Damaso Antonio Larrañaga

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2002 ~ 15 años difundiendo nuestras raíces ~ 2017


Dámaso Antonio Larrañaga


Dámaso Antonio Larrañaga, hijo de padres vascos, fue un destacado sacerdote, político escritor y naturalista, íntimamente relacionado con la ciencia y la cultura rioplatense de principios del siglo XIX. Nacido en Montevideo un 9 de diciembre de 1771, tuvo una participación sigular en la creación de lo que con el tiempo se convertiría en museo. Su educación se inició en el Convernto de San Bernardino, de los padres Franciscanos en Montevideo y continuó en el Colegio San Carlos de Buenos Aires entre 1789 y1792. Distintas disposiciones educativas como la convalidación de titulos etc, lo condicionaron a tomar clases dentro de la Universidad de Córdoba y luego en Río de Janeiro. Finalmente se ordenó sacerdote y regresó a Montevideo en 1799.
Por entonces, fines del siglo XVIII y principios del siguiente algunos paises sudamericanos forjaban su independencia con España, por lo que las cuestiones relacionadas con la cultura, la ciencia y la educación pasaban a un segundo plano. Así es que a nuestro biografiado lo encontramos participando como capellán de las milicias montevideanas en la Reconquista de Buenos Aires en 1804.
Por sus ideas fue perseguido y expulsado de Montevideo en 1811. Pasó por ello algún tiempo en Buenos Aires. Fue integrante de la Asamblea General Constituyente de 1813, como representante de la Banda Oriental, y actuó luego en el Congreso de Capilla Maciel.
Su manifiesto amor por las letras, la ciencia y la educación es advertido por las autoridades de Buenos Aires, que lo designan sub-director de la Biblioteca Pública, nombrado por Saturnino Segurola quién oficiaba de director .
Es dentro de este ámbito donde podemos destacar su actuación relacionada con las ciencias naturales y el museo. Se conocen de esta época varias cartas dirigidas a Doroteo Muñoz, quién en Uruguay coleccionaba objetos de historia natural, siendo uno de los primeros en enviar piezas para el incipiente museo creado por Rivadavia poco tiempo atrás en 1812.
En 1815 Larrañaga vuelve a Montevideo, tal parece que aprovechó esa oportunidad para introducir en el país vecino algunos árboles como la acacia blanca, la mimosa etc.
Un año más tarde, en mayo de 1816 creó la Biblioteca Pública, que se formó gracias a una basta donación de sus propios libros y otros de personalidades allegadas a la cultura. Larrañaga fue además fundador en 1821 de la Sociedad Lancasteriana (nuevo método de enseñanza).


Leer la oración inaugural pronunciada en la apertura de la Biblioteca Pública de Montevideo, el 26 de mayo de 1816.



Constituida la República del Uruguay, en 1830, fue electo Senador cargo que ocupó hasta 1835. Entre sus proyectos se destacan leyes de restricción a la pena de muerte, emancipación de esclavos, etc. Al terminar este mandato se dedicó a las funciones eclesiásticas y a escribir. Paulatinamente fue perdiendo la vista, hasta quedar casi completamente ciego. En 1837, fue nombrado co-fundador del Museo de Historia Natural de Uruguay. Además se lo designó primer rector de la Universidad de la República, pero no pudo asumir el cargo ya que falleció un año antes de la apertura de dicho establecimiento.
El botánico naturalista
Diversos autores señalan que a fines del siglo XVIII, Larrañaga ya se distinguia en los estudios de botánica ensayando algunas descripciones. Todas las ramas de la ciencia atrayeron su atención, incluso la mineralogía y la paleontología, siendo uno de los primeros en descubrir ratros del enorme tatú o armadillo fósil en Uruguay.
Se lo considera file seguidor de las doctrinas linneanas debido a su constante preocupación por la clasificación de especies botánicas. Supo vincularse con los botánicos franceses Aimé Bonpland y Augusto de Saint Hilaire, con quienes mantuvo una asidua correspondencia. Además se relacionó con otros notables naturalistas y se cree que tuvo alguna entrevista con Félix de Azara.
Larrañaga fue quién introdujo las ostras en el Río de la Plata, comenzando con su reproducción en las costas de la Isla de Lobos y Maldonado.
También llevó la morera y fomentó con ello la producción de gusanos de seda. Obtuvo una interesante cosecha de capullos muy estimados por su calidad y cantidad suficientes como para confeccionar algunos objetos, conociéndose la fabricación de una bolsita de esta fina tela para guardar dinero, que fue obsequiada al General Rivera cuando este era presidente.

