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2002 ~ 13 años difundiendo nuestras raíces ~ 2015


Milton Stelardo

Milton Stelardo nació en la ciudad de Canelones el 13 de julio de 1918 y falleció en la misma ciudad el 23 de diciembre de 2001.

Fue profesor de historia en Enseñanza Secundaria en los Liceos de Florida y Canelones, Secretario del Concejo Dptal. de Canelones (1955-58), Director de la Biblioteca Municipal (1958-66), Ministro de la Corte Electoral (1966-71), Director del Liceo de la localidad de 25 de Agosto, Florida (1974-77).

El 20 de junio de 1991 fue elegido Miembro de Número de la Academia Nacional de Letras para ocupar el Sillón “Delmira Agustini”, cargo del cual tomó posesión el 25 de julio de ese año y que ocupó hasta el fin de sus días.

Por Resolución Nº 5607 del 22 de octubre de 2001 de la IMC, se denominó con el nombre de Milton Stelardo a la sala de lecturas de la Biblioteca Municipal de Canelones “Froilán Vázquez Ledesma”.

Su obra narrativa suma una totalidad de cincuenta y cinco relatos o cuentos que han aparecido en cinco libros originales: La demorona (1968), La monteadora (1976), Cuentos (1986), Relatos del lago (1988) y Una voluntad (1997), y en las recopilaciones: Cuentos (1980), El crimen y la maldición (1995), Cuentos Selectos (Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos, 1999) y El arao viejo (1999), este último recoge los cuentos completos.

Durante su carrera literaria recibió diversas distinciones, entre las que se destacan los premios otorgados por el Ministerio de Educación y Cultura en los años 1971, 1979 y 1985 y los de la Intendencia Municipal de Montevideo en los años 1974 y 1978, así como también la distinción de integrar el selecto grupo de autores nacionales cuyas obras han sido publicadas en la Colección de Clásicos Uruguayos.

La obra literaria de Milton Stelardo se enmarca dentro de la narrativa criollista; cuentos de temática campera.


