidiendo que se

resistiera la dominación del Congreso, pues “el pueblo de Buenos Aires quiere y desea

pública y notoriamente reducirse a una provincia como las demás para gobernarse por

su administración interior; reconoce y obedece al Supremo Poder Ejecutivo nombrado

por el Congreso pero en cualquier parte que fije su residencia que no sea Buenos Aires”.

Balcarce, el 18 de junio hizo fijar un bando convocando al “pueblo soberano” y

al Cabildo y la Junta a un Cabildo abierto “con concurrencia de todos”, que habría 

de tener lugar al día siguiente, 19 , en el templo de San Ignacio, para resolver “si se

resistía o no la instalación del gobierno nacional en Buenos Aires y se constituía ésta

en provincia federal”.

La sesión en el Templo de San Ignacio fue tumultuaria y nadie pudo entenderse.

Finalmente, se resolvió que “el Director, Cabildo y Junta se pusiesen de acuerdo

para conseguir que el pueblo votase si quería ser provincia renunciando a ser capi-

tal”. Al día siguiente las tres autoridades promulgaban un reglamento de elecciones,

limitado a establecer si se resolvería en Cabildo abierto o por medio de representan-

tes. El 22 de junio se votó, resultando triunfante en la ciudad el criterio de una

reunión de representantes; en la campaña de la provincia no llegó a saberse el resul-

tado, porque los acontecimientos se precipitaron.

El 7 de julio se supo que los portugueses habían invadido la Banda Oriental

Balcarce lanzó una proclama llamando “a la conciliación ante el peligro”. El Cabil-

do, a su vez, el día 10 lanzó otra acusando al gobierno (Balcarce) de “promover un

provincianismo extemporáneo e introducir la desunión en el centro de la unidad que

forman los cuerpos cívicos”; acusaba a Balcarce de “pasividad ante la invasión” y

anunciaba que lo destituiría. Esa noche el primero y tercer tercios de cívicos - habi-

tantes del centro y “pardos y morenos” - partidarios del Cabildo, salieron de sus

cuarteles para proteger la plaza; pero el segundo tercio, compuesto de “orilleros”,

permaneció a la espera de las órdenes de Balcarce para combatir junto con los

cuerpos de Dorrego y de Pinto de simpatía federalista, pero Balcarce no dio la or-

den. El Cabildo y la Junta de Observación destituyeron entonces al vacilante Direc-

tor y nombraron interinamente en su lugar a Francisco Antonio de Escalada y Mi-

guel Irigoyen hasta la llegada de Pueyrredón.

Entre tanto en Tucumán, esa misma noche, Pueyrredon, con el acta de declara-

ción de la independencia del 9 de julio, se ponía en marcha para Buenos Aires, a la

que llegaría el 29, tomando poseción del gobierno sin oposición.

Casi inmediatamente de su elección -el 5 de mayo de 1816- Pueyrredón se puso

en marcha hacia el norte. El ejército e Rondeau -cuyo mando asumiría el 7 de

agosto, Belgrano- que venía de actuar en el Alto Perú, se hallaba en plena desorga-

nización y en creciente hostilidad con las milicias gauchas de Güemes.

Con pronta energía, el nuevo Director puso remedio a esta situación y dispuso lo

conveniente para enfrentar la temida invasión de las fuerzas limeñas por la Quebra-

da de Humahuaca.

Recibió entonces un oficio de San Martín revelándose su plan de liberación de

Chile y Perú y sugiriéndole la necesidad de trasladar el Congreso a Buenos Aires,

argumentando razones de prontitud en las resoluciones, condición indispensable para

las operaciones de guerra que proyectaba. El Director acogió los puntos de vista de 

San Martín y propuso una entrevista, que tuvo lugar en Córdoba, entre el 15 y el 22

de julio de 1816”.

En Córdoba acordaron que San Martín apoyaría al nuevo Supremo; que ambos

reorganizarían la Logia Lautaro como instrumento de gobierno y que Pueyrredon

daría amplio apoyo a San Martín para equipar el ejército de los Andes. También se

trató la invasión portuguesa a la Banda Oriental y la situación de Artigas. compro-

metiéndose Pueyrredón a solucionar el conflicto con el Protector de los Pueblos

Libres y prestarle auxilios contra la invasión. También, que San Martín incorporase

a su ejército a Miguel Estanislao Soler y a Manuel Dorrego, presuntos enemigos del

Supremo. “La unión será inalterable -escribiría entonces, confiado y optimista, San

Martín- pues estoy seguro que el Director Supremo todo lo va a transar”.

En: Reyes Abadie, o.c.

136. EL TEMARIO DEL CONGRESO

“El 26 de mayo, el Congreso había aprobado una “nota de las materias de pri-

mera y preferente atención” para sus deliberaciones, a saber:

1) Un manifiesto explicativo (que nunca se redactó); 2) deslinde de las facultades

del Congreso y su duración (tampoco se dio); 3) discusiones sobre declaración de

independencia y manifiesto de ella; envío de diputados a Madrid para tratar el reco-

nocimiento y a Roma para concertar la independencia eclesiástica; 4) pacto entre

las provincias como preliminares de la Constitución (no los hubo); 5) forma de go-

bierno; 6) Constitución; 7) un plan de impuestos para sostener la guerra mientras

dure; establecimiento de un Banco y fijación del valor de la moneda; 8) arreglo del

régimen militar; 9) de la marina de guerra; 10) de las rentas generales del Estado;

11) establecimiento de una Casa de Moneda en Córdoba; 12) creación de estableci-

mientos educativos; 13) funcionamiento de la justicia; 14) demarcación del territo-

rio y creación de ciudades y villas; 15) arreglo del régimen municipal; 16) del régi-

men agrario; 17) revisión de lo hecho por la anterior Asamblea y de todos los regla-

mentos promulgados por el Poder Ejecutivo.

Se resolvió, asimismo, que los asuntos constitucionales necesitarían dos votacio-

nes con un quórum de los dos tercios en cada una; los “de gravedad”, una votación

con mayoría de dos tercios; en los comunes, bastaría la simple mayoría.”

En: Ibídem

137. EL AGENTE GARCIA AL DIRECTOR (junio 9 de 1816):

“Aprovecho la salida del bergantín “Aleluya” para avisar a V.E. el recibo de las

importantes, comunicaciones de 4 de mayo último. Aunque de ellas y de los papeles

públicos se deduce el estado crítico de nuestros negocios, se colige también el buen 

ánimo de esos pueblos y la mejora notable de sus ideas. A mi particularmente me ha

sido muy satisfactorio observar que he trabajado en la misma dirección que V. E. y la

parte sensata del país parecen desear, sin embargo de que las oscilaciones políticas

y caprichosa volubilidad de las pasiones hayan impedido aquellas franca y extendi-

da comunicación de ideas que debe existir en el Gobierno y sus agentes. No estoy

libre aún de temores, porque no sé si al recibo de esta comunicación existirán las

mismas personas al frente de los negocios: si interpretarán bien mis palabras o si las

tomarán por texto para atemorizar a mis buenos compatriotas con la perspectiva de

nuevas traiciones y felonías. Nada seria extraño en el estado de delirio a que hemos

venido, pero también este recelo excusará a los ojos imparciales mi circunspección

en detallar circunstancias por otra parte agradables a los que aman a su país”.

“Yo creo que es un error imaginar proyecto alguno de sólida prosperidad mien-

tras sus bases no se asienten sobre las ruinas de la anarquía que actualmente nos

devora”.

“Estoy persuadido igualmente, y aun la experiencia parece haberlo demostrado,

que necesitamos la fuerza de un poder extraño, no solo para terminar nuestra con-

tienda, sino para formarnos un centro común de autoridad capaz de organizar el

caos en que están convertidas nuestras provincias”.

“El poder que se ha levantado en la Banda Oriental del Paraná fué mirado desde

los primeros momentos de su aparición como un tremendo contagio. La desmorali-

zación de nuestro ejército ha privado al Gobierno de la fuerza suficiente para sofo-

car aquel monstruo, y la pasmosa variedad de opiniones y de intereses privará tam-

bién al Soberano Congreso del poder que necesita para subyugar a su autoridad

genios feroces y hombres acostumbrados a mandar como déspotas y a ser acatados

por las primeras dignidades del Estado”.

“En tal situación es preciso renunciar a la esperanza de cegar por nuestras ma-

nos la fuente de tantos males. Pero como ellos son igualmente terribles a los Gobier-

nos vecinos, de aquí proviene que alarmado este Ministerio de los progresos que

sobre el Gobierno de las Provincias Unidas va haciendo el caudillo de los anarquistas,

no ha podido menos de representar a su Majestad Fidelísima la urgencia de reme-

diar en tiempo tantas desgracias, y Su Majestad parece haberse inclinado a empeñar

su poder en extinguir hasta la memoria de esta calamidad haciendo el bien que debe

a sus vasallos y un beneficio a sus buenos vecinos que cree le será agradecido”.

“Es verdad que siempre ha sido temible la ingerencia de una potencia extranjera

en las disensiones domésticas; pero esta regla demasiado común, no parece aplica-

ble a nuestro caso”... “Los intereses de la casa de Braganza han venido a ser homo-

géneos con los de nuestro Continente” por efecto del establecimiento del trono del

Brasil y abolición del coloniaje. “De este modo viene a quedar en cierta manera

dependiente de nosotros la aproximación de esta época verdaderamente grande por

sus consecuencias, y el impulso de nuestra política no puede obrar sino en el mismo

sentido que el de esta nación nueva para enlazar interinamente con ella nuestros

intereses y aun identificarlos si fuere posible”.

