Irineo Leguizamo

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La historia de los hermanos Valiente Olivera

Soriano, 1863

Miguel, Juan Bautista y Agustín de Valiente


Hay un arroyuelo, el Coquimbo, afluente del Bequeló, en el departamento de Soriano, de la República del Uruguay,

 que goza de gran celebridad por la batalla de su nombre, ganada el 4 de junio de 1863 por las fuerzas revolucionarias, al mando del general Flores, contra la vanguardia del ejército del presidente Berro, a las órdenes del coronel Olid.
Este jefe, creyendo seguro el triunfo, aunque sus fuerzas eran inferiores, atacó a las de la revolución, sin dar conocimiento al grueso del ejército que acaudillaba el general don Servando Gómez. Olid fue vencido, y el general tuvo que retirarse a la ciudad de Mercedes, a fin de evitar una derrota que, indudablemente, hubiera acentuado la desmoralización ya iniciada por la temeridad del coronel, cada uno era celoso de demostrar siempre mayor valor y de observar la mejor conducta.
En el duro trance a que las sangrientas luchas políticas los habían llevado, no les amedrentaba el crecido número de adversarios que allá a lo lejos avanzaban en formación de ataque; ni flaqueaba su ánimo ante la posibilidad de la derrota.
Los tres sentían un inmenso amor al que era el jefe de la vanguardia derrotada.
En esta acción hubo más de un centenar de bajas por ambos bandos, entre muertos, heridos y prisioneros.
Servían en la vanguardia del coronel Olid tres hermanos que, por rara coincidencia, se apellidaban De Valiente, como si ya, desde que nacieran, tal nombre hubiera de ser seguro vaticinio de sus valerosas acciones.
Unidos por un intenso amor fraternal sostenían entre sí una noble rivalidad patria; la querían toda e intacta para ellos y para los suyos; libre y feliz a la sombra de su bandera, sus leyes y sus gobernantes.
La desgracia quiso que, en un terrible encuentro uno de los tres hermanos cayese herido.
Pálido y desfigurado, yacía en tierra el infortunado, lanzando dolientes gemidos, y eran tales las heridas, que se sentía morir por momentos. Un mundo de rencores y odios crecía en el pecho del soldado herido, y a sus labios asomaban el insulto y la maldición contra el enemigo.
Cuando ya desesperaba de obtener auxilio se vio socorrido por uno de sus hermanos, quien, habiéndolo visto caer, se había lanzado resueltamente en su socorro. Precipitadamente intentó restañar la abundante sangre que manaba de las heridas, lo ayudó después a montar en la grupa de su caballo y se encaminó a su puesto en el combate, fiel al cumplimiento de su deber de soldado.
De repente, en una furiosa acometida del enemigo, que inadvertidamente los rodeó, ambos jinetes y su alazán cayeron acribillados a balazos.
Se abalanzaron sobre ellos los contrarios, dispuestos a rematarles, pero los dos hermanos, envueltos en sangre, blandieron sus relucientes sables, describiendo círculos de muerte que mantenían a distancia a sus enemigos.
Dura y prolongada fue la resistencia, y más de un cuello enemigo fue medio cercenado.
Pero si bien su valor era inagotable, no sucedía lo mismo con sus fuerzas. Extenuados por las heridas recibidas y la pérdida de sangre iban, pues, a abandonarse a lo inevitable, cuando el tercer hermano acudió a galope tendido en su ayuda; se apeó del caballo, y quitándole el freno, en señal de renuncia a toda posibilidad de escapar, se abrió paso por entre los encarnizados enemigos que rodeaban a los otros dos hermanos, e hiriendo a unos y matando a otros, gritó con voz ronca: “¡Donde ellos mueran caeré yo también!”
Unidos los tres, lucharon desesperadamente contra sus contrarios, que, como leones enfurecidos, se aprestaban a acabar con ellos. Fueron tantas y tan tremendas las heridas que recibieron que al fin cayeron exámines, no sin antes haber dado muerte a dieciocho enemigos.
Así, él amor fraternal y el sagrado fuego del patriotismo sostuvieron y fortalecieron a estos héroes. Su nombre es uno de los más gloriosos blasones de fama inmortal que ennoblece y hace imperecedera la memoria del arroyuelo Coquimbo, cuyas aguas bañan las tierras regadas con la generosa sangre de los De Valiente.

La ley 788 del 17/6 1863, declarando a los 3 hermanos Valiente “beneméritos de la Patria"

SEPULCRO DE LOS HERMANOS VALIENTE
La Junta Departamental de Flores declaró de “interés histórico departamental” el sepulcro de los hermanos Valiente, nicho 37 Derecha Alto de la necrópolis local”.
De esta forma se atendió un planteo efectuado por la Comisión Delegada Municipal del Patrimonio Histórico; precisamente, el coordinador de la misma Mtro. Mario Magallanes.
En la nota dirigida a la Intendencia recordó que de acuerdo a la ley 788 del 17/61863, fueron declarados “beneméritos de la Patria” los hermanos Valiente.
“Que de la misma se desprende la voluntad del Poder Ejecutivo, de que se levantara un sepulcro digno de la memoria de esos beneméritos ciudadanos”, caídos en la Batalla de Coquimbo (Soriano) en 1863 defendiendo al gobierno de Bernardo Prudencio Berro de la invasión de Venancio Flores.