Manuscrito original de su "Diario de historia natural", 1808.



Dentro de su producción literaria relacionada con las ciencias naturales, se destaca el Diario de viaje de Montevideo a Paysandú, escrito en 1815, que contiene ricas observaciones sobre la flora y la fauna de los lugares visitados. Figuran además dentro de este contexto descripciones de árboles y plantas de interés medicinal, que guardó en varios cajones. Entre 1820 y 1824, dio a conocer su “Botánica” una obra de gran valor científico para la época, que había comenzado a escribir muchos años antes. La obra de Larrañaga, tiene valor histórico y testimonial.


Diario de viaje de Montevideo a Paysandú

El 31 de mayo de 1815 partió desde Montevideo, rumbo hacia Paysandú, una delegación designada por el Cabildo con el cometido de dar respuesta a los requerimientos del General José Artigas quien, desde el Gobierno de la Provincia Oriental, acusaba a Fernando Otorgués de no haber cumplido sus órdenes de dirigir a su ejército a la frontera de Cerro Largo. La delegación estaba integrada por nueve hombres; entre ellos se encontraba el cura y vicario de Montevideo, Dámaso Antonio Larrañaga. Los acompañaban una escolta de ocho peones y un sargento.
La comitiva debió viajar durante casi un mes —el retorno a Montevideo se produjo el 26 de junio de 1815— recorriendo nuestra campaña, visitando diversos pueblos y parajes de la región oeste de la Banda Oriental. En el transcurso del viaje, Larrañaga fue registrando en su diario descripciones detalladas de los lugares que visitó y de las personas que conoció. Sus agudas observaciones de los paisajes, fauna, flora y costumbres populares dejan entrever, además de su espíritu científico, la ética que lo acompañaba.