“Mirando así la cuestión, parece que los intereses de esta nación no son extranjeros

para nosotros, y por consiguiente es inaplicable al caso presente cuanto se diga acerca

de la interferencia de un poder extranjero en disensiones domésticas. Ellas adquieren

mucha más fuerza con los hechos. V. E. reflexione que ahora Su Majestad Fidelísima

dobla su cuidado por conservar el comercio y sus relaciones amistosas. Que los bu-

ques cargados con las propiedades de súbditos salen para el Río de la Plata por entre

la escuadra que se destina a las costas de Maldonado y que los Tribunales de Su

Majestad Fidelísima están ahora defendiendo las propiedades de súbditos de ese Go-

bierno. Si esto no es una prueba para un político, lo sería el detalle de mis transaccio-

nes, pero ni puedo fiarlo a la pluma, ni V. E. lo juzgaría prudente. No lo es tampoco que

V. E. y el Soberano Congreso aventurara sus más importantes decisiones sobre la fe de

mis palabras. Yo puedo engañar y ser engañado; por esto sería muy conveniente que V.

E. nombrara una persona que informándose a boca del estado de las cosas, transmitie-

se luego el plan definitivo que deba adoptarse.”

“Sé por experiencia que los rivales de América, de todas sectas y naciones, pon-

drán en acción las preocupaciones viejas de nuestra educación, las de nuestra revo-

lución y las pasiones todas. Preveo también que estas maniobras producirán dema-

siado efecto en nuestros compatriotas. De modo que una fuerza bien organizada me

parece indispensable no sólo para la consistencia del Gobierno, sino para que las

deliberaciones sean más libres y pueda ser ventilada la cuestión sin temores. Al

mismo tiempo es muy esencial para hacerse temer de los enemigos que pueden en-

volvernos y quitarnos toda esperanza de salud. Dividir las fuerzas para hacer cara a

todos, es para mí el colmo de la locura”.

“Debo concluir con mi ruego acostumbrado: mucho sigilo, si no comprometemos

contra nosotros a nuestros mismos amigos”.

EL AGENTE GARCÍA AL DIRECTOR BALCARCE (junio 9 de 1816):

“La precipitación con que sale el buque no me permite ser largo; he recibido todo

y estamos perfectamente de acuerdo”.

“La escuadra está al ancla, esperando el viento. Artigas creo que dejará luego de

molestar esa Provincia. Hay sus intriguillas de marinos que temen la estación, pero

creo que no prevalecen”.

“He tratado muy de cerca al general Lecor; me parece buen carácter; va bien

instruido. Nuestro amigo H. (Nicolás Herrera) estará luego en Montevideo. El mis- 

mo no lo sabe ni se lo diré hasta la última hora. El será el depositario de nuestras

comunicaciones y así serán más prontas y seguras. Será, además, encargado de otras

cosas. Las primeras medidas de Lecor pienso que inspirarán confianza; esta es ma-

niobra complicadísima, y se necesita la circunspección del mundo para salir sin

desgracias. Vaya usted pensando en el sujeto que ha de acercarse a tratar con H.

(Herrera) y el general, que sea sin ruido y que el tal hombre sea sobre todo manso,

callado y negociador. ¡Por Dios!: que no sea asustadizo, ni de aquellos que todo lo

quieren en un abrir y cerrar de ojos. Luego irán ciertas bases que pudieran ser del

negocio. Prevengo a usted que don Carlos es el mismo; su carácter ya debe usted

conocerlo bien, y hasta estoy comprometido para esta noche a una gran sesión”.

El AGENTE GARCÍA AL DIRECTOR (junio 25 de 1816):

El día doce del corriente mes dio la vela de este puerto la escuadrilla portuguesa

compuesta de un navío de guerra, una fragata, dos corbetas y cuatro bergantines,

con seis grandes transportes conduciendo cuatro mil hombres de línea y una abun-

dante provisión de pertrechos de guerra. La expedición debe tocar en Santa Catalina

para recibir la brigada de artillería y algunas tropas más. Su destino es a las costas

de Maldonado y Montevideo. La mayor parte de la caballería europea y las mejores

milicias de esta arma deben obrar por la frontera de la Banda Oriental en combi-

nación con aquellas tropas de desembarco y todas a las órdenes del teniente general

don Federico Lecor”.

“El objeto de este armamento lo he indicado a V. E., así como también que las provin-

cias de la dependencia de ese Gobierno no tenían que recelar cosa alguna de él”.

“Desde que llegué a esta Corte, procuré ponerme en la misma dirección de los

sucesos políticos y de los intereses políticos de aquellos con quienes debía tratar.

Pues no teniendo fuerza alguna para detener aquéllos y alterar éstos, habría sido

deshecho en el caso de aventurar un choque. Así, pues, mi empeño fué combinar los

intereses peculiares a esas provincias con los de las extranjeras y neutralizar, ya que

no era posible destruir, los principios de oposición”.

Entre los resultados “hasta aquí” obtenidos, figuran los siguientes:

“Desviar del Gobierno de Buenos Aires el golpe que los procedimientos anárqui-

cos del caudillo de la Banda Oriental estaban preparando. Contribuir de este modo

para que las operaciones militares sobre esta Provincia se modifiquen de manera

que sean útiles a las demás, tanto por la aniquilación del poder anárquico de Artigas

como por la preparación de un orden de cosas mejor que el que jamás pudo traer la

anarquía, ni esperarse de una subyugación enteramente militar”.

“Poner así a estos pueblos en actitud de aprovecharse de las ventajas de una

variedad de intereses en las potencias interesadas en la cesación de sus oscilaciones, 

para poder hacer con alguna más dignidad, seguridad y provecho, la mudanza a la

cual en otro caso serían forzados irremisiblemente sin condición alguna”.

“Si V. E. conviene en la necesidad de nombrar una persona de toda confianza

para recibir y transmitir las ulteriores comunicaciones, me parece que éste vaya sin

carácter alguno público a encontrarse con el general Lecor. Don Nicolás Herrera,

que probablemente estará con el ejército portugués, podrá dar luces al comisionado

para no errar en sus primeros pasos. Mientras tanto, V. E. preparará los ánimos y

dispondrá los medios para que se adopte finalmente aquello que los pueblos intere-

sados declaren convenir mejor a sus verdaderos intereses”.

“A fin de que no se pierda tiempo en propuestas que sean inadmisibles por su

naturaleza o por la sazón en que se hagan, me tomo la libertad de adelantar algunas

observaciones que he podido hacer durante mi residencia en esta Corte”.

“Los principios puramente democráticos son incombinables con los monárqui-

cos. El sistema actual de las Provincias Unidas del Río de la Plata, marchitará los

frutos que debe producir la analogía de intereses públicos con sus vecinos”.

“Aunque el acrecentamiento progresivo de esta parte de América forme la base

de la política de Portugal, como potencia americana, ella tiene como Estado antiguo

muchas relaciones con las demás naciones civil izadas, que podrán impedirle el

correr con demasiada violencia en su nueva carrera para no exponerse a retrogra-

dar. Por aquella misma razón, puede tener existente algunas convenciones fundadas

sobre circunstancias particulares, sobre afecciones e intereses del momento, otras

quizá sobre una simple conveniencia y también sobre un error. Así como vemos que

los Estados Unidos de América, siendo Estados tan modernos y tan independientes,

las han tenido capaces de influir en la conducta neutral o indolente de su gabinete.

Esto, pues, debiera tenerse presente a la vista; porque según las circunstancias, po-

drá ser un Soberano ya aliado, ya protector, ya neutral, ora mediador, ora garante

de sus vecinos, ora, en fin, recibirlos e incorporarlos a sus Estados, o bien desechar

esto mismo, si la imprudencia, el descuido o la desgracia de aquéllos no le deja

medio honesto de hacerlo por más que convenga a sus intereses así”.

“Será siempre una felicidad haber preparado en estos dominios un asilo tan se-

guro como sabe V.E., viniendo así a evitarse que una desesperación funesta sacrifi-

que el sosiego de la generación actual y las esperanzas de las venideras a la defensa

de algunas personas”.

EL AGENTE GRACÍA AL DIRECTOR BALCARCE (julio 2 de 1816):

“Es muy digna de alabanza la conducta generosa que tiene Su Majestad con

nosotros y debemos serle reconocidos como a sus ministros, porque no se dejan lle-

var del ejemplo y arrastrar de la autoridad de los tiempos viejos”. 

“Los primeros pasos del ejército portugués servirán a usted de guía. Me parece

que usted entablará luego, sin pérdida de tiempo, sus relaciones con el general en

jefe, el cual parece ser un hombre de excelentes cualidades. Para esto servirá mucho

Herrera, como que estará bien informado de todo y además es amigo verdadero de

su patria”.

“Son tan tristes las noticias que recibimos sucesivamente de ese país, especial-

mente por la división de partidos, que no sería milagro que acabasen con él sus

propios hijos antes que pudiera aplicársele ningún remedio”.

“En la Banda Oriental debe fijarse el pie para luego obrar con energía; usted

queda ya bien cerca y sus comunicaciones serán muy prontas. Yo estoy aquí a la orilla

de la fuente, y crea usted que no me dormiré por nada de este mundo. Es menester

sistema y adoptarlo con uñas y dientes, como suele decirse, pues si andamos escogien-

do manjares como enfermo desganado, vendremos a morir de flaqueza”.

“Ya se ve que es indispensable preparar la opinión o, mejor diré, ilustrarla, pero

¡cuidado con decir cosas a destiempo, que comprometan a todos, incluso a nuestros

pueblos mismos! En cuanto a las medidas prácticas, las entienden muy pocos. A

turbio correr, nuestros compatriotas tendrán siempre un asilo en este reino”.

