Irineo Leguizamo

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La leyenda del mojón

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Juan Pedro López, Payador, poeta y actor uruguayo, conocido con los seudónimos de “Pata brava” y “El león”, nació en Echevarría (Canelones), Uruguay en 1885 y falleció en Montevideo, en La Unión, en 1945.
Autor entre otras obras de “La Leyenda del Mojón”, comenzó muy joven actuando en los cafetines barriales de Montevideo, y en 1910 cruza a la Argentina, donde conoce y actúa con Gabino Ezeiza y José Betinotti entre otros. En 1929 fue a España invitado por el célebre aviador Ramón Franco Behamonde, hermano del dictador Francisco Franco, a quien le cantó la proeza de su travesía en el “Plus Ultra” cuando entre los días 22 de enero y 10 de febrero de 1926 atravesó el Atlántico en un hidroavión, desde la Provincia de Huelva hasta Buenos Aires, obsequiándole éste una valiosísima guitarra española que se conserva hoy en el Museo Aeronáutico. Ramón Franco era ya famoso, cuando su hermano Francisco era un casi desconocido oficial de colonias españolas, y el mismo Gardel lo hizo célebre, con el tango “Franco y galán” que cantaba sus glorias.

López es autor además, de muchos tangos y milongas, fue muy amigo de Gardel y de Razzano. Carlos Gardel tuvo gran admiración por López, y le dedicó una foto suya en estos términos: “Al gran cantor uruguayo el más popular e insuperable payador sentido y buen amigo, Juan Pedro López, sinceramente” (Firmado C.Gardel).

La leyenda del Mojón es una poesía (payada) de celos, infidelidad y muerte, bastante dramática.

(mojón señal permanente que se pone para fijar los límites de propiedades o territorios)

 

La Leyenda del mojón

Llovía torrencialmente
en la Estancia del Mojón,
como adorando el fogón,
estaba toda la gente.
Dijo un viejo, de repente:
Les voy a contar un cuento,
ahora que el agua y el viento
traen a la memoria mía
cosas que nadie sabía
y que yo diré al momento.

Tal vez tenga que luchar
con más de un inconveniente
pa’ que resista la mente
el cuento sin lagrimear,
pero Dios, que supo dar
paciencia a mi corazón,
tal vez venga esta ocasión
a alumbrar con sus reflejos
el alma de un gaucho viejo
que ya espera su cajón.

No se asusten si mi cuento
les recuerda en este día,
algo que ya no podía
ocultar mi sentimiento.
Vuelquen todos un momento
la memoria hacia el pasado,
que allí verán retratado
con todos los pormenores
una tragedia de amores
que el silencio ha sepultado.

Hay cosas que yo no puedo
detallar como es debido;
unas porque se han perdido
y otras… porque tengo miedo,
pero ya que en el enredo
los metí, pido atención,
que si la imaginación
me ayuda en este momento,
conocerán por mi cuento
la leyenda del Mojón.

Alcáncenme un amargo
pa’ que suavise mi pecho,
que voy a dentrar derecho
al asunto, porque es largo;
haré fuerza, sin embargo
pa’ llegar hasta el final,
y si atiende cada cual
con espíritu sereno,
verán como un hombre bueno
llegó a hacerse criminal.

Setenta años, quien diría
que vivo aquí en estos pagos,
sin conocer más halagos
que la gran tristeza mía;
setenta años, no es un día,
pueden tenerlo por cierto,
pues si mis dichas han muerto,
ahora tengo la virtud
de ser, pa’ esta juventud,
lo mismo que un libro abierto.

Iban a golpear las manos
por lo que el viejo decía,
pero una lágrima fría
los detuvo a los paisanos.
“Hay sentimientos humanos
- dijo el viejo conmovido –
que los años con su ruido
no borran de mi memoria
y este cuento es una historia
que pa’ mi, no tiene olvido.

Allá en mis años de mozo
-y perdonen la distancia-
sucedió que en esta estancia
hubo un crimen misterioso.
En un alazán precioso
llegó aquí un desconocido,
mozo lindo, muy cumplido,
que al hablar con el patrón,
quedó en la estancia de peón,
siendo después muy querido.

Al poco tiempo, no más,
el amor lo picotió
y el mocito se casó
con la hija del capataz;
todo marchaba al compás
de la dicha y del amor,
y pa’ grandeza mayor
Dios le mandó con cariño
un blanco y hermoso niño,
más bonito que una flor.

Iban pasando los años
muy felices en su choza,
ella dulce y buena moza;
el fuerte y sin desengaños.
Pero misterios extraños
llegaron… y la traición
deshizo del mocetón
sus más queridos anhelos
y el fantasma de los celos
se clavó en su corazón.

Aguanto el hombre callado
hasta dar con la evidencia,
y un día fingió una ausencia
que jamás la había pensado.
Dijo que tenía un ganado
que llevar pa’ la tablada,
que era una buena bolada
pa’ ganarse algunos pesos,
y así, entre risas y besos,
se despidió de su amada.

A la una de la mañana
del otro día, justamente,
llegó el hombre, de repente,
convertido en fiera humana;
de un golpe echó la ventana
contra el suelo en mil pedazos
y avanzando a grandes pasos,
ciego de rabia y dolor
miró que su único amor
descansaba en otros brazos.

Como un sordo movimiento
en seguida se sintió;
después un cuerpo cayó
y otro cuerpo en el momento.
Ni un quejido, ni un lamento,
salió de la habitación,
y pa’ concluir la misión,
cuando los miró difuntos,
los enterró a los dos juntos
donde ahora está ese mojón.

En la estancia se sabía
que la ingrata lo engañaba,
pero a él nadie le contaba
la desgracia en que vivía.
Por eso la Policía
no hizo caso mayormente,
pues dijeron: la inocente
se fue con su gavilán …
y ahora en cambio, ellos están,
descansando eternamente”.

-¡Ayjuna! gritó un paisano,
si es verdad lo que habla el viejo,
¡ese era un macho!, ¡canejo!,
yo le besaría la mano.

-Venga m’ hijo, béseme
dijo el viejo de pasada.
Yo fui m’ hijo el que maté
a su madre desgraciada,
porque en mi cama acostada
con otro hombre la encontré.

-Hizo bien, tata querido
-dijo el hijo sin encono-
venga viejo, lo perdono
por lo mucho que ha sufrido.
Pero ahora, tata, le pido,
que no la maldiga mas,
que si fue mala y audaz,
por mi, perdónela padre,
que una madre siempre es madre.
¡Déjela que duerma en paz!

Los dos hombres se abrazaron
como nunca lo habían hecho,
juntando pecho, con pecho,
como dos niños lloraron.
Padre e hijo se besaron,
pero con tal sentimiento,
que el humano pensamiento
no puede pintar ahora
la escena conmovedora
de aquel trágico momento.

Los ojos de aquella gente
con el llanto se inundaron
y todos mudos quedaron
bajo un silencio imponente.
Volvió a decir, nuevamente:
Allí están, bajo el mojón.
Y poniendo el corazón
el anciano en lo que dijo,
le pidió
perdón al hijo
y el hijo le dio perdón.

 


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