La Demora

-¡Pero caray! Y yo, ¿por qué diantre no me he muerto entodavía?
De día y de noche, y cada vez con más frecuencia, hace ya bastantes años que el tala imponente bajo el cual se sienta, la cocina negra, el rancho penzudo de adobón, los corrales enclenques, el pozo rechoncho, el áspero galponcito de chala, vienen oyendo a don Remigio Balparda hacer la pregunta con acento profundamente intrigado. Y lo ven menear la cabeza mirando ceñudo alrededor, en busca de respuesta. Y volver a la banquilla de cuero de carpincho y allí esperar sentado, quietito como un ídolo, la mirada puesta en la lejanía y las manos cruzadas a la altura de la boca sobre la porra del bastón de membrillo.
Es un viejo flaco y aindiado. Una mueca perpleja le alarga la cara y ahonda los profundos paréntesis que, encerrando la nariz ganchuda, van del mentón tembleque a los pómulos secos. De la frente angosta y garabateada de arrugas arrancan unos mechones ralos y cenicientos que montan sobre las grandes orejas, puntiagudas por arriba y colgantes en el lóbulo. Las cejas espesas y despeinadas y las profundas cuencas no dejan ver, de los ojos, más que la pupila brillante de ratón. Y aún es frecuente que los achique para adaptarlos al confín, hacia donde siempre mira como buscando algo.
Ha contado muchas veces, que una mañana, cuándo sólo tenía unos catorce años, oyó que el padre, de pie entre el humo de la cocina, le decía a la madre:
-No tengo un cobre más; y no sé ande dir.
La madre, sentada, se tapaba la cara con el delantal.
-Y yo, p'ayudar la casa, me juí a montiar.
Le gustó la vida en el monte, cerca del río, donde tuvo como compañeros a unos hombres "güenazos", con quienes compartió los rústicos trabajos, los fogones animados de cuentos que a veces lo desvelaban, las cacer ías con cimbras y aripucas y las pescas con palangres y aparejos, hasta el amanecer.
Pero a menos de dos años, una crucera lo mordió en un muslo. Y ni pensar llevarlo al pueblo. Le hicieron enseguida, hondos cortes en cruz sobre los dos agujeritos de la picadura y por allí lo chuparon sudorosos y desesperados, hasta desmayarlo. Después le quemaron la herida con un pedazo de machete caliente. Y por sobre el ardor de la llaga sintió las angustias agónicas del envenenamiento, entre convulsiones que terminaban en heladas parálisis, sudores entre yertos y ardientes y un remolino de imágenes de claridad hiriente, reventándole en la cabeza.
A las tres horas, cayó en letal agotamiento; un instante antes pudo pensar con perfecta serenidad.
-Y gueno... me muero... Tanto no duele...
Y con esa certeza, delirando apenas, se durmió.
Pudo vivir; pero de ahí en adelante tuvo la convicción de que en cualquier momento próximo moriría. Había quedado muy débil y con la pierna herida casi inservible.
Debió volver a la casa, "ande la miseria se había aquerenciao". Encontró al padre muy abatido, con rentas atrasadas por pagar. Una sequía temprana, dejó muy chuso el trigo en las sementeras. Y el padre no dormía. Como alucinado miraba el campo y no había quien le hiciese soltar la mancera del arado. Hasta de noche se despertaba a prenderlo. Se puso seco y oscuro como un charque. Durante el verano, por no volver a las casas cuando agotaba el botijo de agua, tomaba en la cañada. A fines de enero tenía tifus. Y a la tercera noche de fiebre llamó desde el catre a la madre y al hijo mayor. Tenía los ojos saltados y resollaba bronco.
-No hay güelta que darle, pudo apenas decir. -Estoy boliao.
Y se le cayeron gruesas lágrimas donde tembló la llama amarilla del candil.
El presentimiento del padre se cumplió y Remigio guardó desde entonces la idea de que cuando la muerte se anuncia, es puntual y viene.
Una confusa, aunque profunda certidumbre de que siempre la tenía cerca, estaba como telón de fondo de su fugaces alegrías, de sus preocupaciones, de sus rabias y de sus indiferencias; y alternaba con los momentos en que, sobre todo de noche, boca arriba sobre los colmillos, cubierto hasta el pecho con la manta, mientras miraba a las vinchucas revolverse entre las varillas de la quincha "la endivinaba rondando entre un golpeteo sordo y desarreglado en el pecho, sofocos entre calientes y helados y un revuelo de mangangases ásperos en loj'óidos".
Entonces empezó a frecuentarlo la pregunta de "porqué y pa qué vivía". Flaco, y torcido por la renguera, era una miseria. No podía manejar un arado ni ayudar un rodeo. Le temblaban las manos "y hasta el mesmo sol lo fastidiaba con perrás jaquecas".
Sin embargo, entró de peón en la estancia de Oyarzábal. Le tenían consideración "por lo rispetuoso y hasta delicao en el trato". A fuerza de empeños se hizo hábil guasquero y canastero.
Llegaba a los treinta años. Seguía ruin y desgraciado. Pero hallé quien lo quiso: Micaela, la ayuda de cocina. Se casó con ella, asombrado que una mujer así, llegase a ser tan cariñosa con él. Y tuvo tres hijos, un varón y dos mujeres, la flor de su vida, porque salieron guapos y afectuosos. Era el desquite que le daba la suerte; y sonreía.
Entonces vio el peor invierno que recordara el pago. Desde abril hasta fines de julio se pasó en diluvios huracanados, lloviznas porfiadas que el viento echaba muy al sesgo y neblinas grises que hicieron del campo un pantano y del río una inmensa laguna. A principios de agosto, el desastre tocó el colmo; más lluvias y fríos con ventiscas arrachadas que mataban el ganado. El río subió más todavía. Y fue preciso rescatar las reses que quedaron aisladas en el cerrito pedregoso de los charabones. Allí no había pasturas y se morían de hambre.