EL AGENTE GARCÍA AL DIRECTOR (agosto 23 de 1816):

“Aunque las miras del Gobierno del Brasil con respecto a las provincias del Río

de la Plata, podían conjeturarse con algún fundamento, así como también los moti-

vos que le impedían hacer una explicación oficial de ellos, me determiné a pedir a

este Ministerio respuestas categóricas sobre aquellos puntos a lo menos que consi-

deré de más urgente importancia. La Corte se detuvo algunos días en Santa Cruz, y

mi conferencia con el señor Ministro de Estado no pudo tener lugar hasta ayer. En

con secuencia estoy autorizado para transmitir a V. E. las siguientes formales decla-

raciones:

“1o. Su Majestad Fidelísima al mover sus tropas todas a la Banda Oriental del

Uruguay, no trae otra mira que la de asegurarse contra el poder anárquico del cau-

dillo don José Artigas, igualmente incompatible con su quietud que con la de los

demás Gobiernos vecinos. 2o. No existe ninguna especie de tratado, convenio ni

compromiso entre Su Majestad Fidelísima y su Majestad Católica u otra potencia,

relativamente a la América del Sur. 3o. El Gobierno de Buenos Aires puede estar en

la más plena seguridad de que Su Majestad Fidelísima conservará la misma buena

armonía que hasta aquí, y que teniendo dadas al objeto las más positivas órdenes al

general Lecor, será luego desvanecida toda duda del modo más satisfactorio”.

“En seguida me preguntó el ministro si quería que escribiese estas mismas decla-

raciones. Contesté que por entonces me parecían excusadas otras seguridades que 

la palabra de un rey y un ministro que se hacían un deber de publicar que el engaño

siempre daña aun a los mismos a quienes parece aprovechar. El ministro se confor-

mó, pero sin dejar de repetir que si V. E. pensaba de otro modo estaba pronto a

explicarse por escrito. He creído útil proceder con esta especie de galantería, por-

que si realmente hubiera siniestras intenciones, no las variaría un oficio, puesto que

la verdadera garantía en nuestras circunstancias está fundada esencialmente sobre

la reciprocidad de sus intereses y juntamente sobre el carácter personal del Rey y de

su ministro, en cuyo caso pudiera traer alguna ventaja esta especie de confianza, sin

exponer a perjuicio alguno, mucho menos cuando en manos de V.E. está la facultad

de precaverlo”.

En un segundo oficio del 4 de septiembre, el agente García repite el contenido de

esta comunicación, y agrega:

“He podido conseguir por los medios comunes un ejemplar de la proclama im-

presa aquí secretamente para que llevase el general Lecor, que parece va encargado

de conservar a los americanos en sus destinos, darles toda la intervención posible en

la administración de su país, tomar todas las medidas para libertar la industria y el

comercio, y promover cuanto pueda lisonjear las esperanzas de mejoras sólidas y

prontas. Herrera ha sido convidado a acompañar al general como hijo de Montevi-

deo y capaz de conocer los intereses de su propia tierra y también para conducir las

relaciones que pudieran establecerse entre el general portugués y el Gobierno de

Buenos Aires”.

En: Eduardo Acevedo, o.c.

138 El caudillo oriental procedió gradualmente: primero corso en el Plata; lue-

go, extensión del mismo al vasto escenario del Atlántico. El 17 de junio de 1816

escribía al Cabildo de Montevideo: “Marcharon a penetrar los Saltos del Uruguay

los dos corsarios bien pertrechados para auxiliar en el río nuestros movimientos en

tierra. Conviene autorizar el corso, expidiéndose la correspondiente patente para

hostilizar por ese medio a los portugueses en el mar. La medida puesta en práctica

comienza a dar buenos resultados”.

Aquellos dos corsarios eran el “Sabeyro” y el “Valiente”. Había que intensificar

la medida y ya no es sólo la lejana villa de Purificación quien habilite a los corsarios

expidiendo “cartas patente” con las firmas de Artigas y de Monterroso, como “Secre-

tario de Marina”; es también Colonia donde se halla Lavalleja y Montevideo donde

se habilita al corsario de nombre augural “República Oriental”.

“Digo yo don Ricardo Lech, capitán de la goleta nombrada República Oriental

que recibi del señor don Santiago Sierra, Comandante de Marina de este Puerto, la

patente de navegación expedida a mi favor con fecha de ayer por el Señor Delegado

del Jefe de los Orientales, para que la citada goleta de mi mando pueda salir al mar 

con objeto de hacer el corso por el término de tres meses contra los buques pertene-

cientes á la Nación Española y Portuguesa; y para que conste doy el presente que

firmo en Montevideo, á 20 de Noviembre de 1816 — Ricardo Lech”.

Los corsarios habilitados por Lavalleja son objeto de protesta del Director Juan

Martín de Pueyrredón, monarquista y enemigo del régimen republicano federal y,

por lo tanto, de su preclaro defensor. Olvidábase que Buenos Aires había autorizado

este sistema de lucha —Decreto del 18 Nov. 1816— ¡Más tarde el mismo Pueyrredón

lo reglamentaria!.

En: Martinez Montero, Armada Nacional, o.c.

LOS CORSARIOS DE ARTIGAS EN EL MAR

Cuando apareció en Buenos Aires la patente de Artigas, se hicieron al río, comi-

sionados por el Protector, navíos de desplazamiento mayor. La consecuencia se sin-

tió inmediatamente, ya que las noticias de los meses siguientes se referían a apresa-

mientos y visitas hechas hasta la altura del Cabo Santa María.

Montevideo se había convertido en una trampa para el comercio que venía de Río

de Janeiro, ya que la capital oriental, se veía, constantemente asediada, por un nú-

mero extraordinario de corsarios. La zona de Santa María a Río Grande era perma-

nentemente patrullada por los corsarios y no pasaba barco indemne. El subterfugio

de los capitanes portugueses, de izar pabellón de los ingleses o norteamericanos, no

engañaba ya a los corsarios, quienes, visitaron todos los barcos que pasaban por esa

latitud.

Paulatinamente, el corso artiguista fue alcanzando la latitud de la Isla de Santa

Catalina y al llegar ante la capital del Brasil, sus incursiones provocaron en las

autoridades de Río de Janeiro y de Lisboa, un estado de temor tal, que se echó mano

a todos los recursos disponibles. Convoyes, patrullas, refuerzos a la flota, todo se

ensayó y todo fué inútil... Las poblaciones marineras de Bahía, Pernambuco, Natal y

luego Ceará y Maranhao, presenciaron, con extrañeza, los ataques a su navegación

llevados a cabo por barcos que arbolaban una bandera desconocida.

Los rendimientos del corso en el año 1817, fueron remuneradores, y se mandaron

a Buenos Aires muchas presas, para allí ser juzgadas y vendidas. No obstante, los

acontecimientos de la política local debían ejercer una influencia decisiva en la evo-

lución del corso y en las zonas en que se desarrollaba. La firme actitud asumida por

el Jefe de los Orientales ante la política ambigua del Directorio, determinó a este, a

perjudicar a los corsarios orientales, rechazando sus denuncias de buena presa y

haciendo devolver, éstas, a los reclamantes.

Los corsarios en su gran mayoría eran americanos, y, en vista de la imposibilidad

de lograr en Buenos Aires que se reconociera su derecho, resolvieron llevar sus

presas a los puertos de la Unión. Por otra parte ya llegaban allí, las patentes que

desde Buenos Aires enviaba el Cónsul Halsey. De Charleston, Boston, Newport, y,

especialmente de Baltimore, salían de continuo corsarios, que en sus cruceros al-

canzaban el Río de la Plata, empleando solamente cincuenta días en unir aquellos

puertos con el de Colonia o Buenos Aires.

Fue tan intensa la actividad de estos corsarios y tantos los intereses afectados,

que los ministros de España y de Portugal protestaron enérgicamente ante el gobier-

no de los Estados Unidos. Este se vió obligado, por las necesidades de orden inter-

nacional, a sancionar una legislación que afectó su prestigio y sus Intereses.

La Ley de Neutralidad fue sancionada en marzo de 1817, y en los meses que

siguieron los corsarios que arribaron a Baltimore y a los otros puertos, sufrieron

dificultades tales que los obligaron a buscar otros lugares de estación y nuevos mer-

cados para colocar los productos de sus actividades. Llevaron, entonces, sus presas

a las Antillas, particularmente a las Islas de Barlovento y, después, a Margarita, una

vez instalada en ella la Corte de Vice Almirantazgo en Juan Griego.

La zona del corso se extendía, desde principios del año 1818, en un ancho campo

que puede ser determinado mediante una serie de puntos notables: en el hemisferio

norte, Baltimore, Bermudas, Azores, Finisterre, el litoral hispano-portugués hasta

Gibraltar, pasando luego por Madeira, Canarias y Cabo Verde; en el hemisferio sur,

se iniciaba en el Río de la Plata, seguía el litoral Atlántico de la Provincia Oriental,

el de Brasil hasta Cabo Blanco, yendo a cerrar el circuito en Cabo Verde.

Esas zonas, por otra parte, estaban determinadas por las grandes rutas del co-

mercio español y portugués.

Los corsarios que actuaban en la zona del Atlántico del norte, enviaban sus presas

a las Indias Occidentales y a Margarita. En las primeras principalmente a Guadalupe,

San Bartolomé y Santo Tomás. En la isla de San Bartolomé, Gustavia, fué una de las

plazas preferidas por los corsarios, en ella se disponía del producto del corso en forma

sumaria, adquiriendo, así los negocios una actividad extraordinaria.

Otros corsarios usaron, con el mismo fin, la isla Amelia y, aún el Puerto de

Galvestón, en el Golfo de Méjico. Esa fué la consecuencia directa de la política

observada en Buenos Aires y de la aplicación, cada vez más estricta, de la ley de

Neutralidad, en los Estados Unidos. La importancia de estas zonas intermedias se

hizo, más notable aún, en los años 1819 y 1820, pues constituyeron los lugares de

estación casi exclusivos.

La vecindad de los puertos americanos originó la formación de un tráfico muy

intenso de las Antillas al continente, el cual se alimentó, permanentemente, con los

productos del corso. Las mercaderías entradas por esta vía a los Estados Unidos

totalizaron un valor que podía calcularse en millones de dólares. 

