Irineo Leguizamo

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Julio E Fuentes Barreto

LA ÚLTIMA LLAMADA DE

ROSA LUNA

Apuntes y reflexiones de Julio Fuentes Barreto del 13 al 20 de junio de 1993.

Ha sido una semana demasiado gris, un impertinente cielo plomizo llovizna ocasionalmente; parecería que
el clima se hubiese integrado a esta angustia, a estos momentos funestos que inevitablemente debemos atravesar. Volvía el ave migratoria que partiera radiante buscando la tibieza del verano, regresó dormida entre los gélidos brazos del invierno. Temprano por la mañana, y en el trayecto desde el Aeropuerto, la gente se fue arrimando a las banquinas de Camino Carrasco para presenciar el paso del cortejo – una caravana de veinte cuadras-, que se armó espontáneamente para acompañar los restos de LA ROSA. Una tremenda convocatoria que nos sorprendió a quienes desde primeras horas acompañábamos a sus familiares más cercanos mientras esperaban el aterrizaje del avión, y se realizaba la descarga y los trámites consulares del féretro. Nunca lo hubiésemos imaginado, inadvertidamente nos encontrábamos dentro de la historia, y aunque lo deseáramos no soñábamos con esa manifestación popular, un homenaje de tal magnitud, apenas comparable al retorno de los Olimareños, y años más tarde a la despedida del flaco Alfredo; y muy pocas más.
Pasan las horas y la multitud continua desfilando sobre el estrado del Teatro AGADU. Cientos, miles de rostros acongojados, solemnes, la mayoría llorosos reflejando la incredulidad, el enfado y la impotencia que este tipo de injusticia despierta cuando alguien muy especial nos abandona. En el mismo hall de entrada uno de los afiches se titula “NO PUEDE SER”, por supuesto que NO PUEDE SER. Nada de esto que está sucediendo es real: ni el invierno, ni las hojas de los plátanos dormidas sobre la vereda, ni esa muerte tan lejana, mentirosa y perversa.
Apenas abierto, el féretro de metal bronceado exhaló una especie de aliento glacial, y allí apareció LA ROSA. Dormía con las manos cruzadas sobre el regazo del vestido oscuro, su apariencia resultaba tan viva que, salvo unas pequeñas y microscópicas gotitas que iban formándose sobre su apacible semblante azabache, cualquiera diría que respiraba. Personas de todas las edades, razas y extracción social, hombres y mujeres, jóvenes y abuelos, muchos con niños aupados o de la mano, circulaban desde la vereda en lenta procesión por los pasillos y tras subir las escalerillas hasta el escenario, saludar y pasar por detrás del féretro, salían por el otro extremo. Todos deseaban, hasta los más pequeños que pedían ser alzados en brazos, observar por última vez el rostro sereno y dormido de LA ROSA y ese simple acto trajo a mi memoria los miles de veces -en el Desfile y Las Llamadas, en los Escenarios de la capital, en el interior y el exterior-, que eran aupados para que los besara, ofrendados a esa Diosa casi pagana y eterna que deseando ser madre de todos, les obsequiaba una tierna caricia y un beso sincero tomándose una instantánea - inolvidable y presumido recuerdo para los padres- pero con un significado diferente para ellos. Admiración, dulzura y cariño, memoria imborrable de ese instante junto a un ser irrepetible, disfrutando la calidez emanada por ese MITO que traspasó las fronteras carnavalescas para incrustarse en el alma de un pueblo.
Luego de un extenso recorrido el cortejo fúnebre se detuvo frente a la sede del Club Nacional de Fútbol, el de sus amores, y durante los minutos de la parte oratoria, mientras Raúl sostenía a Rulito en brazos, por detrás nuestro se acercó un vendedor ambulante, apenas ocho o nueve sacrificados años, que de una bolsa plástica extrajo otra más pequeña con caramelos envueltos en papel dorado. Tocándole el brazo se la ofreció: -Son de regalo para vos Rulito- dijo y se perdió entre el gentío.- Rulito intrigado me preguntó: –Y éste ¿porque me regaló estos caramelos? ¿vos lo conocés? Todavía no estaba en condiciones de comprenderme: ése era el mismo corazón gigante de LA ROSA que aún latía entre la gente.
