Irineo Leguizamo

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2002 ~ 14 años difundiendo nuestras raíces ~ 2016


Horacio Quiroga


Horacio Quiroga nació en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1879, y murió en Buenos Aires el 19 de febrero de 1937. Después de la publicación de su primer libro, en versos, Los arrecifes de coral (1901), se trasladó seguidamente de manera definitiva a la Argentina, donde transcurrió el resto de su vida.
Su vida estuvo presidida por la tragedia: La muerte accidental de su padre, a quien se le escapó un tiro de escopeta mientras descendía de un bote, la cual transcurre cuando Quiroga tenía sólo 2 meses; la pérdida de dos hermanas, Pastora y Prudencia, que murieron de fiebre tifoidea en el Chaco argentino; el suicidio de su padrastro, Ascencio Barcos, delante suyo luego de sufrir una terrible parálisis cerebral; tras seis años de matrimonio, Ana María Cirés (su primera esposa, con la cual se casa en el año 1910, luego de haber vencido la dura oposición de la familia Cirés) agoniza ocho días después de haberse envenenado; también su hija Eglé, nacida en Misiones, en el año 1911, se quitaría la vida un año después de su muerte (1937); y Darío Quiroga, su hijo, se mataría en 1952. Asimismo, María Elena Bravo, su segunda esposa y la única adolescente que lo amó sin sortear oposiciones familiares (era 30 años menor que el escritor, y amiga de su hija Eglé), lo abandonó en medio de su selva, después de seis años de matrimonio, llevándose a “Pitoca”, la pequeña hija de ambos.
En 1936 debió internarse en el Hospital de Clínicas por un dolor en el estómago. Cinco meses después, un médico le dijo que tenía cáncer. Quiroga no dijo ni una palabra. Salió a dar una vuelta por la ciudad y esa misma medianoche se suicidó con cianuro.
Aunque su primer libro fue una selección de poemas (Los arrecifes de coral, 1901), Quiroga es, sobre todo, un narrador: En 1904 aparece El crimen del otro y en 1908 aparece su primera novela, Historia de un amor turbio;, dos años después, la segunda Pasado amor. Sus cuentos, que fueron apareciendo en diarios y revistas, empezaron a reunirse en libros: Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte (1917), cuentos escritos entre 1910 y 1916 en Misiones; El Salvaje en 1920, Cuentos de la Selva en 1921, Anaconda en 1923, Los Desterrados en 1926, El Desierto en 1924 y Más Allá en 1934 —su último libro.


De la vida atormentada de Horacio Quiroga
M. Ferdinand Pontac 

Junto a las dos grandes piedras lisas que limitaban la puerta de calle, descansaban del bochorno de esa tarde de enero, dos mujeres. La joven acababa de terminar un verso y le ponía titulo: 'Tregua en el campo". Todo él un anhelo.

"-Mujer que te has venido con el alma estrujada
por la ácida y torva vida de la ciudad:
cúrate en el silencio, ama tu casa aislada,
bendice este paréntesis, suave, de soledad".