Entretanto, los acontecimientos del Río de la Plata en esa época, impusieron la

casi absoluta prescindencia de Buenos Aires y de Colonia del Sacramento como

puertos de arribada. Este último se encontraba en poder de los portugueses y el

Protector había roto, definitivamente, con el Directorio.

Como se advierte, los sucesos políticos tuvieron una influencia fundamental, en

cuanto a las zonas en que se operó el corso y, sólo con pocas excepciones, las naves

que, con pabellón de Artigas, realizaban cruceros atlánticos arribaron a Buenos

Aires. En cambio es nutrida la información referente a corsarios de esta bandera que

actuando a la altura de Lisboa y Cádiz, retornaban a los puertos mencionados.

ORGANIZACION DE LA CAMPAÑA ATLANTICA

Pese a la actividad que dejamos reseñada, no escapa a la previsión de D. José

Artigas que los medios eran exiguos, que era necesario buscar ayuda afuera, en el

extranjero. Estaba en contacto con Thomas L. Halsey, representante consular de los

Estados Unidos.

Este llegó hasta el Hervidero y allí, ajustó con el Protector, acuerdos de carácter

comercial y, lo que es más importante de carácter internacional. El acuerdo permitió

dar a la autorización de corso dictada en Purificación, la enorme dimensión a que

estaba destinada. Mr. Halsey a su regreso a Buenos Aires, llevó las patentes de Cor-

so, que debían, de acuerdo con lo convenido, ser enviadas a los Estados Unidos.

Halsey sería quien proporcionaría los barcos, los hombres, quien podría en manos

de Artigas, el arma acerada que desgarraría el tráfico portugués.

Los marinos de Estados Unidos, principalmente los de Baltimore, acudieron al

llamado del hombre bajo cuya ancha bandera cabían sólo los libres y los valientes.

De los puertos norteamericanos salieron los barcos corsarios de Artigas, anti-

guos mercantes, veleros de comercio convertidos en barcos de guerra.

Estos corsarios que se batieron bajo el pabellón de Artigas tuvieron una técnica y

características especiales. Exigía barcos andadores, buenos orzadores, capaces de

hacer el mayor camino contra el viento, lo que permitía a los capitanes, caer al

abordaje o ponerse a salvo si el enemigo los superaba en poderío.

Requería capitanes de iniciativa y audacia probadas, que arrastraran a las tripu-

laciones al combate y al abordaje, y lo que era más importante someterlas a una

relativa disciplina.

Las marinerías eran una mezcla de hombres de todas las naciones, pero principal-

mente ingleses y norteamericanos. Debemos decir en su honor que fueron dignas del

fin propuesto y que jamás flaquearon. Tales fueron los elementos y los procedimientos

que fueron puestos al servicio de Artigas, para llevar a cabo su obra por la autonomía

del Río de la Plata y para la destrucción de las flotas, mercante y militar de Portugal.  

REGLAMENTACION

Para que el corso Artiguista tuviera todo el valor legal necesario, debió ser re-

glamentado, articulado, a los efectos de determinar escrupulosamente los derechos

y deberes de cada una de las partes.

La reglamentación de corso aprobada en Purificación, es sin duda alguna uno de

los rasgos más brillantes de ese original caudillo que fué D. José Artigas.

Demuestra allí, un dominio de derecho de gentes que sorprende. Esgrime los

principios del derecho internacional público para reglar su actitud, en las relaciones

con los otros pueblos, con la soltura y prestancia del verdadero campeón que fué. De

aquella Cancillería de Purificación, salió la Ordenanza General del Corso. Docu-

mento justo, ecuánime, equilibrado, fué el que rigió como ley, la actividad de los

corsarios desde el año 1816 hasta que Artigas, confinado ya en el Paraguay, había

desaparecido del escenario político del Río de la Plata.

Sobrevivió al caudillo, puesto que, a fines del año 1821, los corsarios que arbola-

ban la bandera Oriental, rigiéndose por ella continuaban haciendo presas en el océa-

no. La reglamentación consta de 18 artículos y en ellos está determinada, con toda

exactitud, la conducta que deben observar los corsarios desde el punto de vista inter-

nacional. Artículos de carácter contractual como el segundo, contributivo, como el

tercero, cuarto y quinto, sobre declaratoria y liquidación de presas, como el octavo,

noveno y duodécimo, fiscal, como el décimo, undécimo y décimosexto, beligerante,

como el decimocuarto, en fin disciplinario, como el décimo quinto y décimo octavo.

Pero entre ellos descollando como vigías avanzados, por el trascendente y profundo

sentido que entrañan, debemos detenernos, en particular, en dos artículos: el prime-

ro y el décimo.

El primer artículo consta de dos partes: “El Comandante y Oficiales y demás

subalternos del predicho corsario quedan bajo la protección de las leyes del Esta-

do”. Esta entraña las garantías de la seguridad individual. Y, luego, en la segunda

parte, dice: “y gozarán aunque sean extranjeros de los privilegios e inmunidades de

cualquier ciudadano americano mientras permaneciesen al servicio del Estado”. Es

indudablemente, esta, la parte más interesante: en ella se hace una doble referencia,

a los “extranjeros” y al “ciudadano americano”, ¿Qué entendía Artigas por extran-

jero? Por tal concepto ¿se tomaría al nativo de los Estados Unidos, de Venezuela o

de Chile? Podemos, con absoluta certeza, afirmar, categóricamente, que no era ese

el concepto del Protector, y lo corrobora la expresión usada de “cualquiera ciudada-

no americano”, lo que aclara la diferencia.

Para Artigas, era extranjero el inglés, el francés, el portugués, el español, en una

palabra el no americano. Ese pensamiento nos lleva a penetrar la verdadera idea

que preside el artículo, el de la ciudadanía americana. 

América forma una unidad y los hombres nacidos en ella, son ciudadanos por dere-

cho propio, cualquiera que sea el lugar donde actúen. La prolongación de este pensa-

miento la encontramos en el artículo décimo: “El Comandante de Corso podrá reco-

nocer qualesquiera buque navegante, y si lo encontrase con armamento, útiles de gue-

rra y papeles oficiales de cualesquiera de las dos magestades, española y portuguesa,

relativas a la subyugación y nuevas conquista de estas provincias y otras cualesquiera

del continente americano, será por el mismo hecho, declarado buena presa”.

Si por el artículo primero Artigas significaba su concepto sobre la unidad política

americana, de la identidad para la lucha, en este último nos muestra el concepto

que, de sí mismo y del pueblo oriental, tenía en cuanto al rol que jugaban en el

desarrollo de la Revolución y de su lugar en la lucha.

Desde ese momento, la sombra del pabellón tricolor, sostenido en el mar por los

corsarios, amparó, por disposición del caudillo, exento de todo sentimiento

particularista, no sólo las provincia de la Liga Federal, sino también a cualquiera de

las del continente americano, que pudiera ser amenazada.

Artigas, como siempre, había tomado el rumbo verdadero: el de América. Cual-

quier nación extranjera que pretendiera atacarla, era, por lo mismo, enemiga del

Protector y por lo tanto pasible de ataque y destrucción, y, así lo ordenó.

Esa Reglamentación de Corso prueba, que Artigas, el primero entre todos, pro-

clamó y defendió el derecho de los americanos a la libertad, emancipados de todo

tutelaje.

LAS CARTAS PATENTES

Las naves corsarias, para hacerse al mar, necesitaban de la imprescindible docu-

mentación que las acreditara como tales. Para ello las autoridades de la Marina, ya

en Montevideo, Colonia o Purificación extendieron la documentación que ante el

derecho marítimo de guerra hacía válidos y legítimos los actos del corsario y su

derecho a hacer presas.

Tres, fueron los documentos que se otorgaron a los capitanes corsarios: primero

la Patente de Navegación, a los efectos de individualizar al barco y determinar su

nacionalidad, en segundo término, la Patente de Corso, que acredita al corsario y lo

autoriza a atacar la navegación enemiga, en tercer lugar, la Patente de Presa, que

atiende a la seguridad de las naves tomadas y de su conducción a puerto.

En Purificación se tuvo el concepto del valor unitario de esta triple documenta-

ción, puesto que se la designó, en su total integridad, con la expresión genérica de

Cartas Patentes.

Entre estos documentos se debe mencionar, principalmente la Patente de Corso

otorgada, por el Jefe de los Orientales al Capitán de la goleta “Fortuna”, D. Juan 

Clark, en Purificación, el 19 de noviembre de 1817, que lleva el número seis del

Departamento General de la Marina.

Es igualmente digna de ser destacada, dentro de esta documentación la Patente

de Oficial de Presa, concedida por el Protector a favor de D. Juan H. Murphy, oficial

del corsario “La Fortuna”, estando su otorgamiento, refrendado por el Secretario

de la Marina, José Roso. Como elemento preciso de identificación, lleva el sello de

armas de la República donde se lee claramente el lema: “Libertad Republicana”.

Estas Cartas Patentes fueron otorgadas por Artigas en el período comprendido entre

los años 1817 y 1820, y su principal agente circulador en Buenos Aires, fué el Cónsul

de los Estados Unidos, Mr. Halsey, que por todos los medios a su alcance, ya como

armador de corsarios, ya como intermediario o como garantía de los mismos, dió un

impulso extraordinario al movimiento corsario.

Caídos los puertos de Montevideo y de Colonia, en poder del invasor portugués,

y no pudiendo armarse corsarios en el Río de la Plata fué necesario buscar el medio

que salvara tal dificultad. Se recurrió al arbitrio de enviar en blanco, las patentes a

los Estados Unidos. Allí se llenaba, con el nombre del barco y del capitán.

Fue la época en que la mayoría de los corsarios de Artigas, empezó a salir de los

puertos de América del Norte, en particular del de Baltimore.

EL DERECHO DE VISITA

El Reglamento General de Corso autorizaba a los barcos que cruzaban con la

bandera del Protector, a detener las naves de otras naciones y llevar a cabo visitas a

los efectos de comprobar la nacionalidad del barco, la naturaleza de la carga, el

objeto del viaje y lugar de destino.

