Domingo Tortorelli

Su quimérica postulación para la presidencia uruguaya

(nota extraída del almanaque 2005 del Banco de Seguros del Estado)


 

Domingo Tortorelli en el balcón de su casa en 18 de Julio y Joaquin Requena

LAS PRIMERAS ELECCIONES PRESIDENCIALES uruguayas
de la década del cuarenta coincidieron
con el pleno desarrollo de la Segunda
Guerra Mundial.
En noviembre de 1942, el grueso del
electorado estaba acaparado por los dos partidos
tradicionales. La creciente intervención
armada de Estados Unidos en el conflicto
mundial, así como su intrusión diplomático
militar cada vez mayor en los países de América
Central, generaba reacciones diversas
en las tiendas políticas de nuestras tierras,
que se evidenciaban en las arengas de los
distintos candidatos promulgando el rechazo
o la anexión a la doctrina Monroe.
Uruguay, gobernado en las primeras
décadas de este siglo por el batllismo, había
sostenido tradicionalmente una política
panamericanista, apoyada en el ideal de la
unión de los intereses de las Américas, que
desde un punto de vista práctico mostraba
una cierta afinidad con los intereses norteamericanos
de entonces. Pero el golpe de
Terra había generado divisiones en filas coloradas,
resultando la fórmula de Juan José
de Amézaga y Alberto Guani la más conveniente
para contribuir a la que finalmente
sería su victoria por holgado margen.
En el Partido Nacional, la tajante
división entre herreristas y blancos independientes
encontraba un único frente
común en la posición antiimperialista y de
rechazo a la intervención de Estados Unidos
en los asuntos de otros países.
Los sueños de Tortorelli
Canillas de leche en las esquinas, carreteras en bajada para ahorrar
combustible, jornadas laborales de 15 minutos, reforma agraria sin
exclusiones, eran algunas de las quiméricas propuestas de campaña
de un candidato singular que prefería «cortarse solo» a
los grandes partidos políticos que le prometían un lugar destacado
en sus tiendas. Se autodenominaba pomposamente «el primer demócrata
» y fue, a su modo, el primer y último candidato del disparate
–en serio- que tuvo este país.

Si bien Tortorelli forma parte del folclore nuestro de cada
día, la frescura y la candidez de su memoria
sirven para recordarnos que la política
—aún en estos tiempos de tecnocracias,
estrategias y prudencias propositivas— es
la que nace del pueblo y sus inquietudes
básicas. 


 Regresar a Recordando    Regresar a Enlaces Uruguayos