Absoluta soledad campesina. ¿Quien llegará hasta el legendario feudo de los Saravia? Ni árboles, ni arroyos; sólo piedra y tierra amarilla. En las noches claras, un verdadero paisaje lunar. Pero en ese paisaje agresivo y hosco a toda entrega, debía encontrar por un año, la bendita soledad buscada, que la descansaría.
El anhelo era regresivo.
"¡Que bajo tu corteza gris de civilizada, surja la campesina que adormeció la ciudad".
Surgiría, si, otra vez, la campesina que no dejó de ser nunca. Y nadie se atrevería a llegar hasta allí a alabarle sus versos, y a escamotearle su tiempo.
Un grito de la madre, en que había miedo y asombro.
-"¡Mira aquel hombre. Juana!"
Venía hacia ellas a grandes zancadas, con un traje marrón que parecía no ser suyo, pantalón estrecho y corto, mangas escasas, la barba negra y una gorra a cuadros que lo protegía del terrible sol azufrado.
El hombre, a quien acompañaba un niño de doce años, saludaba desde lejos con grandes gestos de su mano huesuda.
La madre se guarecía ya en el interior de la casa, cuando la hija reconoció al viajero.
-"Pero si es Horacio Quiroga, mamá", dijo alegremente Juana de Ibarbourou, tranquilizada también ella. Pero la "señora mayor" no debía recobrar su aplomo, hasta pasados los tres días, en que el hombre barbado desapareció del pueblo.
Venía del Norte. En la valija que perdió en el ferrocarril iban los trajes casi lujosos con que se le vio en Río, cuya Academia brasileña de Letras lo habla recibido en triunfo. Quería aprovechar los tres días de que disponía, para buscar el aerolito. Lo había visto un soldado, que definía así su caída: "un ferrocarril por el aire, que clavó el pico en el cerro". El pueblo lo había visto caer. Un ruido de cien truenos juntos, a pleno sol.
Quiroga se presentó a los jefes del 9º, cuyo segundo, el mayor Lucas Ibarbourou era su amigo. Esto hizo que su aspecto no los intranquilizara mucho. Por otra parte venia en misión oficial y debía ser atendido especialmente. Lo fue. Y si Quiroga, en los tres días que duró su viaje, salía muy temprano del único hotel del poblado, y se presentaba en el cuartel después de caminar un kilómetro y pasar por frente al cementerio campesino, con su gran palma central, de enorme tronco, lleno da culantrillos, claveles del aire, helechos, y pirinchos.
Santa Clara de Olimar... Tan hermoso ese nombre que parece buscado para un romance. Y cuando ya el poema está dentro del pecho, ofende los ojos la realidad ceñuda. Se espera la ciudad junto al río, la enorme arboleda, y la sombra. Vana esperanza de la pupila. No es Santa Clara más que un caserío gris, grandes cerros hirsutos, un campo de piedras sin ninguno de los mates del verde y del agua. Tierra para trapenses, cielo reververante, blanco y gris, gris y rojo, rojo y negro. Pero el romance está. Un poco oscuro y otro mucho siniestro, pero está.
Se le encuentra en las noches lunosas, cuando el filo de los cerros humea con el frío de la madrugada, y sus granitos, traspasados por el fuego del sol se endurecen en la frescura de la medianoche. Parece entonces como que camináramos por los acantilados de la luna, y que el astro que resplandece en el cielo, fuera la dura, vieja y miserable tierra nuestra. -¡Qué días y que noches en ese feudo de lo tragedia! 
El cuento dramático es en él la crónica común, en un paisaje impasible, en todos los tonos neutros, sin el contrafilo de la luz verde del agua que corre por entre los árboles. Los ranchos están solos bajo la canícula o el frío. Un hombre fuma, en la puerta del suyo, desde la amanecida o el anochecer, impávido, misterioso, sentado sobre su cabeza de vaca, con el único cambio de actitud que le exigen el churrasco del mediodía, siempre, siempre ... siempre!, el amargo de yerba brasilera, el cigarro de chala pegado al labio ¡siempre!; el pucho de hoja de maíz, crepitante, como si en la brasa mínima hirvieran lo revelación y la profecía. Son hombres de duras greñas los del paraje agrisado. En su sangre mezcló la conquista, lo que aparecerá como una espuma en el alma del gaucho: el fatalismo inmóvil del árabe contemplador y el hermético silencio de los hombres de estas tierras, que bien pudieran ser las últimas orillas de la Atlántida legendaria. 
Nadie sonríe en Santa Clara de Olimar, y casi nadie lucha. El gris se mete en el alma como un cauto roedor que bajara de los cerros todos loe días, a cavar sus túneles incegables. Solo el viento, el viento suelto, que hace de cada piedra una ocarina, canta para la eternidad. No se sabe de donde extrae sus instrumentos musicales. Las rocas se exaltan paro oírlo, y se duermen bajo el arrorró de úes, cuando son pequeñas y chatas. Las otra parece que vivieran ya el momento de la liberación. Van a andar, cualquier día. Yo sabe oír, y ambicionar. Ese arrorró de las piedra que se duermen con la noche, es un himno, o un De Profundis, para las grandes rocas agudas.
Todo este panorama extraño de Santa Clara tiene que haberlo captada Quiroga, con su extraordinaria sensibilidad, en los tres días que fue su huésped. Se le daba en la mañana un cabo y un soldado, un pico y una azada, un balde y un jarro. Con su valijita y su tubo de lata, el corto traje marrón y el gran pañuelo a cuadros anudado al cuello, ganaba el cerro y cavaba en él hasta las doce. No encontró rastros del aerolito. Le bastaba su encuentro con la flora indígena. Tenía un herbario que enriqueció en el cerro. Apretaba las hierbas aromáticas en el tubo de lata, mientras su hilo Darío buscaba víboras ente los pastos. Había heredado del padre ese amor por los animales, aún los dañinos. Respetaba toda vida animal. Perseguía víboras cuando éstas le habían hecho perder algún perro. Lloró al cervatillo que había criado y que le asesinaron una noche. "Mientras lo retornaba en brazos a casa -anotará más tarde - aprecié por vez primera lo que es apropiarse de una existencia".