ROMANCE DE LOS HERMANOS VALIENTE

Fernán Silva Valdés
I
Los tres hermanos Valiente,
los tres a la misma hora,
murieron el mismo día
naciendo para la gloria.
Atados a su destino
como por la misma soga,
rodaron hacia la muerte
juntos, como boleadoras…
Los tres hermanos Valiente,
los tres a la misma hora.
Diez leguas en una hebra
subiendo y bajando lomas,
buscando amparo en el monte
va una partida en derrota,
huyendo de otra partida
galopa que te galopa.
Pocos huyendo de muchos
-ya lo sabemos de sobra-,
si los muchos fueran menos
eso sería otra cosa:
se mojarían las lanzas
hasta manchar las virolas.
Pobres los que van huyendo
rezagados a la cola,
esos entran a la muerte
bajo las espadas corvas.
¡Ay, caballo de los gauchos
baquiano en bajos y lomas,
si eres la mitad del triunfo
eres todo en la derrota!
II
Pocos huyendo de muchos,
partida grandes y pequeña,
no pasan de diez los pocos
ni los muchos de cincuenta.
A varios “tiros de bola”
un grupo a otro se acerca;
los que huyen bajan las lanzas
arrastrándolas por tierra
para que las boleadoras
primero se aten en ellas.
Un negro se “corta solo”
de la gran partida, y echa
a bolar las “Tres marías”
en redor de su cabeza.
Giran las bolas de a dos;
la chica en la mano diestra;
el negro describe un halo
sobre si mismo, de piedra;
las arroja hacia delante,
y las bolas, dando vueltas,
en las patas de un tubiano
desprevenido se enredan.
Tubianito colorado,
ya estás acostado en tierra;
el gaucho que te montaba
salió “pisando la oreja”;
mas poco le valió ser
“parador” en la pelea,
porque pronto entró a la muerte
sin palabra y sin cabeza.
III
Los cuatro hermanos Valiente
salieron a hacer la guerra
armados de su apellido
más que de lanza guerrera.
Tres de los cuatro cabalgan
en la partida pequeña;
el cuarto no entró en batalla
aunque bien lucha en pelea;
tres de los cuatro galopan
en el grupo de mis mentas.
De los tres uno va herido,
tan herido que “se queda”,
y sujetando el caballo
en la silla se atraviesa,
que aunque tiene el alma viva
ya siente la carne muerte.
El caballo se desvía
por momentos de la senda,
y el mozo, sobre los pastos
soltando las crines rueda.
Un hermano que lo ha visto,
su pingo al punto sujeta:
“-Juí nomás que no hay remedio
(le grita el que yace en tierra);
solo nací, solo muero;
juí, que de no, te degüeyan”.
Entonces el bravo hermano
de aqueste modo contesta,
contestación sin palabras
que al nacer ya nació muerta:
le quita el freno al caballo,
y en las ancas lo golpea
con un golpe de oro y plata
que sonó en toda la tierra,
y junto al hermano herido
-el facón digno en la diestra-
“haciendo la pata ancha”
a la partida así espera.
Ojos que vieron el caso
vieron lo que nadie viera;
al lugar del episodio
llegó la partida aquella
cabalgando en el asombro
-pingo al que no tiran riendas-.
Un alma elegida y guapa
va a jugar en una apuesta
su vida contra otras vidas;
uñita contra cincuenta.
¡Ojos que vieran el caso
vieron lo que nadie viera!
El viento pliega las alas
en medio de su carrera;
los cerros guardan silencio
como parando la oreja;
las aves cierran el pico;
el arroyo no arroyuela;
no quieren perder un punto
de la sin igual pelea.
El mozo los ha esperado
a la clásica manera:
noble facón en la mano;
poncho arrollado en la izquierda;
ojos que ven todo chico
porque miran con fiereza,
y en el lado del coraje
conectaron sus arterias.
Seis o siete solamente
han echado pie a tierra
sintiéndose con derecho
de cobrar aquella cuenta;
y todos creen que son uno
contra otro, en su ceguera.
Los demás de la partida
-que para el caso es inmensa-,
sabiendo de sobra que
con lo duro de sus almas
le han hecho corral de piedra.
Le han tirado varios tajos
y uno por uno contesta;
aquello es un remolino
de aceros, ponchos, melenas.
Cuando se juega una vida
de tan hermosa manera,
yo creo que hasta la muerte
si no recula, respeta.
Se oye en eso un gran galope
y un grito que los manea;
y en un borbollón de espuma
-crines, aceros y tierra-
aparece el otro hermano
y abre cancha en la contienda.
Los dos hermanos se juntan
espalda y espalda quedan,
parando en esgrima ruda
golpes a diestra y siniestra.
Entonces sí, los mirones
rompen el cerco de piedra
y a la yunta de valientes
por cuatro lados lancea.
El que había sido herido
en medio de la carrera,
el cual rodó del caballo
y hace rato finca en tierra,
se va yendo de la vida
con la rabia y con la pena,
de ser tres para la muerte
y dos para la pelea.
Los tres hermanos Valiente,
Los tres a la misma hora.
Murieron el mismo día
naciendo para la gloria.
Atados a su destino
como por la misma soga,
rodaron hacia la muerte
juntos, como boleadoras.
IV
Y dice la tradición
que aún está viva en los ranchos,
que cuando a los tres valientes
los estaban enterrando,
llegó un gaucho al gran galope,
se desmontó del caballo,
e inclinándose hacia el surco
con el sombrero en la mano,
dijo con voz altanera
y algo temblones los labios:
“Están enterrando a tres
pues no estábamos los cuatro”.


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