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Isidoro De María

Un testigo de nuestra historia


Va pelota 


Los muchachos siempre fueron aficionados a la pelota, sin perjuicio del hoyito, del trompo y aún algunos de la taba, haciendo caso omiso de la pandorga. Los diablitos, no contentos con jugar en el patio de su casa a la pelota, fuese de orillo o de badana, se juntaban, con su permiso, en las calles, y déle pelota en las paredes de los edificios, pagando el pato los faroles del alumbrado y los vidrios de las ventanas, a pesar de las penas impuestas desde el tiempo del Gobernador Bustamante y Guerra. Y nada digamos de los transeúntes, que solían chupar cada pelotazo, sin comerlo ni beberlo, que daba gusto, se entiende a los muchachos diablos que los propinaban.
Y vaya usted a quejarse a Juancho, de quien se reían los diablitos, haciéndolo peor si a mano viene. ¿A los padres? ¡Bah, para que uno los corrigiese, diez le salían a usted con excusas y disculpas, de cosas de niños: —qué quiere usted, en algo han de divertirse los pobrecitos; y milagro si no le daban todavía realitos para compra de pelotas en lo de Varela, en la plaza, proveedor constante de pelotas, lo mismo que de mazacote, pitos y flautas, romances y rosarios, a pesar de la competencia en pelotas que le hacían los pobres presos de la cárcel, exhibiéndolas en sus cañas de pescar, con la bolsita respectiva para la limosna, por entre rejas; que en los tiempos que nos atraviesan, nos hacen acordar la caña o vara con la bolsa que empuñan los sacristanes en algunas iglesias para pescar los cobres a las devotas y devotos. Cosa, por supuesto, que nada tiene de ridículo ni extraño cuando tantos andan a la pesca de otras cosas con anzuelo, sin ser bagres ni corvinas.
Sin pensarlo, los muchachos de ese tiempo hacían gimnástica con el juego de pelota, sin maestro que les enseñase, como lo hacían, a las mil maravillas, saltando postes.
¿Y qué decir de los grandes? ¡Oh! Los grandes se divertían con las bochas, bochando en la esquina del Cristo, a donde iban a patita, a pesar de la distancia, o en alguna otra, porque eran habas contadas. Pero en cuanto a la pelota, tenían que despuntar el vicio en el patio de su casa o en el paredón del Hospital del Rey, jugando algún partidito.
Otro gallo les cantará allá por el año 23, en que hizo su aparición en el Cordón, al sur de la Capilla, en el camino que llamaban de Maldonado, una cancha de pelota, vulgo. El juego de pelota, que se distinguía por más señas, con una figurita en la azotea de la esquina tocaya de La figurita de por allá del Reducto, que se llamaba Camino de la Figurita, cuyo paraje aún se conoce por ese nombre.
Allí empezaron los aficionados al juego de pelota, novicios pelotaris a sacar el vientre de mal año, a manos limpias. Y va pelota! Dele a la pelota! Albricias a los muchachos del lugar, y a los de la ciudad que quieran ir los domingos, subiendo barrancos, saltando zanjas y destripando terrenos, a divertir la vista y a amaestrarse en el '"va pelota".'
La cancha era completamente abierta del lado de la calle; ningún cercado impedía a los mirones de afuera el ver jugar a los pelotaris sus partidos arremangados y jadeantes. No se pagaba entrada, ni las apuestas eran por moneda, sino simplemente a quien pagaba el refresco o la copa y por descontado la tarifa impuesta por el juego de cada partido. El negocio era para el dueño de la pulpería y a la vez del Juego de pelota, menudeando las horchatas, las naranjadas de agrio en las Islas, las vinagradas y sangrías y los buenos vasos de vino.
Ello es que con el aliciente del Juego de pelotas, en la Figurita del Cordón aquello se hizo un paseo en los días festivos para el sexo barbudo, pero con ojo a los Portones, para templar temprano a la ciudad, antes que se cerrasen, so pena de tener que quedarse afuera y tener que pernoctar en los pollos, haciendo compañía a las ratas, que tenían por allí, en los fosos, su madriguera.
¡Hombre, y vean ustedes lo que son las casualidades! Al correr del tiempo, desapareció de la escena aquel juego de pelotas, y la figurita de la esquina, con el viejo edificio, que venía a quedar donde es hoy esquina de las calles 18 de Julio y Tacuarembó, cuadrando la casualidad, de haber otra figurita en la de enfrente, haciéndole bis a la desaparecida. Plagio, dirán algunos: ;ba! es artículo que abunda en plaza.
Allí ya no "va pelota" años ha; pero nadie le negará el mérito de que en su tiempo, como a falta de pan buenas son tortas, sirvió muy bien a la diversión de sus parroquianos.
Después, pasado algún tiempo, vino el trinquete de Valentín, en la nueva ciudad, con sus pelotas, sus guantes, sus bailes, sus vasquitas y su música, a echarle tierra a la difunta del Cordón, y en seguida la cancha de Cazenave a remachar el clavo.
¿Y ahora?... Ahora el Jai-Alai tiene la palabra. Otro talla.

Isidoro de María
de "Montevideo Antiguo"


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