Se encapriché en "dir con la partida"; y cuando llegó próximo al medio del cañadón de acceso, el tubiano se espantó, enredado entre alambres y resacas y lo desmontó por las ancas.
¡Y qué iba a nadar con una pierna inútil, en el torrente arremolinado de ramas, espumas y basuras! Manoteó unos metros, y antes de hundirse, vio tan fugaz como nítida la cara de la madre que antes, aún a costa de grandes esfuerzos, sólo podía evocar muy desvanecida.
Lo salvaron apenas los troperos que venían detrás; pero la mojadura y el frío le acarrearon pasmo. Y otra vez volvieron las liebres fuertes que lo ponían "pegajoso de sudores espesos y como redetido con las cubijas". Esperaba noche a noche que la consunción lo acabara. Al sexto día la pulmonía apretó. Y desconfió más de una extraña lucidez que al atardecer le vino, que de los aplastamientos turbios de la fiebre.
-Güeno, -murmuró con franco reposo,- esta noche...
Enemigo de los aspavientos, disculpó las ansias de tener cerca a toda su familia diciendo que le gustaría, como cuando de chico sentía miedo, oír una partida de truco entre la madre y los hijos junto al catre.
Tardó más de dos meses en reponerse del lance; y más intrigado que antes se interrogaba cómo y porque había sobrevivido. "Hasta el dotor que vino del pueblo se asombraba".
Una siesta de febrero, cuando aplastado por el bochorno miraba muy ido, como las moscas se amontonaban sobre los restos de sandía, un recuerdo viejo lo despabiló: durante las noche de invierno "el agüelo Rosendo" trenzaba tientos en la cocina ahumada, donde la vela, desde el suelo, echaba sobre el cielorraso de paja, la araña negro de su melena enrulada. Y hablaba del poder, de los milagros y de los castigos de Tata Dios; y decía muy despacio, con aquella voz ronca y juiciosa, mientras acomodaba la mascada de un lado a otro de la boca, que el hombre había sido criado sobre la tierra, por El; y que su destino era crecer y multiplicarse" como las moscas "que véia en la sándia".
¡Qué zonzo era! ¡Así que "pa eso había vivido"! "¡Pa cumplir el mandato!"
Pero enseguida vinieron las dudas. Porque Ramón, el menor de los hijos, tenía ya once años. Entonces, ese tiempo ¿lo había vivido de yapa? No entendía. Micaela había quedado estéril y toda la familia estaba encaminada Hasta Ramoncito traía a la casa su sueldo de peón de tambo.
-Naides precisa ya de mi; y yo estoy servido. Siguro moriré esta noche.
Pero no fue así. Y continuó esperando mientras envejecía.
Una mañana de mayo se murió entre sonrisas Micaela. Y él anduvo muchos días como bobo. Recién como al mes, empezó a entender lo que le había pasado. Vivía sin ganas ni fuerzas para nada. Aunque se cayese de sueño no podía dormir, ni aún de noche. Cuando apagaba el candil todo quedaba vacío y negro fuera y dentro de él. ¡Y qué raro el corazón que seguía marchando solito! El no lo ayudaba para nada y más bien deseaba que parase. Lo oía golpear toda la noche. Sólo cuando las rendijas de la ventana se dibujaban con el claror del día, se adormilaba un poco.
Pero el tiempo, con paciencia, le remendó la herida. De más de setenta años de trabajos sin premio, recordaba sólo unas pocas fechas. Casi todas desgraciadas, como cuando lo picó la crucera o murió Micaela. Y sólo cuatro por dichosas: cuando nacieron los tres hijos y sobre todo, le costaba confesarlo, cuando fue una vez a Montevideo y en una confitería una moza guapísima, toda de blanco almidonado, le sirvió entre sonrisas, masas y confites. ¡Tantos días que dejó atrás y eran todos iguales! Ese era diferente y brillaba entre el pasado gris como una esterlina. ¡Esa vez si que no le asediaron ni preguntas ni presentimientos!
Con los años se le agudizaron ciertas glotonerías "metidas en la ráiz de los güesos". Rondaba en el huerto basta terminar los melones. Lo renegaban; y él sonreía. Y a si mismo se confesaba, con un poco de miedo, que ahora le gustaba casi tanto comer un melón sazonado, como ver al nieto. Y le daba vergüenza.
Fue cerca del chiquero que el mismo nieto lo oyó decir una mañana.
-He quedao vivo pa gustar melones.
Enseguida le pareció aquello una enormidad; "pero que no ofendía a naides". Y como el gurí desparramara entre risas el dicho, el abuelo se enojó hasta hinchársele la cara, desahogando con un temblor en los puños, las ganas apenas contenidas de pegarle. Al rato lo tenía en las rodillas y mientras le hacia mimos, con pobres palabras trataba de explicarle qué quiso decir con la frase aquella.
Cuando por cálculo de familiares y vecinos don Remigio debió cumplir ochenta años, en torno al viejo se hizo fiesta gaucha con parrillada de vaquillona con cuero y achuras, precedida de caña y seguida de vinos.
El agasajado comió y tomó como un muchacho. Hacia el fin de la tenida el viejo calló en seco la ingeniosa defensa que sostenía ante los chuscos embates de dos mozas, y se ensimismó. ¡Se halló tan extrañado!
-Estoy vivo aquí; ¡y tengo ochenta años!
El resto del día lo pasó esperando. Cuando no pudo más de sueño, se fue al catre, Y como desilusionado, casi se quejó.
-No hay caso. No viene.
Y se durmió.
Y allí sigue, la mayor parte de los días sentado bajo el tala enorme.
A la tardecita se asea, se muda; y tan tieso como sereno espera, momento a momento, esa visita informal que tanto tarda en llegarle.