Los corsarios de Artigas ejercitaron plenamente ese derecho, cuyo procedimiento

estaba reglamentado por la Ordenanza General del Corso, y los artículos catorce,

quince y diez y seis, particularmente, establecían la moderación con que debía

actuarse. Las protestas por esta circunstancia se repitieron por parte del Director

Supremo y del Generalismo portugués.

TRIBUNALES DE PRESA

Para que las naves tomadas al enemigo fueran declaradas “buena presa”, era

necesario que se tramitara un juicio ante un tribunal competente. Quien capturaba

una nave al enemigo no podía determinar, por sí, sobre la propiedad de los actos de

incautamiento, de la legitimidad y buen uso hecho de los reglamentos que habían

presidido la toma de posesión.

No podía librarse la adjudicación, a quien realizaba la captura, puesto que tal

circunstancia hubiera determinado una práctica viciosa. La atribución definitiva se 

llevaba a cabo por el Estado autorizante, quien instalaba el instituto capacitado

para ello: el Tribunal de Presas.

En la América del Sur fue particularmente importante, el instalado en Juan Grie-

go, en la Isla de Margarita, bajo la jurisdicción del gobierno venezolano. Existieron

también Tribunales de Presas en las Antillas y en el Golfo de Méjico.

En los Estados Unidos no existieron y allí la acción se sustanciaba ante los tribu-

nales judiciales de cada estado. Los ingleses tenían en la Isla Antigua su Tribunal,

habiéndose juzgado allí, por lo menos, una presa de un corsario de Artigas.

CONSECUENCIAS DE LA CAMPAÑA CORSARIA

Resulta evidente que la medida dictada en Purificación, autorizando el corso con

bandera de la Provincia Oriental, estaba destinada a obtener un fin y que éste era la

destrucción de las flotas mercantes y de guerra de España y Portugal e interrumpir

sus comunicaciones.

Si hacemos el estudio de los acontecimientos navales, la suma de las presas obte-

nidas y la valoración del monto de los cargamentos requisados y vendidos, si nos

atenemos al aspecto exterior y frío del triunfo naval, culminado con la destrucción

sistemática del tráfico, o al acoso infatigable del enemigo, cabe afirmar que el éxito

coronó los esfuerzos y superó las esperanzas más optimistas. Las cancillerías y los

congresos se conmovieron por las reclamaciones de quienes, dolidos por las pérdi-

das experimentadas, procuraban, utilizando todos los medios posibles, conjurar el

peligro que constantemente les acechaba y cuyo poderío se presentía como algo

oculto y considerable, capaz de originar mayores perjuicios.

La gestión de los corsarios provocó la reacción de los Estados Unidos que por

medio de su Ejecutivo, en repetidas oportunidades, envió al Congreso mensajes en

los que se reconocían los derechos de la Banda Oriental y se determinaba la situa-

ción de beligerancia de Artigas con los gobiernos de España y de Portugal.

A su vez, el Congreso fué teatro de una batalla política en la que los enemigos de

Artigas y de su sistema quedaron en evidencia, sufriendo una derrota abrumadora.

Por otra parte, los Tribunales de Justicia de la Unión y las Cortes de Almirantazgo

de Venezuela y de Inglaterra, reconocieron los derechos de los corsarios de la Pro-

vincia Oriental y, al mismo tiempo, hicieron declaraciones concretas de reconoci-

miento de la nueva República y de su estado de beligerancia con las potencias euro-

peas mencionadas.

Todos estos acontecimientos tuvieron lugar gracias a los corsarios y a la acción

naval que desarrollaron. Pero estos triunfos en tan diversos terrenos, que definían la

situación de la nueva República en el terreno jurídico, principalmente, ¿eran, acaso,

el fin, el resultado que con su institución buscó Artigas? 

A través del estudio del proceso artiguista, de la acción de sus fuerzas diplomáti-

cas, navales y terrestres, hemos llegado al convencimiento de que todas las acciones

y los triunfos logrados en tan distintos aspectos, que siempre se han considerado los

fines de su política, no han sido sino los medios para lograr un fin ulterior y más alto.

El Protector de los Pueblos Libres comprendió, a poco de producida la invasión

portuguesa, que la maquinación elaborada en Río de Janeiro lo vencería. Captó,

con certero golpe de vista, Ia causa del entendimiento de fuerzas tan dispares,

coaligadas contra él, el fin a que aspiraban Buenos Aires y Río de Janeiro. La inva-

sión estaba destinada a desplazarlo, primero deI ambiente de la Provincia Oriental,

y luego aplastar a la República como sistema político. El éxito militar portugués se

culminaría con la instalación de una monarquía constitucional en las Provincias

Unidas del Río de la Plata, ejercida por un representante de la Casa de Braganza,

Don Juan VI u otro de su estirpe, para el caso de que la primera solución levantara

resistencias en los pueblos

Artigas comprendió que entre el trono en el Río de la Plata y Juan VI, sólo había

una valla: su sacrificio. Lo supo desde el primer momento y a nadie que midiera los

acontecimientos como lo hacia Artigas, podía engañar el cuadro que presentaba la

situación militar del Protectorado: su vulnerabilidad y sus escasas posibilidades de

éxito al tener que batirse con lo más escogido del ejército portugués, veterano de la

guerra contra Napoleón. El sacrificio del caudillo oriental y el de sus ejércitos, ven-

cidos batalla tras batalla, ese empecinamiento, que ahora sabemos deliberado, es el

tributo más alto que conductor de pueblo jamás haya pagado a su ideal. Consciente

de su incapacidad, de su derrota, no vacilo en usar de todos los elementos de lucha

a su alcance y de crear otros nuevos contra el invasor, que pese a sus victorias vivió

encerrado en Montevideo durante tres años.

En el mar, las naves armadas en corso por Artigas, realizaron una obra paralela

a la de ese ejército oscuro que con heroico tesón disputaba el terreno al enemigo.

Fueron medios también, medios, en esa trinidad de sacrificios destinados a un fin.

Era necesario evitar, a costa de todos los esfuerzos imaginables, que se consumara

el plan acordado entre los diplomáticos de Buenos Aires y de Río de Janeiro.

Si Artigas hubiera carecido de esa estoica voluntad, si se hubiera entregado o

expatriado, no hubiera existido fuerza capaz de impedir la monarquía rioplatense,

porque todo conjugaba para ello. Ese ejército y esos corsarios sacrificados, esa de-

nodada permanencía en la lucha, dieron su fruto.

Cuando Artigas cayó, todos cayeron: Buenos Aires bajo el peso de la derrota de

Cepeda y su núcleo unitario disperso; el portugués, aplastado por el desgaste, supe-

rior a un esfuerzo mantenido, penosamente, más allá de sus posibilidades.

Hubo derrota de Artigas, derrota material por agotamiento de sus recursos. Pero, 

también, triunfo de los principios republicanos. Aunque su obra había sido frustrada

en el aspecto personal, el Protector había cumplido su misión.

Triunfó para siempre la independencia frente a las pretensiones de dominación

española y portuguesa, la República frente a la Monarquía, la Federación frente al

Centralismo.

La lucha de Artigas fué, pues, una afirmación y su sacrificio, la nota de mayor

potencia de la soberanía de los pueblos del Río de la Plata.

En: Agustín Beraza, Artigas

139. “Las disposiciones y movimientos de tropas con que la Corte de Río de

Janeiro se proponía ocupar la Provincia de Montevideo, llegaron pronto a conoci-

miento de Artigas, jefe de los independientes orientales del Río de la Plata... El

desembarco de la división portuguesa de Voluntarios del Rey en la isla de Santa

Catalina, destinada a entrar en la misma Provincia por la frontera de la capitanía de

Río Grande de San Pedro del Sur, a órdenes del teniente general Carlos Federico

Lecor, aumentó los recelos de Artigas y avivó sus medidas defensivas... El sistema de

libertad arraigado en el seno de los habitantes de aquel país durante siete años y

conservado celosamente a costa de grandes sacrificios, dio lugar a que fueran bien

recibidas las proclamas y órdenes del ambicioso Artigas, que sabía con refinadas

máximas y lisonjeras promesas de felicidad excitar ese espíritu de libertad. La pro-

clama del Cabildo de la plaza de Montevideo, del 22 de junio de 1816, fué el primer

paso para decidir a aquellos habitantes a una loca y obstinada defensa, capaz por sí

sola de darles el último golpe de la desgracia en lucha con tropas de un Gobierno

menos generoso que el portugués”.

Artigas distribuyó sus principales fuerzas por las fronteras de Cerro Largo y San-

ta Teresa y por las de Entre Ríos y Misiones, amenazando así territorios portugueses.

Su circular de 27 de junio de 1816 a los comandantes de la frontera, cayó en manos

de una guardia portuguesa, juntamente con otros documentos relativos al plan de

invasión que había proyectado por diferentes puntos de la línea de fronteras, en la

forma que después se verificó. En vista de ello, el marqués de Alegrete, capitán gene-

ral de Río Grande, que todavía no había recibido órdenes ni instrucciones de su

Gobierno, resolvió adoptar medidas militares, confiando la dirección de las tropas

al teniente general Curado. Artigas se proponía invadir por medio de distintas di-

visiones a sus órdenes y a cargo de Verdún, Andrés Artigas y Sotelo, los territorios de

Misiones y Entre Ríos, y luego internarse hasta el río de Santa María para la orga-

nización de la defensa y conservación de las tierras conquistadas

Era un plan de invasión “ciertamente bien combinado”.

En: Eduardo Acevedo, o.c. 

“La invasión había sido pacientemente elaborada en Río de Janeiro por gestión

oficial de Dn. Manuel J. García representante del gobierno bonaerense en aquella

ciudad, secundado por el oriental Dn. Nicolás Herrera, los dos fervientes alvearistas.

