Irineo Leguizamo

www.EnlacesUruguayos.com

2002 ~ 11 años difundiendo nuestras raíces ~ 2013


Julio E Fuentes Barreto

BOLICHES:

ALMACÉN CAVALEIRO

 


 

Precisamente porque en la actualidad son escasos -casi inexistentes-, intentaré describir el ALMACÉN ubicado en la esquina de Ameghino y Alaska -que abastecía las ocho manzanas que conformaban mi entrañable Barrio Cadorna-, y donde solía ir de “mandados” durante mi primera niñez: sesenta años atrás (guarismo que produce vértigo) y que hasta hace poco seguía funcionando.

 

Como en cualquier almacén se despachaba todo suelto: los comestibles se envol- vían en papel de estraza; pero el maíz y el afrechillo para las gallinas y otros animales de corral simplemente se envolvía en papel de diario. (*) El gallego Pepe Cavaleiro era un artista empaquetando, nos maravillaba esa facilidad con la que plegaba, cerraba y giraba en el aire los paquetes ¡hasta de un kilo! sin derramar un solo gramo sobre el mostrador: evidentemente era una maniobra prodigiosa que en vano pretendíamos repetir en casa donde aquella magia no aparecía y todo terminaba desparramándose por el piso. Para completar un kilo de pan rebanaba un “coquito” o una rodaja de otra flauta que a tales efectos expresamente utilizaba, y cada tarde le llevábamos un vaso nuestro -siempre el mismo-, que previamente pesaba y nos rellenaba de dulce de leche con una cuchara de madera desde una delirante lata de cinco kilos.

Algunos fiambres -salames y salamines, mortadelas, pipas y butifarras-, pendían de una “ganchera” directamente encima del mostrador y en los calurosos días veraniegos so- lían gotear sobre los quesos que estaban debajo, entreverando aromas con el Parmesano, el Semi-duro y el Colonia. Antes que llegaran las máquinas Berkel, todos ellos se cortaban con una cuchilla en rodajas más o menos iguales, y la que requería más pericia del despachante era una descomunal mortadela de casi treinta centímetros de diámetro. Los chorizos -colorados y de los otros-, morcillas y berrodos, el tocino y la panceta ahumada, se guardaban en una fiambrera con alambre mosquitero. Sobre la tapa de mármol gris del mostrador, a la vista y tentación de los clientes y bajo unas campanas de cristal, desplegaban su seducción tortas fritas y pasteles, bizcochos, pasta frola y refuerzos, de mortadela o salame con queso. Dos filas de globos de vidrio conformaban la “caramelera” y para servir aquellos caramelos y dulzuras de almendras -rosadas y blancas-, goma inglesa, menta, eucaliptus y orozú, se usaba una diminuta y pegajosa palita de hojalata. (*) Otros dos bollones gigantescos potenciaban la fantasía de los niños: en uno, cientos de bolitas y bochones, joyas de cristales multicolores: y en el otro, docenas de trompos de madera esperando quien los hiciera zumbar.

Por delante del mostrador de madera se alineaban, obesas, barricas de yerba y bolsas de porotos, azúcar, maíz, harina de maíz y afrechillo; artículos que se despachaban con palas de hojalata semi-cilíndricas de varios tamaños. La harina de trigo ocupaba una artesa rebatible en la parte baja de la estantería principal y se expendía con una gran cuchara de guampa: formidable cuerno de buey cortado y abierto. En otros almacenes solían verse palas más insólitas: hechas con caparazón de tortuga. Esta balanza tenía dos platos de bronce y su mecanismo podía observarse a través de un cristal biselado con arabescos esmerilados: las pesas y pesitas de bronce parecían una hilera de champiñones sumergidos, incrustados, en un taco de madera. El café se molía al momento y su penetrante fragancia inundaba todos los recovecos, se fusionaba con la aspereza de la yerba y la acrimonia del jabón bruto apilado en columnas escalonadas.

Las galletitas se exhibían en latas con una ventana circular de vidrio y los fideos en los cajones con frente de cristal en la estantería principal. Un cono de escobas ociosas simulaba una pira sin fuego y más allá – perezosas y acostadas, protegidas por sus canastos de mimbre-, diez damajuanas dormitaban sus viñas de Clarete y Harriague. Apiladas en una torre cilíndrica destellaban latas de aceite de dos litros, El Torero, Optimo; el aceite suelto se despachaba con un dispensador -damajuana invertida en un embudo con pico de goma- así como los vinos que también se trasvasaban con similares dispositivos. En otro rincón reinaba una estiba de latas de grasa Frigonal (*) de veinte kilos; la gente modesta cocinaba y freía todo con grasa refinada, el aceite resultaba caro y lujoso. El queroseno se bombeaba desde un tanque azul esmaltado –Banchero-, y el alcohol desde uno más pequeño; había que pedírselo al final de la compra porque el gallego Pepe se enojaba si tenía que lavarse las manos dos veces: en casi todas las casas se cocinaba con Primus. Recostada a la pared del fondo aparecía una muralla de casilleros de madera con las bebidas refrescantes: deseables y diminutas coca-colas de veinticuatro por cajón: gaseosas Limol, mandarina Urreta, Coral y La Salteña, la pareja refrescante: la entrañable Bilz Sinalco y la cerveza Doble Uruguaya, blanca y negra. Una heladera Frigidaire, cuatro puertas de roble con manijas cromadas y un motor descomunal y estrepitoso encima, brindaba a quien lo deseara las bebidas refrigeradas, previo pago del adicional correspondiente: -El frío cuesta, -decía el gallego, mientras su cara rubicunda esbozaba la ironía.

La mayoría de los clientes compraban con libreta y pagaban según cobraran sus haberes: por quincena o por mes. Algunas cartillas eran negras con cantos azules y el almacenero apuntaba las compras con un lápiz de tinta que lamía con frecuencia. Para los que dilataban sus pagos más de lo debido, los precios sufrían un pequeño incremento que se aceptaba sin discusiones y como el comerciante no llevaba otra copia ni control paralelo, y esa libreta era el único registro de la deuda, había pena de excomunión y corte del fiado de por vida para quién la perdiera o adulterara.

(*) Aclaración, no debería olvidarse que en esos años y a nivel popular todavía no existía ni el plástico ni el nylon, ni el tergopor, tampoco los envases de pevecé, algo totalmente inimaginable en nuestros días.

Gracias por la deferencia; ya volveremos a compartir más imborrables recuerdos. Salud.


Agradecemos a Julio E Fuentes Barreto por sus valiosos aportes, los cuales compartimos con nuestros visitantes.

Julio E Fuentes Barreto es un escritor valiente y audaz, creador de atrtículos veraces pero que pueden llegar a ser polémicos

Recomendamos visitar su página web: www.jfuentesbarretto.com


  Regresar a Julio E Fuentes Barreto           Regresar a Enlaces Uruguayos