Irineo Leguizamo

www.EnlacesUruguayos.com

2002 ~ 11 años difundiendo nuestras raíces ~ 2013


Profesor Alejandro Bertocchi


“FUEGO AMIGO”

El timbre de alarma sonó estrepitosamente, con ese chillido siniestro, penosa costumbre para nuestros oídos; triste anuncio del fin de algún pobre barco perdido en solitario en este Atlántico sur. Y esa había sido la suerte corrida por mí buque, ahora en el fondo de este mismo océano que creía conocer al dedillo, como la palma de mi mano. En mi pensamiento todo restallaba claramente: esta prisión de acero donde me hallaba iba ahora a recepcionar otra larga lista de forzados huéspedes. Ya nos hallábamos en pleno Diciembre y por la temperatura reconocía que la latitud era bastante alta y por algún rumor tomado en el momento de boca de mis compañeros de infortunio, supe que cruzábamos las cercanías del Río de la Plata. Ya tenía sobre mis espaldas sesenta y siete singladuras en este navío y en esta condición. Mi punto de partida se había dado en la amanecida de aquel caluroso sábado 7 de Octubre, cuando divise, bien en línea de un claro horizonte norte, una débil columna de humo, que a poco se nos fue dibujando en las retinas. Era a simple vista un poderoso crucero de considerable desplazamiento y alta cofa, totalmente camufladas sus estructuras; parecía mayor a las 10.000 toneladas, una magnifica vista de un buque de guerra. Y su bandera francesa no me dejo dudar. Mi buque se hallaba a solo millas de Dakar y era probable que se tratara del DUPLEIX o el FOCH, que, según me había señalado el capitán de puerto en ciudad de El Cabo, deberían navegar en situación de vigilia sobre esta misma latitud que estábamos cruzando. Nada me hizo suponer lo contrario. Habíamos recibido algún radio, muy difuso, dos días atrás, procedente de Walvis Bay, sobre la presencia en el teatro de un corsario alemán, pero dándole una tranquilizadora posición sobre inmediaciones de las costas del Brasil; sobre Recife. Por ello considere que había mucha mar de por medio y asimismo, por supuesto, confiaba en el largo brazo de la Royal Navy pues ya había vivido la otra guerra y no tomaba en serio la hipotética presencia del enemigo en estas aguas tan arriba de las costas africanas y lejanas de bases enemigas. Por ello cuando con el estupor propio del momento observe como los colores galos bajaban y a su vez izaban raudamente aquella gran bandera con la cruz gamada, mi sorpresa fue infinita, y mayor aún mi indignación, no ya por la estratagema, sino por que con su taimada aproximación no me habían dado ningún margen de tiempo, supuestamente no para huir con mis modestos 12 nudos, sino porque ya habían arriado una veloz lancha a motor tripulada con gente armada hasta los dientes. Una tripulación de presa, algo temido por todos los mercantes del mundo. Y por cierto, el broche final del drama: de una de sus piezas menores de babor se nos hizo fuego, cayendo el proyectil a pocos metros de nuestra proa. ¡Deténgase de inmediato¡ Así lo ordenó su lámpara de destellos. Pero, pese a todo, reaccioné, creo que casi inmediatamente, para mi propia sorpresa, y grite por el tubo de la sala que no se detuviera máquinas. A simple vista los alemanes llegarían en pocos minutos al buque por lo que pedí a Harry que telegrafiara un SOS a El Cabo dando nuestra posición. En ese apuro, luego me di cuenta de que ello era inviable para el pobre marinero ya que no logró entender fielmente las cifras que le grite a voz en cuello. Así, a los trompicones, baje a la cámara y saque de la caja la documentación del buque, los manifiestos y todos los periódicos a mano para quemarlos, tal y como señalaban los manuales; esa era mi tarea, que conocía al detalle. ¡Cuantas veces la había repasado¡ Aunque con la rutina acostumbrada a aquellas cosas