Ambos, especialmente el segundo, supieron aprovechar hábilmente el cambio de orien-

tación política que por aquellos años se había operado en los planes de la cancille-

ría portuguesa de Río de Janeiro.

En efecto, Dn. Juan VI, que todavía se hallaba en esta ciudad, había sido defrauda-

do por las potencias europeas de la Santa Alianza; aunque ya entonces; rey de Portu-

gal, Brasil, y Algarbes, sus reclamaciones acerca de territorios arrebatados durante la

conquista napoleónica no fueron atendidas. Este hecho le aferró más a la tierra brasi-

leña que le había servido ocho años de refugio, y ahora erigida en carácter de reino.

Renuncia entonces a sus planes en Europa y se decide llevar a cabo una vasta política

en América. Fiel intérprete y ejecutor de estos propósitos fue su ministro Dn. Antonio

de Araújo, Conde de da Barca; a él se debe, en realidad, el amplio plan tendiente a

hacer del nuevo reino de Brasil una fuerte potencia americana y del soberano portugues

un rey también americano. En estos propósitos va a coincidir precisamente con los de

Buenos Aires respecto de la Banda Oriental, codiciada presa de viejas ambiciones

luso-braleñas, e irreductible obstáculo a los propósitos centralistas bonaerenses.

Por entonces había amenguado la influencia británica en la corte de Río de Janeiro,

que hasta el momento frenara sus proyectos imperialistas sobre el Río de la Plata.

Todo favorecía, pues, los planes de expansión Portuguesa en nuestro territorio: el

monarca lusitano decidido a ello, los gobernantes porteños conformes, la diplomacia

británica distraída en otros problemas del viejo mundo, España atareada en otros

lugares de América. La Banda Oriental quedaba, pues, librada a su propia suerte.”

En: Castellanos, o.c.

El Cabildo Montevideano convoca al pueblo a las armas contra los portugueses

invasores.

“Habitantes de la Banda Oriental! El Gobierno de Montevideo, empeñado en

vuestra libertad e independencia, tiene el placer de habláros hoy para anunciaros

los preparativos de una invasión portuguesa, que por cartas de Río de Janeiro se

destina para invadirnos. Esta noticia que sólo puede causar temores a las almas

débiles o apocadas, debe hacer renacer en vosotros el amor a la libertad y aquel

ardor y santo entusiasmo por su defensa, que siempre fué el precursor de vuestras

victorias. La acción militar que se os prepara, apenas merecerá contarse entre los

triunfos que habéis conseguido. Acostumbrados a presentaros y a vencer las tropas

mercenarias, a despreciar los peligros, a aborrecer la tiranía, a desplegar vuestro

valor contra los que atentan a vuestros derechos sagrados, ¿qué impresión puede 

haceros una miserable incursión de extranjeros y de esclavos? Ellos van a ser vícti-

mas de su orgullo, si os resolveis a empuñar las armas. La Patria os llama, y todos

debéis correr a ella: en vuestras manos se deposita hoy el bienestar de vuestros hijos,

de vuestras familias y de vosotros mismos: de ellas depende vuestra libertad o escla-

vitud perpetua: corred, pues, todos los que no os halláis alistados, y os sentís heridos

de ese fuego santo de la libertad, a recibir las órdenes de este Gobierno: él os será

compañero en los peligros y partícipe de vuestros sucesos prósperos o adversos”.

140. PLAN MILITAR DE ARTIGAS, COMUNICADO AL CABILDO DE

MONTEVIDEO.

“He demorado el extraordinario de V. S. hasta esta fecha esperando el correo y

con él la confirmación de la noticia para activar cada día más y más el orden de las

providencias, todas reducidas a una alarma general en todos los puntos para el día

que se dé la orden de ataque”.

“En mi concepto y según mis providencias, Montevideo es el último que debe expe-

rimentar el teatro de la guerra. Mientras ese caso apurado, que supone nuestra des-

trucción, no llega, esa plaza debe mantenerse firme con su guarnición competente,

pues si hay lugar a preverse aquel caso, se tomarán las providencias convenientes”.

“Al presente toda la fuerza voy a cargarla sobre la frontera, y don Frutos con

cien hombres debe marchar a Maldonado en observación en aquel punto, arreglar

aquellas milicias, armarlas y ponerlas en actividad con el doble fin de atender cual-

quier movimiento sobre la frontera de Santa Teresa y activar sus providencias en

caso que la expedición venga a Maldonado; y si continúan los buques enemigos

hasta ese destino, él bajará con toda la gente que tenga y se pondrá a inmediaciones

de esa plaza para guarnecerla, con las demás milicias del departamento de Montevi-

deo, las de San José y Colonia, que todas deben obrar sobre ése punto. Al efecto

escribo a mi delegado, que todos sean armados; que don Manuel Artigas entre con

dos escuadrones a fortificar la guarnición de esa plaza, debiendo con la gente de

ésta armarse otro de caballería, que haga su fatiga sobre la costa del mar en esas

inmediaciones, mudándose cada mes. El tren volante debe situarse en Canelones y

que se armen en aquel pueblo dos compañías cívicas del misma para su custodia,

suministrándosele el resto de las municiones que se crean superfluas en esa plaza”.

“Ya he mandado al señor comandante de la vanguardia, don Fernando Otorgués,

que se aproxime con la división a obrar por Cerro Largo, y reuniéndose con las

milicias de ese punto espere mis órdenes”.

“Las tropas de este cuartel general deberán obrar por su frente hasta el cuartel

general de los portugueses que se halla en San Diego, cuando las divisiones de Entre

Ríos marchen a cubrir las costas del Uruguay hasta Misiones... La división de los

naturales, que con los nuevos auxilios debe elevarse a dos mil hombres, obrará por

su frente repasando el Uruguay”.

“Es preciso que todos se penetren del esfuerzo que todos debemos hacer y que

todo sacrificio es corto para conseguir nuestra libertad... Por lo mismo, nuestro

propósito debe ser o morir con gloria o acabar con los tiranos. En tan críticos mo-

mentos, V. S. debe revestirse de toda energía y no guardar la menor consideración.

El que conspire contra la Patria sea fusilado inmediatamente; y el español, portu-

gués o americano que se advierta sospechoso y se repute capaz de perjudicarnos, V.

S. me lo remite asegurado que yo lo pondré a cubierto de toda tentativa. Este debe

ser el principal celo de V. S. mientras los demás empeñados en el objeto de la guerra,

prodigan sus esfuerzos para dar a la Banda Oriental un día de gloria y coronamos

nuestros afanes con la conclusión de todos los enemigos”.

“Cuento sobre ocho mil hombres prontos a abrir la campaña. Si logramos que

sean favorables los primeros resultados, creo que Portugal se mirará muy bien antes

de insistir en la empresa... El entusiasmo es general y esta señal precursora de las

victorias debe hacernos gustosos nuestros sacrificios; nuestros enemigos no han he-

cho más que inflamar el amor patrio y nos hallamos coronados de laureles contra

todas sus esperanzas”.

141. TEXTO PARCIAL DEL ACTA DEL CONGRESO.

“Nos, los representantes de las Provincias Unidas de Sudamérica, reunidos en

Congreso General, invocando al Eterno que preside el universo, en el nombre y por

la autoridad de los Pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las Naciones

y hombres todos del globo, la justicia que regla nuestros votos, declaramos solemne-

mente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias,

romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los

derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de Nación libre e

independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli. Quedan, en conse-

cuencia, de hecho y derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que

exija la justicia e impone el cúmulo de sus actuales circunstancias”.

142. PUEYRREDON EN BUENOS AIRES.

“El 29 de julio, por la mañana el nuevo Director era recibido, en San José de

Flores, por el Cabildo porteño, la Junta de Observación y los dos gobernantes inte-

rinos, Escalada e Irigoyen. A la tarde, hacía su entrada en la ciudad, tomando pose-

sión del gobierno.

Los que habían recibido a Pueyrredón en San José de Flores, pertenecían a la

facción más conservadora del patriaciado porteño, integrada por el sector de pro-

pietarios y “gente decente” que había impuesto su predominio en setiembre de 1811, 

con el “primer Triunvirato”, había cooperado en la caída de Alvear en abril de 1815

y acababa de imponerse sobre el partido popular bonaerense, gracias a la debilidad

de Balcarce, en julio de 1816.

Al grupo también se habían agregado los antiguos “saavedristas”, como Pedro

Medrano y Vicente Anastasio de Echeverría, purificados de su contaminación plebe-

ya con los “orilleros” de Joaquín Campana.

Pero el partido popular bonaerense continuaba en pie, teniendo por jefes a Soler y

Dorrego y por órgano de prensa a “La Crónica Argentina”, donde escribían Manuel

Moreno, Vicente Pazos Silva y otros. Su imprenta se había convertido en un centro

difusor de folletos que eran leídos y comentados en las tertulias y cafés de la ciudad. Se

les motejaba de “artiguistas” entre la “gente decente”, a pesar de que no se animaban

a defender al caudillo oriental, aunque denunciaban a todos los tonos la política com-

placiente del Directorio frente a la invasión portuguesa. Al partido popular - de cre-

ciente definición "federal” - se sumarían también el Cnel. Domingo French y los ofi-

ciales desplazados del ejército del Perú, los orientales Manuel Pagola y Eusebio

Valdenegro. Rondeau, siempre oficialista, acompañó en cambio al gobierno.

Entre estas dos corrientes principales, el “alvearismo” prácticamente, había des-

aparecido. Exilados sus jefes principales en Río de Janeiro, sin apoyo en el ejército

ni en la opinión porteña, los “facciosos” acabaron por integrarse en los otros ban-

dos: Valentín Gómez, Vicente López y Planes y la mayoría, se plegaron al partido

gobernante, integrándose en la nueva organización de la Logia Lautaro. Bernardo

Monteagudo, en ese momento en el exilio, sería incorporado al ejército de San Mar-

tín, al que acompañó en su cruzada, distinguiéndose luego en el Perú por una bri-

llante obra de organización, en la plena posesión de sus facultades intelectuales.