Al cruzar los amplios portones del Cementerio y mientras los cipreses inclinan respetuosamente sus agujas, entre la muchedumbre aparecen y se juntan algunos tambores -ocho, tal vez diez- son los de La Tribu que empiezan a hacer madera. Néstor de Mundo Afro les indica que llegando a las Oficinas pueden comenzar a tocar, hay un intercambio de miradas y alguien responde que no, que prefieren arrancar allí mismo, e inmediatamente se forma una cadena alrededor haciéndoles lugar. Y empiezan… como una protesta a los cielos, casi con rabia y desnudando el alma, algunos ojos rojizos y nocturnos, resecos de tanto dolor, otros húmedos y brillantes con llantos prisioneros, y muchos con un lamento callado y rebelde lloviendo sobre mejillas oscuras, blancas y morenas. Y tocan… El Humberto, Leo, el Zito, el Chino, el gigante Cacho Díaz, Chocolondo y Néstor, otros se turnan para relevarlos reclamando sus lugares. Y tocan... trasladando un sentimiento en carne viva, del alma a las manos y de la mano a la lonja para regresar directamente al corazón… profundo... doloroso; como si fuera LA ÚLTIMA LLAMADA de LA ROSA, o la primera. Y cuando uno cierra los ojos vuelve a verla, radiante e imponente, escultural y majestuosa como siempre, vibrando entre plumas y tambores, derramando con cada milímetro de su piel y su cuerpo moreno ese arte ancestral y primigenio sobre quienes le idolatran haciéndola suya; Reina Africana, Vedette del Asfalto, Alma del Carnaval, Eva de Ébano, todas las ROSAS y una sola, ÚNICA. Como frente al panteón de AGADU donde una señora anciana, cabello tan blanco como su bastón de invidente, va pidiendo permiso porque aunque no pueda verla quiere saludar y acompañar a LA ROSA; respetuosamente la gente le abre camino para que sus ojos marchitos observen el paso del cortejo, para que otra vez esas pupilas sin luz revivan su venerada imagen. La más querida. Junto a ella van Lágrima, las Carrizo, la Bebé, Estelita, Alba y el viejo Padilla -fieles e incondicionales a ultranza-, Eduardo, Yabor, Rodolfo, los Pintos, mi querido negro Juan, y todos quienes apenas conocida le querían, los desconocidos y los que le conocieron desde siempre y aquellos quienes como nosotros supimos intimar con esa ROSA profundamente madura, singular y admirable de los últimos tiempos.
Y tocan… Tocan hasta que LA ROSA ya no es visible, divinizada por los aplausos ha traspasado el umbral de la inmortalidad. Por momentos el ritmo se hace congoja, las lonjas resuenan como en sordina, amortiguadas por los mármoles y granitos solemnes… es una despedida, claro; pero la misma gente pide más, pide y exige: -¡Más fuerte!, más fuerte, más. ¡Más fuerte! -y entonces sí, la rítmica cadencia se vuelve implacable para las manos, los parches y las almas. En esos siete, ocho tambores -que parecen miles-, florecen los toques y cadencias de cada una de las comparsas que la cobijaron en todos los barrios y todas las épocas: Zorros Negros, Morenada, Serenata Africana, Fantasía Negra, Esclavos del Nyansa, Marabunta, Sarabanda, Kanela y otras, muchas más… Manos y lonjas retumbando a través de dos siglos, celebrando una raza que desde tierras lejanas nos mostró el sortilegio de aquel primer tambor africano, y esclavo, que iría modelando nuestra identidad.

CHAU, ROSITA, ¡Hasta siempre!


Agradecemos a Julio E Fuentes Barreto por sus valiosos aportes, los cuales compartimos con nuestros visitantes.

Julio E Fuentes Barreto es un escritor valiente y audaz, creador de atrtículos veraces pero que pueden llegar a ser polémicos

Recomendamos visitar su página web: www.jfuentesbarretto.com


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