que no se desean que pasen. Pero antes de bajar a las calderas para meter en sus entrañas ese papelerío, subí nuevamente al puente para echar un vistazo y observe que la indeseable lancha se arrimaba raudamente a la escala de gato de estribor, por lo que grite que la arriaran y la bajaran por la otra banda para darme tiempo a arreglar las cosas. El contramaestre obedeció y así lo hizo, sin duda desatando la cólera de los alemanes, que tuvieron que dar la vuelta. Quizás, entendí que la amenaza de esos seis tubos grises de negra boca que se acercaban ominosamente ya eran poca cosa y que lo mejor era cumplir con lo poco que restaba de mi deber, en la medida de lo posible. Lo cierto es que logre llegar a máquinas, procediendo a quemar lo indispensable y allí mismo, a poco, fui encañonado por una pistola “Walter”, esgrimida por un joven oficial alemán de gris uniforme, que me gritó en un impecable inglés que todo había concluido. Era prisionero de la Kriegsmarine y ya nada podía hacer. Bien recuerdo la primera impresión que me dejó pasar al acorazado, inolvidable para cualquier lobo de mar. Sus dos grandes torretas, suponían su misma razón de ser y sus seis cañones de once pulgadas, causaron en mi conciencia el convencimiento de que en combate su eficiencia artillera sería acorde con el historial de la marina germana, bien probada en la Gran Guerra. Ya en su interior me parecieron interminables sus cubiertas, sus amplias escalas, el inmaculado color de sus metales, la apostura militar de sus tripulantes y en fin los azules ojos de su comandante que me recibió en su propia cámara. Con su fuerte apretón de manos, dejo en mi conciencia el sentimiento de hallarme ante un perfecto caballero y no se porque cosas de la mente su gentil trato dejo en mi la confianza necesaria sobre que había cumplido con mi deber y que mi barco quedaba ya fuera de mi responsabilidad. Quizás la forma persuasiva de sus palabras me dieron una necesaria tranquilidad. Luego, sobrevino lo inevitable, debería permanecer a bordo del navío con mis seis oficiales, mientras nuestros marineros por ahora serían transbordados a otro carguero prisionero, que seguía la estela del acorazado. Este buque había sido apresado solo tres días atrás y se hallaba marinado por los alemanes. Supe desde el principio que tanto mi barco como aquel se hallaban condenados y así me lo señalo el comandante indicándome que el nuestro ya mismo sería hundido y lo lamentaba, agregando que nada nos faltaría a bordo de su nave. Cosas de la guerra. Un triste espectáculo que supone mayor sufrimiento a todos los marinos. Y así se cumplió: varias cargas explosivas mandaron al fondo del mar al que había sido mi hogar desde hacía una buena punta de años. Todo había terminado. Comenzaba ahora un capítulo enteramente diferente, aunque bien acompañado pues en el amplio compartimiento que nos designaron me encontré con dos de mis colegas de la Merchant Royal Navy; el capitán del mismo carguero apresado y el de otro barco que había sido hundido frente a Pernambuco, cosa que me dio a entender el alerta de aquel mensaje captado anteriormente. Luego, ya con varias semanas arriba, el espacio se fue completando con otros forzosos camaradas, pues en esas largas singladuras el acorazado se cobró seis piezas más. Una impecable cacería y una corrida que debería estar rompiendo cabezas en el Almirantazgo. ¡Pero cual sería el final de toda este drama¡ Esa era una pregunta recurrente que todos se hacían. ¿Tenía posibilidad el alemán de retornar a casa? ¿Se podía romper el bloqueo de sus aguas domésticas? Y ante ello surgía una interrogante terrible. ¿Si se entablaba combate con nuestros buques?, cosa muy segura; ¿nosotros?, ¿seríamos víctimas de la lucha y muertos por el fuego de nuestros mismos buques?
