Irineo Leguizamo

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2002 ~ 11 años difundiendo nuestras raíces ~ 2013


Profesor Alejandro Bertocchi


“TAMBORILES DE MI TIERRA”

A la caída del sol la bahía de Cádiz se presentaba con toda majestad, como acompañando al surgente crepúsculo tan acostumbrado en estas latitudes, con esa belleza incomparable que otorga la naturaleza de este rincón de la península ibérica. Desde ese amplio arco de costa que se forma desde Rota al castillo de San Fernando y la isla de León, las luces de la ciudad y su entorno comenzaban a titilar, mientras en las aguas más de una treintena de grandes veleros descansaban de la dura regata que había culminado apenas unas horas atrás. Un verdadero bosque de mástiles cubría el espejo de la bahía. Sumados a ellos, se hallaban fondeados algunos barcos de guerra junto a una miriada de embarcaciones deportivas completando un panorama que hacia gala de un puerto con tanta historia a cuestas. España se aprestaba a conmemorar los quinientos años del descubrimiento americano, sugestivamente en este rincón de su geografía, donde desembocaba el Guadalquivir, río por donde habían descendido al Atlántico los navegantes de la conquista, encabezados por Colón y seguidos por Vespucio, Gaboto, Magallanes, Balboa y aquella pléyade de marinos de altura que abrieron para Europa el conocimiento del mundo. Y en ese mismo río el vasco Elcano había concretado la primera circunnavegación del mundo con aquella nao, única sobreviviente de la empresa magallánica, la VICTORIA. Todos esos grandes buques venían de repasar el estrecho de Gibraltar desde Italia, en una competición que había resultado bastante rigurosa. Sus organizadores, como queriendo asegurar la nacionalidad peninsular del almirante, habían bautizado al evento con el pomposo título de “Grande Regatta Cristóforo Colombo”, cuyo punto de partida se había dado en su Génova natal; y su destino final, esta Cádiz que los aguardaba con la lógica expectativa de ser sede de tamaño suceso. Por ello, el CAPITAN MIRANDA era uno más de los tantos veleros escuela que había echado ancla en ese amplio y abierto espacio de aguas. Allí se hallaban gigantes como el CUAUHTEMOC, con la bandera mexicana al influjo de la brisa; el colombiano GLORIA; el itálico AMERICO VESPUCCI, este, el buque de mayor porte; la fragata LIBERTAD que había resultado última en la contienda; el chileno ESMERALDA, fondeado muy cerca de su gemelo, el JUAN SEBASTIAN DE ELCANO, que, en este último caso puntual oficiaba de dueño de casa; el ruso SEDOV; el polaco MIR, el lusitano SAGRES, el ecuatoriano GUAYAS y otros emblemáticos buques de todo tipo, notorio velamen y tonelaje que habían arribado desde los cuatro rincones del orbe para participar de este fasto. Ciertamente, se destacaban del resto las tres réplicas de las naves colombinas- la nao SANTA MARIA, y las carabelas PINTA y NIÑA -que la autoridad española había mandado construir a toda escala para acompasar el magno hecho. La competencia anterior había tenido variadas contingencias negativas, entre ellas el muy mal comportamiento del Mediterráneo, que pese a ser un mar interior, se largo con varias borrascas y vientos contrarios por lo que las singladuras gastadas por todos estos veleros fueron harto dificultosas. En realidad, a solo cinco días de haberse dado el cañonazo de partida desde el mismo puerto genovés, las autoridades debieron abortar el evento, ya que el mal estado del clima se cebó en los velámenes y había que arribar a Cádiz en la fecha convenida para dar tiempo a la otra gran regata que se largaría dentro de tres días y era, nada menos, que revivir parte de la derrota que Colón había tomado en 1492; en este caso desde Cádiz a las Canarias y de ese punto al puerto de Santo Domingo, en la Dominicana, allende el Atlántico. Prácticamente la misma ruta colombina hacia “las Indias” aunque en este caso concreto su punto de arribo no fuera sobre aquella diminuta isla de las Bahamas llamada por los indígenas Guanahani que el marinero Rodrigo de Triana, desde el carajo de la PINTA, había divisado la madrugada del 12 de Octubre y que, a la postre, había sido la primera tierra del Nuevo Mundo hollada por los conquistadores. En esa referida gran competencia, el CAPITAN MIRANDA, fue uno de los pocos buques que respetó las reglas de esta disputa deportiva, pues por expresa decisión de su comandante no usó la fuerza de sus maquinas para avanzar en su ruta hacia la meta. Otros, sí lo hicieron, burlando las reglas, en desmedro de la regata y de si mismos, metiendo