“Junio 12 de 1815. (...) (Paysandú) es un pueblo de indios que está sobre lacosta oriental del Uruguay (...) Se puede regular su población de veinticinco vecinos, la mayor parte de Indios cristianizados; sus casas, a excepción de cinco o seis, todas son de paja. La Iglesia no se distingue de los demás ranchos, sino por ser mayor (...) que está colocada una efigie de María Santísima que me parecía obra de los Indios de Misiones, y en cuyas facciones se dejaba traslucir bastante el caracter de esta nación. (...)”
“La Iglesia es sumamente pobre y en el día está en la mayor indigencia, falta de todo (...)”
“(...) aunque es un pueblo tan infeliz, tiene el honor de ser interinamente la Capital de los orientales, por hallarse en ella su Jefe y toda la plana mayor, con los Diputados de los demás pueblos.”
“Nuestro alojamiento fue la habitación del General (Artigas). Esta se componía de dos piezas de azotea, con otro rancho contíguo que servía de cocina. Sus muebles se reducían a una petaca de cuero y unos catres sin colchón que servían de cama y de sofá al mismo tiempo. En cada una de las piezas había una mesa ordinaria como las que se estilan en el campo, una para escribir y otra para comer; me parece que había también un banco y unas tres sillas muy pobres. Todo daba indicio de un verdadero espartanismo. (...) Fuimos recibidos por D.Miguel Manuel Francisco Barreiro, jóven de veinticinco años, pariente y Secretario del General, y que ha participado de todos sus trabajos y privaciones: es menudo y débil de complexión, tiene un talento extraordinario, es afluente en su conversación y su semblante es cogitabundo, carácter que no desmienten sus escritos en las largas contestaciones, principalmente con el gobierno de Buenos Aires, como es bien notorio.”
(Barreiro nació en 1770 y murió en 1847. Acompañó a Artigas en el Exodo y en el sitio de Montevideo. Sustituyó a Otorgués como Gobernador de Montevideo el 29 de agosto de 1815)
“A las cuatro de la tarde llegó el General, el Sr.D.José Artigas, acompañado de un Ayudante y una pequeña escolta. Nos recibió sin la menor etiqueta. En nada parecía un general: su traje era de paisano, y muy sencillo: pantalón y chaqueta azul sin vivos ni vueltas, zapato y media blanca de algodón; sombrero redondo con forro blanco, y un capote de bayetón eran todas sus galas, y aun todo esto pobre y viejo. Es un hombre de una estatura regular y robusta, de color bastante blanco, de muy buenas facciones, con la nariz aguileña; pelo negro y con pocas canas; aparenta tener unos cuarenta y ocho años. (Artigas nació el 19 de junio de 1764, tenía 51años) Su conversación tiene atractivo, habla quedo y pausado; no es fácil sorprenderlo con largos razonamientos, pues reduce la dificultad a pocas palabras, y lleno de mucha experiencia tiene una previsión y un tino extraordinario. Conoce mucho el corazón humano, principalmente el de nuestros paisanos, y así no hay quien le gane en el arte de manejarlos. Todos le rodean y todos le siguen con amor, no obstante viven desnudos y llenos de miserias a su lado, no por falta de recursos sino por no oprimir a los pueblos con contribuciones, prefiriendo dejar el mando al ver que no se cumplían sus disposiciones en esta parte y que ha sido uno de los principales motivos de nuestra misión.”
“Nuestras sesiones duraron hasta la hora de la cena. Esta fue al tren y boato de nuestro General: un poco de asado de vaca, caldo, un guiso de carne, pan ordinario y vino, servido en una taza por falta de vasos de vidrio; cuatro cucharas de hierro estañado, sin tenedores ni cuchillos, sino los que cada uno traía, dos o tres platos de loza, una fuente de peltre cuyos bordes estaban despegados; por asiento tres sillas y la petaca, quedando los demás a pie. Véase aquí en lo que consistió el servicio de nuestra mesa cubieta de unos manteles de algodón de Misiones pero sin servilletas, y aún según supe, mucho de esto era prestado. Acabada la cena nos fuimos a dormir y me cede el General, no solo su catre de cuero sino también su cuarto, y se retiró a un rancho. No oyó mis excusas, desatendió mi resistencia, y no hubo forma de hacerlo ceder en este punto. Yo como no estaba aún bien acostumbrado, no obstante el que ya nos habíamos ensayado un poco en el viaje, hice tender mi colchón y descansamos bastante bien.”
/“Junio 13 de 1815. Muy temprano, así que vino el día, tuvimos en la casa al General que nos pilló en la cama: nos levantamos inmediatamente, dije misa y se trató del desayuno; pero este no fue ni de té ni de café, ni leche, ni huevos, porque no los había, ni menos el servicio correspondiente: tampoco se sirvió mate, sino un gloriado, que era una especie de punche muy caliente con dos huevos batidos, que con mucho trabajo encontraron. Se hizo un gran jarro, y por medio de una bombilla iba pasando de mano en mano, y no hubo otro recurso que acomodarnos a este espartanismo, a pesar del gran apetito por cosas más sólidas que tenía nuestro vientre, originado de unas aguas tan aperitivass y delicadas, no sirviendo nuestro desayuno sino para avivarlo más.”
“Yo estaba impaciente por concluir nuestra comisión, para bajar al puerto y registrar la costa del río, lo que no pude conseguir hasta después de la comida que fue enteramente parecida a la cena, con sólo haberle agregado unos bagres amarillos que se pescaron en el (río) Uruguay. Bajamos todos juntos al río. (...)”
“En el puerto había unos ranchos que servían de cuerpo de guardia, y en uno de ellos estaban los Jefes de los cuerpos de Buenos Aires, que sostenían a Alvear, y después de su caída fueron remitidos con una barra de grillos ala disposición de nuestro General, que los tenía en custodia con ánimo de devolverlos, como después se ha verificado; conducta que ha sido con justicia sumamente aplaudida por los buenos americanos, y que ha acabado de desengañarlos que nuestro Héroe no es una fiera ni un fasineroso, como lo habían pintado con negros colores sus émulos o envidiosos de su gloria.” (Esta fue la ocación en que el prócer pronunció las célebres palabras: “Artigas no es verdugo”)
“Junio 14 de 1815. En este día bajaron a tierra los Diputados de Buenos Aires, Pico y Dr.Rivarola, que nada pudieron tratar hasta no haberse concluido nuestra comisión. Por la tarde llegó un Indio de Misiones, capitán de aquellas milicias, con pliegos en que avisaba la retirada de los Paraguayos hasta Candelaria: pedían municiones y armas, que se les dieron (...)”