La Familia Oriental ~ Escenas del Censo
 

-¡Ay vienen! ¡Ay vienen!

Las dos hijas de Don Celestino Cabrera, endomingadas, desde la cuchilla donde se agachaba el rancho, dieron a gritos nerviosos la noticia.

Enseguida apareció el viejo entre la defensa de los transparentes, chancleteando mientras se anudaba la golilla de luto: camisa recién planchada de mezcliya oscura y pantalones ordinarios de brin a rayas, con los bajos metidos dentro de las medias negras de lana gruesa.

Venía sofrenando a duras penas el trote rengo y estevado porque quería aparentar sosiego.

Hizo visera con la zurda huesuda y achicó loa ojos para enfocar el camino que trepaba, mientras encogiendo cada pierna, trataba de calzarse con el índice nudoso, el talón de las flamantes alpargatas azules.

-Era hora, canejo. ¡Ya son las ocho! ¡Y dende antes de las siete que los espero!

Llegaron los empadronadores.

Eran dos; uno, casi niño, estudiante de segundo año de Liceo, pelo de mangangá, pecoso y con dientes separados y salientes, sudando de nervios, miraba a los campesinos con risueña timidez. El otro, funcionario municipal, de unos veinticinco años, morocho, de buen aspecto y ademanes aplomados, inició los saludos.

-¡Buenos! ¡Buenos días! ¿Aquí vive Don Celestino Cabrera?

El viejo se enderezó contrariando al reumatismo y quitándose el chambergo que verdeaba de años y de sotales, contestó con voz tan gruesa que parecía ajena a su flacura.

-Un servidor! ¡Pasen! ¡Pasen, no más! Estas son las hijas.

De comedido, dejaba ir adelante a los muchachos que rumbearon hacia la cocina abierta.

Allí, sobre el piso rajado, la panza negra de la olla tropera, por su bocaza borbotante, sahumaba lerdo hacia el sol de la mañana, un vaho religioso, y, echado al pie, haciendo guardia, cabeceaba el perro canoso y cegatón.

Pero el viejo ordenó con voz de comandante antiguo.

-¡No! ¡Por aquí! ¡A las piezas!

En ellas era todo modesta pulcritud: techo de quincha con varejones de álamo y paredes de barro recién encaladas que hacían reverberar la luz del sol colada por la puerta.