Era terrible el sol da ese mes de enero. Pero Quiroga no temía por el hijo, que sabía cuidarse, con su gorra, debajo de la cual sabía extender una capa de hierbas frescas. Había inculcado a sus hijos la disciplina del peligro. Le contaba a Juana: a veces los colocaba juntos al borde de una altísima barranca y les decía: "no se muevan". Y se alejaba internándose en la selva. Parecía impasible, pero sufría. "Me alejaba quedándome", explicaba. Y Juana, que había entendido estrujaba contra ella a Julito, que empezaba a dormirse. Transcurrido un largo rato el padre volvía. "Volvía adelantándome", decía ahora con un ligero temblor de la voz, y significaba con la frase rara, que se adelantaba a sí mismo, espoleado por la angustia del peligro corrido por los hijos pequeños.

Disciplina terrible, Quiroga no la repitió muchas veces. Mientas él, alejado ya, miraba a lo lejos, sin ver, Darío le pasaba el brazo por la cintura a la hermanita mayor, diciéndole en voz muy baja: "No te muevas, Eglé, que podemos morirnos". En alguna ocasión el muchacho tuvo valor para gritar con voz fuerte, pero sabiendo ya que esa voz no llegaría hasta el padre, o que si llegaba, éste no querría oírla:

"-Piapiá..." Se perdía el eco, pero llegaba el padre, ya al borde de la angustia. Los abrazaba a los dos, estrechándolos contra el pecho, mudo y serio. Así los criaba, despreciando el peligro y amando el campo y la selva. De esa manera llegarían a centenarios. Eso decía. Pero la selva que les enseñó a no temer el peligro, se guardó el secreto de no temerle a la vida.

Los dos, padre e hija, se fueron voluntariamente. Y si ignoramos porque se mató Eglé, sabemos en cambio que era un Quiroga en derrota, ya condenado por el cáncer, el que alargó una noche su mano esquelética, hasta el vaso que podía salvarlo...

Cenó Quiroga en casa de Juana de Ibarbourou, las tres noches que pasó en el pueblo. Conoció la sobremesa cordial y elevada de la noble casa amiga. Se perdía en el sillón la figura pequeña, flaca, seca, huesuda. Gran narrador, complaciese sin embargo en ahorrar palabras. Hablaban por él sus extraños ojos verdes, que fijaba magnéticamente en los del interlocutor, tal vez para ocultar, lo que no conseguía siempre, su timidez.