hélice en horas de la noche, avanzando en forma grosera hacia el anhelado podio. Pero el cierre del evento no dio para mayor discusión y solo se estableció que en la siguiente competición se sería más estricto en los controles. El cruce atlántico se haría como lo cerraron aquellos nautas del siglo XV, a exclusiva fuerza de velas. Pero, había otras cosas en que pensar pues en la intimidad del barco oriental reinaba el sentimiento de que allí, a apenas metros del velero, sobre Puerto Real, se hallaba el astillero de Matagorda, donde sesenta y dos años atrás se había botado aquel otrora buque oceanográfico que, ahora, convertido en velero escuela en el año de 1978 por la propia armada, se hacia presente besando las aguas que lo vieron nacer. Cádiz, la Tartessos de los fenicios, el primer asentamiento civilizado de la Europa occidental, se mostraba con sus más de tres mil años de historia, iluminada a pleno, abarrotada, repletos sus hoteles con gentes venidas desde muy lejos. Se reconocía que esta era una hora de gloria para la ciudad bautizada con el nombre del hijo de Neptuno; la “Gadir” de Amílcar, Aníbal, Pompeyo y César. Ahora, con todos los buques en su destino, recogidas todas sus velas, mientras una semipenumbra ya cubría el panorama, sus tripulantes desde las cubiertas y puntos altos podían advertir que una gran multitud se hallaba agolpada en las ramblas, el puerto y las alturas de la ciudad gaditana. Era ese gran interés que en las mentes despiertan los grandes veleros; es esa ensoñación que llama a la aventura, a las distancias, a la bucólica admiración de la naturaleza, algo inseparable para la visión de las gentes de tierra. Asimismo en los buques ningún individuo se hallaba fuera de ese mismo sentimiento; es que raras veces se podía dar la presencia de todos estos barcos unidos en regatas, como esta, o conmemoraciones históricas, como también se reflejaba en esta ocasión. Era un entorno visual del que cualquier mortal no podía privarse y de allí que miles de ojos se clavaban en todos los detalles, aunque fueran los más nimios, ya que la profusa iluminación que mostraban los veleros, totalmente empavesados, consumaba todo el ambiente, y era todo lo positiva posible como para que nada se perdiera a la vista. En el CAPITAN MIRANDA algo íntimo se preparaba, algo que se hacía en cada puerto donde se echaba el ancla. A bordo todo era ebullición pues se había dado franco y solo algún que otro corto ladrido de Foque se hacía oír, pues la mimada mascota de a bordo ya venteaba los aromas de la tierra firme. Es que hacía dos semanas que se hallaba embarcado. Y fue algo que salió como de la nada en un momento en que todo el resto de las embarcaciones, estuvieran ellas fondeadas en la bahía o acoderados en los muelles, habían apagado todos sus rumores, sus motores, sus generadores, sus emisoras e incluso hasta alguna que otra banda militar que desde tierra tocaba algún sonsonete hispano, dejo sus instrumentos. Todo se calló o se suspendió y el silencio se hizo total y absoluto en el gran espacio geográfico gaditano. Nada se movía. Se sabía que todas las miradas, se dirigían sobre el pequeño barco uruguayo, que se había convertido en el centro de la escena, como a la espera de un hecho fuera de lo común; al fin de cuentas cada nacionalidad posee sus diversidades. Y así, desde la toldilla del CAPITAN MIRANDA, donde se había congregado buena parte de sus tripulantes, surgió bruscamente el repique de la “batucada” de a bordo y los tamboriles de la tierra oriental se hicieron oír en forma patente para todos aquellos que, cercanos o lejanos, se hacían partícipes del espectáculo. Los sones de nuestros tambores retumbaban sobre lontananza y sus ecos cortaban las distancias mientras el resto, barcos y gentes, como embelesados, escuchaban como se castigaban las lonjas con los acordes propios de un lejano pueblo que se hacía oír. Muchos elementos de valor, no exentos de amor propio, pasaban por la mente de oficiales y tripulación del CAPITAN MIRANDA en esos momentos tan emocionantes. Es que los sones que cubrían el ambiente suponían el mas acabado y fiel reflejo de una tierra de libertad donde todos éramos iguales, donde se habían recibido gentes de todas las razas y credos, un crisol de patrias que conformaban una nación orgullosa de su pasado y presente. Y así todos lo vieron; una vez mas el venerable velero escuela se había mostrado como el barco mas famoso que jamás haya arbolado la bandera del sol y las nueve franjas. -
 


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