El piso de tierra, a fuerza de barridos había dejado muy alto el umbral de quebracho rojo, redondeado por los trajines, y las pobres sillas de mimbre brillaban, lustradas por el roce de las ropas.

Cubría la mesa larga y petiza, una carpeta de cretona punzó con lunares celestes y en medio, desbordaba un ramo de coronas de novia y de verbenas brillantes de rocío.

Empezó la encuesta.

El viejo, de pie, se cuadraba para dar las respuestas; pero durante los intervalos no tenía más remedio que aflojar la pose.

-¡Una bendición el reuma! Con lo seco que estoy, no sé ande me cabe.

El estudiante no aguantó la risa y las mozas lo siguieron.

-¡Güeno! ¡Güeno, muchachos! ¡Qu'esto es serio y no pa chacota!

Pero él también reía.

-¡Sí! Ochenta y dos años cumplidos; porque soy del 81.

Y poniéndose más tieso añadió.

-¡Teniente de los Guardias Nacionales!

Y después, extrañado.

-Pero... y este rancho... ¿los dan como güeno... ?

-Sí, señor. El techo está bien, el piso es firme, no se ven humedades.

Como absorto, se tiraba el labio inferior.

-Pero mire... mire el rancho viejo..

-Es mejor que muchas casas del pueblo.

-Si usted dice... Pero váyanse sirviendo, muchachos. ¿No gustan del salchichón casero?

-¡Oh! ¡No se moleste! ¡Ya nos vamos!

-¡Faltaba más! No me desairen. ¡A ver, Eduviges; tray la rosca y el vino!

La aludida irrumpió como si hubiese esperado la orden escondida tras el rancho.

Unos cortes firmes y parejos de facón, pronto llenaron la tabla de picar de grandes hostias fragantes y de óvalos rojos salpicados de tocino lagrimeante.

Y a poco, aquellas rústicas delicias engolosinaron a los mozos que anotaban con la diestra y se hartaban con la zurda.

-Bueno, señor, nos vamos, y muchas gracias por todo esto, que es riquísimo.

-¿Ya se retiran? Pero a medio día golverán. Las muchachas ya cortaron los tallarines; y está marchando el estofao de capón.

-No podemos. Nos toca visitar dieciséis casas, en esta zona.

Las mozas eran las más apenadas.

-Ahora buscamos a la viuda de Boida.

-¡Ah! ¡Sí! ¡Doña Romualda!

Los acompañaron hasta allí.

La anciana salió a la puerta para recibirlos y con la mano tembleque, se prendió del marco.

Era una pasita sonriente, perdida en los pliegues de un gran rebozo de franela a cuadriles blancos y negros, que saludaba con voz de flauta pifiada por los portillos de la dentadura floja.

Vivía con una nieta, y una semana atrás, sabiendo lo del censo, se había empeñado en asear y arreglar el rancho que jamás conoció ni suciedad ni desorden.

-¡Dentren! ¡Dentren! A ver, Rita; arrima las sillas.

Vino la muchacha, rosada y fresca como la mañana.

Saludó bajando los párpados, con un "como está" cortito y alcanzando apenas la punta de los dedos que retiraba enseguida como quemada.

La anciana pasaba el delantal de percalina sobre los asientos destinados a los mozos.

-¡Deje, señora! ¡Si todo está tan limpito aquí!

Doña Romualda recordaba otro censo, hacia ya, más de cincuenta años, cuando ella era de la edad de Rita y vivía en Los Cerrillos. Entonces, ya había muerto Aparicio, y Batlle terminaba una presidencia. De eso sí, se acordaba bien.

-¡Pero sírvanse! ¡Sírvanse! No usen de cumplidos.

Allá probaron los salchichones tan güenos de Don Celestino y aquí les preparé el postre.

Quitó la servilleta de tela vasca a cuadros y en medio de la mesa pelada, un gran pastel canario mostró las medias lunas de oro de las cáscaras abrillantadas de naranja sobre la nieve del merengue salpicado de grageas.