Pero, había algo diferente en la tonalidad del timbrazo, pues parecía de nunca acabar y era seguido por el ruido de infinidad de pisadas en las cubiertas superiores, como si una multitud estuviera corriendo hacia quién sabe donde. Empero, hubo un corte abrupto, que dejo todo en claro, pues por los altavoces oímos aquel alemán gutural del speaker que anunció el zafarrancho de combate y la perentoria orden de cubrir puestos. ¿Que sucedía afuera? Y no tuvimos tiempo para asumir ninguna clase de conjeturas, pues se abrió la puerta y dos tripulantes, armados con pistola y fusil, nos señalaron que debíamos evacuar el compartimiento e ir hacia el sollado de proa, en forma inmediata con lo que teníamos puesto, aunque con la inquietante orden de tomar los chalecos salvavidas. De seguro que en la mente de todos se abrieron paso las peores suposiciones, situación propia de enfrentar elementos fuera de control, de hallarse inermes, sujetos al arbitrio de las circunstancias de un seguro combate. Pero no había mucho espacio para pensar mientras corríamos por el pasaje hacia nuestro encierro y mayormente aún porque sentíamos sensaciones acústicas hasta ese momento nunca advertidas, pues el navío parecía hervir. La vibración de los motores, ahora lanzados a toda su potencia, producían un temblor plenamente perceptible en las estructuras, mientras se sucedían una serie de ruidos que mostraban que las cosas se preparaban como para un choque inmediato. El sonido de los apresurados pasos no cejaba sobre las cubiertas y ya se oían los zumbidos de los montacargas de las torres artilleras y el constante choque de metales al cerrarse fuertemente las portas de las divisiones. Y todo salpicado de cortas órdenes libradas a voz en cuello por los altavoces que marcaban la gravedad de los asuntos preparatorios de la gran unidad. Empero, todo parecía afiatado, tal como el mismo comandante nos lo había repetido en forma tranquilizante en aquellas ocasiones en que nos invitó a acompañarle en sus tertulias, que no fueron pocas. Ya dentro del sollado y al cerrarse la puerta blindada supimos que nos encontrábamos bajo el castillo de proa y teníamos dos cubiertas por encima, aunque permanecíamos bajo la línea de flotación. ¿Lugar seguro para afrontar un combate? Difícil señalarlo, pues aparte del hecho de hallarnos encerrados con un guardia armado tras la puerta, cualquier impacto de torpedo sobre las planchas de la obra viva cercana terminaría con nuestras vidas. Y todo amén del mismo incierto desarrollo de la lucha, conflicto del que nada podíamos observar, clausurados entre cuatro paredes de acero. Si escrutábamos los rostros de los que se hallaban en nuestro alrededor, nada podía ser mar disímil; algunos rezaban, otros permanecían absortos como intentando cerrar sus mentes al exterior y los mas sabíamos que bien podíamos ser víctimas del “fuego amigo”, pues ello suponía el enfrentamiento que ominosamente se cernía sobre el navío. Vino a mi memoria las palabras del comandante en una de aquellas ocasiones en las que los capitanes mercantes británicos concurrimos invitados a compartir la mesa de su espartana cámara, algo que para muchos podría ser sui generis, pero que fue un hecho constante, siempre que las maniobras del acorazado lo permitieron. Mi colega Patrick, capitán de un petrolero que había sido hundido en el Indico, tuvo el tupé de preguntarle que haría si su buque se veía enfrentado por uno o varios enemigos, y su respuesta no dejo dudas: confiaba en las bondades de su navío y en sus mismas características esenciales como su magnífica artillería, su velocidad y su considerable defensa pasiva, que lo hacía medianamente invulnerable al fuego de los cruceros británicos de su mismo tonelaje. Por ello ante dicha situación no trepidaría: presentaría combate. Y en eso estábamos ya apenas se cerró nuestro claustro pues sentimos el estruendo de la artillería principal del acorazado, justamente casi sobre nuestras mismas cabezas donde se hallaba la torre de proa. Éramos un grupo de hombres que compartíamos un mismo destino, aislados en este gris espacio alumbrados por una mortecina lámpara cuya luz guiñaba con cada detonación, mientras ya palpábamos lo que sucedía afuera, cosas que no podíamos ver, pero: ¡ vaya que lo sentíamos sobre nosotros mismos¡ Mientras el acorazado, evolucionando, se inclinaba continuamente y sus bandazos nos hacía creer que se iba por ojo, el estrépito de sus cañones los percibíamos claramente y poco tiempo restó para oír algo muy distinto que nos heló la sangre en las venas: ¡ eran las caídas de nuestros propios proyectiles, los de los camaradas de la Royal Navy, que hacían fuego sobre “nuestro” barco¡ Sentíamos su choque sobre las aguas cercanas que nos transmitían sus piques y a poco algo diferente, el golpe y la reverberación de los metales del navío cuando era impactado por el cañón enemigo. Y fueron varios a lo largo del combate. Y una de las cosas que mas nos impresionaba eran los trallazos de metralla contra las obras del acorazado que sentíamos como un sonido de miles de municiones pegando en tropel contra las chapas. En realidad se hace difícil explicarle al mundo lo que en aquellos minutos pasaba por nuestras mentes. ¿Queríamos la victoria aún a sabiendas de que sería nuestro fin? Si el navío se hundía: ¿cabría posibilidad de escape? Sensaciones inolvidables, sentimientos encontrados, minutos de tensión que parecían eternos como el tiempo. Y todo tuvo un desenlace mayor; súbitamente sentimos un golpe formidable sobre nuestras cabezas y un fogonazo nos cegó en segundos, para luego caer, por un gran agujero abierto en el techo, un frío chorro de agua salada que nos empapó totalmente. Había sido un afortunado impacto logrado por los atacantes. Alguien gritó que echáramos un vistazo por la mirilla de la puerta y así lo hicimos de a uno, observando que el centinela había perdido el conocimiento a causa del golpazo. Sensación desoladora para todos. Impotencia ante una circunstancia que se vivía sujeto a lo imponderable. Pero reconocíamos que estábamos en guerra y que la patria pedía sacrificios. Podíamos perder la vida y con ella vendría la derrota del enemigo. No había más que pensar, solo rezar para que todo saliera bien. Así, todo terminó abruptamente, lo sentimos cuando ceso el barullo y el navío se sostuvo firmemente en su rumbo con su acostumbrada cadencia motriz. Algo menos de una hora había durado el combate y todo sugería que el final no sería inmediato. El centinela lastimado había sido recogido y por el rostro trémulo de su relevo supimos que la cosa no había sido buena para los alemanes. ¿Adonde íbamos? ¿El navío se retiraba? ¿Habrían sido hundidos sus rivales? Preguntas que solo obtuvieron sus respuestas muchas horas después cuando fuimos desalojados del sollado y pasamos a nuestros alojamientos interiores. Y lo que vimos nos aclaró las cosas ya que un desacostumbrado desorden imperaba en pasillos y camarotes y se percibía un fuerte olor a bakelita quemada con algún rastro de humo de cordita flotando en los ambientes. Mayor fue el impacto al saber, por alguna indiscreción alemana, que se habían visto frente a tres cruceros y que el combate había terminado cuando todos los contendientes rompieron el contacto. Se sabía que uno de los buques enemigos estaba en llamas pero que los restantes seguían al navío lejos del alcance artillero. Los rumores señalaban que navegábamos el Río de la Plata. ¿A Montevideo o Buenos Aires? Solo el comandante lo sabía. Y fue justamente el mismo quién cerró toda esta historia. Junto a Patrick fuimos convocados a su camarote donde lo hallamos muy distinto a aquel sereno lobo de mar que conocimos hace meses. Tenía su brazo izquierdo en cabestrillo pues había sido herido por esquirlas. Había dirigido el combate expuesto al aire libre sobre la plataforma de trinquete. Era notorio su cansancio y su aspecto abatido. Rápidamente sobre la mesa de su escritorio nos dibujó el esquema de la batalla. Dijo con sincera admiración que sus tres rivales habían combatido como si fueran destructores cerrando distancias sobre su navío. Habían recibido un duro castigo de sus cañones, pero su buque debía entrar a Montevideo para reparar varias averías que afectaban su capacidad. La guerra había terminado para nosotros ya que dijo nos liberaría en la capital uruguaya como marcaba la ley. Hubo un corto lapso de tiempo en que le miramos a los ojos, percibiendo la dimensión del drama personal que lo afectaba. Estaba muy lejos de su patria y aguas afuera sabía lo aguardaban muchos medios enemigos. Ahora solo restaba salvar su tripulación y afrontar su responsabilidad. Ya en Montevideo entre los míos, aquella tardecita del domingo siguiente, fui uno mas de los atónitos espectadores de la dramática autodestrucción del acorazado, aguas afuera del puerto. Una visión que permanecerá toda la vida con nosotros. Y luego, el final wagneriano: la noticia de que el comandante se había quitado la vida en su internación bonaerense. Realmente, habíamos sido huéspedes de un real gentleman y lamentábamos su muerte. Sin duda aquellos terribles minutos a bordo de su navío, cuando el “fuego amigo” caía sobre nosotros, fue una dura prueba de vida que nos deparó el destino, uno mas los de tantos capítulos de esta guerra.
 


Regresar a Alejandro Bertocchi           Regresar a Enlaces Uruguayos