 Noticia sobre los indios minuanes


Febrero 2 de 1813
Habiendo llegado de nuevo al campamento (Santa Lucía Chico) donde había quedado el coche esperando por los caballos y por un reparo de que necesitaba, nos fue preciso pasar todo el día esperando los auxilios para el camino. Con este motivo tuvo ocasión de tratar con los Caciques Minuanos que acompañan y aman tiernamente al Jefe de este Ejército: uno de ellos comió con su mujer en la mesa del General, habiendo dejado en su toldería otras dos mujeres suyas, que por lo visto son polígamos. Los jóvenes permanecen solteros y sólo se casan cuando ya son bien maduros, para que los cuiden las mujeres, y se dejan cuidar tanto que ellos pasan la vida jugando al tres siete mientras sus mujeres carnean, van por agua y leña y hacen todas las obras de trabajo: comen con mucha frecuencia la carne de avestruz que voltean: todo el cuidado y toda su propiedad son los caballos, único negocio que tienen para comprar aguardiente del que son muy viciosos.
Su estatura es prócer y muy membrudos: su color americano o de bronce; su pelo negro, grueso y largo un poco cortado por la frente; la barba muy escasa y solamente la tienen en el labio superior formando largos bigotes y muy pocos pelos en la perilla o barba; los ojos negros algún tanto oblicuos y no tan chicos como se ponderan; la cara más bien es larga que ancha; la parte inferior del rostro estrecha (y anchas las espaldas); la frente no muy chica; los dientes bien conservados y muy iguales; boca y labios regulares; nariz un poco aguileña; pies y manos pequeños. En una palabra, nada tienen de monstruoso ni deforme los hombres primitivos del país que ocupamos y que eran los verdaderos dueños de esta campaña.
Sus armas son la lanza, la flecha, la honda y las bolas. La primera y la última son de la caballería; ambas temibles, pues la lanza tiene en su punta una espada entera muy bien asegurada (que compran a los portugueses a cuenta de caballos) y la manejan con una destreza increíble y la hacen aún más temible por su fuerza y destreza en el caballo. De las bolas usan contra los jinetes y son tres, cada una con una cuerda de una braza que cuelgan del
mismo nudo, y tomando una de ellas revolotean las otras dos, como se have con la honda, y después que han tomado impulso, las arrojan contra los pies de los caballos, los que sintiéndose enredados corren y dan de coces y con esto se acaban de enredar y caen; otras veces dan con ellas a los mismos jinetes, los que también aturdidos caen a la tierra: las hay que pesan media libra y las menores las usan para los avestruces juntándose muchos para ello, pues son muy ligeras esas aves.
Las otras dos armas, que son la flecha y la honda, corresponden a la infantería: ésta, camina a las ancas de la caballería, bien que como no usan de silla, van más cómodos que los delanteros que se sientan sobre el lomo desnudo: deben ser muy ágiles unos y otros, pues no usan de estribos, y de un brinco se ponen sobre el caballo, cuando están a una distancia.
Al contrario de los hombres, las mujeres se casan desde muy jóvenes, y se cree comúnmente que llegan a ser adultas antes que las otras mujeres. Su vestido es como el de los hombres, de pieles de ternera muy trabajadas y pintadas por el lado de la carne: su semblante es triste al contrario de los hombres que me parecieron muy joviales. La vida de todos ellos es errante, y en el día están reducidos al otro lado del Río Negro hacia el Salto Chico. Yo creo que no pasan de quinientos los que han quedado después de tan injustas persecuciones, habiendo los portugueses últimamente tratado de acabarlos sorprendiéndolos, pero les costó bien caro mandar como en triunfo unos ochenta a la señora Carlota, Princesa del Brasil.


 Relacionado con el tema de la naturaleza, escribió también “Fábulas Americanas” en 1826.

 

El terutero y la tortuga


Preséntase un valiente terutero
armado de guerrero,
con uniforme blanco y gris completo,
penacho negro con bigote y peto;
el pico y pies de carmín teñidos,
y en sus alas dos dardos encendidos;
centelleantes y rojos
tenía sus dos ojos:
todo indicaba en él sangre y muerte…
a una tortuga hablaba de esta suerte:
–“Sabio amigo: tú a quien varios fracasos
han hecho mesurados tus lentos pasos,
vengo desesperado, y de pelear cansado.
Sabes que soy animoso,
vigilante y celoso;
mas anoche, ¡infeliz! Tengo perdido
a todos los hijuelos con mi nido,
y cuento muchos años
que sufro iguales daños,
mientras que los demás tranquilamente