El instrumento más poderoso de la política del gobierno de Pueyrredón sería la

“Gran Logia”, como se llamó en la sociedad secreta organizada con el apoyo de

San Martín, sobre la base de la Lautaro.

Los objetivos de la “Gran Logia” quedarían desvirtuados por la gravitación de

los “facciosos” en el ánimo de Pueyrredón. “Mantener el orden y asegurar la inde-

pendencia” eran sus propósitos. Pero, mientras que, para San Martín, “mantener el

orden” significaba mantener la unidad nacional, con una política de alianza con los

elementos populares porteños y los Pueblos Libres del Protectorado artiguista,

Pueyrredón y la Logia lo entendieron como imposición sobre ellos.

“Consolidar la independencia”, era, para San Martín, conducir militarmente la

guerra de la independencia; pero en el círculo de Pueyrredón y de los logistas, era

pedir un monarca no ya a España, Inglaterra o Portugal, sino a Francia, a la que se

inclinaban las simpatías del Director Supremo”.

En: Reyes Abadie, o.c. 

143. La ofensiva militar portuguesa, siguiendo un plan maestro obtenía impor-

tantes victorias a partir del 3 de octubre. (derrota de Andresito en San Borja).

“A medida que transcurría agosto, las tropas portuguesas atravesaron la fronte-

ra en varios lugares y retrocedieron cuando los orientales las atacaron. Probable-

mente se tratará de incursiones exploratorias con el objeto de hacer que los orienta-

les revelaran sus fuerzas y sus disposiciones. El día 28 llegó el ataque de la vanguar-

dia portuguesa comandada por el general Pinto de Araújo Correa, sin previa decla-

ración de guerra.

Cruzaron la frontera en el este, por las llanuras tachonadas de lagunas cerca de

la fortaleza de Santa Teresa, y esta vez los portugueses comenzaron en realidad la

invasión.

El plan de la campaña portuguesa se basaba adecuadamente en una innegable

superioridad numérica de pertrechos, y de instrucción militar. El Capitán-general de

Rio Grande do Sul, Marqués de Alegrete, con las fuerzas de su provincia, que alcan-

zaban a unos seis mil hombres con antecedentes y entrenamiento similares a los de

las tropas orientales, iba a cubrir la frontera. Sus misiones eran las de mantener a

los orientales ocupados en toda la línea, encargarse de la seguridad del territorio

brasileño en caso de una invasión oriental, y al mismo tiempo proteger el flanco de

la acometida principal de los portugueses. Sus fuerzas estaban separadas en dos

divisiones, una de las Misiones, comandada por el Brigadier Chagas y con cuartel

general en San Borja, cercano al río Uruguay, y la otra en la frontera de Río Pardo,

comandada por el teniente general Curado. Estas fuerzas podrían invadir Corrien-

tes y dirigirse a Santa Fe con el fin de hacer que Artigas se alejara de la Provincia

Oriental. El plan indicaba que se haría el ataque principal mediante un ejército al

mando del teniente general Lecor, que acometería siguiendo la costa hacia el sur de

la Laguna Merim, pasando por el puerto de Maldonado, y de ahí hasta capturar

Montevideo. Los portugueses seguían el clásico axioma que dice que quien domina

la capital es el dueño del país”

En: John Street, Artigas, La Emancipación del Uruguay.

144. “A medida que transcurría agosto, las tropas portuguesas atravesaron la

frontera en varios lugares y retrocedieron cuando los orientales las atacaron. Proba-

blemente se tratara de incursiones exploratorias con el objeto de hacer que los orien-

tales revelaran sus fuerzas y sus disposiciones. El día 28 llegó el ataque de la van-

guardia portuguesa comandada por el general Pinto de Araújo Correa, sin previa

declaración de guerra.

Cruzaron la frontera en el este, por las llanuras tachonadas de lagunas cerca de

la fortaleza de Santa Teresa, y esta vez los portugueses comenzaron en realidad la

invasión. 

El plan de la campaña portuguesa se basaba adecuadamente en una innegable

superioridad numérica, de pertrechos, y de instrucción militar. El Capitán-general

de Río Grande do Sul, Marqués de Alegrete, con las fuerzas de su provincia, que

alcanzaban a unos seis mil hombres con antecedentes y entrenamiento similares a

los de las tropas orientales, iba a cubrir la frontera. Sus misiones eran las de mante-

ner a los orientales ocupados en toda la línea, encargarse de la seguridad de terri-

torio brasileño en caso de una invasión oriental, y al mismo tiempo proteger el flan-

co de la acometida principal de los portugueses. Sus fuerzas estaban separadas en

dos divisiones, una en las Misiones, comandada por el Brigadier Chagas y con cuar-

tel general en San Borja, cercano al río Uruguay, y la otra en la frontera de Río

Pardo, comandada por el teniente general Curado. Estas fuerzas podrían invadir

Corrientes y dirigirse a Santa Fe con el fin de hacer que Artigas se alejara de la

Provincia Oriental. El plan indicaba que se haría el ataque principal mediante un

ejército al mando del teniente general Lecor, que acometería siguiendo la costa ha-

cia el sur de la Laguna Merim, pasando por el puerto de Maldonado, y de ahí hasta

capturar Montevideo. Los portugueses seguían el clásico axioma que dice que quien

domina la capital es el dueño del país”.

En: Ibídem

“Cuando tuvo la certidumbre de la invasión, concibió un audaz plan estratégico,

consistente en “forzar el Uruguay por arriba del Ibicuy y entrar a sus poblaciones”,

llevando la guerra al territorio brasileño, con el fin de cortar las comunicaciones del

enemigo y aislarlo de sus reservas y bases de aprovisionamiento y recursos.

Mientras el 28 de agosto, la vanguardia de Lecor ocupaba la fortaleza de Santa

Teresa, Andresito entró en las Misiones Orientales derrotando a los portugueses en

Rincón de la Cruz el 21 de setiembre y poniendo sitio a San Borja.

Pero el portugués Abreu, con fuerzas superiores, consiguió rechazarlo el 3 de

octubre. Igual suerte corrió Verdún que con 700 hombres había alcanzado el Ibirocay,

afluente del Ibicuy, el día 19. La columna que mandaba el propio Artigas fue derro-

tada, a su vez, en las cercanías de los cerros de Corumbé, sobre el Cuareim, el día

27, retirándose el Jefe Oriental, luego de perder 500 hombres, hacia el Arapey, para

reorganizar sus fuerzas.

En tanto así fracasaba la acción oriental en el norte, la invasión continuaba por

el este. Rivera era derrotado en India Muerta, el 19 de noviembre, dejando 250

muertos, varios prisioneros y efectos. Lecor, a su vez, al frente del grueso del ejército

llegaba a Maldonado el 4 de enero de 1817, entrando en contacto con la flotilla del

Conde de Vianna y dirigiéndose para establecer su Cuartel General a la región que

llamó de “Pan de Azúcar” por el cerro próximo. Allí se le incorporó la columna del

general da Silveira que venía de derrotar las fuerzas de Otorgués. 

En Montevideo el Cabildo, ante la inminencia de la invasión, había lanzado una

proclama el día 22 de junio exhortando al pueblo a aprestarse para la defensa.

Seguidamente, había dispuesto la formación de milicias cívicas, la formación de

nuevos cuerpos de infantería con negros libertos y la distribución de armas. Asimis-

mo, el 20 de agosto, el Cabildo -que venía ejerciendo la función de Gobernador -

resolvió concentrar en el Delegado Barreiro y el regidor Joaquín Suarez el gobierno

político y militar de la plaza”.

En: Reyes Abadie, o.c.

145. “Pero un sector del patriciado montevideano, para quien Barreiro encarna-

ba “la arbitrariedad despótica” - según el memorialista Carlos Anaya - hasta quitar

al Vecindario, sin distinción, sus esclavos, para crear un batallón de 600 o más sol-

dados, sin documentar siquiera a sus propietarios”, se conjuró, encabezado por Juan

María Pérez, y en la noche del 2 de setiembre tomó presos al Delegado, su secretario

Santiago Sierra, miembros del Cabildo, a Bonifacio Ramos, Comandante de Artille-

ría, y el secretario del Ayuntamiento Pedro María de Taveiro. El día 3, el Cabildo fue

reunido compulsivamente y obligado por los facciosos a reasumir el mando político

y militar.

Pero en la noche del mismo día 3, fuerzas adictas a Barreiro sacaron a éste y sus

compañeros de la prisión, “amaneciendo el día 4 bajo de un aspecto muy diferente al

día anterior; y en seguida Barreiro, mejor munido de autoridad, hizo desde la Ciu-

dadela, donde permaneció mandando, hacer arrestar y aprisionar con grillos más de

veinte ciudadanos y oficiales de la milicia”, relata Anaya.

Este movimiento, conocido como “la rebelión de los cívicos”, es juzgado por

Bauzá, en los siguientes términos: “Aquella insurrección del cuerpo constituído por

las clases más acomodadas de la ciudad era un síntoma inopinado y de mal agüero.

Las causas ostensibles y ocultas que la habían provocado resultaban en pugna abierta

con los designios del protector. Podía inferirse de esto que el espíritu de resistencia

aislada y a todo trance contra la invasión lusitana, no prosperaba en Montevideo, o

en otras palabras, que la ciudad no tenía confianza en las combinaciones militares

de Artigas y mucho menos en sus planes políticos”.

En: Ibídem

Juan María Pérez (1790-1845) oriental de intensa actividad política que arranca

desde 1811 hasta 1837.

Rico comerciante fue en la casa quinta de sus padres en el arroyo seco donde se

firmó el Acta de Capitulación española en 1814.

Fue miembro del Consulado de Montevideo en 1828, luego diputado por San

José en la Asamblea Constituyente y Legislativa (1828-30), Ministro de Hacienda de 

Rivera y después con Oribe (1835-36) destacándose en ambos casos por su gestión

positiva en medio de innúmeras dificultades financieras.