Hizo coro un elogio involuntario.

Doña Romualda se cubrió la cara con el delantal.

-Rigular, no más; porque estay poniéndome chambona de tan vieja.

Conmovidos y confusas, los muchachos comían.

La anciana deseaba decir algo y extendía la mano flaca y temblona, en adelanto de la prosa.

-¡Sí! Diga, diga.

Pero no se animaba y le cuchicheó a la nieta.

-No agüela los finaos, no. Agüela pregunta si los hijos muertos van en el papel.

La anciana se conformaba.

-Los finaos, claro que no.

Salieron. La mañana de primavera había crecido en luz y en cantos.

Del campo florido se levantaban densas espirales chirriantes de mistos en celo hasta disolverse en el espacio como gasas y el sauzal recién brotado, hervía con los trinos de músicos y tordos.

Llegaron al tambo de Perdomo.

-¡Juera! ¡Juera, Cacique! ¡Camine! ¡Por acá! ¡Por acá!

Es el dueño que viene a recibirlos.

En el patio empedrado, cerca del pozo con molino, donde se enamora un casal de calandrias, la familia espera, formada en semicírculo desparejo en alturas y volúmenes. Hay pantalones de todo largo y polleritas con festón, almidonadas. Porque son nueve hijos.

La esposa, menuda y simpática, no sabe como ubicarse al lado del marido, un albino cejijunto, de porte imponente y ademanes macizos que, echando la cabeza atrás mira a las gentes como a la distancia, les tiende largo el brazo y de golpe, los tira hacia sí, estrellándolas contra el muro de su pecho mientras les exprime la mano.

-¡Bueno! ¡Bueno! ¡Ustedes se quedan a hacer medio día!

-No, señor, muchas gracias.

-¡Nada de partes! ¡Se quedan!

-¡Pero, es imposible! ¡A esa hora estaremos lejos de aquí!

La familia es grande, con servicio y peones. La boleta demora.

-¿Una caña con pitanga? Porque está fresco y han andao mucho.

-No; ya tomamos vino.

-¡Ni una palabra! iRamonita! ¡Traé el clarete!

-¡No! ¡Si nos emborrachamos no podemos trabajar!

-Pero si esto no mama. ¡Formalidá! Pone alegrón, no más. ¡Es puro jugo d´iuva!

Y con orgulloso cariño mira el botellón, perdido entre sus manazas.

Apareció la asadera repleta de rodajas de panceta ahumada y de salame.

La esposa aconsejaba.

-Prueben; porque si Prudencio sabe que en las otras casas comieron y aquí no acetan, ¡le vienen unos celos!

-Bueno; si es así.

Pero el estudiante, que escribía de firme, se disculpó: no se sentía bien.

El tambero sentenciaba.

-Es el madrugón y la tarea, lo que trae mal al muchacho. ¡Si es casi un chiquilín! Porque naides se endispone por comer güena fatura. Y no lo digo por alabarme. La calidá, modestia a parte, no empalaga.

Eran las diez. Don Prudencio miró la carpeta.

-¿Y ustedes tienen que llenar todos esos papeles?

¡La fresca! ¡Si habrá que meniar pluma!

Cuando marchaban para censar al último peón, los alcanzó a caballo, el hijo mayor del tambero.

-Dice papá que si precisan la camioneta pa lo que sea, se la manda ahora mismo, porque recién golvió del pueblo con la maestra.

Y bajando los ojos.

-Digan que si, así yo manejo.

El peón es Solano Medina. Vive solo en el galpón del tambo, entre guascas, cojinillos y bolsas de ración. Aparenta hosco y desconforme con la visita. Recién afeitado, sangra por donde el filo arrasó los barros.

-¿Podemos pasar?

-¿Y a qué? ¡Si está como chiquero!

-No importa. No nos fijamos en eso.

-Güeno, pasen, entonces.

Solano tiene veinticuatro años y hace once que es peón.