Apenas sentado para la charla, extraía del bolsillo una pequeña madera y un cortaplumas, invirtiendo en labrarla todo el tiempo de la conversación. No conocimos a Quiroga y no sabemos si esa actitud suya era corriente en él. La describimos, porque la tuvo en Santa Clara, en esa corta visita de 1923. Hablaba poco, siempre ligero, y nunca de su propia obra. Cuando no creía en la ajena, era mordaz e implacable. A veces frenaba bruscamente su charla, para tararear un trozo de ópera, muy por lo bajo, cortando luego, también bruscamente su extraño arranque lírico, para volver a la conversación casi con humildad, como avergonzado por la interferencia.

Cuando se fue de Santa Clara, dejó en el pueblo una fuerte impresión de curiosidad y de misterio.

Los doctores José María Delgado y Alberto Brignole acaban de revelarnos el misterio de la atormentada vida de Quiroga, hombre que parece de otro continente, extraña amalgama de soñador y hombre de acción, de realizador y visionario. Dos cuadros de muerte son el principio y el fin del libro. Entre los dos, nada más que tragedia. Todas las imágenes caben en el volumen, y no solo las imágenes, sino la explicación.

Los autores son amigos que han convivido con Quiroga los primeros años de bohemia, recogiendo como en cumplimiento de un destino, la información más preciosa y verídica. A esa información fidelísima los autores han agregado lo que Bidou llamaba "el sentido dramático de lo real". Además, y estoen perfecto equilibrio, una rica imaginación, con un sobrio arte de pintar. Es una biografía acabada y magnífica. Aún escribiendo en prosa se descubre al poeta en el doctor Delgado. El lo ha sentido mientras modelaba esta rara vida de escritor que no conoció la plácida existencia sino la agitada y febriciente. Libro de alta poesía, en el que si tuviéramos que señalar algunos capítulos, no como mejor logrados, sino como capaces de despertar una máxima emoción, recordaríamos los del desierto y los de la muerte. No es una narración lo que nos regalan Brignole y Delgado. Es toda una complejísima sicología que nunca hubiéramos imaginado y a la que llegamos porque ellos mismos se han adentrado en el alma de Quiroga, para presentarla, grande, igual y única, como sus pasiones, sus errores, sus obstinaciones y su genio. No le ahorran al lector, -aunque lo hacen fugazmente tal vez para no exacerbar su propio sufrimiento- la visión del dolor de los grandes, del último dolor de los grande, que murieron como él murió.

Lo declaró cesante el decreto de 15 de Abril de 1934. Sus amigos del Salto se habían arrojado a una franca oposición a la dictadura. y Baltasar Brum, que había comprendido el verdadero patriotismo de cuidar la obra de Quiroga concediéndole el puesto de cónsul en Misiones, había dejado su cuerpo tendido para que pudiera edificarse más tarde sobre él una nueva y segura etapa de nuestra democracia. El decreto de cesantía lo arrojó a la miseria. Pero cuando tres años más tarde Quiroga compró la paz con un gesto, el mismo gobierno que lo acorraló, supo apropiarse de su cadáver. Túmulo en un porque público, catafalco para el algarrobo de Erzia, hachones encendidos, marcha fúnebre de Beethoven, discursos empezados en el mismo momento en que él dejaba caer de su mano el vaso de veneno. Parece escrito para Quiroga el último capítulo del libro de Lugones sobre Sarmiento. Melancolía por el dolor de los grandes muertos.

-"Ni la salva del cañón, ni el féretro en la cureña, ni la estatua que los embalsama en bronce, van a quitar un solo minuto de las miserias que pasaron, de la ingratitud que devoraron, de la soledad que padecieron".
Podrán querer rescatarle un día, en gesto tardío, esas miserias, ingratitudes o soledades. Cuando los párpados han caído, ya no son para Lugones, más que efigie de bronce hueco, suspiros de vana pólvora. Si los gobiernos y los pueblos lo recordaran, no serían tan a menudo, "justos a destiempo".


Cuentos de la selva

Por Horacio Quiroga


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