En su vida privada fue saladerista, dueño de estancias, molinos, comercio ultra-

marino y otros.

Propició de su peculio la inmigración canaria en 1837 convencido de la necesi-

dad de formar colonias agrícolas.

UN MOTÍN QUE INTERRUMPE LA DEFENSA DE MONTEVIDEO.

Hablan los señores Dámaso Larrañaga y José R. Guerra de los comienzos de la

invasión portuguesa (“Apuntes Históricos”):

“Para facilitar la defensa, Barreiro en uso de sus facultades, reasumió en su

persona el Gobierno, asociándose al regidor don Joaquín Suárez. Los adversarios

del delegado redoblaron su oposición con tal motivo. En agosto, se supo que asoma-

ban algunas partidas portuguesas por el Este de la frontera, y que por el centro y la

derecha habían ocurrido algunos encuentros. Barreiro resolvió entonces la salida a

campaña del cuerpo de los cívicos y declaró de represalias las pertenencias del co-

mercio portugués de que eran consignatarios los hijos del país, de acuerdo con una

resolución anterior de Artigas. Una y otra medida alarmó a los malcontentos, nada

conformes con dejar la comodidad de sus casas y con haber de desprenderse de sus

lucrativas comisiones; y así fué que en la noche del 2 al 3 de septiembre reventó una

conspiración mal meditada y peor conducida; que produjo por pocas horas el arres-

to del delegado y de algunas otras personas, cambiándose la suerte con sólo no

tomar parte la guarnición de la ciudadela”. Indicadas así las causas que habían

dado origen al motín, agregan los señores Larrañaga y Guerra que “según se susu-

rró después“, existía el propósito de “disponer que esta plaza reconociera la depen-

dencia de Buenos Aires e impedir con esto que las tropas portuguesas penetraran en

la campaña y para calzarse el mando con este motivo los autores”.

De la actitud del Cabildo, dan amplia idea las actas reproducidas por De-María

en su “Compendio de la Historia”.

Los capitulares Juan José Durán, Juan de Medina, Felipe García, Agustín Estrada,

Joaquín Suárez, Juan Francisco Giró, Lorenzo Justiniano Pérez, José Trápani y Je-

rónimo Pío Bianqui, publicaron un bando en la mañana del día 3 de septiembre de

1816, a raíz del estallido del motín, por el que invitaban al pueblo a presentarse a las

casas consistoriales “a explicar su voluntad y prestar sobre ella sus sufragios, de-

biendo retirarse inmediatamente. a sus respectivos cuarteles las tropas situadas en

la plaza, para que de este modo reluzca el voto general”.

Respondiendo a la convocatoria, se reunieron en la casa consistorial los siguien-

tes ciudadanos. Dámaso A. Larrañaga, Juan Santos Fernández, fray José Lamas,

doctor José RevueIta, José María Roo, Pablo Zufriategui, Eusebio González, Pascual 

Costa, Antonio de Guesalaga, Timoteo Ramos, Prudencio Murgiondo, N. Vázquez,

Pacual Blanco, y otros.

La reunión tenía por objeto, según el acta, “manifestar plenamente las causales

impulsivas de las operaciones que acababan de efectuarse en la deposición y arres-

to del ciudadano Miguel Barreiro, delegado por el Exemo. Jefe de los Orientales;

ciudadano Santiago Sierra, regidor defensor de pobres; ciudadano Bonifacio Ra-

mos, comandante de Artillería; ciudadano Pedro María Taveyro, secretario del Ca-

bildo; y otros ciudadanos”. Interrogado el pueblo “sobre las causales antedichas,

contestó por lo general haber encontrado sospechosos en las circunstancias a los

ciudadanos arrestados y haber visto con desagrado la marcha del cuerpo de Infante-

ría Cívica a campaña”, agregando “que su voluntad era que en el acto reasumiese

la corporación el gobierno político y militar de la Provincia, usando plenamente del

carácter y representación que le han dado los pueblos por quienes fué electo”.

“Entonces, termina el acta, contestando S. E. el Cabildo, dijo: Que el pueblo le

hacía el mayor honor hallándole digno de su confianza, y que dándole por lo mismo

las gracias con sus mejores sentimientos, ofrecía que su voluntad sería cumplida

escrupulosamente y con la extensión y libertad que deseaba”.

Dos días después, volvía a sesionar el Cabildo: “Teniéndose en consideración,

expresa el acta, que en las desgraciadas ocurrencias del 3 del corriente, para evitar

la efusión de sangre y desórdenes consiguientes a la violencia de las pasiones desen-

frenadas, se vió en la necesidad este Ayuntamiento de atemperarse a los designios de

algunos facciosos que ya con seducciones, ya con la fuerza lograron reunir a muchos

individuos, intimidados tal vez de sus amenazas, acordó S. E. que mediante haber

cesado aquellos motivos y serenádose la convulsión con la fuga de unos y prisión de

otros cabezas de revolución, debía declarar como declara por nulo y de ningún valor

y efecto todo lo obrado en la mañana del dicho día, y que se haga entender así al

público, agregando que con solo el objeto de evitar los desórdenes indicados cedió

en aquellas circunstancias apuradas, y que de consiguiente debe continuar y conti-

núa simplificado el gobierno en el señor delegado ciudadano Miguel Barreiro y el

señor regidor ciudadano Joaquín Suárez, según lo acordado y notariado por bando

en 20 del próximo pasado agosto, por los mismos poderosos motivos que se tuvieron

presentes para aquella resolución, cuyas autoridades ni un momento desconoció esta

Corporación”.

El acuerdo del 20 de agosto de 1816 a que se hacía referencia había refundido el

gobierno en los señores Barreiro y Suárez “para evitar los inconvenientes que pre-

senta la necesidad de reunirse en varios casos que por su naturaleza exigen una

pronta expedición y penetrado igualmente de que la actividad es de la mayor preci-

sión para prevenir las más veces los reveses de las armas”. 

Quedó así normalizada la situación de la plaza y sofocado el motín al que habían

podido servir de causa ocasional la salida a campaña del Batallón de Cívicos y el

embargo de las consignaciones comerciales de origen portugués, pero que con toda

probabilidad arrancaba originariamente de trabajos del Gobierno de Pueyrredón

para aislar a Artigas, como puede deducirse de lo que expresan Larrañaga y Gue-

rra, testigos presenciales de los sucesos, en el párrafo transcripto, y de la orienta-

ción política del director en esa fecha.

El Cabildo se apresuró a comunicar el grave suceso a Artigas. Pero debió hacer-

lo en forma vaga, como para que todo quedara olvidado, según resulta de este pá-

rrafo de un oficio del Jefe de los Orientales del 30 de noviembre de 1816, que de-

muestra a la vez el profundo respeto que seguía inspirándole la Corporación Muni-

cipal en plena guerra (Maeso, “Artigas y su época”):

“No he recibido más que una comunicación de V. S. datada el 5 de septiembre, y a ella

contesté inmediatamente por su importancia. Después no he tenido ninguna y no creo

oportuno violentar de nuevo la atención de esa muy ilustre corporación, observando su

profundo silencio sobre la revolución de esa ciudad y sus fatales consecuencias”.

REANUDA EL CABILDO SUS TAREAS DE DEFENSA.

Dominado el motín, pudo el Cabildo proseguir la organización de la defensa,

recomendada por Artigas. De sus medidas instruía así el gobernador Barreiro a don

Joaquín Suárez, en oficio de 2 de agosto de 1816 (De-María, “Compendio de la

Historia”):

“Todos los cívicos de extramuros que han podido acuarteIarse, lo están ya. Igual-

mente en proporción a los esclavos que tenía cada vecino, se les ha sacado para

arreglar un batallón miliciano. Tenemos ya más de doscientos acuartelados en la

Ciudadela. Me parece muy útil que V. S. realice igual medida en ese destino... Aquí

hemos seguido este orden indistintamente: de tres se ha tomado uno; de cuatro, dos;

de cinco, tres; de seis, tres; de siete, cuatro; y así los demás, nunca dejándoles más

de tres, a excepción de aquellos vecinos que teniendo un número excedente, daban

lugar para todo, verbigracia, uno presentó cincuenta y se le dejaron veinte. A los que

tenían dos, no se les tomó ni uno, por consideración a que los hortelanos no pueden

estar sin menos... Hace mucho tiempo que todos los paisanos han ofertado sus servi-

cios para un caso de apuro: pues estos momentos ya han llegado y así nadie tendrá

que alegarnos cosa alguna para evadirse a esta providencia... He vuelto a escribir a

todas partes para activar la reunión general... He ordenado al Cabildo de Maldonado

haga retirar algunas caballadas, instruyendo a sus dueños que las sitúen gradual-

mente en todo el camino del Sudeste, que no falten los auxilios, tanto para una reti-

rada de allá, como para avanzar de aquí los refuerzos necesarios”. 

EL ABANDONO DE LA PLAZA

Pero cuando la columna de Lecor marchaba victoriosa hacia la plaza, en combi-

nación con la escuadra, destruidos ya todos los ejércitos orientales en numerosos y

sangrientos combates, Artigas, que se daba cuenta de la imposibilidad absoluta de

auxiliar a la pequeña fuerza que guarnecía la ciudad de Montevideo, resolvió optar

por el desalojo, aunque dejando al Cabildo amplia libertad de acción, como era su

costumbre, porque ni en las circunstancias más apuradas se resignaba a hollar los

fueros populares. Véanse los términos de su oficio al Cabildo, del 9 de diciembre de

1816 (Maeso, “Artigas y su Epoca”):

“Los portugueses, según el orden de los sucesos y de los partes que se me han

dado, se lanzan por mar y tierra a rendir esa plaza. Consultado por mi delegado si

ella debía sostenerse a todo trance, según se lo tenía encargado, o si seria mejor

desampararla, he resuelto lo segund