-¿Aquí no vive más nadie?

-¿Y quién va a querer vivir aquí?

-¡No crea! El galpón es seco y hay abrigo. Arreglando un poco. Es lindo lugar y con arroyo cerca.

¡Cuántos quisieran en el pueblo....!

-¡Pueda ser...!

-Bueno. Nos vamos.

El mozo cambió de golpe.

-¡No! Tengo el asao. No lo puse en el juego porque desconfié que viniesen. ¿Llegan a mediodía?

-No podemos. Mire lo que nos queda por hacer.

-¿Y hoy no almuerzan, entonces?

-Tal vez no. ¿Y qué importa?

-Güeno, entonces yo los acompaño.

Cinco casas recorrieron con él. Es casi analfabeto, pero no tiene nada de negado. Se hizo enseguida a contestar los formularios y ayudó a los paisanos a entender las preguntas.

Al fin, avergonzado, se disculpó.

-Soy bruto y por eso maliceo de los puebleros, aunque suelen llegar güenos...

-Los otros empadronadores son como nosotros y están haciendo lo mismo en todas partes...

-¿En todo el país?

-¡Sí!

Solano sonríe por primera vez.

Se despiden. Y cuando en medio de la cuesta engramillada se vuelven, sorprenden al peón, mirándolos todavía desde el valle. Promediaba la tarde y el vecindario, desde lejos, seguía el recorrido de los mozos.

-Ahura van pa lo Turielle.

-Están saliendo de lo de Don Anselmo.

-Allá los acompañan los Tabárez. Están los quince y doña Ulogia, de negro, abre la fila. ¡Falta nada más que la cruz para ser procesión!

Cuando el sol ya se acuesta sobre las cuchillas, vuelven hacia la escuela.

El funcionario, con índice y pulgar, se apreta las sienes. 

-Estoy que reviento y para colmo, mareado. ¡Pero quién le decía que no a esa buena gente! Y vos... ¿cómo te sentís?

-¿Yo? ¡Me caigo de hambre!

-¿Y no estás enfermo?

-¡De "fiacca", te digo!

-¡Pero... y porqué no comistes, entonces?

-No tengo aguante; y servirme en un lado y decir que no en otro...

La gente se ofende. ¿Vistes cómo se pasaban el parte de lo que hacíamos?

Se sentaron rendidos en medio del pastizal, uno resoplando y el otro, mudo; y al mirarse, soltaron la risa.

Apenas asomaban sus cabezas por encima de rábanos y borrajas florecidas.

De lejos llegaba la charla creciente de los otros empadronadores que se iban acercando. La maestra los recibía en la puerta de la escuela.

La paz de la tarde depuraba las voces y hacia del ámbito, un recinto familiar.

-¡Qué paisanos más buenos! ¡Nos trataban como de la casa!

El funcionario, conmovido, miró al adolescente.

-¿Dejamos las boletas para mañana?

-¡No! Las revisamos ahora.

Y marcharon hacia la escuela.



Son más de la diez de la noche. En el almacén de Soria están reunidos los vecinos. Hablan del censo.

-¡Cha que tuvieron catanga les padronadores!

-¡Y no iban nada en eso!

El vieja Celestino Cabrera, llama a un muchacho.

-¿Cuánto te costó la reja, Agapito?

-Ciento trainta y seis pesos, Don Celestino.

El viejo, mirando el piso, se sacó el pucho de la boca para enjugarse las comisuras con el revés de la mano. Y al fin.

-¡y güeno! Cuando sepamos bien cuántos semos y qué precisamos tal vez bajen los araos.

La radio empieza a trasmitir las primeras cifras.

Vienen mechadas con elogios a la población por la forma comprensiva y hasta deferente como trató a los empadronadores.

Había satisfacción en la rueda.

El viejo Celestino se para. El orgullo le endereza los huesos. Y mientras desliza despacio, desde la nuez al cinto, la palma de la zurda, truena manso.

-Por suerte, entodavía semos la familia oriental.

Los otros lo miran como a un padre.


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