duermen sin menoscabo de su gente.”
–“¡Ay! Mísero de aquel que al león despierta,
pues a mil males abrirá la puerta!”
Así habló la tortuga mesurada
a su buen camarada:
“Haz que de noche tu familia calle
y no atormente ni perturbe el valle;
duerme cual yo y los otros compañeros,
no seas charlatán y vocinglero,
pues pones al que está durmiendo alerta
y al que te acecha te haces descubierto.
Deja que duerman águilas y halcones,
no llames búhos, zorrillos ni hurones.” Y
siguiendo el consejo
del mesurado viejo,
el terutero logró al fin su cría.
Así yo exclamaré, por vida mía:
sabio silencio mil males evitas
en los que charlatán te precipitas.


El hortelano y el cardo


Un hortelano
de gran cachaza,
limpiar su huerta
de cardos trata.
Lo que despierta,
halla su cama
de esta semilla
toda inundada.
“¡Jesús! – entonces –
¡Jesús me valga!”
exclama el pobre,
y cuando alzaba
la mano al pecho,
la ve enredada;
bajó la mano
hacia la barba;
aquí la toca, –
¡vamos con calma!
Luego al momento
él se levanta;
peinó el cabello,
lavó la cara,
y antes de todo,
limpió la cama.
2
Doña semilla
en su frazada
a pelotones
está clavada.
Vamos despacio; –
todas arranca:
una por una,
no dejó nada,
y mucho tiempo
en esto tarda.
Tomó la escoba,
barre la sala
con gran trabajo, –
es cosa clara.
La juguetona
revoloteaba
y dando un vuelo
atrás se para.
El la persigue
y retrograda;
aquesta pilla,
la otra se escapa;
muchas encuentra
bajo la cama,
entre las sillas,
en telarañas.
3
Alza los ojos,
las ve pegadas
en todo el techo.
¡Esto ya cansa!
El toma alientos
y con constancia
todo lo limpia
y, en fin, acaba.
Empleó gran tiempo,
media mañana;
mas todo queda
como una plata.
Entre sí dice:
la quinta falta;
se caló el gorro,
tomó la azada,
abre las puertas
y las ventanas;
mas con el viento
ella se entrara
como una nube
espesa y blanca;
todo lo llena
aún más que estaba.
Ya no hay paciencia
con tal canalla; –
4
la vela aplica
y en llamaradas
las plumas arden;
también la casa,
siendo hecha toda
de hinojo y paja,
y con gran trabajo
el pobre escapa.
Estando afuera,
tira la azada,
arroja el gorro
y lo pateaba.
Sus maldiciones
a todo alcanzan;
y ciego toma
en la fogata
un gran manojo
de paja en llamas;
corre furioso
a la más alta
planta de cardo,
– ésta le habla:
“ –Hombre, detente; –
él se asustara. –
¿No me conoces?
yo soy la planta
5
del alcaucil
que tú cuidabas,
que tú pusiste
en esta chacra
y buen dinero
de mí sacabas;
me abandonaste,
yo me hice brava,
y mi semilla
degenerada
sólo produce
espinas largas;
a mí no acuses
la augusta y santa
bondad divina
que tanto te ama.”
Todo hombre diga
con paz cristiana:
el autor soy
de mis desgracias.



Como taxónomo botánico clasificó unas 646 especies de plantas, muchas pertenecientes a la familia de las gramíneas. Fue socio corresponsal de la Sociedad de Historia Natural de París, recibiendo distinciones honoríficas en el extranjero.
Gran parte de sus escritos fueron publicados entre 1922 y 1930, ellos comprenden tres volúmenes de textos y dos atlas ilustrados con mapas y láminas de animales y plantas, algunas hechas por él mismo.
En 1922 el Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay publicó sus investigaciones. También, la Universidad Católica del Uruguay lleva su nombre. Por si esto fuera poco, se le dedicó una estampilla y un billete con su imágen en conmemoración a su trayectoria.


Dámaso Antonio Larrañaga falleció en su quinta de Montevideo el 16 de febrero de 1848 de un ataque cerebro vascular.

 

 Se comenta que al momento de sepultarlo, calzaba unas medias de seda que el mismo había mandado fabricar con seda cultivada en su propio criadero.


Enlace Relacionado:

Relato del viaje de Montevideo a Paysandú


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